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martes, 28 de abril de 2026

SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT, Apóstol de la Esclavitud Mariana



                       San Luis nació en Montfort, Francia el 31 de Enero de 1673 de una familia muy numerosa, siendo el mayor de 18 hermanos. Uno de ellos murió en su infancia, 3 fueron Sacerdotes y 3 religiosas. San Luis sobresalía entre sus amigos por su habilidad y su extraordinaria fortaleza física. De carácter era más bien tímido y prefería la soledad.

                      Desde joven, San Luis sentía una gran devoción a la Divina Eucaristía y a la Virgen María. Frecuentemente lo encontraban rezando por largo rato frente a una imagen de la Virgen. Cuando tenía suficiente edad, pidió permiso para asistir por las mañanas a la Santa Misa de la Parroquia; como la Iglesia le quedaba a dos millas de su casa, tenía que levantarse muy temprano para llegar a tiempo.  Mientras estudiaba con los Jesuitas en Rennes siempre visitaba la iglesia antes y después de las clases. Participó en una sociedad de jóvenes que durante las vacaciones servían a los pobres y los enfermos incurables.

                      Pero no todo en su juventud era de color de rosas. Su padre, Jean Grignion, tenía la fama de ser uno de los hombres más coléricos en toda la región de Rennes. Y como Luis era el hijo mayor, era quien sentía más el peso de la furia. Su padre constantemente lo incitaba a la ira. Ya por sí mismo Luis tenía un temperamento tan fuerte como el de su padre, lo cual le hacía aún más difícil soportar aquellas pruebas. Para evitar un enfrentamiento con su padre, y el mal que su ira podría traer, Luis salía corriendo. Así evitaba la ocasión de pecado. Era todo lo que Luis podía hacer para controlar su temperamento... sin quererlo, su padre le proporcionó un medio para entrar en la lucha por la santidad a una temprana edad.

                      En 1693, a los 20 años, siente el llamado de consagrar su vida a Dios en el Sacerdocio. La primera reacción de su padre no era favorable, pero cuando vio la determinación de su hijo, le dio la bendición. Y así, a finales de ese año, San Luis sale de su casa hacia París.

                      Su tiempo en el Seminario estuvo lleno de grandes pruebas: era poco comprendido por los demás. No sabían cómo lidiar con el, si tratarlo como a un santo o como a un fanático. Sus superiores, pensando que toda su vida estaba movida más bien por el orgullo que por el celo de Dios, lo mortificaban día y noche. Lo humillaban y lo insultaban en frente de todos. Sus compañeros en el Seminario, viendo la actitud de los superiores, también lo maltrataban mucho. Se reían de él, lo rechazaban muy a menudo. Y todo esto San Luis lo recibió con gran paciencia y docilidad. Es más, lo miraba todo como un gran regalo de Cristo quién le había dado a participar de Su Cruz

                      El 5 de Junio de 1700, San Luis, de 27 años, fue ordenado Sacerdote. Tras años de incomprensiones y ataques por parte del Clero y parte del Episcopado francés, decide, en el año 1706, recurrir al Santo Padre, el Papa Clemente XI, que le imparte su Bendición y lo nombra Misionero Apostólico, quedando así bajo la protección directa del Papa.



                      San Luis llegará a hacer 200 Misiones y retiros, especialmente en la región noroccidental de Francia: el Poitou, Vendée y en Bretaña. Con gran celo predicaba de pueblo en pueblo el Evangelio. Su lenguaje era sencillo pero lleno de fuego y amor a Dios.  Sus Misiones se caracterizaban por la presencia de María nuestra Señora, ya que siempre promovía el rezo del Santo Rosario y hacía procesiones y cánticos a la Virgen, por la que predicaba sin cesar la Esclavitud Mariana. Sus exhortaciones movían a los pobres a renovar sus corazones y, poco a poco, volver a Dios, a los Sacramentos y al amor a Cristo Crucificado. Jamás cesaron los ataques, ni por parte del Clero corrupto, ni de los jansenistas.

                      El 1 de Abril de 1716 comenzó su última Misión en Saint-Laurent-sur-Sèvre. Presintiendo que su muerte estaba próxima, pidió que, cuando lo pusiesen en el ataúd, le fuesen mantenidas en el cuello, los brazos y los pies las cadenas que usaba como señal de Esclavitud de Amor a la Santísima Virgen. Murió en la tarde del 28 de Abril de 1716. Fue enterrado en el mismo pueblo de Saint-Laurent-sur-Sèvre, en la basílica que hoy lleva su nombre.

                      San Luis regaló a la Iglesia las obras más grandes que se han escrito sobre la Virgen Santísima, siendo la mayor de todas "El Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen". Además escribió "El Secreto de la Virgen", y "El Secreto del Rosario". A estos se añade "A los Amigos de la Cruz".  La Iglesia ha reconocido sus libros como expresión auténtica de la Doctrina Eclesial; así, el Papa Pío XII, que canonizó a San Luis, dijo de la obra del Santo: "Son libros de enseñanza ardiente, sólida y auténtica." 

                       Años antes, el Papa San Pío X, el 27 de Diciembre 1908 , escribió una dedicatoria en una copia de "El Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen" con la que concedió la Bendición Apostólica a los lectores: "Recomiendo de corazón la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, tan admirablemente escrita por De Montfort, y a todos los que la lean les otorgo la Bendición Apostólica".



domingo, 26 de abril de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Madre del Buen Consejo


"Míos son el consejo y la justicia, 
mía la prudencia, mía la fuerza"


Libro de los Proverbios, cap. 8, vers. 14


                    Dios, que desea la salvación del hombre y que, por Su infinita Bondad, le provee los medios necesarios para alcanzar su fin último, nos ha provisto, en medio de las perplejidades de la vida, de un medio seguro para resolver nuestras dudas, al impartirnos el don del Consejo.

