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sábado, 1 de agosto de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Reina de los Confesores

 

Bienaventurada Tú 
que has creído, porque
se cumplirá lo que 
el Señor Te ha dicho

Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers.45



                    La Fe, raíz y fundamento de nuestra justificación, es un don sobrenatural que Dios concede al alma para guiarla hacia la posesión de Su Amor en la tierra y de Sí Mismo en el Cielo. Mediante la virtud teologal de la Fe, nuestro intelecto cree en las Verdades de la Revelación y, aunque no las comprende, las acepta libremente, pero a la vez con firmeza, como si estas Verdades le fueran evidentes. La Fe también nos libra del error y nos mantiene siempre presentes el fin último para el que fuimos creados, guiando así nuestros pasos por el camino de la salvación.

                    La Fe es, pues, un don invaluable; incomparablemente más deseable que todos los razonamientos de la Filosofía o los descubrimientos de los hombres de ciencia.

                    ¡Qué ruina desastrosa le sobreviene al alma en la que se apaga esta luz celestial! Si un hombre, por pecado mortal, pierde la gracia divina, no por ello queda completamente aislado de toda posibilidad de redención; su entendimiento permanece unido a Dios, y aún reconoce a Dios como su fin último y el único bien que puede satisfacer plenamente los anhelos de su alma. Pero si, por desgracia, pierde la Fe, ¡ah!, entonces sí que se aleja de Dios, y la acción redentora de Cristo no puede alcanzarlo.

                    ¡Oh, cuán lamentable es la condición del incrédulo, que está “sin Cristo, ajeno a la conversación de Israel y extraño al pacto, sin esperanza en la promesa, y sin Dios en este mundo!”.

                    La Fe de María fue la más perfecta que jamás haya existido; por consiguiente, es digna de ser imitada. Jesucristo, en virtud de la unión hipostática, gozó continuamente de la Visión Beatífica de la Divina Esencia. Por lo tanto, no podía practicar la virtud de la Fe. La preeminencia, pues, en el ejercicio de esta virtud corresponde a María, quien por esta razón es llamada Reina de los Confesores. Por eso, aquellos cuyas vidas se dedican a difundir de una u otra forma el Evangelio de Jesucristo, toman a María como su Patrona. María, cuya Fe jamás flaqueó, les concede que su predicación dé fruto en los corazones de los hombres.

                    Sin embargo, la Fe de ningún otro confesor fue puesta a prueba con tanta severidad como la de María. Por un lado, la baja autoestima que tenía de Sí Misma bien podría haberle generado dudas sobre la realidad de Sus títulos de Madre de Dios y Corredentora de la Humanidad; por otro lado, la humillación de Jesús, Sus trabajos y el oprobio que sufrió podrían haber sido para Ella, como para tantos otros, motivo de escándalo. Nada, sin embargo, pudo quebrantar Su Fe en el origen divino de Su Hijo ni Su creencia en la misión que Ella misma desempeñaba en la Obra de nuestra Redención. Así, permaneció junto a la Cruz de Jesús moribundo, y fue un testimonio inquebrantable tanto de la Divinidad como de la humanidad de Jesús y de la Verdad de Su misión sobrenatural.

                    Esta Fe de la Virgen María, que resplandeció con tal intensidad en medio de la oscuridad de un mundo incrédulo, es digna de nuestra admiración. Como un faro brillante sobre una roca firme, María resistió las tempestades más feroces, iluminando el mundo con el esplendor de Su Fe.

                    Desde su temprana infancia, María se dedicó a practicar la virtud de la Fe, mereciendo así una profunda comprensión y amor por Dios, al punto de poseer más gracia que la que se encuentra en toda la multitud de Serafines reunidos. Además, tuvo la dicha de ver cumplidas en Sí las promesas del Ángel, promesas que Ella misma, con visión profética, celebró en Su canto triunfal, el «Magníficat». Esta Fe fue, asimismo, el principio de Su exaltación y la fuente de ese singular poder de intercesión que poseería eternamente en el Cielo.

                    Apelemos a María, pidiéndole que interceda por nosotros, para que la lámpara de nuestra Fe nunca se apague, sino que, por el contrario, esta santa virtud siga creciendo y aumentando en nuestras almas.

                    Santo Domingo nació en la localidad de Caleruega, en Burgos, en el seno de la noble familia de Guzmán y de Aza.

                    Desde muy joven, Domingo fue muy dado a la oración, y especialmente devoto de la Santísima Virgen María, a quien eligió como su Madre y Patrona. Completó con éxito Sus estudios en la Universidad de Palencia y, al ser ordenado Sacerdote, se dedicó con gran celo a la salvación de las almas.

                    Cuando se conoció su fervor y la pureza de su Fe, fue invitado a predicar contra los albigenses, una secta de herejes que por aquel entonces asolaba la región de Toulouse. Aceptó de buen grado esta tarea, pero al principio no vio sus esfuerzos bendecidos con abundantes frutos. Entonces suplicó a la Santísima Virgen que le inspirara una manera más eficaz de cumplir con su difícil oficio. Esta gloriosa Virgen se le apareció y le dijo cuán fácilmente podría combatir a los herejes si rezaba la Salutación Angélica en forma de Rosario, según el método que ella misma le explicó. Santo Domingo comenzó de inmediato a propagar esta gran devoción y pronto obtuvo una gran victoria sobre la herejía.

                    Era sumamente devoto de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Transcribió la enseñanza sobre esta verdad en un libro, el cual fue sometido tres veces a la prueba del fuego en presencia de herejes, y en cada ocasión permaneció intacto entre las llamas. Fue incansable en esta cruzada, predicando continuamente la Palabra de Dios y llevando a los pecadores al arrepentimiento. Obtuvo abundantes frutos al propagar la devoción del Santo Rosario, que era muy querida para él.

