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viernes, 6 de marzo de 2026

NUESTRO PADRE JESÚS DE MEDINACELI

 



               La Villa y Corte de Madrid celebra hoy a Nuestro Padre Jesús de Medinaceli, tradicional Devoción entre los que aquí vivimos y aún más de otros muchos lugares del Orbe Católico, como por ejemplo Hispanoamérica, Estados Unidos o Las Filipinas, donde la influencia de esta bendita imagen ha trascendido por generaciones. La talla representa a Jesús Cautivo, tratado como rey de burlas, maniatado, abofeteado... en la antesala del Camino hacia el Calvario, ¿qué mejor meditación que contemplar a Nuestro Señor en ese trance?. ¿Qué mejor consuelo podemos darle que vivir como buenos Cristianos, acariciarle con ojos de pureza y caridad para con el prójimo?... 

               Mírale, lleno de golpes, despreciado, y luego repárale. Repara a Cristo, porque Él está maniatado por ti, tu arrogancia ata Sus Benditas Manos y le impiden alzarlas para perdonarte; ignorado por tu egoísmo, de ahí su triste semblante, una Faz que refleja los dolores más crueles, porque sólo acudes a Él en los momentos de fatiga, pero cuando todo te resulta bien, pronto le olvidas. Jesús es escupido por tus malas acciones con el semejante, al que menosprecias o consideras inferior... por muchos, derramó Su Sangre... con tu trato distante y falto de caridad, no podrás contarte entre aquellos que se aprovechan de esa Divina Sangre.

             Que este Viernes de Cuaresma, Primero de Mes, tu corazón renueve el dolor de tus muchos pecados; consuela a Cristo por tus faltas, por las mías, por las de todos. Imítale, soportando cuantas pruebas se te presenten, por Su Amor, sólo por eso aguántalas y ofrece todas los sinsabores por aquella sed que Nuestro Señor experimentó, para que te unas así con Cristo en la redención de tu alma y colabores, en la de los que andan aún lejos de Él...


BREVE CRÓNICA DE LA BENDITA IMAGEN DE 
NUESTRO PADRE JESÚS DE MEDINACELI


                    La imagen del Cristo es de la primera mitad del siglo XVII, con 1,73 metros de altura. Fue tallada en Sevilla. Es dudosa la autoría de la imagen y, mientras que unos se la atribuyen a Luis de la Peña, los más se la adscriben a Francisco de Ocampo. La imagen se realizó por encargo de la comunidad de los Padres Capuchinos de Sevilla, quienes la llevaron a la colonia española de Mámora en el norte de África, llamada por los españoles San Miguel de Ultramar. El día 30 de Abril de 1681, Mámora cayó en manos de Musley Ismael y su ejército y la imagen del Nazareno fue también capturada y llevada a Mequínez. La historia atestigua por orden expresa del Rey Muley, la imagen fue arrastrada por las calles de Mequinez en señal de odio contra la Religión Cristiana y hasta algunos aseguran que, como si se tratara de carne humana, fue arrojada a los mismos leones... 

                  Fue vista por el Padre de la Orden de la Santísima Trinidad, Fray Pedro de los Ángeles, quien, arriesgando su vida y presentándose ante el mismo rey, solicitó el rescate de la imagen como si se tratara de un ser vivo. Se dice que el rey le permitió al padre trinitario custodiar la imagen, hasta que reuniera el dinero para su rescate, amenazándole que, de no hacerlo así, lo quemaría a él y a la imagen. El Padre General de la Orden mandó a los Padres Miguel de Jesús, Juan de la Visitación y Martín de la Resurrección que se encargaran de servir de mediadores en la solución del problema y estos lograron convencer al rey Muley de que tasara el rescate de la imagen pagando su peso en oro. La leyenda asegura que la balanza se equilibró exactamente cuando se acumularon treinta monedas. Una y otra vez efectuada esta operación, el resultado fue siempre idéntico, con lo que el recuerdo del episodio evangélico en el que Cristo mismo apareció valorado en esas 30 monedas resultaba milagroso.

                   La imagen, ya rescatada, pasó después a Tetuán, de allí a Ceuta, y por Gibraltar a Sevilla, hasta llegar a Madrid en el verano de 1682. Ese mismo año se organiza la primera procesión a la que asiste el "todo Madrid", pueblo fiel, nobleza y casa real. Desde entonces todos los años, en la gran romería del primer Viernes de Marzo, asiste algún miembro de la familia real a rezar al Nazareno.

