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martes, 10 de febrero de 2026

SANTA ESCOLÁSTICA DE NURSIA



                    Santa Escolástica fue hermana gemela de San Benito Abad, el gran Patriarca de los monjes de Occidente. Escolástica nació hacia el año 480 en la ciudad de Nursia, en Umbría, la región central de la península itálica. Fueron sus padres, Eutropio Anicio, descendiente de la antigua familia senatorial romana de los Anicios y capitán general romano en aquella región; su madre, Abundancia Reguardati, Condesa de Nursia, que falleciera poco después de dar a luz a los gemelos.

                    Escolástica se consagró a Dios desde su más tierna infancia, según lo atestigua San Gregorio Magno en el segundo libro de los Diálogos. A la edad de doce años fue enviada a Roma junto con su hermano para seguir los estudios clásicos, pero ambos quedaron profundamente escandalizados por la vida disoluta que ahí se llevaba. Benito fue el primero en romper con el mundo y retirarse a una ermita. Escolástica quedó así como única heredera del cuantioso patrimonio de la familia. Sin embargo, dejando de lado toda afección por los bienes terrenos, suplicó y obtuvo de su padre autorización para consagrarse a la vida religiosa.

                    Algunos años después siguió al hermano a su retiro, en las escarpadas gargantas de Subiaco, a unos 80 kilómetros al sureste de Roma. Y cuando San Benito fundó la abadía de Monte Cassino, Escolástica quiso acompañarlo, estableciéndose a escasos 7 kilómetros al sur de la abadía. Allí fundó el monasterio de Piumarola, donde junto a otras doncellas puso en práctica la Regla de San Benito, iniciándose así la rama femenina de la Orden Benedictina.

                    “Tal fue el nacimiento y el origen de aquella célebre Orden tan dichosamente extendida, que llegó a contar hasta catorce mil monasterios de vírgenes propagados por todo el Occidente”. (1)

La Obra de San Benito

                    “San Benito invita a servir a Dios no como hasta entonces, «huyendo del mundo» en la soledad o la penitencia itinerante, sino viviendo en una comunidad estable y organizada, y dividiendo rigurosamente su tiempo entre la oración, el trabajo, el estudio y el descanso”. (2)

                    Santa Escolástica fundó una orden de monjas que hoy sería diametralmente opuesta a ciertos postulados de la Teología de la Liberación. Concibió un modelo de religiosas que serían fundamentalmente… religiosas.

                    Ellas no emprenderían directamente obras asistenciales, tales como cuidar de hospitales, cárceles u orfanatos; ni tampoco se dedicarían a la educación de la juventud, ni siquiera darían clases de Catecismo para niños. Esto puede chocar al pragmatismo moderno, tanto más que la Orden nacía en una época intensamente conturbada por las sucesivas invasiones de los pueblos bárbaros, en que su dedicación a obras de caridad parecería tan necesaria. Pero sus monjas realizarían algo mucho mayor que todo ello: rezarían y se sacrificarían.

                    Santa Escolástica y sus benedictinas, con su vida y su ejemplo, dejaron muy en claro que si el apostolado de la rama masculina de su orden logró ser tan fecundo, lo fue porque había una rama femenina que rezaba, que se inmolaba, que contemplaba… De tal forma, el ideal de la contemplación se entrelazó manifiestamente a la fecundidad del apostolado, que produjo la asombrosa conversión de Europa al cristianismo, como señala el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira.

La corona del sufrimiento

                    “Vemos aquí el papel admirable, el papel insustituible, en algún sentido, el papel incomparable de Santa Escolástica. Porque para actuar hay algunos tantos; en cambio, para luchar son menos numerosos; y, para sufrir, ¡cuán pocos son!

El último coloquio de San Benito y su hermana Santa Escolástica

                    No tengo palabras que basten para expresar mi veneración por el apostolado del sufrimiento, de aquellos que aceptan las cruces y hasta las piden, con la eventual aprobación de su director espiritual; aceptan y las piden para sufrir para que el trabajo de otros sea fecundo. Es uno de los temas que más me conmueve y que más me impresiona: el tema de la fecundidad del apostolado del sufrimiento.

                    No hay ser que yo me sienta más propenso a venerar que a uno que sufre intencionalmente para que el otro gane las batallas; que carga sobre sí el infortunio, carga sobre sí la infelicidad y termina siendo un héroe que sólo Dios ve. ¿Todo ello para qué?. Exclusivamente para que el apostolado de otros sea fecundo. Este carácter de la obra de Santa Escolástica merece ser mencionado aquí con una veneración especial”. (3)

                    Una de las recomendaciones de Santa Escolástica a sus hijas espirituales era la de observar rigurosamente la regla del silencio, y de evitar sobre todo la conversación con personas extrañas al monasterio, aunque se tratara de mujeres devotas que fueran a visitarlas. Ella decía: “Callad o hablad de Dios; pues, ¿qué cosa en este mundo es tan digna de tener que hablar?”.



Tormenta milagrosa

                    Durante cinco lustros, los dos hermanos acostumbraron una vez al año reunirse en una pequeña construcción perteneciente a los benedictinos que equidistaba entre ambos monasterios. Benito bajaba en compañía de sus monjes y Escolástica hacía lo propio con algunas de sus monjas. La última conversación que tuvieron en esta tierra es narrada por San Gregorio Magno en su ya citada obra:

                    “Un día fue ella como de costumbre y su venerable hermano descendió a verla acompañado de algunos discípulos. Pasaron todo el día en alabanzas al Señor y en santas conversaciones y cuando anochecía tomaron juntos una refección. Estaban todavía en aquel santo coloquio, sentados a la mesa a una hora ya muy avanzada, cuando la religiosa hermana del Santo le rogó: «Te suplico que no me dejes esta noche, para que podamos hablar hasta el amanecer de las alegrías de la Vida Eterna». Pero él le respondió: «¿Qué dices, hermana? De ningún modo puedo permanecer fuera del monasterio».

                    El cielo estaba tan sereno que ni una nube se divisaba en el firmamento. La santa religiosa, al oír la negativa del hermano, entrelazó sobre la mesa sus manos y apoyó en ellas la cabeza para orar a Dios Todopoderoso. Cuando la levantó, la violencia de los rayos y truenos y el torrente de lluvia eran tales que ni el venerable Benito ni los hermanos que lo habían acompañado podían trasponer siquiera los umbrales del lugar donde estaban a cubierto.

                    Efectivamente, la piadosa mujer, cuando apoyó la cabeza sobre las manos, había derramado en la mesa un torrente de lágrimas que tuvieron como resultado cambiar la serenidad del cielo en copiosa lluvia. Y la inundación fue tan inmediata que en el mismo instante en que levantó la cabeza con el ruido del huracán, el agua comenzaba a caer. Viendo entonces el hombre de Dios que en medio de tantos relámpagos y truenos y con la lluvia torrencial no era posible regresar al monasterio, entristecido comenzó a quejarse: «Que Dios Omnipotente te perdone hermana. ¿Qué hiciste?» Y ella respondió: «Mira, te pedí a ti y no quisiste escucharme; pedí entonces a mi Señor y Él me oyó. Ahora, sal, si puedes. Sal, déjame y vuelve a tu monasterio». Pero él, sin poder salir del lugar, tuvo que permanecer allí contra su voluntad. Y así fue como pasaron toda la noche despiertos, nutriéndose ambos en la mutua conversación y en santos coloquios sobre la vida espiritual”. (4)

                    Suceso extraordinario, que nos proporciona una amplia noción de la virtud y del mérito de Santa Escolástica, determinando que la victoria en aquella piadosa disputa se inclinara por la que tenía un amor de Dios más perfecto y más fuerte.

