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sábado, 27 de junio de 2026

NUESTRA SEÑORA DEL PERPETUO SOCORRO, la historia de un icono milagroso

 

ORIGEN DEL ICONO


                   Según una piadosa tradición del siglo XVI que ha llegado hasta nuestros días, un mercader de la isla de Creta robó una imagen milagrosa de una de las iglesias de la isla. La escondió entre sus cosas y zarpó hacia occidente. Gracias a la Divina Providencia se salvó de una terrible tempestad llegando a tierra firme. Después de un año, más o menos, llegó a Roma con la imagen robada.

                   En Roma cayó gravemente enfermo y fue en busca de un amigo que pudiera ayudarle. Cuando estaba a punto de morir, reveló al amigo su secreto sobre la imagen sagrada y le suplicó que la colocara en una iglesia. El amigo prometió hacerlo atendiendo sus deseos, pero también él murió sin haber cumplido la promesa.

                   Finalmente, la Bienaventurada Virgen se apareció a la pequeña hija de seis años de una familia romana diciéndole que indicara a su mamá y a su abuela que la imagen de la Virgen María del Perpetuo Socorro debía colocarse en la iglesia de San Mateo Apóstol, situada entre las Basílicas de Santa María Mayor y San Juan de Letrán.





           
                   La tradición cuenta cómo después de muchas dudas y diversas dificultades, "la madre obedeció y, tras consultar con el clero responsable de dicha iglesia, la imagen de la Virgen fue colocada en San Mateo el 27 de Marzo de 1499". Allí fue venerada durante 300 años. Enseguida comenzó la segunda etapa vinculada a la historia del icono. La devoción a la Virgen del Perpetuo Socorro se extendió por toda Roma.

LA BENDITA IMAGEN QUEDA OLVIDADA

                   En 1798, Roma fue devastada por la guerra, y el monasterio y la iglesia fueron casi totalmente destruidos. Varios Agustinos permanecieron aún allí por algún tiempo pero, al final, también debieron marcharse. Algunos regresaron a Irlanda, otros se dirigieron hacia nuevas fundaciones en América, mientras que la mayor parte se trasladó a algún monasterio cercano. Fue este último grupo el que llevó consigo la imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Comienza así la etapa de su historia, el tiempo de los "Años ocultos".

                   En Enero de 1855, los Misioneros Redentoristas (fundados por San Alfonso María de Ligorio) compraron "Villa Caserta", en Roma, convirtiéndola en Casa Generalicia de la Congregación Misionera que ya se había extendido por toda Europa occidental y por América del Norte. En esta misma propiedad, en Via Merulana, se encontraron las ruinas de la iglesia y del monasterio de San Mateo. Sin saberlo en aquel momento, compraron el terreno que, muchos años antes, había elegido la Virgen como santuario suyo, entre Santa María Mayor y San Juan de Letrán.

                   Cuatro meses después se comenzó la construcción de una iglesia en honor del Santísimo Redentor, dedicada a San Alfonso de Ligorio, Fundador de la Congregación. El 24 de Diciembre de 1855, un grupo de jóvenes comenzaba el Noviciado en esta nueva casa. 

                   Los Redentoristas demostraron tener un enorme interés por la historia de la propiedad adquirida; mucho más cuando, el 7 de Febrero de 1863, un famoso predicador jesuita, el Padre Francesco Blosi, hizo referencia en su sermón al tema del icono de María que "estuvo en la iglesia de San Mateo en Via Merulana y que era conocido como "La Virgen de San Mateo" o, más exactamente, como la "Virgen del Perpetuo Socorro".

                   En otra ocasión, el cronista de la Comunidad Redentorista, "examinando algunos autores que escribieron sobre la antigüedad romana, se encontró con referencias a la iglesia de San Mateo. Entre éstas, había una cita en que se hablaba de la iglesia (que había estado situada dentro del perímetro del jardín de la comunidad) y en la que había habido un antiguo icono de la Madre de Dios que gozó de gran veneración y fama debido a sus milagros". Luego, "tras contar todas estas cosas a la comunidad, se abrió un debate sobre cómo encontrar la imagen. El Padre Marchi se acordó de todo lo que le había contado Fray Agustín Orsetti y dijo a sus cohermanos que había visto aquel icono con mucha frecuencia y que sabía dónde se hallaba".




            
SE REANUDA EL CULTO AL ICONO Y COMIENZA SU PROPAGACIÓN

                    Con este nuevo conjunto de informaciones, el interés de los Redentoristas creció y quisieron saber aún más del icono y de cómo conseguirlo para su iglesia. El Superior General, Padre Nicolás Mauron, escribió una carta al Papa Pío IX pidiéndole a la Santa Sede que le concediera el icono del Perpetuo Socorro a fin de colocarlo en la nueva iglesia del Santísimo Redentor y San Alfonso que se había construido cerca del lugar en que se encontraba la antigua iglesia de San Mateo. El Papa accedió a esta petición y en el reverso de la misma solicitud escribió de su puño y letra justamente lo siguiente:


                   "El 11 de Diciembre de 1865: El Cardenal Prefecto de Propaganda debe llamar al Superior de la Comunidad de Santa María en Posterula diciéndole que es Nuestro deseo que la imagen de la Santísima Virgen, de la que se habla en esta petición, sea nuevamente colocada entre San Juan y Santa María Mayor. Los Redentoristas se encargarán de reemplazarla con otra imagen adecuada".

