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lunes, 2 de marzo de 2026

DEVOCIÓN DE LOS SIETE PADRENUESTROS EN HONOR DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE JESÚS


                    En 1349 Santa Brígida de Suecia abandonó su patria para ir a Roma, donde se dedicó a rezar y trabajar por el regreso del Papa a la Ciudad Eterna (en aquella época los Papas residían en la ciudad francesa de Aviñón) y la aprobación de la Regla de una Orden Religiosa, que la viuda convertida en monja pretendía fundar. En la Basílica de San Pablo Extramuros, arrodillada ante un Crucificado, entró en éxtasis, recibiendo entonces importantes revelaciones de Nuestro Señor, entre ellas la de los Siete Padrenuestros en Honor de la Preciosísima Sangre de Jesús.



En el Nombre del Padre, y del Hijo , y del Espíritu Santo. Amén.


Oración al Espíritu Santo:

                    Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de Tus Fieles y enciende en ellos el Fuego de Tu Amor.  

                    V. Envía Tu Espíritu, Señor, y serán creadas todas las cosas.

                    R. Y renovarás la faz de la tierra.

                    Oremos:  Oh Dios, que instruiste los corazones de Tus Fieles con la Luz del Espíritu Santo, concédenos que sintamos rectamente todas las cosas según el mismo Espíritu y gocemos siempre de Su consuelo. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Oración inicial:

                    Oh Jesús, ahora deseo rezar el Padrenuestro siete veces, unido al Amor con el que santificaste y endulzaste esta oración en Tu Corazón. Recíbelas de mis labios en Tu Divino Corazón, mejóralas y perfeccionándolas para que rindan a la Santísima Trinidad tanto Honor y Gloria como Tú ofreciste a través de esta oración. Y que este Honor y Gloria se derramen sobre Tu Santísima naturaleza humana, para glorificar Tus Santas Llagas y la Preciosísima Sangre derramada por Ti.


Primer Padrenuestro, 
meditando sobre la Circuncisión de Jesús


Padre nuestro que estás en los Cielos, etc...

                    Padre Eterno, por las Manos Inmaculadas de María y el Divino Corazón de Jesús, Te ofrezco la primera Llaga, los primeros dolores y el primer derramamiento de la Sangre de Jesús como reparación por mis pecados y los de todos los hombres durante la infancia y la juventud, como preservación contra los primeros pecados graves, especialmente entre mis familiares.

Dios Te salve María...


Segundo Padrenuestro, 
meditando sobre el Sudor de Sangre


Padre nuestro que estás en los Cielos, etc...

                    Padre Eterno, por las Manos Inmaculadas de María y el Divino Corazón de Jesús, Te ofrezco los horribles tormentos de Jesús en el Huerto de los Olivos y cada gota de Su sudor sangriento como reparación por mis pecados del corazón y los de toda la humanidad, como preservativo contra tales pecados y para el aumento del Amor a Dios y al prójimo.

Dios Te salve María...


Tercer Padrenuestro 
meditando sobre la Flagelación de Jesús


Padre nuestro que estás en los Cielos, etc...

                    Padre Eterno, por las Inmaculadas Manos de María y el Divino Corazón de Jesús, Te ofrezco las miles de Llagas, los crueles dolores y la Preciosísima Sangre de Jesús derramada durante la Flagelación, como reparación por mis pecados de la carne y los de toda la humanidad, como preservación contra tales pecados y para la preservación de la pureza, especialmente en mis familiares.

Dios Te salve María...



Cuarto Padrenuestro 
meditando sobre la Coronación de Espinas


Padre nuestro que estás en los Cielos, etc...

                    Padre Eterno, por las Manos Inmaculadas de María y el Divino Corazón de Jesús, Te ofrezco las Llagas, los dolores y la Preciosa Sangre de la Santa Cabeza de Jesús, derramada durante la Coronación de Espinas, como reparación por mis pecados del espíritu y los de toda la humanidad, como preservativo contra tales pecados y para la expansión del Reino de Cristo en la Tierra.

Dios Te salve María...


Quinto Padrenuestro 
meditando el Camino al Calvario


Padre nuestro que estás en los Cielos, etc...

                    Padre Eterno, por las Manos Inmaculadas de María y el Divino Corazón de Jesús, Te ofrezco los sufrimientos de Jesús en su Camino al Calvario, en particular la Santa Llaga de su Hombro y la Preciosa Sangre que de Ella brota, como reparación por mi rebelión y la de todos los hombres contra la Cruz, por mi murmuración contra las determinaciones de Tu Santa Voluntad y por todos los demás pecados de la lengua, como preservativo contra tales pecados y para obtener el verdadero Amor a la Cruz.

Dios Te salve María...


Sexto Padrenuestro 
meditando sobre la Crucifixión de Jesús


Padre nuestro que estás en los Cielos, etc...

                    Padre Eterno, por las Manos Inmaculadas de María y el Divino Corazón de Jesús, Te ofrezco a Tu Divino Hijo en la Cruz, Su elevación en la Cruz, Sus Llagas en Sus Manos y Pies y los tres torrentes de Su Santa Sangre que fluyeron de ellos por nosotros, Su extrema pobreza, Su obediencia, todos Sus tormentos de cuerpo y alma, Su preciosa Muerte y Su renovación incruenta en todas las Santas Misas de toda la Tierra como reparación por todas las transgresiones de los Santos Votos y reglas de las Órdenes y Congregaciones, por mis pecados y los del mundo entero, en favor de los enfermos y moribundos, para obtener Santos Sacerdotes y laicos, por las intenciones de la Santa Iglesia Católica, por la restauración de las familias cristianas, por la fortaleza en la Fe, por nuestra Patria y la unión de los pueblos en Cristo y Su Iglesia, así como por la diáspora.

Dios Te salve María...