Vuelo celestial

                    A la mañana siguiente ambos se despidieron y cada uno partió de regreso a su monasterio. Tres días después, estando San Benito en oración, levantó los ojos al cielo y contempló al alma de su hermana que en forma de paloma se había desprendido del cuerpo y penetraba triunfante en las regiones celestiales.

                    Compartiendo con ella la alegría, dio gracias a Dios Omnipotente con alabanzas y cánticos, anunció su muerte a sus monjes y los envió enseguida para que trasladaran el cuerpo al monasterio, donde lo depositaron en la sepultura que él había preparado para sí mismo. Era el 10 de febrero del año 547. Cuarenta días después, el 21 de Marzo, fallecía del mismo modo San Benito, su hermano y confidente, fundadores de las ramas masculina y femenina de la Orden Benedictina, e insignes pilares de la Civilización Cristiana en Europa.  


   Pablo Luis Fandiño


NOTAS

     1) P. Juan Croisset  S.J., Año Cristiano, Gaspar y Roig, Madrid, 1852, t. 1, pp. 228-230.

     2) Domenico Agasso, Santa Scolastica Vergine.

     3) Cf. Plinio Corrêa de Oliveira, Santo del Día, 10 de Febrero de 1965. 

     4) San Gregorio Magno, Papa, Vida y Milagros de San Benito, Editorial Stella Matutina, Buenos Aires, 1999.



miércoles, 20 de agosto de 2025

SAN BERNARDO DE CLARAVAL, Doctor de la Iglesia, Fundador del Císter



                      San Bernardo (Bernardo Fontaine) nace aproximadamente en 1090 en el castillo de Fontaine-lès-Dijon, (Borgoña). Hijo de un caballero que formaba parte del círculo del Duque de Borgoña, Bernardo nació perteneciendo al estamento nobiliario, al igual que su progenitor, aunque no a sus rangos más altos.

                     Era el tercer hijo de los siete que tuvo el matrimonio. Ambos padres, aunque se cuenta que especialmente su madre, pronto advirtieron las extraordinarias cualidades intelectuales de su hijo y, por ese motivo, decidieron eximirlo de continuar la tradición familiar del oficio de las armas y hacer que se encaminara hacia una vida de estudio. Por ello, ingresó en la escuela de canónigos regulares de Châtillon-sur-Seine.

                      En el año 1112 o 1113 ingresaría formalmente en la Orden del Císter, fundada bajo la Regla de San Benito, acompañado de varios de sus hermanos y otras personas que siguen su fervoroso ejemplo.

                      Tan sólo dos años después de su ingreso en la Orden; en 1115, se fundan dos monasterios bajo los auspicios del Císter. Su fuerte personalidad llevó al Abad Esteban a encargarle la fundación del Monasterio de Claraval (Clairvaux). El Obispo de Chalons-sur-Marne, Guillermo de Champeaux quien le ordenó Sacerdote el 15 de Agosto del mismo año y le nombró Abad.

                      A partir del año 1119, el Císter inicia su expansión por Francia y otras áreas del continente europeo. A lo largo de su vida veremos como Bernardo combina armónicamente su faceta mística y la participación en la vida pública de la Iglesia, pues, pese a su deseo de llevar una vida de retiro espiritual, constantemente será reclamado como mediador, y su consejo se tornará imprescindible gracias a su sólida y esmerada formación teológica, además de ser el Predicador principal de la Segunda Cruzada.

                      Uno de sus monjes, llegaría a ser Papa y reinó con el el nombre de Honorio III. Aprovechando su amistad con San Bernardo, le solicitó al Santo que escribiese un tratado con las obligaciones de los Papas; el Santo Abad escribió varios libros al respecto llamados "De consideratione", obra que fue consultada con posterioridad por muchos Pontífices. En 1142 estableció la gran Abadía de Mellifont. En 1148 recibió a su amigo el Arzobispo San Malaquías, que cayó enfermo y falleció en los brazos de San Bernardo.

                     El Santo Abad Bernardo entregó su alma a Dios en su Abadía  de Claraval, el 20 de Agosto de 1153, cuando contaba 63 años de edad. No tardó en ser canonizado, en 1174, por el Papa Alejandro III; sería proclamado Doctor de la Iglesia por Pío VIII en 1830.

                     El amor que San Bernardo sentía por María Nuestra Señora quedó plasmado en aquellos versos que ya forman parte de la Piedad Tradicional "oh Clemente, oh Piadosa, oh Dulce Virgen María..." además de componer el conocido "Memorare", la súplica de los Esclavos de María.


EL DON DE LA MATERNIDAD DIVINA


                    "El único nacimiento digno de Dios era el procedente de la Virgen; asimismo, la dignidad de la Virgen demandaba que quien naciere de Ella no fuere otro que el mismo Dios. Por esto, el Hacedor del hombre, al hacerse hombre, naciendo de la raza humana, tuvo que elegir, mejor dicho, que formar para Sí, entre todas, una madre tal cual Él sabía que había de serle conveniente y agradable.

                    Quiso, pues, nacer de una virgen inmaculada, Él, el inmaculado, que venía a limpiar las máculas de todos.

                    Quiso que Su madre fuese humilde, ya que Él, manso y humilde de corazón, había de dar a todos el ejemplo necesario y saludable de estas virtudes. Y el mismo que ya antes había inspirado a la Virgen el propósito de la virginidad y la había enriquecido con el don de la humildad le otorgó también el don de la Maternidad Divina.



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                    De otro modo, ¿cómo el Ángel hubiese podido saludarla después como llena de gracia, si hubiera habido en Ella algo, por poco que fuese, que no poseyera por gracia?. Así, pues, la que había de concebir y dar a luz al Santo de los Santos recibió el don de la virginidad para que fuese santa en el cuerpo, el don de la humildad para que fuese santa en el espíritu.

                    Así, engalanada con las joyas de estas virtudes, resplandeciente con la doble hermosura de Su Alma y de Su cuerpo, conocida en los Cielos por Su belleza y atractivo, la Virgen regia atrajo sobre Sí las miradas de los que allí habitan, hasta el punto de enamorar al mismo Rey y de hacer venir al Mensajero celestial.

                    Fue enviado el Ángel, dice el Evangelio, a la Virgen. Virgen en Su cuerpo, virgen en Su Alma, virgen por Su decisión, virgen, finalmente, tal cual la describe el Apóstol, santa en el cuerpo y en el alma; no hallada recientemente y por casualidad, sino elegida desde la Eternidad, predestinada y preparada por el Altísimo para Él mismo, guardada por los Ángeles, designada anticipadamente por los Padres antiguos, prometida por los Profetas".


San Bernardo de Claraval
"Homilías sobre las excelencias de la Virgen Madre"


jueves, 21 de marzo de 2024

SAN BENITO DE NURSIA

  

                Según el Calendario Católico Tradicional, conmemoramos hoy a San Benito de Nursia; exponemos esta hermosa biografía del Santo escrita por el Padre Jean Croisset:

               San Benito, tan célebre en todo el Orbe Cristiano, luz del desierto, apóstol del monte Casino, restaurador de la vida monástica en el Occidente, uno de los más ilustres y de los mayores santos de la Iglesia, nació por los años de 480 en las cercanías de Nursia, del ducado de Espoleto. Su nobilísima casa, una de las más distinguidas de Italia, se hacía respetar en toda ella, así por sus enlaces como por su grande riqueza. El padre, que se llamaba Eupropio, se cree que fue de la casa de los Anicios, y su madre, llamada Abundancia, era condesa de Nursia. San Gregorio, que escribió la vida de nuestro Santo, dice que no sin misterio le llamaron Benito, por las grandes bendiciones con que le previno el Señor desde su nacimiento.



