Mostrando entradas con la etiqueta La Hora Santa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Hora Santa. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de abril de 2026

EL EJERCICIO DE LA HORA SANTA: REPARACIÓN INFINITA A DIOS PADRE



                    La Hora Santa nació en 1674, cuando en una alocución de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque, desde el Tabernáculo de Paray-le-Monial, le dijo:

                    «Todas las noches del Jueves al Viernes te haré participar de la mortal tristeza que quise padecer en el Huerto de los Olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía más difícil de soportar que la muerte. Y para acompañarme en aquella humilde plegaria, que entonces presenté a Mi Padre entre todas Mis angustias, te levantarás entre las 11 y las 12 de la noche y te postrarás con la faz en tierra, deseosa de aplacar la cólera divina y en demanda de perdón por los pecadores».

                    Dos son, evidentemente, las ideas fundamentales de este ejercicio. Es la primera, una intención de amor compasivo, que une en esa hora el alma del consolador, y del confidente, al Corazón Agonizante de su Salvador. «Te haré compartir, dice Jesús, la tristeza mortal de Mi Getsemaní...». Y es la segunda, una reparación del pecado, un fin de desagravio redentor y de consuelo: «Pedirás perdón por los pecadores». Desde entonces, la práctica de La Hora Santa, ha sido practicada cada Jueves por millones de almas enamoradas de Jesús Sacramentado. 

                    Este canal de gracias espirituales que produce la práctica de La Hora Santa, ha alcanzado no sólo a quienes acompañan al Señor en el Sagrario o expuesto solemnemente, sino que el influjo divino de la Caridad Eucarística, llega también a todos aquellos enfermos que hacen su Hora Santa desde la cama, así como a todas aquellas buenas almas que no tienen la posibilidad material de estar cerca de un templo, y que se transportan en espíritu, rindiendo su corazón a los pies del Tabernáculo, donde vive, con Su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad el que es Rey de todos los corazones.


LA HORA SANTA
reparación infinita a Dios Padre

                       "Quiero conquistar los corazones por la fuerza de Mi amor. Quiero que las almas se dejen penetrar por la verdadera luz. Quiero que los niños, esos corazones inocentes, que no me conocen y crecen en el hielo de la indiferencia, ignorando lo que vale su alma... Sí, quiero que esas almitas que son Mis delicias, encuentren un asilo donde les enseñen a conocerme y donde crezcan en el temor de Mi ley y en el amor de Mi Corazón.

                     Mi deseo es el que seáis el combustible de este fuego que quiero derramar sobre la tierra, porque de nada sirve encender la llama si no hay con qué alimentarla. Por eso quiero formar una cadena de almas encendidas en el Amor, en ese Amor que se confía y lo espera todo de Mi Corazón, a fin de que, inflamadas ellas, lo comuniquen al mundo entero. 

                       No penséis que voy a hablaros de otra cosa que de la Cruz. Por Ella he salvado a los hombres, por Ella quiero atraerlos ahora a la Verdad de la Fe y al Camino del Amor. Os manifestaré Mis deseos: He salvado al mundo desde la Cruz, o sea, por medio del sufrimiento. Ya sabéis que el pecado es una ofensa infinita; por eso os pido que ofrezcáis vuestros trabajos y sufrimientos, unidos a los méritos infinitos de Mi Corazón.

                     Inculcad a las almas, con quienes estéis en contacto, el Amor y la Confianza... Empapadlas en Amor, en Confianza, en la Bondad y Misericordia de Mi Corazón. Y cuando tengáis ocasión de darme a conocer decidles que no me teman porque Soy Dios de Amor.

                       Tres cosas especiales os pido:

             1ª El Ejercicio de la Hora Santa; por él se hace a Dios Padre reparación infinita, en unión y por medio de Jesucristo Su Divino Hijo.

            2ª La Devoción de los Cinco Padrenuestros a Mis Llagas, pues por Ellas ha recibido el mundo la salvación.

            3ª En fin, la unión constante, o sea, el ofrecimiento cotidiano de los méritos de Mi Corazón, porque así lograreis que vuestras acciones tengan valor infinito. Valerse continuamente de Mi Sangre, de Mi Vida, de Mi Corazón; confiar incesantemente y sin temor en Mi Corazón; he aquí un secreto desconocido para muchas almas... Quiero lo conozcáis y que sepáis aprovecharlo".


Extraído de "Un Llamamiento al Amor"
Revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús 
a la mística española Sor Josefa Menéndez




jueves, 11 de diciembre de 2025

LA HORA SANTA REPARADORA



Y se le apareció un ángel del Cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más 
intensamente; y era Su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.

Evangelio de San Lucas, cap. 22, vers. 43-44



                    La Hora Santa nació en 1674, cuando en una alocución de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque, desde el Tabernáculo de Paray-le-Monial, le dijo:

                    «Todas las noches del Jueves al Viernes te haré participar de la mortal tristeza que quise padecer en el Huerto de los Olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía más difícil de soportar que la muerte. Y para acompañarme en aquella humilde plegaria, que entonces presenté a Mi Padre entre todas Mis angustias, te levantarás entre las 11 y las 12 de la noche y te postrarás con la faz en tierra, deseosa de aplacar la cólera divina y en demanda de perdón por los pecadores».

                    Dos son, evidentemente, las ideas fundamentales de este ejercicio. Es la primera, una intención de amor compasivo, que une en esa hora el alma del consolador, y del confidente, al Corazón Agonizante de su Salvador. «Te haré compartir, dice Jesús, la tristeza mortal de Mi Getsemaní...». Y es la segunda, una reparación del pecado, un fin de desagravio redentor y de consuelo: «Pedirás perdón por los pecadores».

                    Una y otra idea cobran una luz mayor todavía con la siguiente Revelación que debe sacudir con emoción intensa de dolor y caridad el corazón del creyente fervoroso. Oigamos siempre a la vidente de Paray: «Se me presentó Jesús bajo la figura de un «Ecce Horno», cargado con Su Cruz, cubierto de llagas y de heridas. Su Sangre adorable brotaba de todas ellas, y luego, con voz desgarradora y triste, me dijo: «¿No habrá, por ventura, nadie que se compadezca de Mí y que, teniéndome piedad, comparta el dolor que sufro en este estado lamentable en que Me tienen sumido tantos pecadores?...».

                    «Aquí tienes el Corazón que ha amado tanto a los hombres, y que no ha perdonado medio alguno de probarles Su Amor, hasta el extremo de agotarse y consumirse por ellos. Y en retorno, no recibo de la mayor parte sino ingratitud y menosprecio, lo que Me amarga mucho más que todo cuanto he sufrido en Mi Pasión. Si los hombres Me correspondieran, siquiera en parte, consideraría poco lo que he hecho, y desearía, si posible fuera, sufrir más todavía... Pero, ¡ay!, no tienen sino frialdad y rechazos para cada una de las solicitaciones de Mi Amor. Al menos tú, hija Mía, concédeme el consuelo de verte reparar, en cuanto puedas y de ti dependa, esa ingratitud. Participa de Mis congojas, y llora por la insensibilidad culpable de tantos corazones».

                    «Tengo sed devoradora de ser amado de los hombres, pero no encuentro casi a nadie que tenga voluntad de aplacarla con retorno de amor cumplido y generoso... No hallo quien Me ofrezca en este estado de abandono un lugar de reposo. ¿Quieres tú consagrarme tu alma para que en ella descanse Mi Amor crucificado, que el mundo entero menosprecia?...»

                    «Quiero que tu corazón Me sirva de asilo, en el que me cobije para solazarme, cuando los pecadores me persigan y me arrojen de los suyos... Entonces, con los ardores de tu caridad, repararás las injurias que recibo...»

                    Insistimos en que el SILENCIO AMOROSO unido al deseo de ACOMPAÑAR y CONSOLAR a Jesús por la frialdad y alejamiento de tantas almas, es ya por sí mismo una elevada oración, además da consuelo y paz a quien la practica.

