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martes, 4 de agosto de 2026

SANTO DOMINGO DE GUZMÁN, Fundador de la Orden de Predicadores y Apóstol del Santísimo Rosario



               Nació en Caleruega (Burgos) en 1170, en el seno de una familia profundamente creyente y muy encumbrada. Sus padres, Don Félix de Guzmán y doña Juana de Aza, parientes de reyes castellanos y de León, Aragón, Navarra y Portugal, descendían de los Condes-Fundadores de Castilla. Tuvo dos hermanos, Antonio y Manés.

               De los siete a los catorce años (1177-1184), bajo la preceptoría de su tío el Arcipreste Don Gonzalo de Aza, recibió esmerada formación moral y cultural. En este tiempo, transcurrido en su mayor parte en Gumiel de Izán (Burgos), despertó su vocación hacia el estado eclesiástico.

               De los catorce a los veintiocho (1184-1198), vivió en Palencia: seis cursos estudiando Artes (Humanidades superiores y Filosofía); cuatro, Teología; y otros cuatro como profesor del Estudio General de Palencia.

               Al terminar la carrera de Artes en 1190, recibida la tonsura, se hizo Canónigo Regular en la Catedral de Osma. Fue en el año 1191, ya en Palencia, cuando en un rasgo de caridad heroica vende sus libros, para aliviar a los pobres del hambre que asolaba España.

               Al concluir la Teología en 1194, fue ordenado Sacerdote por el obispo de Osma, Martín de Bazán y es nombrado Regente de la Cátedra de Sagrada Escritura en el Estudio de Palencia.

               Al finalizar sus cuatro cursos de docencia y Magisterio universitario, con veintiocho años de edad, se recogió en su Cabildo, en el que enseguida, por sus relevantes cualidades intelectuales y morales, el Obispo le encomienda la presidencia de la comunidad de canónigos y del gobierno de la diócesis en calidad de Vicario General de la misma.

               En 1205, por encargo del Rey Alfonso VIII de Castilla, acompaña al nuevo Obispo de Osma, Diego de Acebes, como embajador extraordinario para concertar en la corte danesa las bodas del Príncipe Fernando. Con este motivo, tuvo que hacer nuevos viajes, siempre acompañando al Obispo a Dinamarca y a Roma, decidiéndose durante ellos su destino y clarificándose definitivamente su ya antigua vocación misionera. En sus idas y venidas a través de Francia, conoció los estragos que en las almas producía la herejía albigense. De acuerdo con el Papa Inocencio III, en 1206, al terminar las embajadas, se estableció en el Languedoc como predicador de la verdad entre los cátaros. Rehúsa a los Obispados de Conserans, Béziers y Comminges, para los que había sido elegido canónicamente.

               En 1208, Nuestra Señora se le aparece en la Capilla del Monasterio de Santa María de Prouilhe (en el Rosellón) y le enseña a rezar el Santo Rosario, compuesto por 150 Avemarías, número similar a los Salmos de las Sagradas Escrituras; la Virgen aseguró a Santo Domingo que el Rosario es la mejor arma contra los enemigos de la Fe.

               Para remediar los males que la ignorancia religiosa producía en la sociedad, en 1215 establece en Tolosa la primera casa de su Orden de Predicadores, cedida a Domingo por Pedro Sella, quien con Tomás de Tolosa se asocia a su obra.

               En Septiembre del mismo año, llega de nuevo a Roma en segundo viaje, acompañando del Obispo de Tolosa, Fulco, para asistir al Concilio de Letrán y solicitar del Papa la aprobación de su Orden, como organización religiosa de Canónigos Regulares. De regreso de Roma elige con sus compañeros la Regla de San Agustín para su Orden y en Septiembre de 1216, vuelve en tercer viaje a Roma, llevando consigo la Regla de San Agustín y un primer proyecto de Constituciones para su Orden. El 22 de Diciembre de 1216 recibe del Papa Honorio III la Bula “Religiosam Vitam” por la que confirma la Orden de Frailes Predicadores (conocidos como Dominicos).

               Al año siguiente retorna a Francia y en el mes de Agosto dispersa a sus frailes, enviando cuatro a España y tres a París, decidiendo marchar él a Roma. Allí se manifiesta su poder taumatúrgico con numerosos milagros y se acrecienta de modo extraordinario el número de sus frailes. Meses después enviará los primeros Frailes a Bolonia.

               Habrá que esperar hasta finales de 1218 para ver de nuevo a Domingo en España donde visitará Segovia, Madrid y Guadalajara.

               Por mandato del Papa Honorio III, en un quinto viaje a Roma, reúne en el convento de San Sixto a las monjas dispersas por los distintos monasterios de Roma, para obtener para los Frailes el convento y la Iglesia de Santa Sabina.

               En la Fiesta de Pentecostés de 1220 asiste al primer Capítulo General de la Orden, celebrado en Bolonia. En él se redactan la segunda parte de las Constituciones. Un año después, en el siguiente Capítulo celebrado también en Bolonia, acordará la creación de ocho Provincias.

               Con su Orden perfectamente estructurada y más de sesenta comunidades en funcionamiento, agotado físicamente, tras breve enfermedad, murió el 6 de Agosto de 1221, a los cincuenta y un años de edad, en el convento de Bolonia, donde sus restos permanecen sepultados. En 1234, su gran amigo y admirador, el Papa Gregorio IX, lo canonizó.




LAS QUINCE PROMESAS
DE LA VIRGEN MARÍA
A QUIENES RECEN EL ROSARIO

La Tradición atribuye al Beato Alan de la Roche, de la Orden de los
Dominicos, el origen de estas Promesas hechas por la Virgen María.
Es mérito del Beato de la Roche el haber restablecido la devoción al
Santo Rosario enseñada por Santo Domingo apenas un siglo antes

        1.- El que Me sirva, rezando diariamente Mi Rosario, recibirá cualquier gracia que Me pida.

        2.- Prometo Mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen Mi Rosario.

        3.- El Rosario será un fortísimo escudo de defensa contra el Infierno, destruirá los vicios, librará de los pecados y exterminará las herejías.

        4.- El Rosario hará germinar las virtudes y también hará que sus devotos obtengan la Misericordia Divina; sustituirá en el corazón de los hombres el amor del mundo al amor por Dios y los elevará a desear las cosas celestiales y eternas. ¡Cuántas almas por este medio se santificarán!.

        5.- El alma que se encomiende por el Rosario no perecerá.

