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domingo, 24 de mayo de 2026

DOMINICA DE PENTECOSTÉS

    


                   Celebramos hoy el día de Pentecostés, que significa día cincuenta después de Pascua, el feliz cumplimiento de la promesa de Nuestro Señor Jesucristo de enviar el Espíritu Santo que baja sobre la Iglesia naciente, en figura de lenguas de fuego. Si en Pentecostés los judíos ofrecían agradecidos al Señor, los primeros frutos de la tierra, nosotros, más afortunados, podremos exclamar con San Agustín: "Pascua fue el principio de la gracia, Pentecostés fue su coronamiento".

                   Si ellos -los judíos- recordaban la promulgación de los Mandamientos de Dios dados en el Monte Sinaí, la Ley Cristiana que los perfecciona fue hoy con valentía promulgada por el Cabeza de los Apóstoles, en virtud  de la luz y fuerza que le infundió el Espíritu Santo.

                   Es tan solemne esta fiesta como la de Pascua; su celebración se remonta a la más lejana antigüedad, así en la Edad Media, se le daba relieve mediante diversas representaciones, como la típica lluvia de rosas, símbolo de los Dones del Espíritu Santo mencionados de varias maneras en los textos de la Misa de hoy.

                   El color litúrgico que se ha de usar en este día es el encarnado, que simboliza la llama de amor ardiente y activo, ya que el Espíritu Santo es el Amor personificado entre el Padre y el Hijo.


EL DÍA DE PENTECOSTÉS
según las revelaciones de Sor María de Jesús de Ágreda


               En compañía de la Reina del Cielo perseveraban alegres los doce Apóstoles con los demás discípulos y fieles aguardando en el Cenáculo la promesa del Salvador, confirmada por la Madre, de que les enviaría de las alturas al Espíritu consolador, que les enseñaría y administraría todas las cosas que en su Doctrina habían oído. Estaban todos unánimes y tan conformes en la caridad, que en todos aquellos días ninguno tuvo pensamiento, afecto ni ademán contrario de los otros. María Santísima con la plenitud de sabiduría y gracia conoció el tiempo y la hora determinada por la Divina Voluntad para enviar al Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico.

               El día de Pentecostés por la mañana la Reina previno a los Apóstoles, a los demás discípulos y mujeres santas (que todas eran ciento veinte personas) para que orasen y esperasen con mayor fervor, porque muy presto serían visitados de las alturas con el Divino Espíritu. Y estando así orando todos juntos, a la hora de tercia se oyó en el aire un gran sonido de espantoso tronido, y un viento o espíritu vehemente con grande resplandor, como de relámpago y de fuego; y todo se encaminó a la casa del Cenáculo, llenándola de luz y derramándose aquel divino fuego sobre toda aquella santa congregación. Aparecieron sobre la cabeza de cada uno de los ciento veinte unas lenguas del mismo fuego en que venía el Espíritu Santo, llenándolos a todos y a cada uno de divinas influencias y dones soberanos, causando a un mismo tiempo muy diferentes y contrarios efectos en el Cenáculo y en todo Jerusalén, según la diversidad de sujetos.



               Los Apóstoles fueron también llenos y repletos del Espíritu Santo, porque recibieron admirables aumentos de la gracia justificante en grado muy levantado; y solos ellos doce fueron confirmados en esta gracia para no perderla. Respectivamente se les infundieron hábitos de los siete dones, sabiduría, entendimiento, ciencia, piedad, consejo, fortaleza y temor, todos en grado convenientísimo. En este beneficio tan grandioso y admirable, como nuevo en el mundo, quedaron los doce Apóstoles elevados y renovados para ser idóneos ministros del Nuevo Testamento y fundadores de la Iglesia evangélica en todo el mundo.

               En todos los demás discípulos, y otros fieles que recibieron el Espíritu Santo en el Cenáculo, obró el Altísimo los mismos efectos con proporción y respectivamente, salvo que no fueron confirmados en gracia como los Apóstoles; mas según la disposición de cada uno se les comunicó la gracia y dones con más o menos abundancia para el ministerio que les tocaba en la Iglesia. La misma proporción se guardó en los Apóstoles; pero San Pedro y San Juan señaladamente fueron aventajados con estos dones por los más altos oficios que tenían; el uno de gobernar la Iglesia como cabeza, y el otro de asistir y servir a María Santísima. El texto de San Lucas dice que el Espíritu Santo llenó toda la casa donde estaba aquella feliz congregación, no sólo porque todos en ella quedaron llenos del divino Espíritu y de sus inefables dones, sino porque la misma casa fue llena de admirable luz y resplandor. Esta plenitud de maravillas y prodigios redundó Y se comunicó a otros fuera del cenáculo; porque obró también diversos y varios efectos el Espíritu Santo en los moradores y vecinos de Jerusalén.

               No son menos admirables, aunque más ocultos, otros efectos muy contrarios a los que he dicho que el mismo Espíritu divino obró este día en Jerusalén.

               Sucedió, pues, que con el espantoso trueno y vehemente conmoción del aire y relámpagos en que vino el Espíritu Santo, turbó y atemorizó a todos los moradores de la ciudad enemigos del Señor, respectivamente a cada uno según su maldad y perfidia. Señalóse este castigo con todos cuantos fueron actores y concurrieron en la muerte de Nuestro Salvador, particularizándose y airándose en malicia y rabia. Todos éstos cayeron en tierra por tres horas, dando en ella de cerebro.

                Y los que azotaron a Su Majestad murieron luego todos ahogados de su propia sangre, que del golpe se les movió y trasvenó hasta sofocarlos, por la que con tanta impiedad derramaron. El que dio la bofetada a Su Majestad Divina, no sólo murió repentinamente, sino que fue lanzado en el Infierno en alma y cuerpo. Otros de los judíos, aunque no murieron, quedaron castigados con intensos dolores y algunas enfermedades abominables, que con la Sangre de Cristo de que se cargaron han pasado a sus descendientes, y aun perseveran hoy entre ellos, y los hacen inmundísimos y horribles. Este castigo fue notorio en Jerusalén, aunque los pontífices y fariseos pusieron gran diligencia en desmentirlo, como lo hicieron en la Resurrección del Salvador.


“Vida de la Virgen María”, 
por la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda



sábado, 23 de mayo de 2026

SOR MARÍA DE JESÚS DE ÁGREDA



                    Sor María de Jesús nació en la villa de Ágreda, provincia de Soria, España, en 1602, vivió y murió allí mismo en 1665.

                    Célebre religiosa, confidente y consejera del Rey Felipe IV, fundadora y escritora. Se llamaba en el mundo María Coronel y Arana y en religión María de Jesús, pero fue conocida por el nombre de su ciudad natal. 

                    Sor María de Jesús, perteneció a una familia hidalga y de extremada religiosidad, hasta tal punto que, cuando María tenía dieciséis años, padres e hijos abandonan el mundo y abrazan la vida religiosa; su propia casa quedó convertida en convento y en ella continúa con su madre y su hermana, las tres como Concepcionistas Franciscanas. 