                    Se trata de hacer compañía y consolar a Jesús en el Huerto de Getsemaní y reparar con ello los ultrajes y blasfemias que recibió y recibe constantemente. Se puede hacer desde casa pero mucho mejor ante el Santísimo Sacramento, pues nuestro deseo es honrarle y adorarle como se merece y aunque siempre será poco, Él acepta y ve con agrado nuestro amor y buena voluntad.

                    Para ello basta con leer y meditar alguna lectura sobre la Pasión del Señor o bien rezar alguna de las oraciones aquí expuestas; pero también es muy importante y recomendable estar en total silencio ante el Señor; algunos creen así estar perdiendo el tiempo, cuando en verdad es todo lo contrario. ¡Cuán útil es para el alma aprender de estos silencio: tan llenos de amor!. ¡Cuántas enseñanzas!. ¡Qué bello diálogo de amor, de corazón a Corazón!

                    Basta estar en Su Santa Presencia, mirándole o con los ojos cerrados, Él te penetrará hasta el fondo de tu ser, te invadirá totalmente con el fuego de Su Amor y como el Sol que con su luz y calor da vida a la tierra, así hará contigo poco a poco para transformarte y darte una vida nueva en Él. 

                    En adoración profunda pongámonos en la Presencia de Dios. Pidamos luz y fuego de amor al Espíritu Santo para que consuma nuestro corazón y le purifique de todo pecado o afecto desordenado, a la Santísima Virgen para que sea nuestra Madre y Maestra, enseñándonos a amar a su Jesús, con aquel purísimo amor Suyo.

                    Que la Gracia Divina venga a nuestras pobres almas para poder glorificaros en esta Hora Santa que ofrecemos con intención de reparar, desagraviar y hacer compañía al Sagrado Corazón agonizante de Jesús, por los abandonos, ultrajes e ingratitudes recibidas de todas las criaturas de la tierra.

                    Después de esta breve preparación, vayamos en espíritu al Huerto de Getsemaní; entremos en silencio almas reparadoras sobrecogido nuestro corazón por el temor y anhelo de reparación, vayamos captando la voz angustiada y doliente de Jesús que se debate en la más espantosa de las agonías. Soledad inmensa, abandono hasta del Padre Celestial. Su Humanidad abatida en el suelo. ¿Será posible que un Dios haya llegado hasta esto?. Y, ello por todos los pecados de la humanidad, por los nuestros en particular.

                    Contemplemos cómo Su Dolor llega a la máxima intensidad, más que por la proximidad de Su Pasión, por tantas ingratitudes y faltas de correspondencia. Piensa que Su Pasión será infructuosa para muchas almas; agudo dolor le estremece, Sus dolores se vuelven agonía torturante. Corre junto a Sus discípulos predilectos y les encuentra dormidos. ¡Sus mejores, Sus más íntimos amigos no pueden velar una hora con el Maestro!... Llama a su Padre pidiéndole pase el cáliz y sólo encuentra soledad y abandono. ¿Acaso también los Cielos se cerraron?. Mas no, un Ángel baja a confortarle en Su desfallecimiento. Copioso sudor de sangre le envuelve en tanta abundancia, que se vierte sobre la tierra. «¿Padre Mío!. Si es posible pase de Mí este cáliz, pero que no se cumpla Mi voluntad sino la Tuya».

                    ¡Qué lección más sublime la que Jesús nos enseña en Getsemaní para que hagamos nuestra oración de cada día con este espíritu!. Sí, pidamos en el dolor y en el sufrimiento que aparte de nosotros el cáliz, pero a la vez sepamos decir y aceptar con generosidad que se cumpla la Voluntad Divina.

                    Sigamos recogiendo en lo íntimo de nuestras almas las palabras de Jesús que agoniza en aquella terrible noche: Anhelo, necesito almas reparadoras a través de todos los siglos, y en todos los rincones de la tierra; son los pararrayos de la Justicia Divina; las oraciones y lágrimas de estas almas son de un poder infinito ante el Padre, pues van unidas a Mis intenciones. No temáis, pequeña grey, para haceros a semejanza Mía habéis de abrazaros a la Cruz del dolor, de la persecución, de la calumnia, de la pobreza. Mi gracia no os faltará. Sin Mí nada podéis hacer: «Conmigo lo podéis todo», pero me gustan las almas desprendidas. 

                    Instituí la Eucaristía; sufrí la agonía de Getsemaní; la traición de Judas; la negación de Pedro; el inicuo proceso; verme pospuesto a Barrabás; la flagelación y coronación de espinas, las burlas y escarnios; la calle de la Amargura; el dolor de Mi Madre, ese Corazón Purísimo traspasado y amargado con todas las amarguras de la tierra. La Crucifixión; Mi muerte afrentosa, y por último la lanzada del soldado Longinos abriendo Mi Costado para dejar paso a las torrenteras de Mis Gracias, de Mis Misericordias, de Mi Amor. 

                    En las sombras de la noche se suceden los más horrendos crímenes; pecados de apostasía, desenfreno de todas las pasiones; el poder de las tinieblas como un día en Getsemaní, vuelve a la hora actual con más intensidad y virulencia que nunca. La gente quiere divertirse, no escatima medio para hacerlo, saltando por encima de las leyes morales y divinas... ¡Pobre humanidad corrompida y anegada por todos los pecados capitales!. 

                    ¿Y qué puedo decir de tantos sacrilegios, profanaciones, y lo que es más terrible, apostasías de los míos, de aquellos a quienes ungí con Órdenes Sagradas a través de Pedro?. ¿Acaso todo esto no es bastante para renovar de continuo la Agonía de Getsemaní, el Pretorio, la flagelación o clavarme en la Cruz desgarrando Mis miembros y abriendo Mis Llagas de nuevo?... 

                    Almas reparadoras, vuestra misión en la tierra es amar, amarme con todas vuestras fuerzas, sin descanso, y amar a todos los hombres por Mí, ésa es vuestra misión, vuestro fin.



jueves, 5 de junio de 2025

LA HORA SANTA, compartir con Jesús la tristeza del Huerto de los Olivos



                    «...estando expuesto el Santísimo Sacramento, después de sentirme completamente retirada al interior de mí misma por un recogimiento extraordinario de todos mis sentidos y potencias, se me presentó Jesucristo, mi Divino Maestro, todo radiante de Gloria, con Sus cinco Llagas, que brillaban como cinco soles, y por todas partes salían llamas de Su Sagrada Humanidad, especialmente de Su adorable Pecho, el cual parecía un horno. Se abrió Éste y me descubrió Su amantísimo y amabilísimo Corazón, que era el vivo foco de donde procedían semejantes llamas. 

                    Entonces fue cuando me descubrió las maravillas inexplicables de Su Amor puro, y el exceso a que le había conducido el amor a los hombres, de los cuales no recibía sino ingratitudes y desprecios. «Esto –me dijo– Me es mucho más sensible, que cuanto he sufrido en Mi Pasión: tanto, que si Me devolvieran algún amor en retorno, estimaría en poco todo lo que por ellos hice, y querría hacer aún más, si fuese posible; pero no tienen para corresponder a Mis desvelos por procurar su bien, sino frialdad y repulsas. Mas tú, al menos, dame el placer de suplir su ingratitud, en cuanto puedas ser capaz de hacerlo». 

