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sábado, 13 de junio de 2026

EN ELLA NOS VEÍAMOS COMO SUMERGIDOS EN DIOS...

  


                La Segunda Aparición de Nuestra Señora en la aldea portuguesa de Fátima, tuvo lugar según lo había anunciado la Virgen en Mayo, "...quiero que vengáis aquí los días trece de cada mes...". En esta ocasión, coincidiría con la Fiesta de San Antonio, muy celebrado en Portugal. Los niños videntes, Lucía, Francisco y Jacinta, a pesar de tener conocimiento de las fiestas del pueblo, prefirieron apartarse para ir al encuentro de aquella Señora tan hermosa que les había asegurado que venía del Cielo.  

                Al llegar a la Cova de Iría, los videntes notaron nuevamente un resplandor, al que llamaban relámpago, pero que no era propiamente tal, sino el reflejo de una luz que se aproximaba. Algunos de los espectadores, que en número de cincuenta, aproximadamente, habían acudido al lugar, notaron que la luz del sol se oscureció durante los primeros minutos del coloquio. Otros dijeron que la copa de la encina, cubierta de brotes, pareció curvarse como bajo un peso, un momento antes de que Lucía hablara. Durante el coloquio de Nuestra Señora con los videntes, algunos oyeron un susurro como si fuese el zumbido de una abeja.

              Lucía: ¿Vuestra Merced qué quiere de mí?

              Nuestra Señora: Deseo que vengáis aquí el trece del mes próximo, que recéis el Rosario todos los días y que aprendáis a leer. Después diré lo que quiero.

              Lucía pidió la curación de una persona enferma.

              Nuestra Señora: Si se convierte, se curará dentro de este año.

              Lucía: Quería pedirle que nos llevara al Cielo.

              Nuestra Señora: Sí, a Jacinta y Francisco los llevaré pronto; pero tú te quedarás aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la Devoción a Mi Inmaculado Corazón. A quien la abrace le prometo la salvación; y serán amadas de Dios estas almas como flores puestas por Mí para adornar Su Trono.

              Lucía: ¿Y me quedo sola?

              Nuestra Señora: No, hija. ¿Tú sufres mucho? No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Corazón Inmaculado será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios.

              "Al decir estas últimas palabras –cuenta Lucía– abrió las manos y nos comunicó, por segunda vez, el reflejo de aquella luz tan intensa. En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Francisco y Jacinta parecían estar en la parte que se elevaba hacia el Cielo y yo en la que se esparcía por la tierra. Delante de la mano derecha de Nuestra Señora había un Corazón rodeado de espinas que parecía se le clavaban por todas partes. Comprendimos que era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación..."

              Cuando se desvaneció esta Visión, la Señora, envuelta todavía en la luz que Ella irradiaba, se elevó del arbusto sin esfuerzo, suavemente, en dirección al Este, hasta desaparecer del todo. Algunas personas más próximas notaron que los brotes de la copa de la encina estaban inclinados en la misma dirección, como si los vestidos de Nuestra Señora los hubiesen arrastrado. Sólo algunas horas más tarde volvieron a su posición natural.  




miércoles, 13 de mayo de 2026

NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO DE FÁTIMA




PRIMERA APARICIÓN DEL ÁNGEL

               Por este tiempo, (Primavera de 1916) Francisco y Jacinta pidieron y obtuvieron permiso de sus padres para comenzar a guardar sus rebaños. Entonces acordamos pastorear nuestros rebaños en las propiedades de mis tíos y de mis padres, para no juntarnos en la sierra con los otros pastores.

               Un bello día fuimos con nuestras ovejas a una propiedad de mis padres, situada al fondo de dicho monte, mirando al saliente. Esa propiedad se llama «Chousa Velha». Alrededor de media mañana comenzó a caer una lluvia fina, algo más que orvallo. Subimos la falda del monte seguidas por nuestras ovejas, buscando un resguardo que nos sirviese de abrigo.

               Allí pasamos el día, a pesar de que la lluvia había cesado y el sol había aparecido, hermoso y claro. Comimos nuestra merienda, rezamos nuestro Rosario, y no recuerdo si no fue uno de aquellos Rosarios que solíamos rezar, cuando teníamos ganas de jugar, pasando las cuentas y diciendo solamente las palabras: “Padrenuestro y Ave María”. Terminado nuestro rezo, comenzamos a jugar a las chinas. Hacía poco tiempo que jugábamos, cuando un viento fuerte sacudió los árboles y nos hizo levantar la vista para ver lo que pasaba, pues el día estaba sereno. Vemos, entonces, que, desde el olivar  se dirige hacia nosotros un joven de unos 14 ó 15 años, más blanco que la nieve, el sol lo hacía transparente, como si fuera de cristal, y de una gran belleza. Al llegar junto a nosotros, dijo: 

               – ¡No temáis! Soy el Ángel de la Paz. Rezad conmigo.

               Y arrodillándose en tierra, dobló la frente hasta el suelo y nos hizo repetir por tres veces estas palabras: 

               – ¡Dios mío! Yo creo, adoro, espero y Os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no Os aman. 

              Después, levantándose, dijo: 

              – Rezad así. Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas. 

              Sus palabras se grabaron de tal forma en nuestras mentes, que jamás se nos olvidaron. Y, desde entonces, pasábamos largos ratos así, postrados, repitiéndolas muchas veces, hasta caer cansados. 


SEGUNDA APARICIÓN DEL ÁNGEL

              Pasado bastante tiempo, en un día de verano, en que habíamos ido a pasar el tiempo de siesta a casa, jugábamos al lado de un pozo que tenía mi padre en la huerta. De repente vimos junto a nosotros la misma figura o Ángel, como me parece que era, y dijo: 

               – ¿Qué hacéis? Rezad, rezad mucho. Los Sagrados Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios. 

               – ¿Cómo nos hemos de sacrificar? – le pregunté. 

               – En todo lo que podáis, ofreced a Dios un sacrificio como acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y como súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra Patria la paz. Yo soy el Ángel de su guarda, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad, con sumisión, el sufrimiento que el Señor os envíe. 

TERCERA APARICIÓN DEL ÁNGEL 

              Pasó bastante tiempo y fuimos a pastorear nuestros rebaños a una propiedad de mis padres, que queda en la falda del mencionado monte, un poco más arriba que los Valinhos. Es un olivar al que llamábamos «Pregueira». Después de haber merendado, acordamos ir a rezar a la gruta que queda al otro lado del monte; para lo cual, dimos una vuelta por la cuesta y tuvimos que subir un roquedal que queda en lo alto de la «Pregueira». Las ovejas consiguieron pasar con muchas dificultades.

             Después que llegamos, de rodillas, con los rostros en tierra, comenzamos a repetir la oración del Ángel: ¡Dios mío! Yo creo, adoro, espero y os amo, etc. No sé cuántas veces habíamos repetido esta oración, cuando vimos que sobre nosotros brillaba una luz desconocida. Nos levantamos para ver lo que pasaba y vimos al Ángel, que tenía en la mano izquierda un Cáliz, sobre el cual había suspendida una Hostia, de la que caían unas gotas de Sangre dentro del Cáliz. En Ángel dejó suspendido en el aire el Cáliz, se arrodilló junto a nosotros, y nos hizo repetir tres veces. 

               – Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Os adoro profundamente y Os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios de la tierra, en reparación por las iniquidades, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de Su Sacratísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, Os pido la conversión de los pobres pecadores. 

              Después se levanta, toma en sus manos el Cáliz y la Hostia. Me da la Sagrada Hostia a mí y la Sangre del Cáliz la divide entre Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo:

               – Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios. 

              Y, postrándose de nuevo en tierra, repitió con nosotros otras tres veces la misma oración: «Santísima Trinidad... etc.», y desapareció. Nosotros permanecimos en la misma actitud, repitiendo siempre las mismas palabras; y cuando nos levantamos, vimos que era de noche y, por tanto, hora de irnos a casa.




PRIMERA APARICIÓN DE NUESTRA SEÑORA, 13 DE MAYO DE 1917

               Estando jugando con Jacinta y Francisco encima de la pendiente de Cova de Iría, haciendo una pared alrededor de una mata, vimos, de repente, como un relámpago. 

             – Es mejor irnos ahora para casa –dije a mis primos–, hay relámpagos; puede venir tormenta. – Pues sí. Y comenzamos a descender la ladera, llevando las ovejas en dirección del camino. 

              Al llegar poco más o menos a la mitad de la ladera, muy cerca de una encina grande que allí había, vimos otro relámpago; y, dados algunos pasos más adelante, vimos sobre una carrasca una Señora, vestida toda de blanco, más brillante que el sol, irradiando una luz más clara e intensa que un vaso de cristal, lleno de agua cristalina, atravesado por los rayos del sol más ardiente. Nos detuvimos sorprendidos por la aparición. Estábamos tan cerca que nos quedábamos dentro de la luz que la cercaba, o que Ella irradiaba. Tal vez a metro y medio de distancia más o menos. Entonces Nuestra Señora nos dijo: – No tengáis miedo. No os voy a hacer daño.

              – ¿De dónde es Vd.? – le pregunté.

              – Soy del Cielo.

              – ¿Y qué es lo que Vd. quiere?

              – Vengo a pediros que vengáis aquí seis meses seguidos, el día 13 a esta misma hora. Después os diré quién soy y lo que quiero. Después volveré aquí aún una séptima vez (1).

               – Y yo, ¿también voy al Cielo?

               – Sí, vas.

               – Y, ¿Jacinta?

               – También.

               – Y ¿Francisco?

               – También; pero tiene que rezar muchos Rosarios.

               Entonces me acordé de preguntar por dos muchachas que habían muerto hacía poco. Eran amigas mías e iban a mi casa a aprender a tejer con mi hermana mayor.

                – ¿María de las Nieves ya está en el Cielo?

                – Sí, está. (Me parece que debía de tener unos dieciséis años).

                – Y, ¿Amelia?

                – Estará en el Purgatorio hasta el Fin del Mundo. (Me parece que debía de tener de dieciocho a veinte años).

               –¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que El quisiera enviaros, en acto de desagravio por los pecados con que es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?

               – Sí, queremos.

               – Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la Gracia de Dios será vuestra fortaleza.

               Fue al pronunciar estas últimas palabras (la gracia de Dios, etc...) cuando abrió por primera vez las manos comunicándonos una luz tan intensa como un reflejo que de ellas se irradiaba, que nos penetraba en el pecho y en lo más íntimo del alma, haciéndonos ver a nosotros mismos en Dios que era esa luz, más claramente que nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces por un impulso íntimo, también comunicado, caímos de rodillas y repetíamos íntimamente: 

               – Oh Santísima Trinidad, yo Os adoro. Dios mío, Dios mío, yo Os amo en el Santísimo Sacramento. 

               Pasados los primeros momentos, Nuestra Señora añadió: 

             – Rezad el Rosario todos los días, para alcanzar la paz para el mundo y el fin de la guerra

               En seguida comenzó a elevarse suavemente, subiendo en dirección al naciente, hasta desaparecer en la inmensidad de la lejanía. La luz que la rodeaba iba como abriendo camino en la bóveda de los astros, motivo por el cual alguna vez dijimos que habíamos visto abrirse el Cielo.


Extraído de las "Memorias" de Sor Lucía Dos Santos



NOTAS ACLARATORIAS

              1- Esta «séptima vez» tuvo lugar la mañana del día 16 de Junio de 1921, cuando Lucía se despedía de la Cova de Iría. Se trataba de una Aparición particular y personal.




jueves, 9 de abril de 2026

120 ANIVERSARIO de la Aparición de NUESTRA SEÑORA DEL ESPINO, en Chauchina (Granada)



                    Chauchina es una localidad de la provincia de Granada, en España. En tal punto del sur de la Península Ibérica aconteció, a principios del siglo pasado, una manifestación celestial poco conocida pero de gran alcance espiritual. 

                    Era el 9 de Abril de 1906, Lunes Santo en aquel año, una virtuosa anciana llamada Rosario Granados Martín, apoyada en el respaldo de una silla, por no poder caminar de otra manera, se dirigía muy de mañana a las afueras del poblado para curarse las llagas purulentas que hacía más de tres años padecía en la pierna y cuyo estado nauseabundo movía a compasión a cuantas personas la encontraban. 

                    Abrumada iba la triste anciana, cuando vio que hacia ella venía una dama enlutada, llevando en sus manos un modesto rosario negro, la cual se detuvo a preguntarle qué le sucedía. Le contestó Rosario que estaba casi desesperada, porque ni Dios ni la Virgen se dignaban oírla. Le mandó entonces la Señora que siguiera Sus pasos hacia el cementerio, oído lo cual, la anciana soltó la silla que le servía de sostén y con tanta agilidad lo hizo, que sorprendió a los que la vieron; Rosario siguió a la Señora por la angosta vereda, hasta llegar a un arroyo donde la Señora le dio la mano para ayudarle a pasar, y Rosario alargó la suya para asir la de la Señora; cerca de la escena, un joven campesino, que no veía a la Señora, observando en tal actitud a la anciana creyó que la mujer había perdido el juicio.

                    Una vecina de las últimas casas del pueblo la invitó a descansar y como rehusara hacerlo por ir siguiendo a una Señora de “ojos hermosísimos y cara llena de gracia”, la tomó por ilusa. Llegó por fin al cementerio y la Señora enlutada le dijo con acento de compasión y tristeza “Oremos por los desgraciados del mundo que no temen la Divina Justicia”. 

                    Enseguida y puestas ambas de rodillas en el umbral del cementerio, comenzaron el rezo del Rosario observando la anciana la reverencia y devoción con que la Señora pronunciaba el Nombre de Dios Padre. No había terminado el Rosario, cuando la anciana sintióse adormecida por dulcísimo éxtasis, a cuyo despertar se sintió completamente curada. Corrió presurosa preguntando por la Señora y nadie supo darle razón de Ella. 

                    El pueblo se conmovió a la vista de la prodigiosa curación, la prensa granadina comentó el hecho y Chauchina y los pueblos comarcanos se persuadieron de que la misteriosa enlutada fue la Santísima Virgen, conocida bajo la advocación del Espino, por el arbusto junto al cual se apareció primeramente y de los Dolores, por las negras vestiduras que llevaba la misteriosa aparecida.

