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sábado, 12 de septiembre de 2026

EL DULCE Y MUY SANTO NOMBRE DE MARÍA


"Y el nombre de la Virgen era María"

Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers. 27



                    Vamos a ocuparnos un poco de este nombre, que significa «Estrella del mar», y por eso se aplica con toda propiedad a la Virgen Madre. Efectivamente, es correctísimo compararla con una estrella.

                    Porque si todo astro irradia su luz sin destruirse, la Virgen dio a luz sin lesionarse su virginidad. Los rayos que emite no menguan a la estrella en su propia claridad como no menoscaba a la Virgen en su integridad el Hijo que nos da. María es la estrella radiante que nace de Jacob, cuya luz se difunde al mundo entero, cuyo resplandor brilla en los cielos y penetra en los abismos, se propaga por toda la tierra, abriga no tanto los cuerpos, como los espíritus, vigoriza las virtudes y extingue los vicios. María es, repito, la estrella más brillante y hermosa. Ahí está el mar ancho y dilatado, sobre el que se levanta infaliblemente esplendorosa con sus ejemplos y titilante con sus méritos.

                    Tú, quienquiera que seas y te sientas arrastrado por la corriente de este mundo, náufrago de la galerna y la tormenta, sin estribo en tierra firme, no apartes tu vista del resplandor de esta estrella si no quieres sumergirte bajo las aguas. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si te ves arrastrado contra las rocas del abatimiento, mira a la estrella, invoca a María. Se eres batido por las olas de la soberbia, de la ambición, de la detracción o la envidia, mira a la estrella, invoca a María. Si la ira o la avaricia o la seducción carnal sacuden con furia la navecilla de tu espíritu, vuelve los ojos a María. Si angustiado por la enormidad de tus crímenes, o aturdido por la deformidad de tu conciencia, o aterrado por el pavor del juicio, comienza a engullirte el abismo de la tristeza o el infierno de la desesperación, piensa en María. Se te asalta el peligro, la angustia o la duda, recurre a María, invoca a María. Que nunca se cierre tu boca al nombre de María, que no se ausente de tu corazón, que no olvides el ejemplo de su vida; así podrás contar con el sufragio de su intercesión.

                    Si la sigues, no te desviarás; si recurres a Ella, no desesperarás. Si la recuerdas, no caerás en el error. Si Ella te sostiene, no vendrás abajo. Nada temerás si te protege; si te dejas llevar por Ella, no te fatigarás; con su favor llegarás a puerto. De modo que tú mismo podrás experimentar con cuánta razón dice el evangelista: y la virgen se llamaba María.'

                    Y no menos hermosas son estas palabras del mismo santo, fundador de una orden contemplativa, de los Templarios y autor de la Salve Regina:

                    Nos ha precedido nuestra Reina. Sí, se nos ha anticipado y ha sido recibida con todos los honores; sus siervecillos la siguen llenos de confianza y gritando: Llévanos contigo. Correremos al olor de tus perfumes. Los peregrinos hemos enviado por delante a nuestra abogada; es la Madre del Juez y Madre de Misericordia. Negociará con humildad y eficacia nuestra salvación.

                    ¡Qué regalo más hermoso envía hoy nuestra tierra al cielo! Con este gesto maravilloso de amistad -que es dar y recibir- se funden lo humano y lo divino. Lo terreno y lo celeste, lo humilde y lo sublime. El fruto más granado de la tierra está allí, de donde proceden los mejores regalos y los dones de más valor. Encumbrada a las alturas, la Virgen Santa prodigará sus dones a los hombres.

                    ¿Y, cómo no lo va a hacer? Lo puede y lo quiere. Es la Reina del cielo, es misericordiosa. Y, sobre todo, es la Madre del Hijo único de Dios.'

                    Dice el profeta que vio construir en un monte altísimo una ciudad cuyas múltiples puertas describe. Señala, sin embargo, entre todas una cerrada, de la cual dice: Llevóme luego hacia la puerta exterior del santuario, que mira al oriente; y se hallaba cerrada. Y me dijo el Señor: Esta puerta ha de estar cerrada; no se abrirá ni entrará por ella hombre alguno; porque el Señor Dios de Israel penetrará por ella. Ha de estar cerrada porque aquí se sentará el príncipe para comer el pan en presencia del Señor (Ez 44.1-3). ¿Qué puerta es esta sino María, que permanece cerrada por ser virgen? Por tanto, esta puerta fue María, a través de la cual Cristo vino a este mundo, cuando salió a la luz gracias a un parto virginal. Se conservaron los sellos de la virginidad, mientras se desprendía Cristo de una virgen cuya grandeza no podía sostener el mundo entero.

                    Esta puerta ha de permanecer cerrada, dijo el Señor, y no se abrirá. ¡Bella puerta, María, que siempre se mantuvo cerrada y no se abrió! Pasó a Cristo a través de ella, pero no se abrió.