                   Según la tradición, fue entonces cuando el Papa Pío IX dijo al Superior General de los Redentoristas: "Dadla a conocer al mundo entero". En el mes de Enero de 1866, los Padres Michele Marchi y Ernesto Bresciani fueron a Santa María en Posterula para recibir la imagen de manos de los Agustinos.

                   Hubo que proceder a la limpieza y restauración del icono. La tarea se le confió al artista polaco Leopold Nowotny. Finalmente, el 26 de Abril de 1866, la imagen fue expuesta nuevamente a la pública veneración en la iglesia de San Alfonso en Via Merulana.

                   Con este hecho dio comienzo la más esplendorosa etapa de su historia: la difusión del icono por el mundo entero.


ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA
SANTA MARÍA DEL PERPETUO SOCORRO


                    Santísima y siempre Pura Virgen María, Madre de Jesucristo, Reina del Mundo y Señora de todo lo creado; que a ninguno abandonáis, a ninguno despreciáis ni dejáis desconsolado a quien recurre a Vos con corazón humilde y puro.

                    No me desechéis por mis gravísimos e innumerables pecados, no me abandonéis por mis muchas iniquidades, ni por la dureza e inmundicia de mi corazón me privéis de Vuestra gracia y de Vuestro amor, pues soy Vuestro hijo.

                    Escuchad a este pecador que confía en Vuestra misericordia y piedad: socorredme, Piadosísima Madre del Perpetuo Socorro, de Vuestro querido Hijo, Omnipotente Dios y Señor Nuestro Jesucristo, la indulgencia y la remisión de todos mis pecados y la gracia de Vuestro amor y temor, la salud y la castidad y el verme libre de todos los peligros de alma y cuerpo.

                    En los últimos momentos de mi vida, sed mi piadosa Auxiliadora y librad mi alma de las eternas penas y de todo mal, así como las almas de mis padres, familiares, amigos y bienhechores, y las de todos los fieles vivos y difuntos, con el auxilio de Aquél que por espacio de nueve meses llevasteis en Vuestro purísimo seno y con Vuestras manos reclinasteis en el Pesebre, Vuestro Hijo y Señor Nuestro Jesucristo, que es Bendito por los siglos de los siglos. Amén.





sábado, 4 de abril de 2026

MARÍA, REINA DE LOS MÁRTIRES



                    ¿Habrá quien tenga un corazón tan duro que no se conmueva al oír el suceso más triste que haya ocurrido?. Había una madre noble y santa que no tenía  más que un solo hijo; éste era el más amable que imaginarse pueda: inocente, virtuoso, bello y amantísimo de su madre, hasta el punto que nunca le había dado el menor disgusto, sino que siempre le había mostrado respeto y obediencia total con  toda la ternura de su corazón. 

                    Y después, ¿qué sucedió?: que ese hijo, por envidia, fue acusado por sus enemigos; y el juez, aunque conocía y confesó él mismo su  inocencia, únicamente por no enfurecer a sus enemigos lo condenó a la muerte más infame, la misma que le habían pedido a gritos. Y aquella pobre madre tuvo que sufrir el dolor de ver que le arrebataban contra toda justicia aquel hijo tan amante y  tan amado en la flor de su vida con una muerte atroz, pues lo hicieron morir a fuerza de tormentos, desangrado a la vista de la plebe, en un patíbulo infame. 

                    ¿Qué podemos decir?, ¿es digno de lástima este suceso y el dolor de esta madre?. Ya me entendéis de quién hablo. Este hijo tan cruelmente ejecutado fue Jesús, Nuestro amorosísimo Redentor, y esta madre fue la Santísima Virgen María, quien por nuestro amor consintió verlo sacrificado a la Divina Justicia por la barbarie  de los hombres. Este gran Dolor de María ofrecido por nosotros, que le costó más que mil muertes, merece nuestra compasión y gratitud. Y si no podemos  corresponder de otra manera a tanto amor, al menos detengámonos a considerar lo cruel de este Dolor por el que María se convirtió en Reina de los Mártires, porque Su  Martirio superó el dolor de todos los Mártires, habiendo sido el Suyo, primero, el Martirio más prolongado, y segundo, el Martirio más cruel.

                    María no sólo fue Reina de los Mártires porque Su Martirio fue el más prolongado de todos, sino también porque entre todos fue el mayor. ¿Quién puede medir la grandeza de Su dolor?. Jeremías parece que no encuentra a quién comparar esta Madre Dolorosa al contemplar Su sufrimiento por la Muerte de Su Hijo, y dice: “¿Con quién te compararé? ¿A quién te asemejaré, hija de Jerusalén?... Grande como el mar es tu tribulación. ¿Quién se compadecerá de ti?” (Libro de las Lamentaciones, cap. 2, vers. 13).

                    María entregó la vida de Su Hijo, a quien amaba más que a Su propia vida.

                    San Antonino dice que los otros Mártires sacrificaron su propia vida,  mientras que la Virgen María padeció sacrificando la Vida de Su Hijo, al que amaba más que a Su propia vida. Así que no sólo padeció en el alma todo lo que Su Hijo padecía en Su cuerpo, sino que además causó mayor dolor a Su Corazón la vista de los sufrimientos de Su Hijo que si Ella los hubiera sufrido en Sí misma. 