                    Una pobre estampa, rodeada de rústicas piedras, fue el primer monumento de gratitud que Rosario ofreció a la Santísima Virgen. A iniciativa del pueblo se hizo una pequeña hornacina en donde se colocó un sencillo cuadro de la Virgen de los Dolores, ante el cual se rezaba constantemente el Rosario y se pedía consuelo a la Madre afligida. Velas y lámparas de aceite permanecían encendidas de día y de noche, dando guardia de honor al cuadrito y mostrando a todos la creencia segura en la presencia de la Madre de Dios. Más tarde se levantó una pequeña Ermita con la limosna de los fieles. Para todos esta tierra estaba consagrada por el contacto de los pies de la Santísima Virgen. Y así, para distinguir el camino por donde anduvo la Señora hasta el cementerio, cortaron frondoso ramaje de los árboles próximos clavando las floridas ramas a uno y otro lado del camino. Sin atreverse a pisar el sagrado camino, llorando de alegría, pasaban de rodillas besando aquella tierra.

                    Un matrimonio costeó la construcción de una capilla, espléndidamente dotada para el culto; y junto a esa capilla ya ampliada porque era incapaz de contener las multitudes, que en fervorosas romerías acuden de muchos pueblos, se levanta la esbelta silueta de un monasterio de Capuchinas, llevado allí por la piedad del Cardenal-Arzobispo Vicente Casanova y Marzol, para que adorando al Santísimo Sacramento y viviendo en perpetua oración y penitencia por los pecados del mundo, cumpliesen los deseos de la Santísima Virgen. En efecto, antes de morir manifestó Rosario a un Padre Capuchino que la Santísima Virgen le había dicho: "En el lugar del espino donde fue la primera Aparición, se edificará una casa de oración y penitencia, un Monasterio de Religiosas Franciscanas que adorarán al Santísimo Sacramento".




LA VIDENTE DE NUESTRA SEÑORA DEL ESPINO


                    Rosario Granados Martín es una mujer sencilla que nació en Chauchina el 25 de Abril de 1839; el 4 de Abril de 1859 contraerá matrimonio con Manuel de Cantos Romero; muy pronto quedará viuda con 3 hijos: José, Diego y Francisco, a los que procuraba educar cristianamente y daba buenos ejemplos, enseñándoles las oraciones y la práctica de la caridad cristiana. 

                    Rosario ayuda a su nuera Magdalena en los trabajos de la casa y en la crianza de los niños que le van naciendo; atiende a los pobres que pasan, pidiendo un pedazo de pan, así como también a los vecinos que necesitan unas palabras de consuelo, unas muestras de cariño; y mantiene trato amistoso con todas sus vecinas y personas del pueblo que hablan muy bien de ella, como una mujer sencilla, una anciana que pasa desapercibida.

                    Rosario tuvo en su vida una ocasión de ejercitar en grado heroico el mandamiento del Señor de perdonar, y es que unos años antes de la Aparición, uno de sus hijos es asesinado por un hombre en la taberna de Arenas del Rey, pueblo de Granada donde Rosario y sus hijos viven como porteros de un cortijo. El asesino escapando de la justicia se esconde precisamente en casa de Rosario, él dice a Rosario que en una riña ha matado a un hombre y que lo quieren ahora matar a él; Rosario esconde a este hombre y al poco rato llega el otro hijo de Rosario, comunicando la muerte de su hermano y Rosario en lugar de delatar al hombre se lamenta diciéndole una vez que su hijo se ha marchado en su búsqueda: “Ya ves lo que has hecho… pero yo no te denunciaré… te perdono… También la Virgen perdonó a los verdugos de Su Hijo en el Calvario… Anda, y que Dios te acompañe por el mundo…”. Incluso Rosario le da de comer. 

                    No tardó el asesino en ser apresado. Rosario, pensando que él tendría madre, rogaba al Señor que no se viera obligada a testificar contra él ante un tribunal. Y su oración fue atendida: ocho días antes de la fecha señalada para el juicio, falleció el homicida, dando muestras de sincero arrepentimiento. 

                    Rosario murió para este mundo el 24 de Septiembre de 1921, siendo enterrada en el Cementerio de Chauchina, pero 40 años después, sus restos se trasladan a la cripta que, con permiso del Arzobispo de Granada, se le construyó junto al Camarín de la Virgen en la Iglesia conventual. 


EL SECRETO QUE CONFIÓ LA VIRGEN 
A ROSARIO GRANADOS


                    Como en otras apariciones, la Virgen en Chauchina también reveló un Secreto a la vidente. Ángeles Díaz García, amiga de Rosario y vecina también de Chauchina, de edad aproximadamente igual a la de Rosario, nos cuenta que Rosario le confío que había recibido de la Señora enlutada que vio el Lunes Santo del 1906, una confidencia misteriosa que debía guardar en secreto. Más adelante en 1921, Rosario se siente agotada y próxima a morir. Un sobrino de Rosario fue a visitarla en su enfermedad y atendió a su tía en su petición: «Que venga mi confesor, el Padre Francisco de Sevilla - un sacerdote de la Orden de los Capuchinos que residía en Granada- pues tengo que comunicarle una cosa antes de morir». El sobrino se dirigió raudo hacia Granada, para ir al Convento de los padres Capuchinos y buscar al Padre Francisco.

                    Mas no necesitó ir al Convento, ni siquiera detenerse en Granada.  La gran Providencia de Dios dispuso que cuando su tranvía llegaba a la que entonces llamaban Estación de Andaluces, viese que en aquel momento el Padre Francisco de Sevilla acababa de llegar en tren. Le contó el ruego de su tía Rosario, y el caritativo fraile fue a tomar el primer tranvía con dirección a Chauchina; entró en casa de la enferma; la escuchó en Confesión y recibió el Secreto con permiso de darlo a conocer después de que ella falleciera.

                    Aquel Secreto contenía una profecía, un anuncio para el tiempo futuro:

                    "En el lugar del espino donde fue la primera Aparición, se edificará una casa de oración y penitencia, un Monasterio de Religiosas Franciscanas que adorarán al Santísimo Sacramento".




                    Como los deseos del Cielo buscan diversos canales para ser cumplidos, nos encontramos que a menos de 20 kilómetros del lugar de aquella Aparición, en el Monasterio de las Capuchinas de San Antón (Granada capital), era abadesa Sor Trinidad del Inmaculado Corazón de María, devotísima de Jesús Sacramentado; aquella alma se sentía inspirada por Dios a tener en la Iglesia de su Comunidad el Santísimo Sacramento expuesto durante todo el día y adorado por las Religiosas Capuchinas en turnos de una hora. Sus deseos fueron aprobados por el Cardenal Arzobispo de Granada, Monseñor Vicente Casanova y Marzol, sin embargo, no todas las Capuchinas de la Comunidad veían con claridad ese deseo y proyecto de recargar la Regla Capuchina, ya muy austera por sí misma.

                    Es entonces cuando el Padre Francisco de Sevilla, le sugiere a la Madre Abadesa Sor Trinidad, la idea de ir a fundar a Chauchina, ya que la Virgen así lo ha pedido y coincide, la celestial petición con la inspiración de la piadosa monja.

