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martes, 15 de diciembre de 2020

BAJO EL RESPLANDOR DE LA SANTA FAZ



El contemplativo es un ser que vive 
bajo el resplandor de la Santa Faz de Cristo, 
que penetra en el Misterio de Dios impulsado 
no por la luz que proyecta el pensamiento humano 
sino por la claridad que produce la Palabra 
del Verbo Encarnado...


Sor Isabel de la Trinidad, Carmelita Descalza, Carta 137




lunes, 9 de noviembre de 2020

"...en mi querida soledad del Carmelo..." Sor Isabel de la Trinidad



"El Carmelo, es como el Cielo: 
hay que separarse de todo 
para poseer al que es Todo"

Sor Isabel de la Trinidad



            Isabel Catez Rolland, nació en Bourges, Francia, el 18 de Julio de 1880. Desde su más tierna edad se distinguió por su temperamento apasionado, propenso a arrebatos de cólera y de una sensibilidad exquisita.

            Cuando contaba siete años, perdió a su padre, lo que fue causa de su "conversión" y de su cambio de carácter como fruto de su vida de ascesis y oración. Aunque tomaba parte en las fiestas y participaba en los compromisos sociales, fue siempre fiel a sus promesas bautismales.

            A los 14 años hizo voto de virginidad y a los 19 empezó a recibir las primeras gracias místicas... anotó entonces "Pronto seré toda tuya, viviré en la soledad, sola contigo, no ocupándome más que de Ti, no viviendo más que contigo, no conversando más que contigo." Se ofreció a Dios como víctima por la salvación de Francia. El 2 de Enero de 1901, a los 21 años de edad, ingresaba en el convento carmelitano de Dijón, ciudad donde vivía con su familia.

            Isabel -que en el Carmelo se llamaría Sor Isabel de la Trinidad- se propuso como lema ser "Alabanza de gloria de la Santísima Trinidad" y crecer de día en día "en la carrera del amor a los Tres".Vistió el hábito el día de la Inmaculada (12 de Diciembre) de 1902 y el y el 11 de Enero de 1903 saltaba de gozo al emitir sus votos religiosos en la Orden del Carmen, a la que amaba con toda su alma.

             No obstante, Sor Isabel profesaba un culto especial a Santa Catalina de Siena, a causa de la doctrina de la gran mística dominicana sobre la "celda interior", refugio constante de la virgen de Siena en medio de las agitaciones de los hombres y de su prodigiosa acción apostólica al servicio de la política pontifical.

            Sor Isabel de la Trinidad entendió el espíritu de su Madre Santa Teresa cuando enseñaba aquello de "El estilo que pretendemos llevar es no sólo de ser monjas, sino ermitañas"; con su vida y su doctrina -breve pero sólida- ha ejercido un gran influjo en la espiritualidad de nuestros días, debido, sobre todo, a su experiencia trinitaria. Preciosas son sus Elevaciones, Retiros, Notas Espirituales y sus Cartas.
         





            El verdadero silencio de la monja Carmelita es el silencio del alma, en el que encuentra a Dios. Fiel discípula de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, Sor Isabel se ejercita en hacer callar sus potencias y se aísla de todo lo creado. Con ardor despiadado, todo lo inmola: la mirada, el pensamiento, el corazón. "El Carmelo, es como el Cielo: hay que separarse de todo para poseer al que es Todo". Esta separación total de las criaturas atraía ya con pasión su corazón cuando estaba en el mundo: "Hagamos el vacío, desprendámonos de todo; que no haya más que Él, Él sólo." 

                 Ese silencio interior, tan estimado por Sor Isabel, debía tomar rápidamente en ella la forma de un ascetismo universal y un lugar primordial en su vida mística. Es Evangelio puro: el que quiere elevarse hasta Dios por medio de la oración debe hacer callar en sí las vanas agitaciones del exterior y los ruidos del interior, retirarse a lo más profundo de sí mismo y allí, en secreto, recogerse "con todas las puertas cerradas" delante de la Faz del Padre.



De los Escritos de Sor Isabel de la Trinidad


            Enamorada de Cristo, que es "su libro preferido", se eleva a la Trinidad hasta que "Isabel desaparece, se pierde y se deja invadir por los Tres". El silencio, la soledad, la oración contemplativa son la palestra que la disponen a ser dócil a la Voluntad Divina, que cumple siempre y en todo a la mayor perfección.