                    Y para que aprendamos que todo hombre tiene una puerta por la cual pasa Cristo, se dice: Elevad vuestras puertas, príncipes; elevaos puertas eternales, y penetrará el Rey de la gloria. ¡Con cuánta mayor razón puede decirse que había en María una puerta ante la cual se sentó y por la que pasó Cristo!

                    Esta puerta miraba a Oriente; porque difundió verdaderos resplandores aquella que engendró al Oriente y dio la luz al Sol de justicia.

                    Ya sabes que has de concebir y dará a luz un hijo; ya has oído que no será por obra de varón, sino del Espíritu Santo. El ángel aguarda tu respuesta; es hora ya de que suba al que lo envió.

                    Señora, también nosotros esperamos esa palabra tuya de conmiseración, oprimidos miserablemente por la sentencia de nuestra condena. Mira que te ofrecen nada menos que el precio de nuestra salvación; si tú lo aceptas, seremos liberados inmediatamente. Todos fuimos creados en la eterna Palabra de Dios; pero estamos muriéndonos vivos. Con tu brevísima respuesta, seremos reanimados para recuperar la vida. Todo el mundo te espera expectante y postrado a tus pies. Y no sin razón; ya que de tu boca cuelga el consuelo de los afligidos, la liberación de los cautivos, la redención de los condenados y la salvación, en fin, de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje.

                    Responde ya, oh Virgen, que nos urge. Señora, di la palabra que ansían los cielos, los infiernos y la tierra. Ya ves que el mismo Rey y Señor de todos se ha prendado de tu belleza y desea ardientemente el asentimiento de tu palabra, por la que se ha propuesto salvar al mundo. hasta ahora le has complacido con tu silencio. Pero ahora suspira por escucharte.

                    Tú eres la mujer, por medio de la cual, Dios mismo, nuestro Rey, dispuso desde el principio realizar la salvación del mundo. Contesta con prontitud al ángel. ¿Qué digo yo? Al Señor mismo en la persona del ángel. Di una palabra y recibe a la Palabra; pronuncia la tuya y engendra la divina; expresa la transitoria y abraza la eterna. Es encantador el silencio pudoroso, pero es más necesaria la palabra sumisa. Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento y las entrañas al Creador.

                    Mirad, se ha parado detrás de la tapia. Atisba por las ventanas, mira por las celosías (Cant 2,9) El esposo se aproxima al muro, se acerca a la pared, cuando se unió a la carne humana. La carne es la pared; la encarnación del Verbo es la aproximación del Esposo. Con las celosías y ventanas, por donde se dice que mira, pienso que se refiere a los sentidos corporales y a los afectos humanos, con los que comenzó a experimentar toda la indigencia del hombre. Se sirvió de las afecciones humanas y de los sentidos corporales, como si fueran celosías y ventanas, para conocer las miserias humanas y hacerse misericordioso por su propia experiencia de hombre.




                    Ya lo sabía antes, pero de otra manera. Se hizo lo que ya era, aprendió lo que ya sabía y buscó entre nosotros celosías y ventanas para explorar con mayor atención nuestras adversidades. Y encontró tantas aberturas en nuestra pared ruinosa y llena de resquicios, como debilidades y miserias nuestras experimentó en su cuerpo.

                    Debes procurar con toda vigilancia que encuentre siempre abiertas las celosías y ventanas de tus confesiones; a través de ellas podrá mirar con bondad en tu interior, porque su mirada es tu salvación. Y como hay dos clases de compunción: primero la tristeza por nuestros pecados y después la alegría por los dones recibidos, cuando confieso mis pecados sin la menor angustia de mi corazón es como si le abriera las celosías, o sea la ventana más cerrada.

                    Pero a veces el corazón se dilata con el amor, al considerar las bondades divinas y prorrumpe en alabanza y acción de gracias. Entonces le abro al Esposo, no la ventana estrecha, sino la más amplia, y por ella mira más complacido cuanto mayor es el sacrificio de alabanza que se le tributa.


San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia



sábado, 21 de febrero de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Trono de Sabiduría


“Yo, la sabiduría, habito 
en el consejo y estoy presente 
en los pensamientos sabios” 


Proverbios, cap. 8, vers. 12



                    La Sabiduría es el don más precioso del Espíritu Santo, pues es propiamente fruto de la Caridad, el tesoro más excelente que se puede poseer en esta vida.

                    Este Santo Don consiste en la disposición de nuestra mente para considerar y regular todas las cosas a la luz de la Ley Divina. Muchos dedican mucho tiempo a perfeccionarse en las ciencias humanas o las artes liberales. Trabajan día y noche para tener éxito en sus proyectos artísticos o científicos. Otros, entregados a la maldad, emplean toda su diligencia en encontrar ocasión para pecar con impunidad. Pero para conocerte, oh Dios mío, para discernir sabiamente entre Tus caminos que conducen a la Vida y los peligrosos caminos del mundo, no hay necesidad de tanto estudio ni de un trabajo tan arduo: un corazón recto, animado por Tu Gracia, es todo lo que se requiere, pues «la unción de Tu Espíritu le enseña todas las cosas».