                    Fue adquiriendo fama de santidad y de ser favorecida con revelaciones sobrenaturales y, antes de cumplir los veinticinco años, era elegida abadesa, dispensándole el Papa la falta de edad. Con recursos de la caridad fundó en las afueras de la villa de Ágreda el Monasterio de la Inmaculada Concepción, al que se traslada la Comunidad en 1633. La fama de sus virtudes y sabiduría movieron al Monarca Felipe IV a visitarla cuando en Julio de 1643 pasaba hacia Aragón con motivo de la Guerra de Cataluña.

                    La situación de España era crítica y el Rey debió encontrar consuelo en la conversación de la abadesa, solicitando una amistad epistolar que con gran sigilo y puntualidad había de durar hasta la muerte de la monja. En esta correspondencia, de la que hizo copia por mandato de su confesor, no sólo levanta el espíritu apocado del rey y le da consuelos de perfección espiritual, sino que trata de los asuntos más arduos de la gobernación del Reino. Trabaja en pro y en contra de validos (mano derecha del Rey), aconseja campañas y provoca medidas públicas. Abarca resueltamente la cuestión del gobierno del Conde-Duque de Olivares, al que censura con energía como perturbador de la paz del Estado, y recuerda al Rey la obligación que tenía de hacerlo todo por sí mismo sin privados ni favoritos. 

                    Cuando durante la guerra de Cataluña estuvo el Monarca a punto de indisponerse con Aragón, por la jurisdicción del Tribunal de la Fe, le aconseja con buen criterio que aplazase a toda costa el negocio de la Inquisición «por ser de mucho peso y preciso resolverle con tiento y tomando medios y arbitrios para ajustarse a todos». 

                    En política exterior es partidaria de la paz. Durante las negociaciones en Münster y Osnabruck, que habían de culminar en la paz de Westfalia, trató de inclinar a Felipe IV a terminar la guerra con Francia, para ocuparse con todas sus fuerzas en el problema de Portugal, y hasta escribió al Papa Alejandro VII solicitando su mediación en favor de la concordia entre los Príncipes Cristianos.

                    En el orden místico, sus ideas fueron elevadas y dentro de la más firme ortodoxia, pero se vio envuelta por la Santa Inquisición en un proceso, del que salió absuelta con las más favorables censuras, en 1650, tras quince años de litigios; la Universidad de la Sorbona de París llegó a condenar varias proposiciones de sus libros.  

                    El más notable de sus escritos religiosos es "Mística Ciudad de Dios", (con más de ciento setenta ediciones en diez idiomas) una historia de la Virgen en la que están resumidas las más importantes de sus tesis teológicas, el Dogma de la Inmaculada y la Infalibilidad Pontificia. Acerca de esta obra se entabló apasionada controversia que duró más de un siglo.

                    Se cuenta que Sor María de Jesús de Ágreda poseía diferentes dones místicos, entre otros, el de la bilocación, lo que supuestamente la llevó a evangelizar a los aborígenes de las regiones de Texas, Arizona y Nuevo México, donde fue llamada "la Dama azul", en una clara alusión a la capa de las religiosas concepcionistas, como lo narra el Franciscano Padre Benavides, que además informó a sus Superiores en México y el Rey Felipe IV; en 1630, este mismo religioso se trasladó a España para conocer a Sor María de Jesús de Ágreda y a conminarla bajo juramento a decir la verdad. Ella le confirmó que, efectivamente, era llevada por Ángeles a países para ella desconocidos a predicar a Jesucristo entre paganos e idólatras y explicarles cómo llegar hasta los Sacerdotes que pudiesen bautizarles. 




                    Desde el punto de vista histórico, es de sumo interés su correspondencia con el Rey, que duró más de veinte años, con un total de seiscientas cartas, algunas publicadas por Francisco Silvela, precedida de un bosquejo histórico, en el que va encajando la actuación de Sor María (Cartas de la Venerable Madre Sor María de Ágreda y del Rey Don Felipe IV, Madrid, 1885). «En ellas no sólo se alcanzan pormenores de la mayor importancia sobre personajes y sucesos de aquel tiempo, sino que se descubre también en sus más íntimos repliegues el carácter moral del Monarca, completándose con nuevas perspectivas el cuadro de la Corte y de la sociedad española en el siglo XVII» . 

                    Sor María de Jesús, falleció el 24 de Mayo de 1655, a los 63 años, en el Convento de Ágreda. Hoy día en la Capilla del Convento de la Inmaculada Concepción, puede verse su sepulcro y la urna de cristal, donde se venera su cuerpo incorrupto.


De una carta de Sor María de Jesús 
de Ágreda al Rey Felipe IV


                    "Confieso que de lo que más necesita la Monarquía de Vuestra Majestad es de paz; ésta se alcanzará con la justicia, porque David juntó estas dos virtudes y nunca se vio ser un príncipe fielmente servido si no es temido, y el temor no se consigue sin alguna demostración prudente de rigor; y como la justicia consiste principalmente en dar a cada uno lo que le pertenece, usando de ella V. M. hará que en primer lugar se le dé a Dios el culto, reverencia y servicio que le debemos, como hijos de la Iglesia y profesores de su Fe Santa, evitando las ofensas que le hacemos, castigando al malo y premiando al bueno; y en segundo lugar, el cumplimiento de buenos vasallos y fieles a su Rey y Monarca, y tanto más cuanto V. M. defendiere la causa del Altísimo, correrá por su cuenta la de V. M. y se podrá animar a la confianza".



jueves, 19 de marzo de 2026

SAN JOSÉ, COLABORADOR EN EL PLAN DIVINO DE LA REDENCIÓN



                    La Redención de la Humanidad, que es el hecho central de toda nuestra Historia, determinó la caída del paganismo, el surgimiento y el triunfo de la Iglesia Católica, la implantación de una Civilización basada en concepciones completamente nuevas de la familia, del Estado, del individuo y de la Religión, que fueron los hechos iniciales y la causa del gran progreso.

                    La familia pagana, transformada y sobrenaturalizada por el contacto con los Sacramentos de la Iglesia, se transformó en foco admirable de perfección espiritual, y en escuela austera de disciplina de los instintos inferiores. 

                    El Estado pagano, transformado desde sus fundamentos por el Catolicismo, dejó de ser privilegio de plutócratas o demagogos, para ser antes que nada un admirable medio de distribución equitativa de la justicia y protección a todos los individuos. 

                    El individuo, que en el paganismo era presa de sus pasiones, vio abrirse delante de sí el admirable ideal de perfección espiritual predicado por el Hombre-Dios; y el hombre medieval, descendiente de los sibaritas de la Antigüedad, se transformó en el cruzado, en el asceta o en el filósofo cristiano. 

                    La Religión, en fin, consiguió traer al mundo, con sus Sacramentos, con la gracia de que es vehículo, y con el admirable apostolado jerárquico de la Iglesia, una continuidad de acción santificadora que ha sido la columna de la Civilización, y que es aún hoy el único obstáculo contra la acción invasora del Comunismo, como lo fue contra las invasiones bárbaras o musulmanas. 

                    Todos estos acontecimientos gloriosos tuvieron su origen en la Redención. San José, por la admirable correspondencia a la Gracia con que se distinguió, colaboró de modo eminente en el Plan Divino de la Redención. Y, como tal, es merecedor de una gran parte de la Gloria que, legítimamente, le cabe al Divino Salvador por la inmensidad de beneficios con que nos colmó. 