        6.- El que con devoción rezare Mi Rosario, considerando los Misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá muerte desgraciada; se convertirá, si es pecador; perseverará en la gracias, si es justo, y en todo caso será admitido a la Vida Eterna.

        7.- Los verdaderos devotos de Mi Rosario no morirán sin auxilios de la Iglesia.

        8.- Quiero que todos los devotos de Mi Rosario tenga en vida y en muerte la luz y la plenitud de la Gracia, y sean partícipes de los Méritos de los Bienaventurados.

        9.- Libraré pronto del Purgatorio a las almas devotas del Rosario.

        10.- Los hijos verdaderos de Mi Rosario gozarán en el Cielo una gloria singular.

        11.- Todo lo que se me pidiere por medio del Rosario se alcanzará prontamente.

        12.- Socorreré en todas sus necesidades a los que propaguen Mi Rosario.

        13.- Todos los que recen el Rosario tendrán por hermanos en la vida y en la muerte a los Bienaventurados del Cielo.

        14.- Los que rezan Mi Rosario son todos hijos Míos muy amados y hermanos de Mi Unigénito Jesús.

        15.- La devoción al Santo Rosario es una señal manifiesta de predestinación a la Gloria.



(toca sobre el título para acceder al artículo)

                    



sábado, 1 de agosto de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Reina de los Confesores

 

Bienaventurada Tú 
que has creído, porque
se cumplirá lo que 
el Señor Te ha dicho

Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers.45



                    La Fe, raíz y fundamento de nuestra justificación, es un don sobrenatural que Dios concede al alma para guiarla hacia la posesión de Su Amor en la tierra y de Sí Mismo en el Cielo. Mediante la virtud teologal de la Fe, nuestro intelecto cree en las Verdades de la Revelación y, aunque no las comprende, las acepta libremente, pero a la vez con firmeza, como si estas Verdades le fueran evidentes. La Fe también nos libra del error y nos mantiene siempre presentes el fin último para el que fuimos creados, guiando así nuestros pasos por el camino de la salvación.

                    La Fe es, pues, un don invaluable; incomparablemente más deseable que todos los razonamientos de la Filosofía o los descubrimientos de los hombres de ciencia.

                    ¡Qué ruina desastrosa le sobreviene al alma en la que se apaga esta luz celestial! Si un hombre, por pecado mortal, pierde la gracia divina, no por ello queda completamente aislado de toda posibilidad de redención; su entendimiento permanece unido a Dios, y aún reconoce a Dios como su fin último y el único bien que puede satisfacer plenamente los anhelos de su alma. Pero si, por desgracia, pierde la Fe, ¡ah!, entonces sí que se aleja de Dios, y la acción redentora de Cristo no puede alcanzarlo.

                    ¡Oh, cuán lamentable es la condición del incrédulo, que está “sin Cristo, ajeno a la conversación de Israel y extraño al pacto, sin esperanza en la promesa, y sin Dios en este mundo!”.

                    La Fe de María fue la más perfecta que jamás haya existido; por consiguiente, es digna de ser imitada. Jesucristo, en virtud de la unión hipostática, gozó continuamente de la Visión Beatífica de la Divina Esencia. Por lo tanto, no podía practicar la virtud de la Fe. La preeminencia, pues, en el ejercicio de esta virtud corresponde a María, quien por esta razón es llamada Reina de los Confesores. Por eso, aquellos cuyas vidas se dedican a difundir de una u otra forma el Evangelio de Jesucristo, toman a María como su Patrona. María, cuya Fe jamás flaqueó, les concede que su predicación dé fruto en los corazones de los hombres.

                    Sin embargo, la Fe de ningún otro confesor fue puesta a prueba con tanta severidad como la de María. Por un lado, la baja autoestima que tenía de Sí Misma bien podría haberle generado dudas sobre la realidad de Sus títulos de Madre de Dios y Corredentora de la Humanidad; por otro lado, la humillación de Jesús, Sus trabajos y el oprobio que sufrió podrían haber sido para Ella, como para tantos otros, motivo de escándalo. Nada, sin embargo, pudo quebrantar Su Fe en el origen divino de Su Hijo ni Su creencia en la misión que Ella misma desempeñaba en la Obra de nuestra Redención. Así, permaneció junto a la Cruz de Jesús moribundo, y fue un testimonio inquebrantable tanto de la Divinidad como de la humanidad de Jesús y de la Verdad de Su misión sobrenatural.

                    Esta Fe de la Virgen María, que resplandeció con tal intensidad en medio de la oscuridad de un mundo incrédulo, es digna de nuestra admiración. Como un faro brillante sobre una roca firme, María resistió las tempestades más feroces, iluminando el mundo con el esplendor de Su Fe.

                    Desde su temprana infancia, María se dedicó a practicar la virtud de la Fe, mereciendo así una profunda comprensión y amor por Dios, al punto de poseer más gracia que la que se encuentra en toda la multitud de Serafines reunidos. Además, tuvo la dicha de ver cumplidas en Sí las promesas del Ángel, promesas que Ella misma, con visión profética, celebró en Su canto triunfal, el «Magníficat». Esta Fe fue, asimismo, el principio de Su exaltación y la fuente de ese singular poder de intercesión que poseería eternamente en el Cielo.

                    Apelemos a María, pidiéndole que interceda por nosotros, para que la lámpara de nuestra Fe nunca se apague, sino que, por el contrario, esta santa virtud siga creciendo y aumentando en nuestras almas.

                    Santo Domingo nació en la localidad de Caleruega, en Burgos, en el seno de la noble familia de Guzmán y de Aza.

                    Desde muy joven, Domingo fue muy dado a la oración, y especialmente devoto de la Santísima Virgen María, a quien eligió como su Madre y Patrona. Completó con éxito Sus estudios en la Universidad de Palencia y, al ser ordenado Sacerdote, se dedicó con gran celo a la salvación de las almas.

                    Cuando se conoció su fervor y la pureza de su Fe, fue invitado a predicar contra los albigenses, una secta de herejes que por aquel entonces asolaba la región de Toulouse. Aceptó de buen grado esta tarea, pero al principio no vio sus esfuerzos bendecidos con abundantes frutos. Entonces suplicó a la Santísima Virgen que le inspirara una manera más eficaz de cumplir con su difícil oficio. Esta gloriosa Virgen se le apareció y le dijo cuán fácilmente podría combatir a los herejes si rezaba la Salutación Angélica en forma de Rosario, según el método que ella misma le explicó. Santo Domingo comenzó de inmediato a propagar esta gran devoción y pronto obtuvo una gran victoria sobre la herejía.

