martes, 15 de junio de 2021

LA VIDA INTERIOR: En todo me he ofrecido a Dios

 

               Santa Teresa, alma de amor y decidida, alma real y Esposa fiel de Jesucristo, se santificó y llegó a grado tan alto de amor viviendo con el entusiasmo y perfección de su corazón grande y con heroica abnegación la misma vida religiosa que determinó en su Regla. Pudo su amor más que las dolencias de su cuerpo. Fue admirada y amada de cuantas religiosas la trataron por esta misma delicadeza y, no obstante, un momento antes de su muerte en Alba, pide perdón a sus hijas presentes por las faltas cometidas contra las Constituciones y les suplica tengan grandísima fidelidad en cumplirlas, porque solo con eso serán Santas. La observancia religiosa fielmente vivida santifica.



               Guardar bien las Constituciones o vivir con perfección la observancia es asimilar todo el espíritu y toda la delicadeza del Evangelio; es amar con todo el corazón y con todas las fuerzas; no es vivir la sola materialidad y lo externo de las obras en sus tiempos precisos; esto haría de mí un sepulcro blanqueado; ni puedo decir me basta con vivir lo interno, que es donde está el amor y donde se encuentra a Dios, porque sería desobedecer formalmente a Dios. 

               Tengo que vivir lo interno y lo externo; poner todo mi esfuerzo y mi amor en vivir la delicadeza e intensidad del espíritu con todo el primor y detalle de las obras exteriores. Dios ha mandado lo interior y lo exterior; tengo que ofrecer a Dios mi cuerpo y mi alma, mis potencias y sentidos y también el tiempo y las circunstancias. Todo es de Dios, todo me lo ha impuesto Dios, en todo me he ofrecido a Dios. Las tentaciones y las caídas provienen del cuerpo, y es el cuerpo el que hace caer y consentir al espíritu.

                Por bello, por encantador que sea el cuerpo, si no está vivificado por el alma, causa repulsión y es un cadáver, y todo cadáver da miedo. Lo atrayente y subyugador lo pone la vida comunicada por el alma. Algo semejante acontece en la Vida Religiosa y aún en toda Vida Cristiana: son necesarias la materialidad del cumplimiento exterior de lo mandado y la exactitud externa de las obras prescritas en el tiempo y en las circunstancias. Sin esto no habrá ni orden ni armonía; sin esto no habrá espíritu de mortificación ni de mutua comprensión, ni recogimiento, ni apostolado eficaz y sobrenatural. 

               Pero no es suficiente que yo viva el detalle externo hasta en sus menores ápices; necesito vivir el alma, el espíritu que lo anima y da la vitalidad y el atractivo; necesito vivir la Presencia de Dios, la Vida Interior de amor a Dios, la sobrenaturalización de mis actos, la caridad divina y la caridad fraterna mostradas en la abnegación, en la paciencia, en la mansedumbre, en la bondad, en mis modales. Sin estas virtudes internas, las externas solo serían, como digo, un cadáver, que con su rigidez, inflexibilidad y dureza se harían repulsivas y antipáticas, y el convento, como mi persona, en lugar de ser una antesala del Cielo, parecería camino que conduce a lo sombrío de una prisión.


Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo



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