                    Y manifestándole mi impotencia, me respondió: «Toma, ahí tienes con qué suplir todo cuanto te falta». Y al mismo tiempo se abrió el Divino Corazón, y salió de Él una llama tan ardiente, que creí ser consumida, pues me sentí toda penetrada por ella, y no podía ya sufrirla, tanto que le rogué tuviera compasión de mi flaqueza, «Yo seré –me dijo– tu fuerza, nada temas; pero sé atenta a Mi voz, y a cuanto te pido para disponerte al cumplimiento de Mis designios. Primeramente, Me recibirás Sacramentado, siempre que te lo permita la obediencia, sean cuales fueren las mortificaciones y humillaciones que vengan sobre ti, las cuales debes aceptar como beneficios de Mi Amor. También comulgarás todos los primeros Viernes de cada mes, y todas las noches del Jueves al Viernes te haré participante de la tristeza mortal que tuve a bien sentir en el Huerto de los Olivos. Esta tristeza te reducirá, sin poder tú comprenderlo, a una especie de agonía más dura de soportar que la muerte. A fin de acompañarme en la humilde oración que hice entonces a Mi Padre en medio de todas Mis angustias, te levantarás entre once y doce de la noche para postrarte Conmigo, durante una hora, rostro en tierra, ya para calmar la Cólera Divina, pidiendo Misericordia por los pecadores, ya para dulcificar de algún modo la amargura que sentí en el abandono de Mis Apóstoles, la cual Me obligó a echarles en cara que no habían podido velar una hora Conmigo; y durante esta hora harás lo que te enseñaré. Mas oye, hija Mía, no creas ligeramente a todo espíritu, y no te fíes, porque Satanás rabia por engañarte. He aquí por qué no has de hacer nada sin la aprobación de los que te guían, a fin de que, teniendo el permiso de la obediencia, no pueda seducirte; pues no tiene poder alguno sobre los obedientes».

                    Durante todo este tiempo ni tenía conciencia de mí misma, ni aun sabía dónde estaba. Cuando vinieron a sacarme de allí, viendo que no podía hablar, ni aun sostenerme sino a duras penas, me condujeron a nuestra Madre, la cual, viéndome como enajenada, ardiendo toda, temblorosa y arrodillada a sus pies, me mortificó y humilló con todas sus fuerzas, dándome en ello un placer y gozo increíbles. Pues me creía hasta tal punto criminal, y tan llena de confusión estaba, que cualquier riguroso tratamiento a que se hubiera podido someterme, me habría parecido demasiado suave. 

                    Después de haberle referido, aunque con extrema confusión, cuanto había pasado, recargó la dosis de mis humillaciones, y no me concedió por esta vez nada de cuanto yo creía que Nuestro Señor me mandaba hacer, ni acogió sino con desprecio cuanto yo le había dicho. Esto me consoló mucho y me retiré con grande paz».


«Vida y obras completas de Santa Margarita María de Alacoque», 
por el Padre José María Sáenz de Tejada, SI



jueves, 6 de junio de 2024

OS LLAMA A GRANDES VOCES DESDE EL SAGRARIO

 

               ¿Hemos penetrado alguna vez por nuestra meditación en el significado profundo de la hermosísima Fiesta de Epifanía?…

               ¡Oh, qué cuadro embelesador aquél; en una cuna pajiza tirita de frío el Rey de los Cielos…, sostenido en los brazos de María, el más rico de Sus tronos, sonríe dulcísimo y bendice amabilísimo, Aquél, cuyos dominios comprenden el Universo!

               Se acercan ya los Reyes Magos… Han hecho una larga travesía, han salvado enormes distancias, pues vienen a cumplir con un deber imperioso: quieren reconocer de rodillas al gran Libertador, al Rey de reyes, al Conquistador, tanto tiempo esperado, de las almas, de las sociedades y de los pueblos, en la persona del Divino Infante…

               Antes que los Magos del Oriente, ya el Cielo mismo había aclamado con cantares de victoria la realeza de victoria de ese Niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre… Y después de los ángeles, los dichosos pastores habían acudido a su vez para presentarle el homenaje por excelencia, el de su amor, besando con ternura sus pies divinos y estrechándolo sobre sus pechos con sencillo abandono….

               No falta, pues, sino un trono, más regio por cierto que esa cuna miserable…, y también una púrpura, más espléndida aún que el manto de la Virgen-Madre…



               Vedlo ya en su verdadero trono, por Él mismo elegido: ¡la Cruz!

               Contempladlo, realzada ahí Su hermosura celestial, levantado así por encima de todas las potestades de Cielos y de tierra… ¡Qué hermoso, qué dominador, qué dulce este Rey, cubierto con la púrpura escarlata de Su Sangre Preciosísima!…

                No falta ahora sino la reproducción indispensable de una Nueva Epifanía; aquella en que las almas y las naciones, herencia que Su Padre le ha confiado, vengan a postrarse ante Su Altar, y reconociendo Su Realeza Divina, se sometan a Su Imperio de Luz, de Paz, de Misericordia y de Amor…

               Pero ¡qué!… Su Reinado ha comenzado ya hace veinte siglos y Su Victoria se ha extendido desde entonces como un piélago de luz esplendorosa y profunda… que ha penetrado la humanidad regenerada, y la ha informado de un alma nueva, de una hermosura divina… Esa Victoria la va acentuando de día en día el Pentecostés permanente de la Iglesia, a medida que ésta arraiga en la tierra la Soberanía del Señor Crucificado…

               Pero he aquí que un acontecimiento sobrenatural viene dando, desde hace cosa de tres siglos, un impulso decisivo al carro victorioso del Rey de Amor… Un Pentecostés de fuego se ha levantado… parte de Paray-le-Monial y parece envolver ya y abrasar el mundo, transformando las almas y las sociedades… reanimando a los apóstoles…, confirmando las esperanzas y enardeciendo los anhelos de la Iglesia…

               ¡Oh, qué hermoso grito de Victoria y de Amor aquél que llena ya los ámbitos de la tierra, del uno al otro polo, grito de júbilo y plegaria de esperanza que dice: “Corazón Divino de Jesús, venga a nos Tu Reino!”.

               Ya viene, ¡oh, sí!, se acerca triunfante el Rey de Amor… Mirad cómo ostenta sobre el pecho, enardecido por la Caridad, Su Corazón Divino como un Sol que siembra incendios en su carrera… Ved cómo avanza bendiciendo con dulzura… Ved cómo atrae, cómo llama con un gesto de ternura imperiosa, irresistible…

               Y si dudáramos todavía que la hora de un Triunfo Divino parece acercarse, oíd trémulos de santa emoción, una palabra de Jesús, armonía que hace saltar de júbilo a Sus Apóstoles y amigos, a la vez que provoca el espanto entre los secuaces del Infierno…

               Jesús ha hablado, el Señor lo ha dicho, el Rey Divino lo ha afirmado: “¡Yo quiero reinar por Mi Sagrado Corazón y reinaré!…”. Transportados de gozo, respondamos nosotros esta tarde, en nombre de nuestros hogares, en nombre de nuestra Patria, y haciendo eco a la voz de la Iglesia: “¡Hosanna al Hijo de María, al Rey de Amor!…”.

                Tú, Maestro adorable, que lees en el fondo de nuestras almas, sabes con qué lealtad y con cuánto ardor no sólo Te amamos, sino que queremos a nuestra vez verte amado, extendiendo Tu Reinado en las almas y en la sociedad… Te lo decimos, Jesús, con el corazón en los labios.

               Con este fin, Señor, Te hemos pedido esta cita; con este único objeto nos hemos congregado ante este Trono de Gracia y de Misericordia… Venimos, pues, a recabar las órdenes para el combate, resueltos como estamos a darlo todo, a sacrificarlo todo, con tal de entronizarte victorioso, preparando y precipitando la hora de Tu Reinado de Amor…

                ¡Ah! La victoria será ciertamente nuestra; pues Tú, el Omnipotente, eres nuestro Prisionero…, más cautivo aún, si cabe, de Tus amigos, que no lo fuiste en Getsemaní, de Tus verdugos… Pero esta vez, Jesús amado no querrás, por cierto, renovar el milagro con que hace siglos escapaste de las manos de veleidosos entusiastas e interesados que, en beneficio propio, Te querían proclamar su Rey… No así en esta Hora Santa, en la que Tus servidores leales y Tus Apóstoles abnegados Te aclaman Rey para Tu propia Gloria… ¡No romperás, pues, las cadenas de amor, Tú, el Cautivo del Amor!… Tu Gloria que es la única nuestra… y Tus intereses, nuestros solos intereses, Te lo exigen, Dios de Caridad… Manda, reina e impera aquí como Rey; díctanos Tu Voluntad, ya que son tantos los que de palabra y de obra niegan Tu soberanía y Tus derechos…