Séptimo Padrenuestro 
meditando sobre la Apertura del Santo Costado de Cristo


Padre nuestro que estás en los Cielos, etc...

                    Padre Eterno, dígnate aceptar para las necesidades de la Santa Iglesia y como reparación por los pecados de todos los hombres la Preciosísima Sangre y Agua que brotaron de la Llaga del Divino Corazón de Jesús, y Sé misericordioso y compasivo con todos nosotros. Sangre de Cristo, último y preciado Tesoro de Su Sagrado Corazón, purifícame de toda culpa, mía y ajena; agua del costado de Cristo, purifícame de todos los castigos del pecado y extingue las llamas del Purgatorio por mí y por todas las Santas Almas que allí habitan. Amén.

Dios Te salve María...



El Divino Salvador reveló 
la siguiente Promesa a Santa Brígida:


                    “Sabed que concederé cinco bendiciones a quienes, durante doce años, recen siete Padrenuestros y Avemarías en Honor a Mi Preciosa Sangre”.

            1. No tendrán que pasar por el Purgatorio.

            2. Los aceptaré en el Coro de los Mártires como si hubieran derramado su sangre por la Fe.

            3. Yo preservaré tres almas de tus parientes en gracia santificante según tu elección.

            4. Las almas de tus parientes hasta la cuarta generación escaparán del Infierno.

            5. Se les informará de su fallecimiento un mes antes de que les llegue la muerte. Si fallecen antes de cumplir los 12 años, se considerará que se han cumplido las condiciones.

                    El Papa Inocencio X confirmó la Revelación de que esta Devoción se practicará durante 12 años y agregó que las almas que cumplan las condiciones liberarán una Alma del Purgatorio cada Viernes Santo. Esta Devoción se complementa fácilmente con la veneración y ofrenda de las Santas Llagas de Nuestro Salvador, pues de Sus Llagas fluyó la Preciosa Sangre. 



miércoles, 25 de febrero de 2026

SAN JOSÉ, EL PRIMER HOMBRE QUE CONSAGRÓ AL SEÑOR SU VIRGINIDAD




                    La Santa Iglesia Católica tributa a San José un culto singular, diferente y por encima del que se tributa al resto de Santos y Bienaventurados, el culto de "protodulía", esto es, perteneciente al primer Santo, después de la Virgen María, a la que corresponde el culto de "hiperdulía", muy por encima del culto con el que veneramos a los Ángeles y a los Santos.




                    Dice San Francisco de Sales que José y María eran como dos purísimos espejos, puestos el uno enfrente del otro, y que los rayos de Santidad que el Sol de Justicia, Cristo Jesús, enviaba a María, Ella con perfecta reverberación los comunicaba a San José; de manera que las virtudes de San José y de la Santa Virgen parecía iguales y las mismas.

                    Si la Virgen Inmaculada, por Su angelical pureza, fue proclamada Reina de las vírgenes, San José fue el primero de los hombres que con voto consagró al Señor su virginidad. Si la celestial belleza de María engendraba castidad en los que la miraban, San José con su ejemplar modestia inflamaba en amor de esta santa virtud. Si en el Corazón de María no hubo nunca ni el hálito de imperfección, el corazón de San José no experimentó jamás el ímpetu de la concupiscencia. Si la Santa Virgen fue más santa y perfecta que todos los Ángeles y Santos, San José es justísimo en grado inferior a María, pero superior a todos los demás Bienaventurados.




martes, 27 de enero de 2026

LA FLECHA DE ORO PARA HERIR SU CORAZÓN


                   La Devoción a la Santa Faz inspiró toda una espiritualidad, sobre todo en Francia; allí en la ciudad de Tours, la Venerable Sor María de San Pedro, carmelita descalza, mística, tuvo diferentes visiones y conversaciones con Nuestro Señor y la Santísima Virgen, en los que la instaron a difundir la Devoción a la Santa Faz de Jesús, en reparación por los muchos insultos que sufrió Jesucristo Nuestro Señor en Su Santa Pasión. 

                  El 24 de Noviembre de 1843, Nuestro Señor le advirtió: "La Tierra está repleta de crímenes. La violación de los primeros tres Mandamientos de Dios ha molestado a Mi Padre. El Santo Nombre de Dios ha sido blasfemado, y el Santo Día del Señor profanado, saturado de cantidad de iniquidades. Estos pecados se han acumulado hasta el Trono de Dios y han provocado Su Ira, la cual estallará pronto si Su Justicia no es apaciguada. Jamás han llegado estos crímenes a tal punto".

                   Anteriormente, el 24 de Agosto de 1843, Sor María de San Pedro había recibido una revelación especial de Nuestro Señor: "Él me abrió Su Corazón, y juntando allí las fuerzas de mi alma, se dirigió a mí con estas palabras: "Mi Nombre es blasfemado en todas partes. Hasta los niños Me blasfeman". Él me hizo entender que este espantoso pecado lastima penosamente Su Divino Corazón más que cualquier otro. Por medio de la blasfemia el pecador maldice el Rostro de Dios, lo ataca abiertamente, anula la Redención y pronuncia su propia condenación y juicio. La blasfemia es una flecha envenenada que siempre lastima Su Divino Corazón..."




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                   "El Salvador me hizo entender que Su Justicia estaba enormemente irritada por los pecados de la humanidad, pero particularmente contra aquellos que directamente ultrajan la Majestad de Dios, esto es: el ateísmo, las blasfemias y la profanación del Domingo y los Días Santos. Nuestro Señor me dijo: Los verdugos Me crucificaron un Viernes, los Cristianos Me crucifican el Domingo.

