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sábado, 14 de marzo de 2020

EL REINO DE MARÍA EN NUESTRAS ALMAS... Descansando plácidamente en el Corazón de la Señora


               "Así como se da una vida simplemente contemplativa que tiene por objeto la sola esencia de Dios, sin forma ni figura alguna determinada, o algo absoluto, divino, como por ejemplo, la Santísima Trinidad o las nociones, atributos y perfecciones divinas y otra también contemplativa, cuyo objeto es Cristo, Dios y Hombre.

               Dios en la Humanidad  en que se encarnó y Humanidad unida personalmente a la Divinidad, así también, además de la simple vida contemplativa de Cristo, Dios y Hombre, hay otra vida contemplativa de Dios en María y de María en Dios, entregada indisolublemente a los dos, a la vez, y amorosamente fluyendo hacia ambos como unidos de una manera singularísima, no personal, como es la unión de la Humanidad de Cristo con la Divinidad, pero sí tan íntima, que, aunque sea por gracia, parece casi sustancial, y tan sublime, que, desde luego, ninguna criatura, por excelente que ella sea, goza de tal unión con Dios.




               Es una unión singular, basada en Su condición de Madre, la cual, en cierto modo, es una misma cosa con Su Hijo Dios, de quien es verdaderamente Madre y a quien, en razón de tal, no se la puede mirar, amar ni honrar desligada de la Divinidad. 

               De este modo contemplan a María algunas almas fervorosas, es decir: como una sola cosa en Dios y con Dios, sin necesidad de medio alguno que los una, y de aquí resulta que, como Dios está en todas partes, ven y encuentran a su tierna Madre y la besan y abrazan en Dios, en un envidiable deliquio y transformación de amor, como si su ser se derritiera y fundiera o transformara, a la vez, en María y en Dios.

               Entonces parece que tales almas son metidas y como absorbidas en Su Purísimo, Santísimo y ardentísimo Corazón o en Su Seno maternal, desfalleciendo en Él como desmayadas y enajenadas totalmente por la fuerza de su exquisito y candorosísimo amor a la Señora y, juntamente, a Dios, en un desbordamiento de amor hacia ambos.

              Descansando plácidamente en el Corazón de la Señora, el alma queda extasiada y languideciendo de amor hacia uno y en uno, resultando así una doble y al mismo tiempo, única Vida Divina.

               Entonces es cuando se les concede a estas almas el vivir espiritualmente en María, descansar en Ella, gozarla, fundirse, por así decir, con María por un especial amor unitivo.

              Cuando el espíritu se encuentra absorto y como embriagado en la Esencia -sin forma ni figura- de Dios, con la mayor sencillez, desnudez y tranquilidad, e íntima y sabrosamente ocupado en la contemplación y gozo de esta simplicísima Esencia, entonces suele experimentar el alma en su interior una suave atracción a contemplar y abrazar a esta tierna Madre y recostarse amorosamente en Su Pecho y allí plácidamente gozar y descansar.

                En una palabra: se entrega totalmente a Ella con exquisito amor, como unida especialísimamente a Dios de tal forma que, amando y gozando de Dios, ama y goza de esta amable Madre, como su fuese una sola cosa con Dios, y así, por parte del alma, Dios y María parece que constiyuyen un solo objeto de amor y gozo, puesto que, en esos momentos, los considera bajo y solo único punto de vista.

               El alma contempla a Jesús y María como Madre e Hijo que están íntimamente unidos, y así constituyen como un solo objeto, o si se quiere, dos, pero correlativos, de tal suerte que sea imposible conocer o amar al uno sin el otro..."


(Venerable Padre Miguel de San Agustín, Carmelita, "Vida de unión con María")



sábado, 8 de febrero de 2020

EL REINO DE MARÍA EN NUESTRAS ALMAS...El mayor amor y la mayor alabanza


               "Parece que el espíritu, dando un paso más, descubre -y la experiencia se lo enseña a algunas almas piadosas- que la vida en María o mariana, unida e injertada en la vida en Dios o divina, se puede decir y es de mayor perfección que el simple estado de unión con Dios, Sumo Bien, que la simple vida en Dios o divina. Pues aunque no se nos oculta que, en nuestro modo ordinario de hablar, Dios es el único y Sumo Bien de la misma, para el cual fue creada y en cuya consecución, contemplación, posesión y goce está radicada toda su felicidad y Bienaventuranza, tanto en esta como en la otra vida.





