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sábado, 18 de julio de 2026

80º ANIVERSARIO DE SOR MARÍA CONSOLATA BETRONE

  


               Pierina Betrone nació en Saluzzo (Cúneo, Italia) el 6 de Abril de 1903. Desde muy pequeña estuvo inclinada a la piedad, soñando con ser algún día misionera, por eso, hasta en tres ocasiones intentó consagrarse en congregaciones de vida activa, pero siempre aparecieron impedimentos que cortaron de raíz sus buenas intenciones.

               Su confesor, el Padre Accomasso, le sugirió entonces entrar en el monasterio de Capuchinas de Turín. Pierina, obediente a la voz de su Director, solo acertó a decir "nada me atrae de las Capuchinas"; ingresó en el Monasterio el 17 de Abril de 1929, para tomar el hábito el 28 de Febrero de 1930, momento en el que tornó su nombre de pila por el de María Consolata.

                Fue precisamente en este día que se reveló el Sagrado Corazón de Jesús para rogarle: 

        "Sólo te pido esto: un Acto de Amor continuo".

               A partir de ese momento, viviría una íntima unión con Aquél que es Rey y Centro de todos los corazones. Su nuevo nombre, Consolata, con el que empezaba su vida como Esposa de Cristo, sería el eje de su vida: consolar al Sagrado Corazón de Jesús por tantos pecados e indiferencias. Por eso se resolvió a vivir penitente y abnegada por la Voluntad de Dios, pero oculta a los ojos del mundo ya aún a los de sus Hermanas Capuchinas.

               El 8 de Abril de 1934 hizo los votos perpetuos; Consolata era fiel en sus diferentes labores, como cocinera, zapatera y portera. El 22 de Julio de 1939, sería destinada a la nueva fundación capuchina de Moriondo Moncalieri, donde desempeñó las funciones de enfermera y secretaria.

               Su unión con el Sagrado Corazón de Jesús la llevó a convertirse en "Cirenea" de Cristo, que le reveló Su dolor por un mundo cada vez más hundido en la ruindad y en la miseria del pecado. 

               Por eso, el Divino Corazón le enseñó un Acto de Amor sencillísimo que debía repetir frecuentemente, prometiéndole que cada vez que lo pronunciase salvaría el alma de un pecador y repararía mil blasfemias.

Jesús, María, os amo, salvad almas



               En esa simple fórmula se condensaban los tres amores de todo Cristiano: Nuestro Señor  Jesucristo, la Virgen Santísima y las almas por las que Cristo derramó Su Preciosa Sangre

                El Sagrado Corazón le reveló además:

Piensa en Mí y en las almas. 
En Mí, para amarme; 
en las almas, para salvarlas

 (22 de Agosto de 1934)

               Nuestro Señor le explicó que ese Acto de Amor, debía recitarlo "Día por día, hora por hora, minuto por minuto"(21 de Mayo de 1936). Y ese mismo Divino Corazón le insistía:

Consolata, di a las almas que prefiero 
un Acto de Amor a cualquier otro don 
que puedan ofrecerme; tengo sed de amor

(16 de Diciembre de 1935)

               El 24 de Septiembre de 1945 sor Consolata pidió media jornada de reposo y se extendió. En Junio de 1939 se le escapó una frase de su pluma: "Me cuesta morir a pedacitos". En su oculta situación de enfermedad y la rigurosa vida de penitencia se sumarían en breve también los difíciles años de la segunda Guerra Mundial.

               Consolata padecería literalmente el hambre, pero con la generosidad de siempre. Fue el último Acto de Amor: el que le costó la vida. En el invierno de 1944 su color cadavérico la traicionó. Por obediencia se sometió a una visita médica. El dictamen del médico fue simplemente: "Esta religiosa no tiene ninguna enfermedad: está extenuada".

              El 25 de Octubre de 1945 la radiografía descubrió la catástrofe en sus pulmones. El 4 de Noviembre partió hacia el sanatorio. Ahí permanecería hasta el 3 de Julio de 1946, cuando una ambulancia la llevaría de nuevo, consumida hasta lo imposible, al Monasterio de Moriondo. La Hermana muerte la visitó al alba del 18 de Julio.

               Que este Acto de Amor, "Jesús, María, os amo, salvad almas", sea nuestro primer pensamiento al despertar; durante el día repítelo frecuentemente, en casa, en la calle, mientras conduces... después de las oraciones de la noche, prueba a encontrar el sueño mientras repites con cariño el Acto de Amor.




sábado, 20 de junio de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Madre Castísima


"El Espíritu Santo vendrá sobre Ti,
y el poder del Altísimo Te cubrirá
con su sombra; por eso, el Santo
que nacerá de Ti, será llamado
Hijo de Dios" 


Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers. 35



                    La Encarnación del Verbo no es solo un Misterio de nuestra Fe, sino también el mayor milagro que el poder de Dios haya realizado jamás.

                    Nada, en efecto, supera más los poderes de la naturaleza que la unión de una Persona divina, increada e infinita, con la naturaleza humana, creada y finita. Pero Dios quiso añadir otro milagro asombroso al primero: la concepción virginal de Jesús en el vientre de María, quien, por un privilegio singular, fue visitada por el Espíritu Santo. El poder del Altísimo la cubrió con su sombra para que concibiera y diera a luz al Verbo de Dios.

                    Así como no puede haber mayor dignidad en una criatura pura que la de cooperar inmediatamente con el Espíritu Santo en la formación del cuerpo de un Dios, no es de extrañar que Dios haya dejado de lado las leyes de la naturaleza para salvaguardar la virginidad de su Madre.

                    ¡Maravilla indescriptible! ¡Qué vívidamente nos revela el amor del Espíritu Santo por su Esposa, y cómo realza ante nuestros ojos la sublime dignidad de la Madre de Dios!

                    La concepción virginal de Jesucristo en el vientre de María, como toda otra obra maravillosa de Dios, debe atribuirse a la acción común de las Tres Personas Divinas, quienes, teniendo la misma naturaleza, se unen en todas sus obras ad extra . Sin embargo, es al Espíritu Santo a quien atribuimos esta concepción virginal, y esto por varias razones.

                    En primer lugar, la Encarnación es una obra de amor, puesto que Dios se hizo hombre por el amor que nos tuvo; ahora bien, el Espíritu Santo es precisamente, en la Santísima Trinidad, el amor consustancial del Padre por el Hijo y del Hijo por el Padre.