               Nada hubo que hacer en inclinarle a la piedad, porque las primeras lecciones que se le dieron hallaron ya un corazón formado para la virtud. Desde luego se descubrió en él un buen ingenio, nobles inclinaciones, un natural tan dócil y tales señales de devoción, que a los siete años de su edad le enviaron sus padres a Roma para que se criase en aquella corte a vista del Papa Félix II, que también se cree haber sido de la misma familia.

               Hizo asombrosos progresos en las ciencias humanas por espacio de siete años que se dedicó a ellas; pero fueron mucho más asombrosos los que hizo en la ciencia de la salvación. Ya desde entonces se miraba como especie de prodigio su frecuente oración, su inclinación al retiro, su circunspección y las penitencias que hacía en una edad que sólo toma gusto a las diversiones y a los entretenimientos.

               Pero sobre todo sobresalía en Benito la tierna devoción que profesaba a la Madre de Dios. Venérase todavía en el oratorio de San Benito de Roma la imagen de la Santísima Virgen, en cuya presencia pasaba muchas horas en oración todos los días; y asegura el Beato Alano que delante de ella recibió del Cielo extraordinarios favores.

            Habiendo observado las licenciosas costumbres de los jóvenes de su edad y de su esfera, y conociendo los grandes peligros a que estaba expuesta su salvación quedándose en el mundo, resolvió buscar seguro asilo a su inocencia en el retiro del desierto, y, lleno del espíritu de Dios que le guiaba, salió de Roma, siendo de solo quince años; llegó cerca de una aldea llamada Afilo, donde, habiendo hecho un milagro con el ama que le había criado y no había querido apartarse de él, halló medio para escaparse secretamente de ella, y por sendas descaminadas se fue á esconder en el desierto de Subiaco, a quince leguas de Roma.

            Todo conspira á inspirar horror en aquella soledad: los peñascos escarpados, cuyas puntas se escondían á la vista; los precipicios espantosos, y un terreno seco, estéril é infecundo; pero el animoso Benito halló en ella dulces atractivos. Habiéndole encontrado cierto monje llamado Romano, le preguntó qué buscaba por aquellos desiertos, y respondióle Benito que un sitio donde sepultarse en vida para no pensar más que en Dios; admirado Romano, le enseñó cierta gruta abierta en una roca, parecida á una sepultura. En ella se enterró Benito, y Romano le trajo de su monasterio un hábito de monje, cuidando también de traerle algunos mendrugos de pan una vez á la semana.

            No se pueden comprender las excesivas penitencias que hizo aquel esforzado joven, héroe de la religión cristiana, desde los primeros pasos de su penosa carrera. Su ayuno era continuo, su oración casi perpetua, y como si no bastase para mortificación de aquel cuerpecito tierno y delicado no tener más cama que la dura peña, ni apenas otro alimento que insípidas y agrestes raíces, se echó á cuestas un áspero cilicio, de que no se desnudó en toda la vida.

               Estremecióse el Infierno al ver tantas virtudes en el joven solitario, y desde luego comenzó el enemigo común a valerse de todo género de artificios para desalentarle. Dio principio a la batalla haciendo pedazos una campanilla pendiente de una cuerda larga, con que Romano prevenía a Benito para que acudiese a recoger los mendrugos de pan que le descolgaba; pero la caridad, que es ingeniosa, halló arbitrio para continuar en su ejercicio. A esto se siguieron ruidos, fantasmas y otras cien estratagemas, que, habiéndolos experimentado igualmente inútiles, acudió por último recurso a la tentación más vehemente, y también más peligrosa.

               Burlábase Benito, lleno de confianza en Jesucristo, de todos los vanos esfuerzos del demonio, cuando la memoria ó la imagen de una doncella que había visto en Roma se le imprimió tan vivamente en la imaginación, le inquietó tanto y le apuró con tal vehemencia, que para librarse de ella se desnudó el santo joven con animoso denuedo, y, corriendo a arrojarse entre una espinosa zarza, en ella se revolcó hasta que el extremo dolor que sentía mitigó del todo los ímpetus del deleite con que el tentador había querido derribarle. Quedó para siempre vencido y avergonzado el espíritu impuro, y premió el Cielo la generosa fidelidad de su siervo concediéndole el singular privilegio de que no volviese a experimentar en adelante semejantes tentaciones.

               Hacía tres años que Benito vivía en el desierto, más como ángel que como hombre, cuando quiso el Señor darle a conocer al mundo. A legua y media de su gruta o de su cisterna habitaba un santo clérigo que en la víspera de Pascua había hecho disponer comida algo más abundante para el día siguiente, en honor de tanta festividad. Aquella noche se le apareció el Señor en sueños, y le dijo que al otro día buscase a su siervo en el desierto y le llevase de comer; hízolo así el buen sacerdote, y quedó atónito cuando se halló con un mancebo tan delicado y vio la espantosa penitencia que hacía; y sin poderse contener, publicó lo que había visto; siendo ésta la ocasión de que comenzase la fama de Benito a divulgarse y hacer ruido en el mundo.

               Murió por este tiempo el abad del monasterio de Vicovarre, entre Subiaco y Tívoli; y habiendo nombrado los monjes a Benito por superior suyo, aunque se resistió cuanto pudo, alegando muchas razones, no fue oído y le obligaron a encargarse del gobierno del monasterio. Pero apenas comenzó el santo abad a querer enderezarlos por el camino estrecho de su profesión, cuando se arrepintieron de la elección que habían hecho, negáronle la obediencia y aun intentaron quitarle la vida con veneno que le echaron en la bebida; mas, al tiempo de sentarse el Santo a la mesa, echó la bendición como acostumbraba, y al punto se hizo pedazos el vaso que contenía el veneno.

               Conociendo Benito la perversa intención de aquellos monjes, y pidiendo á Dios los perdonase, renunció la abadía y se volvió a retirar a su amada soledad, aunque no estuvo solo mucho tiempo; porque á la fama de su rara santidad, concurrió de todas partes tan prodigioso número de gente con deseo de entregarse a su dirección y gobierno, que sólo en el desierto de Sublago fundó doce monasterios, dándoles la regla que acababa de componer, dictada, digámoslo así, por el Espíritu Santo.

               Creciendo cada día la reputación de su virtud, venían a verle y a consultarle los más autorizados senadores de Roma, entre los cuales Tertulo trajo consigo a su hijo primogénito Plácido, de edad de siete años, y Equicio á Mauro, que tenía doce, rogando a Benito que se encargase de educarlos. Aplicóse a ello con tanto cuidado, que en poco tiempo, de aquellos dos queridos discípulos suyos, hizo dos grandes santos, habiendo Plácido derramado su sangre por Jesucristo, y siendo Mauro como el segundo fundador de la religión benedictina en el reino de Francia.

               No hay virtud sin persecución. Gobernaba la parroquia inmediata al desierto de Subiaco un mal sacerdote llamado Florencio, que, no pudiendo sufrir tan heroicos ejemplos de virtud, como muda reprensión de los desórdenes secretos de su estragada vida, no contento con desacreditar cuanto podía el nuevo instituto, ni con perseguir al padre y a los hijos, intentó con diabólicos artificios armar infames lazos a la pureza de los monjes. Juzgó el Santo que dictaba la prudencia ceder a la tempestad; y desamparando el desierto de Subiaco se fue al Monte Casino, donde el Cielo le tenía prevenida una mies más abundante y donde, a título de fundador de una orden religiosa tan célebre entre todas las que ilustran a la Iglesia del Señor, había de añadir el de apóstol.