                    Era sumamente devoto de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Transcribió la enseñanza sobre esta verdad en un libro, el cual fue sometido tres veces a la prueba del fuego en presencia de herejes, y en cada ocasión permaneció intacto entre las llamas. Fue incansable en esta cruzada, predicando continuamente la Palabra de Dios y llevando a los pecadores al arrepentimiento. Obtuvo abundantes frutos al propagar la devoción del Santo Rosario, que era muy querida para él.

                    Desde Toulouse, la práctica del rezo del Santo Rosario se extendió a otras regiones, obteniendo excelentes resultados en todas partes. Fue aprobada y generosamente indulgenciada por varios Pontífices Romanos. Domingo, en su ferviente celo por la Gloria de Dios, fundó la Orden de los Frailes Predicadores, cuyo fin era combatir la herejía y defender las Verdades de nuestra Santa Religión con la ayuda de la Virgen María. Falleció serenamente el 6 de Agosto de 1221.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



jueves, 30 de abril de 2026

SANTA CATALINA DE SIENA, Terciaria Dominica



                  Penúltima de veinticinco hermanos, Terciaria Dominica, fue analfabeta hasta los 30 años, cuando le enseña a leer y escribir Nuestro Señor Jesucristo. Muere a los treinta y tres años; gran Mística. Su Director Espiritual, el dominico Beato Raimundo de Capua (+1399), escribió su vida, la «Legenda maior».

                 Santa Catalina nació en Siena en 1347; fue la menor del prolífico hogar de Diego Benincasa. Allí crecía la niña en entendimiento, virtud y santidad. A la edad de cinco o seis años tuvo la primera visión, que la inclinó definitivamente a la vida virtuosa. Cruzaba una calle con su hermano Esteban, cuando vio al Señor rodeado de ángeles, que le sonreía, impartiéndole la bendición.

                 Su padre, tintorero de pieles, pensó casarla con un hombre rico. La joven manifestó que se había prometido a Dios. Entonces, para hacerla desistir de su propósito, se la sometió a los servicios más humildes de la casa. Pero ella caía frecuentemente en éxtasis y todo le era fácil de sobrellevar.

                 Finalmente, derrotados por su paciencia, cedieron sus padres y se la admitió en la Tercera Orden de Santo Domingo y siguió, por tanto, siendo laica. Tenía dieciséis años. Sabía ayudar, curar, dar su tiempo y su bondad a los huérfanos, a los menesterosos y a los enfermos a quienes cuidó en las epidemias de la peste. En la terrible peste negra, conocida en la historia con el nombre de "la gran mortandad", pereció más de la tercera parte de la población de Siena.

                 A su alrededor muchas personas se agrupaban para escucharla. Ya a los veinticinco años de edad comienza su vida pública, como conciliadora de la paz entre los soberanos y aconsejando a los príncipes. Por su influjo, el Papa Gregorio XI dejó la sede de Aviñón para retornar a Roma. Este pontífice y Urbano VI se sirvieron de ella como embajadora en cuestiones gravísimas; Catalina supo hacer las cosas con prudencia, inteligencia y eficacia.

                 Aunque analfabeta, como gran parte de las mujeres y muchos hombres de su tiempo, dictó un maravilloso libro titulado "Diálogo de la Divina Providencia", donde recoge las experiencias místicas por ella vividas y donde se enseñan los caminos para hallar la salvación. Sus trescientas setenta y cinco cartas son consideradas una obra clásica, de gran profundidad teológica. Expresa los pensamientos con vigorosas y originales imágenes. Se la considera una de las mujeres más ilustres de la edad media, maestra también en el uso de la lengua Italiana.

                 Santa Catalina de Siena, murió a consecuencia de un ataque de apoplejía, a la temprana edad de treinta y tres años, el 29 de Abril de 1380. El Papa Pío II la canonizó en 1461. Sus virginales restos reposan en la Iglesia de Santa María sopra Minerva en Roma, donde se la venera como Patrona de la ciudad; en 1939, el Papa Pío XII la declaró Patrona Principal de Italia, junto a San Francisco de Asís.



VIDA MÍSTICA DE SANTA CATALINA
Algunos hechos sobrenaturales de su vida mística


LAS DOS CORONAS

               Una vez estaba Catalina rezando y llorando en su habitación porque había sufrido una grave calumnia, y le pedía a Cristo, su Esposo, que defendiera su inocencia. «Entonces se le apareció el Salvador del mundo sosteniendo en la mano derecha una corona de oro adornada con perlas y piedras preciosas y en la izquierda una corona de espinas y le dijo: “querida hija, has de saber que es necesario que tú, en ocasiones diferentes y en tiempos distintos, seas coronada primero con una y luego con otra de estas dos coronas. Elige la que prefieras”…

               «Ella respondió: “Señor, desde hace mucho tiempo he renunciado a mi voluntad y he preferido seguir solamente la Tuya; por lo tanto, la elección no la he de hacer yo. Pero ya que quieres que responda, te digo ahora mismo que en esta vida elijo conformarme siempre según Tu Santísima Pasión y abrazar por Tu Amor las penas como refrigerio”. Dicho esto, con ambas manos tomó fervorosamente de la mano del Salvador la corona de espinas y se la metió tan fuertemente en la cabeza que las espinas se la perforaron por todas partes»

LOS SAGRADOS ESTIGMAS

               Estando Catalina de viaje en Pisa, cuenta el Beato Raimundo, "la virgen me hizo llamar y, con voz queda, me dijo: sabed, padre, que por la Misericordia del Señor llevo ya en mi cuerpo Sus estigmas… He visto al Señor clavado en la Cruz viniendo hacia mí en medio de una gran luz… Entonces, de las cicatrices de Sus Sacratísimas Llagas he visto bajar hacia mí cinco rayos sangrientos, dirigidos a las manos, a los pies y al corazón… Es tal el dolor que siento en estos cinco puntos, en especial en el corazón, que si el Señor no hace otro milagro, no me parece posible que pueda seguir adelante y que he de morir en pocos días". Le fue concedido que sus estigmas no fueran visibles.



JESÚS LE DA SU CORAZÓN

               En una ocasión Santa Catalina de Siena se encontraba rezando en la capilla de sus hermanos dominicos cuando de pronto cayó en éxtasis. Cuando se recuperó se puso de pie para volver a casa, pero al instante tuvo una visión asombrosa. En esta vio como una hermosa luz bajaba del Cielo y la envolvía. En medio de esa luz apareció el Señor quien traía algo en una de sus manos: ¡era un corazón humano!. El Señor se acercó a Santa Catalina, abrió uno de los costados de ella e introdujo el corazón que había traído. Mientras lo hacía de dijo a la Santa:

               "Querida hijita, como el otro día tomé tu corazón, he aquí que te doy el Mío con el cual siempre vivirás".