                    Por este don nos sentimos impulsados ​​a acudir al Espíritu Santo, a obtener de Él luz en nuestras ansiedades y un conocimiento claro de lo que debemos hacer para agradar a Dios y salvar nuestras almas. El Espíritu Santo, como un padre tierno, escucha el clamor de nuestro corazón y, en Su infinita generosidad, envía un rayo de Luz celestial para iluminar nuestra alma, disipar su oscuridad, mostrarle el camino que debe seguir y llenarla de seguridad y paz. Entonces nuestra alma puede clamar con el salmista: «El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?. El Señor es el protector de mi vida; ¿de quién tendré miedo?». ¡Qué precioso es este don del consejo!. Pidámoselo a Dios con toda humildad y perseverancia.

                    Después de Jesús, María es esa criatura privilegiada que poseía en grado superlativo el don del Consejo. Su Alma, en efecto, siempre estuvo volcada hacia Dios, a cuyas inspiraciones respondía con prontitud. En Ella, mucho más que en ningún otro Santo, se cumplen plenamente las siguientes palabras: «Que el consejo te guarde y la prudencia te conserve». Y esta prontitud con la que María se volvía a Dios en todo y percibía las luces que Él le enviaba, preservó Su Alma santa en perfecta paz. Esta paz la acompañó siempre e impartió a cada una de Sus acciones un resplandor celestial.

                    Sin embargo, fue en dos circunstancias de su vida en particular donde María demostró poseer el don sobrenatural del consejo en un grado superior.

                    La primera fue en el momento de Su Presentación en el Templo. Entonces comprendió claramente lo grato que sería para Dios que se consagrara a Él mediante un voto de virginidad perpetua; y no esperó a tener más edad para cumplir este voto, demostrando así cómo Sus acciones estaban eminentemente caracterizadas por el don de Consejo que animaba cada una de ellas.

                    Nuevamente, en el momento de la Anunciación, este don resplandeció en María con un esplendor aún mayor. Aclamada por el Ángel como «llena de gracia» y exhortada por él a dar Su consentimiento para la realización de la Encarnación, la Santísima Virgen preguntó al Mensajero celestial acerca de las disposiciones de la Voluntad Divina respecto a ella; y al conocerlas, se ofreció sin reservas como humilde Sierva del Señor.

                    Oh Mujer sin igual, concédeme que, como Tú, pueda recurrir frecuentemente a las luces del Espíritu Santo, para que pueda conocer y cumplir en todas las cosas la Santa Voluntad de Dios, y para que en Ella encuentre la paz perfecta.

                    Así como quien recurre al consejo sabio se encamina hacia la seguridad, también quien descuida buscar consejo se expone a su propia ruina. El castigo que Dios suele infligir a los individuos y pueblos que, deliberadamente, pisotean Su Ley y violan Su Justicia, consiste en retirarles la guía del Espíritu Santo y dejarlos a merced de sus propias inclinaciones perversas: «Los dejo ir según los deseos de su corazón».

                    La consecuencia natural de la pérdida del don del Consejo es una temeridad obstinada, a la que vemos sucumbir en los impíos: esta insensatez suele ser precursora de la ruina y la muerte. El hombre carnal, que solo desea los bienes de este mundo y los placeres de los sentidos, se ve impulsado por un instinto ciego a buscar disfrutes; sin embargo, tarde o temprano, estas mismas cosas lo arrastran como un torbellino y perece miserablemente.

                    ¡Cuidado, alma mía, de despreciar la Luz del Espíritu Santo!. Recurre más bien al Autor de todo bien, diciendo con fe y humildad, como el Profeta: «Escucharé lo que el Señor me diga, porque Él anunciará la paz a su pueblo».

                    San Luis María Grignion de Montfort, llamado así por el castillo donde nació, manifestó desde temprana edad una gran devoción a la Santísima Virgen. Siendo aún niño, solía llamar a María con el dulce nombre de Madre y se alegraba al oír hablar de Sus virtudes y dignidad. Además, a veces le gustaba apartarse de sus compañeros para rezar el Rosario y cantar alabanzas a esta gloriosa Reina; y otras veces invitaba a otros a unirse a él en este piadoso acto.

                    Esta devoción se hizo más ferviente con el paso de los años, tanto que, al envejecer, sintió crecer en su interior un amor aún mayor por la Madre de Dios y de los hombres. Al ser ordenado Sacerdote, se entregó por completo a la obra de salvar almas, especialmente mediante las misiones, en las que nunca dejó de invocar la poderosa intercesión de María. Esta Reina celestial, como una madre amorosa, se dignó bendecir su labor con abundantes frutos, a pesar de las feroces persecuciones que sufrió.

                    En efecto, a María recurría en todas sus tribulaciones. A Ella consagraba todos sus trabajos y sufrimientos. Cada día, al terminar su labor, se postraba ante Su Altar como para obtener de Ella consuelo y alivio.

                    Tan ardiente era su deseo de incorporar a los Fieles al servicio de la Reina del Cielo, que, entre otros esfuerzos por propagar la devoción a Ella, pensó en establecer en todas partes la Cofradía del Santísimo Rosario.

                    Además, fundó una Congregación: los Misioneros de la Compañía de María, quienes se consagraron continuamente a esta santa obra. Fue principalmente gracias a esta singular devoción a la Madre de Dios que logró convertir a numerosos pecadores, santificar muchas almas y preservar al pueblo cristiano de la herejía del jansenismo, que se había infiltrado por doquier.