                    Desde Toulouse, la práctica del rezo del Santo Rosario se extendió a otras regiones, obteniendo excelentes resultados en todas partes. Fue aprobada y generosamente indulgenciada por varios Pontífices Romanos. Domingo, en su ferviente celo por la Gloria de Dios, fundó la Orden de los Frailes Predicadores, cuyo fin era combatir la herejía y defender las Verdades de nuestra Santa Religión con la ayuda de la Virgen María. Falleció serenamente el 6 de Agosto de 1221.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



sábado, 20 de junio de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Madre Castísima


"El Espíritu Santo vendrá sobre Ti,
y el poder del Altísimo Te cubrirá
con su sombra; por eso, el Santo
que nacerá de Ti, será llamado
Hijo de Dios" 


Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers. 35



                    La Encarnación del Verbo no es solo un Misterio de nuestra Fe, sino también el mayor milagro que el poder de Dios haya realizado jamás.

                    Nada, en efecto, supera más los poderes de la naturaleza que la unión de una Persona divina, increada e infinita, con la naturaleza humana, creada y finita. Pero Dios quiso añadir otro milagro asombroso al primero: la concepción virginal de Jesús en el vientre de María, quien, por un privilegio singular, fue visitada por el Espíritu Santo. El poder del Altísimo la cubrió con su sombra para que concibiera y diera a luz al Verbo de Dios.

                    Así como no puede haber mayor dignidad en una criatura pura que la de cooperar inmediatamente con el Espíritu Santo en la formación del cuerpo de un Dios, no es de extrañar que Dios haya dejado de lado las leyes de la naturaleza para salvaguardar la virginidad de su Madre.

                    ¡Maravilla indescriptible! ¡Qué vívidamente nos revela el amor del Espíritu Santo por su Esposa, y cómo realza ante nuestros ojos la sublime dignidad de la Madre de Dios!

                    La concepción virginal de Jesucristo en el vientre de María, como toda otra obra maravillosa de Dios, debe atribuirse a la acción común de las Tres Personas Divinas, quienes, teniendo la misma naturaleza, se unen en todas sus obras ad extra . Sin embargo, es al Espíritu Santo a quien atribuimos esta concepción virginal, y esto por varias razones.

                    En primer lugar, la Encarnación es una obra de amor, puesto que Dios se hizo hombre por el amor que nos tuvo; ahora bien, el Espíritu Santo es precisamente, en la Santísima Trinidad, el amor consustancial del Padre por el Hijo y del Hijo por el Padre.

                    Además, por su unión con el Verbo, la santísima Humanidad de Jesús se convirtió en la mayor maravilla de la perfección espiritual, habiendo sido elevada, ennoblecida y glorificada por encima de todas las cosas creadas por la luz de la Divinidad: ahora bien, es al Espíritu Santo a quien atribuimos la obra de la gracia y todos los frutos de santificación que de ella emanan.

                    Finalmente, la Encarnación tuvo como fin la redención del género humano, al cual Jesucristo había de admitir a participar de las gracias, de las cuales poseía la plenitud. Ahora bien, esta santificación, que tiene su origen en Jesucristo, es precisamente obra del Espíritu Santo. Por lo tanto, es justo que atribuyamos la realización de este gran misterio a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

                    Por estas razones, María es el templo elegido, el santuario único del Espíritu Santo: un santuario tan hermoso, tan rico en dones divinos, que todos los demás santuarios palidecen en comparación.

                    Alégrate, alma mía, porque tales bendiciones nos han llegado por obra del Espíritu Santo en María. Repite con santa exultación estas palabras con las que el Esposo Celestial se complació en dirigirse a esta Madre incomparable: «Eres un jardín cerrado, hermana mía, esposa mía; eres una fuente sellada: tus plantas son un paraíso de delicias».

                    La concepción virginal de Jesucristo en el vientre de María no solo pone de relieve la Doctrina de la Maternidad Divina junto con la de la Divinidad de Jesucristo, sino que también es una prueba elocuente de que, más allá del orden natural, existe una vida sobrenatural, que es el fin de todas las cosas creadas.

                    Pues, si Dios quiso que semejante intervención milagrosa del Espíritu Santo tuviera lugar en la concepción del Redentor de la humanidad, podemos deducir de ello que el alcance de la Encarnación trasciende todo lo que el orden natural comprende. De hecho, Jesucristo se hizo hombre para concedernos la gracia en esta vida y la recompensa de la gloria en la venidera.

                    Demos gracias al Espíritu Santo por haber cubierto con su sombra a María y, de este modo, habernos concedido el conocimiento de esta gran verdad: que hemos sido creados para el cielo, y solo para el cielo.

                    Santa Isabel, hija de Andrés II, rey de Hungría, y esposa de Luis, landgrave de Turingia, fue desde su más tierna juventud sumamente devota de la gloriosa Reina del Cielo. Siempre se complacía en venerarla y en que todos con quienes entraba en contacto la veneraran. Nunca se cansaba de recitar la Salutación Angélica en honor de la Madre de Dios.

                    Entre las virtudes más destacadas de Santa Isabel, se encontraba su amor por la santa pobreza. Esta la aprendió en la escuela de la Santísima Virgen María, pues la Reina del cielo y de la tierra practicó la pobreza durante toda su vida terrenal. Este espíritu de pobreza inspiró en Santa Isabel un profundo desprecio por las posesiones terrenales, al punto de detestar todo lo que no fuera estrictamente necesario, y ni siquiera conservaba lo que correspondía a su dignidad de reina. En una ocasión, en la Fiesta de la Asunción, mientras asistía a la solemne misa, se quitó la corona real ante todos los presentes y, apartando los cojines que le habían preparado, se arrodilló en el suelo, declarando que tales adornos no eran propios de una sierva de Jesucristo, puesto que Él, el Rey del cielo y de la tierra, había vivido siempre con humildad y había muerto coronado de amargas espinas.

                    Tras la muerte de su esposo, Isabel sufrió las más feroces persecuciones. Movida por la envidia y el odio de los grandes nobles, se corrió la voz de que, con sus limosnas, había malgastado el tesoro de la Corona. Por este motivo, fue expulsada de la corte, expuesta a toda clase de insultos y, finalmente, obligada a refugiarse en una pequeña cabaña, donde padeció terriblemente de hambre y de las inclemencias del tiempo. En medio de estas tribulaciones, siempre soportadas con heroica paciencia, recibió la amorosa ayuda de la Santísima Virgen, su dulce patrona, quien incluso se dignó a aparecerse ante ella y hablarle.