               Luego del episodio Santa Catalina de Siena quedó con una cicatriz en ese costado como prueba del milagro que Dios había obrado en ella.

               Su Confesor explicaba esto último de esta manera:

               "De lo dicho queda la apertura que [El Señor] le hizo en el costado; en signo del milagro ha quedado en aquel lugar un cicatriz, como me han asegurado a mí las compañeras que han podido verla. Queriendo saber la verdad de lo sucedido, ella misma fue obligada a contármelo".



miércoles, 29 de abril de 2026

SAN PEDRO DE VERONA, Predicador y Mártir

 


               San Pedro de Verona nació el 29 de Junio de 1205; pese a ser hijo de padres cátaros (también conocidos como "puros" o "albigenses") el joven supo siempre conservarse inmune de la herejía cátara. 

               Al llegar a la adolescencia, Pedro decidió abandonar a su familia, puesto que no se sentía a salvo, y decidió ingresar en la Orden de Frailes Predicadores de la mano de su Fundador, Santo Domingo. Desde ese momento comenzó su incesante lucha contra los infieles. Formado en la Universidad de Bolonia fue predicador incansable en Milán y Venecia, donde consiguió numerosas conversiones.

               Luchando contra las creencias cátaras, se consagró a la formación cristiana de laicos, a la difusión del culto a la Virgen y a la creación de instituciones para la defensa de la ortodoxia católica.

               En Florencia trabó nuevas amistades con los después también canonizados Alexis de Falconieri y los otros seis fundadores de la Orden de Siervos de María, los llamados Servitas, siendo su consejero.

               En 1251 gracias a sus numerosas virtudes, a ser un gran orador y predicador, a su gran conocimiento de la Biblia y a su severidad en su forma de vida, el Papa Inocencio IV lo nombró Inquisidor de Lombardía y Prior en Como; evangelizó por toda Italia, predicando en Roma, Florencia, Bolonia, Génova y Como. La gente acudía a verlo y lo seguía, siendo las conversiones numerosas.

               San Pedro, quien con sus predicaciones se había ganado el odio de sus adversarios, fue asesinado en 1252 en un bosque a medio camino entre Como y Milán. El crimen habría sido urdido por el Obispo hereje Daniele da Giussano y algunos señores milaneses, entre ellos Stefano Confalonieri. Su verdugo, Carino de Bálsamo, le asestó varios golpes en la cabeza con un alfanje, fracturándole el cráneo. Al caer el santo al suelo, su asesino lo abandonó creyendo que yacía muerto. Sin embargo, San Pedro logró incorporarse y escribir en el suelo, con su propia sangre, las palabras: Credo in Deum. Fue entonces cuando Carino dio media vuelta y le clavó un puñal en el pecho hasta la empuñadura. Mientras, el compañero de San Pedro de Verona, Fray Domingo, fue atravesado por una flecha al intentar huir del lugar de los hechos. San Pedro se convirtió así en el primer mártir de la Orden de Predicadores.

               Tras haber cometido el asesinato, Carino de Bálsamo fue tocado por la gracia y mostrando arrepentimiento por la atrocidad del crimen cometido, decidió redimirse ingresando en la Orden de Predicadores. Fue acogido en el Convento de Forli por el hermano del propio Mártir, quien se mostró misericordioso. Desde ese momento, el asesino de Pedro llevó una vida edificante y en la actualidad es venerado en la Orden Dominica como el Beato Carino Pietro da Balsamo.

               San Pedro de Verona sería canonizado el 9 de Marzo de 1253, cuando no había transcurrido aún un año de su muerte; el cuerpo del Protomártir Dominico fue exhumado y hallado incorrupto. Ante el milagroso descubrimiento, el Santo fue expuesto en la Plaza de San Eustorgio para que los fieles pudiesen contemplarlo, momento en el cual se optó por separar la cabeza del cuerpo para custodiarla aparte.

               El Papa Inocencio IV, en su Bula Magnis e Crebris, fechada el 29 de marzo de 1253, concedía una indulgencia a todos aquellos Fieles que visitasen la tumba de San Pedro Mártir, en San Eustorgio de Milán, el día de su Festividad, fijada para el 29 de Abril. 



lunes, 16 de marzo de 2026

LA MADRE ANA DE MONTEAGUDO Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO (I)



                    Ana de los Ángeles de Monteagudo y Ponce de León nació en Arequipa (Virreinato del Perú) en 1602. Fue desde los dieciséis años monja en el Monasterio de Santa Catalina de Siena de la misma ciudad, donde durante casi setenta años se dedicó a Dios y su pueblo, siendo un verdadero ángel del buen consejo en sus cargos de Sacristana, Maestra de Novicias y Priora. Vivió con incansable entusiasmo para la reforma del Monasterio, para la caridad con los necesitados, y rezando incesantemente por las Almas del Purgatorio. Sus últimos años fueron de penosa enfermedad, soportada con ejemplar serenidad. Entregó su alma a Dios el 10 de Enero de 1686 y su cuerpo se venera en la iglesia del mismo monasterio donde vivió. El 13 de Junio de 1917 fue nombrada Sierva de Dios por el Papa Benedicto XV.

                    Ana de Monteagudo -como sería llamada popularmente- conoció desde muy joven la vida de San Nicolás de Tolentino, Patrono de las Almas del Purgatorio; quiso imitarlo en su vida y, concretamente, en su amor por las Almas Benditas que padecían el rigor de aquella Cárcel de Amor. Se dedicó en cuerpo y alma a orar por Ellas y a buscar limosnas para mandar celebrar Santas Misas en su sufragio: todos los años mandaba celebrar varios cientos de Misas para la Fiesta y Novena de San Nicolás de Tolentino. Por esa caridad, las Almas purgantes se le aparecían para pedirle sufragios, aunque en ocasiones le comunicaban sucesos futuros, la ayudaban en todo y además la protegían de las influencias del Demonio.