                    Vemos, pues, la admirable fecundidad de una vida que todas las circunstancias naturales tendían a volver estéril. Vemos la prodigiosa capacidad de acción de la Santidad, que en el recogimiento y en la humildad, colaboró directamente en acontecimientos mucho más importantes, y tuvo una participación incalculablemente más notable en toda la Historia de la humanidad que Alejandro con sus ejércitos, Kant con su saber arrogante, o Maquiavelo con su diplomacia astuta y amoral. 

                    Vida interior, por lo tanto. Vida interior intensa, constante, ilimitadamente ambiciosa, en el sentido espiritual de la palabra, es la gran lección que la Fiesta de San José nos deja. 

                    Íntimamente unidos a Nuestra Señora como lo fue San José, la grandeza de la lección no debe desanimar la escasez de nuestras fuerzas, pues debemos exclamar como aliento: Omnia possum in Eo qui me confortat - “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Filp. 4, 13)


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira



San José, 
Corredentor perfectísimo


                    José conoció y vivió anticipadamente el drama de la Pasión desde los primeros misterios de la Infancia de Jesús. Y acepta la parte que le corresponde en él, que fue precisamente sufrido en su corazón, a la vez que preparaba la Víctima y compadecía a nuestra Madre Dolorosa. El no asistir a él fue quizá uno de sus grandes dolores. Pero aceptó siempre los Planes Divinos de la Providencia. Y cuando Dios dio por cumplida su misión en la tierra, salió silenciosamente, inmolando su vida por la regeneración del mundo.

                    Con toda justicia el Cardenal Lépicier, verdadero y profundo teólogo entre los escritores de San José, le llama «Corredentor perfectísimo». Dios le dio un conocimiento especial de este misterio, valorando a la luz del mismo el ministerio para el que era elegido, pues le correspondía preparar y custodiar la Víctima, participando en grado eminentísimo en los frutos de Su Sacrificio y cooperando en la misma forma para el bien del género humano.

                    San José no solo coopera -como todos estamos llamados a hacerlo- a la redención subjetiva del género humano, que es la aplicación de los méritos adquiridos por Cristo a cada uno de los hombres, sino también a la redención objetiva o adquisitiva, a la Obra Redentora en general y desde Nazaret hasta su consumación en el holocausto del Calvario. También San José, a semejanza de María prestó su libre consentimiento a los planes divinos. Cuando el Ángel le revela el Misterio obrado en su esposa por obra del Espíritu Santo, la acoge inmediatamente en su casa y se entrega con su mayor solicitud al ministerio que se le pide, el cual comprende su colaboración a la Obra Salvadora de Jesús, ya que el Ángel le dice: «Dará a luz un Hijo, a quién pondrás por Nombre Jesús, porque salvará a Su pueblo de sus pecados». (Mt. 1, 23). José entrega todo su ser en manos de Dios y acepta los sufrimientos que le deben corresponder en el Plan Salvífico Divino, ofreciéndolos en unión del sacrificio de Cristo Redentor. Su sacrificio, aún sin presenciar en vida mortal el drama sangriento de la Pasión, fue perfecto. El Santo se inmola a sí mismo silenciosamente, viviendo anticipadamente en su corazón la crucifixión dolorosísima de Cristo, las amarguras indecibles de su Santa esposa. 

                    Puede afirmarse -con el Cardenal Lépicier- que San José participó más que ningún otro, después de la Santísima Virgen, en la Pasión de Cristo, cuyos dolores, en conjunto, fueron los mayores que pudo padecer ninguna criatura por su inseparable e íntima unión con Jesús y con María. El mar de amargura de ambos se refleja en el corazón de San José. Y en proporción a la unión está, por otro lado, el mayor conocimiento de este tremendo Misterio del Dolor que tuvo el Santo ya por la revelación del Ángel y la profecía de Simeón, ya también por las confidencias íntimas de Jesús y por los presentimientos que en su alma ponía el Espíritu Santo. 

                    Por su voluntaria aceptación de su vocación de Padre y Señor de Familia predestinada a ser instrumento de salvación del mundo entero ("causa salutis", Heb 5, 9) y generoso ofrecimiento a participar en la Cruz del Señor, para satisfacer más abundantemente, por todos los hombres, la cooperación dolorosa de San José es la mayor después de la de María -y como ella única y singular en cuanto participante con el Redentor en la redención objetiva, no solo aplicativa-, e incomparablemente mayor que la que puede atribuirse a otros Santos.


Padre Bonifacio Llamera O.P.
"Teología de San José", BAC, Madrid, 1953


Nuestro Padre y Señor San José
en las revelaciones que recibiera la mística Sor María de Jesús de Ágreda


                    En todo fue renovado y elevado, para tratar dignamente con la que era Madre del mismo Dios y esposa propia suya y para dispensar juntamente con Ella lo que era necesario al Misterio de la Encarnación y crianza del Verbo humanado... Y para que en todo quedase más capaz y reconociese las obligaciones de servir a su Divina Esposa, se le dio también noticia que todos los dones y beneficios recibidos de la mano del Altísimo le habían venido por Ella y para Ella y los de antes de ser Su esposo, por haberlo elegido el Señor para esta dignidad, y los que entonces le daban, por haberlos Ella granjeado y merecido..." 

                    Aunque trabajaba de sus manos, y también la Divina Esposa, jamás pedían precio por la obra, ni decían: esto vale o me habéis de dar ; porque hacían las obras no por interés, sino por obediencia o caridad de quien las pedía y dejaban en su mano que les diese algún retorno, recibiéndolo no tanto por precio y paga como por limosna graciosa. Esta era la santidad y perfección que deprendía San José en la escuela del cielo que tenía en su casa..."

                    El Santo José, aunque no era muy viejo, pero cuando la Señora del mundo llegó a los treinta y tres años estaba ya muy quebrantado en las fuerzas del cuerpo, porque los cuidados y peregrinaciones y el continuo trabajo que había tenido para sustentar a su esposa y al Señor del mundo le habían debilitado más que la edad ; y el mismo Señor, que le quería adelantar en el ejercicio de la paciencia y otras virtudes, dio lugar a que padeciese algunas enfermedades y dolores que le impedían mucho para el trabajo corporal...

                    Y para satisfacer a su afecto y obligación, honrando y venerando a la que conocía por Madre del mismo Dios, cuando a solas la hablaba o pasaba por delante de Ella la hincaba la rodilla con grande reverencia. Y aunque pudiera aliviar a San José la compasión de la amabilísima Señora, que con rara discreción se la mostraba de verle trabajado y cansado, pero a este alivio añadía la doctrina celestial, con cuya atención el Santo dichoso trabajaba más con las virtudes que con las manos..."

                    Según el concepto que yo tengo, si en el mundo hubiera otro hombre más perfecto y de mejores condiciones, ése diera el Señor por esposo a Su misma Madre, y pues le dio al Patriarca San José, él sería sin contradicción el mejor que Dios tenía en la tierra...