                    Finalmente, Santa Isabel recuperó su dignidad original. Pero en lugar de disfrutar plácidamente de los placeres y honores de su rango, renunció a todo lo mundano y pidió vestir el hábito de San Francisco. Durante el resto de su vida, se dedicó incansablemente a la penitencia y la humildad. Finalmente, invitada por su Esposo celestial al banquete nupcial del paraíso, cambió las lágrimas de su exilio por las alegrías del cielo, falleciendo en Marburgo, Alemania, el 19 de Noviembre de 1231.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María


domingo, 26 de abril de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Madre del Buen Consejo


"Míos son el consejo y la justicia, 
mía la prudencia, mía la fuerza"


Libro de los Proverbios, cap. 8, vers. 14


                    Dios, que desea la salvación del hombre y que, por Su infinita Bondad, le provee los medios necesarios para alcanzar su fin último, nos ha provisto, en medio de las perplejidades de la vida, de un medio seguro para resolver nuestras dudas, al impartirnos el don del Consejo.

                    Por este don nos sentimos impulsados ​​a acudir al Espíritu Santo, a obtener de Él luz en nuestras ansiedades y un conocimiento claro de lo que debemos hacer para agradar a Dios y salvar nuestras almas. El Espíritu Santo, como un padre tierno, escucha el clamor de nuestro corazón y, en Su infinita generosidad, envía un rayo de Luz celestial para iluminar nuestra alma, disipar su oscuridad, mostrarle el camino que debe seguir y llenarla de seguridad y paz. Entonces nuestra alma puede clamar con el salmista: «El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?. El Señor es el protector de mi vida; ¿de quién tendré miedo?». ¡Qué precioso es este don del consejo!. Pidámoselo a Dios con toda humildad y perseverancia.

                    Después de Jesús, María es esa criatura privilegiada que poseía en grado superlativo el don del Consejo. Su Alma, en efecto, siempre estuvo volcada hacia Dios, a cuyas inspiraciones respondía con prontitud. En Ella, mucho más que en ningún otro Santo, se cumplen plenamente las siguientes palabras: «Que el consejo te guarde y la prudencia te conserve». Y esta prontitud con la que María se volvía a Dios en todo y percibía las luces que Él le enviaba, preservó Su Alma santa en perfecta paz. Esta paz la acompañó siempre e impartió a cada una de Sus acciones un resplandor celestial.

                    Sin embargo, fue en dos circunstancias de su vida en particular donde María demostró poseer el don sobrenatural del consejo en un grado superior.

                    La primera fue en el momento de Su Presentación en el Templo. Entonces comprendió claramente lo grato que sería para Dios que se consagrara a Él mediante un voto de virginidad perpetua; y no esperó a tener más edad para cumplir este voto, demostrando así cómo Sus acciones estaban eminentemente caracterizadas por el don de Consejo que animaba cada una de ellas.

                    Nuevamente, en el momento de la Anunciación, este don resplandeció en María con un esplendor aún mayor. Aclamada por el Ángel como «llena de gracia» y exhortada por él a dar Su consentimiento para la realización de la Encarnación, la Santísima Virgen preguntó al Mensajero celestial acerca de las disposiciones de la Voluntad Divina respecto a ella; y al conocerlas, se ofreció sin reservas como humilde Sierva del Señor.

                    Oh Mujer sin igual, concédeme que, como Tú, pueda recurrir frecuentemente a las luces del Espíritu Santo, para que pueda conocer y cumplir en todas las cosas la Santa Voluntad de Dios, y para que en Ella encuentre la paz perfecta.

                    Así como quien recurre al consejo sabio se encamina hacia la seguridad, también quien descuida buscar consejo se expone a su propia ruina. El castigo que Dios suele infligir a los individuos y pueblos que, deliberadamente, pisotean Su Ley y violan Su Justicia, consiste en retirarles la guía del Espíritu Santo y dejarlos a merced de sus propias inclinaciones perversas: «Los dejo ir según los deseos de su corazón».

                    La consecuencia natural de la pérdida del don del Consejo es una temeridad obstinada, a la que vemos sucumbir en los impíos: esta insensatez suele ser precursora de la ruina y la muerte. El hombre carnal, que solo desea los bienes de este mundo y los placeres de los sentidos, se ve impulsado por un instinto ciego a buscar disfrutes; sin embargo, tarde o temprano, estas mismas cosas lo arrastran como un torbellino y perece miserablemente.

                    ¡Cuidado, alma mía, de despreciar la Luz del Espíritu Santo!. Recurre más bien al Autor de todo bien, diciendo con fe y humildad, como el Profeta: «Escucharé lo que el Señor me diga, porque Él anunciará la paz a su pueblo».

                    San Luis María Grignion de Montfort, llamado así por el castillo donde nació, manifestó desde temprana edad una gran devoción a la Santísima Virgen. Siendo aún niño, solía llamar a María con el dulce nombre de Madre y se alegraba al oír hablar de Sus virtudes y dignidad. Además, a veces le gustaba apartarse de sus compañeros para rezar el Rosario y cantar alabanzas a esta gloriosa Reina; y otras veces invitaba a otros a unirse a él en este piadoso acto.

                    Esta devoción se hizo más ferviente con el paso de los años, tanto que, al envejecer, sintió crecer en su interior un amor aún mayor por la Madre de Dios y de los hombres. Al ser ordenado Sacerdote, se entregó por completo a la obra de salvar almas, especialmente mediante las misiones, en las que nunca dejó de invocar la poderosa intercesión de María. Esta Reina celestial, como una madre amorosa, se dignó bendecir su labor con abundantes frutos, a pesar de las feroces persecuciones que sufrió.

                    En efecto, a María recurría en todas sus tribulaciones. A Ella consagraba todos sus trabajos y sufrimientos. Cada día, al terminar su labor, se postraba ante Su Altar como para obtener de Ella consuelo y alivio.

                    Tan ardiente era su deseo de incorporar a los Fieles al servicio de la Reina del Cielo, que, entre otros esfuerzos por propagar la devoción a Ella, pensó en establecer en todas partes la Cofradía del Santísimo Rosario.

                    Además, fundó una Congregación: los Misioneros de la Compañía de María, quienes se consagraron continuamente a esta santa obra. Fue principalmente gracias a esta singular devoción a la Madre de Dios que logró convertir a numerosos pecadores, santificar muchas almas y preservar al pueblo cristiano de la herejía del jansenismo, que se había infiltrado por doquier.

