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miércoles, 20 de marzo de 2024

FRANCISCO DE JESÚS MARÍA Y JOSÉ, PADRE PALAU Y QUER, Carmelita Descalzo, místico y eremita



               Francisco Palau y Quer nació en Aitona, Lérida, el 29 de Diciembre de 1811, en una familia tan humilde como Cristiana. Pasó por el Seminario Diocesano de Lérida, para luego unirse a la Orden de los Carmelitas Descalzos, donde recibió el Santo Hábito en 1832. Sin embargo, en el contexto de los motines anticlericales de 1835, tuvo que exiliarse de España, después que su convento fuese incendiado; pasó entonces 11 largos años de exilio en Francia.

               A su vuelta a España, se dedicó a dar clases de catequesis a obreros en la Parroquia de San Agustín de Barcelona. Sin embargo, esto no gustó a algunas autoridades ni a algunos sectores de la iglesia, que veían en las acciones del Padre Palau el hostigamiento de la revolución obrera. Clausurada la Parroquia al Padre Palau se le desterró a Ibiza, donde permaneció seis años. 

               Encontró un islote cerca de Ibiza, Es Vedrá, donde se retiraba temporadas para orar más intensamente y discernir la Voluntad de Dios sobre su vida. 

               En 1860-1861 reorganizó a los ermitaños de San Honorato de Randa en Mallorca e inició la fundación de una nueva familia Carmelitana: la Congregación de Hermanos y Hermanas Terciarios Carmelitas. También en esta época comenzó a escribir "Mis Relaciones con la Iglesia", una especie de diario autobiográfico en cuyas páginas transmitió su experiencia sobre el Misterio de la Iglesia, concebida como Dios y los prójimos.

               En 1867 se le concedió autorización y nombramiento como Fundador y Director de los Carmelitas Terciarios de España. Un año después, en 1868, inició en Barcelona la publicación semanal "El Ermitaño". También ejerció como exorcista, llegando a concebir el proyecto de crear una Orden de exorcistas y presentó al Concilio Vaticano I un amplio escrito sobre este tema, entregando un ejemplar a cada uno de los Padres Conciliares de lengua española.

               El 10 de Marzo de 1872, procedente del pueblo de Calasanz donde atendió a los epidémicos, llegó a Tarragona y de inmediato fue atendido por sus dirigidas hasta su fallecimiento, el Miércoles 20 de Marzo de 1872. Fue asistido en su último trance por sus religiosas, por el hermano José de Santa Teresa Padró Canudas y por el carmelita descalzo Juan de Santo Tomás de Aquino Nogués, que fue su sucesor en la Dirección de la Congregación por nombramiento de los Superiores de la Orden.



               "Cuando hice mi Profesión Religiosa la Revolución tenía ya en su mano la tea incendiaria para abrasar todos los establecimientos religiosos y el temible puñal para asesinar a los individuos refugiados en ellos. No ignoraba yo el peligro apremiante a que me exponía, ni las reglas de previsión para sustraerme a él; me comprometí, sin embargo, con votos solemnes a un estado, cuyas Reglas creía poder de practicar hasta la muerte, independiente de todo humano acontecimiento. 

               Para vivir en el Carmen sólo necesitaba de una cosa que es la vocación; muy persuadido estaba de ello, como lo estoy también todavía, de que para vivir como anacoreta, solitario o ermitaño, no necesitaba de edificios que presto iban a desplomarse; ni me eran indispensables las montañas de España, pues creía hallar en toda la extensión de la tierra bastantes grutas y cavernas para fijar en ellas mi morada. 

               De ningún modo temía que las revueltas políticas de la sociedad me hubieran podido ser obstáculo para el cumplimiento de mis votos, ni por otra parte podía dudar tampoco de que el estado religioso dejara de ser reconocido por la Iglesia Universal y por consiguiente por todos sus miembros. 

               Con estas consideraciones ni un momento vacilé en contraer obligaciones que estaba bien persuadido podría cumplir fielmente hasta la muerte; si por un instante hubiera yo dudado sobre un punto tan esencial para abrazar mi estado, oh, ¡no! ¡Ciertamente! no sería ahora yo religioso, pues hubiera seguido otro género de vida; y hasta cuando mis Superiores me anunciaron que debía ordenarme, jamás me parece aceptara el Sacerdocio si me hubieran asegurado que en caso de verme obligado a salir del Convento debería vivir como Sacerdote secular, pues a mi parecer nunca sentí esta vocación, y si consentí en ser Sacerdote fue bajo la firme persuasión de que esta dignidad en modo alguno no me alejaría de mi Profesión Religiosa. 