                    El nombre de San Luis María Grignion permanecerá siempre querido por los devotos de María gracias a un libro lleno de sabiduría celestial que escribió sobre la verdadera devoción a la Santísima Virgen. En este libro, el Apóstol de la Reina del Cielo enseña cómo consagrarnos por completo a Ella, poniendo en Sus manos todo lo que tenemos y todo lo que hacemos, para que sea nuestra Mediadora ante Su Hijo.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María


miércoles, 25 de marzo de 2026

LA ANUNCIACIÓN DE LA PURÍSIMA VIRGEN MARÍA. CORONILLA DE LAS DOCE ESTRELLAS

 


                    "Todos los días, del uno al otro confín de la tierra, en lo más alto del Cielo y en lo más profundo de los abismos, todo pregona y exalta a la admirable María. Los nueve coros angélicos, los hombres de todo sexo, edad, condición, religión, buenos y malos, y hasta los mismos demonios, de grado o por fuerza se ven obligados -por la evidencia de la verdad- a proclamarla bienaventurada... la más perfecta de todas las devociones es, sin duda alguna, la que nos asemeja, une y consagra más perfectamente a Jesucristo. Ahora bien, María es la creatura más semejante a Jesucristo. Por consiguiente, la devoción que mejor nos consagra y hace semejantes a Nuestro Señor es la devoción a su santísima Madre. Y cuanto más te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo. La perfecta consagración a Jesucristo es, por lo mismo, una perfecta y total consagración de sí mismo a la Santísima Virgen. Esta es la devoción que yo enseño, y que consiste -en otras palabras- en una perfecta renovación de los votos y promesas bautismales....

                    Consiste, pues, esta devoción, en una entrega total a la Santísima Virgen, para pertenecer, por medio de Ella, totalmente a Jesucristo. Hay que entregarle: 1º) El cuerpo con todos sus sentidos y miembros; 2º) El alma con todas sus facultades; 3º) Los bienes exteriores -llamados de fortuna- presentes y futuros; 4º) Los bienes interiores y espirituales, o sea, los méritos, virtudes y buenas obras pasadas, presentes y futuras. En dos palabras: cuanto tenemos, o podamos tener en el futuro, en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria, sin reserva alguna –ni de un céntimo, ni de un cabello, ni de la menor obra buena–, y esto por toda la Eternidad, y sin esperar por nuestra ofrenda y servicio más recompensa que el honor de pertenecer a Jesucristo por María y en María, aunque esta amable Señora no fuera -como siempre lo es– la más generosa y agradecida de las creaturas..."

                    Los anteriores párrafos están entresacados del "Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen", del sacerdote francés San Luis María Grignion de Montfort, conocido como el Apóstol de la Esclavitud Mariana; este gran Santo consideraba la Festividad de la Anunciación de Nuestra Señora como el día principal de los Esclavos de María, de aquellas almas que se entregan del todo a la que es Madre de Dios y Madre Nuestra, pues en aquel trascendental momento, Ella pronunció el "Fiat" que desde entonces será compendio de la vida cotidiana de un verdadero Católico:


Ecce Ancilla Domini; 
fiat Mihi secundum verbum tuum

"Yo Soy la Esclava del Señor; 
hágase en Mí según tu palabra"

Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers. 38


ESCLAVITUD MARIANA:
medio para dar Gloria a Jesucristo


                    Razones que nos ayudan a dar Gloria a Dios siendo Esclavos de María

                    “Por medio de esta práctica fidelísimamente observada, darás más gloria a Jesucristo en un mes, que por cualquiera otra, por difícil que sea, en varios años. He aquí las razones en que me fundo para afirmarlo: 

                    1ª Razón: Porque ejecutando todas tus acciones, como enseña esta práctica por medio de la Virgen, te despojas de tus propias intenciones y operaciones, aunque sean buenas y conocidas, para apropiarte, por decirlo así, de las suyas, aunque te sean desconocidos; y de este modo entras a la parte en la sublimidad de tus intenciones, que fueron tan puras, que por la menor de tus acciones, por hilar con la rueca o por hacer punto con la aguja, dio más gloria a Dios, que San Lorenzo con su cruel martirio sobre las parillas, y aún más que todos los santos con sus acciones más heroicas. 

                    Esa es la razón por que, durante su permanencia en la tierra, la Virgen adquirió un cúmulo tan inefable de gracias y méritos, que más fácil sería contar las estrellas del firmamento, las gotas de agua de los mares y los granos de arena de sus playas, que los méritos y gracias de María. Y por lo mismo, más gloria dio Ella a Dios, que le han dado y le darán todos los ángeles y santos. ¡Qué prodigio el Vuestro, María! No sabéis hacer sino prodigios de gracia en las almas que desean perderse en Vos.”

                    2ª Razón: Porque por esta práctica, el alma, como quiera que no estima en nada cuanto piensa o hace de suyo, y no se apoya ni se complace sino en los méritos de María para acercarse a Jesucristo y aún para hablarle, ejercita la humildad mucho más que las almas que obran por sí, las cuales, aún sin darse cuenta, se apoyan y confían en sus disposiciones; y, por consiguiente, glorifica más perfectamente a Dios, el cual nunca es tan altamente glorificado, como cuando lo es por los sencillos y humildes de corazón.

                    ¡Feliz, una y mil veces, el que, después de haber sacudido en el bautismo la tiránica esclavitud del demonio, se consagra a Jesús por María, como Esclavo de Amor!".


PRÁCTICA EXTERIOR DE ENTREGA
como Esclavo de Amor a Nuestra Reina
y Señora La Purísima Virgen María


                    "La primera es entregarse, en algún día señalado, a Jesucristo, por manos de María, cuyos Esclavos nos hacemos, comulgar al efecto en ese día y pasarlo en oración. Y esta Consagración ha de renovarse por lo menos todos los años en el mismo día.

                    La segunda dar todos los años en el mismo día un pequeño tributo a la Santísima Virgen en testimonio de servidumbre y dependencia; tal es siempre el homenaje de los esclavos para con sus señores. Consiste, pues, este tributo en alguna mortificación, limosna o peregrinación, o en algunas oraciones. Lo importante es que, si no se le da mucho a María, debe al menos ofrecerse lo que se le presente con humildad y agradecido corazón.