                    El nombre de San Luis María Grignion permanecerá siempre querido por los devotos de María gracias a un libro lleno de sabiduría celestial que escribió sobre la verdadera devoción a la Santísima Virgen. En este libro, el Apóstol de la Reina del Cielo enseña cómo consagrarnos por completo a Ella, poniendo en Sus manos todo lo que tenemos y todo lo que hacemos, para que sea nuestra Mediadora ante Su Hijo.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María


sábado, 18 de abril de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Reina de los Patriarcas


"En lugar de tus padres, tus hijos 
serán tu trono; los harás 
príncipes sobre toda la tierra"

Salmo 44:17


                    Por el Don de la Piedad, el Espíritu Santo nos inspira a amar a Dios como a Nuestro Padre, a quien rendimos el respeto, el honor y la adoración que un hijo obediente rinde al autor de sus días, según las palabras de San Pablo: «No habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos ¡Abba (Padre)!».

                    El Don de la Piedad actúa sobre nuestros corazones como el fuego sobre la cera. Los ablanda, de modo que se vuelven capaces de recibir las impresiones del Amor paternal de Dios; los llena de tierno afecto, mezclado con profunda reverencia por todo lo que pertenece al culto divino. Bajo la influencia de esta impresión, podemos decir con San Juan: «¡Mirad qué gran Caridad nos ha concedido el Padre, al llamarnos hijos de Dios!».

                    Este espíritu nos impulsa a abrir nuestros corazones a Dios, con toda confianza y sencillez, para mantener una dulce conversación con Él, caracterizada por el amor más ardiente y la libertad perfecta.

                    Ese amor filial y reverente que la Piedad engendra en nuestros corazones incluye, después de Dios, a todos aquellos que están más íntimamente unidos a Él: Ángeles, Santos, Sacerdotes, etc. La Palabra de Dios, contenida en las Sagradas Escrituras, se convierte también, mediante la Piedad, en objeto de un Amor y respeto especiales.

                    Oh Señor, enriquece mi alma con este precioso don, porque nadie es tan padre como Tú, ni nadie tan tierno y compasivo: Tam pater nemo, tam pius nemo.

                    Si se nos concediera contemplar el Alma de María, nos dejaríamos llevar por la admiración ante los sentimientos de Amor Divino con los que el Don de la Piedad la inspiró, un espectáculo digno de llenarnos de Santa Alegría. ¡Qué dulzura de comunión con el Esposo de Su Alma!. ¡Qué confianza en Su abandono a la Providencia de Dios en medio de Sus dolores!. ¡Qué generosidad en Sus arrebatos de Amor!. ¡Qué elevada aspiración!. ¡Qué conformidad a la Voluntad Divina en las pruebas de la vida!. ¡Qué ardor y singularidad de propósito en Su búsqueda de la Gloria de su Maestro!. ¡Qué amargo dolor al ver los ultrajes infligidos a Su Bienamado!.

                    Fue este mismo Don de Piedad el que la impulsó a dedicar sus energías al servicio del Templo, considerándolo por encima de los palacios más espléndidos de los reyes. Asimismo, este don la inspiró una santa veneración por las Sagradas Escrituras, y sobre todo por las palabras de Su Hijo Jesucristo, pues leemos que «guardaba todas estas palabras en Su Corazón». Sentía también un amor y una reverencia especiales por su Ángel de la guarda. En definitiva, aunque veía a los Apóstoles muy inferiores a Ella en gracia y virtud, los estimaba como Ministros de Su Hijo y los amaba con un verdadero amor maternal.

                    El Don de la Piedad no solo nos lleva a amar y venerar a Dios como Nuestro Padre y a mostrar la más alta reverencia por todo lo que le está consagrado, sino que además nos impulsa a atender las necesidades de aquellos que sabemos que se encuentran en situación de desamparo corporal o espiritual.

                    Las obras de misericordia corporales son siete: dar de comer al hambriento y de beber al sediento; dar cobijo al desamparado; vestir al desnudo; visitar a los enfermos; consolar a los presos; redimir a los cautivos; enterrar a los muertos. – Las obras de misericordia espirituales también son siete: instruir al ignorante; amonestar a los pecadores; aconsejar al que duda; consolar al afligido; soportar con paciencia las ofensas; perdonar las ofensas; orar por los vivos y los muertos.

                    Resulta difícil discernir la perfección con la que María practicaba estas distintas obras de misericordia. Sin embargo, una cosa es segura: el vicio de la envidia, opuesto al Don de la Piedad, jamás penetró en Su Corazón Inmaculado.

                    El Beato Mateo Lazzari nació en Città della Pieve, en Umbría, a finales del siglo XIII. Siendo aún niño, decidió consagrarse por completo a Dios, en una de las Órdenes Religiosas aprobadas por la Iglesia, para agradar más a la Divina Majestad. Entre las distintas Órdenes que se le presentaron, escogió la de los Siervos de María, debido a la especial devoción que sentía por la Madre de Dios, deseando así consagrarse enteramente a Su servicio.

                    Por lo tanto, solicitó el ingreso en esta Orden, que poseía un monasterio en su ciudad natal. Fue admitido entre los estudiantes y, al comprobarse que poseía una capacidad intelectual extraordinaria, fue enviado a la célebre Universidad de París para estudiar Humanidades y Teología.

                    Se dedicó con tal ahínco al estudio que obtuvo el título de Doctor en Teología y regresó a su patria con el prestigioso reconocimiento del conocimiento teológico, al que se sumó una especial santidad. Por ello, su Orden le confió numerosos cargos importantes, que desempeñó con plena satisfacción, hasta que en 1344, el Sumo Pontífice Clemente VI lo puso al frente de la Orden, la cual gobernó hasta su muerte.