                    Además, por su unión con el Verbo, la santísima Humanidad de Jesús se convirtió en la mayor maravilla de la perfección espiritual, habiendo sido elevada, ennoblecida y glorificada por encima de todas las cosas creadas por la luz de la Divinidad: ahora bien, es al Espíritu Santo a quien atribuimos la obra de la gracia y todos los frutos de santificación que de ella emanan.

                    Finalmente, la Encarnación tuvo como fin la redención del género humano, al cual Jesucristo había de admitir a participar de las gracias, de las cuales poseía la plenitud. Ahora bien, esta santificación, que tiene su origen en Jesucristo, es precisamente obra del Espíritu Santo. Por lo tanto, es justo que atribuyamos la realización de este gran misterio a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

                    Por estas razones, María es el templo elegido, el santuario único del Espíritu Santo: un santuario tan hermoso, tan rico en dones divinos, que todos los demás santuarios palidecen en comparación.

                    Alégrate, alma mía, porque tales bendiciones nos han llegado por obra del Espíritu Santo en María. Repite con santa exultación estas palabras con las que el Esposo Celestial se complació en dirigirse a esta Madre incomparable: «Eres un jardín cerrado, hermana mía, esposa mía; eres una fuente sellada: tus plantas son un paraíso de delicias».

                    La concepción virginal de Jesucristo en el vientre de María no solo pone de relieve la Doctrina de la Maternidad Divina junto con la de la Divinidad de Jesucristo, sino que también es una prueba elocuente de que, más allá del orden natural, existe una vida sobrenatural, que es el fin de todas las cosas creadas.

                    Pues, si Dios quiso que semejante intervención milagrosa del Espíritu Santo tuviera lugar en la concepción del Redentor de la humanidad, podemos deducir de ello que el alcance de la Encarnación trasciende todo lo que el orden natural comprende. De hecho, Jesucristo se hizo hombre para concedernos la gracia en esta vida y la recompensa de la gloria en la venidera.

                    Demos gracias al Espíritu Santo por haber cubierto con su sombra a María y, de este modo, habernos concedido el conocimiento de esta gran verdad: que hemos sido creados para el cielo, y solo para el cielo.

                    Santa Isabel, hija de Andrés II, rey de Hungría, y esposa de Luis, landgrave de Turingia, fue desde su más tierna juventud sumamente devota de la gloriosa Reina del Cielo. Siempre se complacía en venerarla y en que todos con quienes entraba en contacto la veneraran. Nunca se cansaba de recitar la Salutación Angélica en honor de la Madre de Dios.

                    Entre las virtudes más destacadas de Santa Isabel, se encontraba su amor por la santa pobreza. Esta la aprendió en la escuela de la Santísima Virgen María, pues la Reina del cielo y de la tierra practicó la pobreza durante toda su vida terrenal. Este espíritu de pobreza inspiró en Santa Isabel un profundo desprecio por las posesiones terrenales, al punto de detestar todo lo que no fuera estrictamente necesario, y ni siquiera conservaba lo que correspondía a su dignidad de reina. En una ocasión, en la Fiesta de la Asunción, mientras asistía a la solemne misa, se quitó la corona real ante todos los presentes y, apartando los cojines que le habían preparado, se arrodilló en el suelo, declarando que tales adornos no eran propios de una sierva de Jesucristo, puesto que Él, el Rey del cielo y de la tierra, había vivido siempre con humildad y había muerto coronado de amargas espinas.

                    Tras la muerte de su esposo, Isabel sufrió las más feroces persecuciones. Movida por la envidia y el odio de los grandes nobles, se corrió la voz de que, con sus limosnas, había malgastado el tesoro de la Corona. Por este motivo, fue expulsada de la corte, expuesta a toda clase de insultos y, finalmente, obligada a refugiarse en una pequeña cabaña, donde padeció terriblemente de hambre y de las inclemencias del tiempo. En medio de estas tribulaciones, siempre soportadas con heroica paciencia, recibió la amorosa ayuda de la Santísima Virgen, su dulce patrona, quien incluso se dignó a aparecerse ante ella y hablarle.

                    Finalmente, Santa Isabel recuperó su dignidad original. Pero en lugar de disfrutar plácidamente de los placeres y honores de su rango, renunció a todo lo mundano y pidió vestir el hábito de San Francisco. Durante el resto de su vida, se dedicó incansablemente a la penitencia y la humildad. Finalmente, invitada por su Esposo celestial al banquete nupcial del paraíso, cambió las lágrimas de su exilio por las alegrías del cielo, falleciendo en Marburgo, Alemania, el 19 de Noviembre de 1231.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María


sábado, 23 de mayo de 2026

SOR MARÍA DE JESÚS DE ÁGREDA



                    Sor María de Jesús nació en la villa de Ágreda, provincia de Soria, España, en 1602, vivió y murió allí mismo en 1665.

                    Célebre religiosa, confidente y consejera del Rey Felipe IV, fundadora y escritora. Se llamaba en el mundo María Coronel y Arana y en religión María de Jesús, pero fue conocida por el nombre de su ciudad natal. 

                    Sor María de Jesús, perteneció a una familia hidalga y de extremada religiosidad, hasta tal punto que, cuando María tenía dieciséis años, padres e hijos abandonan el mundo y abrazan la vida religiosa; su propia casa quedó convertida en convento y en ella continúa con su madre y su hermana, las tres como Concepcionistas Franciscanas. 

                    Fue adquiriendo fama de santidad y de ser favorecida con revelaciones sobrenaturales y, antes de cumplir los veinticinco años, era elegida abadesa, dispensándole el Papa la falta de edad. Con recursos de la caridad fundó en las afueras de la villa de Ágreda el Monasterio de la Inmaculada Concepción, al que se traslada la Comunidad en 1633. La fama de sus virtudes y sabiduría movieron al Monarca Felipe IV a visitarla cuando en Julio de 1643 pasaba hacia Aragón con motivo de la Guerra de Cataluña.

                    La situación de España era crítica y el Rey debió encontrar consuelo en la conversación de la abadesa, solicitando una amistad epistolar que con gran sigilo y puntualidad había de durar hasta la muerte de la monja. En esta correspondencia, de la que hizo copia por mandato de su confesor, no sólo levanta el espíritu apocado del rey y le da consuelos de perfección espiritual, sino que trata de los asuntos más arduos de la gobernación del Reino. Trabaja en pro y en contra de validos (mano derecha del Rey), aconseja campañas y provoca medidas públicas. Abarca resueltamente la cuestión del gobierno del Conde-Duque de Olivares, al que censura con energía como perturbador de la paz del Estado, y recuerda al Rey la obligación que tenía de hacerlo todo por sí mismo sin privados ni favoritos. 