                    El hombre que es enseñado por el Espíritu Santo se vuelve espiritual, es decir, su entendimiento es iluminado y sus emociones reguladas de tal manera, que “juzga todas las cosas”, no sólo discerniendo el bien del mal y la verdad de la falsedad, sino también ordenando cada una de sus acciones en referencia a su fin último, que es la consecución de la Vida Eterna.

                    Así como María poseía en grado sublime la virtud de la Caridad, de igual manera estaba adornada con el precioso don de la Sabiduría. Podía discernir, como por instinto, las cosas del Cielo de las del mundo, y dirigía todas Sus acciones hacia Dios con esa pureza de intención propia de las almas embriagadas de Amor Divino. Esta Sabiduría llenaba Su Alma de una dulzura incomparable y comunicaba a todas Sus acciones exteriores una dulzura celestial, pues de esta virtud está escrito que «su conversación no tiene amargura, ni su compañía tedio, sino alegría y gozo».

                    La verdadera Sabiduría lleva la impronta de siete cualidades sobrenaturales, que son, por así decirlo, otros tantos pilares sobre los que se asienta. Santiago describe así estas siete cualidades: «La Sabiduría que viene de lo alto -dice- es primeramente casta, luego pacífica, modesta, fácil de persuadir, consiente en lo bueno, llena de misericordia y buenos frutos, sin juzgar, sin disimulo».

                    Tales eran los apoyos sobre los que reposaba en María el precioso don de la Sabiduría. Como una torre majestuosa que se yergue hacia el Cielo, firme y fuerte, esta Virgen incomparable, llena de Sabiduría Divina, mantenía Su Espíritu constantemente elevado hacia las regiones sobrenaturales, donde contemplaba con agradecido asombro las palabras del Altísimo. Sus pensamientos estaban continuamente en el Cielo, donde, junto con los espíritus bienaventurados, adoraba los caminos del Señor para con Ella, conformándose en todo a Su Beneplácito. «¡La Sabiduría se ha construido una casa, ha labrado sus siete columnas!».

                    Así como la Sabiduría Celestial es hermosa y resplandeciente, tanto más lo es la sabiduría terrenal, a la que Santiago no duda en llamar «sensual, diabólica», oscura y desagradable. Esta sabiduría mundana está llena de celo, pero un celo venenoso, que siembra discordia y problemas por doquier. Busca las seducciones del sentido común; es altiva y arrogante, propensa a juzgar y pesar en la balanza de la malevolencia las acciones del prójimo; está llena de hipocresía y engaño; su fin es encender por doquier la llama de la discordia; conduce irremediablemente a la ruina eterna.

                    Así como el día difiere de la noche y la vida de la muerte, así también la Sabiduría Celestial difiere de la sabiduría de este mundo. A esta última se le pueden aplicar las palabras del Libro de Proverbios: «Hay camino que al hombre le parece justo, pero su fin lleva a la muerte».

                    Pidámosle a Dios que nos libre de tan gran mal. Roguémosle que llene nuestros corazones con el precioso don de la Sabiduría Celestial.

                    San Bernardo, el gran Doctor de la Iglesia y, como se le llama, el último de los Padres, fue famoso por la santidad de su vida y el esplendor de su doctrina. De modo especial, aventaja a todos los escritores sagrados por la dulzura y unción con que trata la grandeza y las prerrogativas de la Gloriosa Madre de Dios. Nació en Fontaine, Borgoña, en 1091, de padres piadosos y nobles, que le dieron una buena educación cristiana. Así, desde su juventud, llevó una vida virtuosa, llena de obras de Caridad.

                    Un año, en la Noche de Navidad, fue favorecido con una visión celestial. El Divino Niño se le apareció y se dignó instruirlo en el glorioso Misterio de la Encarnación, que la Iglesia celebra en esa época. De esta visión surgió en él esa tierna devoción y ardiente amor por la Madre de Dios, que el Santo luego infundió en los corazones de muchos, a través de los sermones que escribió en Su Honor. Nuestra Señora no dejó de corresponder a este amor de Bernardo por Ella mostrando una predilección especial por Su fiel sirviente. Le concedió favores extraordinarios. Y así, esta devoción a la Reina del Cielo, que es fuente de gran fruto para las almas, produjo en el corazón de San Bernardo este resultado: le hizo comprender que la sabiduría del mundo es locura ante Dios. Así, a la edad de veintidós años, dejó el hogar paterno y pidió ser admitido en la Orden Cisterciense.

                    Tan grande fue su fervor al consagrarse a Dios, que persuadió a muchos de sus parientes y conocidos a seguirlo en la vida religiosa, lo cual hicieron, aunque previamente se habían opuesto a su decisión. En religión, demostró ser un ejemplo perfecto de todas las virtudes. Al ser puesto al frente de su monasterio, restauró la disciplina y fundó numerosas abadías en las que se mantuvo la observancia regular durante mucho tiempo.