               Cuando los revolucionarios españoles vinieron puñal en mano para asesinarnos en nuestros mismos conventos, no por eso me asusté; y una vez salvado por la protectora Mano de la Providencia me conformé lo mejor que pude con las Reglas de mi Profesión Religiosa.

               Habiéndome la Iglesia por Ministerio de uno de sus Pastores impuesto las manos sobre mi cabeza, el Espíritu del Señor, que vivifica ese cuerpo moral, me mudó en otro hombre, a saber en uno de Sus Ministros, en uno de Sus representantes sobre el Altar, en Sacerdote del Altísimo. 

               Cuando con el incensario en la mano por vez primera subí las gradas del Altar, para ofrecer a Dios el perfume de las plegarias del pueblo, mi patria era un cementerio cubierto de esqueletos. Por mi Ministerio estaba yo, como Ministro del Altar, como Sacerdote, comprometido a luchar con el Ángel vengador que había manchado su espada con la sangre de mis conciudadanos y de mis hermanos los Ministros del Santuario.

               No podía yo presentarme en el campo de batalla sin armas, pero las de hierro y acero me eran completamente inútiles, ya que mi combate iba dirigido no contra la carne y la sangre sino contra las Potestades, los Príncipes y Directores de las Tinieblas de este mundo; tomé, pues, del arsenal del Templo del Señor una armadura del todo espiritual, como son la Cruz, el saco y el cilicio, la penitencia y la pobreza, juntamente con la plegaria y la predicación del Evangelio. 

               En esta lucha me limitaba al principio a sostener la causa de mis conciudadanos y de mis cohermanos, pero vomitado por la Revolución al otro lado de Los Pirineos, y habiéndome apercibido en mi destierro de que esta misma espada, que tan espantosa carnicería hacía en España, amenazaba igualmente a las demás naciones en que se profesaba la Religión Católica, decidíme desde entonces a fijar mi residencia en los más desiertos, salvajes y solitarios lugares, para contemplar con menos ocasión de distracciones los designios de la Divina Providencia sobre la Sociedad y sobre la Iglesia.

               Al modo que una parroquia necesita un Sacerdote que la represente en el Altar, de modo semejante la masa enorme de la sociedad humana que existe sobre la tierra, no siendo ante Dios más que un reducido pueblo, necesita de un Sacerdote que le represente ante Su Trono. Bajo esta consideración, como Sacerdote de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana, como uno de sus representantes delante del Altar y como uno de sus enviados ante el Trono de Nuestro Señor Jesucristo y de Su Padre, la defensa de su causa ha sido y todavía es el solo objeto que he tenido ante mis ojos en la soledad. 

               No habiéndome este objeto permitido tomar parte alguna en los particulares intereses de una nación sino en cuanto que estaban vinculados con los de la Iglesia Universal por otra parte, el lugar de mi destierro me ha librado de caer en esta tentación peligrosa. No me avergüenzo, por tanto, de confesar a todos los que atacan mi género de vida como una escandalosa execración, que he entrado en las grutas y cavernas de las peñas, y en las grietas de los peñascos, para buscar el profundo silencio que reina en las entrañas de la tierra, pues, sepultando mi vida en esos lúgubres lugares hallaba mi espíritu menos ocasión de distraerse que viviendo sobre la faz de la tierra. 

               Dentro de esos lúgubres y tristes cavernas no percibía el fragor del trueno amenazando y derribando el orgullo de los cedros, ni la impetuosidad de los vientos azotando las cordilleras de las montañas, como tampoco llegaba ahí el murmullo de las aguas precipitándose sobre las rocas, pues que hasta el canto de los pájaros igual que el aullido de las bestias de la selva y los silbidos de los pastores, todo quedaba ahogado en el umbral de mi absoluto retiro. 

               Alejado de las poblaciones ni el ruido de los vehículos, ni los gritos de los muchachos llamando a sus compañeros para sus juegos y diversiones, ni el sonido de las campanas, ni el clamor de los vendedores y compradores, ni el ajetreo de los artesanos, nada de todo esto cautivaba mi atención. He preferido esta mi espantosa soledad a todo otro lugar para mis ejercicios y he ahí los motivos..."