                    Era muy devoto de la Virgen María y le encantaba venerarla en el Misterio de Su Inmaculada Concepción. Defendía con fervor esta verdad. Mediante su predicación y conversación, solía proponer esta hermosa devoción a los Fieles. En las disputas públicas, siempre se ponía del lado de quienes creían en la Inmaculada Concepción de la Virgen. En su cargo de Superior General de la Orden, encontró la manera de inducir a un gran número de personas a compartir estos piadosos sentimientos de devoción a María, incluyéndolos en sus actos públicos e invocando su poderoso Patrocinio para el beneficio de sus hermanos religiosos. Además, solía usar la siguiente invocación al impartirles su bendición: «Que la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María sea vuestro amparo y protección».

                    Lleno de años y méritos, fue llamado a las alegrías del Cielo en el año de Nuestro Señor 1348. Inmediatamente después de su muerte, el pueblo lo invocó como "Beato", aunque su culto aún no ha sido reconocido por la Iglesia.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María


sábado, 11 de abril de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Consoladora de los afligidos


"Santa María,
socorre a los desdichados,
anima a los desanimados,
reconforta a los afligidos" 

Antífona del «Magníficat» en las Primeras 
Vísperas del Oficio de Nuestra Señora


                    La aflicción, compañera inseparable del hombre durante su peregrinación terrenal, es la consecuencia natural de los males que nos sobrevienen, ya sean internos o externos. El duelo, la pérdida de la fortuna, la calumnia, las malas prácticas en nuestra contra, son solo algunas de las causas de la aflicción exterior. La enfermedad, la tentación, las dificultades y, sobre todo, el pensamiento de haber ofendido a Dios con el pecado y el peligro de volver a ofenderlo: estas y otras cosas similares dan origen a sufrimientos interiores.

                    Los bienes terrenales son insuficientes para consolarnos en medio de tantos males. Quizás alivien nuestra amargura en parte, pero al final, solo dejan un vacío en nuestros corazones y son incapaces de protegernos contra nuevas desgracias.

                    Como compensación a los males de la vida, la infinita Bondad de Dios nos ha preparado, en la siempre presente ayuda de la Santísima Virgen, una abundante fuente de consuelo, por la cual debemos estar agradecidos. Basta con recurrir a esta Madre de Misericordia para tener la certeza de recibir de Ella un pronto alivio en los dolores de la vida, un bálsamo para el corazón herido, un consuelo en las aflicciones y calamidades que nos abruman.

                    Así como Jesucristo nos invitó a buscar nuestro consuelo en Él, cuando dijo: «Venid a Mí todos los que estáis cansados ​​y agobiados, y yo los aliviaré», así también María nos ofrece, en medio de las tristezas de esta vida, el consuelo más reconfortante: «Venid a Mí todos los que Me desean, y sean saciados con Mis frutos».

                    El Poder de María para consolar a los afligidos proviene principalmente de que Ella, más que nadie, conoció el dolor. Como compañera inseparable de Jesús, durante los treinta y tres años de Su vida mortal, María compartió todos Sus sufrimientos. Con Él sintió la aflicción de la pobreza, experimentando toda clase de privaciones. Los reproches de quienes reprochaban a Jesús recayeron también sobre Ella; y cuando los Discípulos abandonaron a su Divino Maestro uno a uno, María lo siguió fielmente hasta el Calvario, donde bebió con Él hasta la última gota de Su amargo cáliz. Incluso después de que el Salvador terminara Su vida mortal de trabajo y esfuerzo, María continuó viviendo y sufriendo, hasta que Dios quiso llamarla a Su lado.

                La fe y la constancia de María, unidas a Su inquebrantable adhesión a las enseñanzas de Su Hijo, son en sí mismas fuente de consuelo. Pues esta Madre Divina nos enseña, con Su ejemplo, a no desesperar jamás de la ayuda divina. Nos anima a perseverar en nuestras buenas obras, cualesquiera que sean las dificultades que se nos presenten. Al obtener para nosotros, mediante Su Mediación, una gran participación en la virtud de la Cruz, transforma nuestras penas en gozosos intensos, como antaño la leña que Dios señaló a Moisés transformó las amargas aguas del desierto en dulces.

                    Si recurrimos a María en tiempos de aflicción, no solo recibiremos de Ella consuelo en nuestros dolores, sino que también aprenderemos por Su ejemplo a valorar como se merecen las cruces con las que Nuestro Señor se digna visitarnos.

                    El tiempo de sufrimiento es, sin duda, el más preciado de esta vida; pues es entonces cuando se presenta la oportunidad de practicar las más elevadas virtudes. Estas virtudes son: la Fe en el sabio orden de la Divina Providencia, la Confianza en la ayuda del Cielo y la Caridad, tanto hacia Dios, que permite que seamos afligidos, como hacia nuestro prójimo, que tal vez sea la causa de nuestros sufrimientos. El tiempo de aflicciones es entonces sumamente valioso, aunque, ¡ay!, a menudo lo subestimamos. «Si hubieras sabido, y que en este tu día, las cosas que te traerán paz».

                    ¡Cuidado, alma mía, de murmurar o perder la paciencia!. Soporta todo con paz y alegría, en compañía de Jesús Crucificado y de Su Madre afligida. Recuerda estas palabras reconfortantes de Nuestro Salvador: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados».

                    La Beata Bionda Foschi, dueña del antiguo castillo de Verrucchio, era una dama noble y piadosa, dotada de las más preciadas virtudes de la mente y el corazón, y venerada y amada no solo por sus dependientes, sino también por todos aquellos con quienes entraba en contacto.

                    Siendo aún muy joven, se casó con el Conde Foschi, pero pronto tuvo la desgracia de perderlo. A esta pérdida le siguió otra, pues toda la familia cayó en la pobreza y la indigencia a manos de una facción rival. Sin embargo, Bionda aún conservaba un consuelo: su pequeño hijo, a quien amaba profundamente. Le inculcó con gran esmero la Piedad y el Temor de Dios.

                    Dio la casualidad de que sus enemigos, no satisfechos con la venganza que habían ejercido sobre el resto de la familia, dirigieron su odio contra este niño inocente, al que finalmente dieron muerte.