               Algo y mucho hemos aprendido, ciertamente, por Tu confidente y nuestra hermana Margarita María… Pero, ¿no querrás Tú mismo, Señor, mostrarnos… no fuera sino un destello de aquel Sol de Tu Corazón, que le revelaste a ella?… Tenemos hambre de conocerte mejor, de amarte y de hacerte amar… Danos, pues, si no todo el banquete de Paray-le-Monial, que no merecemos… ¡oh!… danos siquiera una migaja sabrosa, empapada en el cáliz de Tu Corazón…, y que nos revele Sus designios… Sus misericordias y ternuras… 

               Jesús… que porque eres Rey de Amor, eres espléndido como no lo fue jamás rey alguno de la tierra… Y ahora queremos oírte… Háblanos, Jesús…

(Mucho recogimiento y silencio)

               Voz de Jesús:

               “Quid dicunt de Me?” “¿Qué dicen de Mí?”…  (Evangelio de San Mateo, cap. 16, vers. 13) ¿Qué opinan los hombres de vuestro Maestro, hijos del alma?…

               ¿Pensáis que creen de veras en Mi Verdad y en Mi Justicia? ¿Pensáis que creen, sobre todo, en Mi Amor; que creen en él con fe inmensa?… Porque debéis saber, ante todo, amigos y apóstoles de Mi Sagrado Corazón, que el primer reinado que quiero establecer es un reinado íntimo en la conquista de vuestros corazones… Sí, ahí… donde sólo Yo puedo penetrar…, ahí quiero, ante todo, echar los fundamentos sólidos de Mi Soberanía Divina…

               Vuestro interior, ese debe ser Mi Reino por excelencia… Reino todo él de Luz, de claridad inefable, puesto que Yo Soy la Luz bajada a la tierra…, a fin de que todo aquél que cree en Mí no ande en tinieblas…

(Lento y marcado)

                Los hombres creen candorosa y firmemente en la sabiduría de los sabios y en la sinceridad de infelices intrigantes…

               Creen en la amistad deleznable de las criaturas y en la lealtad del corazón humano…

              Creen en las promesas y en las adulaciones engañosas e interesadas de los grandes…

               Sí, creen fácilmente en la nobleza moral, en la rectitud y en la bondad de los hombres; siendo así que día a día sufren sorpresas y decepciones matadoras… Cosa extraña, sangra todavía la herida abierta por la deslealtad humana, y en esa misma llaga, todavía fresca, reflorece, como por encanto, la fe, la confianza en otra criatura… ¡Así no creéis en Mí, vuestro Jesús!

               ¡Ah, qué proceder tan distinto observa el hombre Conmigo, su Señor!… Yo, que Me dejé herir para evitaros tantas heridas mortales… Yo, que Soy el único Amigo fiel y fidelísimo… Yo, que Soy la Verdad que no miente y la Sabiduría que no engaña… Yo, el Amor Infinito de un Dios que jamás olvida… sí, Yo, que consentí en ser clavado a un patíbulo para aguardar en los umbrales de un Paraíso al verdugo arrepentido…, ¡sólo Yo no encuentro aquella gran fe que debiera reconocerme como al Señor de las inteligencias y como al único Legislador de las conciencias!

               Y, sin embargo, sólo Yo Soy y Seré, a través de los siglos, la Luz indefectible, la única Luz de los mortales…

               ¡Ah!… Si supierais cuánto anhelo obtener esta Victoria de Luz Divina, de inmensa luz en vuestras almas, pobres de fe… ¡Oh, dadme esa Victoria; ella no depende sino de vosotros! ¿Por qué motivos clarean tanto a veces las filas de aquellos que vienen con hambre de amor en busca Mía al comulgatorio?… ¡Ah!… Yo los quisiera mil veces más numerosos; pero la falta de fe viva los aleja de Mi Sacrosanta Eucaristía…

               ¡Oh dolor!… La ignominia y también un respeto mal entendido, detienen a tantos por falta de fe en el camino que los llevará a Mi Corazón…

               ¡Pobrecillos!… Sufren de sed y no vienen al manantial de aguas vivas, que Soy Yo… ¡Qué distinto sería, hijitos Míos, si creyerais con fe ardiente en Mi Amor!… ¡Ah! Entonces aquel temor infundado que agosta y esteriliza vuestro afecto y que lastima Mi Divino Corazón, no sería capaz de deteneros cuando oís que os llamo….

               ¡Aumentad la luz del alma; creced en fe, amigos Míos!… Si supierais quién es Aquel que os aguarda en este Altar… Quien Aquel que os llama a grandes voces desde el Sagrario… ¡Oh, qué de secretos íntimos os revelaría, con qué fuerza de Caridad abrasaría y transfiguraría vuestras almas pobrecitas, si os dejarais iluminar, arrastrar y penetrar por las claridades de una fe ardiente!… ¿Queréis embriagaros de Mi hermosura?… ¿Deseáis embelesaros en las magnificencias de Mi Amor y de Mi Misericordia?

               Dejadme, entonces, saturar de Luz Divina vuestras almas… Creed, ¡oh!, creed en Mí… Sí, creed en Mí, vosotros los hijos de Mi Sagrado Corazón; pero no con una fe cualquiera; creed con una fe ardorosa… Creed, sobre todo, en el Amor de Mi adorable Corazón…

               Y si de veras deseáis, como me lo decís, que Yo me establezca como Soberano en vuestras almas con una victoria de intimidad… pedidme, ante todo, que aumente el don de vuestra fe…


          (Si de esta Hora Santa no sacáramos más provecho práctico que el de renovar nuestra fe tan lánguida, habríamos dado un gran paso para Gloria del Sagrado Corazón… No olvidemos que uno de los mayores males de la época actual, no es tanto la incredulidad de los infelices negadores, cuanto la fe anémica, tímida, de los amigos del Señor… Pidamos esta gracia incomparable de una gran fe al Sagrado Corazón).


Extracto de "La Hora Santa" del mes de Junio, del Padre Mateo Crawley-Boevey 



viernes, 10 de noviembre de 2023

TRES COSAS ESPECIALES. En el Centenario de Sor Josefa Menéndez


               Sor Josefa Menéndez fue una humilde religiosa lega, casi analfabeta y que jamás destacó en nada; a su muerte -que ahora celebramos el centenario- el mundo entero conoció las enormes gracias que el Sagrado Corazón de Jesús quiso regalar a esta sencilla mujer, que escribió, por estricta obediencia, todo cuanto el Divino Salvador quiso compartir con ella a través de hermosas e íntimas confidencias; compiladas en un libro titulado "Un Llamamiento al Amor", recibirían no sólo la aprobación de la Iglesia, sino además, la recomendación particular del entonces Cardenal Eugenio Pacelli, luego Papa Pío XII.

                Te animo pues a hacerte con un ejemplar de "UN LLAMAMIENTO AL AMOR"  y que divulgues su lectura, como eficaz apostolado de quienes desean que el Corazón de Jesús sea más conocido y amado. Puedes adquirir (toca AQUÍ) un resumen del mismo libro en un folleto editado en Barcelona (España), por un precio muy económico, a fin de distribuirlo fácilmente entre otras muchas almas.



               "Quiero conquistar los corazones por la fuerza de Mi amor. Quiero que las almas se dejen penetrar por la verdadera luz. Quiero que los niños, esos corazones inocentes, que no me conocen y crecen en el hielo de la indiferencia, ignorando lo que vale su alma... Sí, quiero que esas almitas que son Mis delicias, encuentren un asilo donde les enseñen a conocerme y donde crezcan en el temor de Mi ley y en el amor de Mi Corazón.

             Mi deseo es el que seáis el combustible de este fuego que quiero derramar sobre la tierra, porque de nada sirve encender la llama si no hay con qué alimentarla. Por eso quiero formar una cadena de almas encendidas en el Amor, en ese Amor que se confía y lo espera todo de Mi Corazón, a fin de que, inflamadas ellas, lo comuniquen al mundo entero. 

               No penséis que voy a hablaros de otra cosa que de la Cruz. Por Ella he salvado a los hombres, por Ella quiero atraerlos ahora a la Verdad de la Fe y al Camino del Amor. Os manifestaré Mis deseos: He salvado al mundo desde la Cruz, o sea, por medio del sufrimiento. Ya sabéis que el pecado es una ofensa infinita; por eso os pido que ofrezcáis vuestros trabajos y sufrimientos, unidos a los méritos infinitos de Mi Corazón.