                    Que María sufrió en Su Corazón todos los ultrajes que hicieron a Su Jesús no hay quien lo dude. Todo el mundo sabe que las penas de los hijos lo son también de  las madres cuando están ellas viéndolos padecer. San Agustín, considerando el tormento que padecía la madre de los macabeos al ver a su hijo padecer el suplicio, dice: Ella, viéndolo padecer, sufría lo de todos; porque a todos los amaba, sufría en Su Alma lo que ellos en el cuerpo. Lo mismo sucedió a María; los azotes, las espinas, los clavos y la Cruz que afligieron la carne inocente de Jesús penetraron igualmente en el Corazón de María para consumar Su Martirio.

                    Al decir de San Lorenzo Justiniano, el Corazón de María fue como un espejo donde se reflejaban los dolores de Su Hijo. En Él se veían los salivazos, los golpes, las Llagas y todo lo que sufría Jesús. Y considera San Buenaventura que aquellas Llagas que estaban desparramadas por todo el Cuerpo de Jesús estaban unidas en el Corazón de María. De este modo, la Virgen, por la compasión hacia Su Hijo, fue flagelada, coronada de espinas, despreciada y clavada en la Cruz en Su Corazón amante.

                    Por eso son tan grandes las gracias prometidas por Jesús a los devotos de los Dolores de María. Refiere Pelbarto haberse revelado a Santa Isabel, que San Juan, después de la Asunción de la Virgen, ardía en deseos de verla; y obtuvo la gracia pues se le apareció su amada Madre y con Ella Jesucristo. Oyó que María le pedía a Su Divino Hijo, gracias especiales para los devotos de Sus Dolores. Y Jesús le prometió estas gracias especiales:

              1ª. Que el que invoque a la Madre de Dios recordando Sus Dolores, tendrá la gracia de hacer verdadera penitencia de todos sus pecados.

              2ª. Que los consolará en sus tribulaciones, especialmente en la hora de la muerte. 

              3ª. Que imprimirá en sus almas el recuerdo de Su Pasión y en el Cielo se lo premiará.

              4ª. Que confiará esos devotos a María para que disponga de ellos según Su agrado y les obtenga todas las gracias que desee. 



viernes, 3 de abril de 2026

MIRA SI HA HABIDO EN EL MUNDO QUIEN TE HAYA AMADO MÁS QUE TU DIOS



                    Nuestro amable Redentor se acerca al fin de Su carrera. Contempla, alma mía, aquellos ojos que se oscurecen, aquel hermoso Rostro que se torna pálido, aquel Corazón que palpita con lentitud, aquel Sagrado Cuerpo que se abandona a la muerte. Después de haber gustado el vinagre, dijo Jesús: «Todo está consumado» (Evangelio de San Juan, cap. 19, vers. 30)

                    Estando ya próximo a expirar, recorrió con la mente todos los trabajos de Su Vida; la pobreza, los sudores, las injurias y agravios que había recibido, y ofreciéndolo de nuevo al Eterno Padre, dijo: Todo está cumplido; se ha consumado todo lo que de Mí escribieron los Profetas, y está también terminado el Sacrificio que Dios aguardaba para aplacar Su Cólera y para satisfacer Su Justicia irritada. 

                    Todo está cumplido, dijo Jesús vuelto a Su Padre; y volviéndose a nosotros torna a repetir: «Todo está terminado». Como si dijera: «Mirad, oh, hombres!, que de Mi parte he hecho cuanto estaba de mi mano para salvaros y ganar vuestro amor; he hecho lo que podía; haced ahora de Vuestra parte lo que os corresponde; amadme, y no rehuséis amar a un Dios que ha llegado hasta morir por conquistar vuestro corazón. 

                    ¡Oh Salvador mío!, ojalá que también yo en la hora de mi muerte pudiera decir, a lo menos en lo que me queda de vida: Señor, todo está consumado; he cumplido Vuestra Santísima Voluntad, os he obedecido en todo. Dadme fuerza, Jesús mío, porque, ayudado de vuestra gracia, me propongo, y así lo espero, agradaros y complaceros en todas las cosas. 

                    Entonces Jesús, dice San Lucas, clamando con una voz muy grande dijo. Padre Mío, en Tus manos encomiendo Mi Espíritu. (Evangelio de San Lucas, cap. 23, vers. 46) Estas fueron las últimas palabras que Jesús pronunció en la Cruz. Viendo que Su Bendita Alma estaba ya para separarse de Su lacerado Cuerpo resignado a la Voluntad Divina y con filial confianza, dijo: Padre Mío, Te encomiendo mi alma. Como si dijera: Yo, Padre Mío, no tengo voluntad propia ni quiero vivir ni morir; si es Vuestro deseo que siga padeciendo en esta Cruz, dispuesto estoy a ello. En Vuestras manos encomiendo Mi Espíritu, para que hagáis de Mí lo que os agrade. 