              Habíanse como atrincherado entre las inaccesibles montañas del Casino algunas miserables reliquias de paganismo, adorando impune y públicamente al dios Apolo, en cuyo honor se conservaba un templo y algunos bosques sagrados a vista de la misma Roma cristiana. Encendido Benito de aquel espíritu que anima y forma los héroes del Evangelio, ataca a la idolatría en sus mismas trincheras, derriba el templo, hace pedazos el ídolo, abrasa los bosques consagrados a las mentidas deidades, levanta sobre las mismas ruinas del templo y del altar dos capillas, una en honra de San Juan Bautista y otra en la de San Martín, y en pocos días convierte a la fe a todos aquellos pueblos.

               Armóse, dice San Gregorio, todo el Infierno junto para detener las rápidas conquistas de nuestro Santo. Espectros horribles, aullidos espantosos, terremotos, amenazas, incendio, granizo, piedra, de todo se valió el enemigo de la salvación; pero de todo inútilmente. Sobre la eminencia de aquella montaña fundó Benito el famoso monasterio de Monte Casino, venerado siempre como solar y centro de aquella célebre religión que brilla tanto en la Iglesia de Dios más ha de mil doscientos años, habiendo dado a los altares más de tres mil santos, a las diócesis un número casi infinito de insignes prelados, al Sacro Colegio más de doscientos cardenales, a la Silla Apostólica cuarenta Sumos Pontífices, donde hasta el día de hoy se admiran y se veneran en las célebres Congregaciones de Cluni, de Monte Casino, de San Mauro, de San Vanes, de San Columbano (sin que a ninguno ceda la de España e Inglaterra), tan grandes ejemplos de virtud y escritores tan hábiles y tan sobresalientes en todo género de letras.




               Aún no se había acabado el nuevo monasterio, cuando fue menester levantar otros muchos, siendo éste el tiempo en que San Benito, compuso, ó a lo menos perfeccionó aquella Santa Regla, cuya prudencia, sabiduría y perfección alaba tanto San Gregorio, habiendo merecido no sólo la aprobación, sino el respeto de toda la Iglesia.

               Movida Santa Escolástica, hermana de San Benito, así de los grandes ejemplos de virtud como de las maravillas que obraba el Señor por medio de su santo hermano, determinó dejar el mundo; y encerrándose con otras doncellas en un monasterio distante algunas leguas de Monte Casino, fue también, con la dirección de nuestro Santo, fundadora de la vida monacal en el Occidente, respecto de las mujeres.

               No es fácil referir todo lo que hizo Benito los trece ó catorce años que vivió en Monte Casino, ni todos los prodigios que se dignó Dios obrar por su ministerio. No sólo poseía el don de milagros, sino que lo comunicaba a sus monjes, como lo experimentó Mauro, que se metió por una laguna, sin hundirse en ella, a sacar a San Plácido por orden de su maestro.

               De todas partes concurrían tropas de gente a venerarle. Y deseando Totila, rey de los godos en Italia, conocer a un hombre de quien publicaba la fama tantas maravillas, vino a verle; pero al mismo tiempo, para probar si estaba dotado del don de profecía que tanto se celebraba, mandó a un caballerizo suyo que se vistiese de los adornos reales y de todas las insignias de la majestad; mas luego que Benito le vio con aquel equipaje, le dijo con dulzura: Deja, hijo mío, esas insignias que no te convienen, y no te finjas el que no eres. Asombrado Totila de la maravilla, corrió a arrojarse a los pies del Santo, a los que estuvo postrado hasta que Benito le levantó; y habiéndole reprendido respetuosamente los horribles estragos que había hecho en Italia, le pronosticó cuanto le había de suceder por espacio de nueve años, exhortándole á convertirse, y diciéndole que al décimo iría a dar cuenta a Dios de toda su vida. Verificó el suceso toda la profecía del Santo, y, procediendo Totila en adelante con mayor moderación y humanidad, no cesaba de publicar la virtud del Siervo de Dios.

               Siendo San Benito la admiración de todo el mundo, y respetándole los sumos pontífices, los emperadores y los reyes como el asombro de su siglo, vivía en el monasterio como si fuera el último de los monjes. Sólo se valía de su autoridad para ejercitarse en los oficios más humildes, y para exceder en mucho la austeridad de la regla. No obstante que el Señor parece había puesto debajo de su dominio á todo el Infierno, y que la misma muerte le obedecía, era, con todo eso, humildísimo, teniéndose por el más mínimo de todos los monjes, y acreditando con su proceder que así lo creía. Pronosticó el día de su muerte, y se dispuso para ella con nuevo fervor y ejercicios de penitencia. Seis días antes mandó abrir la sepultura; y, en fin, el sábado antes de la Dominica de Pasión, a los 21 de Marzo del año 543, siendo de solos sesenta y tres años no cumplidos, pero consumido de los trabajos y mortificaciones; lleno de méritos, y logrando el consuelo de ver extendida su orden religiosa en Sicilia por San Plácido, en Francia por San Mauro, y en España, Portugal, Alemania y hasta en el mismo Oriente por otros discípulos suyos, rindió tranquilamente el espíritu en manos de su Criador, en la misma iglesia de Monte Casino, donde se había hecho conducir para recibir el Santo Viático.

               En el mismo punto que expiró, dos monjes que vivían en dos monasterios muy distantes vieron un camino muy resplandeciente que daba principio en Monte Casino y terminaba en el Cielo, y al mismo tiempo oyeron una voz que decía: Este es el camino por donde Benito, Siervo amado de Dios, subió a la Gloria. El cuerpo del Santo estuvo por algunos días expuesto a la veneración de sus hijos y de todo el pueblo, y después fue enterrado en la sepultura que él mismo había mandado abrir, donde se conservó hasta el año 580, en que fue destruido el Monasterio de Monte Casino por los lombardos, como lo había profetizado el mismo Santo, quedando sepultadas entre sus ruinas aquellas preciosas reliquias. Dícese que el año 660, habiendo pasado a visitar el Monte Casino San Algulfo por orden de San Momol, segundo Abad del Monasterio de Fleuri, llamado hoy San Benito sobre el Loyva, tuvo la dicha de desenterrar aquel tesoro, y, trayéndole a Francia, le colocó en su Monasterio, donde se tiene con singular veneración, honrando el Señor las sagradas reliquias con los innumerables milagros que hace cada día.




La Medalla de San Benito
es una auténtica confesión de Fe 
y de Amor a Cristo, 
y una renuncia al diablo


               Las investigaciones históricas sobre el origen de la Cruz-Medalla de San Benito han determinado que su difusión comenzó probablemente en la región de Baviera hacia el año 1647. En esa época, durante el proceso judicial seguido a unas hechiceras, éstas declararon que no habían podido dañar a la cercana Abadía de Metten, porque estaba protegida por el signo de la Santa Cruz. En dicho monasterio se hallaron pinturas con representaciones de la Cruz junto con las iniciales que acompañan hoy a la Medalla. Pero las misteriosas letras no pudieron ser interpretadas hasta que en un manuscrito de la biblioteca se encontró la imagen de San Benito y la oración compuesta por las iniciales. En realidad, un manuscrito anterior (siglo XIV), que aún se conserva, procedente de Austria, parece haber sido el origen de la imagen y de la oración. En el siglo XVII un importante autor la tuvo por supersticiosa, debido justamente a los enigmáticos caracteres que acompañan a la imagen. Pero, en el año 1742 el Papa Benedicto XIV decidió aprobar el uso de la Cruz-Medalla de San Benito, y mandó que la oración usada para bendecirla se incorporase al Ritual Romano.