               Palabras de Nuestra Señora: "Hija Mía, aunque has escrito que Mi esposo San José es excelentísimo entre los Santos y Príncipes de la Celestial Jerusalén, pero ni tú puedes ahora manifestar su eminente Santidad, ni los mortales pueden conocerla antes de llegar a la Vida de la Divinidad, donde con admiración y alabanza del mismo Señor se harán capaces de este privilegio; el día último, cuando todos los hombres sean juzgados, llorarán amargamente los infelices condenados no haber conocido por sus pecados este medio tan poderoso y eficaz para su salvación (la devoción a San José), ni haberse valido de él para ganarse la amistad de Mi Divino Hijo, el Justo Juez.

               Y todos los del mundo han ignorado mucho los privilegios y prerrogativas que el Altísimo Señor concedió a Mi Santo Esposo José y cuánto puede su intercesión con su Majestad y Conmigo, porque te aseguro, muy querida hija, que en presencia de la Divina Justicia es uno de los grandes intercesores para detenerla contra los pecadores y alcanzar grandes mercedes.

               Y por la noticia y la luz que de esto has recibido y recién escrito, quiero que seas muy agradecida a la dignación del Señor y al favor que en esto hago contigo; y de aquí en adelante en lo que queda de tu vida procures adelantarte en la devoción y cordial afecto a Mi Santo Esposo José y bendecir al Señor, porque le favoreció con tantos dones y por el gozo que yo tuve de conocerlo. En todas tus necesidades te has de valer de su intercesión y solicitarle muchos devotos, y que las religiosas se fijen mucho en esto, pues lo que pide Mi Esposo José en el Cielo concede el Altísimo en la tierra y a sus peticiones y palabras tiene vinculados grandes y extraordinarios favores para los hombres, si ellos no se hacen indignos de recibirlos.

                Y todos estos privilegios corresponden a la perfección de este admirable Santo y a sus virtudes tan grandiosas, porque la Divina Misericordia se inclinó a ellas y le miró con mucho agrado, para conceder admirables misericordias para José y para los que acuden a su intercesión.


Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, 
Extraído de su obra "Mística Ciudad de Dios" 



jueves, 15 de agosto de 2024

LLEGÓ MARÍA SANTÍSIMA EN CUERPO Y ALMA AL TRONO REAL

  


              Corriendo el curso de los tres últimos años de la vida de Nuestra Señora, ordenó el Poder Divino con una oculta y suave fuerza que todo el resto de la naturaleza comenzara a sentir el llanto y prevenir el luto para la muerte de la que con Su vida daba hermosura y perfección a todo lo criado. 

              Los Apóstoles, aunque estaban derramados por el mundo, comenzaron a sentir un nuevo cuidado que les llevaba la atención, con recelos de cuándo les faltaría su Maestra; porque ya les dictaba la Divina y oculta Luz que no se podía dilatar mucho este plazo inevitable. Los otros fieles moradores de Jerusalén y vecinos de Palestina reconocían en sí mismos como un secreto aviso de que su tesoro y alegría no sería para largo tiempo. 

               Los cielos, astros y planetas perdieron mucho de su hermosura y alegría, como lo pierde el día cuando se acerca la noche. Las aves del cielo hicieron singular demostración de tristeza en los dos últimos años; porque gran multitud de ellas acudían de ordinario donde estaba María, y rodeando Su oratorio con extraordinarios vuelos y meneos, formaban en lugar de cánticos diversas voces tristes. De esta maravilla fue testigo muchas veces San Juan. Y pocos días antes del Tránsito de la Divina Madre concurrieron a Ella innumerables avecillas, postrando sus cabecitas y picos por el suelo, y rompiendo sus pechos con gemidos, como quien dolorosamente se despedía para siempre. 

               Y puestos en su presencia, la Virgen Santísima comenzó a despedirse de ellos, hablando a todos los Apóstoles singularmente y algunos Discípulos, y después a los demás circunstantes juntos, que eran muchos.

               Sus palabras como flechas de divino fuego penetraron los corazones de los presentes y rompiendo todos en arroyos de lágrimas y dolor irreparable se postraron en tierra. Después de un intervalo, les pidió que con Ella y por Ella orasen todos en silencio, y así lo hicieron. En esta quietud sosegada descendió del Cielo el Verbo Humanado y se llenó de Gloria la casa del Cenáculo. María Santísima adoró al Señor, quien le ofreció llevarla a la Gloria sin pasar por la muerte.

              Se postró la prudentísima Madre ante su Hijo y con alegre semblante le dijo: "Hijo y Señor Mío, Yo os suplico que vuestra Madre y Sierva entre en la Eterna Vida por la puerta común de la muerte natural, como los demás hijos de Adán. Vos que sois Mi verdadero Dios, la padecisteis sin tener obligación a morir; justo es que como Yo he procurado seguiros en la vida os acompañe también en morir".

               Entonces se reclinó María Santísima sobre Su lecho, con las manos juntas y los ojos fijos en Su Divino Hijo. Y cuando los Ángeles cantaban: "Levántate, apresúrate, amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y ven que ya pasó el invierno..." (Cantar de los Cantares, cap. 2, vers. 10), en estas palabras pronunció Ella las que Su Hijo Santísimo en la Cruz: "En Tus manos Señor, encomiendo Mi Espíritu" (Evangelio de San Lucas, cap. 23, vers. 46). Cerró los virginales ojos y expiró. La enfermedad que le quitó la vida fue el Amor. 

               Pasó aquella Purísima Alma desde Su virginal Cuerpo a la diestra de Su Hijo Santísimo, donde en un instante fue colocada con inmensa gloria. Y luego se comenzó a sentir que la música de los Ángeles se alejaba, porque toda aquella procesión se encaminó al Cielo empíreo. El sagrado cuerpo de María Santísima, que había sido Templo y Sagrario de Dios vivo, quedó lleno de luz y resplandor y despidiendo de Sí tan admirable y nueva fragancia que todos los circunstantes quedaron llenos de suavidad interior y exterior. 

               Los Apóstoles y Discípulos, entre lágrimas de dolor y júbilo de las maravillas que veían, quedaron como absortos por algún espacio. Sucedió este glorioso tránsito un Viernes a las tres de la tarde, a la misma hora que el de Su Hijo Santísimo, a los trece días del mes de Agosto y a los setenta años de edad, menos algunos días.

              Del Cenáculo partió el solemne cortejo al cual acudieron casi todos los moradores de Jerusalén. Junto a éste había otro invisible de los Cortesanos del Cielo. Descendieron varias legiones de Ángeles con los Antiguos Padres y Profetas, especialmente San Joaquín, Santa Ana, San José, Santa Isabel y el Bautista, con otros muchos Santos que desde el Cielo envió Nuestro Salvador Jesús para que asistiesen a las exequias y entierro de Su Beatísima Madre.

              El día tercero que el Alma Santísima de María gozaba de esta Gloria para nunca dejarla, manifestó el Señor a los Santos Su Voluntad Divina de que volviese al mundo y resucitase Su sagrado cuerpo uniéndose con Él, para que en cuerpo y alma fuese otra, vez levantada a la diestra de Su Hijo Santísimo, sin esperar a la general Resurrección de los Muertos.

               La conveniencia de este favor y la consecuencia que tenía con los demás que recibió la Reina del Cielo y con Su excelente dignidad, no la podían ignorar los Santos, pues a los mortales es tan creíble que, aún cuando la Santa Iglesia no la aprobara, juzgáramos por impío y estulto al que pretendiera negarla.