                    ¡Ojalá que cuando nos hallamos en la cruz del sufrimiento habláramos de la misma suerte, abandonandonos en las manos de Dios, para que obrara según Su beneplácito!. Este total abandono en las manos de Dios, dice San Francisco de Sales, es el fundamento de toda nuestra perfección. Estas deben ser nuestras disposiciones, de modo especial en la hora de la muerte; más para hacerlo bien en aquel trance supremo, debemos ejercitarnos con frecuencia en ello durante la vida. 

                    ¡Oh Jesús mío!, en Vuestras manos deposito mi vida y mi muerte, a Vos me entrego en total abandono; desde ahora Os recomiendo mi alma, para que cuando llegue al término de mi carrera os dignéis recibirla dentro de Vuestras Llagas, así como Vuestro Padre recibió Vuestro Espíritu al expirar en la Cruz. 




                    Jesús, por fin, va a exhalar el postrer suspiro. Venid Ángeles del Cielo, venid a asistir a la muerte de vuestro Dios. Y Vos, Oh María!, Madre de los Dolores, acercaos más a la Cruz, alzad los ojos para mirar con más atención a Vuestro Hijo, porque está próximo a expirar. Ya el Redentor llama a la Muerte y le da licencia para que se acerque a quitarle la Vida. Ven, muerte, le dice, ven pronto, cumple tu oficio, quítame la Vida y salva a Mis amadas ovejas. En aquel momento supremo tiembla la tierra, se abren los sepulcros, se rasga el velo del Templo. 

                    La violencia del dolor acaba finalmente con las débiles fuerzas del moribundo Señor; ya le falta el natural calor, se le apaga la respiración desfallece Su Cuerpo, inclina la cabeza sobre el pecho, abre la boca y expira (Evangelio de San Juan, cap. 19, vers. 30). Sal, Alma hermosísima de mi Salvador, sal de Su Cuerpo y anda a abrirnos las Puertas del Paraíso, hasta ahora cerrado para nosotros; entra y preséntate ante la Majestad Divina a impetrar para nosotros el perdón y la salvación. 

                    La muchedumbre se vuelve hacia la Cruz de Jesús al oír la fuerte voz que dió cuando pronunció las últimas palabras, lo mira con silencio y respetuosa atención, lo ve expirar, y al observar que ya no hace movimiento alguno exclama: Ha muerto, ha muerto. María oye que todos repiten las mismas palabras, y dice también: ¡Ay, Mi Hijo ha muerto!. Ha muerto, pero, Dios Grande, quién ha muerto?. El Autor de la Vida, el Unigénito de Dios, el Señor del mundo. ¡Oh Muerte, que fuiste el espanto de la naturaleza!. ¡Un Dios morir por sus criaturas!. ¡Oh Caridad infinita!. Sacrificarse todo un Dios, sacrificar Sus delicias, Su Honor, Su Sangre, Su Vida, ¿y por quién?; por Sus ingratas criaturas; y muere en un mar de dolores y desprecios para pagar la deuda por nuestras culpas. 

                    Alma mía, levanta los ojos y mira a este Hombre crucificado; mira al Cordero Divino sacrificado sobre el Altar de la Cruz; considera que es el Hijo Predilecto del Padre Eterno, y que ha muerto por el Amor que te profesa. Mira cómo tiene los brazos abiertos para abrazarte, la cabeza inclinada para darte el beso de paz, el Costado abierto para darte entrada en su corazón. ¿Merece ser amado un Dios tan bueno y tan amoroso?. ¿Qué respondes a ésto?. 

                    Hijo Mío, te dice Jesús desde lo alto de la Cruz, mira si ha habido en el mundo quien te haya amado más que tu Dios. ¡Oh Dios mío, y Redentor mío!, ¿con que Vos habéis muerto por mí con la muerte más infame y dolorosa para ganar mi amor?. Pero, ¿cuándo el amor de una pura criatura podrá corresponder al Amor de un Dios muerto por ella?. ¡Oh adorado Jesús mío!, ¡oh amor de mi alma!, ¿cómo podré olvidarme de Vos?. ¿Cómo podré negaros mi amor después de haberos visto morir de dolor sobre esa Cruz para saldar la deuda de mis pecados y salvarme?. ¿Cómo podré contemplaros muerto y colgado de este infame madero y no amaros con todas mis fuerzas?. ¿Cómo podré pensar que mis culpas Os han reducido a tal extremo de dolor y no llorar con lágrimas del corazón las ofensas que Os he hecho?. 

                    Si el último de los hombres hubiese padecido por mí lo que sufrió Jesucristo; si viese a un hombre desgarrado a puros azotes, clavado en una cruz y afrentado por las gentes a fin de salvarme la vida, ¿podría acordarme de él sin derretirse de amor mi corazón?. Y si me presentasen el retrato de aquel hombre muriendo en el afrentoso madero, pudiera mirarlo con indiferencia, diciendo: este desventurado ha muerto en un mar de tormentos porque me amaba; ¿si me hubiera amado menos, no hubiera muerto de esta suerte?. 

                    ¡Ah!, cuántos Cristianos tienen en su aposento un artístico Crucifijo, pero únicamente como mueble de lujo; ponderan su estructura, se detienen a contemplar la expresión de dolor que se dibuja en el rostro, pero en su corazón no tienen afecto alguno, como si no fuese la imagen del Verbo encarnado, sino la de un hombre extraño y para ellos desconocido. ¡Ah Jesús mío!, no permitáis que yo sea del número de éstos desgraciados. Acordaos que habéis prometido atraer hacia Vos todos los corazones cuando fueseis clavado en lo alto de la Cruz. Aquí tenéis mi corazón, que, ablandado en presencia de Vuestra muerte, no quiere resistir por más tiempo a Vuestra voz: atraedlo, pues, a Vos con los lazos de Vuestro amor. 