                    La tercera es celebrar todos los años con devoción particular la Fiesta de la Anunciación, que es la Fiesta principal de esta Devoción establecida para honrar e imitar la dependencia en que el Verbo Eterno por amor nuestro en este día se puso..."


San Luis Mª. Grignion de Montfort, 
“Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen”,
Cap.VII, Artículo VII



Díptico devocional, diseñado para uso privado o para hacer apostolado;
se puede imprimir y distribuir, sin fines lucrativos o comerciales






viernes, 3 de octubre de 2025

XXX ANIVERSARIO DOCTOR PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA, Maestro, Profeta y Luchador de la Causa Católica



                    Plinio Corrêa de Oliveira fue un Cruzado del siglo XX: enfrentó con gallardía la marcha destructora de la Revolución anticristiana, combatiendo sucesivamente, y muchas veces al mismo tiempo, el pseudo-misticismo nazi, el hedonismo de la way of life norteamericana, la utopía igualitaria socialista y comunista, el progresismo católico que trataba de demoler a la Iglesia desde su interior. 

                    En las luchas y en las dificultades, al lado de la virtud de la fortaleza Plinio Corrêa de Oliveira ejercitó sobre todo la esperanza, movido por la convicción, como escribía a su madre en 1930, de que “de aquel a quien Dios da la Fe, Él mismo exige la Esperanza”. La confianza en la victoria final de la Contra-Revolución católica y en la venida del Reino del Inmaculado Corazón de María fue la virtud que Plinio Corrêa de Oliveira más profundamente infundió en sus numerosos discípulos esparcidos por el mundo, incluso fuera de las filas de las TFPs. 

                    Nutrió esta confianza en la fuente de Fátima y también en una devoción mariana que le fue especialmente querida: la de Nuestra Señora del Buen Consejo de Genazzano. De ella recibió en 1967, por ocasión de una grave enfermedad y de una aflictiva probación espiritual, una gran gracia interior: la certeza sobrenatural que no moriría sin haber cumplido la misión que la Divina Providencia le confió. Él cumplió esta misión y realizó plenamente su vocación.

                    De su Testamento espiritual extraemos algunos párrafos que bien pueden resumir su trayectoria en este mundo mortal: “No encuentro palabras suficientes para agradecer a Nuestra Señora el favor de haber vivido desde mis primeros días, y de morir, como espero, en la Santa Iglesia, a la cual dediqué, dedico y espero dedicar hasta mi último aliento, absolutamente todo mi amor. De tal suerte que las personas, instituciones y doctrinas que amé durante la vida, y que actualmente amo, las amo porque fueron o son según la Santa Iglesia, y en la medida en que fueron o son según la Santa Iglesia. Igualmente, jamás combatí instituciones, personas o doctrinas sino porque y en la medida en que eran opuestas a la Santa Iglesia.

                    “Agradezco de la misma forma a Nuestra Señora —sin que me sea posible encontrar palabras suficientes para hacerlo— por la gracia de haber leído y difundido el «Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen» de San Luis Grignon de Montfort, y de haberme consagrado a Ella como esclavo perpetuo. Nuestra Señora fue siempre la luz de mi vida, y espero que Ella en su clemencia sea mi luz y mi auxilio hasta el último instante de mi existencia...  a todos y a cada uno pido entrañablemente y de rodillas que sean sumamente devotos a Nuestra Señora durante toda la vida”


NUESTRA SEÑORA SUPERARÁ 
TODOS LOS OBSTÁCULOS


                    La Teología enseña que todas las gracias que nos vienen de Dios pasan siempre por las manos de María, de tal manera que nada obtendremos de Él, si María no se asocia a nuestra ora­ción, y todas las gracias que recibimos las debemos siempre a la intercesión de María. Así, la Madre de Dios es el canal de todas las oraciones que llegan hasta su Divino Hijo y el camino de todas las gracias que Este otorga a los hombres.

                    Evidentemente, esta verdad supone que en todas las oraciones que hagamos, pida­mos explícitamente a Nuestra Señora que nos apoye. Esta práctica sería sumamente loable. Pero, aunque no invoquemos decla­radamente la intercesión de Nuestra Señora podemos estar seguros de que seremos aten­didos porque Ella reza con nosotros, y por nosotros.

                    De ahí se saca una conclusión sumamente consoladora. Si tuviésemos que confiar solamente en nuestros méritos, ¿cómo podría­mos confiar en la eficacia de nuestra ora­ción? Se cuenta que cierta vez, Nuestro Señor se apareció a Santa Teresa trayendo en las manos unas uvas maravillosas. Pre­guntó la santa al Divino Maestro qué signi­ficaban las uvas, y El respondió que eran una imagen del alma de ella. Miró entonces la santa detenidamente a las frutas y en la medida en que las examinaba, su primera impresión, que fue magnífica, se deshacía, y daba lugar a una impresión cada vez más triste. Llenas de manchas y de defectos, las uvas acabaron por parecer repugnantes a la gran santa. Ella comprendió entonces el alto significado de la visión. Incluso las almas más perfectas tienen manchas, cuando son atentamente examinadas. Y ¿cuáles son las manchas que pueden pasar desapercibidas a la mirada penetrante de Dios? Por eso tenía mucha razón el Salmista cuanto exclamaba: «Señor si atendieses a nuestras iniquidades, ¿quién se sustentará en vuestra presencia?»

                    Y, si no hay nadie que no presente man­chas a los ojos de Dios, ¿quién puede esperar con plena seguridad ser atendido en sus ora­ciones?.

