lunes, 17 de mayo de 2021

SAN PASCUAL BAILÓN


              Nació el 16 Mayo 1540 en Torrehermosa (Zaragoza). Desde los siete años tuvo que cuidar las cabras y las ovejas de su padre. Supo rodear de piedad su vida de pastoreo, piedad que aumentó sensiblemente desde el día en que recibió la Primera Comunión.

               Tendría unos 12 años cuando su padre le puso al servicio de un vecino llamado Martín García. Éste le ofreció con el tiempo sus rebaños, su hacienda y su propia hija; pero Pascual estaba firmemente decidido a seguir la vocación religiosa; de hecho, su patrón Martín García declaró: "Nuestro buen pastorcito se encomendaba al Señor con continuas oraciones para que le alumbrase y le enseñase el estado en que mejor le pudiese servir. Por lo cual, además de las Horas de Nuestra Señora y del Rosario que traía hecho con un cordelillo añudado, hacía otras largas oraciones, poniéndose de rodillas vuelto hacia la ermita de Nuestra Señora de la Sierra, y así solía decir su mayoral, viendo esto: “A mi zagal hallo yo cada mañana hincado de rodillas, vuelto hacia la ermita de Nuestra Señora. Siempre sabía cuándo eran fiestas, témporas y vigilias con las “Horas de Nuestra Señora”. En témporas, vigilias, viernes y miércoles de los dos años que anduvo con él, le vio ayunar a pan y agua."

               Llamó a las puertas del convento alcantarino de Monforte (Alicante)  pero tuvo que sufrir mucho, ya que al principio los frailes eran recelosos de recibir a un muchacho que apenas sabía leer. Sin embargo, comprendiendo el buen espíritu y la sentida devoción de Pascual, le dejaron vestir el hábito franciscano el 2 de Febrero de 1564.




               San Pascual sentía un profundo amor por la Divina Eucaristía. Pasaba horas enteras, postrado ante el Tabernáculo y a pesar de ser casi iletrado, defendió maravillosamente la Presencia Real de Cristo en la Sagrada Eucaristía frente a los hugonotes franceses, cuando se dirigía a llevar a una carta al Guardián General de la Orden.

               En la pedanía de Orito (Monforte del Cid, Alicante) se encuentra la conocida "Ermita de la Aparición" donde San Pascual tuvo una visión de Nuestro Señor en la Eucaristía. Los contemporáneos del Santo narran: 

        "Todos los frailes y seglares notaron mucho en el santo la gran devoción que tenía al Santísimo Sacramento. Cuando se descuidaba (se veía libre) de sus oficios corporales, al punto se hallaba en la iglesia, llevado por la suavísima violencia del amor. Allí acudía mil veces, porque de allí le sacaba otras tantas la obediencia con la campanilla de la portería y, a ratos, debía tener paciencia el que estaba llamando, porque no se podía tan presto librar de las prisiones del amor para acudir a aquel oficio de la obediencia; pero, acabando de dar razón, le habían de hallar oyendo misas o de rodillas, vuelto hacía el sagrario… Tenía una especial reverencia a los sacerdotes, que era cosa notable ver cómo los recibía cuando venían a su puerta, porque, con las dos rodillas puestas en tierra, tomaba la mano del sacerdote con las dos suyas y con mucha pausa las besaba y las apretaba con su cara, ojos y boca… 

         Comulgaba devotísimamente, no haciendo visajes, no dando recios suspiros, sino con un semblante alegre, sosegado y sencillo, mostrando en él el gozo que recibía su alma con la presencia de tal Huésped. 

         Se preparaba la noche antes de la comunión, confesándose devotamente, lo cual hacía muchos días, aunque no hubiese de comulgar. El día que comulgaba estaba, como es razón, más recogido y hablaba menos con los frailes. 






              En 1573 pasó a Valencia, donde residió unos tres años, ocupándose del refectorio, de la portería, de la cocina y de pedir por los pueblos para la manutención de sus Hermanos y de los pobres. 

               Su celo consiguió afamadas conversiones. No obstante, hubo de pasar por el crisol de las tentaciones y de la noche oscura. Más tarde le nombraron Maestro de novicios del convento de Almansa.  Fray Bartolomé Pastor declaró en el Proceso que vio "en el bendito Fray Pascual un fervorosísimo celo de la salvación de las almas y bien espiritual de los prójimos, y así, siempre que se ofrecía ocasión, persuadía a la virtud con tanto fervor que bien mostraba el fuego de la caridad que ardía en aquel santo pecho. Y con tanta erudición exhortaba, que más parecía consumado teólogo que fraile simple, y por esta grande caridad le revelaba Nuestro Señor la conciencia de sus prójimos, y por su medio la remediaba. Y caminando una vez el bendito fraile con el susodicho testigo, estando todos a la mesa comiendo, dijo el bendito Fray Pascual al hermano huésped: "Hermano, confiésese, pues tiene ahora ocasión del hermano predicador."

              De Elche pasó al convento de Jumilla, donde le eligieron Superior. Al hacerse precaria su salud, fue enviado a Ayora y, de allí, a la ciudad del Turia. De Valencia marchó a Játiva y, más tarde, al convento de Nuestra Señora del Rosario, en Villarreal (Castellón), donde, al cabo de tres años, murió el 17 Mayo 1592.

              A los seis meses de su muerte, se incoó la causa de canonización en el obispado de Tortosa. Acudieron testigos sin número y de toda condición. El 23 Julio 1611 se comprobó que su cuerpo seguía incorrupto. Paulo V le beatificó el 19 Octubre 1618 y Alejandro VIII le canonizó el 16 Octubre 1690. León XIII dio al santo el título de Patrono particular de los Congresos Eucarísticos y de todas las Asociaciones Eucarísticas en el Breve Providentissimus Deus, de 28 Noviembre 1897.

              Cuando los frailes alcantarinos se instalaron en la Ermita del Rosario en 1578, éstos procedieron a la construcción de una iglesia para el convento. Este templo fue pasto de las llamas en Agosto de 1936, en los primeros meses de la Guerra civil, por lo que ya no existe. Sobre los restos del incendio se construyó el nuevo “Templo Votivo Eucarístico Internacional”. La antigua iglesia conventual, de una nave con bóveda de arista y sin crucero, constaba de cuatro tramos. En el primero de ellos desde la puerta principal se encontraba un coro alto.






             Era el 13 de Agosto de 1936: España se encontraba sumergida en plena Cruzada contra el marxismo ateo; el odio a la Fe, llevó a la destrucción del  sepulcro-relicario de San Pascual Bailón, y que su venerable cuerpo incorrupto, fuese profanado y martirizado, para ser arrojado miserablemente por los milicianos republicanos en una hoguera. Así quedó constatado por los Obispos españoles de entonces:

         Ha sido espantosa la profanación de las sagradas reliquias: han sido destrozados o quemados los cuerpos de San Narciso, San Pascual Bailón, la Beata Beatriz de Silva, San Bernardo Calvó y otros. Las formas de profanación son inverosímiles, y casi no se conciben sin subestación diabólica. Las campanas han sido destrozadas y fundidas. El culto, absolutamente suprimido en todo el territorio comunista, si se exceptúa una pequeña porción del norte. Gran número de templos. Entre ellos verdaderas joyas de arte, han sido totalmente arrasados: en esta obra inicua se ha obligado a trabajar a pobres sacerdotes. Famosas imágenes de veneración secular han desaparecido para siempre, destruidas o quemadas”. ( Carta Colectiva del Episcopado Español, 1 de Julio de 1937)




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