                    ¡Qué angustia y desolación sintió Bionda al verse tratada con tanta crueldad después de tantas desgracias!. Pero, ¿qué debía hacer ahora?. ¿Debía sucumbir a la desesperación o vengarse de sus enemigos?. No hizo ninguna de las dos cosas. Dirigió su mirada a Nuestra Señora de los Dolores, a quien siempre había profesado una tierna devoción. Al contemplar a María al pie de la cruz, acompañándola con dolor en la muerte de Su Divino Hijo, Bionda encontró consuelo en su aflicción. Sintió en su alma la calma de la paz celestial y su corazón exhaló un generoso perdón para sus enemigos. Dominando sus sentimientos, perdonó a sus adversarios, y este perdón resultó ser más valioso para su corazón que cualquier venganza.

                    Este heroico sacrificio de Bionda fue sumamente grato a Dios, quien escudriña los corazones de los hombres. A cambio, le concedió comprender la vacuidad de este mundo y se dignó llamarla a una vida de perfección entre las Siervas de su Santísima Madre. En su nuevo estado, Bionda se consagró por completo al camino de la perfección y, con la ayuda de la Gracia Divina, alcanzó tal grado de santidad que mereció obrar muchos milagros durante su vida y también después de su muerte. El pueblo la invocaba siempre como Bienaventurada.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María


jueves, 19 de marzo de 2026

SAN JOSÉ, COLABORADOR EN EL PLAN DIVINO DE LA REDENCIÓN



                    La Redención de la Humanidad, que es el hecho central de toda nuestra Historia, determinó la caída del paganismo, el surgimiento y el triunfo de la Iglesia Católica, la implantación de una Civilización basada en concepciones completamente nuevas de la familia, del Estado, del individuo y de la Religión, que fueron los hechos iniciales y la causa del gran progreso.

                    La familia pagana, transformada y sobrenaturalizada por el contacto con los Sacramentos de la Iglesia, se transformó en foco admirable de perfección espiritual, y en escuela austera de disciplina de los instintos inferiores. 

                    El Estado pagano, transformado desde sus fundamentos por el Catolicismo, dejó de ser privilegio de plutócratas o demagogos, para ser antes que nada un admirable medio de distribución equitativa de la justicia y protección a todos los individuos. 

                    El individuo, que en el paganismo era presa de sus pasiones, vio abrirse delante de sí el admirable ideal de perfección espiritual predicado por el Hombre-Dios; y el hombre medieval, descendiente de los sibaritas de la Antigüedad, se transformó en el cruzado, en el asceta o en el filósofo cristiano. 

                    La Religión, en fin, consiguió traer al mundo, con sus Sacramentos, con la gracia de que es vehículo, y con el admirable apostolado jerárquico de la Iglesia, una continuidad de acción santificadora que ha sido la columna de la Civilización, y que es aún hoy el único obstáculo contra la acción invasora del Comunismo, como lo fue contra las invasiones bárbaras o musulmanas. 

                    Todos estos acontecimientos gloriosos tuvieron su origen en la Redención. San José, por la admirable correspondencia a la Gracia con que se distinguió, colaboró de modo eminente en el Plan Divino de la Redención. Y, como tal, es merecedor de una gran parte de la Gloria que, legítimamente, le cabe al Divino Salvador por la inmensidad de beneficios con que nos colmó. 

                    Vemos, pues, la admirable fecundidad de una vida que todas las circunstancias naturales tendían a volver estéril. Vemos la prodigiosa capacidad de acción de la Santidad, que en el recogimiento y en la humildad, colaboró directamente en acontecimientos mucho más importantes, y tuvo una participación incalculablemente más notable en toda la Historia de la humanidad que Alejandro con sus ejércitos, Kant con su saber arrogante, o Maquiavelo con su diplomacia astuta y amoral. 

                    Vida interior, por lo tanto. Vida interior intensa, constante, ilimitadamente ambiciosa, en el sentido espiritual de la palabra, es la gran lección que la Fiesta de San José nos deja. 

                    Íntimamente unidos a Nuestra Señora como lo fue San José, la grandeza de la lección no debe desanimar la escasez de nuestras fuerzas, pues debemos exclamar como aliento: Omnia possum in Eo qui me confortat - “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Filp. 4, 13)


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira



San José, 
Corredentor perfectísimo


                    José conoció y vivió anticipadamente el drama de la Pasión desde los primeros misterios de la Infancia de Jesús. Y acepta la parte que le corresponde en él, que fue precisamente sufrido en su corazón, a la vez que preparaba la Víctima y compadecía a nuestra Madre Dolorosa. El no asistir a él fue quizá uno de sus grandes dolores. Pero aceptó siempre los Planes Divinos de la Providencia. Y cuando Dios dio por cumplida su misión en la tierra, salió silenciosamente, inmolando su vida por la regeneración del mundo.

                    Con toda justicia el Cardenal Lépicier, verdadero y profundo teólogo entre los escritores de San José, le llama «Corredentor perfectísimo». Dios le dio un conocimiento especial de este misterio, valorando a la luz del mismo el ministerio para el que era elegido, pues le correspondía preparar y custodiar la Víctima, participando en grado eminentísimo en los frutos de Su Sacrificio y cooperando en la misma forma para el bien del género humano.

                    San José no solo coopera -como todos estamos llamados a hacerlo- a la redención subjetiva del género humano, que es la aplicación de los méritos adquiridos por Cristo a cada uno de los hombres, sino también a la redención objetiva o adquisitiva, a la Obra Redentora en general y desde Nazaret hasta su consumación en el holocausto del Calvario. También San José, a semejanza de María prestó su libre consentimiento a los planes divinos. Cuando el Ángel le revela el Misterio obrado en su esposa por obra del Espíritu Santo, la acoge inmediatamente en su casa y se entrega con su mayor solicitud al ministerio que se le pide, el cual comprende su colaboración a la Obra Salvadora de Jesús, ya que el Ángel le dice: «Dará a luz un Hijo, a quién pondrás por Nombre Jesús, porque salvará a Su pueblo de sus pecados». (Mt. 1, 23). José entrega todo su ser en manos de Dios y acepta los sufrimientos que le deben corresponder en el Plan Salvífico Divino, ofreciéndolos en unión del sacrificio de Cristo Redentor. Su sacrificio, aún sin presenciar en vida mortal el drama sangriento de la Pasión, fue perfecto. El Santo se inmola a sí mismo silenciosamente, viviendo anticipadamente en su corazón la crucifixión dolorosísima de Cristo, las amarguras indecibles de su Santa esposa. 