                    Por otro lado, Dios quiere que nuestras oraciones sean confiantes. No desea que nos presentemos ante su trono como esclavos que se aproximan con miedo de un temible señor, sino como hijos que se acercan a un padre infinitamente generoso y bueno. Esa confianza es incluso una de las condiciones de la eficacia de nuestras oraciones. Pero, ¿cómo tendremos confianza, si, mirando en nuestro interior, sentimos que nos faltan las razones para confiar? Y si no tenemos con­fianza, ¿cómo esperamos ser atendidos?.

                    De las tristezas de esta reflexión nos saca, triunfalmente, la doctrina de la Mediación Universal de María.

                    De hecho, nuestros méritos son mínimos, y nuestras culpas grandes. Pero, lo que por nosotros mismos no podemos alcanzarlo, te­nemos el derecho de esperar que las ora­ciones de Nuestra Señora lo alcance.

                    Y jamás debemos dudar de que Ella se asocia a nuestras oraciones cuando son con­venientes a la mayor gloria de Dios y a nues­tra santificación. De hecho, Nuestra Señora nos tiene un amor que sólo de modo imper­fecto puede ser comparado al amor que nos tienen nuestras madres terrenas. San Luis María Grignión de Monfort dice que Nuestra Señora tiene al más despreciable y miserable de los hombres un amor superior al que resultaría de la suma del amor de todas las madres del mundo a un hijo único. Nuestra Madre auténtica en el orden de la gracia nos engendró para la vida eterna. Y a Ella se aplica fielmente la frase que el Espíritu Santo esculpió en la Escritura: «Aunque tu padre y tu madre te abandonasen, Yo no me olvidaría de ti». Es más fácil ser abandonados por nuestros padres según la naturaleza, que por Nuestra Madre según la gracia.

                    Así, por más miserables que seamos, po­demos presentar con confianza a Dios nues­tras peticiones: siempre que fueran apoya­das por Nuestra Señora, encontrarán un valor inestimable a los ojos de Dios, que ciertamente obtendrá para nosotros el favor pedido.

                    Nos conviene meditar incesantemente so­bre esta gran verdad. Católicos que somos, debemos enfrentar en esta vida las luchas comunes a todos los mortales y, además de esto, las que nos vienen por el hecho de estar al servicio de Dios. Pero, aunque los horizontes parezcan estar a punto de des­cargar sobre nosotros un nuevo diluvio, aun­que los caminos se nos cierren al paso, los precipicios se abran y la propia tierra se mueva bajo nuestros pies, no perdamos la confianza: Nuestra Señora superará todos los obstáculos que estén por encima de nues­tras fuerzas. Mientras esta confianza no des­erte de nuestro corazón, la victoria será nues­tra, y de nada valdrán las tramas de nuestros adversarios: caminaremos sobre las áspides y los basiliscos y aplastaremos con nuestros pies los leones y los dragones.


Plinio Corrêa de Oliveira



sábado, 31 de mayo de 2025

EL IMPERIO DE LA MADRE DE DIOS. Fiesta de Santa María Reina


...el Reino de la Virgen María 
está principalmente en el interior del hombre, 
es decir, en su alma. Ella es glorificada sobre todo 
en las almas juntamente con Su Hijo más que 
en todas las criaturas visibles, de modo que 
podemos llamarla con los Santos:
Reina de los corazones

San Luis María Grignión de Montfort


  

               El 11 de Octubre de 1954, el Papa Pío XII en su Encíclica "Ad Caeli Reginam" decretó e instituyó la Fiesta de Santa María Reina del Universo para el 31 de Mayo, a la vez que dispuso que el mismo día se renovase la Consagración al Inmaculado Corazón de María...

               A la Reina del Cielo, ya desde los primeros siglos de la Iglesia Católica, elevó el Pueblo Cristiano suplicantes oraciones e himnos de loa y piedad, así en sus tiempos de felicidad y alegría como en los de angustia y peligros; y nunca falló la esperanza en la Madre del Rey divino, Jesucristo, ni languideció aquella Fe que nos enseña cómo la Virgen María, Madre de Dios, reina en todo el mundo con maternal Corazón, al igual que está coronada con la Gloria de la realeza en la Bienaventuranza celestial.

               ...aunque es cierto que en sentido estricto, propio y absoluto, tan sólo Jesucristo —Dios y hombre— es Rey, también María, ya como Madre de Cristo Dios, ya como asociada a la obra del Divino Redentor, así en la lucha con los enemigos como en el triunfo logrado sobre todos ellos, participa de la dignidad real de Aquél, siquiera en manera limitada y analógica. De hecho, de esta unión con Cristo Rey se deriva para Ella sublimidad tan espléndida que supera a la excelencia de todas las cosas creadas: de esta misma unión con Cristo nace aquel regio poder con que ella puede dispensar los tesoros del Reino del Divino Redentor; finalmente, en la misma unión con Cristo tiene su origen la inagotable eficacia de su maternal intercesión junto al Hijo y junto al Padre.

               No hay, por lo tanto, duda alguna de que María Santísima supera en dignidad a todas las criaturas, y que, después de Su Hijo, tiene la primacía sobre todas ellas.

               Gloríense, por lo tanto, todos los Cristianos de estar sometidos al Imperio de la Virgen Madre de Dios, la cual, a la par que goza de Regio Poder, arde en Amor Maternal.

               ...con Nuestra Autoridad Apostólica decretamos e instituimos la Fiesta de María Reina, que deberá celebrarse cada año en todo el mundo el día 31 de Mayo. Y mandamos que en dicho día se renueve la Consagración del género humano al Inmaculado Corazón de la Bienaventurada Virgen María. En ello, de hecho, está colocada la gran esperanza de que pueda surgir una Nueva Era tranquilizada por la Paz Cristiana y por el Triunfo de la Religión.