                   La imagen se deposita en el convento de los Padres Trinitarios Descalzos, junto al que en 1689 se le erigió una capilla, donación de los Duques de Medinaceli. A consecuencia del decreto de Desamortización firmado por Mendizábal en 1836, la imagen volvió otra vez a peregrinar por Madrid, en esta ocasión hacia la iglesia de San Sebastián en la que permaneció diez años cuando, gracias a la influencia del Duque de Medinaceli, volvió a la capilla del antiguo convento de Trinitarios, regentado entonces por las Religiosas Concepcionistas de Caballero de Gracia y después por las Agustinas y las Carmelitas de Santa Ana.

                   Fue en 1890 cuando, al derribarse el convento de los Capuchinos de San Antonio del Prado, sus patronos, los Duques de Medinaceli, pensaron instalar definitivamente en su nueva capilla la imagen del Cristo. Esto aconteció el día 8 de Julio 1895, interviniendo en la donación la Duquesa Madre de Medinaceli Doña Casilda Salabert y Arteaga.




                  Durante la Guerra Civil, el día 13 de Marzo de 1936 los devotos y vecinos del convento lograron impedir que la imagen fuera destruida por un piquete de revolucionarios. El 17 de Julio los frailes ocultaron la imagen en una caja de madera, y envuelta en sábanas, en los sótanos del convento. Alojándose en el mismo el batallón republicano conocido con el sobrenombre de "Margarita Nelken", y para mitigar el frío del invierno madrileño que allí padecían sus tropas, al buscar unas tablas para calentarse se encontraron con la sorpresa de la caja que contenía la sagrada imagen... Al comprobar Juan Manuel Oliva, jefe del batallón, "a las cuatro de la tarde" que se trataba del Cristo de Medinaceli, no sólo por motivos artísticos, sino también religiosos, entregó la imagen a la "Junta del Tesoro", que la trasladó bien pronto a la ciudad de Valencia, concretamente al Colegio del Patriarca. En Marzo de 1938 fue transportada a Barcelona y desde allí , el día 3 de Febrero de 1939, fue trasladada con todo el Tesoro Artístico a la ciudad suiza de Ginebra, a la que llegó el día 12 de Febrero.

                   Cuando terminó la Cruzada y fue recuperado el Tesoro, Don Fernando Álvarez de Sotomayor y Zaragoza, Director del Museo del Prado, consiguió que la imagen del Cristo saliera de Ginebra el día 10 de Mayo de 1939, siendo esperada con toda devoción en Pozuelo de Alarcón, pueblo cercano a Madrid. Allí fue recibida con honores militares y de ella se hizo cargo la Junta de la Real Esclavitud, llevándola a Madrid, pero antes visitó momentáneamente al Monasterio de la Encarnación. 

                  La Víspera de la Festividad de San Isidro, el día 14 de Mayo, todo el pueblo de Madrid se organizó en solemne procesión acompañando la imagen hasta el altar de su templo en el que siguió recibiendo el culto y la veneración de multitud de devotos. Siempre, pero sobre todo los Viernes del año, y de forma multitudinaria el primer Viernes de Marzo, son incontables las personas que acuden a venerar al Cristo de Medinaceli, para lo que han de aguantar largas horas de espera y de incomodidades aún climatológicas, hasta conseguir besarle el pie y formularle las tres peticiones rituales.




domingo, 9 de noviembre de 2025

NUESTRA SEÑORA MARÍA SANTÍSIMA DE LA ALMUDENA, Patrona de la Villa y Corte de Madrid

 



“Que si bien se considera
Virgen Pura y excelente,
Vos en Madrid solamente
fuisteis la imagen primera
que reverenció su gente...”


(Verso dedicado a la Virgen de la Almudena en 1616)


                 Dice una antiquísima tradición que “cuando el Apóstol Santiago vino de Jerusalén a predicar a España, trajo a esta coronada Villa de Madrid, la milagrosísima Imagen que hoy llaman de la Almudena y la colocó  en esta Iglesia  en compañía de uno de los doce discípulos  llamado San Calocero, que fue el primero que predicó en ella el año del Señor de 38....”. (Según consta en una inscripción de 1640).