"La Vida Solitaria"
por el Padre Francisco Palau y Quer



               El islote de Es Vedrà se encuentra a poco más de una milla de la costa de Ibiza; tiene 385 metros de altura y forma parte, junto al vecino islote de Es Vedranell, del Parque Natural de Cala d’Hort.

               La cueva que habitó el Padre Palau está orientada al mediodía, ocupa el mismo centro y lo más alto del anfiteatro que forman, como las jorobas de un camello, las dos crestas del islote. 

               En una mínima terraza, encontramos la boca de la gruta, una hendidura triangular en la piedra de 11 metros de altura y 3 metros de vano en su base, que penetra la montaña 4 metros por un estrecho pasaje hasta un desnivel que desemboca en el reducido habitáculo que fue celda y que, al fondo, tiene una pequeña recámara de techo bajo que pudo servirle para descansar. 



lunes, 15 de enero de 2024

SAN PABLO DE TEBAS, PADRE DE LOS EREMITAS

 


                 
La vida de este Santo fue escrita por el gran San Jerónimo, en el año 400.

             Nació hacia el año 228, en Tebaida, una región que queda junto al río Nilo en Egipto y que tenía por capital a la ciudad de Tebas.

             Fue educado por sus padres: aprendió griego y bastante cultura egipcia. Pero a los catorce años quedó huérfano. Era bondadoso y muy piadoso.

             En el año 250 estalló la persecución de Decio, que trataba no tanto de que los cristianos llegaran a ser mártires, sino de hacerlos renegar de su religión. Pablo se vio ante estos dos peligros: o renegar de su fe y conservar sus fincas y casas, o ser atormentado con tan diabólica astucia que lo lograran acobardar y lo hicieran pasarse al paganismo con tal de no perder sus bienes y no tener que sufrir más torturas. Como veía que muchos cristianos renegaban por miedo, y él no se sentía con la suficiente fuerza de voluntad para ser capaz de sufrir toda clase de tormentos sin renunciar a sus creencias, dispuso más bien esconderse. Era prudente.




HUYE DEL MUNDO Y ENCUENTRA A DIOS EN LA SOLEDAD
 
             Pero un cuñado suyo que deseaba quedarse con sus bienes, fue y lo denunció ante las autoridades. Entonces Pablo huyó al desierto. Allá encontró unas cavernas donde varios siglos atrás los esclavos de la reina Cleopatra fabricaban monedas. Escogió por vivienda una de esas cuevas, cerca de la cual había una fuente de agua y una palmera. Las hojas de la palmera le proporcionaban vestido. Sus dátiles le servían de alimento. Y la fuente de agua le calmaba la sed.

             Al principio el pensamiento de Pablo era quedarse por allí únicamente el tiempo que durará la persecución, pero luego se dio cuenta de que en la soledad del desierto podía hablar tranquilamente a Dios y escucharle tan claramente los mensajes que Él le enviaba desde el cielo, que decidió quedarse allí para siempre y no volver jamás a la ciudad donde tantos peligros había de ofender a Nuestro Señor. Se propuso ayudar al mundo no con negocios y palabras, sino con penitencias y oración por la conversión de los pecadores.

             Dice San Jerónimo que cuando la palmera no tenía dátiles, cada día venía un cuervo y le traía medio pan, y con eso vivía nuestro santo ermitaño. (La Iglesia llama ermitaño al que para su vida en una "ermita", o sea en una habitación solitaria y retirada del mundo y de otras habitaciones).

ENCUENTRO CON SAN ANTONIO ABAD

             Después de pasar allí en el desierto orando, ayunando, meditando, por más de setenta años seguidos, ya creía que moriría sin volver a ver rostro humano alguno, y sin ser conocido por nadie, cuando Dios dispuso cumplir aquella palabra que dijo Cristo: "Todo el que se humilla será engrandecido" y sucedió que en aquel desierto había otro ermitaño haciendo penitencia. Era San Antonio Abad. Y una vez a este Santo le vino la tentación de creer que él era el ermitaño más antiguo que había en el mundo, y una noche oyó en sueños que le decían: "Hay otro penitente más antiguo que tú. Emprende el viaje y lo lograrás encontrar". Antonio madrugó a partir de viaje y después de caminar horas y horas llegó a la puerta de la cueva donde vivía Pablo. Este al oír ruido afuera creyó que era una fiera que se acercaba, y tapó la entrada con una piedra. Antonio llamó por muy largo rato suplicándole que moviera la piedra para poder saludarlo.