Carta Encíclica Ad Caeli Reginam, 
Papa Pío XII, 11 de Octubre de 1954



               Nuestra Señora Reina es un título que expresa el siguiente hecho. Siendo Ella Madre de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad y Esposa de la Tercera Persona, Dios, para honrarla, le dio el imperio sobre el universo: todos los Ángeles, todos los Santos, todos los hombres vivos, todas las almas del Purgatorio, todos los réprobos del Infierno y todos los demonios obedecen a la Santísima Virgen. De suerte que hay una mediación de poder, y no apenas de gracia, por la cual Dios ejecuta todas sus obras y realiza todas sus voluntades por intermedio de su Madre.

             María no es apenas el canal por donde el imperio de Dios pasa, sino es también la Reina que decide por una voluntad propia, consonante a los designios del Rey. Nuestra Señora es una obra-prima de lo que podríamos llamar la habilidad de Dios para tener misericordia en relación a los hombres...

             San Luis Grignión de Montfort hace referencia a esa linda invocación que es Nuestra Señora Reina de los Corazones. Como corazón se entiende, en el lenguaje de las Sagradas Escrituras, la mentalidad del hombre, sobre todo su voluntad y sus designios.

             Nuestra Señora es Reina de los corazones como teniendo un poder sobre la mente y la voluntad de los hombres. Este imperio, María lo ejerce, no por una imposición tiránica, sino por la acción de la gracia, en virtud de la cual Ella puede liberar a los hombres de sus defectos y atraerlos, con soberano agrado y particular dulzura, para el bien que Ella les desea.

             Ese poder de Nuestra Señora sobre las almas nos revela cuán admirable es su omnipotencia suplicante, que todo obtiene de la misericordia divina. ¡Tan augusto es este dominio sobre todos los corazones, que él representa incomparablemente más que ser Soberana de todos los mares, de todas las vías terrestres, de todos los astros del cielo, tal es el valor de un alma, aunque sea la del último de los hombres! 

             Vale notar, sin embargo, que la voluntad (esto es, el corazón) del hombre moderno, con alabables excepciones, es dominada por la revolución. Aquellos, por tanto, que quieren escapar de ese yugo, deben unirse al Corazón por excelencia contra-revolucionario, al Corazón de mera criatura en el cual, abajo del Sagrado Corazón de Jesús, reside la Contra-Revolución; al Sapiencial e Inmaculado Corazón de María.

             Hagamos, entonces, a Nuestra Señora este pedido: "Mi Madre, sois Reina de todas las almas, incluso de las más duras y empedernidas que quieran abrirse a Vos. Os suplico, pues: sed Soberana de mi alma; quebrad las rocas interiores de mi espíritu y las resistencias abyectas del fondo de mi corazón. Disolved, por un acto de vuestro imperio, mis pasiones desordenadas, mis voliciones pésimas, y el residuo de mis pecados pasados que en mí puedan haber quedado. Limpiadme, oh Madre mía, a fin de que yo sea enteramente vuestro".


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira



lunes, 25 de marzo de 2024

LA ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

     

               "Al sexto mes envió Dios el Ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y, entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»

               Ella se conturbó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El Ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un Hijo a quien pondrás por Nombre Jesús. Él será grande, se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, Su padre; Reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y Su reino no tendrá fin.»

              María respondió al Ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre Ti y el Poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será Santo y se le llamará Hijo de Dios. Mira, también Isabel, Tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y este es ya el sexto mes de la que se decía que era estéril, porque no hay nada imposible para Dios.» Dijo María: «He aquí la Esclava del Señor; hágase en Mí según tu palabra.» Y el Ángel, dejándola, se fue."


Evangelio de San Lucas, cap.1, vers. 26-38



              San Luis María Grignión de Montfort, el Apóstol de la Esclavitud Mariana, tenía la Festividad de la Anunciación de Nuestra Señora, como el día principal para los Esclavos de María, pues en aquél día Nuestra Madre Bendita, pronunció ante el Anuncio del Arcángel San Gabriel, las palabras que son compendio para un verdadero católico: "Yo Soy la Esclava del Señor; hágase en Mí lo que me has dicho"


PRÁCTICA INTERIOR DE ENTREGA
como Esclavo de Amor a Nuestra Reina y Señora
La Purísima Virgen María


               La práctica esencial de esta Devoción, consiste en realizar todas las acciones EN MARÍA, CON MARÍA, POR MARÍA y PARA MARÍA es decir, en tomar a la Santísima Virgen como el modelo acabado de tus acciones. Debes pues renunciar a tu egoísmo y a tus mejores puntos de vista, abandonándote en Dios, consciente de tu incapacidad para todo bien sobrenatural y para toda acción útil a tu salvación.

               Por eso, como Esclavo de la Virgen, tienes que recurrir a Ella y unirte a Sus intenciones, aunque no las conozcas; confía como buen hijo que la Madre de Dios obrará entonces en ti lo que mejor le parezca. Entiende que no hay vida interior ni acción espiritual posibles que no dependan de Ella.



PRÁCTICA EXTERIOR DE ENTREGA
como Esclavo de Amor a Nuestra Reina y Señora 
la Purísima Virgen María


              La primera es entregarse, en algún día señalado, a Jesucristo, por manos de María, cuyos esclavos nos hacemos, comulgar al efecto en ese día y pasarlo en oración. Y esta Consagración ha de renovarse por lo menos todos los años en el mismo día. Como recuerdo de esta Consagración, podemos y debemos usar una cadena, alrededor del cuello o bien en la cintura o tobillo, para recordarnos que pertenecemos a Nuestra Madre y Señora María.

            La segunda dar todos los años en el mismo día un pequeño tributo a la Santísima Virgen en testimonio de servidumbre y dependencia; tal es siempre el homenaje de los esclavos para con sus señores. Consiste, pues, este tributo en alguna mortificación, limosna o peregrinación, o en algunas oraciones. Lo importante es que, si no se le da mucho a María, debe al menos ofrecerse lo que se le presente con humildad y agradecido corazón.