                    Cuando durante la guerra de Cataluña estuvo el Monarca a punto de indisponerse con Aragón, por la jurisdicción del Tribunal de la Fe, le aconseja con buen criterio que aplazase a toda costa el negocio de la Inquisición «por ser de mucho peso y preciso resolverle con tiento y tomando medios y arbitrios para ajustarse a todos». 

                    En política exterior es partidaria de la paz. Durante las negociaciones en Münster y Osnabruck, que habían de culminar en la paz de Westfalia, trató de inclinar a Felipe IV a terminar la guerra con Francia, para ocuparse con todas sus fuerzas en el problema de Portugal, y hasta escribió al Papa Alejandro VII solicitando su mediación en favor de la concordia entre los Príncipes Cristianos.

                    En el orden místico, sus ideas fueron elevadas y dentro de la más firme ortodoxia, pero se vio envuelta por la Santa Inquisición en un proceso, del que salió absuelta con las más favorables censuras, en 1650, tras quince años de litigios; la Universidad de la Sorbona de París llegó a condenar varias proposiciones de sus libros.  

                    El más notable de sus escritos religiosos es "Mística Ciudad de Dios", (con más de ciento setenta ediciones en diez idiomas) una historia de la Virgen en la que están resumidas las más importantes de sus tesis teológicas, el Dogma de la Inmaculada y la Infalibilidad Pontificia. Acerca de esta obra se entabló apasionada controversia que duró más de un siglo.

                    Se cuenta que Sor María de Jesús de Ágreda poseía diferentes dones místicos, entre otros, el de la bilocación, lo que supuestamente la llevó a evangelizar a los aborígenes de las regiones de Texas, Arizona y Nuevo México, donde fue llamada "la Dama azul", en una clara alusión a la capa de las religiosas concepcionistas, como lo narra el Franciscano Padre Benavides, que además informó a sus Superiores en México y el Rey Felipe IV; en 1630, este mismo religioso se trasladó a España para conocer a Sor María de Jesús de Ágreda y a conminarla bajo juramento a decir la verdad. Ella le confirmó que, efectivamente, era llevada por Ángeles a países para ella desconocidos a predicar a Jesucristo entre paganos e idólatras y explicarles cómo llegar hasta los Sacerdotes que pudiesen bautizarles. 




                    Desde el punto de vista histórico, es de sumo interés su correspondencia con el Rey, que duró más de veinte años, con un total de seiscientas cartas, algunas publicadas por Francisco Silvela, precedida de un bosquejo histórico, en el que va encajando la actuación de Sor María (Cartas de la Venerable Madre Sor María de Ágreda y del Rey Don Felipe IV, Madrid, 1885). «En ellas no sólo se alcanzan pormenores de la mayor importancia sobre personajes y sucesos de aquel tiempo, sino que se descubre también en sus más íntimos repliegues el carácter moral del Monarca, completándose con nuevas perspectivas el cuadro de la Corte y de la sociedad española en el siglo XVII» . 

                    Sor María de Jesús, falleció el 24 de Mayo de 1655, a los 63 años, en el Convento de Ágreda. Hoy día en la Capilla del Convento de la Inmaculada Concepción, puede verse su sepulcro y la urna de cristal, donde se venera su cuerpo incorrupto.


De una carta de Sor María de Jesús 
de Ágreda al Rey Felipe IV


                    "Confieso que de lo que más necesita la Monarquía de Vuestra Majestad es de paz; ésta se alcanzará con la justicia, porque David juntó estas dos virtudes y nunca se vio ser un príncipe fielmente servido si no es temido, y el temor no se consigue sin alguna demostración prudente de rigor; y como la justicia consiste principalmente en dar a cada uno lo que le pertenece, usando de ella V. M. hará que en primer lugar se le dé a Dios el culto, reverencia y servicio que le debemos, como hijos de la Iglesia y profesores de su Fe Santa, evitando las ofensas que le hacemos, castigando al malo y premiando al bueno; y en segundo lugar, el cumplimiento de buenos vasallos y fieles a su Rey y Monarca, y tanto más cuanto V. M. defendiere la causa del Altísimo, correrá por su cuenta la de V. M. y se podrá animar a la confianza".



miércoles, 20 de mayo de 2026

SAN BERNARDINO DE SIENA, Misionero Franciscano, Apóstol del Santo Nombre de Jesús



                  Nació cerca de Siena, en Italia en el año 1380. Su padre era gobernador. El niño quedó huérfano de padre y madre a los siete años. Dos tías se encargaron de su educación y lograron formarlo lo mejor posible en ciencias religiosas y darle una educación muy completa. Sus estudios de bachillerato los hizo con tal dedicación que obtuvo las mejores notas.

                  De joven se afilió a una asociación piadosa llamada "Devotos de Nuestra Señora" que se dedicaba a hacer obras de caridad con los más necesitados. Y sucedió que en el año 1400 estalló en Siena la epidemia de tifo negro. Cada día morían centenares de personas y ya nadie se atrevía a atender los enfermos ni a sepultar a los muertos, por temor a contagiarse. Entonces Bernardino y sus compañeros de la asociación se dedicaron a atender a los apestados. Trabajaban de día y de noche. Bernardino preparaba muy bien a los que ya se iban a morir, para que murieran en paz con Dios y bien arrepentidos de sus pecados. Y como por milagro, este grupo de jóvenes se libró del contagio de la peste del tifo. Pero cuando pasó la enfermedad, Bernardino estaba tan débil y sin alientos, que estuvo por varios meses postrado en cama, con alta fiebre. Esto le disminuyó mucho las fuerzas de su cuerpo, pero le sirvió enormemente para aumentar la santidad de su alma.

                  Cuando ya recobró otra vez su salud, de vez en cuando se alejaba de casa y a quienes le preguntaba a dónde se dirigía les respondía: "Voy a visitar a una personita de la cual estoy enamorado". La gente creía que era que se iba a casar, pero un día sus tías le siguieron los pasos y se dieron cuenta de que se iba a una ermita donde había una estatua de la Virgen Santísima y allí le rezaba con gran fervor.