                    Como San Bernardo era muy dado al estudio de las Sagradas Escrituras y a la meditación de las Verdades Eternas, adquirió tal riqueza de conocimiento que mereció ser contado entre las luces más brillantes de la Iglesia. Los Romanos Pontífices le confiaron en repetidas ocasiones importantes y delicadas misiones, como pacificar las ciudades y reprimir el vicio y el desorden, todas las cuales el Santo llevó a cabo con éxito con la ayuda de María.

                    Finalmente, agotado por el cansancio y las excesivas penitencias, exhaló pacíficamente su alma hacia Dios, el día veinte de Agosto de 1174, a los sesenta y tres años de edad.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María


miércoles, 20 de agosto de 2025

SAN BERNARDO DE CLARAVAL, Doctor de la Iglesia, Fundador del Císter



                      San Bernardo (Bernardo Fontaine) nace aproximadamente en 1090 en el castillo de Fontaine-lès-Dijon, (Borgoña). Hijo de un caballero que formaba parte del círculo del Duque de Borgoña, Bernardo nació perteneciendo al estamento nobiliario, al igual que su progenitor, aunque no a sus rangos más altos.

                     Era el tercer hijo de los siete que tuvo el matrimonio. Ambos padres, aunque se cuenta que especialmente su madre, pronto advirtieron las extraordinarias cualidades intelectuales de su hijo y, por ese motivo, decidieron eximirlo de continuar la tradición familiar del oficio de las armas y hacer que se encaminara hacia una vida de estudio. Por ello, ingresó en la escuela de canónigos regulares de Châtillon-sur-Seine.

                      En el año 1112 o 1113 ingresaría formalmente en la Orden del Císter, fundada bajo la Regla de San Benito, acompañado de varios de sus hermanos y otras personas que siguen su fervoroso ejemplo.

                      Tan sólo dos años después de su ingreso en la Orden; en 1115, se fundan dos monasterios bajo los auspicios del Císter. Su fuerte personalidad llevó al Abad Esteban a encargarle la fundación del Monasterio de Claraval (Clairvaux). El Obispo de Chalons-sur-Marne, Guillermo de Champeaux quien le ordenó Sacerdote el 15 de Agosto del mismo año y le nombró Abad.

                      A partir del año 1119, el Císter inicia su expansión por Francia y otras áreas del continente europeo. A lo largo de su vida veremos como Bernardo combina armónicamente su faceta mística y la participación en la vida pública de la Iglesia, pues, pese a su deseo de llevar una vida de retiro espiritual, constantemente será reclamado como mediador, y su consejo se tornará imprescindible gracias a su sólida y esmerada formación teológica, además de ser el Predicador principal de la Segunda Cruzada.

                      Uno de sus monjes, llegaría a ser Papa y reinó con el el nombre de Honorio III. Aprovechando su amistad con San Bernardo, le solicitó al Santo que escribiese un tratado con las obligaciones de los Papas; el Santo Abad escribió varios libros al respecto llamados "De consideratione", obra que fue consultada con posterioridad por muchos Pontífices. En 1142 estableció la gran Abadía de Mellifont. En 1148 recibió a su amigo el Arzobispo San Malaquías, que cayó enfermo y falleció en los brazos de San Bernardo.

                     El Santo Abad Bernardo entregó su alma a Dios en su Abadía  de Claraval, el 20 de Agosto de 1153, cuando contaba 63 años de edad. No tardó en ser canonizado, en 1174, por el Papa Alejandro III; sería proclamado Doctor de la Iglesia por Pío VIII en 1830.

                     El amor que San Bernardo sentía por María Nuestra Señora quedó plasmado en aquellos versos que ya forman parte de la Piedad Tradicional "oh Clemente, oh Piadosa, oh Dulce Virgen María..." además de componer el conocido "Memorare", la súplica de los Esclavos de María.


EL DON DE LA MATERNIDAD DIVINA


                    "El único nacimiento digno de Dios era el procedente de la Virgen; asimismo, la dignidad de la Virgen demandaba que quien naciere de Ella no fuere otro que el mismo Dios. Por esto, el Hacedor del hombre, al hacerse hombre, naciendo de la raza humana, tuvo que elegir, mejor dicho, que formar para Sí, entre todas, una madre tal cual Él sabía que había de serle conveniente y agradable.

                    Quiso, pues, nacer de una virgen inmaculada, Él, el inmaculado, que venía a limpiar las máculas de todos.

                    Quiso que Su madre fuese humilde, ya que Él, manso y humilde de corazón, había de dar a todos el ejemplo necesario y saludable de estas virtudes. Y el mismo que ya antes había inspirado a la Virgen el propósito de la virginidad y la había enriquecido con el don de la humildad le otorgó también el don de la Maternidad Divina.