            La tercera es celebrar todos los años con devoción particular la Fiesta de la Anunciación, que es la Fiesta principal de esta Devoción establecida para honrar e imitar la dependencia en que el Verbo Eterno por amor nuestro en este día se puso.


ORACIÓN DE LOS ESCLAVOS DE MARÍA 


                    Os saludo, María, Hija predilecta del Padre Eterno. Os saludo, María, Madre admirable del Hijo. Os saludo María, Esposa fidelísima del Espíritu Santo. Os saludo, María, mi amada Madre, mi amable Señora, mi poderosa Soberana. Os saludo, mi gozo, mi gloria, mi corazón y mi alma. Vos sois toda mía por Misericordia, y yo soy todo Vuestro por justicia. Pero todavía no lo soy bastante. De nuevo me entrego a Vos todo entero en calidad de eterno esclavo, sin reservar nada ni para mí, ni para otros.

                    Si algo veis en mí que todavía no sea vuestro, tomadlo enseguida, os lo suplico, y haceos Dueña absoluta de todos mis haberes para destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que desagrade a Dios y plantad, levantad y producid todo lo que os guste.

                La luz de vuestra Fe disipe las tinieblas de mi espíritu; vuestra humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; vuestra contemplación sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; vuestra continua vista de Dios llene de Su presencia mi memoria, la caridad de vuestro Corazón abrase la tibieza y frialdad del mío; cedan el sitio a vuestras virtudes mis pecados; vuestros méritos sean delante de Dios mi adorno y suplemento. En fin, queridísima y amadísima Madre, haced, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el vuestro para conocer a Jesucristo y Su Divina Voluntad; que no tenga más alma que la vuestra para alabar y glorificar al Señor; que no tenga más corazón que el vuestro para amar a Dios con amor puro y con amor ardiente como Vos.



                No pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni contentos, ni aun espirituales. Para Vos el ver claro, sin tinieblas; para Vos el gustar por entero sin amargura; para Vos el triunfar gloriosa a la diestra de vuestro Hijo, sin humillación; para Vos el mandar a los Ángeles, hombres y demonios, con poder absoluto, sin resistencia, y el disponer en fin, sin reserva alguna de todos los bienes de Dios.

                  Esta es, Bienaventurada Virgen María, la mejor parte que se os ha concedido, y que jamás se os quitará, que es para mí grandísimo gozo. Para mí y mientras viva no quiero otro, sino el experimentar el que Vos tuvisteis: creer a secas, sin nada ver y gustar; sufrir con alegría, sin consuelo de las criaturas; morir a mí mismo, continuamente y sin descanso; trabajar mucho hasta la muerte por Vos, sin interés, como el más vil de los esclavos.

               La sola gracia, que por pura misericordia os pido, es que en todos los días y en todos los momentos de mi vida diga tres amenes: amén a todo lo que hicisteis sobre la tierra cuando vivíais; amén a todo lo que hacéis al presente en el Cielo; amén a todo lo que hacéis en mi alma, para que en ella no haya nada más que Vos, para glorificar plenamente a Jesús en mí, en el tiempo y en la Eternidad. Amén.


EL SECRETO DE MARÍA por San Luis María Grignión de Montfort



sábado, 25 de marzo de 2023

LA ANUNCIACIÓN DE NUESTRA SEÑORA

      

               "Al sexto mes envió Dios el Ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y, entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»

               Ella se conturbó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El Ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un Hijo a quien pondrás por Nombre Jesús. Él será grande, se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, Su padre; Reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y Su reino no tendrá fin.»

              María respondió al Ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre Ti y el Poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será Santo y se le llamará Hijo de Dios. Mira, también Isabel, Tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y este es ya el sexto mes de la que se decía que era estéril, porque no hay nada imposible para Dios.» Dijo María: «He aquí la Esclava del Señor; hágase en Mí según tu palabra.» Y el Ángel, dejándola, se fue."


Evangelio de San Lucas, cap.1, vers. 26-38



              San Luis María Grignión de Montfort, el Apóstol de la Esclavitud Mariana, tenía la Festividad de la Anunciación de Nuestra Señora, como el día principal para los Esclavos de María, pues en aquél día Nuestra Madre Bendita, pronunció ante el Anuncio del Arcángel San Gabriel, las palabras que son compendio para un verdadero católico: "Yo Soy la Esclava del Señor; hágase en Mí lo que me has dicho"


PRÁCTICA INTERIOR DE ENTREGA

como Esclavo de Amor a Nuestra Reina y Señora

La Purísima Virgen María


               La práctica esencial de esta Devoción, consiste en realizar todas las acciones EN MARÍA, CON MARÍA, POR MARÍA y PARA MARÍA es decir, en tomar a la Santísima Virgen como el modelo acabado de tus acciones. Debes pues renunciar a tu egoísmo y a tus mejores puntos de vista, abandonándote en Dios, consciente de tu incapacidad para todo bien sobrenatural y para toda acción útil a tu salvación.

               Por eso, como Esclavo de la Virgen, tienes que recurrir a Ella y unirte a Sus intenciones, aunque no las conozcas; confía como buen hijo que la Madre de Dios obrará entonces en ti lo que mejor le parezca. Entiende que no hay vida interior ni acción espiritual posibles que no dependan de Ella.



PRÁCTICA EXTERIOR DE ENTREGA

como Esclavo de Amor a Nuestra Reina y Señora 

la Purísima Virgen María


              La primera es entregarse, en algún día señalado, a Jesucristo, por manos de María, cuyos esclavos nos hacemos, comulgar al efecto en ese día y pasarlo en oración. Y esta Consagración ha de renovarse por lo menos todos los años en el mismo día. Como recuerdo de esta Consagración, podemos y debemos usar una cadena, alrededor del cuello o bien en la cintura o tobillo, para recordarnos que pertenecemos a Nuestra Madre y Señora María.