                  En el año 1402 entró de religioso franciscano. Lo recibieron en un convento cercano a su familia, pero como allí iban muchos amigos a visitarlo pidió que lo enviaran a otro más alejado y donde la disciplina era muy rígida, y así en el silencio, la oración y la mortificación se fue santificando.

                  Nuestro Santo había nació el día de la Natividad de la Santísima Virgen, el 8 de Septiembre, y en esa misma fecha recibió el Santo Bautismo. Sería también un 8 de Septiembre cuando recibiría el hábito de los hijos de San Francisco y en ese gran día de la Natividad de Nuestra Señora recibió la ordenación sacerdotal en 1404. Fue pues siempre para él muy grata y muy significativa esta santa fecha.

                  Los primeros 12 años de sacerdocio los pasó San Bernardino casi sin ser conocido de nadie. Vivía retirado, dedicado al estudio y la oración. Dios lo estaba preparando para su futura misión.

                  Ni la voz ni las cualidades oratorias le ayudaban a San Bernardino para tener éxito en la predicación. Entonces se dedicó a pedir a Nuestro Señor y a la Santísima Virgen que lo capacitaran para dedicarse a evangelizar con éxito y de pronto Dios le envió a predicar. Y esto sucedió de un modo bien singular. Durante tres días seguidos, estando rezando todos los religiosos por la mañana, de pronto un joven novicio, sin poder contenerse, interrumpió la oración y le dijo: "Hermano Bernardino: no ocultes más las cualidades que Dios te ha dado. Vete a Milán a predicar". Iguales palabras le fueron dichas cada uno de los tres días. Todos consideraron que esto era una manifestación de la Voluntad de Dios y le aconsejaron que se fuera a la gran ciudad a predicar la Cuaresma. Y los éxitos fueron impresionantes. Las multitudes empezaron a asistir en inmensas cantidades a sus sermones. Al principio le costaba mucho hacerse oír a lo lejos pero le pidió con toda fe a la Virgen Santísima y Ella le concedió una voz potente y muy sonora (en vez de la voz débil y desagradable que antes tenía).

                    Desde 1418 hasta su muerte, San Bernardino recorre pueblos, ciudades y campos durante veintiséis años, predicando de una manera que antes la gente no había escuchado.

                   Se levantaba a las 4 de la mañana y durante horas y horas preparaba sus sermones. Y el efecto de cada predicación era un entusiasmarse todos por Jesucristo y una gran conversión de pecadores. Muchísimos terminaban llorando de arrepentimiento al escuchar sus palabras. Cuando su voz potentísima gritaba en medio de la silenciosa multitud: "Temblad tierra entera, al ver que la criatura se ha atrevido a ofender a su Creador", a la gente le parecía que el piso se movía debajo de sus pies y empezaban a llorar con gran arrepentimiento. Casi siempre tenía que predicar en las plazas y campos porque en los templos no cabía la gente que deseaba escucharle.

                  Recorrió toda Italia a pie, predicando. Cada día predicaba bastantes horas y varios sermones. A todos y siempre les recomendaba que se arrepintieran de sus pecados y que hicieran penitencia por su vida mala pasada. Atacaba sin compasión los vicios y las malas costumbres e invitaba con gran vehemencia a tener un intenso amor a Jesucristo y la Virgen María.

                  Por todas partes llevaba y repartía un estandarte con estas tres letras que formaban el Santo Nombre de Jesús: JHS (Jesús, Hombre, Salvador) e invitaba a sus oyentes a sentir un gran cariño por el nombre de Jesús. Donde quiera que San Bernardino predicaba, quedaban muchos estandartes en palacios y casas con sus tres letras: JHS.

                  En Polonia predicó contra los juegos de azar y las gentes quemaron todos los juegos de azar que tenían. Un fabricante de naipes se quejó con el santo diciéndole que lo había dejado en la ruina, y él aconsejó: "Ahora dedíquese a imprimir estampas de Jesús". Así lo hizo y consiguió más dinero que el que había logrado conseguir imprimiendo cartas de naipe.

                  Los envidiosos lo acusaron ante el Papa diciendo que San Bernardino recomendaba supersticiones. El Papa le prohibió predicar, pero luego lo invitó a Roma y lo examinó delante de los Cardenales y quedó tan conmovido el Sumo Pontífice al oírle sus predicaciones, que le dio orden para que pudiera predicar por todas partes.

                  El Papa quiso nombrarlo Arzobispo, pero el Santo no se atrevió a aceptar. Entonces lo nombraron Superior de los Franciscanos, porque era el que más vocaciones había conseguido para esa Comunidad: cuando San Bernardino entró en la comunidad de franciscanos observantes, solamente había en Italia trescientos de estos religiosos. Cuando él murió ya había más de cuatro mil.

                  Los grandes sacrificios que tenía que hacer para predicar tantas veces y en tan distintos sitios sumado a los muchos ayunos y penitencias que hacía, lo fueron debilitando notoriamente. En su rostro se notaba que era un verdadero penitente, pero esta misma apariencia de austero y mortificado, le atraía más la admiración de las gentes. El único lujo que aceptó en sus últimos años, fue el de un borriquillo, para no tener que hacer a pie todos sus largos viajes.

                   Su deseo de progresar en el arte de la elocuencia y del buen predicar era tal, que donde quiera que sabía que había un buen predicador, se iba a escucharlo y aún ya lleno de años, se sentaba como simple discípulo para escuchar las clases de los maestros afamados que enseñaban cómo hablar bien en público.

                  En su ciudad natal, Siena, había muchas divisiones y peleas. Se fue allá y predicó 45 sermones que devolvieron la paz a toda esa región. Uno de los oyentes logró copiar esos sermones y se conservan como una verdadera joya de la elocuencia sagrada, donde se combinan la teología con los consejos prácticos y la agradabilidad con la profundidad. 

                  Mientras viajaba por los pueblos predicando, con muy poca salud pero con un inmenso entusiasmo, se sintió muy débil y al llegar al convento de los franciscanos en Aquila, murió santamente el 20 de Mayo de 1444, cuando contaba 64 años. Su cuerpo, expuesto durante tres días, obró varios milagros documentados para el proceso de Canonización.

                  Ante la petición de todo el pueblo el Papa Nicolás V, lo canonizó en 1450, tan sólo a seis años de haber muerto. San Bernardino de Siena es, indudablemente, uno de los más grandes santos del siglo XV, uno de los mejores modelos de la predicación popular cristiana, uno de los más preciosos ejemplos de aquel puro y encendido amor de Cristo, tan característico de su padre San Francisco de Asís y del espíritu franciscano de todos los tiempos.