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                    De otro modo, ¿cómo el Ángel hubiese podido saludarla después como llena de gracia, si hubiera habido en Ella algo, por poco que fuese, que no poseyera por gracia?. Así, pues, la que había de concebir y dar a luz al Santo de los Santos recibió el don de la virginidad para que fuese santa en el cuerpo, el don de la humildad para que fuese santa en el espíritu.

                    Así, engalanada con las joyas de estas virtudes, resplandeciente con la doble hermosura de Su Alma y de Su cuerpo, conocida en los Cielos por Su belleza y atractivo, la Virgen regia atrajo sobre Sí las miradas de los que allí habitan, hasta el punto de enamorar al mismo Rey y de hacer venir al Mensajero celestial.

                    Fue enviado el Ángel, dice el Evangelio, a la Virgen. Virgen en Su cuerpo, virgen en Su Alma, virgen por Su decisión, virgen, finalmente, tal cual la describe el Apóstol, santa en el cuerpo y en el alma; no hallada recientemente y por casualidad, sino elegida desde la Eternidad, predestinada y preparada por el Altísimo para Él mismo, guardada por los Ángeles, designada anticipadamente por los Padres antiguos, prometida por los Profetas".


San Bernardo de Claraval
"Homilías sobre las excelencias de la Virgen Madre"


domingo, 20 de agosto de 2023

SAN BERNARDO DE CLARAVAL, Doctor Melifluo

 


          San Bernardo (Bernardo Fontaine) nace aproximadamente en 1090 en el castillo de Fontaine-lès-Dijon, (Borgoña). Hijo de un caballero que formaba parte del círculo del Duque de Borgoña, Bernardo nació perteneciendo al estamento nobiliario, al igual que su progenitor, aunque no a sus rangos más altos.

         Era el tercer hijo de los siete que tuvo el matrimonio. Ambos padres, aunque se cuenta que especialmente su madre, pronto advirtieron las extraordinarias cualidades intelectuales de su hijo y, por ese motivo, decidieron eximirlo de continuar la tradición familiar del oficio de las armas y hacer que se encaminara hacia una vida de estudio. Por ello, ingresó en la escuela de canónigos regulares de Châtillon-sur-Seine.

          En el año 1112 o 1113 ingresaría formalmente en la Orden del Císter, fundada bajo la Regla de San Benito, acompañado de varios de sus hermanos y otras personas que siguen su fervoroso ejemplo.

          Tan sólo dos años después de su ingreso en la Orden; en 1115, se fundan dos monasterios bajo los auspicios del Císter. Su fuerte personalidad llevó al Abad Esteban a encargarle la fundación del Monasterio de Claraval (Clairvaux). El Obispo de Chalons-sur-Marne, Guillermo de Champeaux quien le ordenó Sacerdote el 15 de Agosto del mismo año y le nombró Abad.

          A partir del año 1119, el Císter inicia su expansión por Francia y otras áreas del continente europeo. A lo largo de su vida veremos como Bernardo combina armónicamente su faceta mística y la participación en la vida pública de la Iglesia, pues, pese a su deseo de llevar una vida de retiro espiritual, constantemente será reclamado como mediador, y su consejo se tornará imprescindible gracias a su sólida y esmerada formación teológica, además de ser el Predicador principal de la Segunda Cruzada.

          Uno de sus monjes, llegaría a ser Papa y reinó con el el nombre de Honorio III. Aprovechando su amistad con San Bernardo, le solicitó al Santo que escribiese un tratado con las obligaciones de los Papas; el Santo Abad escribió varios libros al respecto llamados "De consideratione", obra que fue consultada con posterioridad por muchos Pontífices. En 1142 estableció la gran Abadía de Mellifont. En 1148 recibió a su amigo el Arzobispo San Malaquías, que cayó enfermo y falleció en los brazos de San Bernardo.



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         El Santo Abad Bernardo entregó su alma a Dios en su Abadía  de Claraval, el 20 de Agosto de 1153, cuando contaba 63 años de edad. No tardó en ser canonizado, en 1174, por el Papa Alejandro III; sería proclamado Doctor de la Iglesia por Pío VIII en 1830.

         El amor que San Bernardo sentía por María Nuestra Señora quedó plasmado en aquellos versos que ya forman parte de la Piedad Tradicional "oh Clemente, oh Piadosa, oh Dulce Virgen María..." además de componer el conocido "Memorare", la súplica de los Esclavos de María.



sábado, 20 de agosto de 2022

SAN BERNARDO DE CLARAVAL

 

              San Bernardo (Bernardo Fontaine) nace aproximadamente en 1090 en el Castillo de Fontaine-lès-Dijon, (Borgoña). Hijo de un Caballero que formaba parte del círculo del Duque de Borgoña, Bernardo nació perteneciendo al estamento nobiliario, al igual que su progenitor, aunque no a sus rangos más altos.