            La segunda dar todos los años en el mismo día un pequeño tributo a la Santísima Virgen en testimonio de servidumbre y dependencia; tal es siempre el homenaje de los esclavos para con sus señores. Consiste, pues, este tributo en alguna mortificación, limosna o peregrinación, o en algunas oraciones. Lo importante es que, si no se le da mucho a María, debe al menos ofrecerse lo que se le presente con humildad y agradecido corazón.

            La tercera es celebrar todos los años con devoción particular la Fiesta de la Anunciación, que es la Fiesta principal de esta Devoción establecida para honrar e imitar la dependencia en que el Verbo Eterno por amor nuestro en este día se puso.



ORACIÓN DE LOS ESCLAVOS DE MARÍA 


                    Os saludo, María, Hija predilecta del Padre Eterno. Os saludo, María, Madre admirable del Hijo. Os saludo María, Esposa fidelísima del Espíritu Santo. Os saludo, María, mi amada Madre, mi amable Señora, mi poderosa Soberana. Os saludo, mi gozo, mi gloria, mi corazón y mi alma. Vos sois toda mía por Misericordia, y yo soy todo Vuestro por justicia. Pero todavía no lo soy bastante. De nuevo me entrego a Vos todo entero en calidad de eterno esclavo, sin reservar nada ni para mí, ni para otros.

                    Si algo veis en mí que todavía no sea vuestro, tomadlo enseguida, os lo suplico, y haceos Dueña absoluta de todos mis haberes para destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que desagrade a Dios y plantad, levantad y producid todo lo que os guste.

                La luz de vuestra fe disipe las tinieblas de mi espíritu; vuestra humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; vuestra contemplación sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; vuestra continua vista de Dios llene de Su presencia mi memoria, la caridad de vuestro Corazón abrase la tibieza y frialdad del mío; cedan el sitio a vuestras virtudes mis pecados; vuestros méritos sean delante de Dios mi adorno y suplemento. En fin, queridísima y amadísima Madre, haced, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el vuestro para conocer a Jesucristo y Su Divina Voluntad; que no tenga más alma que la vuestra para alabar y glorificar al Señor; que no tenga más corazón que el vuestro para amar a Dios con amor puro y con amor ardiente como Vos.



                No pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni contentos, ni aun espirituales. Para Vos el ver claro, sin tinieblas; para Vos el gustar por entero sin amargura; para Vos el triunfar gloriosa a la diestra de vuestro Hijo, sin humillación; para Vos el mandar a los Ángeles, hombres y demonios, con poder absoluto, sin resistencia, y el disponer en fin, sin reserva alguna de todos los bienes de Dios.

                  Esta es, Bienaventurada Virgen María, la mejor parte que se os ha concedido, y que jamás se os quitará, que es para mí grandísimo gozo. Para mí y mientras viva no quiero otro, sino el experimentar el que Vos tuvisteis: creer a secas, sin nada ver y gustar; sufrir con alegría, sin consuelo de las criaturas; morir a mí mismo, continuamente y sin descanso; trabajar mucho hasta la muerte por Vos, sin interés, como el más vil de los esclavos.

               La sola gracia, que por pura misericordia os pido, es que en todos los días y en todos los momentos de mi vida diga tres amenes: amén a todo lo que hicisteis sobre la tierra cuando vivíais; amén a todo lo que hacéis al presente en el Cielo; amén a todo lo que hacéis en mi alma, para que en ella no haya nada más que Vos, para glorificar plenamente a Jesús en mí, en el tiempo y en la Eternidad. Amén.


EL SECRETO DE MARÍA por San Luis María Grignión de Montfort



sábado, 28 de mayo de 2022

ME ARROJO EN VUESTRO CORAZÓN. Último Sábado del Mes de María

 




               La gracia perfecciona a la naturaleza, y la gloria, a la gracia. Es cierto, por tanto, que Nuestro Señor es todavía en el Cielo Hijo de María, como lo fue en la tierra, y, por consiguiente, conserva para con Ella la sumisión y obediencia del mejor de todos los hijos para con la mejor de todas las madres. No veamos, sin embargo, en esta dependencia ningún desdoro o imperfección en Jesucristo. 

               María es infinitamente inferior a Su Hijo, que es Dios. Y por ello no le manda, como haría una madre a su hijo aquí abajo, que es inferior a ella. María, toda transformada en Dios por la gracia y la gloria –que transforma en Él a todos los Santos–, no pide, quiere, ni hace nada que sea contrario a la eterna e inmutable Voluntad de Dios. 

               Por tanto, cuando leemos en San Bernardo, San Buenaventura, San Bernardino y otros que en el Cielo y en la tierra todo –inclusive el mismo Dios– está sometido a la Santísima Virgen, quieren decir que la Autoridad que Dios le confiere es tan grande que parece como si tuviera el mismo Poder que Dios, y que sus plegarias y súplicas son tan poderosas ante Dios, que valen como mandatos ante la Divina Majestad. La cual no desoye jamás las súplicas de Su querida Madre, porque son siempre humildes y conformes con la Voluntad Divina. 

               Si Moisés, con la fuerza de su plegaria, contuvo la Cólera divina contra los israelitas en forma tan eficaz que el Señor, Altísimo e infinitamente Misericordioso, no pudiendo resistirle, le pidió que le dejase encolerizarse y castigar a ese pueblo rebelde (Ver Libro del Éxodo, cap. 32, vers. 10), ¿qué debemos pensar –con mayor razón– de los ruegos de la humilde María, la digna Madre de Dios, que son más poderosos delante de Su Majestad que las súplicas e intercesiones de todos los Ángeles y Santos del Cielo y de la tierra?  


San Luis María Grignión de Montfort
Tratado de la Verdadera Devoción, nº 27