                En este sentido, el alma no puede ni siquiera intentar ir más allá, ni esforzarse inútilmente en pretender cosa más sublime, sin embargo, en otro sentido, sí que puede intentar subir más alto y de hecho subir, como lo vamos a explicar.

               Los Bienaventurados, en el Cielo, gozan todos de una perfectísima Gloria, Bienaventuranza, gozo y hartura, contemplando, amando y gozando de Dios cara a cara, ya que están como totalmente penetrados por la luz de la Gloria e invadidos y rebasados por el amor beatífico, en los cuales está toda su felicidad y Bienaventuranza.

               Sin embargo, todos sabemos que, aparte de esta Gloria o Bienaventuranza esencial, también tiene y gozan de otras glorias y gozos accidentales, cada uno según las exigencias y medida de sus méritos y la ordenación de Dios, que es el que remunera.

               Así por ejemplo, unos Bienaventurados tienen más gozos accidentales que otros en la contemplación de la Sacratísima Humanidad de Cristo, de Sus Sagradas Llagas, de Su Santa Cruz, causa instrumental de su gloria, o en la contemplación de la Santísima Virgen, Madre de Dios, del Glorioso Patriarca San José y de otros Santos, o tienen más claro conocimiento de algunos Misterios de Dios, etc.

              Pues bien: de una manera muy parecida se conceden, en esta vida, a algunas almas piadosas ciertas gracias, dones o favores accidentales, con los que, en cierto modo, se asemejan a los Bienaventurados y por los cuales se elevan en un grado de unión más perfecto y sublime, consiguiendo así, poco a poco vivir una vida más perfecta en el amor y goce de Dios.

               Bajo este aspecto, la vida mariana, unida a la vida divina, es más perfecta y un grado más alta que la vida contemplantiva o unitiva ordinaria, ya que esta vida mariana es doble, por así decir: divino-mariana en Dios y María, por la simple y sencilla contemplación, amor y gozo de Dios en María y de María en Dios.

               Cuando el alma fervorosa llega a tal perfección que el Espíritu Divino, que mora en lo más íntimo de su ser, es que frecuente y aún constantemente la mueve para que continuamente tenga presentes en la memoria, en cuanto hace u omite, los dos objetos de su amor: Dios y María, y por ellos respire y viva, entonces se puede realmente decir que vive una vida totalmente divino-mariana en Dios y mariano-divina en María, y, por consiguiente, mientras el alma se afana buscando el mayor amor y la mayor alabanza y Gloria de Dios y de María, en todas sus obras, palabras y pensamientos, es evidente que vive, a la vez, por Dios y por María.

               Ahora bien: esta vida divino-mariana es más perfecta que la simplemente divina, porque el espíritu de amor, además de unir al alma con Dios, la une también con María, sin que esto sea ningún obstáculo para la primera unión, y así la tiene ocupada simultáneamente en Dios y en María.

               Por tanto, en este sentido, al menos por extensión, es más perfecta que si solo se ocupase en Dios; lo mismo que decíamos antes de los Santos, que accidentalmente, podían tener más o menos gloria -accidental, por supuesto-, según que su contemplación y gozo se extendieran a más o menos motivos de gozo, estando, por lo demás, en igualdad de circunstancias..."



(Venerable Miguel de San Agustín, Carmelita, "Vida de unión con María")



sábado, 25 de enero de 2020

EL REINO DE MARÍA EN NUESTRAS ALMAS...El último camino hacia Dios


               Me parece conveniente hacer constar aquí que el vivir y morir por y para María -y lo mismo hay que decir de culto, amor y veneración de los demás Santos- es necesario ordenarlo y dirigirlo últimamente a Dios. Así como María está ordenada totalmente, en cuerpo y alma, a la Gloria de Dios y eternamente vivirá por Dios y para Su Amor y Gloria, así también el vivir y morir por María se han de dirigir y encauzar, necesariamente y en último camino, a Dios.






                Es decir: que hemos de vivir y morir por María no como si fuera nuestro último fin o pensando y buscando nuestra comodidad o provecho, sino con el fin exclusivo de que, viviendo y muriendo en María y para María, vivamos y muramos más perfectamente en Dios y por Dios.

              Trabajemos para que el Reinado perfecto de María en nosotros coexista juntamente con el más perfecto Reinado de Jesús en nuestra alma, puesto que el Reino de María no se opone al de Jesús, sino que a Él se ordena y consagra totalmente.