                    El 11 de Abril de 1925, Sábado Santo, el Cardenal de Granada, junto con su Clero, reciben en Chauchina a la Madre Trinidad, que junto con otras 11 monjas, llegan a la localidad para iniciar la vida recoleta de las Capuchinas en la ermita de la Virgen del Espino, convertido desde entonces en Santuario Monasterio.



miércoles, 11 de febrero de 2026

"...ROGAD A DIOS POR LOS PECADORES, BESAD LA TIERRA EN PENITENCIA POR LOS PECADORES", el siempre actual Mensaje de Lourdes

 

Pobreza, Oración y Penitencia, 
en el sentido pleno de conversión, 
son las tres palabras clave con las 
que se concluye el lado práctico 
del Mensaje de Lourdes 


                   En 1846, Nuestra Señora se aparecía en la montaña francesa de La Salette; allí comunicaba un Secreto a dos jóvenes pastores, Maximino y Melanie; a esta sencilla muchacha advierte: Esto que Yo te voy a decir no será siempre secreto; puedes publicarlo en 1858. Llegado el año fijado por la Virgen Santa, Melanie Calvat lucha por imprimir el Secreto según los pedidos de la Madre de Dios, pero sólo encontrará reticencias e impedimentos hasta que consiguió publicarlo en 1879. No obstante, la Virgen sí cumplió con la fecha y en 1858 se manifestaba de nuevo en Francia, esta vez en la humilde población de Lourdes.

                    Jueves, 11 de Febrero de 1858, en la humilde familia de Los Soubirous habían tomado un pobre desayuno a las nueve. Bernadette, de catorce años pero con cuerpo de niña de menor edad, hilaba la estopa con su hermana Toinette, de once años. Su padre, François Soubirous, enfermo, estaba acostado. Los dos más pequeños jugaban en un rincón. La madre, Louise, se atareaba en la preparación de un pobre puchero con los ingredientes que tenía. —Dios mío —exclamó Bernadette—, ya no queda leña. —¿Y la que fuimos a buscar ayer? —protestó Toinette. El día anterior, Toinette había salido con su madre a las cuatro de la mañana a recoger leña. Había pasado tanto frío con los pies descalzos dentro de los zuecos, que Louise tuvo que envolvérselos con su delantal mientras ella preparaba la gavilla. Sí, pero ya se habían comido el haz... la leña les dio los seis céntimos de pan de la jornada anterior. Había que salir otra vez. 

                   Al poco rato, en torno a las once de la mañana, tres pares de zuecos golpearon los adoquines de la calle des Petits Fossés, giraron a la derecha por la calle de Baous, cruzaron la puerta del mismo nombre, cuya bóveda resonaba. Y de pronto ya estaban en el campo. Las niñas torcieron a la derecha delante del cementerio y rodearon el llamado «prado del paraíso» recogiendo algunas ramitas. El cesto iba de mano en mano: de Jeanne a Toinette y de Toinette a Bernadette. Volvieron a bajar hacia el torrente. No fue necesario ir tan lejos. A doscientos metros de allí estaba la lengua puntiaguda de arena donde se unían el Gave y el canal.

                   Se trataba de una formación rocosa de veintisiete metros de alto, nudosa, abultada por protuberancias, surcada por grietas y anfractuosidades de distintos tamaños, coronada de una avara maleza. Por todo adorno tenía un penacho de hiedra hacia la cima, y en un nicho a unos tres metros y medio del suelo, justo enfrente, un rosal salvaje cuyas ramas caían hasta el suelo. El lugar llevaba el adecuado nombre de Masse-vieille (vieja roca) o Massabielle, como todavía se pronuncia. La vieja roca parecía sostenida por un enorme arco rocoso entre cuatro y cinco metros de ancho, que cubría una gruta alargada de ocho metros de anchura. El pie izquierdo estaba apuntalado en el agua del Gave y se elevaba, con suavidad y oblicuamente, hasta una altura de tres o cuatro metros. El lado derecho caía en vertical. En el interior de la gruta, tan profunda como ancha, el suelo lleno de arena y morrena formaba un plano inclinado que confluía en la bóveda, al fondo. Sobre esta pendiente el torrente había depositado la madera y los huesos.


PRIMERA APARICIÓN: UNA MARAVILLOSA NIÑA BLANCA

                   En medio del paisaje inmóvil, en una especie de nicho que formaba una mancha oscura en la parte derecha de la roca, a tres metros por encima del suelo, se agitaba una mata de espinos. Una suave luz iluminó progresivamente aquel agujero en sombra. Y dentro de la luz, una sonrisa; era una maravillosa niña blanca. Separó los brazos al tiempo que se inclinaba en un gesto de recibimiento que parecía decir: «Acercaos...» Bernadette, paralizada por la sorpresa, pasmada, no se atrevió a moverse. ¿Era el miedo? Quizá, ¡pero era tan dulce! No sentía el menor deseo de escapar. No, se quedaría para siempre ahí, contemplando. Algo, sin embargo, luchaba en su interior. No estaba acostumbrada a escucharse, a alimentar fantasías agradables. Reaccionó diciéndose: «¡Vamos!, me estoy engañando.» Se frotó enérgicamente los ojos varias veces. La fricción de las palmas de sus manos borró el paisaje, sumergiéndola en la oscuridad. Los dos globos aplastados, reducidos a su consistencia material, le procuraron una innegable sensación de realidad. 

                   Volvió a abrir los ojos. La niña blanca seguía ahí, con su sonrisa. Con un gesto habitual, casi instintivo, se llevó la mano derecha al bolsillo del delantal, encontró el Rosario, el tranquilizador Rosario de las noches de asma. Levantó el brazo mecánicamente para hacer la señal de la Cruz con el crucifijo. ¡Sorpresa! el brazo se detuvo a medio camino; la mano cayó. ¡Da igual! Querer es poder... Pero no, el brazo le colgaba invenciblemente flojo y sin energía, aunque no dejaba de notar el tacto de la cruz de madera entre los dedos. De golpe, el sobrecogimiento se convirtió en miedo. Le temblaba la mano. 

                   En el hueco de la roca, la Aparición esbozó un gesto, el gesto que Bernadette quisiera hacer. También Ella sostenía un Rosario en la mano, un Rosario blanco con una gran Cruz brillante (1). Se lo llevó a la frente. Acompañando su gesto, el brazo de Bernadette se levantó por sí solo y dibujó a su vez una amplia señal de la Cruz. Con este gesto se desvaneció todo el temor y sólo quedó una intensa alegría. Bernadette se arrodilló. 

                   Las dos compañeras que se alejaban distinguieron, al volverse, la minúscula silueta en su postura de oración, arrodillada sobre el banco de arena en pleno torrente. Ranne se encogió de hombros. —¡Está loca si se pone a rezar ahí! ¡Ya es suficiente con rezar en la iglesia! 

                   De pronto... mientras pasaba las cuentas del Rosario, Bernadette observaba todo lo que podía, y ambas acciones se acompañaban maravillosamente. El tiempo volaba y permanecía como una pequeña eternidad. La Aparición hacía correr las cuentas entre sus dedos pero no movía los labios. Tan pronto terminó la oración, desapareció. Los ojos de Bernadette escrutaron en vano una estela de luz que se prolongó un instante antes de disiparse como una nube. ¡Sólo quedó la roca negra, la llovizna, el cielo gris, el tiempo encapotado! Pero nada de todo eso pesaba ya. La fatiga y la preocupación de hacía un momento habían desaparecido. Aquellas Apariciones se repetirían hasta en diecisiete ocasiones más.