             Al fin Pablo salió y los dos santos, sin haberse visto antes nunca, se saludaron cada uno por su respectivo nombre. Luego se arrodillaron y dieron gracias a Dios. Y en ese momento llegó el cuervo trayendo un pan entero. Entonces Pablo exclamó: "Mira cómo es Dios de bueno. Cada día me manda medio pan, pero como hoy has venido tú, el Señor me envía un pan entero."




                    
Se pusieron a discutir quién debía partir el pan, porque este honor le correspondía al más digno. Y cada uno se creía más indigno que el otro. Al fin decidieron que lo partirían tirando cada uno de un extremo del pan. Después bajaron a la fuente y bebieron agua cristalina. Era todo el alimento que tomaban en 24 horas. Medio pan y un poco de agua. Y después de charlar de cosas espirituales, pasaron toda la noche en oración.

             A la mañana siguiente Pablo anunció a Antonio que sentía que se iba a morir y le dijo: "Vete a tu monasterio y me traes el manto que San Atanasio, el gran obispo, te regaló. Quiero que me amortajen con ese manto". San Antonio se admiró de que Pablo supiera que San Atanasio le había regalado ese manto, y se fue a traerlo. Pero temía que al volver lo pudiera encontrar ya muerto.

             Cuando ya venía de vuelta, contempló en una visión que el alma de Pablo subía al cielo rodeado de apóstoles y de ángeles. Y exclamó: "Pablo, Pablo, ¿por qué te fuiste sin decirme adiós?". (Después Antonio dirá a sus monjes: "Yo soy un pobre pecador, pero en el desierto conocí a uno que era tan santo como un Juan Bautista: era Pablo el ermitaño").

MUERTE DE SAN PABLO

             Cuando llegó a la cueva encontró el cadáver del santo, arrodillado, con los ojos mirando al cielo y los brazos en cruz. Parecía que estuviera rezando, pero al no oírle ni siquiera respirar, se acercó y vio que estaba muerto. Murió en la ocupación a la cual había dedicado la mayor parte de las horas de su vida: orar al Señor.

     Antonio se preguntaba cómo haría para cavar una sepultura allí, si no tenía herramientas. Pero de pronto oyó que se acercaban dos leones, como con muestras de tristeza y respeto, y ellos, con sus garras cavaron una tumba entre la arena y se fueron. Y allí depositó San Antonio el cadáver de su amigo Pablo.

     San Pablo murió el año 342 cuando tenía 113 años de edad y cuando llevaba 90 años orando y haciendo penitencia en el desierto por la salvación del mundo. Se le llama el primer ermitaño, por haber sido el primero que se fue a un desierto a vivir totalmente retirado del mundo, dedicado a la oración y a la meditación.

     San Antonio conservó siempre con enorme respeto la vestidura de San Pablo hecha de hojas de palmera, y él mismo se revestía con ella en las grandes festividades.

     San Jerónimo decía: "Si el Señor me pusiera a escoger, yo preferiría la pobre túnica de hojas de palmera con la cual se cubría Pablo el ermitaño, porque él era un santo, y no el lujoso manto con el cual se visten los reyes tan llenos de orgullo".



    


miércoles, 15 de enero de 2020

SAN PABLO DE TEBAS, iniciador de la vida eremítica


               La vida de este Santo fue escrita por el gran San Jerónimo, en el año 400.


               Nació hacia el año 228, en Tebaida, una región que queda junto al río Nilo en Egipto y que tenía por capital a la ciudad de Tebas.

               Fue educado por sus padres: aprendió griego y bastante cultura egipcia. Pero a los catorce años quedó huérfano. Era bondadoso y muy piadoso.

               En el año 250 estalló la persecución de Decio, que trataba no tanto de que los cristianos llegaran a ser mártires, sino de hacerlos renegar de su religión. Pablo se vio ante estos dos peligros: o renegar de su fe y conservar sus fincas y casas, o ser atormentado con tan diabólica astucia que lo lograran acobardar y lo hicieran pasarse al paganismo con tal de no perder sus bienes y no tener que sufrir más torturas. Como veía que muchos cristianos renegaban por miedo, y él no se sentía con la suficiente fuerza de voluntad para ser capaz de sufrir toda clase de tormentos sin renunciar a sus creencias, dispuso más bien esconderse. Era prudente.