                    Puede afirmarse -con el Cardenal Lépicier- que San José participó más que ningún otro, después de la Santísima Virgen, en la Pasión de Cristo, cuyos dolores, en conjunto, fueron los mayores que pudo padecer ninguna criatura por su inseparable e íntima unión con Jesús y con María. El mar de amargura de ambos se refleja en el corazón de San José. Y en proporción a la unión está, por otro lado, el mayor conocimiento de este tremendo Misterio del Dolor que tuvo el Santo ya por la revelación del Ángel y la profecía de Simeón, ya también por las confidencias íntimas de Jesús y por los presentimientos que en su alma ponía el Espíritu Santo. 

                    Por su voluntaria aceptación de su vocación de Padre y Señor de Familia predestinada a ser instrumento de salvación del mundo entero ("causa salutis", Heb 5, 9) y generoso ofrecimiento a participar en la Cruz del Señor, para satisfacer más abundantemente, por todos los hombres, la cooperación dolorosa de San José es la mayor después de la de María -y como ella única y singular en cuanto participante con el Redentor en la redención objetiva, no solo aplicativa-, e incomparablemente mayor que la que puede atribuirse a otros Santos.


Padre Bonifacio Llamera O.P.
"Teología de San José", BAC, Madrid, 1953


Nuestro Padre y Señor San José
en las revelaciones que recibiera la mística Sor María de Jesús de Ágreda


                    En todo fue renovado y elevado, para tratar dignamente con la que era Madre del mismo Dios y esposa propia suya y para dispensar juntamente con Ella lo que era necesario al Misterio de la Encarnación y crianza del Verbo humanado... Y para que en todo quedase más capaz y reconociese las obligaciones de servir a su Divina Esposa, se le dio también noticia que todos los dones y beneficios recibidos de la mano del Altísimo le habían venido por Ella y para Ella y los de antes de ser Su esposo, por haberlo elegido el Señor para esta dignidad, y los que entonces le daban, por haberlos Ella granjeado y merecido..." 

                    Aunque trabajaba de sus manos, y también la Divina Esposa, jamás pedían precio por la obra, ni decían: esto vale o me habéis de dar ; porque hacían las obras no por interés, sino por obediencia o caridad de quien las pedía y dejaban en su mano que les diese algún retorno, recibiéndolo no tanto por precio y paga como por limosna graciosa. Esta era la santidad y perfección que deprendía San José en la escuela del cielo que tenía en su casa..."

                    El Santo José, aunque no era muy viejo, pero cuando la Señora del mundo llegó a los treinta y tres años estaba ya muy quebrantado en las fuerzas del cuerpo, porque los cuidados y peregrinaciones y el continuo trabajo que había tenido para sustentar a su esposa y al Señor del mundo le habían debilitado más que la edad ; y el mismo Señor, que le quería adelantar en el ejercicio de la paciencia y otras virtudes, dio lugar a que padeciese algunas enfermedades y dolores que le impedían mucho para el trabajo corporal...

                    Y para satisfacer a su afecto y obligación, honrando y venerando a la que conocía por Madre del mismo Dios, cuando a solas la hablaba o pasaba por delante de Ella la hincaba la rodilla con grande reverencia. Y aunque pudiera aliviar a San José la compasión de la amabilísima Señora, que con rara discreción se la mostraba de verle trabajado y cansado, pero a este alivio añadía la doctrina celestial, con cuya atención el Santo dichoso trabajaba más con las virtudes que con las manos..."

                    Según el concepto que yo tengo, si en el mundo hubiera otro hombre más perfecto y de mejores condiciones, ése diera el Señor por esposo a Su misma Madre, y pues le dio al Patriarca San José, él sería sin contradicción el mejor que Dios tenía en la tierra...

               Palabras de Nuestra Señora: "Hija Mía, aunque has escrito que Mi esposo San José es excelentísimo entre los Santos y Príncipes de la Celestial Jerusalén, pero ni tú puedes ahora manifestar su eminente Santidad, ni los mortales pueden conocerla antes de llegar a la Vida de la Divinidad, donde con admiración y alabanza del mismo Señor se harán capaces de este privilegio; el día último, cuando todos los hombres sean juzgados, llorarán amargamente los infelices condenados no haber conocido por sus pecados este medio tan poderoso y eficaz para su salvación (la devoción a San José), ni haberse valido de él para ganarse la amistad de Mi Divino Hijo, el Justo Juez.

               Y todos los del mundo han ignorado mucho los privilegios y prerrogativas que el Altísimo Señor concedió a Mi Santo Esposo José y cuánto puede su intercesión con su Majestad y Conmigo, porque te aseguro, muy querida hija, que en presencia de la Divina Justicia es uno de los grandes intercesores para detenerla contra los pecadores y alcanzar grandes mercedes.

               Y por la noticia y la luz que de esto has recibido y recién escrito, quiero que seas muy agradecida a la dignación del Señor y al favor que en esto hago contigo; y de aquí en adelante en lo que queda de tu vida procures adelantarte en la devoción y cordial afecto a Mi Santo Esposo José y bendecir al Señor, porque le favoreció con tantos dones y por el gozo que yo tuve de conocerlo. En todas tus necesidades te has de valer de su intercesión y solicitarle muchos devotos, y que las religiosas se fijen mucho en esto, pues lo que pide Mi Esposo José en el Cielo concede el Altísimo en la tierra y a sus peticiones y palabras tiene vinculados grandes y extraordinarios favores para los hombres, si ellos no se hacen indignos de recibirlos.

                Y todos estos privilegios corresponden a la perfección de este admirable Santo y a sus virtudes tan grandiosas, porque la Divina Misericordia se inclinó a ellas y le miró con mucho agrado, para conceder admirables misericordias para José y para los que acuden a su intercesión.


Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, 
Extraído de su obra "Mística Ciudad de Dios" 



sábado, 14 de marzo de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Santa Madre de Dios


“Ella adoró a Aquel 
a quien había engendrado” 


Oficio de la Purificación



                    La mente humana jamás podrá comprender plenamente todo lo que encierra el título de «Madre de Dios». Es el título con el que los Fieles se dirigen a María, y la Iglesia lo ha sancionado con su autoridad infalible. Todas las bellezas de la naturaleza, todas las riquezas de la Gracia, todos los esplendores de la Gloria palidecen ante la majestuosa grandeza de un título como este. Pues, por el hecho mismo de haber concebido al Verbo hecho carne, María ha quedado unida a Dios por los mismos lazos que unen a una madre con su verdadero hijo.