             Inculcad a las almas, con quienes estéis en contacto, el Amor y la Confianza... Empapadlas en Amor, en Confianza, en la Bondad y Misericordia de Mi Corazón. Y cuando tengáis ocasión de darme a conocer decidles que no me teman porque Soy Dios de Amor.

               Tres cosas especiales os pido:

         1ª El Ejercicio de la Hora Santa; por él se hace a Dios Padre reparación infinita, en unión y por medio de Jesucristo Su Divino Hijo.

        2ª La Devoción de los Cinco Padrenuestros a Mis Llagas, pues por Ellas ha recibido el mundo la salvación.

        3ª En fin, la unión constante, o sea, el ofrecimiento cotidiano de los méritos de Mi Corazón, porque así lograréis que vuestras acciones tengan valor infinito. Valerse continuamente de Mi Sangre, de Mi Vida, de Mi Corazón; confiar incesantemente y sin temor en Mi Corazón; he aquí un secreto desconocido para muchas almas... Quiero lo conozcáis y que sepáis aprovecharlo".


Extraído de "Un Llamamiento al Amor", 
Revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús 
a la mística española Sor Josefa Menéndez

AVISO 


Hemos cesado la actividad en redes sociales, pero 
ahora puedes recibir nuevas publicaciones por medio 
de Telegram; únete a nuestro grupo a través del siguiente enlace...





jueves, 4 de agosto de 2022

HORA SANTA (V) Dictada a la mística María Valtorta

 


“Uno de vosotros me traicionará"

Evangelio de San Mateo, cap. 26, vers. 21


               ¡Uno de vosotros! Sí, en la proporción de uno a doce, uno de vosotros me traiciona. Cada traición es más dolorosa que una lanzada. Mirad la Humanidad de vuestro Redentor: desde la cabeza hasta los pies es toda una herida. La flagelación hace horrorizar a quien la medita y agonizar a quien la padece. Fue un dolor atroz, pero duró una hora. Vosotros, que me traicionáis, me flageláis el Corazón, y lo hacéis desde hace siglos.

               Yo os he amado, Yo os amo y os compadezco; Yo os perdono, Yo os lavo quitándome la Sangre para daros un baño purificador, y vosotros me traicionáis.

               Soy el Verbo de Dios, estoy glorioso en el Cielo; pero en este Cielo no estoy sólo como Espíritu, sino también como Carne. La carne tiene sentimientos y afectos ¿por qué queréis renovarme continuamente ese fuego corrosivo que es la cercanía de un traidor? ¿Está lejos el Cielo? No, hijos que me traicionáis, Yo estoy cerca de vosotros, estoy entre vosotros, y vosotros me quemáis con la llama de vuestro traicionar.

               Miro, buscando un consuelo, entre las distintas clases de personas y en cada una encuentro miradas y miradas de traidores ¿por qué me traicionáis? Yo estoy entre vosotros para haceros el bien ¿por qué queréis hacerme daño? Yo os traigo mis dones ¿por qué me lanzáis víboras mordaces? Yo os llamo “amigos” ¿por qué vosotros me respondéis: “Maldito”? ¿Qué os he hecho? ¿Qué hombre conocéis que sea más paciente y más bueno que Yo?

               Mirad. Cuando sois felices nadie os abandona, pero si lloráis, si la riqueza os abandona, si una enfermedad os hace contagiosos, es entonces cuando todos se alejan de vosotros. Yo permanezco. Más aún os acojo precisamente entonces, porque es cuando venís. Ya no tenéis a nadie con quien llorar y hablar, y entonces os acordáis de Mí, y Yo no os digo: “Vete que no te conozco”. Podría decirlo porque de hecho mientras que erais ricos, sanos y felices nunca habéis venido a decirme: “Lo soy y te lo agradezco”.

               Pero no, ni siquiera pretendo esto de quien aún no es un gigante de amor. Las “gracias” no las pretendo. Me conformaría con que me dijerais: “Soy feliz”. Decídmelo. No me consideréis un extraño. Acordaros de que Yo también estoy aquí y dedicad un pensamiento a este Jesús. Las “gracias” las diré Yo por vosotros a Dios: Padre mío y vuestro. En cambio nunca venís. Y podría decir: “No os conozco”. En cambio, heme aquí que os abro los brazos y digo: “Ven, que lloramos juntos”.

               Mirad. Estoy en las cárceles, en las celdas pequeñas y viles, sentado a la misma mesa que el presidiario, y le hablo de una libertad más verdadera que esa que está más allá de las cuatro paredes, de una libertad que ya no teme el ser herida por culpas que deben ser castigadas. Y sin embargo, aquel encarcelado es uno que me ha traicionado, ofendiendo mi ley de amor. Quizás ha matado, quizás ha robado, pero ahora me llama y heme aquí con él. El mundo le desprecia, Yo le amo. He llamado “amigo” a quien me mataba y me arrancaba de la vida. Puedo llamar “amigo” a este infeliz que vuelve a Mí.

               Estoy, llama de amor, cerca de los enfermos. Sus fiebres conocen mis caricias, su sudor mi sudario, sus languideceres mi brazo que les sostiene, sus angustias mi palabra. No obstante, muchos están enfermos por haberme traicionado, traicionando mi ley. Han servido a la carne y la carne, fiera enloquecida, se ha extraviado y les pierde, ahora, también en la vida. Y de todas formas, Yo soy el único que no me canso de su mal y velo con ellos, y sonrío ante sus esperanzas y, en cuanto que el Padre lo permite, las transformo en realidad. Mas si veo que el decreto es de muerte, entonces tomo a este hermano que tiembla ante el misterio de la muerte y que me llama, y le digo: “No temas. Crees que sea tiniebla: es luz. Crees que sea dolor: es alegría. Dame tu mano, conozco la muerte, la conocí antes que tú. Sé que es un instante en el que Dios auxilia sobrenaturalmente, para mitigar los sentidos y evitar que el alma se abata en la lucha final. Fíate. Mírame. Sólo a Mí... ¡Ya está! ¿ves? has atravesado el umbral. Ven conmigo, ahora, al Padre. No temas tampoco en este momento. Yo estoy contigo, y el Padre ama a quien amo”.

               Estoy en las casas desiertas. Antes había voces alegres. Ha pasado la muerte o la miseria. El superviviente vaga solo. Los amigos huyeron. Los amados, lejos por trabajo o por la muerte. Hay sol en el cielo, pero para el superviviente todo es tiniebla. Hay paz en el aire de la noche, pero para el superviviente no hay descanso. Y sin embargo muchas veces se me ha traicionado en esa casa, deificando a las criaturas. Se ha amado idólatramente a las criaturas traicionando mi ley. Pero Yo entro, y voy a poner un rayo en las tinieblas, a infundir paz donde hay tempestad. Aquel superviviente me ha llamado... quizás distraídamente, quizás sin una auténtica voluntad de tenerme, pero Yo voy sin tardar.

               ¡Oh! sólo pido estar con vosotros. Todo recuerdo de los errores pasados se desvanece cuando me llamáis: “¡Jesús!”.

               Pero no flageléis mi Corazón. Ya está abierto y desangrado. No irritéis su herida. Y a quienes me han entendido en mi dolor de traicionado, digo: “Uno de vosotros me traicionará. Dadme vuestro fiel amor como bálsamo”. Y lo digo a todos: a los santos, mis predilectos como Dios; a los pecadores, mis predilectos como Jesús. Porque también los pecadores, por quienes me hice Jesús, pueden curarme esta herida.

               ¿Sois samaritanos? Ya lo sé, pero mi parábola habla de un samaritano bueno que cura las heridas que no fueron curadas por los hijos de la ley que pasaron de largo, absortos por las prisas de servir a Dios. No saben que a Dios se le sirve más amando que cumpliendo preceptos.