                   Él me dijo que desea darme una Flecha de Oro con la cual herir con delicias su Corazón y sanar esas heridas infligidas por la malicia de los pecadores. Este es el origen de la oración que conocemos, La Flecha de Oro: Que el más santo, más sagrado, más adorable, más incomprensible e inefable Nombre de Dios, sea por siempre alabado, bendecido, amado, adorado y glorificado, en el Cielo, en la tierra y bajo la tierra, por todas las criaturas de Dios y el Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar. Amén.

                   Nuestro Señor dijo que esta oración desencadena un torrente de gracia para los pecadores. En estos Mensajes del Cielo, se le pidió a Sor María de San Pedro hacer una Comunión de reparación por la profanación dominical (Pecado contra el Tercer Mandamiento). Sor María de San Pedro escribe: "Nuestro Señor me ordenó comulgar los Domingos por estas tres intenciones particulares: en espíritu de expiación por todas las tareas prohibidas que se hacen los Domingos, que como día de observancia debe ser santificado. Para apaciguar la Justicia Divina que estaba a punto de descargarse a causa de la profanación de los días de guardar. Para implorar la conversión de aquellos pecadores que profanan los Domingos, y para lograr la terminación del trabajo dominical prohibido.

                   Nuestro Señor desea que Su Divino Rostro sea ofrecido como objeto exterior de adoración a todos Sus hijos que se asociaran a esta Obra de Reparación. Su Divino Rostro es la Imagen misma de Dios".

                  "Ofrécelo -le decía Nuestro Señor- incesantemente a Mi Padre por la salvación de tu país. El tesoro de Mi Divino Rostro en sí Mismo posee un valor tan extraordinario que por medio de Él todos los asuntos de Mi Casa se arreglan rápidamente. Si supieras cuánto complace a Mi Padre ver Mi Rostro. Regocíjate, hija Mía, porque se acerca la hora en que nacerá la Obra más bella bajo el Sol". 



viernes, 16 de enero de 2026

UN DIOS TAN ENAMORADO DE LOS HOMBRES




                    El Amador de las almas, nuestro adorable Redentor, declaró que había bajado del cielo a la tierra para encender en el corazón de los hombres el fuego de Su Santo Amor. Fuego vine a traer a la tierra, dice San Lucas, ¿y qué he de querer sino que arda? (Lc 12, 49). ¡Ah! ¡Y qué incendios de Caridad no ha levantado en muchas almas, especialmente al patentizar por los dolores de su pasión y muerte el amor inmenso que nos tiene! ¡Cuántos enamorados corazones ha habido que en las llagas de Cristo, como en hogueras de Amor, se han inflamado de tal suerte, que para corresponderle con el Suyo no titubearon en consagrarle sus bienes, su vida y todas sus cosas, superando con gran entereza de ánimo todas las dificultades que les salían al paso para estorbarles el cumplimiento de la Ley Divina, guiados por el Amor de Jesús, que, no obstante ser Dios, quiso padecer tanto por amor nuestro!.

                    ¿Y qué es lo que nos aconseja el Apóstol para correr sin cansarnos por el camino que nos conduce al Cielo?. Pues considerar, nos dice, considerar atentamente a Aquel Señor, que sufrió tal contradicción de los pecadores contra Su misma Persona, a fin de que no desmayéis perdiendo vuestros ánimos (Hb 12, 3).

                    Por esto el enamorado San Agustín, o quien quiera que sea el autor de esta oración, contemplando a Jesús crucificado y cubierto de llagas, exclama: «Graba, Señor, Tus Llagas en mi corazón, para que me sirvan de libro donde pueda leer Tu dolor y Tu Amor; tu dolor, para soportar por Ti toda suerte de dolores; Tu Amor, para menospreciar por el Tuyo todos los demás amores.» Porque teniendo ante mis ojos el retablo de los muchos trabajos que por mí, Dios Santo, has padecido, sufriré con paz y alegría todas las penas que me sobrevengan, y en presencia de las pruebas de infinito Amor que en la Cruz me diste, ya nada amaré ni podré amar fuera de Ti.

Los Santos aprendieron en la Pasión de Cristo a padecer y amar de veras

                    ¿De dónde, decidme, sacaron los Santos valor y entereza para soportar tantos géneros de tormentos, de martirios y de muertes, sino de la Pasión de Jesús Crucificado?. Al ver San José de Leonisa, religioso capuchino, que querían atarle con cuerdas, porque el cirujano tenía que hacerle una dolorosa operación, el Santo, tomando en las manos el Crucifijo, exclamó: «¡Cuerdas!, ¿para qué las quiero yo? Aquí tengo a mi Señor Jesucristo clavado en la Cruz por mi amor, éstas son las cadenas que me atan y me obligan a soportar cualquier tormento por Su Amor.» Y tendido en la mesa, sufrió la operación sin exhalar una queja (Z. Boverio, Anales de los Capuchinos, A. 1612, núm. 155.) pensando en Jesús, que, como profetizó Isaías, guardaba silencio, sin abrir siquiera la boca, como el corderito que está mudo delante del que le esquila (Is 53, 7). ¿Quién podrá decir que padece sin razón al ver a Jesús despedazado por nuestras maldades? (Is 53, 5). ¿Quién rehusará sujetarse a obediencia, so pretexto de que le mortifica, al recordar que Jesús fue obediente hasta morir? (Fil 11, 8). ¿Quién se atreverá a hurtar el cuerpo de la humillación viendo a Jesús tratado como loco, como rey de burlas y como malhechor; al verle abofeteado, escupido y clavado en un patíbulo infame?.

                    Y ¿quién podrá amar a las criaturas y olvidarse del Amor de Jesús al verle morir sumergido en el piélago de dolores y desprecios para ganar nuestro amor?. Un devoto solitario pedía al Señor que le enseñase el camino más seguro para llegar a la conquista de su perfecto Amor. Y el Señor le reveló que para conseguir su intento el medio más a propósito era meditar con frecuencia los Dolores de Su Pasión. 