HUYE DEL MUNDO Y ENCUENTRA A DIOS EN LA SOLEDAD
 
                Pero un cuñado suyo que deseaba quedarse con sus bienes, fue y lo denunció ante las autoridades. Entonces Pablo huyó al desierto. Allá encontró unas cavernas donde varios siglos atrás los esclavos de la reina Cleopatra fabricaban monedas. Escogió por vivienda una de esas cuevas, cerca de la cual había una fuente de agua y una palmera. Las hojas de la palmera le proporcionaban vestido. Sus dátiles le servían de alimento. Y la fuente de agua le calmaba la sed.

               Al principio el pensamiento de Pablo era quedarse por allí únicamente el tiempo que durará la persecución, pero luego se dio cuenta de que en la soledad del desierto podía hablar tranquilamente a Dios y escucharle tan claramente los mensajes que Él le enviaba desde el cielo, que decidió quedarse allí para siempre y no volver jamás a la ciudad donde tantos peligros había de ofender a Nuestro Señor. Se propuso ayudar al mundo no con negocios y palabras, sino con penitencias y oración por la conversión de los pecadores.

                Dice San Jerónimo que cuando la palmera no tenía dátiles, cada día venía un cuervo y le traía medio pan, y con eso vivía nuestro santo ermitaño. (La Iglesia llama ermitaño al que para su vida en una "ermita", o sea en una habitación solitaria y retirada del mundo y de otras habitaciones).

ENCUENTRO CON SAN ANTONIO ABAD

               Después de pasar allí en el desierto orando, ayunando, meditando, por más de setenta años seguidos, ya creía que moriría sin volver a ver rostro humano alguno, y sin ser conocido por nadie, cuando Dios dispuso cumplir aquella palabra que dijo Cristo: "Todo el que se humilla será engrandecido" y sucedió que en aquel desierto había otro ermitaño haciendo penitencia. Era San Antonio Abad. Y una vez a este Santo le vino la tentación de creer que él era el ermitaño más antiguo que había en el mundo, y una noche oyó en sueños que le decían: "Hay otro penitente más antiguo que tú. Emprende el viaje y lo lograrás encontrar". Antonio madrugó a partir de viaje y después de caminar horas y horas llegó a la puerta de la cueva donde vivía Pablo. Este al oír ruido afuera creyó que era una fiera que se acercaba, y tapó la entrada con una piedra. Antonio llamó por muy largo rato suplicándole que moviera la piedra para poder saludarlo.

               Al fin Pablo salió y los dos santos, sin haberse visto antes nunca, se saludaron cada uno por su respectivo nombre. Luego se arrodillaron y dieron gracias a Dios. Y en ese momento llegó el cuervo trayendo un pan entero. Entonces Pablo exclamó: "Mira cómo es Dios de bueno. Cada día me manda medio pan, pero como hoy has venido tú, el Señor me envía un pan entero."




               Se pusieron a discutir quién debía partir el pan, porque este honor le correspondía al más digno. Y cada uno se creía más indigno que el otro. Al fin decidieron que lo partirían tirando cada uno de un extremo del pan. Después bajaron a la fuente y bebieron agua cristalina. Era todo el alimento que tomaban en 24 horas. Medio pan y un poco de agua. Y después de charlar de cosas espirituales, pasaron toda la noche en oración.

               A la mañana siguiente Pablo anunció a Antonio que sentía que se iba a morir y le dijo: "Vete a tu monasterio y me traes el manto que San Atanasio, el gran obispo, te regaló. Quiero que me amortajen con ese manto". San Antonio se admiró de que Pablo supiera que San Atanasio le había regalado ese manto, y se fue a traerlo. Pero temía que al volver lo pudiera encontrar ya muerto.

               Cuando ya venía de vuelta, contempló en una visión que el alma de Pablo subía al cielo rodeado de apóstoles y de ángeles. Y exclamó: "Pablo, Pablo, ¿por qué te fuiste sin decirme adiós?". (Después Antonio dirá a sus monjes: "Yo soy un pobre pecador, pero en el desierto conocí a uno que era tan santo como un Juan Bautista: era Pablo el ermitaño").

MUERTE DE SAN PABLO, PADRE DE LOS EREMITAS

              Cuando llegó a la cueva encontró el cadáver del santo, arrodillado, con los ojos mirando al cielo y los brazos en cruz. Parecía que estuviera rezando, pero al no oírle ni siquiera respirar, se acercó y vio que estaba muerto. Murió en la ocupación a la cual había dedicado la mayor parte de las horas de su vida: orar al Señor.