                    Vos habéis muerto por mí, y yo no quiero vivir más que para Vos. Dolores de Jesús, ignominias de Jesús, Muerte de Jesús, Amor de Jesús, tomad posesión de mi corazón, y vuestro dulce recuerdo sirva para herirme de continuo e inflamarme en el Amor de Jesús. ¡Oh Padre Eterno!, mirad a Jesús, Vuestro Hijo, muerto por mi amor, y por Sus Méritos tened inmisericordia de mí. Alma mía, no desconfíes por los pecados que has cometido, porque Dios es el que ha enviado Su Hijo a la tierra para salvarnos; y Jesús es el que voluntariamente se ha ofrecido a pagar las deudas de nuestros pecados. 

                    ¡Ah Jesús mío!, ya que para perdonarme no Os habéis a Vos mismo perdonado, miradme con la misma compasión que me tuvisteis un día cuando estabais agonizando en la Cruz; miradme, pues, iluminadme y perdonadme sobre todo la ingratitud con que Os he correspondido, pensando tan poco durante mi vida en Vuestra Pasión y en el Amor que me habéis manifestado. Gracias os doy por las luces que hoy me comunicáis, dándome a conocer, a través de Vuestras Llagas y desgarrados miembros, el grande y tierno afecto que me conserváis en el fondo de Vuestro Corazón. 




                    ¡Desventurado de mí!, si después de tantas luces no Os amase o amase a las criaturas más que a Vos. Muera yo -os diré con el enamorado San Francisco de Asís- por Vuestro Amor, Jesús mío ya que por mi amor os habéis dignado morir. ¡Oh Corazón abierto de mi Redentor!, mansión dichosa donde descansan las almas amantes, recibid también a mi pobre alma. 

                    ¡Oh María!, Madre de los Dolores, encomendadme a Vuestro Hijo, que tenéis muerto en Vuestros brazos. Mirad Sus laceradas carnes, mirad Su Sangre Divina por mí derramada, y por aquí llegaréis a comprender cuán agradable Le será que Le encomendéis mi salvación, cifrada en amar a Jesús; alcanzadme Vos este amor, pero amor grande y eterno. 

                    Hablando San Francisco de Sales de aquellas palabras de San Pablo: la Caridad de Cristo nos estrecha, se expresa de esta manera: «Saber que Jesucristo, Nuestro Verdadero Dios nos amó hasta sufrir la muerte afrentosa de la Cruz, ¿no es sentir como aprensados nuestros corazones y apretados con fuerza para exprimir de ellos el amor con una violencia que cuanto es más fuerte es tanto más deleitosa?» . En otro lugar dice el Santo que «el monte Calvario es el monte de los amantes». Y luego añade: «Y ¿por qué no nos abrazamos a Jesús crucificado para morir con Él en la Cruz, ya que por nuestro amor quiso en ella morir?». Sí, yo le abrazaré, debiéramos decir, y no le soltaré jamás; moriré con Él y con Él me abrasaré en las llamas de Su Amor. 

                    Un mismo fuego consumía a éste Divino Creador y a su miserable creatura; mi Jesús es todo mío, y yo quiero ser todo Suyo. Viviré y moriré sobre Su pecho, y ni la muerte ni la vida serán poderosos para separarme de Él» (Amor de Dios, Lib. 7, Cap. 8) «¡Oh Amor Eterno!, mi alma Os busca y os elige por eterno Dueño y Señor. ¡Venid, Espíritu Divino, e inflamad nuestros corazones con el fuego de Vuestro Amor!. O amar, o morir. Morir a todo otro amor, para vivir en el de Jesús. ¡Oh Salvador de nuestras almas!, haced que cantemos eternamente: «Viva Jesús, mi Amor, viva Jesús a quien amo; amo a Jesús que vive por los siglos de los siglos!». (Amor de Dios, Lib. 12, Cap. 13) 

                    Concluyamos diciendo: ¡oh Cordero de Dios, que Os habéis sacrificado por nuestra salvación!; ¡oh Víctima de Amor inmolada sobre la Cruz entre inmensos dolores, ojalá que supiera amaros como Vos lo merecéis!; quién pudiera morir por Vos, como Vos habéis muerto por mí!. Ya que mis pecados han sido para Vos una fuente de dolores durante toda Vuestra Vida, haced que mientras viva me esfuerce en agradaros y complaceros a Vos solo, que Sois mi Amor y mi Todo. ¡Oh María, Madre mía!, Vos Sois mi esperanza, alcanzadme la gracia de amar a Jesús.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo



miércoles, 1 de abril de 2026

¿QUÉ PROVECHO OS DAN VUESTRAS RIQUEZAS Y VUESTROS HONORES?



                    ¿De qué le vale al hombre conquistar el mundo entero, si pierde su alma?. ¡Oh máxima poderosa, que tantas almas ha llevado al Cielo y tantos Santos ha dado a la Iglesia! ¿De qué sirve ganar todo este mundo, que muere, si se pierde el alma, que es eterna.