                 Al conquistar los musulmanes Madrid (Magerit lo llamaron los infieles) hacia el 714, la imagen de Nuestra Señora fue escondida por los Cristianos en un hueco practicado en las murallas de la Villa, en evitación de profanaciones y cumpliendo así el decreto Arzobispo de Toledo, Don Raymundo. En prueba de devoción, ocultaron, junto con la Virgen, dos velas encendidas, tapiando después el hueco con una gruesa pared de cal y canto.

                 El Rey Don Alfonso VI de León, conquista Madrid en torno al año 1083, y enseguida trata de hallar la Imagen de la Santísima Virgen, escondida por los Cristianos siglos atrás. El Monarca había hecho voto de buscarla incansablemente para restituirla al culto de los fieles, si Dios le concedía la victoria sobre los Sarracenos, y lograba tomar la fortaleza de Madrid. Pero una vez liberada ésta y no obstante sus pesquisas, no lograba localizar el sitio donde la Imagen estaba oculta.

                 Por ese deseo de que la Virgen Nuestra Señora fuese venerada hasta tanto se lograse hallarla, mandó pintar una Imagen, inspirándose en los rasgos que la tradición atribuía a aquélla imagen oculta y, no se sabe si por el deseo del artista o por gusto del propio Rey casado en aquel momento con Doña Constanza -hija de Enrique I de Francia-, pintaron en su mano una flor de lis.

                 La Imagen fue pintada sobre los muros de la antigua Mezquita musulmana. Tras las ceremonias de purificación y dedicación del Templo, quedó expuesta al culto en el cuadro hoy conocido por Nuestra Señora de la Flor de Lis.

                 Una vez conquistado Toledo, volvió Alfonso VI a insistir en la búsqueda de la Imagen oculta por los Cristianos. Así, en Noviembre de 1085, se celebró  un piadoso Novenario por el éxito de las pesquisas, que finalizó el día 9, con una devota procesión presidida por el Monarca y los Prelados; y al pasar la comitiva frente a la alhóndiga o Almudith, establecida por los moros, se desplomaron unas piedras, dejando al descubierto la Imagen llamada desde entonces de la Almudena, que según la tradición, conservaba encendidas dos candelas, con que fue escondida al ser ocultada 369 años antes.

                 Llevada a la Iglesia de Santa María, fue colocada solemnemente en el Altar mayor, donde permaneció hasta el día 25 de Octubre de 1868 en que, por demolición del Templo, fue instalada en el Convento de las Religiosas Bernardas del Santísimo Sacramento, en cuya Iglesia estuvo expuesta al culto hasta el 29 de Mayo de 1911, fecha en la que se trasladó con la mayor solemnidad a la Cripta de la Nueva Catedral que construía en honor de su Advocación junto al lugar de la muralla, donde fue hallada la Imagen por Alfonso VI, existiendo hoy en el hueco donde la Virgen estuvo oculta, una Imagen de piedra que conmemora el hecho.

                 El Papa San Pío X, la declaró por soberano decreto de Agosto 1908, Patrona de Madrid y señaló su Fiesta para el día 9 de Noviembre.



martes, 27 de agosto de 2024

MADRE MARÍA PILAR IZQUIERDO

 


                    María Pilar Izquierdo nació en Zaragoza, el 27 de Julio de 1906, de una familia pobre, pero muy cristiana. Desde bien pequeña destacó en ella un amor inmenso a Dios, a la Virgen María y a los pobres. Aún siendo pequeña se privaba a veces de su merienda y de sus cosas para ayudar a quien consideraba más necesitado que ella. No pudo ir a la escuela por tener que cuidar de sus hermanos más pequeños mientras su madre iba a trabajar por las casas.

                    Pronto empezó probar en su propia carne las punzadas del dolor y a adentrarse en el misterio del valor redentor del sufrimiento. A la edad de 12 años fue víctima de una enfermedad misteriosa, que ningún médico supo diagnosticar. Después de cuatro años vividos por motivos de salud en Alfamén (Zaragoza), regresó a Zaragoza, donde comenzó a trabajar en una fábrica de calzado, siendo muy querida de todos, por su sencillez, su natural simpatía, su bondad y laboriosidad. Pero Dios quería llevarla por otros derroteros y la fue adentrando en el misterio de la Cruz. "Encuentro en este sufrir un amor tan grande hacia nuestro Jesús, que muero y no muero... porque ese amor es el que me hace vivir", afirmaba.