EL DISEÑO DE LA MEDALLA

               En el siglo XIX se dió un renovado fervor por la Medalla de San Benito. En los trabajos escritos de Dom Prosper Guéranger, abad de Solesmes, y de Dom Zelli Iacobuzzi, de la Abadía de San Pablo Extramuros (Roma), se estudia detenidamente el origen y la historia de la Medalla. Desde este último monasterio, convertido en verdadero foco de irradiación benedictina en aquella época, se difundió también la devoción a la Medalla. La representación más popular de la misma es la llamada "Medalla del Jubileo", diseñada en la Abadía de Beuron (Alemania), y acuñada especialmente para el Jubileo Benedictino del año 1880, conmemoración del XIV Centenario del Nacimiento de San Benito. Los Abades benedictinos de todo el mundo se reunieron para aquella ocasión en la Abadía de Montecasino, y desde allí la Medalla se diseminó por todo el mundo.

INDULGENCIAS DE LA MEDALLA

               El 12 de Marzo de 1742 el Papa Benedicto XIV otorgó indulgencia plenaria a la Medalla de San Benito si la persona se confiesa, recibe la Eucaristía, ora por el Santo Padre en las grandes fiestas y durante esa semana reza el santo rosario, visita a los enfermos, ayuda a los pobres, enseña la Fe o participa en la Santa Misa.  Las grandes fiestas son Navidad, Epifanía, Pascua de Resurrección, Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, Corpus Christi, La Asunción, La Inmaculada Concepción, el nacimiento de María, todos los Santos y fiesta de San Benito. 

               Número de indulgencias parciales: 1) 200 días de indulgencia, si uno visita una semana a los enfermos o visita la Iglesia o enseña a los niños la Fe. 2) 7 años de indulgencia , si uno celebra la Santa Misa o esta presente, y ora por el bienestar de los cristianos, o reza por sus gobernantes. 3) 7 años si uno acompaña a los enfermos en el día de todos los Santos. 4) 100 días si uno hace una oración antes de la Santa Misa o antes de recibir la sagrada Comunión. 5) Cualquiera que por cuenta propia por su consejo o ejemplo convierta a un pecador, obtiene la remisión de la tercera parte de sus pecados. 6) Cualquiera que el Jueves Santo o el día de Resurrección, después de una buena confesión y de recibir la Eucaristía, rece por la exaltación de la Iglesia, por las necesidades del Santo Padre, ganará las indulgencias que necesita. 7) Cualquiera que rece por la exaltación de la Orden Benedictina, recibirá una porción de todas la buenas obras que realiza esta Orden.

               Quienes lleven la Medalla de San Benito a la hora de la muerte serán protegidos siempre que se encomienden al Padre, se confiesen y reciban la comunión o al menos invoquen el nombre de Jesús con profundo arrepentimiento.

¿DÓNDE LLEVARLA?

              La Medalla de San Benito se puede llevar colgando del cuello por una cadena, sujeta a la ropa interior, prendida en el Rosario. También es recomendable colocarla en el interior de las puertas, de manera que al salir, nos encomendemos con el corazón a la intercesión de San Benito. Se puede colocar también a mascotas o animales domésticos. ES NECESARIO que esté bendecida por un Sacerdote y según el Ritual Romano. 



lunes, 21 de marzo de 2022

SAN BENITO DE NURSIA, Padre del Monacato

 

                Según el Calendario Católico Tradicional, conmemoramos hoy a San Benito de Nursia; exponemos esta hermosa del Santo escrita por el Padre Jean Croisset:

               San Benito, tan célebre en todo el Orbe Cristiano, luz del desierto, apóstol del monte Casino, restaurador de la vida monástica en el Occidente, uno de los más ilustres y de los mayores santos de la Iglesia, nació por los años de 480 en las cercanías de Nursia, del ducado de Espoleto. Su nobilísima casa, una de las más distinguidas de Italia, se hacía respetar en toda ella, así por sus enlaces como por su grande riqueza. El padre, que se llamaba Eupropio, se cree que fue de la casa de los Anicios, y su madre, llamada Abundancia, era condesa de Nursia. San Gregorio, que escribió la vida de nuestro Santo, dice que no sin misterio le llamaron Benito, por las grandes bendiciones con que le previno el Señor desde su nacimiento.




               Nada hubo que hacer en inclinarle a la piedad, porque las primeras lecciones que se le dieron hallaron ya un corazón formado para la virtud. Desde luego se descubrió en él un buen ingenio, nobles inclinaciones, un natural tan dócil y tales señales de devoción, que a los siete años de su edad le enviaron sus padres a Roma para que se criase en aquella corte a vista del Papa Félix II, que también se cree haber sido de la misma familia.

               Hizo asombrosos progresos en las ciencias humanas por espacio de siete años que se dedicó a ellas; pero fueron mucho más asombrosos los que hizo en la ciencia de la salvación. Ya desde entonces se miraba como especie de prodigio su frecuente oración, su inclinación al retiro, su circunspección y las penitencias que hacía en una edad que sólo toma gusto a las diversiones y a los entretenimientos.

               Pero sobre todo sobresalía en Benito la tierna devoción que profesaba a la Madre de Dios. Venérase todavía en el oratorio de San Benito de Roma la imagen de la Santísima Virgen, en cuya presencia pasaba muchas horas en oración todos los días; y asegura el Beato Alano que delante de ella recibió del Cielo extraordinarios favores.

            Habiendo observado las licenciosas costumbres de los jóvenes de su edad y de su esfera, y conociendo los grandes peligros a que estaba expuesta su salvación quedándose en el mundo, resolvió buscar seguro asilo a su inocencia en el retiro del desierto, y, lleno del espíritu de Dios que le guiaba, salió de Roma, siendo de solo quince años; llegó cerca de una aldea llamada Afilo, donde, habiendo hecho un milagro con el ama que le había criado y no había querido apartarse de él, halló medio para escaparse secretamente de ella, y por sendas descaminadas se fue á esconder en el desierto de Subiaco, a quince leguas de Roma.

            Todo conspira á inspirar horror en aquella soledad: los peñascos escarpados, cuyas puntas se escondían á la vista; los precipicios espantosos, y un terreno seco, estéril é infecundo; pero el animoso Benito halló en ella dulces atractivos. Habiéndole encontrado cierto monje llamado Romano, le preguntó qué buscaba por aquellos desiertos, y respondióle Benito que un sitio donde sepultarse en vida para no pensar más que en Dios; admirado Romano, le enseñó cierta gruta abierta en una roca, parecida á una sepultura. En ella se enterró Benito, y Romano le trajo de su monasterio un hábito de monje, cuidando también de traerle algunos mendrugos de pan una vez á la semana.

            No se pueden comprender las excesivas penitencias que hizo aquel esforzado joven, héroe de la religión cristiana, desde los primeros pasos de su penosa carrera. Su ayuno era continuo, su oración casi perpetua, y como si no bastase para mortificación de aquel cuerpecito tierno y delicado no tener más cama que la dura peña, ni apenas otro alimento que insípidas y agrestes raíces, se echó á cuestas un áspero cilicio, de que no se desnudó en toda la vida.

               Estremecióse el Infierno al ver tantas virtudes en el joven solitario, y desde luego comenzó el enemigo común a valerse de todo género de artificios para desalentarle. Dio principio a la batalla haciendo pedazos una campanilla pendiente de una cuerda larga, con que Romano prevenía a Benito para que acudiese a recoger los mendrugos de pan que le descolgaba; pero la caridad, que es ingeniosa, halló arbitrio para continuar en su ejercicio. A esto se siguieron ruidos, fantasmas y otras cien estratagemas, que, habiéndolos experimentado igualmente inútiles, acudió por último recurso a la tentación más vehemente, y también más peligrosa.

               Burlábase Benito, lleno de confianza en Jesucristo, de todos los vanos esfuerzos del demonio, cuando la memoria ó la imagen de una doncella que había visto en Roma se le imprimió tan vivamente en la imaginación, le inquietó tanto y le apuró con tal vehemencia, que para librarse de ella se desnudó el santo joven con animoso denuedo, y, corriendo a arrojarse entre una espinosa zarza, en ella se revolcó hasta que el extremo dolor que sentía mitigó del todo los ímpetus del deleite con que el tentador había querido derribarle. Quedó para siempre vencido y avergonzado el espíritu impuro, y premió el Cielo la generosa fidelidad de su siervo concediéndole el singular privilegio de que no volviese a experimentar en adelante semejantes tentaciones.

