Corrían ya más de dos años y medio de la predicación y maravillas de Nuestro Redentor y Maestro Jesús, y se iba acercando el tiempo destinado por la Eterna Sabiduría, para volverse al Padre. Y porque todas Sus obras eran ordenadas a nuestra salud y enseñanza, determinó Su Majestad prevenir algunos de Sus Apóstoles para el escándalo que con Su muerte habían de padecer, y manifestárseles primero glorioso en el cuerpo pasible que habían de ver después azotado y crucificado, para que primero le viesen transfigurado con la Gloria, que desfigurado con las penas.
Para esto eligió un monte alto, que fue el Tabor, en medio de Galilea, y dos leguas de Nazareth hacia el Oriente; y subiendo a lo más alto de él con los tres apóstoles Pedro, Jacobo y Juan su hermano, se transfiguró en su presencia. Estando transfigurado vino una voz del Cielo en nombre del Eterno Padre, que dijo: Este es Mi Hijo muy amado, en quien Yo Me agrado; a Él habéis de oír.
No dicen los evangelistas que se hallase María Santísima a la maravilla de la Transfiguración, ni tampoco lo niegan; porque esto no pertenecía a su intento, ni convenía manifestar en los Evangelios el oculto milagro con que se hizo.
La inteligencia que se me ha dado para escribir esta historia es que la Divina Señora, al mismo tiempo que algunos ángeles fueron a traer la alma de Moisés y a Elías de donde estaban, fue llevada por manos de Sus Santos Ángeles al monte Tabor, para que viese transfigurado a Su Hijo Santísimo, como sin duda le vio. Y no sólo vio transfigurada y gloriosa la Humanidad de Cristo Nuestro Señor, sino que el tiempo que duró este Misterio vio con claridad María Santísima la Divinidad intuitivamente.


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