                    Lloraba Santa Teresa y se lamentaba porque algunos libros le habían enseñado a dejar la meditación de la Pasión de Cristo, por ser impedimento que podía estorbarle la contemplación de la Divinidad. Al caer la Santa en la cuenta del engaño exclamó: ¡Oh, Señor de mi alma y Bien mío, Jesucristo crucificado!, no me acuerdo vez de esta opinión que tuve, que no me dé pena; y me parece que hice una gran traición, aunque con ignorancia. ¿Es posible, Señor mío, que cupo en mi pensamiento, ni una hora, que Vos me habías de impedir para mayor bien?. ¿De dónde me vinieron a mí todos los bienes, sino de Vos?…» Y luego añade: «Y veo ya claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad Sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita» (Vida, cap. 22. Obras, 1, 165-169.).

                    Por esta razón decía el Padre Baltasar Álvarez que por ignorar los tesoros que tenemos en Jesucristo se pierden muchos Cristianos: movido de este parecer, su meditación más frecuente y regalada versaba sobre la Pasión de Cristo, en la cual se recreaba, meditando de modo especial la pobreza, los desprecios y los Dolores de Jesucristo, y exhortaba a sus penitentes a que meditasen a menudo la Pasión del Redentor, diciéndoles que no creyesen haber hecho cosa de provecho si no llegaban a grabar en su corazón la imagen de Jesús Crucificado (Luis de la Puente. Vida, cap. III, 2).

El Crucifijo, Escuela de Santidad

                    «Si quieres, alma devota, crecer siempre de virtud en virtud y de gracia en gracia, procura meditar todos los días de la Pasión de Jesucristo.» Esto es de San Buenaventura, y añade: «No hay ejercicio más a propósito para santificar tu alma que la meditación de los padecimientos de Jesucristo».

                    San Agustín añade «que vale más una lágrima derramada en memoria de la Pasión de Cristo que hacer una peregrinación a Jerusalén y ayunar a pan y agua durante un año» (Citado por Bernardino de Bustos, O.M. Rosarium Sermonum, p. 11. Sermón 15). En efecto, si nuestro amantísimo Salvador padeció tantos trabajos, fue para que de continuo los recordásemos, porque pensando en ellos es de todo punto imposible que no ardamos en las llamas de Su Santo Amor. La Caridad de Cristo, dice San Pablo, nos hace fuerza (2 Cor 5, 14). Pocos son los que aman a Jesucristo, porque son también pocos los que se detienen a pensar lo mucho que por nosotros padeció; al paso que no puede vivir sin amarle el que con frecuencia medita en Su Dolorosa Pasión, porque la Caridad de Cristo nos fuerza a amarle; de tal modo se sentirá apretado por Su Amor, que no podrá resistir a las caricias de un Dios tan enamorado de los hombres y que tanto ha padecido por ellos.

El Crucifijo, escuela de Divina Sabiduría

                    El apóstol San Pablo decía que sólo ambicionaba saber la ciencia del Crucificado, es decir, el Amor que nos manifestó desde el madero de la Cruz. No me he preciado de saber otra cosa entre vosotros, escribe a los Corintios, que a Jesucristo, y Éste crucificado (1 Cor 2, 2). Y a la verdad, ¿en qué libro podemos aprender la ciencia de los santos, que consiste en amar a Dios, mejor que en Jesús crucificado?. El gran Siervo de Dios Fray Bernardo de Corleón, religioso capuchino, no sabía leer; al ver que sus hermanos de religión le querían enseñar, Bernardo pidió consejo al Crucifijo, y Jesucristo desde la Cruz le respondió: «Te sobran los libros; no te hacen falta lecturas; Yo Soy libro abierto donde puedes leer de continuo el Amor que te he manifestado (Vida de Fray Bernardo de Corleón, por Gabriel de Modigliana, l. 1, cap, XII.). El asunto más grande y más digno de nuestra meditación durante la vida y por toda la Eternidad es la muerte de un Dios por amor del hombre.

                    Visitando cierto día Santo Tomás a San Buenaventura, le preguntó de qué libro había sacado tan excelente y copiosa doctrina como ponía en sus obras. San Buenaventura le presentó un Crucifijo, ennegrecido ya por los muchos besos que le había dado y le dijo: «Este es el libro que me dicta todo lo que escribo; lo poco que sé, aquí lo he aprendido» (Wadingo, Anales Minorum, año 1260, n. 20.).



Díptico diseñado para poder ser impreso a doble cara;
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                    Todos los Santos han aprendido en el libro del Crucifijo el arte de amar a Dios. Fray Juan de Alvernia no podía detener las lágrimas que brotaban de sus ojos con sólo ponerlos en las llagas de Jesús (Wadingo, Anales Minorum, año 1259, n. 7.). Cuando Fray Jacobo de Tuderto oía leer la Pasión del Redentor, no sólo derramaba torrentes de lágrimas, sino que henchía los aires con gritos desgarradores, que daban claro indicio del incendio de amor divino que ardía en su pecho (Wadingo, Anales Minorum, año 1238, n. 38 y 40.).

                    Estudiando San Francisco de Asís los dolores de Jesucristo, llegó a trocarse en Serafín de Amor (S. Buenaventura, Legenda S. Francisci, capítulo XIII, n. 3. Obras Vlll, 1898, pág. 542.). Tantas lágrimas derramó meditando las amarguras de Jesucristo, que estuvo a punto de perder la vista (Marcos de Lisboa, Crónica de S. Francisco, p. 1, lib. 1, Cap. 86.). Encontráronle cierto día hechos fuentes los ojos y lamentándose a grandes voces. Cuando le preguntaron qué tenía respondió: «¡Qué he de tener!… Lloro los dolores y las ignominias de mi Señor, y lo que me causa mayor tormento, añadió, es ver la ingratitud de los hombres que no Le aman y viven de Él olvidados (Marcos de Lisboa, Crónicas de S. Francisco, p. 1, lib. 1, cap. 86.). Bastábale oír el balido de un cordero para romper en amargas lágrimas y suspiros pensando en la Muerte de Jesucristo, cordero sin mancilla, sacrificado en el Ara de la Cruz por nuestros  pecados (S. Buenaventura, Legenda S. Francisci, capítulo VIII, n. 6.), y por esto el Santo enamorado del Divino Crucificado, no se cansaba de exhortar a sus hermanos a que pensasen siempre en la Pasión de Jesús (Marcos de Lisboa, Crónicas de S. Francisco, loc. cit.).