ROCÍA A LA VIRGEN CON AGUA BENDITA

                   El 14 de Febrero, pese a la prohibición de sus padres, Bernadette regresa a la Gruta movida por una fuerza interior que la llama; de nuevo se presenta la Señora ante ella y Bernadette, la rocía con agua bendita... la Señora sonríe e inclina la cabeza. Acabado de rezar el Rosario, la Señora desaparece.


LA VOZ DE LA VIRGEN, APARICIÓN DEL 18 DE FEBRERO DE 1858

                   Llegada a la Gruta, Bernadette se puso de rodillas, sabedora que tenía el encargo de algunas personas de preguntar a la Aparición su nombre; pero no de cualquier manera pretendían que la niña interrogara a la Señora, sino que deseaban dar cierta autoridad al acontecimiento y por eso pidieron a Bernadette que la misma Señora escribiese su nombre. 

                  Una vez la Señora se hizo presente, la joven vidente, se puso de puntillas y le alargó con los brazos extendidos la pluma y el papel, diciéndole al mismo tiempo «Boulet aoue era bouentat de mettre vostre noum per escriout?» (¿Tendría la bondad de poner su nombre por escrito?). (2)

                   La Señora se echó a reír, envuelta en su propia luz, con una risa como las que tienen las niñas en el Cielo. ¿Qué era lo que le hacía tanta gracia?. ¿Eran los avíos sacados de la escribanía del tribunal en manos de Bernadette, que no sabía leer?. 

                   En cualquier caso, era una risa benévola y Bernadette se echó a reír al igual que ella de la extravagante ofrenda que sostenía en sus manos. Aquello inauguró entre ellas un sentimiento de complicidad. ¡Qué amistosa era la mirada de la bella Señora! ¡Y qué dulce iniciar con risas esa amistad! 




                   Bernadette se atrevía a amarla sin miedo. La risa de la Señora terminó en una sonriente respuesta. «N'ey pas necessari.» (No es necesario.) Era la primera vez que oía su voz fina y suave. Ahora estaba segura de que no se trataba de una ilusión. La Virgen, más real aún que todo aquello y más presente, esa vez enlazó sus frases en tono serio y sumamente elegante: «Boulet aoue era gracia de bié aci penden quinze dias?» (¿Quiere tener la cortesía de venir aquí durante quince días?

                   La hija de los Soubirous, poco habituada a tanta deferencia, se quedó totalmente desconcertada. La Señora llamaba de usted a una chiquilla a la que todo el mundo tuteaba; había dicho si quería tener la cortesía, una bonita y educada fórmula del dialecto de Lourdes. Bernadette respondió de corazón, sin detenerse a pensar en las consecuencias. A su promesa le respondió otra promesa. «Non proumeti pas deb hé urousa en este mounde, mès en aoute.» (No prometo hacerla feliz en este mundo, sino en el otro.) Estas parcas palabras parecían dulces bajo la mirada de Aquélla que las pronunciaba. 


EL CIRIO QUE NO QUEMABA

                   El 19 de Febrero Bernadette llegó a la Gruta portando un cirio encendido; a partir de ese momento, muchos devotos del lugar la empezarían a imitar y pronto nacería la procesión de antorchas que aún hoy perdura. Durante la Aparición, la parte inferior del cirio se coló entre los dedos de Bernadette, quedando la llama a la altura de los dedos; sin embargo la joven vidente no sufrió quemadura alguna pese haber estado expuesta al fuego por más de quince minutos, como confirmó un médico presente.


APARICIÓN DEL 24 DE FEBRERO, "PENITENCIA..."

                   Llegada a los pies de la gruta Bernadette se arrodilló, encendió un cirio y se persignó con una devoción contagiosa. Las cuentas del rosario corrían entre sus dedos cruzados. Cuando terminaba la primera decena, se produjo algo imponderable, una especie de movimiento hacia adelante, o más bien un impulso muy suave, pues Bernadette no se había movido. Pero su semblante había cambiado. A la lívida luz del amanecer, que la amarilla oscilación del cirio calentaba apenas, la cara palideció adquiriendo una luminosa blancura. La niña acababa de pasar a otro mundo.

                   Bernadette ya no sonreía... Nuestra Señora tampoco. Una especie de nube cubrió el resplandor de su cara. Recuperó el color. Al levantarse parecía triste, preocupada; incluso disgustada... la Virgen, con semblante profundamente triste le dice: "¡Penitencia!, ¡Penitencia!, ¡Penitencia!, ¡Rogad a Dios por los pecadores!, ¡Besad la tierra en penitencia por los pecadores!". Esta frase la repetiría la Señora en las siguiente Apariciones.

                   La noticia de las Apariciones se extendió por toda la comarca, y muchos acudían a la Gruta creyendo en el suceso, otros se burlaban. En la novena Aparición, el 25 de Febrero, la Señora mandó a Santa Bernadette a beber y lavarse los pies en el agua de una fuente, señalándole el fondo de la gruta. La niña no la encontró, pero obedeció la solicitud de la Virgen, y escarbó en el suelo, produciéndose el primer brote del milagroso manantial de Lourdes. Bernadette realiza ejercicios repulsivos, como besar la tierra, cavar en el suelo embarrado y comer hierba. Los asistentes menos devotos la tachan de visionario y loca.

                   En las Apariciones, la Señora exhortó a la niña a rogar por los pecadores, manifestó el deseo de que en el lugar sea erigida una capilla y mandó a Bernadette a besar la tierra, como acto de penitencia para ella y para otros, el pueblo presente en el lugar también la imitó y hasta el día de hoy, esta práctica continúa.



YO SOY LA INMACULADA CONCEPCIÓN

                   El 25 de Marzo, a pedido del Párroco del lugar, la niña debe preguntar a la Señora quién es...

                   Durante tres semanas Bernadette permanece ausente de la Gruta, pero ha estado ensayando mentalmente una bonita frase, ceremoniosa como una reverencia, que en parte le habían sugerido: «Mademisello, boulet aoué la bountat de me disé que es, s’il bou plan?» (Señorita, ¿tendría la bondad de decirme quién es, por favor?) Pero la «frase bonita» era demasiado complicada. Bernadette se liaba, tropezó y dijo voluntad (boulentat) en lugar de bondad (bountat), dos palabras que era incapaz de distinguir. La más larga le parecía más educada. 

                   La Señora sonrió de nuevo. ¿Se estaba burlando, como decía el Párroco? No... había tanta amabilidad y tanta bondad en su mirada. Tenía que volver a empezar. «Boulet aoué la boulentat de disé...» La sonrisa de la Virgen se hizo aún más amplia. Se echó a reír, pero esta vez Bernadette no iba a renunciar. 