               Hacía tres años que Benito vivía en el desierto, más como ángel que como hombre, cuando quiso el Señor darle a conocer al mundo. A legua y media de su gruta o de su cisterna habitaba un santo clérigo que en la víspera de Pascua había hecho disponer comida algo más abundante para el día siguiente, en honor de tanta festividad. Aquella noche se le apareció el Señor en sueños, y le dijo que al otro día buscase a su siervo en el desierto y le llevase de comer; hízolo así el buen sacerdote, y quedó atónito cuando se halló con un mancebo tan delicado y vio la espantosa penitencia que hacía; y sin poderse contener, publicó lo que había visto; siendo ésta la ocasión de que comenzase la fama de Benito a divulgarse y hacer ruido en el mundo.

               Murió por este tiempo el abad del monasterio de Vicovarre, entre Subiaco y Tívoli; y habiendo nombrado los monjes a Benito por superior suyo, aunque se resistió cuanto pudo, alegando muchas razones, no fue oído y le obligaron a encargarse del gobierno del monasterio. Pero apenas comenzó el santo abad a querer enderezarlos por el camino estrecho de su profesión, cuando se arrepintieron de la elección que habían hecho, negáronle la obediencia y aun intentaron quitarle la vida con veneno que le echaron en la bebida; mas, al tiempo de sentarse el Santo a la mesa, echó la bendición como acostumbraba, y al punto se hizo pedazos el vaso que contenía el veneno.

               Conociendo Benito la perversa intención de aquellos monjes, y pidiendo á Dios los perdonase, renunció la abadía y se volvió a retirar a su amada soledad, aunque no estuvo solo mucho tiempo; porque á la fama de su rara santidad, concurrió de todas partes tan prodigioso número de gente con deseo de entregarse a su dirección y gobierno, que sólo en el desierto de Sublago fundó doce monasterios, dándoles la regla que acababa de componer, dictada, digámoslo así, por el Espíritu Santo.

               Creciendo cada día la reputación de su virtud, venían a verle y a consultarle los más autorizados senadores de Roma, entre los cuales Tertulo trajo consigo a su hijo primogénito Plácido, de edad de siete años, y Equicio á Mauro, que tenía doce, rogando a Benito que se encargase de educarlos. Aplicóse a ello con tanto cuidado, que en poco tiempo, de aquellos dos queridos discípulos suyos, hizo dos grandes santos, habiendo Plácido derramado su sangre por Jesucristo, y siendo Mauro como el segundo fundador de la religión benedictina en el reino de Francia.

               No hay virtud sin persecución. Gobernaba la parroquia inmediata al desierto de Subiaco un mal sacerdote llamado Florencio, que, no pudiendo sufrir tan heroicos ejemplos de virtud, como muda reprensión de los desórdenes secretos de su estragada vida, no contento con desacreditar cuanto podía el nuevo instituto, ni con perseguir al padre y a los hijos, intentó con diabólicos artificios armar infames lazos a la pureza de los monjes. Juzgó el Santo que dictaba la prudencia ceder a la tempestad; y desamparando el desierto de Subiaco se fue al Monte Casino, donde el Cielo le tenía prevenida una mies más abundante y donde, a título de fundador de una orden religiosa tan célebre entre todas las que ilustran a la Iglesia del Señor, había de añadir el de apóstol.

              Habíanse como atrincherado entre las inaccesibles montañas del Casino algunas miserables reliquias de paganismo, adorando impune y públicamente al dios Apolo, en cuyo honor se conservaba un templo y algunos bosques sagrados a vista de la misma Roma cristiana. Encendido Benito de aquel espíritu que anima y forma los héroes del Evangelio, ataca a la idolatría en sus mismas trincheras, derriba el templo, hace pedazos el ídolo, abrasa los bosques consagrados a las mentidas deidades, levanta sobre las mismas ruinas del templo y del altar dos capillas, una en honra de San Juan Bautista y otra en la de San Martín, y en pocos días convierte a la fe a todos aquellos pueblos.

               Armóse, dice San Gregorio, todo el Infierno junto para detener las rápidas conquistas de nuestro Santo. Espectros horribles, aullidos espantosos, terremotos, amenazas, incendio, granizo, piedra, de todo se valió el enemigo de la salvación; pero de todo inútilmente. Sobre la eminencia de aquella montaña fundó Benito el famoso monasterio de Monte Casino, venerado siempre como solar y centro de aquella célebre religión que brilla tanto en la Iglesia de Dios más ha de mil doscientos años, habiendo dado a los altares más de tres mil santos, a las diócesis un número casi infinito de insignes prelados, al Sacro Colegio más de doscientos cardenales, a la Silla Apostólica cuarenta Sumos Pontífices, donde hasta el día de hoy se admiran y se veneran en las célebres Congregaciones de Cluni, de Monte Casino, de San Mauro, de San Vanes, de San Columbano (sin que a ninguno ceda la de España e Inglaterra), tan grandes ejemplos de virtud y escritores tan hábiles y tan sobresalientes en todo género de letras.




               Aún no se había acabado el nuevo monasterio, cuando fue menester levantar otros muchos, siendo éste el tiempo en que San Benito, compuso, ó a lo menos perfeccionó aquella Santa Regla, cuya prudencia, sabiduría y perfección alaba tanto San Gregorio, habiendo merecido no sólo la aprobación, sino el respeto de toda la Iglesia.

               Movida Santa Escolástica, hermana de San Benito, así de los grandes ejemplos de virtud como de las maravillas que obraba el Señor por medio de su santo hermano, determinó dejar el mundo; y encerrándose con otras doncellas en un monasterio distante algunas leguas de Monte Casino, fue también, con la dirección de nuestro Santo, fundadora de la vida monacal en el Occidente, respecto de las mujeres.

               No es fácil referir todo lo que hizo Benito los trece ó catorce años que vivió en Monte Casino, ni todos los prodigios que se dignó Dios obrar por su ministerio. No sólo poseía el don de milagros, sino que lo comunicaba a sus monjes, como lo experimentó Mauro, que se metió por una laguna, sin hundirse en ella, a sacar a San Plácido por orden de su maestro.

               De todas partes concurrían tropas de gente a venerarle. Y deseando Totila, rey de los godos en Italia, conocer a un hombre de quien publicaba la fama tantas maravillas, vino a verle; pero al mismo tiempo, para probar si estaba dotado del don de profecía que tanto se celebraba, mandó a un caballerizo suyo que se vistiese de los adornos reales y de todas las insignias de la majestad; mas luego que Benito le vio con aquel equipaje, le dijo con dulzura: Deja, hijo mío, esas insignias que no te convienen, y no te finjas el que no eres. Asombrado Totila de la maravilla, corrió a arrojarse a los pies del Santo, a los que estuvo postrado hasta que Benito le levantó; y habiéndole reprendido respetuosamente los horribles estragos que había hecho en Italia, le pronosticó cuanto le había de suceder por espacio de nueve años, exhortándole á convertirse, y diciéndole que al décimo iría a dar cuenta a Dios de toda su vida. Verificó el suceso toda la profecía del Santo, y, procediendo Totila en adelante con mayor moderación y humanidad, no cesaba de publicar la virtud del Siervo de Dios.