             Era el tercer hijo de los siete que tuvo el matrimonio. Ambos padres, aunque se cuenta que especialmente su madre, pronto advirtieron las extraordinarias cualidades intelectuales de su hijo y, por ese motivo, decidieron eximirlo de continuar la tradición familiar del oficio de las armas y hacer que se encaminara hacia una vida de estudio. Por ello, ingresó en la escuela de canónigos regulares de Châtillon-sur-Seine.





              En el año 1112 o 1113 ingresaría formalmente en la Orden del Císter, fundada bajo la Regla de San Benito, acompañado de varios de sus hermanos y otras personas que siguen su fervoroso ejemplo.

              Tan sólo dos años después de su ingreso en la Orden, en 1115, se fundan dos monasterios bajo los auspicios del Císter. Su fuerte personalidad llevó al Abad Esteban a encargarle la fundación del Monasterio de Claraval (Clairvaux). 

              A partir del año 1119, el Císter inicia su expansión por Francia y otras áreas del continente europeo. A lo largo de su vida veremos como Bernardo combina armónicamente su faceta mística y la participación en la vida pública de la Iglesia, pues, pese a su deseo de llevar una vida de retiro espiritual, constantemente será reclamado como mediador, y su consejo se tornará imprescindible gracias a su sólida y esmerada formación teológica, además de ser el Predicador principal de la Segunda Cruzada.

              Uno de sus monjes, llegaría a ser Papa y reinó con el el nombre de Honorio III. Aprovechando su amistad con San Bernardo, le solicitó al Santo que escribiese un tratado con las obligaciones de los Papas; el Santo Abad escribió varios libros al respecto llamados "De consideratione", obra que fue consultada con posterioridad por muchos Pontífices.

             Murió en su Abadía el 20 de Agosto de 1153, cuando contaba 63 años de edad. Fue canonizado en 1174 por el Papa Alejandro III y proclamado Doctor de la Iglesia por Pío VIII en 1830. Se le llamó el Doctor Melífluo por la dulzura con que llenaba los corazones con sus prédicas.

            El amor que San Bernardo sentía por María Nuestra Señora quedó plasmado en aquellos versos que ya forman parte de la Piedad Tradicional "oh Clemente, oh Piadosa, oh Dulce Virgen María..." además de componer el conocido "Memorare", la súplica de los Esclavos de María.




¡Oh! tú, quien quiera que seas, 
que te sientes lejos de tierra firme, 
arrastrado por las olas de este mundo, 
en medio de las borrascas y tempestades, 
si no quieres zozobrar, 
no quites los ojos de la luz de esta estrella.

Si el viento de las tentaciones se levanta,
si el escollo de las tribulaciones se interpone en tu camino,
mira la estrella, invoca a María.

Si eres balanceado por las agitaciones del orgullo,
de la ambición, de la murmuración, de la envidia,
mira la estrella, invoca a María.

Si la cólera, la avaricia, los deseos impuros
sacuden la frágil embarcación de tu alma,
levanta los ojos hacia María.

Si perturbado por el recuerdo 
de la enormidad de tus crímenes, 
confuso ante las torpezas de tu conciencia,
aterrorizado por el miedo del Juicio,
comienzas a dejarte arrastrar por el torbellino de tristeza,
a despeñarte en el abismo de la desesperación, 
piensa en María.

Si se levantan las tempestades de tus pasiones,
mira a la Estrella, invoca a María.

Si la sensualidad de tus sentidos 
quiere hundir la barca de tu espíritu, 
levanta los ojos de la Fe, mira a la Estrella, 
invoca a María.




Si el recuerdo de tus muchos pecados 
quiere lanzarte al abismo de la desesperación, 
lánzale una mirada 
a la Estrella del Cielo y rézale a la Madre de Dios.

Siguiéndola, no te perderás en el camino. 
Invocándola no te desesperarás.
Y guiado por Ella llegarás al Puerto Celestial.

Que Su Nombre nunca se aparte de tus labios, 
jamás abandone tu corazón; y para alcanzar el socorro 
de Su intercesión, no descuides los ejemplos de Su Vida.
Siguiéndola, no te extraviarás, rezándole, no desesperarás,
pensando en Ella, evitarás todo error.

Si Ella te sustenta, no caerás; si Ella te protege, 
nada tendrás que temer; 
si Ella te conduce, no te cansarás; 
si Ella te es favorable, alcanzarás el fin.

Y así verificarás, por tu propia experiencia,
con cuánta razón fue dicho:
“Y el nombre de la Virgen era María”



viernes, 29 de octubre de 2021

DEVOCIÓN A LA SANTA LLAGA DEL HOMBRO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO




               A varios videntes y Santos se les ha dado la gracia de conocer detalles sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y de ellos tenemos detalles que no aparecen en la Sagrada Escritura.