                  «Boulet aoué la boulentat!», suplicó una vez más. Silencio... Pero Bernadette estaba decidida y nada la detendría ya. Lo repetiría diez veces si hacía falta, ya que la Señora no mostraba enfado. No fue necesario llegar a tanto. A la cuarta ocasión la Virgen dejó de reír. Cambió el rosario, llevándoselo al brazo derecho. Sus manos se separaron, y las extendió con las palmas hacia el suelo. De aquel gesto tan sencillo emanaba majestad; su silueta de niña adquirió grandeza; su juventud, un peso de eternidad. Con un movimiento acompasado, juntó luego las manos a la altura del pecho, levantó los ojos al cielo y dijo: «Que soy era Immaculada Councepciou» (Soy la Inmaculada Concepción)»

                   Bernadette fue a contar lo sucedido a su Párroco, pero éste dudó de que una simple jovencita analfabeta pudiese saber sobre el Dogma de la Inmaculada Concepción, declarado por el Papa Pío IX cuatro años antes. 


ÚLTIMA APARICIÓN, "JAMÁS LA HABÍA VISTO TAN BELLA"

                  El 16 de Julio de 1858, Festividad de la Virgen del Carmen, tiene lugar la última Aparición; Bernardette, siente una vez más en su interior el misterioso llamamiento de la Virgen y se dirige a la Gruta; pero el acceso a ella estaba prohibido y la gruta, vallada. Se dirige, pues, al otro lado del río Gave, enfrente de la Gruta. «Me parecía que estaba delante de la Gruta, a la misma distancia que las otras veces, no veía más que a la Virgen. Jamás la había visto tan bella.»

                  Las Apariciones fueron declaradas auténticas el 18 de Enero 1862. En el lugar se comenzó a construir un Santuario, que el Papa Pío IX concedió el título de Basílica en 1874. Bernadette, que había ingresado en las Hermanas de la Caridad de Nevers, entró en la Vida en 1879 y fue canonizada en 1933. 



     NOTAS

                  1   Según el relato de la misma Bernardette el Rosario que llevaba Nuestra Señora era como el de la vidente: de seis decenas, más conocido como Corona de Santa Brígida.

                  2  Bernadette hablaba tan solo su lengua materna, el gascón, típico de aquella región francesa; la Virgen siempre se comunicó con la joven en ese dialecto.




lunes, 2 de febrero de 2026

NUESTRA SEÑORA DEL BUEN SUCESO, para aplacar la Justicia Divina



                   El Convento de la Inmaculada Concepción fue el primer convento de religiosas en la ciudad de Quito, en el Virreinato del Perú, del Imperio Español. La Nobleza Católica del lugar había pedido al Rey Felipe II esta fundación, para que las mujeres de la Provincia española pudieran disfrutar de los beneficios de la vida religiosa.

                   Cinco hermanas profesas de la Orden de la Inmaculada Concepción fueron enviadas desde la Península Ibérica, como Madres Fundadoras del nuevo y primer Convento de la Orden de la Inmaculada Concepción en América. Les  acompañaba una muchacha de apenas 13 años de edad, Mariana de Jesús Torres Berriochoa, sobrina de la Madre Superiora. Mariana era de aristocrática familia de Vizcaya, al norte de España, pero desde niña quiso consagrarse por entero a Dios y desde que supo de la fundación del Convento, insistió a sus padres que le permitiesen unirse al grupo fundador; con el tiempo se convertiría en la más conocida de las Madres Fundadoras, pero permaneció casi desconocida fuera de Ecuador hasta el siglo XX.  

                   Las Madres Fundadoras llegaron a Quito el día 30 de Diciembre de 1576; en Enero de 1577, se fundó el Monasterio entregándose al Reverendo Padre Antonio Jurado, franciscano, el gobierno temporal y espiritual de las religiosas quien recibió los votos de obediencia de las Religiosas Concepcionistas.

                   La joven Mariana hizo un rápido avance en la vida espiritual y disfrutó de muchos favores del Cielo y gracias sobrenaturales. También practicaba la penitencia severa y fue elegida por Dios para sufrir como alma víctima. 

                  Muchos de sus sufrimientos fueron ocasionados por sus Hermanas de Religión, que eran poco estrictas, y que se revelaban contra la forma austera de vida insistida por la Beata Beatriz de Silva y las Madres Fundadoras españolas, exigido por la Santa Regla de la Comunidad. En el año 1592 la Madre Mariana fue elegida para ser Abadesa en lugar de su tía, muy enferma entonces y que murió poco después.

                   Tal día como hoy, coincidiendo con la Fiesta de la Presentación de la Virgen, en la mañana del 2 de Febrero de 1594, con un corazón lleno de amargura y dolor, la Madre Mariana se hallaba en profunda oración, postrada en el suelo en el coro alto del Convento; suplicaba a Nuestro Señor, por intercesión de Su Madre Santísima, que terminara aquellas duras pruebas por las que pasaba la Comunidad y pusiera fin a los muchos pecados que se cometen en el mundo. 

APARICIÓN DE NUESTRA SEÑORA

                   Durante este largo acto penitencial, la Madre Mariana de Jesús se percató de la presencia de alguien delante de ella. Su corazón estaba perturbado, pero una voz dulce la llamaba. Se levantó rápidamente y vio delante de ella una Dama muy bella que llevaba al Niño Jesús en su brazo izquierdo y, en su derecho, un pulido báculo de oro adornado con preciosas piedras de sobrenatural belleza.

                   Con el corazón lleno de alegría y felicidad, se dirigió a la aparición: "Bella Señora, ¿quién eres Tú y ¿qué quieres que haga? ¿No sabes que no soy yo más que una pobre Hermana, llena de amor a Dios, pero sin duda también desbordada de dolor?"

                   La Señora respondió: "Yo Soy María del Buen Suceso, la Reina del Cielo y la Tierra. Porque eres un alma religiosa llena de Amor de Dios y de Su Madre es que estoy hablando contigo ahora. He venido del Cielo para consolar tu corazón afligido. Tus oraciones, lágrimas y penitencias son muy agradables a Nuestro Padre Celestial. El Espíritu Santo que consuela tu espíritu y te sostiene en tus tribulaciones formó con tres gotas de la sangre de Mi corazón al Niño más hermoso de la humanidad. Durante nueve meses, Yo, Virgen y Madre, lo llevé en Mi seno purísimo. En el establo de Belén, le di a luz y lo acosté a descansar en la paja fría.

                   Como tu Madre, le traigo aquí, en Mi brazo izquierdo, para que juntas podamos restringir la Mano de la Divina Justicia, que está siempre dispuesta a castigar a este desdichado mundo criminal. En Mi brazo derecho llevo el báculo que ves, por el cual deseo gobernar este Convento como Abadesa y Madre.

                  Yo Soy la Reina de las Victorias y la Madre del Buen Suceso, y es bajo esta invocación que deseo ser conocida en todo tiempo... Mi Santísimo Hijo desea darte todo tipo de sufrimientos. Y para infundirte el valor que necesitarás, Me lo quito de Mis brazos. Recíbele en los tuyos. Mantenlo en tu corazón imperfecto..."

                   La Santísima Virgen puso el Divino Niño en los brazos de la feliz religiosa, que Le abrazó y acarició con cariño. Mientras lo hacía, sintió en su interior un fuerte deseo de sufrir. 