               Siendo San Benito la admiración de todo el mundo, y respetándole los sumos pontífices, los emperadores y los reyes como el asombro de su siglo, vivía en el monasterio como si fuera el último de los monjes. Sólo se valía de su autoridad para ejercitarse en los oficios más humildes, y para exceder en mucho la austeridad de la regla. No obstante que el Señor parece había puesto debajo de su dominio á todo el Infierno, y que la misma muerte le obedecía, era, con todo eso, humildísimo, teniéndose por el más mínimo de todos los monjes, y acreditando con su proceder que así lo creía. Pronosticó el día de su muerte, y se dispuso para ella con nuevo fervor y ejercicios de penitencia. Seis días antes mandó abrir la sepultura; y, en fin, el sábado antes de la Dominica de Pasión, a los 21 de Marzo del año 543, siendo de solos sesenta y tres años no cumplidos, pero consumido de los trabajos y mortificaciones; lleno de méritos, y logrando el consuelo de ver extendida su orden religiosa en Sicilia por San Plácido, en Francia por San Mauro, y en España, Portugal, Alemania y hasta en el mismo Oriente por otros discípulos suyos, rindió tranquilamente el espíritu en manos de su Criador, en la misma iglesia de Monte Casino, donde se había hecho conducir para recibir el Santo Viático.

               En el mismo punto que expiró, dos monjes que vivían en dos monasterios muy distantes vieron un camino muy resplandeciente que daba principio en Monte Casino y terminaba en el Cielo, y al mismo tiempo oyeron una voz que decía: Este es el camino por donde Benito, Siervo amado de Dios, subió a la Gloria. El cuerpo del Santo estuvo por algunos días expuesto a la veneración de sus hijos y de todo el pueblo, y después fue enterrado en la sepultura que él mismo había mandado abrir, donde se conservó hasta el año 580, en que fue destruido el Monasterio de Monte Casino por los lombardos, como lo había profetizado el mismo Santo, quedando sepultadas entre sus ruinas aquellas preciosas reliquias. Dícese que el año 660, habiendo pasado a visitar el Monte Casino San Algulfo por orden de San Momol, segundo Abad del Monasterio de Fleuri, llamado hoy San Benito sobre el Loyva, tuvo la dicha de desenterrar aquel tesoro, y, trayéndole a Francia, le colocó en su Monasterio, donde se tiene con singular veneración, honrando el Señor las sagradas reliquias con los innumerables milagros que hace cada día.




La Medalla de San Benito
es una auténtica confesión de Fe 
y de Amor a Cristo, 
y una renuncia al diablo


               Las investigaciones históricas sobre el origen de la Cruz-Medalla de San Benito han determinado que su difusión comenzó probablemente en la región de Baviera hacia el año 1647. En esa época, durante el proceso judicial seguido a unas hechiceras, éstas declararon que no habían podido dañar a la cercana Abadía de Metten, porque estaba protegida por el signo de la Santa Cruz. En dicho monasterio se hallaron pinturas con representaciones de la Cruz junto con las iniciales que acompañan hoy a la Medalla. Pero las misteriosas letras no pudieron ser interpretadas hasta que en un manuscrito de la biblioteca se encontró la imagen de San Benito y la oración compuesta por las iniciales. En realidad, un manuscrito anterior (siglo XIV), que aún se conserva, procedente de Austria, parece haber sido el origen de la imagen y de la oración. En el siglo XVII un importante autor la tuvo por supersticiosa, debido justamente a los enigmáticos caracteres que acompañan a la imagen. Pero, en el año 1742 el Papa Benedicto XIV decidió aprobar el uso de la Cruz-Medalla de San Benito, y mandó que la oración usada para bendecirla se incorporase al Ritual Romano.

EL DISEÑO DE LA MEDALLA

               En el siglo XIX se dió un renovado fervor por la Medalla de San Benito. En los trabajos escritos de Dom Prosper Guéranger, abad de Solesmes, y de Dom Zelli Iacobuzzi, de la Abadía de San Pablo Extramuros (Roma), se estudia detenidamente el origen y la historia de la Medalla. Desde este último monasterio, convertido en verdadero foco de irradiación benedictina en aquella época, se difundió también la devoción a la Medalla. La representación más popular de la misma es la llamada "Medalla del Jubileo", diseñada en la Abadía de Beuron (Alemania), y acuñada especialmente para el Jubileo Benedictino del año 1880, conmemoración del XIV Centenario del Nacimiento de San Benito. Los Abades benedictinos de todo el mundo se reunieron para aquella ocasión en la Abadía de Montecasino, y desde allí la Medalla se diseminó por todo el mundo.

INDULGENCIAS DE LA MEDALLA

               El 12 de Marzo de 1742 el Papa Benedicto XIV otorgó indulgencia plenaria a la Medalla de San Benito si la persona se confiesa, recibe la Eucaristía, ora por el Santo Padre en las grandes fiestas y durante esa semana reza el santo rosario, visita a los enfermos, ayuda a los pobres, enseña la Fe o participa en la Santa Misa.  Las grandes fiestas son Navidad, Epifanía, Pascua de Resurrección, Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, Corpus Christi, La Asunción, La Inmaculada Concepción, el nacimiento de María, todos los Santos y fiesta de San Benito. 

               Número de indulgencias parciales: 1) 200 días de indulgencia, si uno visita una semana a los enfermos o visita la Iglesia o enseña a los niños la Fe. 2) 7 años de indulgencia , si uno celebra la Santa Misa o esta presente, y ora por el bienestar de los cristianos, o reza por sus gobernantes. 3) 7 años si uno acompaña a los enfermos en el día de todos los Santos. 4) 100 días si uno hace una oración antes de la Santa Misa o antes de recibir la sagrada Comunión. 5) Cualquiera que por cuenta propia por su consejo o ejemplo convierta a un pecador, obtiene la remisión de la tercera parte de sus pecados. 6) Cualquiera que el Jueves Santo o el día de Resurrección, después de una buena confesión y de recibir la Eucaristía, rece por la exaltación de la Iglesia, por las necesidades del Santo Padre, ganará las indulgencias que necesita. 7) Cualquiera que rece por la exaltación de la Orden Benedictina, recibirá una porción de todas la buenas obras que realiza esta Orden.

               Quienes lleven la Medalla de San Benito a la hora de la muerte serán protegidos siempre que se encomienden al Padre, se confiesen y reciban la comunión o al menos invoquen el nombre de Jesús con profundo arrepentimiento.

¿DÓNDE LLEVARLA?

              La Medalla de San Benito se puede llevar colgando del cuello por una cadena, sujeta a la ropa interior, prendida en el Rosario. También es recomendable colocarla en el interior de las puertas, de manera que al salir, nos encomendemos con el corazón a la intercesión de San Benito. Se puede colocar también a mascotas o animales domésticos. ES NECESARIO que esté bendecida por un Sacerdote y según el Ritual Romano. 



sábado, 21 de marzo de 2020

LA MEDALLA DE SAN BENITO, poderoso remedio contra las malas influencias


¿QUÉ ES LA MEDALLA DE SAN BENITO?

              A la conocida como Medalla de San Benito se le atribuyen poder y remedio, ya sea contra ciertas enfermedades de hombre y animales, ya contra los males que pueden afectar al espíritu, como las tentaciones del poder del mal. Es frecuente también colocarla en los cimientos de nuevos edificios como garantía de seguridad y bienestar de sus habitantes. Es un sacramental, como el Escapulario o el Rosario, y debe ser usada con devoción y piedad, no como un talismán. 





En la parte frontal de la medalla aparece San Benito en el centro sosteniendo 
en su mano derecha una cruz. La cruz representa el poder salvador de Cristo. 
En su mano izquierda sujeta un libro que contiene la Santa Regla de su orden.

A  la derecha de la imagen hay una taza rota. Esta copa se decía que había sido 
envenenada por unos monjes rebeldes que no estaban a gusto con San Benito 
y que la copa se rompió cuando San Benito hizo una señal de la cruz sobre ella.