               Por eso, el alma que se precia ser hija fiel de esta Madre Amable, vigila atenta y constantemente, en todo cuanto hace, para que la caridad o "amor de Dios que tiene derramado por todo su corazón por virtud del Espíritu Santo que le fue dado" (1) se extienda y redunde también hacia María, recurriendo a Ella con sencillez y amor, poniendo en Ella, con todo el candor, la mirada amorosa de Su Corazón y teniéndola, siempre y en todo lugar, presente en su pensamiento, con un cariñoso y filial recuerdo, de suerte que esta redundancia hacia María, este desbordamiento de la Caridad de Dios hacia la Madre Amable de nuevo vuelva y refluya, y termine últimamente en Dios, ya que este flujo y reflujo de Amor no ha de haber otro fin último que Él.

               Y esto es lo que realiza perfectamente en el alma cuando el Divino Espíritu es el que, desde lo más íntimo de nuestro ser, mueve y dirige todo ese juego de Amor. Entonces es cuando se ve por experiencia que este vivir por y para María no es ningún obstáculo para vivir por y para Dios, sino más bien es una ayuda y acicate constante para el alma.

               O mejor dicho: es la confluencia y unión del amor, por María y con María en Dios, en un perfectísimo deliquio y transformación de Amor, reclinándose con María en Dios o echándose en los brazos del único y solo Amor de la Madre y de Dios, para descansar, finalmente, en Dios como en su Último Fin.



(Venerable Miguel de San Agustín, Carmelita, "Vida de unión con María")



NOTAS ACLARATORIAS

   1 Carta de San Pablo a los Romanos, cap. 5, vers. 5




sábado, 18 de enero de 2020

EL REINO DE MARÍA EN NUESTRAS ALMAS...Vivir por y para María


               El alma que ama a Dios, además de vivir por y para Dios - es decir, ejercitando todas las operaciones y actividades vitales de sus potencias y sentidos y soportando todos los trabajos y penalidades por amor de Dios y Su honra y Gloria, según Su Santa Voluntad-, se ha de esforzar también, de manera semejante, en vivir por y para María, dedicando y consagrando íntegramente todas sus actividades a María, como el mejor obsequio, a Su mayor honra y Gloria y por Su Amor, para que también Ella sea honrada, ensalzada y amada por todo y en todo y Su Reino se agrande, se dilate y se extienda por todo el Reino de Su Hijo Jesús, de tal manera que, así como vivimos, obramos, padecemos y morimos por Jesús, así también vivamos, obremos, padezcamos y muramos por María.






               Y así como Jesús debe tener Su Reino y Su Trono en nosotros, así también María debe reinar en nuestro corazón, poniendo a Su libérrima disposición y beneplácito todas nuestras obras y trabajos, para que de este modo, cooperando nosotros libremente, Ella pueda llegar a la plena posesión de Su Reino, al que, por otra parte, ya tiene derecho como Reina de Cielos y Tierra y como Reina de todos los Justos y Santos, y no sería propiamente tal si no le compitiese y tuviese sobre nosotros alguna potestad e imperio y si nosotros no estuviésemos obligados a encauzar u ordenar nuestra vida según Su voluntad, en Su obsequio y para Su Gloria.

               De este modo la había entronizado en su corazón y la veneraba como Reina San Pedro Tomás, gloria de la Orden Carmelita, consagrando constantemente a la Señora todas sus actividades y aún toda su vida y como señal y testimonio de que era Ella la única que reinaba, llevaba grabado, en su corazón, el nombre dulcísimo de su Reina.

               San Gerardo, también Carmelita, rezaba diariamente el Oficio de la Asunción Gloriosa a los Cielos, como prueba y señal de que la tenía por Reina y, a la vez, para tener un continuo y grato recuerdo del momento aquel en que fue consagrada Reina de Cielos y Tierra.

               A este mismo reconocimiento de Su Soberanía, indujo el Rey de Hungría, San Esteban, quien, precisamente por esto, consagró todo su Reino a María, y ordenó que ninguno de sus súbditos dejase de llamarla Señora o Reina y no de otro modo.

               De estos ejemplos debemos sacar en conclusión que también nosotros debemos consagrar toda nuestra vida a Su Honor y Gloria.

               Además, siendo como es Madre de todos los elegidos, es lógico que todos le mostremos un afecto filial y tierno amor en todo cuanto hagamos o dejemos de hacer, en nuestros trabajos y sufrimientos, en vida y en muerte, de tal modo que sea Ella el segundo fin y objetivo de nuestra respiración, de nuestros deseos, de nuestras angustias, por quien vivamos.

               Estemos bien convencidos que si vivimos para esta Reina y Madre vivimos, y, si morimos, también para esta Señora y Madre morimos, ya que, viviendo o muriendo, siempre seremos hijos de esta Madre...