                    En 1926, mientras volvía del trabajo, se fracturó la pelvis al caer del tranvía y, en 1929, quedó parapléjica y ciega a causa de numerosos quistes y tumores que le aparecieron en la cabeza y por todo el cuerpo, teniendo que recorrer, a partir de entonces, una vía dolorosa de más de doce años entre los hospitales de Zaragoza y una pobre buhardilla de la Calle Cerdán nº 24.

La espiritualidad de la buhardilla

                    Aquella pobre buhardilla se convirtió, no obstante, en una escuela de espiritualidad y en un remanso de luz, de paz y alegría para cuantos la visitaban. Allí se oraba, se fomentaba la amistad evangélica y las almas discernían la vocación a la que Dios las llamaba. Junto a la cama de aquella enferma empezó a correr un autentico río de personas de todos los estados y condiciones sociales, sacerdotes, seminaristas y religiosos, chicos y chicas jóvenes, todos se sentían atraídos por "Pilarín", como solían llamarla, quien postrada en el lecho del dolor, decía que ella era sólo "una tontica que no sabía más que sufrir y amar, amar y sufrir".

                    Quien la conocía enseguida se sentía impresionado por el ejemplo admirable de paciencia y de amor a Dios en medio del sufrimiento, y cuantos frecuentaban aquella buhardilla sentían el deseo de ser mejores. Así surgió en torno a Mª. Pilar un auténtico movimiento espiritual de personas que siguiendo los consejos de la enferma deseaban tomarse en serio la vida espiritual y buscar la santidad.

Un nuevo comienzo

                    Sobre ese "rebañico", como Mª. Pilar designaba al conjunto de personas que estaban unidas a ella por la oración y el sufrimiento con deseos de ser fieles al Señor, velaba ella día y noche con sus oraciones, sufrimientos y ofrecimientos, a fin de que ninguna de las almas que el Señor le había confiado “se apartase de los pastos de la santidad”.

                    Desde su lecho de enferma, Mª. Pilar desplegó también un amplio apostolado ayudando materialmente a muchísimas personas necesitadas no sólo en el cuerpo, sino también en el espíritu con sus consejos y orientación.

                    Mª. Pilar, desde 1936, comenzó a hablar de la "Obra de Jesús" que habría de aparecer en la Iglesia y que tendría como finalidad "reproducir la vida activa del Señor en la tierra mediante las obras de misericordia", y por esta Obra, ella oraba y ofrecía sus dolores, a la vez que pedía oraciones y sacrificios e iba preparando a los jóvenes que frecuentaban la buhardilla y que en su día formarían parte de la misma.




                    El 8 de Diciembre de 1939, Fiesta de la Inmaculada, tal como el mismo Señor le había revelado, tras recibir la Sagrada Comunión durante la Misa que se celebró en su propia habitación, Mª. Pilar se curó milagrosamente de la parálisis, recobró instantáneamente la vista y se curó de todo, menos de los quistes del vientre, pues ella le había pedido al Señor que se los dejara para seguir ofreciéndole "lo que no tiene trampa": los sufrimientos. Inmediatamente puso en marcha la Obra que Jesús le había pedido, trasladándose, junto con varias jóvenes, a Madrid, donde ya había sido aprobada la Fundación con el nombre de "Misioneras de Jesús y María".

Las calumnias contra ella

                    Pero pronto surgieron las incomprensiones humanas y la calumnia. Hubo personas que empezaron a decir que todo lo del milagro de su curación había sido un engaño. Al fin, reconociendo que se habían confundido, en el año 1941 les dieron autorización para trabajar entre los pobres como simples particulares y, en el 1942, el Obispo de Madrid, Leopoldo Eijo y Garay, aprobó su Obra como "Pía Unión de Misioneras de Jesús, María y José". Con este reconocimiento pudieron desarrollar una más amplia labor social y de apostolado en los suburbios de Vallecas y Tetuán de Madrid y, pocos meses después en el suburbio de Puente Toledo.

                    Pero no pasó mucho tiempo, tan sólo dos años, cuando volvió a aparecer el fantasma de las incomprensiones y calumnias, en este caso provenientes del seno de la misma Pía Unión. Dada aquella situación, Madre Mª. Pilar expuso al obispo lo que estaba sucediendo y que si no era remediada la causa del mal, en conciencia, tendría que retirarse de la Pía Unión. Aconsejada por su confesor, el 4 de Noviembre de 1944, con profundo dolor, tuvo que retirarse de su propia Obra.