              Antonio se preguntaba cómo haría para cavar una sepultura allí, si no tenía herramientas. Pero de pronto oyó que se acercaban dos leones, como con muestras de tristeza y respeto, y ellos, con sus garras cavaron una tumba entre la arena y se fueron. Y allí depositó San Antonio el cadáver de su amigo Pablo.

               San Pablo murió el año 342 cuando tenía 113 años de edad y cuando llevaba 90 años orando y haciendo penitencia en el desierto por la salvación del mundo. Se le llama el primer ermitaño, por haber sido el primero que se fue a un desierto a vivir totalmente retirado del mundo, dedicado a la oración y a la meditación.

               San Antonio conservó siempre con enorme respeto la vestidura de San Pablo hecha de hojas de palmera, y él mismo se revestía con ella en las grandes festividades.

              San Jerónimo decía: "Si el Señor me pusiera a escoger, yo preferiría la pobre túnica de hojas de palmera con la cual se cubría Pablo el ermitaño, porque él era un santo, y no el lujoso manto con el cual se visten los reyes tan llenos de orgullo".


    


viernes, 17 de mayo de 2019

SAN PASCUAL BAILÓN, Apóstol de la Sagrada Eucaristía



              Nació el 16 Mayo 1540 en Torrehermosa (Zaragoza). Desde los siete años tuvo que cuidar las cabras y las ovejas de su padre. Supo rodear de piedad su vida de pastoreo, piedad que aumentó sensiblemente desde el día en que recibió la Primera Comunión.

               Tendría unos 12 años cuando su padre le puso al servicio de un vecino llamado Martín García. Éste le ofreció con el tiempo sus rebaños, su hacienda y su propia hija; pero Pascual estaba firmemente decidido a seguir la vocación religiosa; de hecho, su patrón Martín García declaró: "Nuestro buen pastorcito se encomendaba al Señor con continuas oraciones para que le alumbrase y le enseñase el estado en que mejor le pudiese servir. Por lo cual, además de las Horas de Nuestra Señora y del Rosario que traía hecho con un cordelillo añudado, hacía otras largas oraciones, poniéndose de rodillas vuelto hacia la ermita de Nuestra Señora de la Sierra, y así solía decir su mayoral, viendo esto: “A mi zagal hallo yo cada mañana hincado de rodillas, vuelto hacia la ermita de Nuestra Señora. Siempre sabía cuándo eran fiestas, témporas y vigilias con las “Horas de Nuestra Señora”. En témporas, vigilias, viernes y miércoles de los dos años que anduvo con él, le vio ayunar a pan y agua."

               Llamó a las puertas del convento alcantarino de Monforte (Alicante)  pero tuvo que sufrir mucho, ya que al principio los frailes eran recelosos de recibir a un muchacho que apenas sabía leer. Sin embargo, comprendiendo el buen espíritu y la sentida devoción de Pascual, le dejaron vestir el hábito franciscano el 2 de Febrero de 1564.




               San Pascual sentía un profundo amor por la Divina Eucaristía. Pasaba horas enteras, postrado ante el Tabernáculo y a pesar de ser casi iletrado, defendió maravillosamente la Presencia Real de Cristo en la Sagrada Eucaristía frente a los hugonotes franceses, cuando se dirigía a llevar a una carta al Guardián General de la Orden.

               En la pedanía de Orito (Monforte del Cid, Alicante) se encuentra la conocida "Ermita de la Aparición" donde San Pascual tuvo una visión de Nuestro Señor en la Eucaristía. Los contemporáneos del Santo narran: 

        "Todos los frailes y seglares notaron mucho en el santo la gran devoción que tenía al Santísimo Sacramento. Cuando se descuidaba (se veía libre) de sus oficios corporales, al punto se hallaba en la iglesia, llevado por la suavísima violencia del amor. Allí acudía mil veces, porque de allí le sacaba otras tantas la obediencia con la campanilla de la portería y, a ratos, debía tener paciencia el que estaba llamando, porque no se podía tan presto librar de las prisiones del amor para acudir a aquel oficio de la obediencia; pero, acabando de dar razón, le habían de hallar oyendo misas o de rodillas, vuelto hacía el sagrario… Tenía una especial reverencia a los sacerdotes, que era cosa notable ver cómo los recibía cuando venían a su puerta, porque, con las dos rodillas puestas en tierra, tomaba la mano del sacerdote con las dos suyas y con mucha pausa las besaba y las apretaba con su cara, ojos y boca… 

         Comulgaba devotísimamente, no haciendo visajes, no dando recios suspiros, sino con un semblante alegre, sosegado y sencillo, mostrando en él el gozo que recibía su alma con la presencia de tal Huésped. 