              San Bernardo de Claraval, en éxtasis, le preguntó a Jesús cuál era su mayor sufrimiento no registrado y la herida que causó el mayor dolor en el Calvario y Nuestro Señor le respondió:

               "Yo tenía una Llaga en Mi hombro, honda de tres dedos, que se me hizo mientras soportaba la Cruz en el Camino de los Dolores, una herida grave que era más dolorosa que los demás y que no es registrada por los hombres. Honra esta Llaga con devoción y te concederé las gracias que pidas a través de su virtud y mérito, y en lo que respecta a todos los que se veneren esta Herida, voy a remitir todos sus pecados veniales y ya no me acordaré de sus pecados mortales y conseguirán Mi Gracia y Misericordia."

              Ana Catalina Emmerich en la Pasión Dolorosa de Nuestro Señor Jesucristo dijo:

              "Había una herida terrible en el hombro que había llevado el peso de la Cruz, y toda la parte superior del cuerpo estaba cubierto de moretones y muchas marcas de los golpes de los azotes."




LA SANTA LLAGA DEL HOMBRO EN EL SUDARIO DE TURÍN


               "Se cree que la persona cuya figura está impresa en la Sábana Santa ha colapsado bajo el peso de la cruz, o del “patíbulo”, como se le conoce en el estudio a la parte horizontal de la cruz. El Hombre de la Sábana Santa explican los académicos, cayó hacia adelante y sufrió un “violento” golpe “mientras caía a tierra. La parálisis del cuello y de los músculos del hombro” fue “causada por un objeto pesado que golpeó la parte posterior del cuello y el hombro, causando el desplazamiento de la cabeza al lado opuesto a la depresión del hombro." (Informe de Vatican Insider)



lunes, 5 de abril de 2021

LOS ÁNGELES CUSTODIOS LUCHAN CON NOSOTROS CONTRA EL DEMONIO


               Es una Verdad de Fe que los Ángeles, todo benditos que son, reciben una misión de Dios ante los hombres; las palabras de Nuestro Señor, la enseñanza de los Doctores y los Santos, la Autoridad de la Iglesia, no nos permiten dudar de esta realidad. 

               Si los demonios, en legiones innumerables, merodean a nuestro alrededor como leones dispuestos a devorarnos, según la palabra de San Pedro, es consolador para nosotros pensar que Dios nos ha dado defensores más numerosos y más poderosos que los demonios.




                A más tardar desde su nacimiento, todo hombre que viene al mundo es confiado a la Custodia de una mente celestial; los paganos, los herejes, los pecadores mismos no están privados de este beneficio de Dios. Incluso es cierto que varios personajes, debido a su situación, como los Reyes, los Pontífices, algunos Sacerdotes, o debido a las vistas especiales de Dios sobre ellos, como muchos Santos, a veces tienen varios Ángeles guardianes. Sin duda, no sólo los individuos, sino las Sociedades y las Instituciones, son confiados especialmente a la Custodia de los Ángeles; la Santa Iglesia, los Reinos, las Provincias, las Diócesis, las Parroquias, las familias, las Órdenes Religiosas, las Comunidades, tienen sus Protectores Angelicales.

                Los Ángeles nos preservan de una multitud de males y peligros, alejan de nosotros las ocasiones del pecado; nos inspiran en pensamientos santos y nos llevan a la virtud, nos sostienen en las tentaciones, nos fortalecen en nuestras debilidades, nos animan en nuestros desánimos, nos consuelan en nuestras aflicciones. Ellos luchan con nosotros contra el demonio y nos protegen contra sus trampas; si caemos, por fragilidad o por malicia, nos levantan por el remordimiento, por los pensamientos de la fe, por el temor a los juicios de Dios, y nos proporcionan varios medios de conversión: llevan nuestras buenas obras y oraciones a Dios, reparan nuestras faltas, interceden por nosotros ante la Divina Misericordia, suspenden la venganza celestial sobre nuestras cabezas; finalmente, nos iluminan y nos apoyan en la enfermedad y en la hora de la muerte, nos presencian el Juicio de Dios, visitan las almas del purgatorio.

               San Bernardo resume nuestra tarea en tres palabras: "Qué respeto, qué amor, qué confianza de nosotros no merecen los Ángeles: respeto a su presencia, amor por su benevolencia, confianza en su protección." Añadimos un cuarto deber, docilidad a su inspiración.


Abad L. Jaud, "Vida de los Santos para todos los días del año", Tours, 1950




miércoles, 11 de noviembre de 2020

NUESTRO PADRE Y SEÑOR SAN JOSÉ, EL AYUDANTE MÁS FIEL DE LA DIVINA PROVIDENCIA




               Sin duda, San José, con quien se casó la Madre del Salvador, debe haber sido un hombre bueno y fiel; siervo útil, que Dios constituyó alivio de su Madre, nutridora de la carne de Dios; San José en la tierra fue el ayudante más fiel de la Divina Providencia; hijo de David, por santidad, Fe y devoción; San José, el cooperador más fiel en la Encarnación, Señor y Maestro de la Sagrada Familia, consolador de María en sus pruebas y tribulaciones. ¡Qué felicidad para él llevar a Jesús, acariciarlo, besarlo!