(Venerable Miguel de San Agustín, Carmelita, "Vida de unión con María")



sábado, 11 de enero de 2020

EL REINO DE MARÍA EN NUESTRAS ALMAS... Único término de nuestros pensamientos


                  Para que vivamos en Dios es necesario que en todo cuanto hayamos de hacer, omitir o soportar, obremos según Su Voluntad; que todo lo que se ofrezca sufrir, sea en el cuerpo o en el alma, en lo interior o en lo exterior, venga de los hombres o de los demonios, lo aguantemos con ánimo reverente y con espíritu de amor, con una especie de conversión, introversión, inclinación o aspiración del alma hacia Dios, suave y amorosamente.




               Lo haremos con una como tranquila respiración de la Divina Esencia, imitando al Salvador, que dejaba que el Padre, que en Él moraba, hiciera todas sus obras y, a la vez, Él, en íntima unión con el Padre, las realizaba, con una apacible, amorosa y reverencial mirada de entrega total de Su Espíritu a Su Padre Celestial.

              Pues bien: de un modo semejante podemos también vivir en nuestra amantísima Madre María, procurando, con todo esmero, conservar o fomentar en nosotros esa filial, tierna y candorosa entrega de nuestro corazón, esa aspiración o respiración hacia María, como a nuestra más amabilísima y queridísima Madre en Dios, en todo cuanto tengamos que obrar o soportar, en todo cuanto hayamos de hacer u omitir, en nuestras penalidades, dolores, aflicciones y tribulaciones, de tal modo, que nuestro amor a María y de María a Dios tenga un suave y mutuo flujo y reflujo.

                Y esto parece ser que es lo que hace, algunas veces, el Espíritu Divino en el alma, por una especie de desbordamiento y sobreabundancia del Amor Divino hacia María y en Ella, otra vez a Dios. En esta disposición, causada espontáneamente en el alma por el Espíritu de Amor o facilitada por el hábito adquirido con la frecuencia de actos de amorosa entrega a la Madre Amable, el alma conserva un continuo y tierno recuerdo de María y una inclinación y tendencia hacia Ella, de un modo muy parecido al recuerdo, amante y reverente, que siente de Dios en todo lo que hace. Hasta tal punto que, así como por el fiel ejercicio de la Fe y de un amor constante adquirió el hábito o costumbre de tener siempre presente en su pensamiento a Dios y de arrojarse a Él, en un ímpetu sincero de amor, con tal facilidad que parece ya imposible que tal alma se olvide de Dios.

              Así también, de modo semejante, el hijo amante de María, por el ejercicio constante que hace de tenerla siempre presente en su mente, adquiere el hábito o costumbre de este filial y amoroso recuerdo, de tal modo que todos sus pensamientos y afectos se enderezan, a la vez, a Ella y a Dios como término único, hasta parecer cosa imposible que el alma pueda olvidarse de su tierna Madre.


(Venerable Miguel de San Agustín, Carmelita, "Vida de unión con María")



sábado, 28 de diciembre de 2019

EL REINO DE MARÍA EN NUESTRAS ALMAS... La continua presencia de la Madre de Dios


              "De la misma manera podemos también vivir en nuestra amabilísima Madre María, poniendo nuestro esfuerzo en conservar y fomentar en nuestra alma, filial, tierna e inocente conversión del espíritu a Ella y la amorosa aspiración y respiración en María como en nuestra Madre en Dios, tanto en el obrar como en el padecer, ya en las acciones o bien en las omisiones y, en fin, en cualesquiera penas, dolores, aflicciones y apremios, de suerte que el amor se mueva, como en suaves ondas de flujo y reflujo de María a Dios y de Dios a María.



Maria Regina Inmaculata


              El devoto de María procura vivir siempre en la amorosa presencia de esta Madre; el hijo amante de María, por el constante ejercicio de tenerla en la memoria como la Madre Amable, logra el hábito de este filial y amoroso recuerdo, de arte que todos sus pensamientos y afectos van a parar juntamente en Ella y en Dios, ni parece posible que pueda olvidarse de la Madre Amable ni de Dios.

              Así como lo hace con Dios, de la misma manera se esfuerza en vivir por María, esto es, en emplear y consumir todas sus fuerzas activas y pasivas por María, en su obsequio, honra y amor, deseando que en todas las cosas sea reverenciada, glorificada y amada y que Su Reinado se fomente, se perfeccione y acreciente en el de Su Hijo Jesús."


(Venerable Miguel de San Agustín, Carmelita, "Vida de unión con María")