         Se preparaba la noche antes de la comunión, confesándose devotamente, lo cual hacía muchos días, aunque no hubiese de comulgar. El día que comulgaba estaba, como es razón, más recogido y hablaba menos con los frailes. 






              En 1573 pasó a Valencia, donde residió unos tres años, ocupándose del refectorio, de la portería, de la cocina y de pedir por los pueblos para la manutención de sus Hermanos y de los pobres. 

               Su celo consiguió afamadas conversiones. No obstante, hubo de pasar por el crisol de las tentaciones y de la noche oscura. Más tarde le nombraron Maestro de novicios del convento de Almansa.  Fray Bartolomé Pastor declaró en el Proceso que vio "en el bendito Fray Pascual un fervorosísimo celo de la salvación de las almas y bien espiritual de los prójimos, y así, siempre que se ofrecía ocasión, persuadía a la virtud con tanto fervor que bien mostraba el fuego de la caridad que ardía en aquel santo pecho. Y con tanta erudición exhortaba, que más parecía consumado teólogo que fraile simple, y por esta grande caridad le revelaba Nuestro Señor la conciencia de sus prójimos, y por su medio la remediaba. Y caminando una vez el bendito fraile con el susodicho testigo, estando todos a la mesa comiendo, dijo el bendito Fray Pascual al hermano huésped: "Hermano, confiésese, pues tiene ahora ocasión del hermano predicador."

              De Elche pasó al convento de Jumilla, donde le eligieron Superior. Al hacerse precaria su salud, fue enviado a Ayora y, de allí, a la ciudad del Turia. De Valencia marchó a Játiva y, más tarde, al convento de Nuestra Señora del Rosario, en Villarreal (Castellón), donde, al cabo de tres años, murió el 17 Mayo 1592.

              A los seis meses de su muerte, se incoó la causa de canonización en el obispado de Tortosa. Acudieron testigos sin número y de toda condición. El 23 Julio 1611 se comprobó que su cuerpo seguía incorrupto. Paulo V le beatificó el 19 Octubre 1618 y Alejandro VIII le canonizó el 16 Octubre 1690. León XIII dio al santo el título de Patrono particular de los Congresos Eucarísticos y de todas las Asociaciones Eucarísticas en el Breve Providentissimus Deus, de 28 Noviembre 1897.

              Cuando los frailes alcantarinos se instalaron en la Ermita del Rosario en 1578, éstos procedieron a la construcción de una iglesia para el convento. Este templo fue pasto de las llamas en Agosto de 1936, en los primeros meses de la Guerra civil, por lo que ya no existe. Sobre los restos del incendio se construyó el nuevo “Templo Votivo Eucarístico Internacional”. La antigua iglesia conventual, de una nave con bóveda de arista y sin crucero, constaba de cuatro tramos. En el primero de ellos desde la puerta principal se encontraba un coro alto.





             Era el 13 de Agosto de 1936: España se encontraba sumergida en plena Cruzada contra el marxismo ateo; el odio a la Fe, llevó a la destrucción del  sepulcro-relicario de San Pascual Bailón, y que su venerable cuerpo incorrupto, fuese profanado y martirizado, para ser arrojado miserablemente por los milicianos republicanos en una hoguera. Así quedó constatado por los Obispos españoles de entonces:

         Ha sido espantosa la profanación de las sagradas reliquias: han sido destrozados o quemados los cuerpos de San Narciso, San Pascual Bailón, la Beata Beatriz de Silva, San Bernardo Calvó y otros. Las formas de profanación son inverosímiles, y casi no se conciben sin subestación diabólica. Las campanas han sido destrozadas y fundidas. El culto, absolutamente suprimido en todo el territorio comunista, si se exceptúa una pequeña porción del norte. Gran número de templos. Entre ellos verdaderas joyas de arte, han sido totalmente arrasados: en esta obra inicua se ha obligado a trabajar a pobres sacerdotes. Famosas imágenes de veneración secular han desaparecido para siempre, destruidas o quemadas”. ( Carta Colectiva del Episcopado Español, 1 de Julio de 1937)