                    ¡El mundo!. ¿Qué es el mundo, sino una ficción, una jornada de comedia, que luego pasa? Llega la muerte, cae el telón, se acaba la comedia y se acabó todo. ¡Ay de mí! En la hora de la muerte, a la luz de la candela, ¿cómo verá el creyente las cosas del mundo?.

                    Aquella vajilla de plata, aquel dinero acumulado, aquellos muebles lujosos y vanos, ¡qué pronto los ha de dejar! Jesús mío, haced que de hoy en adelante mi alma sea toda Vuestra y no ame más que a Vos. Quiero desprenderme de todo antes que la muerte me desprenda a la fuerza.

                    Escribía Santa Teresa: «Dé a cada cosa su valor, y como lo que ha de acabar tan presto, lo estime». Procuremos, pues, la ganancia que sobrevive al tiempo. ¿De qué sirve ser feliz durante cuatro días si es que puede haber felicidad fuera de Dios al que ha de ser desgraciado por siempre jamás?.

                    Dice David que en la muerte todos los bienes terrenos parecerán un sueño. ¡Qué desilusión, encontrarse tan pobre como antes, después de haber soñado uno que era rey!

                    Dios mío, ¿quién sabe si esta meditación es para mí la última llamada?. Dadme fuerza para desasir mi corazón de todos los afectos terrenos, antes que tenga que partir de este mundo. Y hacedme comprender la desgracia que fue para mí el haberos ofendido y el dejaros por amor de las criaturas: Padre, no merezco llamarme hijo Tuyo. Me arrepiento de haberos vuelto la espalda; no me rechacéis ahora que vuelvo a Vos.

                    En la muerte no serán para un religioso ningún consuelo ni los oficios honrosos, ni la magnificencia de las fiestas del monasterio, ni las diversiones, ni las honras recibidas; no tendrá más consuelo que el amor que haya tenido a Jesucristo y lo poquito que haya padecido por Su Amor.

                    Felipe II exclamaba al morir: «¡Ojalá hubiera sido simple lego de un convento antes que rey!» Felipe III decía también: «¡Oh! Si hubiera vivido en un desierto, me presentaría ahora con más confianza en el Tribunal de Dios». Así hablaban al morir los que pasan por los más afortunados de la tierra.

                    Sí; todas las cosas terrenas vienen a resumirse en la hora de la muerte en remordimientos de conciencia y en temores de condenación eterna. ¡Dios mío -dirán entonces muchos religiosos-, abandoné el mundo, pero seguí amando sus vanidades y viviendo según sus máximas!. ¿De qué me sirve haber dejado el mundo; para llevar una vida desgraciada que no fue ni para el mundo ni para Dios?. ¡Qué loco he sido! Podía haberme hecho Santo con tantos medios y tanta facilidad como tenía; podía haber llevado una vida feliz en la unión con Dios; pero ¿qué es lo que me queda de la vida pasada?.

                    Todo esto lo dirán cuando ya va a terminar la escena y están para entrar en la Eternidad, próximos al momento supremo del que depende el ser felices o desgraciadas por toda la Eternidad.

                    Señor, tened piedad de mí. No he sabido amaros en lo pasado. De hoy en adelante, Vos seréis mi único bien. «¡Dios mío y todas mis cosas!». Vos sólo merecéis todo mi amor, y a Vos sólo quiero amar. ¡Oh grandes del mundo! Ahora que estáis en el Infierno, ¿qué provecho os dan vuestras riquezas y vuestros honores?. Y responden, llorando: «¡Ninguno, ninguno; aquí no encontramos más que tormentos y desesperación. Pasó el mundo, pero nuestra pena no pasará jamás!».¿Qué nos aprovecha nuestra soberbia? -dirán los miserables-. ¿De qué nos sirve el orgullo de nuestras riquezas?. Todo pasó como una sombra, y no ha quedado de todo aquello más que tormentos eternos. Ay, ¡sí!, En la hora de la muerte el recuerdo de las prosperidades mundanas no nos producirá confianza, sino temor y confusión.

                    ¡Pobre de mí!. En tantos años de vida y de religión, ¿qué he hecho hasta ahora por Dios?. Señor, tened piedad de mí, y no me arrojéis de Vuestra Presencia. La hora de la muerte es la hora de la verdad; entonces se ve que todo lo de este mundo es vanidad, humo, ceniza. ¡Oh Dios mío!. ¡Cuántas veces os he cambiado por nada! Ya no me atrevería a esperar el perdón si no supiera que habéis muerto por mí. Ahora os amo sobre todas las cosas, y aprecio más Vuestra Gracia que todos los reinos del mundo.

                    La muerte es un ladrón: aquel día viene como un ladrón; es un ladrón que nos despoja de todo: de todo, de hermosura, de dignidades, de parientes, y hasta de nuestra misma carne. Se le llama también a aquel día de ruina; en él perdemos todos los bienes y todas las esperanzas de este mundo.