               Pero conociéronla los Bienaventurados con mayor claridad, y la determinación del tiempo y hora, cuando en Sí mismo les manifestó Su eterno decreto y cuando fue tiempo de hacer esta maravilla, descendió del Cielo el mismo Cristo Nuestro Salvador, llevando a Su diestra el Alma de Su Beatísima Madre, con muchas legiones de Ángeles y los Padres y Profetas antiguos.

               Y llegaron al sepulcro en el valle de Josafat y estando todos a la vista del virginal templo habló el Señor con los Santos y dijo estas palabras: "Mi Madre fue concebida sin mácula de pecado, para que de Su virginal sustancia purísima y sin mácula Me vistiese de la humanidad en que vine al mundo y le redimí del pecado. Mi carne es carne suya, y Ella cooperó Conmigo en las obras de la Redención, y así debo resucitarla como Yo resucité de los muertos, y que esto sea al mismo tiempo y a la misma hora, porque en todo quiero hacerla a Mi semejante".

               Todos los antiguos Santos de la naturaleza humana agradecieron este beneficio con nuevos cánticos de alabanza y gloria del Señor, y los que especialmente se señalaron fueron nuestros primeros padres Adán y Eva, y después de ellos Santa Ana, San Joaquín y San José, como quien tenía particulares títulos y razones para engrandecer al Señor en aquella maravilla de Su Omnipotencia.

               Luego la Purísima Alma de la Reina con el imperio de Cristo Su Hijo Santísimo entró en el virginal cuerpo y le informó y resucitó, dándole nueva vida inmortal y gloriosa y comunicándole los cuatro dotes de claridad, impasibilidad, agilidad y sutileza, como correspondientes a la gloria del alma, de donde se derivan a los cuerpos.

               Con estos dotes salió María Santísima en alma y cuerpo del sepulcro, sin remover ni levantar la piedra con que estaba cerrado y porque es imposible manifestar Su hermosura, belleza y refulgencia de tanta gloria no me detengo en esto. Bástame decir que, como la Divina Madre dio a Su Hijo Santísimo la forma de hombre en Su tálamo virginal y se la dio pura, limpia, sin mácula e impecable para redimir al mundo, así también en retorno de esta dádiva la dio el mismo Señor en esta resurrección y nueva generación otra gloria y hermosura semejante a Sí mismo.

               Luego desde el sepulcro se ordenó una solemnísima procesión con celestial música por la región del aire, por donde se fue alejando para el Cielo empíreo. Y sucedió esto a la misma hora que resucitó Cristo Nuestro Salvador, Domingo inmediato después de media noche; y así no pudieron percibir esta señal por entonces todos los Apóstoles, fuera de algunos que asistían y velaban el sagrado sepulcro.

               Entraron en el Cielo los Santos y Ángeles con el orden que llevaban, y en el último lugar iban Cristo Nuestro Salvador y "a su diestra la Reina vestida de oro de variedad", como dice David, y tan hermosa que pudo ser admiración de los cortesanos del Cielo. Convirtiéronse todos a mirarla y bendecirla con nuevos júbilos y cánticos de alabanza.

               Allí se oyeron aquellos elogios misteriosos que dejó escritos Salomón: "Salid, hijas de Sión, a ver a vuestra Reina, a quien alaban las estrellas matutinas y festejan los hijos del Altísimo. ¿Quién es Ésta que sube del desierto, como varilla de todos los perfumes aromáticos? ¿Quién es Ésta que se levanta como la aurora, más hermosa que la luna, electa como el sol y terrible como muchos escuadrones ordenados? ¿Quién es Ésta que asciende del desierto asegurada en Su dilecto y derramando delicias con abundancia? ¿Quién es Ésta en quien la misma Divinidad halló tanto agrado y complacencia sobre todas Sus criaturas y la levanta sobre todas al Trono de Su inaccesible Luz y Majestad? ¡Oh maravilla nunca vista en los cielos!, ¡oh novedad digna de la Sabiduría Infinita!, ¡oh prodigio de esa Omnipotencia que así la magnificas y engrandeces!".

               Con estas glorias llegó María Santísima en cuerpo y alma al Trono Real de la Beatísima Trinidad, y las Tres Divinas Personas la recibieron en Él con un abrazo indisoluble.

               El Eterno Padre le dijo: Asciende más alta que todas las criaturas, electa Mía, hija Mía y paloma Mía.

               Allí quedó absorta María Santísima entre las Divinas Personas y como anegada en aquel piélago interminable y en el Abismo de la Divinidad; los Santos llenos de admiración, de nuevo gozo accidental.

               El Verbo humanado dijo: Madre Mía, de quien recibí el ser humano y el retorno de Mis obras con Tu perfecta imitación, recibe ahora el premio de Mi mano que tienes merecido.

               El Espíritu Santo dijo: Esposa amantísima, entra en el Gozo Eterno que corresponde a Tu fidelísímo amor y goza sin cuidados, que ya pasó el invierno del padecer y llegaste a la posesión eterna de Nuestros abrazos...


Extraído de "Mística Ciudad de Dios", 
de la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda



miércoles, 24 de abril de 2024

TRADICIONAL HIMNO "TE JOSEPH CELEBRENT"

 



               "Hija Mía, aunque has escrito que Mi esposo San José es excelentísimo entre los Santos y Príncipes de la Celestial Jerusalén, pero ni tú puedes ahora manifestar su eminente Santidad, ni los mortales pueden conocerla antes de llegar a la Vida de la Divinidad, donde con admiración y alabanza del mismo Señor se harán capaces de este privilegio; el día último, cuando todos los hombres sean juzgados, llorarán amargamente los infelices condenados no haber conocido por sus pecados este medio tan poderoso y eficaz para su salvación (la devoción a San José), ni haberse valido de él para ganarse la amistad de Mi Divino Hijo, el Justo Juez.

               Y todos los del mundo han ignorado mucho los privilegios y prerrogativas que el Altísimo Señor concedió a Mi Santo Esposo José y cuánto puede su intercesión con su Majestad y Conmigo, porque te aseguro, muy querida hija, que en presencia de la Divina Justicia es uno de los grandes intercesores para detenerla contra los pecadores y alcanzar grandes mercedes.

               Y por la noticia y la luz que de esto has recibido y recién escrito, quiero que seas muy agradecida a la dignación del Señor y al favor que en esto hago contigo; y de aquí en adelante en lo que queda de tu vida procures adelantarte en la devoción y cordial afecto a Mi Santo Esposo José y bendecir al Señor, porque le favoreció con tantos dones y por el gozo que yo tuve de conocerlo. En todas tus necesidades te has de valer de su intercesión y solicitarle muchos devotos, y que las religiosas se fijen mucho en esto, pues lo que pide Mi Esposo José en el Cielo concede el Altísimo en la tierra y a sus peticiones y palabras tiene vinculados grandes y extraordinarios favores para los hombres, si ellos no se hacen indignos de recibirlos.

                Y todos estos privilegios corresponden a la perfección de este admirable Santo y a sus virtudes tan grandiosas, porque la Divina Misericordia se inclinó a ellas y le miró con mucho agrado, para conceder admirables misericordias para José y para los que acuden a su intercesión".