               Yo soy el Herido que languidece en vuestros caminos. Los salteadores me han asaltado y desnudado. Los salteadores: los que indignamente se aprovechan de mi sacrificio de Dios que se hace carne. Me desnudan: negando mis atributos con sus múltiples herejías. Desnudan a la Verdad, les apetece ese ropaje porque es resplandeciente. Pero no saben que resplandece porque lo lleva puesto quien es Sol, y que en sus manos, que lo cubren con las babas de sus mentes soberbias, se convierte en un trapo cualquiera.

               La Verdad es verdad, y con esta luz se ilumina todo cuando se ve unido a Dios. Separada, se convierte en lenguaje babélico. Porque la Verdad es Ciencia y Sabiduría, pero desarraigada de Dios se convierte en caos.

               Curadme vosotros, aunque seáis samaritanos. Dadme vuestro aceite y vuestro vino: el aceite, el amor; el vino, la contrición de vuestro yo. Medicadme, no os desdeño. Que la pecadora que refresca mis pies cansados os hable, y diga si desprecio al pecador.

               Pero no me traicionéis nunca más. Id y no pecad más. Todo os lo perdono si todo en vosotros me ama. Dadme un beso sincero. Mi mejilla arde por el beso de los traidores. Curadla con el beso de la fidelidad.



jueves, 23 de junio de 2022

HORA SANTA (IV) Dictada a la mística María Valtorta




“Amaos los unos a los otros 
como Yo os he amado”

Evangelio de San Juan, cap. 13, vers. 34



               Desde la cuna hasta la cruz. Desde Belén hasta el monte de los Olivos, os he amado.

               El frío y la miseria de mi primera noche en el mundo no me han impedido amaros con mi espíritu y, anonadadamente hasta no poder deciros, Yo–Verbo: “os amo”, os he dicho aquellas palabras con mi espíritu, inseparable del espíritu del Padre y con Él operante en una actividad inextinguible.

               La agonía de mi última noche en la Tierra no me impidió amaros. Al contrario, ha tocado las más altas cumbres del amor, ha ardido en el incendio más vivo, ha consumado todo lo que no era amor hasta exprimir, junto con la repulsión por el pecado y el dolor por el abandono paterno, la sangre de mis venas.

               ¿Qué amor hay más grande que el de aquel que sabe amar sabiéndose odiado? Yo os he amado así.

               El primer gesto de mis manos, una caricia; el último, una bendición. Y entre estos dos gestos, nacido el primero en la oscuridad de una noche de invierno, el último en el resplandor de una abrasadora mañana de verano, treinta y tres años de gestos de amor, que respondían a otros tantos movimientos de amor. Amor de milagros, amor de caricias a los niños y a los amigos, amor de maestro, amor de benefactor, amor de amigo, amor, amor, amor...

               Y amor más que humano en la última Cena. Antes de que fueran atadas y traspasadas, estas manos mías han lavado los pies de los apóstoles incluso de aquel al que habría querido lavar el corazón, y han partido el pan. Y me rompía el Corazón con aquel pan. Ése os daba. porque sabía cercano mi regreso al Cielo y no quería dejaros solos. Porque sabía qué fácil os es olvidaros y quería que os vierais, hermanos sentados a una única mesa, alrededor de mi mesa, para deciros el uno al otro: “Somos de Jesús”.

               ¿Qué amor más grande que el de aquel que sabe amar a quien le tortura? Con todo, Yo os he amado así, y he sabido pedir por vosotros mientras que moría.

               Amaos como Yo os he amado. El odio extingue la luz, e incluso el simple rencor ofusca la paz. Dios es paz, es luz, porque Dios es amor, pero si no amáis, y amáis como Yo os he amado, no podréis tener a Dios.

               Como Yo os he amado. Por eso sin soberbias. De este Sagrario, de esta Cruz, de este Corazón sólo salen palabras de humildad.

               Soy Dios y Soy vuestro Siervo, y estoy aquí en espera de que me digáis: “Tengo hambre” para darme a vosotros hecho Pan. Soy Dios y me expongo a vuestros ojos sobre el madero, que era un patíbulo infame, desnudo y maldito. Soy Dios y os ruego que améis mi Corazón. Os lo ruego. Porque os amo, porque si me amáis os hacéis el bien a vosotros mismos. Yo soy Dios, con o sin vuestro amor sigo siendo Dios, pero vosotros no. Sin mi amor no sois nada: polvo.

               Os quiero Conmigo. Os quiero aquí. Quiero con vuestro polvo hacer una luz de bienaventuranza. Quiero que no muráis, sino que viváis, porque Yo soy la Vida y quiero que vosotros tengáis la Vida.

               Amaos sin egoísmo. Sería un amor impuro, destinado a morir por enfermedad. Amaos queriendo para los demás mayor bien del que deseáis para vosotros mismos. Es muy difícil, lo sé, pero ¿veis este Pan eucarístico? Ha forjado mártires. Eran criaturas como vosotros: miedosas, débiles, hasta viciosas. Este Pan les ha convertido en héroes.

               En el primer punto os he indicado mi Sangre para vuestra purificación. En el tercer punto os indico esta Mesa y este Pan para santificaros. La Sangre, de pecadores os ha hecho justos; el Pan, de justos os hace santos. Un baño limpia pero no nutre; refresca, repone, pero no se hace carne de la carne. La comida, en cambio, se hace sangre y carne, se hace parte de vosotros mismos. Mi Comida se hace parte de vosotros mismos.

               ¡Oh! ¡pensad! Mirad a un niño pequeño. Hoy come su pan y mañana de nuevo y también pasado mañana, y el otro, y el otro. Entonces se hace hombre: alto, robusto, hermoso. ¿Su madre lo hizo así? No, su madre lo ha concebido, llevado en su seno, dado a luz, criado y amado, amado, amado. Pero el pequeño hubiera perecido de inanición, si tras la leche no hubiera tenido más que baños, besos y amor. Este pequeño se hace hombre porque toma comida para adultos. Aquel hombre lo es porque toma su alimento cotidiano.

               Lo mismo sucede con vuestro yo espiritual. Nutridlo con el Alimento verdadero que desciende del Cielo y que desde el Cielo os trae todas las energías para haceros viriles en la Gracia. La virilidad sana y fuerte siempre es buena. Mirad cómo es más fácil ver a un enfermizo ser áspero y sin compasión ni paciencia. Mi Alimento os hará sanos y fuertes en la virilidad del espíritu y sabréis amar a los demás más que a vosotros mismos, como Yo os he amado.

               Porque, mirad, hijos, Yo os he amado no como uno se ama a sí mismo sino más que a Mí mismo. Tanto es así que me he dispuesto a la muerte para salvaros a vosotros de la muerte. Si amáis así conoceréis a Dios.

               ¿Sabéis qué quiere decir conocer a Dios?. Quiere decir conocer el gusto de la verdadera Alegría, de la verdadera Paz, de la verdadera Amistad. ¡Oh! ¡la Amistad, la Paz, la Alegría de Dios! Es el premio prometido a los bienaventurados, pero ya se le da a quien, en la Tierra, ama con todo su ser.

               El amor, para ser verdadero, no lo es de palabras, es de hechos, activo, como su fuente que es Dios. Nunca se cansa de obrar ni siquiera por las decepciones que dan los hermanos. Pobre de aquel amor que cae como un pájaro de débiles alas cuando un obstáculo le hiere.

               El verdadero amor, aún herido, sube. Si no puede volar, trepa con las uñas y con el pico para no yacer en la sombra y en el hielo, para estar en el sol, medicina de todo mal. Y en cuanto está restablecido vuelve a volar. Y va de Dios a los hermanos y de éstos a Dios, mariposa angélica que lleva el polen de los jardines celestiales para fecundar las flores terrestres, y lleva a Dios los perfumes raptados de las flores más humildes, para que los acoja y los bendiga.

               Pero ¡ay de ella si se aleja del sol! El Sol es mi Eucaristía, porque en Ella está bendiciendo el Padre y amante el Espíritu, mientras que Yo, el Verbo, obro.