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lunes, 16 de febrero de 2026

BEATA FELIPA MARERI



                    Felipa nació, a finales del siglo XII, hacia el año 1195, de la noble familia de los Mareri, en el castillo de su propiedad situado en San Pietro de Molito, hoy Borgo San Pietro, provincia de Rieti. La Baronía de la familia Mareri se afianzó en el Cicolano a finales del siglo XII desde el castillo del que tomó su nombre. El fundador del linaje fue Felipe, que tuvo al menos cuatro hijos: Tomás, Gentil, Felipa y otra hija cuyo nombre desconocemos. El mayor incremento de la fama y fortuna de la familia se debió a Tomás, que fue un alto funcionario del emperador Federico II.

                    Orientada hacia la vida de perfección por San Francisco de Asís en los años 1221-1225, cuando el Santo, peregrino por el Valle de Rieti, se hospedaba en casa de sus padres, Felipa tomó de joven la decisión de consagrarse a Dios, y se mantuvo con tal firmeza en su propósito, que no consiguieron doblegar su voluntad ni las presiones de los parientes, ni las amenazas de su hermano Tomás, ni las ofertas y requerimientos de sus pretendientes.

                    Ante la actitud de sus familiares, Felipa, como años antes Clara de Asís, huyó de la casa paterna, y junto con su hermana y algunas compañeras se refugió en una gruta de los montes cercanos a su castillo, ahora llamada «Gruta de Santa Felipa», que adaptó con austeridad para sus fines y donde permaneció hasta que sus hermanos Tomás y Gentil, con acta notarial de fecha 18 de Septiembre de 1228, le dieron el castillo de su propiedad de San Pietro de Molito y la antigua iglesia benedictina aneja. Allí se trasladaron Felipa y sus seguidoras, y en seguida comenzaron a organizar su vida claustral siguiendo la forma de vida y las normas que San Francisco había dado a Santa Clara y a sus Hermanas del Monasterio de San Damián en Asís. El mismo San Francisco encomendó a uno de sus primeros compañeros, el Beato Rogerio de Todi, la dirección espiritual de la Beata y de las clarisas del monasterio por ella fundado. A tal fin, Rogerio se trasladó al valle de Rieti, y allí permaneció, cumpliendo su misión, hasta la muerte de la Beata Felipa.

                    Este monasterio, bajo la guía de la Beata Felipa, maestra de vida espiritual, y con el asesoramiento del Beato Rogerio, hombre de gran fervor y no menor prudencia, se convirtió pronto en escuela de santidad. Ciertamente, la ocupación principal de la comunidad monástica era el culto y la alabanza de Dios, la vida litúrgica, la lectura y estudio de la Sagrada Escritura, la oración y contemplación. Pero, al mismo tiempo, el trabajo era tenido en gran consideración, lo mismo que el servicio a los pobres y el apostolado. En el monasterio se preparaban medicinas que luego se distribuían gratuitamente a los enfermos pobres. El fervor de la caridad en las palabras y en las obras, así como el estilo de vida de aquellas clarisas, con Felipa a la cabeza y todas siguiendo la estela del Santo de Asís, hicieron revivir la vida evangélica en el Valle de Rieti, como antes había sucedido en el Valle de Espoleto.

                    La Beata Felipa Mareri murió en su monasterio, el 16 de Febrero de 1236, en olor de Santidad, con fama de perfecta esposa de Jesucristo. Pronto su tumba se convirtió en meta de peregrinaciones y empezaron a multiplicarse las gracias y los favores extraordinarios de Dios obtenidos por mediación de la Beata. Cuando en 1706 se hizo el reconocimiento de sus restos mortales, se vio que su corazón permanecía incorrupto, y se conserva aún hoy en un relicario de plata. El Papa Inocencio IV, en una Bula de 1247, da a Felipa el título de "Santa". Pero fue el Papa Pío VII quien, por Bula del 30 de Abril de 1806, confirmó su culto inmemorial y aprobó la Misa y Oficio en su honor.



jueves, 13 de noviembre de 2025

SAN DIEGO DE ALCALÁ



                    San Diego nació en una familia pobre pero muy cristiana, en la sevillana localidad de San Nicolás del Puerto en torno a 1400. Siendo joven se decidió a vivir como ermitaño en la capilla de San Nicolás de Bari, en su localidad natal, y después en el eremitorio de Albaida​ bajo la dirección espiritual de un sacerdote ermitaño.. Poco después se trasladó a Arruzafa, cerca de Córdoba, en cuyo convento profesó como fraile lego en los Menores de la Observancia Franciscana. Desde este lugar comienza su itinerario limosnero y misional por incontables pueblos de Córdoba, Sevilla y Cádiz, dejando detrás de su paso una estela de caridad y milagros que aún pervive en las tradiciones lugareñas de no pocos de esos pueblos.

                    En 1441, fue enviado como misionero a las Islas Canarias, al convento de Arrecife (isla de Lanzarote), donde trabajó de portero. En su función de portero del convento, tuvo ocasión de ejercer la caridad con gran generosidad, a veces considerada excesiva por sus hermanos de comunidad. A la muerte del primer Guardián y Vicario de la Misión de Canarias, todos los ojos recayeron en Fray Diego, que fue elegido sucesor y tuvo que trasladarse allí. Los dirigentes de la Orden se habían saltado la norma legal de no conferir ningún cargo de gobierno a un hermano lego. Embarcó para la isla de Gran Canaria, pero una tormenta le obligó a retroceder a Fuerteventura, donde, al poco tiempo, recibió la orden de regresar a la península ibérica, yendo a Sanlúcar de Barrameda. A San Diego de Alcalá se le atribuye junto a su compañero del convento, Juan de Santorcaz, el hallazgo de la imagen de la Virgen de la Peña (Patrona de la isla de Fuerteventura).

                    Fue de peregrino a Roma por el Jubileo de 1450, decretado por el Papa Nicolás V y la canonización de San Bernardino de Siena. En ese tiempo una epidemia azotó la ciudad romana y San Diego ayudó como enfermero por tres meses. Muchos sanaron milagrosamente.

                    Cierto día, un niño sufrió graves quemaduras por quedarse dormido dentro de un horno que luego fue encendido. Tras la intercesión de San Diego, el niño apareció sin quemaduras. El Santo solía atribuir los milagros a la Madre de Dios.