Extraído de "Mística Ciudad de Dios
de la Venerable Sor María de Jesús de Agreda




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lunes, 15 de agosto de 2022

LA GLORIOSA ASUNCIÓN DE MARÍA A LOS CIELOS EN CUERPO Y ALMA



               El día tercero que el Alma Santísima de María gozaba de esta Gloria para nunca dejarla, manifestó el Señor a los Santos Su Voluntad Divina de que volviese al mundo y resucitase Su Sagrado Cuerpo uniéndose con Él, para que en cuerpo y alma fuese otra, vez levantada a la diestra de Su Hijo Santísimo, sin esperar a la general resurrección de los muertos.

               Pero conociéronla los Bienaventurados con mayor claridad, y la determinación del tiempo y hora, cuando en sí mismo les manifestó su eterno decreto y cuando fue tiempo de hacer esta maravilla, descendió del Cielo el mismo Cristo Nuestro Salvador, llevando a su diestra el alma de su Beatísima Madre, con muchas legiones de Ángeles y los Padres y Profetas antiguos.

               Y llegaron al sepulcro en el valle de Josafat y estando todos a la vista del virginal templo habló el Señor con los Santos y dijo estas palabras: "Mi Madre fue concebida sin mácula de pecado, para que de Su virginal sustancia purísima y sin mácula me vistiese de la humanidad en que vine al mundo y le redimí del pecado. Mi carne es carne Suya, y Ella cooperó Conmigo en las obras de la Redención, y así debo resucitarla como Yo resucité de los muertos, y que esto sea al mismo tiempo y a la misma hora, porque en todo quiero hacer a Mí semejante".

               Todos los antiguos Santos de la naturaleza humana agradecieron este beneficio con nuevos cánticos de alabanza y Gloria del Señor y los que especialmente se señalaron fueron nuestros primeros padres Adán y Eva, y después de ellos Santa Ana, San Joaquín y San José, como quien tenía particulares títulos y razones para engrandecer al Señor en aquella maravilla de Su Omnipotencia.

               Luego la Purísima Alma de la Reina con el imperio de Cristo Su Hijo Santísimo entró en el virginal cuerpo y le informó y resucitó, dándole nueva vida inmortal y gloriosa y comunicándole los cuatro dotes de claridad, impasibilidad, agilidad y sutileza, como correspondientes a la gloria del alma, de donde se derivan a los cuerpos.

               Con estos dotes salió María Santísima en alma y cuerpo del sepulcro, sin remover ni levantar la piedra con que estaba cerrado y porque es imposible manifestar Su hermosura, belleza y refulgencia de tanta Gloria no me detengo en esto. Bástame decir que, como la Divina Madre dio a Su Hijo Santísimo la forma de hombre en su tálamo virginal y se la dio pura, limpia, sin mácula e impecable para redimir al mundo, así también en retorno de esta dádiva la dio el mismo Señor en esta resurrección y nueva generación otra gloria y hermosura semejante a Sí mismo.

               Luego desde el sepulcro se ordenó una solemnísima procesión con celestial música por la región del aire, por donde se fue alejando para el Cielo empíreo. Y sucedió esto a la misma hora que resucitó Cristo nuestro Salvador, domingo inmediato después de media noche; y así no pudieron percibir esta señal por entonces todos los Apóstoles fuera de algunos que asistían y velaban al sagrado sepulcro.

               Entraron en el Cielo los Santos y Ángeles con el orden que llevaban, y en el último lugar iban Cristo Nuestro Salvador y "a Su diestra la Reina vestida de oro de variedad", como dice David, y tan hermosa que pudo ser admiración de los Cortesanos del Cielo. Convirtiéronse todos a mirarla y bendecirla con nuevos júbilos y cánticos de alabanza.

               Allí se oyeron aquellos elogios misteriosos que dejó escritos Salomón: "Salid, hijas de Sion, a ver a vuestra Reina, a quien alaban las estrellas matutinas y festejan los hijos del Altísimo. ¿Quién es Ésta que sube del desierto, como varilla de todos los perfumes aromáticos? ¿Quién es Ésta que se levanta como la aurora, más hermosa que la luna, electa como el sol y terrible como muchos escuadrones ordenados? ¿Quién es Ésta que asciende del desierto asegurada en su dilecto y derramando delicias con abundancia? ¿Quién es Ésta en quien la misma Divinidad halló tanto agrado y complacencia sobre todas sus criaturas y la levanta sobre todas al Trono de su inaccesible luz y majestad? ¡Oh maravilla nunca vista en los Cielos!, ¡oh novedad digna de la sabiduría infinita!, ¡oh prodigio de esa Omnipotencia que así la magnificas y engrandeces!".

               Con estas glorias llegó María Santísima en cuerpo y alma al Trono Real de la Beatísima Trinidad, y las Tres Divinas Personas la recibieron en Él con un abrazo indisoluble.




               El Eterno Padre le dijo: Asciende más alta que todas las criaturas, electa Mía, Hija Mía y Paloma Mía.

               Allí quedó absorta María Santísima entre las Divinas Personas y como anegada en aquel piélago interminable y en el Abismo de la Divinidad; los Santos llenos de admiración, de nuevo gozo accidental.

               El Verbo Humanado dijo: Madre Mía, de quien recibí el ser humano y el retorno de Mis obras con Tu perfecta imitación, recibe ahora el premio de Mi mano que tienes merecido.

               El Espíritu Santo dijo: Esposa Amantísima, entra en el Gozo Eterno que corresponde a Tu fidelísimo amor y goza sin cuidados, que ya pasó el invierno del padecer y llegaste a la posesión eterna de Nuestros abrazos.


Mística Ciudad de Dios
Venerable Sor María de Jesús de Ágreda



domingo, 14 de agosto de 2022

EL TRÁNSITO DE LA VIRGEN MARÍA, QUE MURIÓ DE AMOR

 

              Corriendo el curso de los tres últimos años de la vida de Nuestra Señora, ordenó el Poder Divino con una oculta y suave fuerza que todo el resto de la naturaleza comenzara a sentir el llanto y prevenir el luto para la muerte de la que con Su vida daba hermosura y perfección a todo lo criado. 



              Los Apóstoles, aunque estaban derramados por el mundo, comenzaron a sentir un nuevo cuidado que les llevaba la atención, con recelos de cuándo les faltaría su Maestra; porque ya les dictaba la Divina y oculta Luz que no se podía dilatar mucho este plazo inevitable. Los otros fieles moradores de Jerusalén y vecinos de Palestina reconocían en sí mismos como un secreto aviso de que su tesoro y alegría no sería para largo tiempo. 

               Los cielos, astros y planetas perdieron mucho de su hermosura y alegría, como lo pierde el día cuando se acerca la noche. Las aves del cielo hicieron singular demostración de tristeza en los dos últimos años; porque gran multitud de ellas acudían de ordinario donde estaba María, y rodeando su oratorio con extraordinarios vuelos y meneos, formaban en lugar de cánticos diversas voces tristes. De esta maravilla fue testigo muchas veces San Juan. Y pocos días antes del Tránsito de la Divina Madre concurrieron a ella innumerables avecillas, postrando sus cabecitas y picos por el suelo, y rompiendo sus pechos con gemidos, como quien dolorosamente se despedía para siempre. 