                    Las misma Ánimas del Purgatorio la escogieron, como a San Nicolás, como su Patrona y Abogada. Así lo afirma Sor Juana de Santo Domingo -compañera de la Madre Ana de Monteagudo- a quien le dijo la Sierva de Dios que un día vio a dos jovencitos muy bellos que la condujeron a una sala muy grande, donde sufrían muchísimas almas. Los jovencitos le pusieron una capa de coro y le dijeron que entonase la Salve Regina. Ella se disculpó respondiendo que tenía mala voz, pero las Almas le insistieron... la Madre Ana de Monteagudo entonó la Salve y después cantaron el Oficio de Difuntos; le dieron un hisopo para que echase agua bendita donde estaban sufriendo las Almas y así lo hizo. Ellas le dijeron que debía ser su Patrona y Abogada: la Sierva de Dios se lo prometió y, desde entonces, con mucha diligencia, aplicaba todas sus obras y oraciones por las Almas del Purgatorio, haciendo por Ellas muchos sufragios.

                    Doña María de Garmendia, certifica haberle oído a la Madre Ana de Monteagudo que muchas veces la llevaba San Nicolás de Tolentino al Purgatorio, especialmente el día de su Fiesta y de su Octava, y veía salir a las Almas como estrellas resplandecientes que subían al Cielo. Algunas veces eran tantas que llenaban el aire. 

                    Una vez, estando en el coro haciendo oración, vio que San Nicolás bajó a la iglesia y un alma purgante sacó las manos de su sepultura y se aferró al vestido del Santo y éste, sacando al alma, la llevó al Paraíso, brillando el alma más que el Sol. 

                    En otra oportunidad, estaba enferma y las Almas le dieron una bebida con la que mejoró. Decía que en aquella enfermedad, el Señor se dignó concederle la Comunión por manos del glorioso San Bernardo, de quien era también muy devota. 

                    Un día no tenía dinero para los gastos de la próxima fiesta de San Nicolás y pidió a las Almas Benditas que movieran el corazón de alguien para que le ayudara. Y al rato vino al convento el Obispo Pedro de Ortega y Sotomayor, quien le preguntó en qué estaba ocupada. Ella le respondió que pedía a las Almas que movieran a alguien a ayudarle para celebrar la Fiesta de San Nicolás. Y el Obispo le respondió: ¡Qué grandes ladronas son estas Almas!. Yo estaba para dormir y me parecía que se llenaba la casa de gente y me decían: “La Madre Monteagudo te llama”. Y, por eso, vengo medio vestido para ver de qué tiene necesidad. Y el Obispo dio todo lo que necesitaba para la Fiesta. 



domingo, 17 de agosto de 2025

EL PADRE CUETO, OBISPO DE LOS CANARIOS

 


              Fray José Cueto y Díez de la Maza, nació en Riocorvo, Santander (España) en 1839, en el seno de una familia profundamente cristiana. A los 17 años ingresa en el Convento de los Frailes Dominicos de Ocaña. 

              Su vida como religioso dominico transcurrió entre Ocaña, Filipinas, Ávila y Canarias. Itinerario geográfico y espiritual, enriquecido con su elocuente predicación, producción literaria -obtuvo diversos premios, entre otros, por sus obras "La Fe y la Razón" y "Breve estudio sobre el dogma y la libertad"-, su sabiduría en la cátedra como Profesor de Teología y de Derecho Canónico, y como santo y solícito Pastor en la Diócesis de Canarias, de la que fue Obispo durante 17 años.

              Resaltó en él, de manera llamativa, la virtud de la Caridad, expresada en su amor y solicitud hacia los pobres, los enfermos, los presos y necesitados de Dios. El P. Cueto fue preconizado Obispo el 1 de Junio de 1891 y consagrado en Ocaña, el 27 de Septiembre de 1891. Hizo su entrada de Obispo en Las Palmas el día 22 de Noviembre de 1891.

              Hizo norma de su conducta y de su gobierno la doctrina del amor. Tomando para sí el lema de San Juan Crisóstomo: "Sé austero para contigo y benigno para con el prójimo".

             No tuvo más fin durante el tiempo que vivió entregado a su Diócesis de Canarias, que vaciar de sí mismo su corazón para que entrasen en él todos aquellos que la Divina Providencia le había dado por hijos.

              En sus Visitas Pastorales, hechas con gran dificultad por los peligros del mar y lo escabroso del terreno, se mostró siempre como "el enviado del Cielo, el Ángel de la Caridad y de la Paz". Las numerosas obras sociales que se crearon durante su pontificado en la Diócesis de Canarias, por iniciativa suya, dan testimonio de ello. Y así lo percibió el pueblo resumiendo su paso por las islas con estas palabras: “El Padre Cueto era antes que nada un gran corazón. Su corazón nos explica todas las acciones de su vida”.

              Preocupado porque sus Fieles estuviesen suficientemente atendidos espiritualmente, logró que se establecieran en la Diócesis los religiosos Franciscanos, Paúles, Cistercienses, Hermanos de la Escuelas Cristianas, Hermanitas de los pobres y las Siervas de María. El 12 de Junio de 1895, junto con la Madre Pilar Prieto, funda la Congregación de las Dominicas de la Sagrada Familia, dedicada a la educación de la juventud y a la caridad, mediante la predicación de la Palabra de Dios, en íntima unión con el espíritu dominicano. 

              En Octubre de 1896 el Obispo organizaría una peregrinación que culminaría ante los pies de la Patrona, la Virgen del Pino, para rogar por el fin de la Guerra de Cuba, iniciada un año antes; el Prelado de los canarios donaría entonces su cruz pectoral y el anillo episcopal, finas piezas en oro, amatistas y brillantes, para el ajuar de la Patrona.

              El 26 de Mayo de 1900, el Obispo Cueto confirmó en la Fe Católica a la entonces niña Lorenza Díaz Bolaños, en la Parroquia de Santa María de Guía; aquella muchachita sería años después esposa de Cristo, como Hija de la Caridad, condición que le valdría para convertirse en Mártir durante la Cruzada de 1936.

              Con el beneplácito del Papa San Pío X, el Obispo dominico coronó canónicamente a la Virgen del Pino, el 7 de Septiembre de 1905; lo hizo en medio de una celebración multitudinaria que albergó a unos 30.000 canarios en torno a la Basílica de Teror.

              El "Padre Cueto", como cariñosamente le llamamos los canarios, entró en la Vida Eterna en la capital de su Diócesis, Las Palmas de Gran Canaria, en olor de santidad, el 17 de Agosto de 1908. Sus venerables restos reposan mientras esperan la resurrección de la carne, en la Capilla de la Comunidad Dominica de San José, Casa Madre de la Orden fundada por él mismo.



lunes, 12 de mayo de 2025

BEATA IMELDA LAMBERTINI, Patrona de las Primeras Comuniones




                    La Beata Imelda Lambertini era hija del Conde Egano Lambertini y Castora Galuzzi, ilustres en nobleza y en virtud. La Condesa, desconsolada porque no tenía hijos, había rogado fervorosamente para que le fuese concedida una hijita, y, según se dice, obtuvo esta gracia por medio del rezo del Santísimo Rosario, del cual era devotísima.