                    "Siento dejaros porque os amo mucho, pero desde el Cielo os seré más útil. Volveré a la tierra para estar con los que sufren, con los pobres, los enfermos. Cuando más solas estéis más cerca estaré de vosotras", escribía.

                    Rodeada de su "rebañico" fiel, la Madre Mª Pilar murió en San Sebastián, a los 39 años, el 27 de Agosto de 1945, ofreciendo su vida por las Hijas que se le habían separado, a quienes recordaba con dolor y con cariño. "Las amo tanto, -decía- que no las puedo olvidar; aunque me pegaran y me arrastraran, quisiera tenerlas aquí. No quiero acordarme del mal que me hacen, sino del bien que me hicieron. Bien sabe nuestro amado Jesús que más, mucho más de lo que me hacen sufrir quiero que les dé de Cielo".



viernes, 15 de mayo de 2020

SAN ISIDRO LABRADOR, Patrón de la Antigua, Noble y Coronada Villa de Madrid


              Isidro Merlo Quintana nació en Madrid, el el arrabal de San Andrés, en el año 1082, cuando esta región pertenecía a la Taifa de Toledo (bajo dominio musulmán). Sus padres, Pedro e Inés eran unos campesinos sumamente pobres que ni siquiera pudieron enviar a su hijo a la escuela, pero en casa le enseñaron el Santo Temor de Dios, la Caridad hacia el prójimo y un enorme aprecio por la oración y por la Santa Misa y la Comunión.


              Huérfano y solo en el mundo, cuando llegó a la edad de diez años Isidro se empleó como peón de campo, trabajando en la agricultura para Don Juan de Vargas, dueño de una finca cerca de Madrid. Allí pasó muchos años  labrando las tierras, cultivando y cosechando.







             Isidro se levantaba muy de madrugada y nunca empezaba su día de trabajo sin haber asistido antes a la Santa Misa. Varios de sus compañeros muy envidiosos lo acusaron ante el patrón por abandono del trabajo. El señor Vargas se fue a observar el campo y notó que sí era cierto que Isidro llegaba una hora más tarde que los otros (en aquel tiempo se trabajaba de seis de la mañana a seis de la tarde) pero que mientras Isidro oía Misa, un personaje invisible (quizá un ángel) le guardaba sus bueyes y estos araban juiciosamente como si el propio campesino los estuviera dirigiendo.

              Los mahometanos se apoderaron de Madrid y de sus alrededores y los buenos católicos tuvieron que salir huyendo. Isidro fue uno de los inmigrantes y sufrió por un buen tiempo lo que es irse a vivir donde nadie lo conoce a uno y donde es muy difícil conseguir empleo y confianza de las gentes. Pero sabía aquello que Dios ha prometido varias veces en la Biblia: "Yo nunca te abandonaré", y confió en Dios y fue ayudado por Él.


               Por esa época , huyendo de los ataques musulmanes, llega al pueblo madrileño de Torrelaguna, donde conoce a su futura esposa, María Toribia, natural de Uceda (Guadalajara). Con el tiempo, ella también sería canonizada y conocida popularmente como Santa María de la Cabeza. Tendrían un solo hijo, que al igual que sus padres, sería un perfecto Cristiano, también canonizado como San Illán.


              Lo que ganaba como jornalero, Isidro lo dividía en tres partes: una para el templo, otra para los pobres y otra para su familia (él, su esposa y su hijito). Y hasta para las avecillas tenía sus apartados. En pleno invierno cuando el suelo se cubría de nieve, Isidro esparcía granos de trigo por el camino para que las avecillas tuvieran con que alimentarse. Un día lo invitaron a un gran almuerzo. El se llevó a varios mendigos a que almorzaran también. El invitador le dijo disgustado que solamente le podía dar almuerzo a él y no para los otros. Isidro repartió su almuerzo entre los mendigos y alcanzó para todos y sobró.


              Los Domingos los distribuía así: un buen rato en el templo rezando, asistiendo a Misa y escuchando la Palabra de Dios. Otro buen rato visitando pobres y enfermos y por la tarde saliendo a pasear por los campos con su esposa y su hijito. Pero un día mientras ellos corrían por el campo, dejaron al niñito junto a un profundo pozo de sacar agua y en un movimiento brusco del chiquitín, la canasta donde estaba dio vuelta y cayó dentro del hoyo. Alcanzaron a ver esto los dos esposos y corrieron junto al pozo, pero este era muy profundo y no había cómo rescatar al hijo. Entonces se arrodillaron a rezar con toda fe y las aguas de aquel aljibe fueron subiendo y apareció la canasta con el niño y a este no le había sucedido ningún mal. No se cansaron nunca de dar gracias a Dios por tan admirable prodigio.