               Y puestos en su presencia, la Virgen Santísima comenzó a despedirse de ellos, hablando a todos los Apóstoles singularmente y algunos Discípulos, y después a los demás circunstantes juntos, que eran muchos.

               Sus palabras como flechas de divino fuego penetraron los corazones de los presentes y rompiendo todos en arroyos de lágrimas y dolor irreparable se postraron en tierra. Después de un intervalo, les pidió que con Ella y por Ella orasen todos en silencio, y así lo hicieron. En esta quietud sosegada descendió del Cielo el Verbo Humanado y se llenó de gloria la casa del Cenáculo. María Santísima adoró al Señor, quien le ofreció llevarla a la gloria sin pasar por la muerte.

              Se postró la prudentísima Madre ante su Hijo y con alegre semblante le dijo: Hijo y Señor mío, yo os suplico que vuestra Madre y Sierva entre en la Eterna Vida por la puerta común de la muerte natural, como los demás hijos de Adán. Vos que sois Mi verdadero Dios, la padecisteis sin tener obligación a morir; justo es que como Yo he procurado seguiros en la vida os acompañe también en morir.

               Entonces se reclinó María Santísima sobre Su lecho, con las manos juntas y los ojos fijos en Su Divino Hijo. Y cuando los Ángeles cantaban: “Levántate, apresúrate , amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y ven que ya pasó el invierno...” (Cantar de los Cantares, cap. 2, vers. 10), en estas palabras pronunció Ella las que Su Hijo Santísimo en la Cruz: “En Tus manos Señor, encomiendo mi espíritu” (Evangelio de San Lucas, cap. 23, vers. 46). Cerró los virginales ojos y expiró. La enfermedad que le quitó la vida fue el Amor. 

               Pasó aquella Purísima Alma desde Su virginal Cuerpo a la diestra de Su Hijo Santísimo, donde en un instante fue colocada con inmensa gloria. Y luego se comenzó a sentir que la música de los Ángeles se alejaba, porque toda aquella procesión se encaminó al Cielo empíreo. El sagrado cuerpo de María Santísima, que había sido Templo y Sagrario de Dios vivo, quedó lleno de luz y resplandor y despidiendo de sí tan admirable y nueva fragancia que todos los circunstantes quedaron llenos de suavidad interior y exterior. 

               Los Apóstoles y Discípulos, entre lágrimas de dolor y júbilo de las maravillas que veían, quedaron como absortos por algún espacio. Sucedió este glorioso tránsito un Viernes a las tres de la tarde, a la misma hora que el de Su Hijo Santísimo, a los trece días del mes de Agosto y a los setenta años de edad, menos algunos días.

              Del cenáculo partió el solemne cortejo al cual acudieron casi todos los moradores de Jerusalén. Junto a éste había otro invisible de los Cortesanos del Cielo. Descendieron varias legiones de Ángeles con los Antiguos Padres y Profetas, especialmente San Joaquín, Santa Ana, San José, Santa Isabel y el Bautista, con otros muchos Santos que desde el Cielo envió Nuestro Salvador Jesús para que asistiesen a las exequias y entierro de Su Beatísima Madre.


Mística Ciudad de Dios
Venerable Sor María de Jesús de Ágreda




domingo, 5 de junio de 2022

DOMINICA DE PENTECOSTÉS

     

               Celebramos hoy día de Pentecostés, que significa día cincuenta después de Pascua, el feliz cumplimiento de la promesa de Nuestro Señor Jesucristo de enviar el Espíritu Santo que baja sobre la Iglesia naciente, en figura de lenguas de fuego. Si en Pentecostés los judíos ofrecían agradecidos al Señor, los primeros frutos de la tierra, nosotros, más afortunados, podremos exclamar con San Agustín: "Pascua fue el principio de la gracia, Pentecostés fue su coronamiento"

               Si ellos -los judíos- recordaban la promulgación de los Mandamientos de Dios dados en el Monte Sinaí, la Ley Cristiana que los perfecciona fue hoy con valentía promulgada por el Cabeza de los Apóstoles, en virtud  de la luz y fuerza que le infundió el Espíritu Santo.

               Es tan solemne esta fiesta como la de Pascua; su celebración se remonta a la más lejana antigüedad, así en la Edad Media, se le daba relieve mediante diversas representaciones, como la típica lluvia de rosas, símbolo de los Dones del Espíritu Santo mencionados de varias maneras en los textos de la Misa de hoy.

               El color litúrgico que se ha de usar en este día es el encarnado, que simboliza la llama de amor ardiente y activo, ya que el Espíritu Santo es el amor personificado entre el Padre y el Hijo.



               En compañía de la Reina del Cielo perseveraban alegres los doce Apóstoles con los demás discípulos y fieles aguardando en el Cenáculo la promesa del Salvador, confirmada por la Madre, de que les enviaría de las alturas al Espíritu consolador, que les enseñaría y administraría todas las cosas que en su Doctrina habían oído. Estaban todos unánimes y tan conformes en la caridad, que en todos aquellos días ninguno tuvo pensamiento, afecto ni ademán contrario de los otros. María Santísima con la plenitud de sabiduría y gracia conoció el tiempo y la hora determinada por la Divina Voluntad para enviar al Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico.

               El día de Pentecostés por la mañana la Reina previno a los Apóstoles, a los demás discípulos y mujeres santas (que todas eran ciento veinte personas) para que orasen y esperasen con mayor fervor, porque muy presto serían visitados de las alturas con el Divino Espíritu. Y estando así orando todos juntos, a la hora de tercia se oyó en el aire un gran sonido de espantoso tronido, y un viento o espíritu vehemente con grande resplandor, como de relámpago y de fuego; y todo se encaminó a la casa del Cenáculo, llenándola de luz y derramándose aquel divino fuego sobre toda aquella santa congregación. Aparecieron sobre la cabeza de cada uno de los ciento veinte unas lenguas del mismo fuego en que venía el Espíritu Santo, llenándolos a todos y a cada uno de divinas influencias y dones soberanos, causando a un mismo tiempo muy diferentes y contrarios efectos en el Cenáculo y en todo Jerusalén, según la diversidad de sujetos.

               Los Apóstoles fueron también llenos y repletos del Espíritu Santo, porque recibieron admirables aumentos de la gracia justificante en grado muy levantado; y solos ellos doce fueron confirmados en esta gracia para no perderla. Respectivamente se les infundieron hábitos de los siete dones, sabiduría, entendimiento, ciencia, piedad, consejo, fortaleza y temor, todos en grado convenientísimo. En este beneficio tan grandioso y admirable, como nuevo en el mundo, quedaron los doce Apóstoles elevados y renovados para ser idóneos ministros del Nuevo Testamento y fundadores de la Iglesia evangélica en todo el mundo.

               En todos los demás discípulos, y otros fieles que recibieron el Espíritu Santo en el Cenáculo, obró el Altísimo los mismos efectos con proporción y respectivamente, salvo que no fueron confirmados en gracia como los Apóstoles; mas según la disposición de cada uno se les comunicó la gracia y dones con más o menos abundancia para el ministerio que les tocaba en la Iglesia. La misma proporción se guardó en los Apóstoles; pero San Pedro y San Juan señaladamente fueron aventajados con estos dones por los más altos oficios que tenían; el uno de gobernar la Iglesia como cabeza, y el otro de asistir y servir a María Santísimo. El texto de San Lucas dice que el Espíritu Santo llenó toda la casa donde estaba aquella feliz congregación, no sólo porque todos en ella quedaron llenos del divino Espíritu y de sus inefables dones, sino porque la misma casa fue llena de admirable luz y resplandor. Esta plenitud de maravillas y prodigios redundó Y se comunicó a otros fuera del cenáculo; porque obró también diversos y varios efectos el Espíritu Santo en los moradores y vecinos de Jerusalén.