                    Imelda nació en la ciudad de Bolonia, Italia, en 1322, en un ambiente de gran fe y piedad. Desde pequeña asimiló con especial cariño la exquisita educación que recibió. Su amor por Dios, su conducta inusual en el día a día, atrajo la atención de sus padres. La pequeña Imelda pronto llamó la atención por sus celestiales inclinaciones. Cuando lloraba, se sentía consolada al oír los Nombres de Jesús y de María; cuando comenzó a hablar, fueron estos Nombres dulcísimos los que pronunció con más frecuencia. A veces, la encontraban con las manos levantadas al cielo, en oración, y con los ojos anegados en lágrimas de ternura.

                    Los juegos infantiles no le atraían tanto como la oración, de hecho solía ​​esconderse en los lugares más recónditos de la casa para dedicarse a ella. Su madre siempre la encontraba arrodillada y rezando cuando extrañaba a su hija en casa. Permanecía largos ratos sobre las rodillas de su madre, aprendiendo las primeras oraciones. Era muy devota de la Madre de Dios, y, sobre todo, de la Sagrada Eucaristía, por lo que pasaba muchas ho­ras delante del Sagrario, como extasiada. Con frecuencia, se alejaba de las fiestas de familia, y se iba al oratorio del palacio, prefiriendo a todo bullicio el encanto de aquel altarcito, que ella misma arreglaba y adornaba con flores.

                    Cuando tenía nueve años, la niña pidió insistentemente entrar al Convento de las Dominicas, sin embargo, la Madre Superiora trató de persuadirla de que esperara, ya que su edad aún no le permitía ser admitida entre las hermanas del convento; también le preguntó si no estaba feliz de tener padres maravillosos y buenas condiciones de vida en casa, y ella respondió de inmediato que estaba muy feliz, que amaba a su familia, pero que las hermanas tenían algo más que le atraía mucho: "Nuestro Señor". 

                    Finalmente, sus padres, aunque entristecidos, se dieron cuenta de que Dios había reservado algo extraordinario para la pequeña.  Por lo tanto, terminaron aceptando qu su pequeña se consagrara a Dios.

                    Una vez consumado su deseo, todo fue motivo de alegría para ella, los momentos de oración, el hábito de las Hermanas, el silencio... Fue muy querida por las Dominicas, que intentaron privarla de los servicios y del rigor de la Regla, pero fue inútil, pues quería acompañar a las Hermanas en todo, participando plenamente y ayudando en las obras monásticas del convento, como cuando se levantaba en medio de la noche y caminaba por los grandes salones del Convento, caminando y rezando en silencio a los Maitines.

                    La visita al Tabernáculo hizo que su alma se desbordara de alegría. Solo la pronunciación de cualquier tema relacionado con la Sagrada Eucaristía, hacía que su rostro se transfigurara instantáneamente y es que anhelaba recibir la Sagrada Comunión. En cierta ocasión Imelda diría a las Hermanas: "No entiendo por qué la gente que recibe a Nuestro Señor no muere de alegría". 

                    En esa época, los niños menores de 12 años no podían recibir la Primera Comunión, sin embargo, como cuando quiso entrar al Convento, Imelda pidió ser dispensada para recibir a Jesús Sacramentado. Reiteradamente suplicó al Capellán del Convento que la dejase comulgar, pero no obtuvo esta gracia, su edad lo impedía, era demasiado pequeña...

                    En el año 1333, tenía 11 años cuando, después de la Santa Misa, la última monja que salió de la Capilla observó que la pequeña Imelda, como de costumbre, se quedó allí sola rezando un poco más. Ya había sido cerrada la puerta del Sagrario y estaban apagados los cirios del Altar, mientras las Religiosas se dirigían a sus ocupaciones, Imelda se quedó postrada en tierra, en el coro, con gran desconsuelo... entonces sucedió algo extraordinario: de repente, el coro se iluminó con una luz milagrosa y se llenó de un aroma suavísimo, que, esparciéndose por todo el Convento, atrajo otra vez hacia la iglesia a todas las monjas. Una Hostia flotaba sobre la pequeña Imelda y la iluminaba con una luz blanca. Una Hermana, testigo ocular del prodigio, llamó rápidamente a las otras monjas y todas participaron del milagro. 

                    La Madre Superiora entendió que aquél prodigio era una manifestación real de Dios para que la niña recibiera la Primera Comunión, hizo llamar al Capellán del Convento. Al llegar el Sacerdote, tomó una patena y se dirigió a la Sagrada Hostia. Tan pronto como se acercó a la niña arrodillada, la Hostia descendió a la patena que portaba el Sacerdote que tomándola, se la dio a comulgar a Imelda, que de inmediato inclinó la cabeza en oración.

                    La pequeña religiosa permaneció así, recogida y en silencio, frente a las Hermanas durante mucho tiempo. En un momento determinado, la Superiora se acercó a ella y viendo que no se movía, trató de levantarla con cuidado por los hombros pero la niña cayó en sus brazos, con una delicada expresión de inexplicable alegría en su rostro. Se había ido al Cielo en ese momento sublime. La alegría de recibir a Nuestro Señor fue demasiado para el corazoncito que ardía por la Presencia Real de Cristo en la Sagrada Eucaristíaera el 12 de Mayo de 1333.

                    El Papa León XII la declaró Beata el 20 de Diciembre de 1826, y además autorizó su Oficio Litúrgico y Misa propia. En 1910 el Papa San Pío X la proclamó Patrona de las Primeras Comuniones.

                    Aún hoy, transcurridos más de 690 años, su cuerpo virginal está incorrupto, protegido por una campana de cristal, en la Iglesia de San Segismundo, en Bolonia. 



IMELDA
por Jacinto Verdaguer


De Jesús Sacramentado
Imelda está enamorada:
ante Él se pasa las noches
del atardecer al alba.

Mas, ¡ay!, las pasa llorando,
de mal de amor y añoranza.
De Su Sangre tiene sed,
y hambre de Su Carne Santa;
y no puede todavía
comer el Pan de las almas.