                    Jesús crucificado debe ser el libro en el cual, a ejemplo de los Santos, debemos leer de continuo, para aprender a aborrecer el pecado, y a inflamarnos en el Amor de un Dios tan amante; porque en las Llagas de Cristo leeremos la malicia del pecado, que Le condenó a sufrir muerte tan cruel e ignominiosa para satisfacer a la Justicia Divina, y las pruebas de Amor que Jesucristo nos ha tenido, sufriendo tantos dolores cabalmente para declararnos lo mucho que nos amaba.

                    Pidamos a María, Madre de Dios, que nos alcance de Su Hijo la gracia de entrar en aquellas hogueras de Amor donde se han inflamado tantos corazones, a fin de que, purificados de todos los afectos terrenos, podamos arder en aquellas felices llamas que santifican a las almas en la tierra y las hacen bienaventuradas en el Cielo.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo




miércoles, 14 de enero de 2026

NUESTRO PADRE Y SEÑOR SAN JOSÉ, PATRÓN DE LA BUENA MUERTE

 


                    San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre, hasta Su ingreso en el Cielo.

                    San José murió poco antes de comenzar Jesús Su vida pública, pues no vemos que aparezca, por ejemplo, en las bodas de Caná -hubiera sido, de no ser así lógica su asistencia-, ni en tantas otras narraciones de milagros y hechos de Jesús, y, sobre todo, cuando Él muere en la Cruz ¡jamás habría abandonado San José a Jesús en ese trance si hubiera vivido!. Que San José ya había muerto, nos lo confirma el hecho de que Jesús recomienda los cuidados de Su propia Madre a San Juan, dando a entender que ya no existía José, pues si no, es obvio que la hubiera confiado a Su Castísimo Esposo.

                    La Tradición sitúa la muerte de San José entre los 50-55 años, asistido en su última enfermedad por Jesús y María: Jesús, entonces adolescente, le animaría a esperar la Felicidad Eterna, prometida a los que aman al Señor, mientras que Nuestra Señora le consolaría, recordándole su misión como padre adoptivo del Salvador... La muerte de San José fue la más apacible y tranquila que pueda gozar el justo, es por eso que la Piedad Católica lo ha considerado Patrón de la Buena Muerte y especial Protector de los agonizantes.

                    Algunos teólogos son de la opinión que el cuerpo de San José, unido a su alma, se encuentra también glorioso en el Cielo, compartiendo con Jesús y María la Eterna Bienaventuranza. Se considera que la plena glorificación del Patriarca San José tuvo lugar probablemente después de la Resurrección de Jesús. Uno de los fundamentos en que se basa esta doctrina, moralmente unánime desde el siglo XVI, es el dato que aporta el Evangelista San Mateo de los sucesos que ocurrieron a la Muerte del Señor "...muchos cuerpos de los santos, que habían muerto, resucitaron." (1) Doctores de la Iglesia y teólogos piensan que Jesús, al escoger una escolta de resucitados para afirmar Su propia Resurrección y dar más realce a Su Triunfo sobre la muerte, incluiría en primer lugar a Su padre adoptivo.

                    ¡Cómo sería el nuevo encuentro de Jesús y San José! "El Glorioso Patriarca -afirma San Francisco de Sales- tiene en el Cielo un crédito grandísimo con Aquél que tanto le favoreció, conduciéndole al Cielo en cuerpo y alma (...) ¿Cómo iba a negarle esta gracia a quien toda la vida obedeció? Yo creo que José, viendo a Jesús, le diría: Señor mío, acuérdate de que cuando bajaste del Cielo a la tierra te recibí en mi familia y en mi casa, y cuando apareciste sobre el mundo Te estreché con ternura entre mis brazos. Ahora tómame en los Tuyos y, como Te alimenté y Te conduje durante Tu vida mortal, cuida Tú de conducirme a la Vida Eterna."

                    La excelsitud y el grado de Gloria que recibió el Santo Patriarca José, proporcionalmente a su misión y a los done otorgados, ha de colocarse, después de Santísima Virgen, en el más alto lugar. (2)

                    El Patrocinio de San José, por ser Universal, se extiende a la Iglesia Triunfante (en el Cielo), la Purgante (las Almas retenidas en el Purgatorio) y la Militante, que es aquella que formamos los bautizados que aún permanecemos en este mundo. San José fue el Custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia, por eso, si está unido para siempre con su Hijo y su Esposa, es lógico también que proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia nacida en el Santo Hogar de Nazareth. 



NOTAS ACLARATORIAS


        1- Evangelio de San Mateo, cap. 27, vers. 52 .

        2- La Santa Iglesia Católica tributa a San José el singular culto de "protodulía", esto es, perteneciente al primer Santo, después de la Virgen María, a la que corresponde el culto de "hiperdulía", muy por encima del culto con el que veneramos a los Ángeles y a los Santos.




martes, 30 de diciembre de 2025

OFRECE MI ROSTRO POR LA SALVACIÓN DE TU PAÍS


                    "Ofrece incesantemente Mi Rostro a Mi Padre por la salvación de tu país. El tesoro de Mi Divino Rostro en sí mismo posee un valor tan extraordinario que por medio de Él todos los asuntos de Mi Casa se arreglan rápidamente. Si supieras cuánto complace a Mi Padre ver Mi Rostro. Regocíjate, hija Mía, porque se acerca la hora en que nacerá la Obra más bella bajo el sol". 