                    Así como la dignidad de la naturaleza humana en Jesucristo se eleva inconmensurablemente por encima de todo lo creado, en razón de la unión hipostática con el Verbo Divino, así también la dignidad de María pertenece a un orden superior, por Su posición como Madre de Dios. Este título es precisamente la fuente y la medida de todos esos dones de naturaleza, Gracia y Gloria, con los que el Señor se complació en enriquecerla. «La Santa Madre de Dios ha sido elevada por encima de los Coros de Ángeles en el Reino Celestial».

                    Admira, oh alma mía, tan grande milagro del Poder del Altísimo, y ya que se ha dignado llamarte al servicio de tan gran Reina, dale gracias y promete a tu Soberano eterna fidelidad.

                    El título de Madre de Dios, con que la Iglesia Católica honra a María, no es sólo fuente de incomparable grandeza en Ella, sino también un potente medio para fundamentarnos firmemente en la posesión de la Verdadera Fe y llevarnos a un conocimiento más perfecto de los atributos divinos.

                    De hecho, el primer paso para reconocer a Jesucristo como Salvador del mundo, es la creencia en la Maternidad Divina: por el contrario, quien se niega a reconocer a María como verdadera Madre de Dios, ha naufragado por ese mismo hecho en la Fe.

                    Además, la Sabiduría Divina resplandece con mayor claridad por el hecho de que Dios se dignó elegir a María como Madre de Su Hijo. De todas las Obras de Dios, la Encarnación es la más digna de la diestra del Altísimo; pero ¿cómo puedo admirar suficientemente los designios de Tu Sabiduría, ¡oh Dios mío, ya que has querido oponer a la obra de destrucción y muerte, iniciada en el pecado de Eva y completada en el de Adán, una Obra de Reparación, iniciada en la obediencia de María y consumada en el Sacrificio de Jesús!.

                    ¡Cuánta Gloria le corresponde a la Bondad de Dios por la Divina Maternidad!. Pues, al predestinar a María para ser Madre del Verbo, Dios también decretó dárnosla como Madre Nuestra. Quiso que Ella, en unión con Su Hijo, realizara la Obra de nuestra Redención y que, al regenerarnos a la Vida de la Gracia, se convirtiera en Nuestra Madre en el orden espiritual.

                    ¡Oh, la profundidad de las riquezas de la Sabiduría y del Conocimiento de Dios!. ¡Cuán incomprensibles son sus juicios y cuán insondables sus caminos!.

                    La Divina Maternidad es, sin duda, el punto de partida de la Obra de nuestra Salvación. Por lo tanto, es deber de todo cristiano proclamar con valentía esta verdad. Al creer que María es la Madre de Dios, creemos también que el Verbo se hizo carne. Pero para que esta Fe no sea estéril, debe ir acompañada de un sincero culto, tanto interno como externo; un culto consistente en actos de homenaje, veneración y amor hacia esta criatura incomparable, unida a nosotros por tantos títulos.

                    El alma fiel no puede, pues, hacer nada mejor que seguir el ejemplo que nos da la Iglesia, que no se cansa de proclamar esta Verdad al universo entero, ya sea mediante la erección de templos en honor de María, mediante el establecimiento de Hermandades consagradas a Ella, mediante la aprobación de órdenes religiosas dedicadas a Su servicio, o mediante la institución de prácticas de piedad en Su honor.

                    Sí, María es verdaderamente digna de ser saludada con las palabras que antaño dirigió el líder judío Ozías a Judit: “Bendita seas tú, oh hija, por el Señor Dios Altísimo, más que todas las mujeres de la tierra”.

                    La devoción a Nuestra Señora Santísima está tan íntimamente ligada a todo el depósito de la Divina Revelación, que no es posible negar las prerrogativas de esta gloriosa Virgen, sin ofender alguna Verdad de la Fe Católica.

                    San Cirilo, el gran Obispo de Alejandría, fue el glorioso defensor de la Divina Maternidad y, en consecuencia, del Sagrado Depósito de la Revelación Cristiana. Sus excelsas virtudes se proclaman no sólo en testimonios privados, sino también en las solemnes Actas de los dos Concilios Generales de Éfeso y Calcedonia. Ansioso por promover la devoción a Nuestra Santísima Señora e impulsado por el celo por la salvación de las almas, San Cirilo no tenía otra preocupación que preservar a su rebaño de las lamentables herejías sobre la Divina Maternidad de nuestra Santísima Señora, que en aquel entonces invadían algunas iglesias orientales.

                    Cirilo, tan versado en las ciencias sagradas como ejercitado en todas las virtudes, fue enviado por el Papa San Celestino para presidir el Concilio de Éfeso. En esta gran asamblea se condenó la herejía de Nestorio y se proclamó el Dogma de la Divina Maternidad de Nuestra Señora. En esta ocasión, San Cirilo derramó su corazón en una ferviente oración en honor a la Madre de Dios en presencia de todos los obispos reunidos para la ocasión. Esta oración es uno de los himnos de alabanza más bellos que jamás se hayan compuesto en honor a la gloriosa Reina del Cielo.

                    Pero no pasó mucho tiempo antes de que el santo Obispo tuviera que sufrir por este hecho, lo que le atrajo el odio implacable de los herejes, de quienes tuvo mucho que sufrir. Terminaron por expulsarlo de su diócesis. Sin embargo, esto no le impidió seguir defendiendo el augusto Dogma de la Divina Maternidad de María, de palabra y por escrito. Estaba más que feliz de sufrir por esta Verdad; pero Nuestra Señora no tardó en recompensar a Su fiel siervo con abundantes gracias celestiales. Finalmente, por Su intercesión, se le permitió regresar a su sede, donde fue recibido con gran alegría por su pueblo. Murió santamente el 28 de Enero del año 444, pasando su alma de la tierra al Cielo para alabar por toda la eternidad a la Gloriosa Madre de Dios, a quien tanto había honrado durante su vida.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María