Le falta un Abril a dos
para ser de Él enramada:
muy linda tendrá que ser
si tan grande Amor la enrama.

A las plantas de Jesús
llora la pobre novicia:
- Me dicen que por pequeña
no comulgo todavía.
Pues Vos, ¡mi amable Jesús!,
¿por ventura no decías:
"Dejad que los pequeñuelos
vengan en Mi compañía?"
¿No amabais Vos a los niños?
¿No lo erais Vos, mi delicia?
Jesús, ¡compasión de mí,
que de amor me siento herida!
Si no me acudís bien presto,
no me encontraréis ya viva.

El día de la Ascensión
despierta antes que la aurora:
sale al jardín del Convento
a cortar lirios y rosas.
En cada flor que recoge
pone un beso de su boca.
Dice: al lado de mi Amor
hoy exhalarás tu aroma:
¿y yo habré de estarme lejos
habiendo de ser Su esposa?

La campana del Convento
al templo llama a las monjas;
ella su ramito lleva
y en el Altar lo coloca,
donde quisiera quedarse
para aspirar los aromas;
no los que exhalan las flores,
sino Aquel que la enamora.

Como abejas al panal
se acercan a Dios las monjas:
ella comulgar no puede
y se está detrás de todas.

Ve cuál fluye aquella Fuente
y ardiente sed la devora;
de aquellas aguas del Cielo
beber no puede una gota
y en lágrimas y suspiros
su corazón desahoga.

De manos del Sacerdote
de pronto vuela una Hostia,
y va hasta Imelda volando,
como blanca mariposa.

El Sacerdote la sigue
y el copón bajo coloca
para que retorne al nido
el pichoncito de gloria.

Mas Él volando, volando,
nunca desciende a la copa,
pues no quiere Separarse
de Su celestial paloma.

El Sacerdote, inspirado,
lo pone a Imelda en la boca...
Ya tiene lo que ella quiere;
nada en río de delicias.

No pudiendo soportarlas
cae al suelo amortecida,
y cual cristal que se rompe
su vida al romperse... expira.

Imelda muere de amor:
¡bien haya el que quiso herirla!
Quien de tal modo la hirió
bien será su medicina.

Hoy cuando asciende a los Cielos
la lleva en Su compañía.
¡La primera Comunión
le es Viático a la niña!



sábado, 30 de abril de 2022

SANTA CATALINA DE SIENA

 

                “Cuando un alma se eleva a Dios con ansias de ardentísimo deseo de honor a Él y de la salvación de las almas, se ejercita por algún tiempo en la virtud, se aposenta en la celda del conocimiento de sí misma y se habitúa a ella para mejor entender la Bondad de Dios; porque al conocimiento sigue el amor, y, amando, procura ir en pos de la verdad y revestirse de ella”





               Nacida en 1347, Catalina (nombre que significa "Pura"), era la menor del prolífico hogar de Diego Benincasa. Allí crecía en entendimiento, virtud y santidad. A la edad de cinco o seis años tuvo la primera visión, que la inclinó definitivamente a la vida virtuosa. Cruzaba una calle con su hermano Esteban, cuando vio al Señor rodeado de Ángeles, que le sonreía, impartiéndole la bendición.

               Desde niña, empezó a orar a la Reina de Siena, y a menudo se le oía rezar el Avemaría bajando las escaleras de su casa. Un día cuando tenía 6 años de edad y mientras caminaba por las calles de Siena con su hermano, elevó su mirada y de repente vio sobre el techo de la Iglesia de Santo Domingo, al Rey de Reyes sobre un espléndido trono, vestido como el Papa con su corona Papal; y con Él estaban San Pedro, San Pablo y San Juan. Jesús mirando con ternura a Catalina, despacio y solemnemente la bendijo, haciendo tres veces la señal de la Cruz sobre ella con su mano derecha, como lo hace un obispo. Desde ese momento Catalina dejó de ser una niña, se enamoró profundamente de su amado Salvador.

               Al año siguiente, ante un cuadro de Nuestra Señora, se ofreció al Señor que la había  bendecido. En este momento tan crucial oró a la Virgen:

                    "¡Santísima Virgen, no mires mi debilidad, sino dame la gracia de tener como esposo a Aquel  a quien yo amo con toda mi alma, tu Santísimo Hijo, Nuestro Único Señor, Jesucristo! Le prometo a Él y a Ti, que nunca tendré otro esposo"

               Su padre, tintorero de pieles, pensó casarla con un hombre rico. La joven manifestó que se había prometido a Dios. Entonces, para hacerla desistir de su propósito, se la sometió a los servicios más humildes de la casa. Pero ella caía frecuentemente en éxtasis y todo le era fácil de sobrellevar.

               Con su ejemplo de humildad, obediencia y caridad ante su familia, los conquistó y entonces le permitieron ser miembro de la Tercera Orden de Santo Domingo y tener un cuarto privado. Allí comenzó a hacer actos de mortificación heroicos. Se alimentaba principalmente de hierbas y vestía con telas muy crudas. Asistía con gran generosidad a los pobres, a los enfermos, consolaba a los presos. Su sometimiento de la propia voluntad al Señor, aún en sus penitencias, daba verdadero valor a lo que hacía. Pero sus experiencias místicas no le quitaban las pruebas. Sufría por su temperamento al que dominaba con gran paciencia y por los baños calientes que le ordenaron los médicos. En medio de sus dolencias oraba sin cesar para expiar sus ofensas y purificar su corazón.

               Finalmente, derrotados por su paciencia, cedieron sus padres y se la admitió en la Tercera Orden de Santo Domingo. Tenía 16 años. Sabía ayudar, curar, dar su tiempo y su bondad a los huérfanos, a los menesterosos y a los enfermos, a quienes cuidó en las epidemias de la peste. En la terrible Peste Negra, conocida en la historia con el nombre de "la gran mortandad", pereció más de la tercera parte de la población de Siena.

               En la noche anterior a su profesión en la Orden, después de pasar por una severa prueba en la cual el demonio se le apareció como un caballero muy guapo y elegante, y le ofreció un traje de seda con joyas brillantes, Catalina se tiró sobre el crucifijo y gritó:

                    "¡Mi único, mi amado esposo. Tú sabes que jamás he deseado a nadie más que a Ti. Ven en mi ayuda, mi amado Salvador!"

               De pronto, frente a Catalina estaba la Madre de Dios, teniendo en sus manos un traje de oro, y con su voz suave y tierna, la Virgen le dijo:

                    "Este vestido, hija mía, lo he traído del Corazón de mi Hijo. Estaba escondido en la Herida de su costado como en una canasta de oro, y te lo hice con mis propias manos"

               Entonces con ferviente amor y humildad, Catalina inclinó la cabeza, mientras la Virgen le imponía este vestido celestial.