            Corrió, voló, en el camino de la perfección y el 9 de Noviembre de 1906; moría a causa de una úlcera de estómago... murmurando casi como en un canto "Voy a la Luz, al Amor, a la Vida", expiró.







domingo, 7 de junio de 2020

SÚPLICA A LA SANTÍSIMA TRINIDAD


           ¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme enteramente de mí para establecerme en Ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la Eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Ti, ¡oh mi Inmutable!, sino que cada minuto me sumerja más en la hondura de Tu Misterio.

           Inunda mi alma de paz; haz de ella Tu Cielo, la morada de Tu Amor y el lugar de Tu reposo. Que nunca te deje allí solo, sino que te acompañe con todo mi ser, toda despierta en Fe, toda adorante, entregada por entero a Tu acción creadora.




           ¡Oh, mi Cristo amado, Crucificado por amor, quisiera ser una esposa para Tu Corazón; quisiera cubrirte de Gloria, amarte… hasta morir de amor! Pero siento mi impotencia y te pido ser revestida de Ti mismo; identificar mi alma con todos los movimientos de la Tuya, sumergirme en Ti, ser invadida por Ti, ser sustituida por Ti, a fin de que mi vida no sea sino un destello de Tu Vida. Ven a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador. 

           ¡Oh, Verbo Eterno, Palabra de mi Dios!, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero hacerme dócil a Tus Enseñanzas, para aprenderlo todo de Ti. Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las impotencias, quiero fijar siempre la mirada en Ti y morar en Tu inmensa Luz. ¡Oh, Astro mío querido!, fascíname para que no pueda ya salir de Tu esplendor.

           ¡Oh, Fuego abrasador, Espíritu de Amor, «desciende sobre mí» para que en mi alma se realice como una encarnación del Verbo. Que yo sea para Él una humanidad suplementaria en la que renueve todo Su Misterio. 

           Y Tú, ¡oh Padre Eterno!, inclínate sobre esta pequeña criatura Tuya, «cúbrela con tu sombra», no veas en ella sino a Tu Hijo Predilecto en quien has puesto todas Tus complacencias.

           ¡Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad donde me pierdo!, yo me entrego a Ti como una presa. Sumergíos en mí para que yo me sumerja en Vos, mientras espero ir a contemplar en Vuestra Luz el abismo de Vuestras Grandezas.



domingo, 16 de junio de 2019

OBLACIÓN A LA SANTÍSIMA TRINIDAD


               ¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme enteramente de mí para establecerme en Ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Ti, ¡oh mi Inmutable!, sino que cada minuto me sumerja más en la hondura de Tu Misterio. 

               Inunda mi alma de paz; haz de ella Tu Cielo, la morada de Tu Amor y el lugar de Tu reposo. Que nunca te deje allí solo, sino que te acompañe con todo mi ser, toda despierta en fe, toda adorante, entregada por entero a tu acción creadora.




               ¡Oh, mi Cristo amado, crucificado por amor, quisiera ser una esposa para tu Corazón; quisiera cubrirte de gloria amarte… hasta morir de amor! Pero siento mi impotencia y te pido «ser revestida de Ti mismo»; identificar mi alma con todos los movimientos de la tuya, sumergirme en Ti, ser invadida por Ti, ser sustituida por Ti, a fin de que mi vida no sea sino un destello de Tu Vida. Ven a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador.

               ¡Oh, Verbo Eterno, Palabra de mi Dios!, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero hacerme dócil a Tus enseñanzas, para aprenderlo todo de Ti. Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las impotencias, quiero fijar siempre la mirada en Ti y morar en Tu inmensa Luz. ¡Oh, Astro mío querido!, fascíname para que no pueda ya salir de Tu esplendor.

               ¡Oh, Fuego abrasador, Espíritu de Amor, «desciende sobre mí» para que en mi alma se realice como una encarnación del Verbo. Que yo sea para Él una humanidad suplementaria en la que renueve todo Su Misterio.

               Y Tú, ¡oh Padre Eterno!, inclínate sobre esta pequeña criatura Tuya, «cúbrela con Tu sombra», no veas en ella sino a Tu Hijo Predilecto en quien has puesto todas Tus complacencias.

               ¡Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad donde me pierdo!, yo me entrego a Ti como una presa. Sumergíos en mí para que yo me sumerja en Vos, mientras espero ir a contemplar en Vuestra luz el abismo de Vuestras grandezas.


SOR ISABEL DE LA TRINIDAD, Carmelita Descalza