                    Poco me importa, Jesús mío, perder los bienes de la tierra, con tal que no Os pierda a Vos, Bien Infinito. Ensalzamos a los Santos que por amor de Jesucristo despreciaron todos los bienes de la tierra, y, sin embargo, nosotros nos apegamos a ellos con tanto peligro de condenación. Tan avisados como somos para las ganancias terrenas, ¿cómo descuidamos tanto las ganancias eternas?. Iluminadme, Dios mío; hacedme comprender la nada que son las criaturas, y el Todo Infinito, que Sois Vos. Haced que todo lo deje por conquistaros a Vos; sólo a Vos quiero, Dios mío, y nada más.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo




martes, 31 de marzo de 2026

SÁLVAME, DIOS, PORQUE LAS AGUAS HAN ENTRADO HASTA MI ALMA



                    El Verbo Eterno para hacerse amar del hombre vino al mundo y tomó la naturaleza humana. Por eso vino con tan grande sed de padecer por nuestro amor, que no quiso existir un momento sin sufrir a lo menos con la aprensión. Apenas fue concebido en el Seno de Su Madre, ya se representó todos los tormentos de Su Pasión, y para alcanzarnos el perdón y la Gracia Divina se ofreció al Padre Eterno, a fin de satisfacer con Sus sufrimientos por todos los castigos debidos a nuestros pecados; y desde entonces comenzó a padecer todo lo que más tarde sufrió en Su dolorosa Muerte. 

                    ¡Ah! mi amable Redentor!, ¿y qué he hecho yo hasta aquí?, ¿qué he sufrido por Vos?. Si por mil años sufriera yo por Vos los tormentos que han pasado todos los Mártires, aún sería poco todo esto en comparación de aquel solo primer momento en que os ofrecisteis y comenzasteis a padecer por mí. Es verdad que los Mártires sufrieron grandes dolores y grandes ignominias; pero no los sufrieron sino en el tiempo de su martirio. Mas Jesús padeció siempre, desde el primer instante de Su Vida, todas las penas de Su Pasión; porque tuvo siempre delante de Sus ojos aquella escena horrible, en que debía sufrir de parte de los hombres tantos tormentos y tantas afrentas. Así dice él por boca del Profeta: Mi dolor está siempre presente a mis ojos. 

                    ¡Ah Jesús mío!, Vos Sois por mi amor tan ávido de sufrimientos que los habéis querido padecer antes de tiempo; ¡y yo tan ávido de los placeres de la tierra!. ¡Cuántos desagrados Os he causado yo por contentar mi cuerpo!. Señor, por los Méritos de Vuestros sufrimientos arrancad de mi corazón toda afición a los placeres de la tierra. Por Vuestro amor tomo ya la resolución de abstenerme de esta satisfacción... (nombra aquí tu pasión dominante y haz firme propósito de enmendarte)

                    Usando Dios de compasión con nosotros, no nos ha dado a conocer las penas que nos aguardan antes del tiempo destinado a sufrirlas. Si un reo que espira en un cadalso hubiera conocido por revelación, desde su infancia, el suplicio que le esperaba, ¿hubiera podido jamás experimentar ningún gozo?. Si desde el principio de su reinado hubiese tenido presente Saúl la espada que debía atravesarle; si Judas hubiera visto de antemano el cordel que había de ahorcarle, ¡cuán amargas fueran sus vidas!. Pues Nuestro amable Redentor, desde el primer instante de la Suya, tuvo siempre presentes los azotes, las bofetadas, las espinas, la Cruz, los ultrajes de Su Pasión, la muerte dolorosa que le esperaba. 

                    Cuando veía las víctimas ofrecidas en el Templo, se le representaban como otras tantas figuras del sacrificio que Él mismo, cordero sin mancilla, debía consumar en el Altar de la Cruz: cuando veía la ciudad de Jerusalén, sabía bien que allí era donde debía perder la vida en un mar de dolores y de oprobios: cuando fijaba la vista sobre Su tierna Madre, se imaginaba verla ya agonizando de dolor al pie de la Cruz en que Él mismo había de espirar. 

                    Así, ¡oh Jesús mío! la vista horrible de tantos males Os tuvo en un tormento y en una aflicción continúa mucho tiempo antes del momento de vuestra Muerte, ¡y Vos habéis aceptado y sufrido todo esto por mi amor!. La sola vista ¡oh Jesús paciente! de todos los pecados del mundo, especialmente de aquellos con que preveíais que os había yo de ofender, hizo Vuestra Vida la más afligida y más dolorosa de todas las existencias pasadas y futuras. Mas, ¡oh Dios! ¿en qué ley la más bárbara se halla escrito que un Dios ame a una de sus criaturas hasta este punto; y que después de esto viva está sin amar a su Dios?, ¿qué digo? le contriste, y aun le ultraje?. ¡Ah! Señor, hacedme conocer la grandeza de Vuestro Amor, para que deje ya de ser ingrato. ¡Ah si yo Os amara, Jesús mío! si yo Os amara verdaderamente, ¡qué dulce me sería el sufrir por Vos!.

                    Vuestro dolor es grande como el mar... Así como las aguas de este son todas saladas y amargas, así la Vida de Jesús fue toda llena de amarguras y privada de todo consuelo, como se lo dijo Él mismo a Santa Margarita de Cortona. Además, como en el mar se reúnen todas las aguas de la tierra, así en Jesucristo se reunieron todos los dolores de los hombres. Por esto dice por boca del Salmista: Salvadme, ¡oh mi Dios! porque las aguas han entrado hasta lo íntimo de mi alma, y he quedado sumergido por una tempestad de oprobios y dolores interiores y exteriores. 