              Volvió después a Madrid y se alquiló como obrero en una finca, pero los otros peones, llenos de envidia lo acusaron ante el dueño de que trabajaba menos que los demás por dedicarse a rezar y a ir al templo. El dueño le puso entonces como tarea a cada obrero cultivar una parcela de tierra. Y la de Isidro produjo el doble que las de los demás, porque Nuestro Señor le recompensaba su piedad y su generosidad.


              En el año 1130 sintiendo que se iba a morir hizo humilde confesión de sus pecados y recomendando a sus familiares y amigos que tuvieran mucho amor a Dios y mucha caridad con el prójimo, murió santamente. 


             El Canónigo Juan Gil de Zamora nos relata que la primera exhumación del cuerpo de San Isidro fue en 1212: fue hallado incorrupto y con la mortaja casi intacta. En Julio de ese mismo año, el Ejército Cristiano venció en la conocida Batalla de las Navas de Tolosa, donde se admite que San Isidro, vestido como pastor, ayudó al Monarca Alfonso VIII para que dirigiese las tropas por los caminos oportunos a fin de encerrar al enemigo. Como ex-voto por tal prodigio, el Rey regaló un arca para contener el cuerpo del "Pastor de las Navas".


              Todos los Monarcas de Castilla, desde Alfonso X "el Sabio" hasta los mismos Reyes Católicos, se postraron en más de una ocasión ante las reliquias de San Isidro, pidiendo su intercesión ante problemas cruciales de la nación.


              Llegado el año 1619, el humilde campesino Isidro sería Beatificado; en Madrid se organizaron diferentes celebraciones por tal motivo, pero se vieron amenazadas por la mala salud del Rey Felipe III; el Monarca pidió entonces que le llevasen las reliquias del nuevo Beato y tan pronto como los restos salieron del templo, al Rey se le fue la fiebre y al llegar junto a él los restos de Isidro, los veneró y al momento quedó curado. A causa de esto el Rey intercedió ante el Sumo Pontífice para que declarara Santo al humilde labrador, y por este y otros muchos milagros, el Papa lo canonizó en el año 1622 junto con Santa Teresa, San Ignacio, San Francisco Javier y San Felipe Neri.






               A finales de Noviembre de 1788, Carlos III, estando en San Lorenzo de El Escorial, se vio obligado a guardar cama a causa de un fuerte constipado. El día seis de Diciembre se sintió agobiado por una molesta tos acompañada de mucha fiebre, aumentándole la gravedad en los días siguientes. El Rey le mostró a su Capellán, José de Ilarraza, el deseo de confesarse, cosa que hizo el Monarca en pleno uso de sus facultades mentales, recibiendo a continuación la Extremaunción, lo que se llevó a cabo en la mañana del día trece, actuando como oficiante el Cardenal y Obispo Patriarca de Indias Antonino de Sentmanat. Ese mismo día manifestó el Rey Carlos el deseo de tener a su lado el cuerpo de San Isidro, junto con las reliquias de su esposa, Santa María de la Cabeza. A lo largo de su reinado se había preocupado generosamente por el digno culto hacia ambos Santos y deseaba gozar de la compañía de ambos antes de morir.

               Se formó, entonces, un solemne cortejo procesional, organizado meticulosamente por las altas esferas del Reino, entre los que se encontraba el Arzobispo de Toledo, el célebre Francisco Lorenzana, que sería nombrado más tarde cardenal, participando devotamente todo el pueblo de Madrid. El Conde de Campomanes ofreció las llaves que tenía del arca donde se conservaba el cuerpo del Santo, avisando al Corregidor de Madrid y al Cura Párroco de San Andrés para que lo más rápidamente posible trajeran las suyas. Cuentan las crónicas de la época que el cortejo con el arca con las reliquias de los dos Santos fue llevada por el corregidor, algunos capitulares y cinco canónigos, hasta la misma cámara del Rey, muriendo el Monarca poco después, confortado, a las doce y veinte de la noche del Domingo 14 de Diciembre de 1788. Esa misma mañana los restos de los dos Santos, con la fastuosa y multitudinaria procesión de su ida a palacio, retornaron a su Parroquia.