               Por fin, en 1635, a los 18 años (según algunos escritores a los 20 años), recibió el hábito de la Tercera Orden Dominica. Durante tres años después de recibir el hábito, Catalina vivió, en la santa soledad de su pequeño cuarto y en su capilla favorita. Allí pasó un entrenamiento estricto basado en la auto-negación y desarrollo espiritual bajo la dirección personal de Cristo y de su Madre. No hablaba sino con Dios, la Virgen y su confesor.




               Catalina tenía gran devoción al Niño Jesús. Una noche de Navidad, mientras oraba con sus hermanas de la Tercera Orden en la Iglesia de Santo Domingo, se le concedió una visión muy impresionante. La Virgen María de rodillas adorando en oración ferviente al recién nacido, el Divino Niño. Catalina estaba tan sobrecogida que suplicó humildemente a la Virgen que le permitiera cargar al Niño por un momento. Con una sonrisa afectuosa, la Virgen tomó el Niño y se lo entregó a Catalina, quien teniéndolo en sus brazos, lo besó y le susurró en el oído los nombres de todos sus seres queridos.

               La serpiente, viendo su vida angelical, la asaltaba buscando destruir su virtud. Llenaba su imaginación con las más sucias representaciones y asaltaba su corazón con las más bajas y humillantes tentaciones. Después su alma quedaba en una nube de oscuridad, la más severa prueba imaginable. Se veía a sí misma cientos de veces al borde del precipicio, pero siempre sostenida por una mano invisible.

               Sus armas eran: la oración ferviente, la humildad, resignación y confianza en Dios.

               Así venció las pruebas que sirvieron mucho para purificar su corazón. Nuestro Señor la visitó después y ella le dijo:

                   "¿Dónde estabas, mi divino Esposo, mientras yo yacía en tan temible condición de abandono?"

               Jesús le contestó:

                    "Estaba contigo"

                    "¿Cómo? -replicó ella-, ¡¿entre las sucias abominaciones en que infectaban mi alma?!"

               Él le dice:

                    "Eran desagradables y sumamente dolorosas para ti. Este conflicto, por lo tanto, fue tu mérito, y la victoria sobre ellas, fue debido a mi presencia"

               El enemigo también la invitaba al orgullo, sin escatimar ni violencia ni estrategia alguna para seducirla a sus vicios. Pero la humildad era su defensa. Dios la recompensó con su caridad para los pobres y muchos milagros.



               Un día, después de que Catalina había orado todo el día con extraordinaria fe, Nuestro Señor se le apareció y le dijo:

                    "Ya que por amor a Mi has renunciado a todos los gozos terrenales y deseas gozarte sólo en Mi, he resuelto solemnemente celebrar Mi Desposorio contigo y tomarte como mi esposa en la fe"

               Mientras el Señor hablaba, aparecieron muchos Ángeles, su Santísima Madre, San Juan, San Pablo y Santo Domingo. Y mientras el Rey David tocaba una dulce música en su arpa, nuestra amorosa Madre tomó la mano de Catalina y la puso en la mano de su Hijo. Entonces Jesús, puso un anillo de oro en el dedo de Catalina, y dijo:

                    "Yo, tu Creador y Salvador, te acepto como esposa y te concedo una fe firme que nunca fallará. Nada temas. Te he puesto el escudo de la fe y prevalecerás sobre todos tus enemigos"

               En otra ocasión, en el transcurso de una visión sobrenatural, Nuestro Señor le presentó dos coronas, una de oro y la otra de espinas, invitándola a escoger la que más le gustara. Ella respondió:

                    "Yo deseo, oh Señor, vivir aquí siempre conformada a tu pasión y a tu dolor, encontrando en el dolor y el sufrimiento mi respuesta y deleite"

               Entonces, con decisión tomó la corona de espinas y la presionó con fuerza sobre su cabeza.




               Dos veces, en fiestas litúrgicas especiales, la Virgen le ayudó milagrosamente. Durante una Misa de año nuevo, Catalina estaba tan sobrecogida por la emoción, que cuando se puso de pie para ir a recibir la comunión estuvo a punto de caer. La Virgen, con sus manos tiernas y al mismo tiempo fuertes, la sostuvo hasta que se recuperó.

               Un día de la Asunción, que tradicionalmente era la fiesta más grande del año en Siena, la ciudad de la Virgen, Catalina estaba muy enferma en cama, y deseaba intensamente por lo menos poder ver la catedral. De pronto se encontró en el atrio de la Catedral de la Asunción de Nuestra Señora, y pudo caminar perfectamente y participar en la Misa solemne dedicada a la Virgen.

               A su alrededor muchas personas se agrupaban para escucharla. Ya a los 25 años de edad comienza su vida pública, como conciliadora de la paz entre los soberanos y aconsejando a los príncipes. Por su influjo, el Papa Gregorio XI dejó la sede de Aviñón para retornar a Roma. Este pontífice y Urbano VI se sirvieron de ella como embajadora en cuestiones gravísimas; Catalina supo hacer las cosas con prudencia, inteligencia y eficacia.

               Aunque analfabeta, como gran parte de las mujeres y muchos hombres de su tiempo, dictó un maravilloso libro titulado "Diálogo de la Divina Providencia", donde recoge las experiencias místicas por ella vividas y donde se enseñan los caminos para hallar la salvación. Sus 375 cartas son consideradas una obra clásica, de gran profundidad teológica. Expresa los pensamientos con vigorosas y originales imágenes. Se la considera una de las mujeres más ilustres de la edad media, maestra también en el uso de la lengua italiana.

               Santa Catalina tenía un profundo amor a la Sagrada Eucaristía, a la Santísima Virgen y a los pobres. Tuvo muchas experiencias místicas, entre ellas: el Desposorio con Cristo, innumerables profecías, el don de los estigmas, así como ayunos de largos períodos (en los cuales se alimentaba solamente de la Sagrada Comunión)

               Santa Catalina murió a consecuencia de un ataque de apoplejía, a la temprana edad de 33 años, el 29 de Abril de 1380, fue la gran mística del siglo XIV. El Papa Pío II la canonizó en 1461. Sus restos reposan en la Iglesia de Santa María sopra Minerva en Roma, donde se la venera como Patrona de la ciudad; es además, patrona de Italia y Protectora del Pontificado.