LA VIRGEN LE PIDE QUE HAGA UNA IMAGEN SUYA

                   Más adelante, en una nueva Aparición que tuvo lugar el 16 de Enero de 1599, la Santísima Virgen le dio a conocer diversos hechos futuros. Al despedirse de la Madre Mariana de Jesús, Nuestra Señora le manifestó:

                   “Es Voluntad de Mi Hijo Santísimo que tú misma mandes a trabajar una estatua Mía, tal como Me ves y la coloques encima de la Silla de la Prelada, para desde allí gobernar Mi Convento [...] para que entiendan los mortales que Yo Soy poderosa para aplacar la Justicia Divina, alcanzar piedad y perdón a toda alma pecadora que acuda a Mí con corazón contrito, porque Soy la Madre de Misericordia y en Mí no hay sino Bondad y Amor”.

                  En los años siguientes, la religiosa sufrió un terrible calvario. Sólo el 5 de Febrero de 1610 se pudo contratar al escultor designado por Nuestra Señora.

                  La Madre Mariana, comunicó entonces al Obispo, Fray Pedro de Oviedo y Falconi, dominico, el pedido de Nuestra Señora de mandar a elaborar la imagen. El Prelado quedó profundamente conmovido y entró en contacto con Francisco del Castillo.

                   El escultor apenas podía contener su sorpresa, alegría y gratitud por haber sido nombrado para este santo  proyecto y rechazó cualquier pago en vista de que ya se consideraba completamente compensado al haber ser elegido por la misma Santísima Virgen. Pidió solamente que su familia y descendientes permanezcan siempre en los rezos de la comunidad.

                  Se confesó, comulgó y empezó la elaboración de su obra, siempre bajo la orientación de la Madre Mariana, que le indicaba las facciones y la postura de Nuestra Señora, recibiendo también las medidas exactas con las que tenía que ser entallada la imagen, esto es, cinco pies y nueve pulgadas de alto.

                  Cinco meses le llevarían al artista para realizar la obra. Faltándole algunas pulidas, salió de viaje fuera de Quito en búsqueda de las mejores pinturas y los más finos barnices para concluir su trabajo.


CONFECCIÓN MILAGROSA DE LA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA

                   Aquello sucedió en Enero de 1611, cuando la imagen estaba casi terminada, y solamente le faltaban los toques finales de tintura; entonces Francisco del Castillo informó a la Madre Mariana que como el acabado era lo más importante, deseaba contar con los más pulcros materiales que existieran. Fue a buscarlos en otro sitio, prometiendo regresar en dos semanas, suspendiendo así el trabajo después de recibir la Santa Comunión.

                   Durante esos días en la Comunidad sólo se hablaba de la Santa Imagen que estaba a punto de ser acabada, bendecida e instalada como Reina y Superiora del Convento.

                  En la mañana del 16 de Enero, mientras las Hermanas se acercaban al Coro Alto para rezar el Oficio Matinal, oyeron una hermosa melodía.

                   Al entrar al Coro contemplaron la Imagen, bañada por una luz celestial, mientras que ecos de voces angelicales aún resonaban y cantaban el “Salve Sancta Parens”.

                   Vieron que la Imagen había sido exquisitamente acabada y que su rostro emitía rayos brillantes de luz.

                   Días después, el escultor se presentó en el Convento trayendo consigo los mejores esmaltes y listo para terminar su creación.




                   Sin contarle nada, fue invitado por las Madres y llevado al Coro Alto donde, sorprendido por tal maravilla, exclamó emocionado:

                   “Madres, qué es lo que veo? Esta Imagen preciosa no es el trabajo de mis manos!. No puedo describir lo que siento en mi corazón!. Esto es obra de manos angelicales!. Es imposible en la tierra para cualquier escultor, por más hábil que sea, imprimir tal perfección y tal extraordinaria belleza!”. Y llorando, en medio de sentimientos profundos de Fe y Piedad, cayó a los Pies de la Sagrada Imagen.

                   Enseguida, pidiendo papel y lápiz, testimonió por escrito y bajo juramento, que aquella Bendita Imagen no era obra suya, sino más bien de los Ángeles, pues la encontró totalmente distinta a su regreso.

                   Don Francisco del Castillo, presuroso, salió del Convento, llegando donde el Obispo Fray Pedro de Oviedo, y emocionado, le narró lo que sus ojos acababan de ver por lo que el Prelado acudió de inmediato donde las Madres Concepcionistas, encontrando la Imagen de la Virgen transformada pero mucho más perfecta de lo que se desprendía del relato del escultor, y arrodillándose ante Ella, reconoció el prodigio mientras que de sus grandes ojos brotaban lágrimas. Atestiguó que la Imagen había sido modificada y enriquecida por manos no humanas. Conmovido y extasiado proclamó a los Pies de la misma:

                   “María, Madre de Gracia y Madre de Misericordia, en la vida y sobre todo en la hora de la muerte, amparadnos, Grande Señora!”

                   Luego, llamando a la Madre Mariana, electa nuevamente Abadesa, le pidió que entrara en el confesonario. Intuía que ella debía saber sobre lo ocurrido.

                   La Santa Fundadora le relató entonces que en el día 15 de Enero de 1611, Dios le previno acerca de las Misericordias que presenciaría en la madrugada del día 16, pidiéndole además, se prepare con penitencias y mucha oración.

                   Haciendo esto, ya en la madrugada, vio al Coro Alto y a toda la Iglesia iluminarse con luces celestiales. Luego se abrieron las puertas del Sagrario y en la Santa Hostia aparecía la Santísima Trinidad, conociendo en ese instante, el Misterio de la Encarnación del Verbo así como el Amor Infinito de las Tres Divinas Personas a María Santísima, la cual era aclamada como Reina y Señora por los Nueve Coros Angelicales.

                   De inmediato, los tres Arcángeles se aproximaron ante la Imagen y San Miguel, reverenciándola, le decía:

                   "María Santísima, Hija de Dios Padre!"
  
                   Le seguía San Gabriel, diciendo:

                   "María Santísima, Madre de Dios Hijo!"

                   Finalmente, era San Rafael quien decía:

                  "María Santísima, Esposa Purísima del Dios Espíritu Santo!"

                  Luego apareció el Padre Seráfico San Francisco y junto a los tres Arcángeles se aproximaron a la Imagen semi-concluida por Don Francisco del Castillo y en un instante la rehicieron.

                   "No tuve luz para percibir cómo se operó la transformación instantánea, pero fue tan linda como la vio Vuestra Reverencia" le relató la Madre Mariana al Obispo, acrecentando que "la Reina de los Ángeles, en medio de estas alegrías se acercó a la Imagen y penetró en ella, a manera de rayos de sol que inciden en hermosos cristales. En ese momento la Imagen adquirió vida y entonó con celestial armonía el Magníficat. Esto aconteció a las tres de la mañana".

                   La Madre Mariana recuperó luego sus sentidos, viendo en su delante a la Bendita Imagen, bellísima y llena de luz como si estuviese en medio del sol.