San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia 


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"Vida de San José" 

por el Padre Francisco de Paula García, SI




jueves, 20 de agosto de 2020

SAN BERNARDO, el Doctor Melífluo


              San Bernardo (Bernardo Fontaine) nace aproximadamente en 1090 en el Castillo de Fontaine-lès-Dijon, (Borgoña). Hijo de un Caballero que formaba parte del círculo del Duque de Borgoña, Bernardo nació perteneciendo al estamento nobiliario, al igual que su progenitor, aunque no a sus rangos más altos.

             Era el tercer hijo de los siete que tuvo el matrimonio. Ambos padres, aunque se cuenta que especialmente su madre, pronto advirtieron las extraordinarias cualidades intelectuales de su hijo y, por ese motivo, decidieron eximirlo de continuar la tradición familiar del oficio de las armas y hacer que se encaminara hacia una vida de estudio. Por ello, ingresó en la escuela de canónigos regulares de Châtillon-sur-Seine.




              En el año 1112 o 1113 ingresaría formalmente en la Orden del Císter, fundada bajo la Regla de San Benito, acompañado de varios de sus hermanos y otras personas que siguen su fervoroso ejemplo.

              Tan sólo dos años después de su ingreso en la Orden, en 1115, se fundan dos monasterios bajo los auspicios del Císter. Su fuerte personalidad llevó al Abad Esteban a encargarle la fundación del Monasterio de Claraval (Clairvaux). 

              A partir del año 1119, el Císter inicia su expansión por Francia y otras áreas del continente europeo. A lo largo de su vida veremos como Bernardo combina armónicamente su faceta mística y la participación en la vida pública de la Iglesia, pues, pese a su deseo de llevar una vida de retiro espiritual, constantemente será reclamado como mediador, y su consejo se tornará imprescindible gracias a su sólida y esmerada formación teológica, además de ser el Predicador principal de la Segunda Cruzada.

              Uno de sus monjes, llegaría a ser Papa y reinó con el el nombre de Honorio III. Aprovechando su amistad con San Bernardo, le solicitó al Santo que escribiese un tratado con las obligaciones de los Papas; el Santo Abad escribió varios libros al respecto llamados "De consideratione", obra que fue consultada con posterioridad por muchos Pontífices.

             Murió en su Abadía el 20 de Agosto de 1153, cuando contaba 63 años de edad. Fue canonizado en 1174 por el Papa Alejandro III y proclamado Doctor de la Iglesia por Pío VIII en 1830. Se le llamó el Doctor Melífluo por la dulzura con que llenaba los corazones con sus prédicas.

            El amor que San Bernardo sentía por María Nuestra Señora quedó plasmado en aquellos versos que ya forman parte de la Piedad Tradicional "oh Clemente, oh Piadosa, oh Dulce Virgen María..." además de componer el conocido "Memorare", la súplica de los Esclavos de María.



¡Oh! tú, quien quiera que seas, 
que te sientes lejos de tierra firme, 
arrastrado por las olas de este mundo, 
en medio de las borrascas y tempestades, 
si no quieres zozobrar, 
no quites los ojos de la luz de esta estrella.

Si el viento de las tentaciones se levanta,
si el escollo de las tribulaciones se interpone en tu camino,
mira la estrella, invoca a María.

Si eres balanceado por las agitaciones del orgullo,
de la ambición, de la murmuración, de la envidia,
mira la estrella, invoca a María.

Si la cólera, la avaricia, los deseos impuros
sacuden la frágil embarcación de tu alma,
levanta los ojos hacia María.

Si perturbado por el recuerdo 
de la enormidad de tus crímenes, 
confuso ante las torpezas de tu conciencia,
aterrorizado por el miedo del Juicio,
comienzas a dejarte arrastrar por el torbellino de tristeza,
a despeñarte en el abismo de la desesperación, 
piensa en María.

Si se levantan las tempestades de tus pasiones,
mira a la Estrella, invoca a María.

Si la sensualidad de tus sentidos 
quiere hundir la barca de tu espíritu, 
levanta los ojos de la Fe, mira a la Estrella, 
invoca a María.




Si el recuerdo de tus muchos pecados 
quiere lanzarte al abismo de la desesperación, 
lánzale una mirada 
a la Estrella del Cielo y rézale a la Madre de Dios.

Siguiéndola, no te perderás en el camino. 
Invocándola no te desesperarás.
Y guiado por Ella llegarás al Puerto Celestial.

Que Su Nombre nunca se aparte de tus labios, 
jamás abandone tu corazón; y para alcanzar el socorro 
de Su intercesión, no descuides los ejemplos de Su Vida.
Siguiéndola, no te extraviarás, rezándole, no desesperarás,
pensando en Ella, evitarás todo error.

Si Ella te sustenta, no caerás; si Ella te protege, 
nada tendrás que temer; 
si Ella te conduce, no te cansarás; 
si Ella te es favorable, alcanzarás el fin.

Y así verificarás, por tu propia experiencia,
con cuánta razón fue dicho:
“Y el nombre de la Virgen era María”