                    De vuelta a España fue portero y jardinero en el Convento de Santa María de Jesús en Alcalá de Henares; desde ese mismo Convento e
ntró en la inmortalidad bienaventurada el 13 de Noviembre de 1463. Sería elevado a la gloria de los altares en Julio de 1588, bajo el Pontificado del Papa Sixto V, culminando el proceso introducido por Pío IV en tiempos de Felipe II.

                    Se dice que al morir, expedía una milagrosa fragancia. Sus restos fueron visitados por varios Cardenales y miembros de la realeza, como el Monarca Felipe II que llevó el cuerpo de San Diego al palacio real, obteniendo así la curación del Príncipe Carlos que se había accidentado. 

                    La ciudad estadounidense de San Diego -la octava más grande de Estados Unidos y que se sitúa al sur de California- debe su nombre a la Misión que allí estableció Fray Junípero Serra en 1769, que la fundó con el nombre del humilde lego franciscano.

CURACIÓN DEL PRÍNCIPE DON CARLOS DE AUSTRIA
POR MEDIO DE LAS RELIQUIAS DE SAN DIEGO DE ALCALÁ



El Príncipe Don Carlos de Austria, que sanó por mediación de San Diego de Alcalá


                 El Príncipe Carlos, hijo de Felipe II y su primera esposa, María de Portugal, corriendo detrás de la hija del Alcaide, Mariana Garcetas, de quien, según se decía, solicitaba favores de amor que ella le negaba, bajando por una angosta y oscura escalera de caracol del Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares, se le fue el pie y se cayó, dándose con la cabeza en una puerta que estaba cerrada, con gran detrimento de su salud.

                 El cirujano Don Dionisio Daza Chacón, con la asistencia del médico de Cámara, Don Cristóbal de Vega, y del médico personal del Príncipe Carlos, Don Santiago Diego Olivares, le hicieron la primera cura, ya que vieron que, aunque estaba inconsciente, sólo tenía una herida de poca extensión en la parte posterior izquierda de la cabeza.

                 Al amanecer del día siguiente llegaron el Protomédico General, Don Juan Gutiérrez, y los cirujanos reales Portugués y Pedro de Torres. A los diez días de la caída le surgieron vejigas inflamatorias de la piel llenas de pus, y se le hincharon los párpados, la cabeza, los brazos y el pecho.

                 Doce días después de la caída llegaron a Alcalá de Henares el propio Monarca Felipe II con el Doctor Mena y el anatomista Andrés Basilio.

                 Al no encontrar cura alguna, el Confesor del Rey, Fray Bernardo de Fresneda, y el del Príncipe, el Padre Maestro Mancio, determinaron sacar a Fray Diego de San Nicolás, futuro San Diego de Alcalá, del arca sepulcral donde yacía en el Convento de Franciscanos de Santa María de Jesús y suplicarle que intercediera para que se realizase el milagro de la curación del Príncipe.

                 Llevaron el cuerpo del Santo fraile en procesión desde el Convento hasta el Palacio Arzobispal.

                 Ya en los aposentos del Príncipe Carlos, sacaron el cuerpo incorrupto de su arca y lo colocaron en unas andas. Estaba amortajado con un lienzo cosido. Descosieron la mortaja por la parte de la frente y ojo izquierdo hasta la sien y colocaron el cuerpo de Fray Diego sobre las rodillas del príncipe Carlos, para que él le tocase el cráneo con la mano.

                 Después de unos rezos, colocaron otra vez el cuerpo incorrupto de Fray Diego de San Nicolás con mucho cuidado en su arca. Con gran solemnidad arrancó la procesión de vuelta hacia el Convento de Franciscanos de Santa María de Jesús para depositar allí de nuevo el cuerpo del hermano lego.

                 La mejoría del Príncipe Don Carlos fue inmediata y a los pocos días le desapareció la fiebre.

                 Cuando se pudo levantar, el Príncipe se pesó, llegando a tres arrobas y una libra, con «calzones, jubón y ropilla». En gratitud, el Príncipe entregó al Convento franciscano tres arrobas (1) de oro y tres de plata.

                 

NOTA

          1) La arroba es una medida de masa que equivale a 11,5 kilogramos.




sábado, 4 de octubre de 2025

SAN FRANCISCO DE ASÍS



                  Breve semblanza del Seráfico San Francisco de Asís:

                  Nació en Asís, una ciudad sobre la ladera del Monte Subasio (Italia) en 1181. Su madre lo bautizó Juan, pero su padre lo cambió por Francisco. Pertenecía a una familia rica, dedicada al comercio de telas.

                  San Francisco pasó gran parte de su juventud dedicado a cosas mundanas, sin importarle mucho Dios; incluso durante un tiempo fue soldado, pero un sueño le advirtió que no era su camino. Peregrinó entonces a Roma y oyó que el Señor le pedía reparar su casa . Es entonces cuando decide renunciar a todos sus bienes, desafiando a su padre, Pedro Bernardone que tenía pensado su futuro como comerciante. Así, a los veinticinco años, ciñe el hábito de los penitentes, atándose una cuerda a la cintura. 

                  De esta manera, vivió un tiempo en soledad y luego fundó con doce compañeros la Orden de Frailes Menores (Franciscanos) que fue aprobada por el Papa Inocencio III en 1209.

                   Llegando al ocaso de su vida, durante una Cuaresma, San Francisco decide retirarse a orar y ayunar al Monte Alvernia. Una mañana, cuando nuestro santo se encontraba en oración, tuvo la visión celestial de un serafín: tenía seis alas resplandecientes. Entre ellas apareció representada la imagen de Nuestro Señor clavado en la Cruz. Dos alas del serafín se elevaban sobre su cabeza, las otras dos aparecían extendidas, en actitud de volar, y las restantes le cubrían el cuerpo.

                    Al desaparecer aquella prodigiosa visión, surgieron llagas en sus manos y pies, semejantes a las de Jesús Crucificado, igual que lo acababa de contemplar en el éxtasis. También en el costado, se reprodujo una herida que recordaba a la que el soldado romano Longinos, infringió a Jesús ya muerto en la Cruz. Pero el milagro de la estigmatización no terminaba ahí: los biógrafos de San Francisco nos cuentan que mientras el santo recibía las Santas Llagas, la vegetación del Monte Alvernia comenzaba a arder con impresionantes llamas, produciendo enormes resplandores que despertaron a los pastores y vecinos del lugar.