               Venid y tomad. Éste es mi Alimento que ardientemente pido que sea consumado por vosotros.



jueves, 26 de mayo de 2022

HORA SANTA (III) Dictada a la mística María Valtorta


“Si no te lavare no tendrás 
parte en Mi Reino” 

Evangelio de San Juan, cap. 13, vers. 8


               Alma que amo, y vosotros todos que amo, oídme. Soy Yo quien os habla, porque quiero pasar con vosotros esta hora.

               Yo, Jesús, no os alejo de Mi Altar aunque a él vengáis con el alma maltrecha por plagas y enfermedades, o envuelta en lianas de pasiones que anonadan vuestra libertad espiritual, entregándoos atados en poder de la carne y de su rey: Lucifer.

               Yo continúo siendo Jesús, el Rabí de Galilea, aquel a quien los leprosos, los paralíticos, los ciegos, los endemoniados, los epilépticos llamaban a gritos diciendo: “Hijo de David, ten piedad de mí”. Yo continúo siendo Jesús, el Rabí que tiende la mano a quien se ahoga y le dice: “¿Por qué dudas de Mí?”. Yo sigo siendo Jesús, el Rabí que dice a los muertos: “Álzate y vive. Lo quiero. Sal de tu sueño de muerte, de tu sepulcro, y camina” y os devuelvo a quien os ama.

               ¿Y quién os ama, oh dilectos Míos? ¿Quién os ama con amor verdadero, no egoísta, no inconstante? ¿Quién os ama con un amor no interesado ni avaro, sino cuya única meta sea la de daros lo que ha acumulado para vosotros y deciros: “Toma. Todo es tuyo. Todo esto lo he hecho por ti, para que sea tuyo y lo disfrutes”? ¿Quién? El Dios Eterno. Y Yo os devuelvo a Él. A Él que os ama.

               No os alejo de Mi Altar. Porque este Altar es Mi Cátedra, es Mi trono, es la morada del Médico que cura todo mal. Desde aquí os enseño a tener Fe. Desde aquí, Rey de Vida, os doy la Vida. Desde aquí me inclino sobre vuestras enfermedades y las sano con Mi soplo de Amor.

               Y aún hago más, ¡oh hijos! Desciendo de este Altar y os salgo al encuentro. Heme aquí que me asomo al umbral de estas casas Mías, en las que demasiados pocos son los que entran y menos aún los que entran con fe segura. Heme aquí que, figura de paz, me asomo a vuestros caminos por los que pasáis abatidos, amargados, abrasados por el dolor, por los intereses, por el odio. Heme aquí, que os tiendo las manos, porque os veo vacilar cansados bajo el peso de enormes piedras que os habéis impuesto y que han usurpado el lugar de aquella cruz que había puesto en vuestras manos para que fuera vuestro apoyo, como lo es el cayado para el peregrino. Os digo: “Entra. Descansa. Bebe”, porque os veo exhaustos, sedientos.

               Pero vosotros no me veis. Pasáis junto a Mí, me empujáis, a veces por mala voluntad, otras porque vuestra vista espiritual está ofuscada, a veces me miráis. Pero sabéis que estáis sucios y no osáis acercaros a Mi candor de Hostia Divina. Mas este Candor sabe compadeceros. Conocedme, hombres, que desconfiáis de Mí porque no me conocéis.

               Oíd. He querido dejar la Libertad y la Pureza que son la atmósfera del Cielo y descender a vuestra cárcel, con este aire impuro, para ayudaros, porque os amo. Y aún he hecho más: me he privado de mi libertad de Dios y me he hecho esclavo de una carne. El Espíritu de Dios encerrado en una carne, la Infinidad aprisionada por un puñado de músculos y de huesos, sujeta a sentir las voces de esta carne que padece el frío y el sol, el hambre, la sed y el cansancio. Podía ignorarlo todo. He querido conocer las torturas del hombre caído de su trono de inocente para amaros todavía más.

               Y aún no me he conformado con esto. He querido –porque para compadecer hay que padecer lo que padece aquel a quien se compadece– he querido sentir el asalto de todos los sentimientos para sentir vuestras luchas, para entender cuán astuta que es la tiranía que Satanás os pone en la sangre, para entender qué fácil es quedarse hipnotizados por la serpiente si tan sólo por un momento se bajan los ojos sobre su mirada fascinadora, olvidando que se vive en la luz. Porque la serpiente no vive en la luz. Va a los escondrijos sombríos que aparecen sosegados y en cambio son engañosos. Para vosotros estas sombras tienen nombre: mujer, dinero, poder, egoísmo, sentido, ambición. Os eclipsan la Luz que es Dios. En medio de ellas está la Serpiente: Satanás. Parece un collar. Es la cuerda para vuestra estrangulación. He querido conocer esto porque os amo.

               No me ha bastado aún. A Mí me hubiera bastado. Pero la Justicia del Padre podía decir a su Carne: “Tú has triunfado contra la insidia. Sin embargo, el hombre–carne como Tú no sabe triunfar, que sea castigado por ello porque Yo no puedo perdonar a quien está inmundo”. He tomado sobre Mí vuestros oprobios. Los pasados, los de este momento y los futuros. Todos. Aún más que Job para encubrir sus llagas, estuve sumergido en un estercolero cuando, hundido por el pecado de todo un mundo, no osaba ni tan siquiera alzar los ojos para buscar el Cielo, y gemía sintiendo pesar sobre Mí la cólera del Padre acumulada durante siglos, consciente de las culpas que preveía. Un diluvio de culpas sobre la Tierra, desde su amanecer hasta su noche. Un diluvio de maldiciones sobre el Culpable. Sobre la Hostia del Pecado.

               ¡Oh hombres! Yo era más inocente que el niño que la madre besa cuando vuelve del Bautismo. Y de Mí se horrorizó el Altísimo porque era el Pecado, porque había tomado sobre Mí todo el pecado del mundo. He sudado de repugnancia. He sudado sangre por la repugnancia ante esta lepra en Mí, Yo que era el Inocente. La sangre me ha roto las venas por el asco ante el fétido charco en el que estaba sumergido. Y para completar esta tortura, a este exprimirse la sangre de mi corazón, se ha unido la amargura de estar maldecido, porque en aquel momento no era el Verbo de Dios: era el Hombre. El Hombre. El Culpable.

               ¿Acaso puedo, Yo que lo he padecido, no comprender vuestro abatimiento y no amaros porque estáis abatidos? Por eso os amo. No tengo más que recordar aquel momento para amaros y llamaros: “¡Hermanos!”. Pero el llamaros así no es suficiente para que el Padre pueda llamaros: “Hijos”. Y Yo quiero que os llame así. ¿Qué hermano sería si no os quisiera Conmigo en la Casa paterna?

              Entonces, pues, os digo: “Venid, que Yo os lave”. Nadie está tan sumamente sucio que no le limpie mi baño. Nadie es tan puro que no lo necesite. Venid. Esto no es agua. Hay fuentes milagrosas que sanan las llagas y las enfermedades de la carne, pero ésta es más que ésas. Esta fuente mana de Mi Pecho.

              He aquí el Corazón desgarrado del que brota el agua que lava. Mi Sangre es el agua más cristalina que exista en lo creado. En Ella se anulan enfermedades e imperfecciones. Y vuelve vuestra alma blanca e íntegra, digna del Reino.

               Venid. Dejad que Yo os diga: “¡Yo te absuelvo!”. Abridme vuestro corazón. En él se encuentran las raíces de vuestros males. Dejad que Yo entre. Dejad que Yo desate vuestras vendas. ¿Os repugnan vuestras llagas? Vistas bajo mi luz os aparecen lo que son: hormigueros de gusanos inmundos. No las miréis. Mirad las Mías. Dejadme hacer. Tengo la mano ligera. No sentiréis más que una caricia... y todo quedará curado. No sentiréis más que un beso y una lágrima. Y todo quedará limpio.

               ¡Oh, qué hermosos estaréis entonces alrededor de mi altar! Ángeles entre los Ángeles del Sagrario. Y Mi Corazón tendrá una alegría inmensa. Porque Soy el Salvador y no desprecio a nadie. Pero también Soy el Cordero que pace entre los lirios, y me complazco cuando estoy circundado de candor porque he tomado la Vida y la he dado para haceros cándidos.