Revelación de Nuestro Señor a la mística carmelita Sor María de San Pedro



                    Ese Rostro, venerado por los Patriarcas, deseo de los Ángeles, delicia del Cielo, fue profanado por escupitajos de bocas viles, golpeado por los inhumanos, y como para aumentar la mofa, fue cubierto por un velo por los sacrílegos.

                    El Rostro del Señor de toda la creación fue golpeado como si fuese un esclavo. Y Él, con semblante sereno, hablando suavemente, gentilmente amonestó a uno de los sirvientes del Alto Sacerdote que le había golpeado: "Si he dicho mal, dime dónde he errado; si en cambio he dicho bien, ¿por qué me golpeas?"dice: “Mira el Rostro de tu Cristo, oh! alma cristiana, y no levantes tus ojos sin lágrimas por Sus tormentos, ni eleves tu corazón contrito sin compasión y mira cuánta aflicción Él soporta para buscarte, para encontrarte. 

                    Abre bien tus ojos y mira el Rostro de Jesús. 

                    ¡Escúchalo atentamente! Si en medio del inexpresable sufrimiento, Él pronuncia una palabra, escóndela como el más preciado tesoro en un cofre de tu corazón". 


San Buenaventura



miércoles, 12 de noviembre de 2025

NUESTRO PADRE Y SEÑOR SAN JOSÉ, FORTALEZA, DEFENSA Y PAZ DE LA SAGRADA FAMILIA


                    "José, de sangre real, unido en matrimonio a la más grande y Santa de las mujeres, considerado el Padre del Hijo de Dios, pasó su vida trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario sostén para su Familia". 


Papa León XIII, Encíclica "Quamquam Pluries"



                Hoy Miércoles, siguiendo LA SEMANA DEL BUEN CRISTIANO, consagremos nuestras oraciones, buenas obras y sacrificios en honor de Nuestro Padre y Señor San José. La Santa Iglesia busca en San José el mismo apoyo, la fortaleza, la defensa y la paz que supo proporcionar a la Sagrada Familia de Nazaret, que fue como el germen en que ya se encontraba contenida toda la Iglesia.   

               El Patrocinio de San José se extiende a la Iglesia Universal: la Triunfante, en el Paraíso, donde piadosamente se cree que San José se encuentra en cuerpo y alma; también es Patrón de la Iglesia Militante -aquí en este mundo- como lo reconociera el Papa Pío IX en 1870; pero Dios, quiso también encargar a San José, el Patrocinio sobre las Benditas Ánimas del Purgatorio, especialmente sobre aquéllas que más devotas le fueron en vida mortal, y que ahora en la Cárcel del Purgatorio, son las más beneficiadas del Santo Patriarca. Ante semejante influencia ¿seguiremos dudando de la eficaz intercesión de San José. Acude a él con la confianza de un hijo hacia su padre, cuéntale qué te preocupa, cómo puedes salir de ese atolladero... 

               San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Nuestro Señor mientras crecía y se hacía hombre, hasta su entrada en el Cielo, de igual manera que veló por su Santísima Esposa, a quien se entregó como virginal esposo y fidelísimo ayudante en la educación del Divino Niño. No dudes entonces, si andas en compañía de Jesús y de María, ten la seguridad que junto a Ellos, encontrarás siempre a San José; gánate su amor, su compañía y su protección frente a los ataques de los enemigos del alma.

               

PRÁCTICAS 
para ser devoto y propagador de San José

          - Desde por la mañana ofrece a San José todas tus acciones; encomiéndate a él para que te asista en el trabajo diario y que con su aliento te sostenga cuando flaqueen las fuerzas. Imítale en su pureza virginal, en su constancia, en su incondicional obediencia a Dios y serás un santo de altar.

          - No dejes de rezarle el Ave Josefino hoy y todos los días; eleva el alma buscando el auxilio de San José, que tantas veces ayudó, alimentó y defendió a Jesús y a María.

          - Recita y propaga las siguientes oraciones compuestas en honor de San José (accede a ellas tocando sobre el título)

                    EL AVEJOSEFINO 

                    BENDITA SEA TU HUMILDAD

                    SÚPLICA CONFIADA A NUESTRO PADRE Y SEÑOR SAN JOSÉ

                    


jueves, 25 de septiembre de 2025

VISITA A JESÚS SACRAMENTADO por medio de los Santos Ángeles


...y ¿que haremos, preguntáis algunas veces, en la presencia de Dios Sacramentado? Amarle, alabarle, agradecerle y pedirle. ¿Que hace un pobre en la presencia de un rico? ¿Que hace un enfermo delante del médico? ¿Que hace un sediento en vista de una fuente cristalina?”

San Alfonso María de Ligorio, "Visitas al Santísimo Sacramento"


                Ángeles del Cielo, que rodeáis el Santo Tabernáculo del Altísimo, me uno a vosotros en los homenajes y adoraciones que rendís día y noche a Jesús Sacramentado. Quisiera amarle con un amor tan puro, tan verdadero, tan ardiente como el vuestro; pero soy tan ruin y pecador que nada puedo hacer que sea digno de Su Divina Majestad. Dignaos suplir mi cortedad, y alcanzadme las gracias que necesito para recoger los frutos de tan santa devoción. Feliz el alma que encuentra sus delicias en vivir junto al Tabernáculo del Señor, y allí conversar con su Amado y pasar las horas en su compañía. ¡Oh Ángeles del Cielo! Venid en mi auxilio, inflamad mi alma con el fuego del amor que os abrasa, para que mi corazón sea digno de adorar a Jesús Sacramentado. Amén.