                   A diferencia de otros estigmatizados, los estigmas de San Francisco, presentaban unas características muy particulares y que jamás se reprodujeron de igual manera en otros casos de estigmatización; así, Tomás de Celano, testigo de la época, nos relata estas características de los estigmas de San Francisco: “Sus manos y sus pies estaban atravesados por la mitad, como con clavos; las cabezas de éstos asomaban por la parte interior de las manos y por la parte superior de los pies; las puntas, por el otro lado. Las marcas del interior de las manos eran redondas, las del otro alargadas”.

                    San Buenaventura preguntó sobre los estigmas de San Francisco a algunos discípulos del santo, y que dieron el siguiente testimonio: “Los clavos eran negros y como de hierro, y hasta tal punto eran una misma cosa con la carne, que de cualquier cosa que se apretase, salían por el otro lado. En cambio, la llaga encarnada del costado, que por contracción de la carne había adoptado una forma circular, producía el efecto de una hermosa rosa”.

                  A pesar de la novedad de tan milagrosos hechos, San Francisco siempre intentó ocultar las llagas ante los ojos de los suyos; sin embargo, por obediencia, tuvo que mostrarlas ante la mirada de varios Cardenales e incluso del mismo Papa Alejandro IV, que certificó la veracidad de la estigmatización, amenazando con penas eclesiásticas a quienes impugnaran la verdad de las llagas del Santo.



                   San Francisco falleció a las siete de la tarde del 3 de Octubre de 1226, desnudo sobre la tierra desnuda de la Porciúncula, junto a la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, en Asís, rodeado de sus hermanos había  entonado el salmo 141. La dulce Hermana Muerte vino a su hora. Era la voz de Dios y llamaba a la recompensa. En su entierro fue llevado en una última visita al encuentro de Clara y las Damas pobres al convento de San Damián.

                  “Oh alma santísima, en cuyo tránsito salen a tu encuentro los ciudadanos del cielo, se regocija el coro de los Ángeles y la Trinidad Gloriosa te invita diciendo: Quédate con nosotros para siempre.” Varias decenas de frailes, su hija espiritual, Santa Clara de Asís y otras franciscanas, pudieron venerar aquellas santas heridas que el Santo les ocultó en vida. Dicen que incluso las llagas sangraron después de muerto; algunos frailes empaparon un lienzo con aquella sangre, que guardaron como una preciosa reliquia que aún hoy día se conserva.

                  Fue canonizado por el Papa Gregorio IX, tan sólo dos años después de su muerte. El prodigioso hecho de la estigmatización de San Francisco, se conmemora en la Iglesia cada año el 17 de Septiembre.



martes, 23 de septiembre de 2025

PADRE PÍO DE PIETRELCINA, VÍCTIMA POR LOS PECADORES Y POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO


              El Padre Pío nació el 25 de Mayo de 1887, en una aldea llamada Pietrelcina, al sur de Italia, en la provincia de Benevento; sus padres, Horacio Forgione y Giuseppa de Nunzio unos humildes agricultores, encomendaron su protección al Seráfico San Francisco de Asís, por eso le bautizaron con su nombre. Con el pasar de los años, el Padre Pío se configuraría con aquél santo no sólo por pertenecer a su Orden, sino por llevar en su cuerpo los estigmas de la Pasión. 




                  Desde muy niño fue profundamente sensible y espiritual; así a la corta edad de cinco años, se ofreció al Señor como víctima y comenzó a tener frecuentes visiones de su ángel custodio, de Nuestra Señora la Virgen y del mismo Jesucristo, visiones estas que le acompañarían el resto de su vida.

                  Pero también el demonio se le representaría de distintas maneras; cuando esto ocurría, nunca le falló la ayuda su ángel de la guarda o incluso de Nuestro Señor, que ponían al diablo en fuga.

                  "Cada Misa escuchada con devoción, produce en nuestra alma efectos maravillosos, abundantes gracias materiales y espirituales que no alcanzamos a comprender. A tal fin, no malgastes tu dinero, sacrifícalo y ven a escuchar Misa. El mundo puede existir sin el sol, pero no puede existir sin la Misa."

                  Siendo apenas un adolescente, Francisco manifestó su deseo de ser franciscano capuchino. Ya que la familia era sumamente pobre, su padre se vio obligado a emigrar a Estados Unidos y Jamaica, en busca de medios económicos con los que sustentar la carrera eclesiástica de su hijo.

                  La víspera de su entrada en el Noviciado Capuchino de Morcone, el futuro santo recibió la visita de Nuestro Señor, que le animó a seguirle; también la Virgen Santa le consoló y prometió ayuda en el camino que iba a comenzar. Al tomar el hábito, cambió el nombre de Francisco por el de Pío.

                  Años más tarde, el 10 de Agosto de 1910, Fray Pío es ordenado sacerdote en la Catedral de Benevento; como recuerdo de aquél día, el ya Padre Pío escribió: “Oh Jesús, mi suspiro y mi vida, te pido que hagas de mí un sacerdote santo y una víctima perfecta”.

                  Aquejado por su débil salud, pasó algún tiempo en su pueblo natal, donde vivía retirado en una pequeña choza; fue precisamente allí donde sufrió los síntomas de unos estigmas aún invisibles, pero que de cierto le hacían padecer como un auténtico crucificado. Aturdido, confundido por semejante gracia, rogó al Señor que nunca se hicieran visibles aquellas heridas que ya sufría.

                  Continuaba su convalecencia en Pietrelcina, pero el demonio no dejaba de molestarle; se le manifestaba de diversas maneras, unas veces con forma de animales, otras de mujeres en actitudes lascivas… sin embargo, era después consolado por aquellas visiones celestiales que desde su infancia le acompañaban. Su Santo Ángel Custodio, San Francisco, la Purísima Virgen María, le sostenían y aumentaban el sentido del continuo sufrimiento que iba a padecer pronto, cuando se asemejase con Cristo en los sufrimientos de la Pasión.

                  El 12 de Agosto de 1912, sufrió -a semejanza de Santa Teresa de Jesús y de Santa Verónica Giuliani- lo que era tener herido el corazón por el Amor de Dios. Así mismo lo narró él en una carta a su director espiritual: “Estaba en la iglesia haciendo la acción de gracias tras la Misa, cuando de repente sentí mi corazón herido por un dardo de fuego, hirviendo en llamas, y yo pensé que iba a morir”.