                  Por la mañana y al entrar al Coro, las Hermanas del Convento, contemplaron que la Imagen reflejaba una mirada majestuosa, serena, dulce, amable y atrayente. Comprendieron así que otras manos, otra inspiración, habían modelado aquella maravilla.





miércoles, 28 de enero de 2026

EL ESCAPULARIO DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA, la celestial revelación a la Hermana Justina Bisqueyburu

 



                  El Escapulario Verde es un sacramental, aprobado por el Papa Pío IX en 1870. Debe ser bendecido por un Sacerdote Católico, si bien no necesita de ninguna imposición para recibirlo; se recomienda llevarlo al pecho o prendido entre la ropa, así como colocarlo en medio de otras pertenencias que usemos habitualmente (cartera, tarjetero, monedero, etc). La Virgen Nuestra Señora aseguró la conversión de aquellos pecadores que lo llevasen consigo.

                 Nueve años después que a Santa Catalina Labouré, se apareció la Santísima Virgen María a la Hermana Justina Bisqueyburu, en el mismo convento de la Rue du Bac, sosteniendo el Inmaculado Corazón en sus manos, resplandeciente con las más intensas y deslumbrantes llamas que salían de él, y le entregó el Escapulario Verde…

                  En La Rue du Bac de París se encuentra el Convento de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Personas de todo el mundo van a allí para orar en la Capilla y pedir la intercesión de la Virgen Inmaculada.

                   La historia del Escapulario Verde empieza en la misma Capilla, pero diez años después, y con otra Hermana, Justina Bisqueyburu. Es a ella a quien Nuestra Señora del Escapulario Verde se le apareció.



LAS VISIONES DE LA HERMANA JUSTINA

                   La Hermana Justina Bisqueyburu nació el 11 de Noviembre de 1817, en el pueblo de Mauleon, en los bajos Pirineos de Francia. Pasó sus primeros años con la hermana de su madre.

                   Su vida en ese momento era simple, como la de cualquier niña de su edad.

                   Cuando cumplió los 22 años, Justina se unió a las Hermanas de Caridad de San Vicente de Paúl, una Congregación muy popular y extendida en Francia, y fundada en los grandes principios de espiritualidad y caridad del gran ‘Monseñor Vicente’, que era como a él se le refería. El Convento de la Congregación estaba en la Rue du Bac, en París, una calle bulliciosa en el corazón del sector comercial de la ciudad.

                   Después de su llegada al Convento, Justina comenzó a experimentar gracias místicas y manifestaciones sobrenaturales.


PRIMERAS MANIFESTACIONES DE LA VIRGEN

                    El 28 de Enero de 1840, durante su retiro de Noviciado, estando orando en silencio en la Capilla del convento, se le apareció, sobresaltándola, la Santísima Virgen María. La Madre de Dios tenía un vestido largo de seda blanca dejando al descubierto sus pies. Encima del vestido tenía un manto del más pálido azul. Su cabello caía suavemente sobre sus hombros y no estaba cubierto por un velo. La Hermana observó que las manos de la Santísima Virgen estaban dobladas hacia su pecho y sosteniendo el Inmaculado Corazón, del cual salían llamas resplandecientes. La Madre de Dios no dijo nada.

                   Esta visión se repitió al final del retiro de la Hermana Justina y en otras cinco ocasiones durante el curso de su noviciado. En cada ocasión, la Santísima Virgen no decía nada y los detalles de cada visión eran idénticos.

                   Después de hacer sus primeros votos, Sor Justina fue enviada al pueblo de Blangy, para trabajar allí con las Hermanas de su Congregación. Al poco tiempo de su llegada, las Hermanas se reunieron para celebrar la Fiesta del Nacimiento de la Santísima Virgen María. Sor Justina se encontraba en oración meditando en esta celebración. De pronto tuvo una nueva visión, esta vez diferente a la de ocasiones anteriores.

                   La Santísima Virgen se le aparece vestida igual que en las otras ocasiones: con un vestido de seda blanca cubierto por el manto azul pálido, y en sus manos sosteniendo el Inmaculado Corazón, resplandeciente con las más intensas y deslumbrantes llamas que salían de él. Pero, tenía algo diferente: en su mano izquierda sostenía lo que parecía ser un Escapulario o insignia de alguna clase.



PARA CONVERTIR A LOS ALEJADOS DE DIOS

                   Durante esta visión se le dio a conocer por una revelación interior el significado de esta Aparición. Se le reveló que este Escapulario del Inmaculado Corazón sería un poderoso instrumento para la conversión de almas, particularmente aquellas que no tienen Fe, y que por medio de él, la Santísima Virgen obtendría para ellos, mediante Su Hijo, la gracia de una muerte en gracia de Dios.

                   Se le hizo también saber a la religiosa el deseo de la Madre de Dios de que el Escapulario fuese propagado por todas partes para que estas gracias particulares, lleguen a todas las almas que abracen esta devoción.

                   La Hermana Justina mantuvo un velo de silencio sobre estas manifestaciones y sólo hablo de ellas con aquéllas personas directamente responsables de su preparación espiritual. Y así, la Hermana Justina era vista únicamente como una Hermana religiosa humilde y fiel, como tantas otras, fiel a la Regla, obediente a aquellos cuya autoridad estaba por encima de ella, y compasiva con aquellos que necesitaran de su ayuda. Al finalizar su formación religiosa, Sor Justina dedicó calladamente la mayoría de sus años en varios hospitales de la Congregación en Francia, y se le recordó después como una Hermana diligente, capaz, compasiva y gentil; murió en Carcasona, en olor de Santidad, el 23 de Septiembre de 1903. 





DISEÑO DEL ESCAPULARIO VERDE

                   A diferencia de otros Escapularios, éste tenía un sólo cuadrado de tela en lugar de dos. El cuadrado de tela estaba atado con cordones verdes.

                   En él estaba una imagen de la Virgen de la misma forma en que se la había aparecido a Sor Justina en sus anteriores visiones, sosteniendo en Su mano derecha Su Inmaculado Corazón.

                   Al voltear la imagen, la religiosa vio “un Corazón ardiendo con rayos más deslumbrantes que el sol y tan transparente como el cristal.” El Corazón fue perforado por una espada y rodeado por una oración en forma oval, y en la parte superior de óvalo, una Cruz de oro. En la oración se lee: “Inmaculado Corazón de María, ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte.”

                   El Escapulario Verde no requiere ninguna fórmula particular de investidura sino una simple bendición de cualquier Sacerdote católico. A diferencia de otros Escapularios que hacen necesario llevarlos puestos, el Escapulario Verde puede llevarse puesto o estar con uno, e incluso tenerlo entre las pertenencias de uno.

                   La oración encontrada en el Escapulario debe orarse al menos diariamente. Si la persona para quien estas gracias se buscan no dice la oración, entonces debe hacerla la persona que le haya entregado el Escapulario o se lo haya puesto en su alcance.

                   Por varias razones la ejecución del plan de difusión del Escapulario sufrió largas dilaciones, por lo que la Santísima Virgen se quejó a Sor Justina en varias manifestaciones entre los años 1840 y 1846. Por fin, vencidos todos los obstáculos, la insignia fue distribuyendose, y por su medio se alcanzaron admirables conversiones y aún curaciones corporales.

                   Finalmente, los Escapularios se empezaron a fabricar y a ser distribuidos por las Hermanas en París, luego por toda Francia y fuera de ella. Con este fin, las Hermanas habían recibido la aprobación formal y el impulso necesario de Su Santidad, Papa Pío IX, en 1870.