                    Vengo, Jesús mío, a visitarte. Te adoro en el Sacramento de Tu Amor. Te adoro en todos los Sagrarios del mundo. Te adoro, sobre todo, en donde estás más abandonado y eres más ofendido. Te ofrezco todos los actos de adoración que has recibido desde la institución de este Sacramento y recibirás hasta el fin de los siglos. Te ofrezco principalmente las adoraciones de Tu Santa Madre, de San Juan, Tu discípulo amado, y de las almas más enamoradas de la Eucaristía. Ángel de mi Guarda, ve y visita en mi nombre todos los Sagrarios del mundo. Di a Jesús cosas que yo no sé decirle, y pídele su bendición para mí. 

 

ORACIÓN A JESÚS SACRAMENTADO
compuesta por Santa Teresita de Lisieux

                    “¡Oh Dios escondido en la prisión del Sagrario!, todas las noches vengo feliz a Tu lado para darte gracias por todos los beneficios que me has concedido y para pedirte perdón por las faltas que he cometido en esta jornada, que acaba de pasar como un sueño…

                    ¡Qué feliz sería, Jesús, si hubiese sido enteramente fiel! Pero, ¡ay!, muchas veces por la noche estoy triste porque veo que hubiera podido responder mejor a Tus gracias… Si hubiese estado más unida a Ti, si hubiera sido más caritativa con mis hermanas, más humilde y más mortificada, me costaría menos hablar Contigo en la oración.

                    Sin embargo, Dios mío, lejos de desalentarme a la vista de mis miserias, vengo a Ti confiada, acordándome de que «no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos». Te pido, pues, que me cures, que me perdones, y yo, Señor, recordaré que «el alma a la que más has perdonado debe amarte también más que las otras…» Te ofrezco todos los latidos de mi corazón como otros tantos actos de amor y de reparación, y los uno a Tus Méritos infinitos.

                    Y Te pido, Divino Esposo mío, que seas Tú mismo el Reparador de mi alma y que actúes en mí sin hacer caso de mis resistencias; en una palabra, ya no quiero tener más voluntad que la Tuya. Y mañana, con la ayuda de Tu gracia, volveré a comenzar una vida nueva, cada uno de cuyos instantes será un acto de amor y de renuncia.

                    Después de haber venido así, cada noche, al pie de Tu Altar, llegaré por fin a la última noche de mi vida, y entonces comenzará para mí el día sin ocaso de la eternidad, en el que descansaré sobre Tu Divino Corazón de las luchas del destierro… Amén”.



lunes, 15 de septiembre de 2025

LOS SIETE DOLORES de MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Corredentora de las almas


"¿A qué Te compararé? ¿A qué Te asemejaré, 
oh hija de Jerusalén? ¿A qué Te igualaré 
para consolarte, oh Virgen Hija de Sión? 
Porque grande como el mar es Tu destrucción" 

Libro de las Lamentaciones, cap. 2, vers. 13



              ¿Quién es esta Virgen de la que habla el Profeta con un tono tan triste? ¿Por qué es Su dolor tan profundo, que no se compara con ningún otro? Ciertamente, dudaríamos en creer que Jeremías se refería a la Inmaculada Madre de Jesús, si no fuera por el relato evangélico, que la retrata junto a la Cruz de Su Hijo moribundo.

                    Sí, es María, la incomparable Virgen de Judá, cuya alma pura jamás fue manchada por la más mínima mancha de pecado, y sobre cuya cabeza, sin embargo, se acumularon innumerables sufrimientos. Al predestinarla a ser Madre del Verbo, Dios también decretó que se convirtiera en Reina de los Mártires, pues le correspondía compartir todos los dolores que Su Divino Hijo soportó durante los treinta y tres años de Su vida mortal, y unir Sus propios sufrimientos a los del Verbo Encarnado, por la salvación de la Humanidad.

                    Con Jesús, María experimentó las penas del exilio, y con Él bebió los últimos sorbos de aquella amarga copa preparada por la malicia de los hombres para el Redentor del mundo. Los ultrajes dirigidos contra el Dios-Hombre recayeron sobre Ella, y se convirtió, en verdad, en la más afligida de las madres. Ofreció a Dios en el Calvario la Santa Víctima, y ​​soportó sin pestañear la amargura de la muerte. Finalmente, Su último y supremo dolor fue acompañar el adorable Cuerpo de Su Hijo al sepulcro: entonces Su desolación alcanzó Su clímax: «Me ha dejado desolada, consumida de dolor todo el día».

                    Cuando nos detenemos a considerar las cosas de este mundo, percibimos que esta tierra es un lugar de trabajo y angustia, no de alegría y descanso. Los afligidos constituyen la mayor parte de la humanidad, y los escasos consuelos que nos llegan no están exentos de una pizca de amargura.

                    Para el hombre mundano, interesado únicamente en el placer y el disfrute, la ley del dolor parece extremadamente dura: no puede someterse a ella, lo irrita y siempre está en busca de la fugaz imagen de la felicidad que se escapa de su alcance.

                    El hombre de Fe, en cambio, acostumbrado a contemplar todas las cosas a la luz de la Gracia de Dios, reconoce una admirable disposición de la Providencia en la ley del sufrimiento. Lejos de rebelarse contra esta ley, se somete a ella, la adora y se humilla bajo la mano que castiga. Bendice esta mano paternal tanto cuando golpea como cuando concede favores y gracias. El hombre de Fe comprende que Dios solo golpea para sanar, que esta tierra no es nuestra verdadera patria y que el sufrimiento es necesario para expiar el pecado. Ahora bien, ¿no somos todos pecadores? No nos preguntemos, entonces, si estamos llamados a sufrir.