A la izquierda hay un cuervo con una hogaza de pan envenenado que los monjes 
trataron de dar a San Benito. Debajo de sus pies están las letras: 
EX SM CASINO MDCCCLXX (Desde Santo Monte Cassino, 1880).



ORÍGENES DE LA MEDALLA

               El origen de esta Medalla se fundamenta en una verdad y experiencia del todo espiritual que aparece en la vida de San Benito tal como nos la describe el Papa San Gregorio en el Libro II de los Diálogos. El Padre de los monjes usó con frecuencia del signo de la Cruz como signo de salvación, de verdad, y purificación de los sentidos. San Benito quebró el vaso que contenía veneno con la sola señal de la Cruz hecha sobre él. Cuando los monjes fueron perturbados por el maligno, el Santo mandó que hicieran la señal de la Cruz sobre sus corazones. Una Cruz era la firma de los monjes en la carta de su profesión cuando no sabían escribir. Todo ello no hace más que invitar a sus discípulos a considerar la Santa Cruz como señal bienhechora que simboliza la Cruenta Pasión de Nuestro Señor Jesucrito, por la que se venció el poder del mal y de la muerte.

               La Medalla de San Benito, tal como hoy la conocemos, se puede remontar al siglo XII o XIV o quizá a una época anterior y tiene su historia. En el siglo XVII, en Nattenberg -Baviera-, en un proceso contra unas mujeres acusadas de brujería, ellas reconocieron que nunca habían podido influir malignamente contra el Monasterio Benedictino de Metten porque estaba protegido por una Cruz. Hechas, con curiosidad, investigaciones sobre esa Cruz, se encontró que en las tapias del Monasterio se hallaban pintadas varias cruces con unas siglas misteriosas que no supieron descifrar. Continuando la investigación entre los códices de la antigua biblioteca del Monasterio, se encontró la clave de las misteriosas siglas en un libro miniado del siglo XIV. En efecto, entre las figuras aparecía una de San Benito alzando en su mano derecha una Cruz que contenía parte del texto que se encontraba sólo en sus letras iniciales en las astas cruzadas de las cruces pintadas en las tapias del Monasterio de Metten, y en la izquierda portaba una banderola con la continuación del texto que completaba todas las siglas hasta aquel momento misteriosas.

               Mucho más tarde, ya en el siglo XX, se encontró otro dibujo en un manuscrito del Monasterio de Wolfenbüttel representando a un monje que se defiende del mal, simbolizado en una mujer con una copa llena de todas las seducciones del mundo. El monje levanta contra ella una Cruz que contenía la parte final del texto que hemos citado antes. Es posible que la existencia de tal creencia religiosa no sea fruto del siglo XIV sino muy anterior.

APROBACIÓN DE LA IGLESIA

              El Papa Benedicto XIV, el 12 de Marzo de 1742, aprobó el uso de la Medalla de San Benito; tiene además una fórmula especial de bendición, recogida en el Ritual Romano. El Abad Dom Gueranger, liturgista y Fundador de la Congregación Benedictina de Solesmes, comentó que el hecho de aparecer la figura de San Benito con la Santa Cruz, confirma la fuerza que su signo obtuvo en sus manos. La devoción de los fieles y las muchas gracias obtenidas por ella es la mejor muestra de su auténtico valor cristiano. 





INDULGENCIAS QUE PODEMOS GANAR

              El mismo Pontífice que aprobara la Medalla de San Benito, dispuso que todos aquellos Católicos que lleven consigo habitualmente la Medalla de San Benito, y que asistan al menos a la Misa Dominical, recen el Santo Rosario y hagan alguna obra de misericordia, como enseñar el Catecismo o visitar a un enfermo, pueden ganar una Indulgencia Plenaria en las siguientes Festividades: Navidad, Epifanía, Pascua de Resurrección, Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, Corpus Christi, la Asunción de María, la Inmaculada Concepción, el Nacimiento de María, Todos los Santos y Fiesta de San Benito.

¿DÓNDE LLEVARLA?

              La Medalla de San Benito se puede llevar colgando del cuello por una cadena, sujeta a la ropa interior, prendida en el Rosario. También es recomendable colocarla en el interior de las puertas, de manera que al salir, nos encomendemos con el corazón a la intercesión de San Benito. Se puede colocar también a mascotas o animales domésticos. ES NECESARIO que esté bendecida por un Sacerdote y según el Ritual Romano. 






miércoles, 11 de marzo de 2020

LOS SACRAMENTALES, poderosa ayuda contra los enemigos del alma





               En estos días de psicosis social por la "epidemia del covid-19", los Católicos debemos en todo momento ENCOMENDARNOS a la Divina Providencia, la que nos sostiene y alimenta; la mejor manera es por medio de María, Nuestra Santa Madre, que nunca desampara a quien a Ella se acoge con total confianza.

              No olvidemos que la Santa Madre Iglesia ha aprobado diferentes medios materiales, llamados  Sacramentales, por los que podemos alcanzar méritos, indulgencias y también PROTECCIÓN frente a los enemigos del alma y del cuerpo. 

               Los Sacramentales NO SON AMULETOS, sino que precisan que usemos de ellos con Fe sincera y según estipula la Iglesia, siempre con un propósito claro de llevar una Vida Cristiana ejemplar.






SACRAMENTALES CATÓLICOS 
que nos previenen y sanan 
de males espirituales y corporales


               EL AGUA BENDITA (Agua y sal exorcizadas y bendecidas por un Sacerdote según el Ritual Romano; ideal usarla por la mañana para santiguarnos, rociar la casa con ella de vez en cuando; en estado de gracia perdona los pecados veniales)

              EL SANTO ROSARIO (La Virgen prometió Su ayuda incondicional a los que a diario la honren con el rezo del Rosario; siempre es bueno llevarlo en una bolsa o cartera, aparte de los objetos profanos. Lleva contigo siempre un Rosario)

               EL DETENTE DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS (Poderoso escudo con el símbolo del Amor de Cristo por las almas; llévalo contigo, colócalo en el coche, puerta de casa, mesa de trabajo, para que siempre te acompañe el recuerdo y protección del Sagrado Corazón) 

               EL BENDITO ESCAPULARIO DEL CARMEN (La librea de los Hijos de María, los que a Ella están consagrados y que por tanto disfrutan de la protección de la Virgen; mejor siempre en tela, la Medalla Escapulario está bien para el aseo) 






               LA MEDALLA MILAGROSA (Regalo de María Purísima a Santa Catalina Labouré; recordatorio de las enormes gracias que podemos recibir por manos de la Madre de Dios si a Ella recurrimos en nuestras angustias) 

              LA MEDALLA DE SAN BENITO (Donde se encierran varias oraciones de exorcismo contra los espíritus malignos) 

               EL CRUCIFIJO DEL PERDÓN (El Crucifijo del Perdón es un poderoso Sacramental que nos anima a meditar la Pasión de Nuestro Señor y de la Virgen Dolorosa; es precisamente por esa unión con los padecimientos de Jesús y María, que este Crucifijo, si lo veneramos adecuadamente, nos puede alcanzar numerosas indulgencias)

               EL ESCAPULARIO DE SAN JOSÉ (El uso piadoso de este Sacramental nos recuerda tres virtudes especiales del Glorioso San José: humildad, modestia y pureza. También nos invita a recurrir a San José en nuestras necesidades, pidiéndole, particularmente, que ruegue por la Iglesia Católica) 

               EL ESCAPULARIO ROJO DE LA PASIÓN (El Escapulario de la Pasión, nos lleva a honrar el Corazón de Cristo, inseparablemente unido al Corazón de María que es quien nos lo dio, es acudir precisamente a la expresión más profunda de la Misericordia de Dios)