               No son menos admirables, aunque más ocultos, otros efectos muy contrarios a los que he dicho que el mismo Espíritu divino obró este día en Jerusalén.

               Sucedió, pues, que con el espantoso trueno y vehemente conmoción del aire y relámpagos en que vino el Espíritu Santo, turbó y atemorizó a todos los moradores de la ciudad enemigos del Señor, respectivamente a cada uno según su maldad y perfidia. Señalóse este castigo con todos cuantos fueron actores y concurrieron en la muerte de Nuestro Salvador, particularizándose y airándose en malicia y rabia. Todos éstos cayeron en tierra por tres horas, dando en ella de cerebro.

                Y los que azotaron a Su Majestad murieron luego todos ahogados de su propia sangre, que del golpe se les movió y trasvenó hasta sofocarlos, por la que con tanta impiedad derramaron. El que dio la bofetada a Su Majestad divina, no sólo murió repentinamente, sino que fue lanzado en el infierno en alma y cuerpo. Otros de los judíos, aunque no murieron, quedaron castigados con intensos dolores y algunas enfermedades abominables, que con la sangre de Cristo de que se cargaron han pasado a sus descendientes, y aun perseveran hoy entre ellos, y los hacen inmundísimos y horribles. Este castigo fue notorio en Jerusalén, aunque los pontífices y fariseos pusieron gran diligencia en desmentirlo, como lo hicieron en la Resurrección del Salvador.


Vida de la Virgen María”, 
por la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda


lunes, 24 de mayo de 2021

SOR MARÍA DE JESÚS DE ÁGREDA


                Sor María de Jesús nació en la villa de Ágreda, provincia de Soria, España, en 1602, y murió allí mismo en 1665.

               Célebre religiosa, confidente y consejera del Rey Felipe IV, fundadora y escritora. Se llamaba en el mundo María Coronel y Arana y en religión María de Jesús, pero fue conocida por el nombre de su ciudad natal. 




               Sor María de Jesús, perteneció a una familia hidalga y de extremada religiosidad, hasta tal punto que, cuando María tenía dieciséis años, padres e hijos abandonan el mundo y abrazan la vida religiosa; su propia casa quedó convertida en convento y en ella continúa con su madre y su hermana, las tres como Concepcionistas Franciscanas. 

               Fue adquiriendo fama de santidad y de ser favorecida con revelaciones sobrenaturales y, antes de cumplir los veinticinco años, era elegida abadesa, dispensándole el Papa la falta de edad. Con recursos de la caridad fundó en las afueras de la villa de Ágreda el Monasterio de la Inmaculada Concepción, al que se traslada la Comunidad en 1633. La fama de sus virtudes y sabiduría movieron al Monarca Felipe IV a visitarla cuando en Julio de 1643 pasaba hacia Aragón con motivo de la Guerra de Cataluña.

               La situación de España era crítica y el Rey debió encontrar consuelo en la conversación de la abadesa, solicitando una amistad epistolar que con gran sigilo y puntualidad había de durar hasta la muerte de la monja. En esta correspondencia, de la que hizo copia por mandato de su confesor, no sólo levanta el espíritu apocado del rey y le da consuelos de perfección espiritual, sino que trata de los asuntos más arduos de la gobernación del Reino. Trabaja en pro y en contra de validos (mano derecha del Rey), aconseja campañas y provoca medidas públicas. Abarca resueltamente la cuestión del gobierno del Conde-Duque de Olivares, al que censura con energía como perturbador de la paz del Estado, y recuerda al Rey la obligación que tenía de hacerlo todo por sí mismo sin privados ni favoritos. 

               Cuando durante la guerra de Cataluña estuvo el Monarca a punto de indisponerse con Aragón, por la jurisdicción del Tribunal de la Fe, le aconseja con buen criterio que aplazase a toda costa el negocio de la Inquisición «por ser de mucho peso y preciso resolverle con tiento y tomando medios y arbitrios para ajustarse a todos». 

               En política exterior es partidaria de la paz. Durante las negociaciones en Münster y Osnabruck, que habían de culminar en la paz de Westfalia, trató de inclinar a Felipe IV a terminar la guerra con Francia, para ocuparse con todas sus fuerzas en el problema de Portugal, y hasta escribió al Papa Alejandro VII solicitando su mediación en favor de la concordia entre los Príncipes Cristianos.




               En el orden místico, sus ideas fueron elevadas y dentro de la más firme ortodoxia, pero se vio envuelta por la Santa Inquisición en un proceso, del que salió absuelta con las más favorables censuras, en 1650, tras quince años de litigios; la Universidad de la Sorbona de París llegó a condenar varias proposiciones de sus libros.  

               El más notable de sus escritos religiosos es "La Mística Ciudad de Dios", (con más de ciento setenta ediciones en diez idiomas) una historia de la Virgen en la que están resumidas las más importantes de sus tesis teológicas, el Dogma de la Inmaculada y la Infalibilidad Pontificia. Acerca de esta obra se entabló apasionada controversia que duró más de un siglo.

               Se cuenta que Sor María de Jesús de Ágreda poseía diferentes dones místicos, entre otros, el de la bilocación, lo que supuestamente la llevó a evangelizar a los aborígenes de las regiones de Texas, Arizona y Nuevo México, donde fue llamada "la Dama de azul", en una clara alusión a la capa de las religiosas concepcionistas, como lo narra el Franciscano Padre Benavides, que además informó a sus Superiores en México y el Rey Felipe IV; en 1630, este mismo religioso se trasladó a España para conocer a Sor María de Jesús de Ágreda y a conminarla bajo juramento a decir la verdad. Ella le confirmó que, efectivamente, era llevada por Ángeles a países para ella desconocidos a predicar a Jesucristo entre paganos e idólatras y explicarles cómo llegar hasta los Sacerdotes que pudiesen bautizarles. 




               Desde el punto de vista histórico, es de sumo interés su correspondencia con el Rey, que duró más de veinte años, con un total de seiscientas cartas, algunas publicadas por Francisco Silvela, precedida de un bosquejo histórico, en el que va encajando la actuación de Sor María (Cartas de la Venerable Madre Sor María de Ágreda y del Rey Don Felipe IV, Madrid, 1885). «En ellas no sólo se alcanzan pormenores de la mayor importancia sobre personajes y sucesos de aquel tiempo, sino que se descubre también en sus más íntimos repliegues el carácter moral del Monarca, completándose con nuevas perspectivas el cuadro de la Corte y de la sociedad española en el siglo XVII» . 

               Sor María de Jesús, falleció el 24 de Mayo de 1655, a los 63 años, en el Convento de Ágreda. Hoy día en la Capilla del Convento de la Inmaculada Concepción, puede verse su sepulcro y la urna de cristal, donde se venera su cuerpo incorrupto.