                  Tras un largo período en su Pietrelcina natal, el Padre Pío, casi recuperado de sus dolencias físicas y por orden de sus superiores, se dirige a Foggia el 17 de Febrero de 1916, para pocos meses después, entrar en el convento de San Giovanni Rotondo, donde probaría si salud mejoraba por el particular clima de la región. Los superiores del Padre Pío, al comprobar que era aquel el lugar donde más alivio encontraría para sus dolencias, se resolvieron a enviarle definitivamente allí. Desde que entró, el 4 de Septiembre de 1916 hasta su muerte, jamás volvió a salir de aquel convento.

                  Durante la Primera Guerra Mundial, el Padre Pío sería llamado a filas hasta en tres ocasiones, pero siempre sería devuelto al convento por su pésima salud.





                  Cuando apenas había pasado un mes de la transverberación, una nueva gracia espiritual marcaría el resto de la vida del Padre Pío. De nuevo, tenemos conocimiento exacto de los hechos a través de una carta que él mismo escribió a su director espiritual:

                  “Era la mañana del 20 de Septiembre de 1918. Yo estaba en el coro, haciendo la acción de gracias de la Misa y sentí que me elevaba poco a poco siempre a una oración más suave, de pronto una gran luz me deslumbró y se me apareció Cristo, que sangraba por todas partes. De su cuerpo llagado salían rayos de luz, que más bien parecían flechas que herían las manos, los pies y el costado.

                  Cuando volví en mí, me encontré en el suelo y llagado. Las manos, los pies y el costado me sangraban hasta hacerme perder las fuerzas para levantarme. Me sentía morir, y hubiera muerto si el Señor no hubiera venido a sostenerme el corazón que sentía palpitar fuertemente en mi pecho. A gatas me arrastré hasta la celda. Me recosté y recé, miré otra vez mis llagas y lloré, elevando himnos de agradecimiento a Dios.”

                  Pero a estas dolorosas experiencias, se le sumaría la de la incomprensión humana; el Padre Agustín Gemelli, franciscano, doctor en medicina, se acercó al convento de San Giovanni Rotondo para examinar los estigmas del Padre Pío, que se negó, ya que el P. Gemelli no traía consigo autorización alguna. Eso fue el detonante para que el médico franciscano publicase un artículo calificando al Padre Pío de neurótico y se ser él mismo el que se había autolesionado.

                  Por tal motivo, la Santa Sede, confiando en el juicio del Padre Gemelli, tomó la decisión de “aislar” al Padre Pío durante casi diez años, entre 1923 y 1933, donde se le requisaba hasta la correspondencia epistolar. Durante todo ese período no dejó de sufrir la Pasión de Nuestro Señor.

                  Al estar tan configurado con Nuestro Señor, el Padre Pío vivía la Santa Misa como en lo que en realidad es: un Sacrificio. Por eso, su Misa duraba unas dos horas, tiempo en el cual se sumergía en los dolores no sólo de Cristo, sino de la Virgen Santa. Conformo avanzaba la Santa Misa, era como si subiese al Monte Calvario. De hecho sufría la misma agonía que el Crucificado y sangraba abundantemente durante la Consagración. 

                  El mismo Padre Pío explicaba así lo que es el Santo Sacrificio de la Misa: “la Misa es Cristo en la Cruz, con María y San Juan a los pies de la misma y los ángeles en adoración. Lloremos de amor y adoración en esta contemplación”.

                  Una vez alguien le preguntó cómo es que podía pasar tanto tiempo de pie durante la Santa Misa, a lo que el Padre Pío contestó: “Hija mía, no estoy de pie, estoy suspendido con Cristo en la Cruz”.

                  Y como resumen de su amor por la Sagrada Eucaristía, cerramos este artículo con una de sus advertencias:

                  "En estos tiempos tristemente faltos de Fe, de impiedad triunfante, donde todos los que nos rodean tienen siempre el odio en el corazón, y la blasfemia en los labios, el mejor medio de mantenerse libre del mal es fortificarse con el Alimento Eucarístico."

                A partir del 16 de Julio de 1933 la Santa Sede levanta las restricciones al Padre Pío y éste puede volver a celebrar Misa en público; a partir del año siguiente se le permitiría de nuevo confesar. 

               Con el dinero de los donativos que sus devotos hacían llegar al Convento de San Giovanni Rotondo, el Padre Pío proyecta la creación de un Hospital, "la Casa Sollievo della Sofferenza", que sería inaugurada el 5 de Mayo de 1956.

                 A raíz de la Segunda Guerra Mundial, el mismo Padre funda los "Grupos de Oración del Padre Pío". Los Grupos se multiplicaron por toda Italia y el mundo. A la muerte del Padre los Grupos eran 726 y contaban con 68.000 miembros.

               Desde 1959, periódicos y semanarios empezaron a publicar artículos y reportajes mezquinos y calumniosos contra la "Casa Alivio del Sufrimiento". Para quitar al Padre los donativos que le llegaban de todas partes del mundo para el sostenimiento de la Casa, sus enemigos envidiosos planearon una serie de documentaciones falsas y hasta llegaron, sacrílegamente, a colocar micrófonos en su confesionario para sorprenderlo en error.

               Algunas oficinas de la Curia Romana condujeron investigaciones, le quitaron la administración de la Casa Alivio del Sufrimiento y sus Grupos de Oración fueron dejados en el abandono. A los fieles se les recomendó no asistir a sus Misas ni confesarse con él.

               El Padre Pío sufrió mucho a causa de esta última persecución que duró hasta su muerte, pero su fidelidad y amor intenso hacia la Santa Madre Iglesia fue firme y constante. En medio del dolor que este sufrimiento le causaba, solía decir: "Dulce es la mano de la Iglesia también cuando golpea, porque es la mano de una madre".

               El Viernes 20 de Septiembre de 1968, el Padre Pío cumplía 50 años de haber recibido los estigmas del Señor; celebró la Santa Misa a la hora acostumbrada. Alrededor del altar había 50 grandes macetas con rosas rojas para sus 50 años de sangre... De la misma manera milagrosa como los estigmas habían aparecido en su cuerpo 50 años antes, ahora, 50 años más tarde y unos días antes de su muerte, habían desaparecido sin dejar rastro alguno de cinco décadas de dolor y sangre, con lo cual el Señor ha confirmado su origen místico y sobrenatural. Tres días después, el 23 de Septiembre, murmurando por largas horas "¡Jesús, María!", entregó su alma al Altísimo.