                    Oh María, compañera inseparable de Jesús Crucificado, enséñame el secreto de esta divina ley del dolor, para que, en Tu escuela, aprenda, en virtud de los méritos de Jesucristo y de los tuyos, a someterme con corazón dispuesto a las disposiciones de la Providencia sobre mí.

                    María, exenta de todo pecado, no estaba naturalmente sujeta a la ley del dolor; como Adán en el Jardín del Edén, sólo habría experimentado alegría y gozo. Y sin duda, así habría sido si hubiera sido una criatura común y corriente. Pero en los Designios de Dios, María estaba predestinada a ser la Obra Maestra de la Gracia, y le correspondía pasar por el sufrimiento para alcanzar la perfección a la que había sido llamada.



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                    Además, como Madre del Redentor, María debía cooperar, cuanto una criatura podía hacerlo, con Jesucristo en la Obra de nuestra Redención, así como Eva en el Paraíso Terrenal había tenido parte en provocar nuestra ruina; y como el Salvador debía restaurarnos mediante el sufrimiento, así María debía beber con Él el cáliz amargo.

                    Además, estando María destinada a ser Madre del Género Humano, era necesario que conociera el dolor, para poder compadecerse de las miserias de Sus hijos nacidos en la tierra.

                    El Alma de María, por tanto, se sintió abrumada y sumida en una amargura solo superada por la de Su Hijo. «¡Oh todos los que pasáis por el camino, prestad atención y ved si hay dolor como el Mío!»


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



domingo, 14 de septiembre de 2025

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ y la Devoción de "Los Mil Jesús"

 


"Nos autem gloriari opórtet 
in Cruce Dómini nostri Iesu Christi"

"Debemos gloriarnos 
en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo"

Carta de San Pablo a los Gálatas, cap. 6, vers. 14


                   La libertad otorgada a la Santa Iglesia por el Emperador Constantino tras la Victoria del Puente Milvio, fue una verdadera exaltación de la Santa Cruz, lo mismo que el hallazgo del Sagrado Madero por Santa Elena en el año 326. Sin embargo, la Iglesia recuerda también otro hecho.

                   Siglos más tarde, el Rey de Persia, Cosroe, declara la guerra al Imperio Romano de Oriente (Imperio Bizantino con sede en Constantinopla) en el año 604. El Senado de la ciudad nombra Emperador a Heraclio, que de entrada busca la paz con los enemigos. Así, el general Ramiozán, de las huestes del rey persa, se apodera de la Ciudad Santa, Jerusalén, comete el sacrilegio de destruir el Santo Sepulcro y roba impunemente el trozo de la Verdadera Cruz de Nuestro Señor que Santa Elena había guardado en un relicario de plata.

                   De los testimonios de aquél sacrílego acto de tomar Jerusalén, se dice que "De los prisioneros cristianos que quedaron en poder de los vencedores, unos fueron entregados al furor de los judíos, que los sacrificaron cruelmente, y otros fueron conducidos a Persia en unión del botín y de la Santa Reliquia. Entre los prisioneros se halaba el Patriarca de Jerusalén, Zacarías."

                  La noticia conmociona a la Cristiandad, que rápidamente crea un ejército -a modo de Cruzada- para liberar a los hermanos cautivos, al Patriarca de Jerusalén y sobre todo, la Sagrada Reliquia de la Cruz de Nuestro Señor. El valiente y creyente ejército se adentró en Persia, tomando las ciudades de Gauzak (donde los persas tenían un templo dedicado al sol), Derkeveh, Urma, Saro...

                  El mismo Emperador Heraclio cruza las filas de sus tropas crucifijo en mano, prometiendo a los soldados la victoria sobre los enemigos de Dios y de la Iglesia Católica; promesa que Dios tuvo a bien cumplir, ya que la derrota persa fue completa. Incluso los aliados del rey persa asesinaron a éste, que se negaba a negociar la paz, y pusieron a su hijo en su lugar, el cual capituló y devolvió las ciudades tomadas antes de la guerra, así como liberó a los cristianos cautivos y devolvió la Sagrada Reliquia de la Cruz.




                   Cuando el Emperador Heraclio regresó a Constantinopla con la Santa Cruz, la ciudad la recibió con un júbilo sin parangón. De esa alegría sin par que llenó el alma de miles y miles de Cristianos que adoraron la Preciosa Reliquia; quedó establecida la Celebración de la Exaltación de la Santa Cruz.

                  A pesar de lo mucho que había costado recuperarla, Heraclio quiso devolverla a Jerusalén y lo quiso hacer él mismo. Así, otra vez en la Ciudad Santa, decidió cargarla personalmente hasta el Monte Calvario y claro está, para ceremonia tan importante, quiso lucir sus mejores galas. Sin embargo, cuando se disponía a ascender camino del monte donde Nuestro Señor fue crucificado, sus pies quedaron inmóviles, siéndole imposible dar un paso. 

                  Entonces, el Obispo Modesto, Patriarca de Jerusalén, recordó al Emperador Heraclio que Cristo había subido al Calvario pobre, con apenas unos harapos y escarnecido por sus enemigos. El Emperador entendió y sin vacilar, se desprendió de sus galas y su corona, cargó de nuevo con la Santa Cruz y esta vez sí pudo ascender hasta llegar al lugar bendito de la Redención, donde el Patriarca impartió la bendición con la Sagrada Reliquia de la Cruz.


DEVOCIÓN DE "LOS MIL JESÚS"

               "El Nombre de Jesús es la más corta, la más fácil, la más poderosa de todas las plegarias. Nuestro Señor nos dice que podemos pedir al Padre en Su Nombre, por ejemplo, en el Nombre de Jesús, y recibiremos. Todas las veces que decimos ''Jesús", estamos diciendo una fervorosa oración por todo, todo lo que necesitamos"Padre Paul O´Sullivan



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