               ¡Oh cómo veo a Mi Padre sonreíros y al Amor fulguraros con Sus fulgores, porque ya no estáis manchados de pecado!

               Venid a la fuente del Salvador. Que Mi Sangre descienda sobre el ánimo contrito y una voz, en la que está la Mía, diga: “Yo te absuelvo en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.


jueves, 19 de mayo de 2022

HORA SANTA (II) Dictada a la mística María Valtorta

 

"Uno de vosotros 
me traicionará..." 

Evangelio de San Mateo, cap. 26, vers. 21-25




               ¡Uno de vosotros! Sí, en la proporción de uno a doce, uno de vosotros me traiciona.

               Cada traición es más dolorosa que una lanzada. Mirad la Humanidad de vuestro Redentor: desde la cabeza hasta los pies es toda una herida. La flagelación hace horrorizar a quien la medita y agonizar a quien la padece. Fue un dolor atroz, pero duró una hora. Vosotros, que me traicionáis, me flageláis el Corazón, y lo hacéis desde hace siglos.

               Yo os he amado, Yo os amo y os compadezco; Yo os perdono, Yo os lavo quitándome la Sangre para daros un baño purificador, y vosotros me traicionáis.

               Soy el Verbo de Dios, estoy glorioso en el Cielo; pero en este Cielo no estoy sólo como Espíritu, sino también como Carne. La carne tiene sentimientos y afectos ¿por qué queréis renovarme continuamente ese fuego corrosivo que es la cercanía de un traidor? ¿Está lejos el Cielo? No, hijos que me traicionáis, Yo estoy cerca de vosotros, estoy entre vosotros, y vosotros me quemáis con la llama de vuestro traicionar.

               Miro, buscando un consuelo, entre las distintas clases de personas y en cada una encuentro miradas y miradas de traidores ¿por qué me traicionáis? Yo estoy entre vosotros para haceros el bien ¿por qué queréis hacerme daño? Yo os traigo mis dones ¿por qué me lanzáis víboras mordaces? Yo os llamo “amigos” ¿por qué vosotros me respondéis: “Maldito”? ¿Qué os he hecho? ¿Qué hombre conocéis que sea más paciente y más bueno que Yo?

               Mirad. Cuando sois felices nadie os abandona, pero si lloráis, si la riqueza os abandona, si una enfermedad os hace contagiosos, es entonces cuando todos se alejan de vosotros. Yo permanezco. Más aún os acojo precisamente entonces, porque es cuando venís. Ya no tenéis a nadie con quien llorar y hablar, y entonces os acordáis de Mí, y Yo no os digo: “Vete que no te conozco”. Podría decirlo porque de hecho mientras que erais ricos, sanos y felices nunca habéis venido a decirme: “Lo soy y te lo agradezco”.

               Pero no, ni siquiera pretendo esto de quien aún no es un gigante de amor. Las “gracias” no las pretendo. Me conformaría con que me dijerais: “Soy feliz”. Decídmelo. No me consideréis un extraño. Acordaros de que Yo también estoy aquí y dedicad un pensamiento a este Jesús. Las “gracias” las diré Yo por vosotros a Dios: Padre mío y vuestro. En cambio nunca venís. Y podría decir: “No os conozco”. En cambio, heme aquí que os abro los brazos y digo: “Ven, que lloramos juntos”.

               Mirad. Estoy en las cárceles, en las celdas pequeñas y viles, sentado a la misma mesa que el presidiario, y le hablo de una libertad más verdadera que esa que está más allá de las cuatro paredes, de una libertad que ya no teme el ser herida por culpas que deben ser castigadas. Y sin embargo, aquel encarcelado es uno que me ha traicionado, ofendiendo mi ley de amor. Quizás ha matado, quizás ha robado, pero ahora me llama y heme aquí con él. El mundo le desprecia, Yo le amo. He llamado “amigo” a quien me mataba y me arrancaba de la vida. Puedo llamar “amigo” a este infeliz que vuelve a Mí.

               Estoy, llama de amor, cerca de los enfermos. Sus fiebres conocen mis caricias, su sudor mi sudario, sus languideceres mi brazo que les sostiene, sus angustias mi palabra. No obstante, muchos están enfermos por haberme traicionado, traicionando mi ley. Han servido a la carne y la carne, fiera enloquecida, se ha extraviado y les pierde, ahora, también en la vida. Y de todas formas, Yo soy el único que no me canso de su mal y velo con ellos, y sonrío ante sus esperanzas y, en cuanto que el Padre lo permite, las transformo en realidad. Mas si veo que el decreto es de muerte, entonces tomo a este hermano que tiembla ante el misterio de la muerte y que me llama, y le digo: “No temas. Crees que sea tiniebla: es luz. Crees que sea dolor: es alegría. Dame tu mano, conozco la muerte, la conocí antes que tú. Sé que es un instante en el que Dios auxilia sobrenaturalmente, para mitigar los sentidos y evitar que el alma se abata en la lucha final. Fíate. Mírame. Sólo a Mí... ¡Ya está! ¿ves? has atravesado el umbral. Ven conmigo, ahora, al Padre. No temas tampoco en este momento. Yo estoy contigo, y el Padre ama a quien amo”.

                Estoy en las casas desiertas. Antes había voces alegres. Ha pasado la muerte o la miseria. El superviviente vaga solo. Los amigos huyeron. Los amados, lejos por trabajo o por la muerte. Hay sol en el cielo, pero para el superviviente todo es tiniebla. Hay paz en el aire de la noche, pero para el superviviente no hay descanso. Y sin embargo muchas veces se me ha traicionado en esa casa, deificando a las criaturas. Se ha amado idólatramente a las criaturas traicionando mi ley. Pero Yo entro, y voy a poner un rayo en las tinieblas, a infundir paz donde hay tempestad. Aquel superviviente me ha llamado... quizás distraídamente, quizás sin una auténtica voluntad de tenerme, pero Yo voy sin tardar.

               ¡Oh! sólo pido estar con vosotros. Todo recuerdo de los errores pasados se desvanece cuando me llamáis: “¡Jesús!”.

               Pero no flageléis mi Corazón. Ya está abierto y desangrado. No irritéis su herida. Y a quienes me han entendido en mi dolor de traicionado, digo: “Uno de vosotros me traicionará. Dadme vuestro fiel amor como bálsamo”. Y lo digo a todos: a los santos, mis predilectos como Dios; a los pecadores, mis predilectos como Jesús. Porque también los pecadores, por quienes me hice Jesús, pueden curarme esta herida.

               ¿Sois samaritanos? Ya lo sé, pero mi parábola habla de un samaritano bueno que cura las heridas que no fueron curadas por los hijos de la ley que pasaron de largo, absortos por las prisas de servir a Dios. No saben que a Dios se le sirve más amando que cumpliendo preceptos.

                Yo soy el Herido que languidece en vuestros caminos. Los salteadores me han asaltado y desnudado. Los salteadores: los que indignamente se aprovechan de mi sacrificio de Dios que se hace carne. Me desnudan: negando mis atributos con sus múltiples herejías. Desnudan a la Verdad, les apetece ese ropaje porque es resplandeciente. Pero no saben que resplandece porque lo lleva puesto quien es Sol, y que en sus manos, que lo cubren con las babas de sus mentes soberbias, se convierte en un trapo cualquiera.

               La Verdad es verdad, y con esta luz se ilumina todo cuando se ve unido a Dios. Separada, se convierte en lenguaje babélico. Porque la Verdad es Ciencia y Sabiduría, pero desarraigada de Dios se convierte en caos.

               Curadme vosotros, aunque seáis samaritanos. Dadme vuestro aceite y vuestro vino: el aceite, el amor; el vino, la contrición de vuestro yo. Medicadme, no os desdeño. Que la pecadora que refresca mis pies cansados os hable, y diga si desprecio al pecador.

               Pero no me traicionéis nunca más. Id y no pecad más. Todo os lo perdono si todo en vosotros me ama. Dadme un beso sincero. Mi mejilla arde por el beso de los traidores. Curadla con el beso de la fidelidad.