                    ¡Ah! mi tierno Jesús, mi amor, mi vida, mi todo, si miro Vuestro Sagrado Cuerpo, yo no veo sino llagas: si entro después en vuestro Corazón desolado, yo no hallo en Él sino amarguras y tristezas que Os hacen sufrir las agonías de la muerte. ¡Ah mi Divino Maestro!, ¿quién sino Vos, que Sois una Bondad Infinita, podía llegar a sufrir hasta este punto, y morir por vuestra criatura?. Más porque Vos Sois Dios, amáis como Dios, con un amor que ningún otro puede igualar.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo



lunes, 30 de marzo de 2026

...SE HA ENTREGADO A SÍ MISMO POR MÍ...



                    Lo que más abrasaba a San Pablo en el amor de Jesús era el pensamiento de que no solamente había querido morir por todos los hombres en general, sino también por él en particular. "Él me ha amado", decía, "y se ha entregado a Sí Mismo por mí...". Cada uno de nosotros puede decir otro tanto, porque asegura San Juan Crisóstomo que Dios ama tanto á cada hombre en particular, como amó a todo el mundo. Así que, no está menos obligado cada uno de nosotros a Jesucristo por haber padecido por todos, que si solo por él hubiera padecido. Pues bien, si Jesús muriera por ti solamente dejando a los demás en su perdición original, ¿qué obligación no le tuvieras?.

                    Con todo, debes saber que todavía le debes estar más obligado por haber muerto por todos. Si solo hubiera muerto por ti, ¿qué pena sería la tuya al pensar que tus más allegados, tu padre y tu madre, tus hermanos y amigos perecerían eternamente , y que después de esta vida estarías para siempre separado de ellos?. Si tú y toda tu familia hubierais caído en esclavitud, y alguno llegara a rescatarte a ti solo, ¿cuánto le suplicarías que rescatase también contigo a tus padres y hermanos?, ¿y cuánto se lo agradecerías si lo hiciera así por complacerle?. 

                    Decid, pues, todos a Jesús : ¡Ah , mi dulce Salvador! Vos habéis hecho esto por mí sin habéroslo yo rogado; y no solo me habéis rescatado a mí de la muerte a precio de Vuestra Sangre, sino también a mis parientes y amigos, de manera que yo puedo esperar que reunidos todos juntos nos gozaremos con Vos para siempre en el Cielo. Señor, yo os lo agradezco, yo os amo, y espero agradecéroslo y amaros eternamente en aquella Bienaventurada Patria. 

                    ¿Quién, pues, pregunta San Lorenzo Justiniano , podrá explicar el amor que el Verbo divino tiene a cada uno de nosotros? porque este amor excede al de un hijo para con su madre, y al de una madre para con su hijo. ¡Oh Jesús! ¡oh bien más amable que todo otro bien!, ¿por qué os aman tan poco los hombres ?. ¡Ah! hacedles conocer lo que Vos habéis padecido por cada uno de ellos, el Amor que les profesáis, el deseo que tenéis de ser amado de ellos, los hermosos títulos que tenéis a su amor. Daos a conocer, ¡oh Jesús mío!, haceos amar.

                    Dos cosas, dice Cicerón, hacen conocer al que ama: hacer bien al amado, y padecer tormentos por él : y esta última es la mayor señal de un verdadero amor. Ya había hecho Dios resplandecer Su Amor al hombre con tantos beneficios de que le había colmado; mas creyó, dice San Pedro Crisólogo, que el ser solamente bienhechor del hombre era demasiado poco para Su Amor, si no hallaba todavía el medio de mostrarle cuánto le amaba, sufriendo también los mayores tormentos y muriendo por él, como lo ha hecho tomando la naturaleza humana. ¿Y qué otro medio más propio podía Dios escoger par a manifestar el Amor inmenso que nos tiene, que el de hacerse hombre y padecer por nosotros?.

                    ¿Y quién podrá en adelante excusarse de amaros, viéndoos a Vos, Hijo predilecto del Padre Eterno, terminar voluntariamente por nosotros Vuestra Vida con una muerte tan amarga y tan cruel?.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo




domingo, 29 de marzo de 2026

QUISISTEIS ENTRAR SOLEMNEMENTE EN JERUSALÉN


"Dicite filiae Sion: Ecce Rex tuus venit tibi mansuetus, 
et sedens super asinam, et pullum filium subiugalis"

(St. Matthaeus 21, 5)



                    Al acercarse el tiempo de Su Pasión, Jesús sale de Betania y se encamina a Jerusalén. Consideremos aquí la humildad de Jesucristo, que, a pesar de ser el Rey de la Gloria, quiere entrar en aquella gran ciudad montado en un pollino. ¡Jerusalén, Jerusalén!, sal a esperar a tu Rey, que se acerca lleno de humildad y mansedumbre; no temas que se valga de Su Imperio y Señorío para apoderarse de tus riquezas; mira que viene rebosando amor y piedad para salvarte y rescatarte, a costa de su vida, de la esclavitud que padeces. 

                    Entre tanto, el pueblo, que desde hacía mucho tiempo le veneraba por los milagros que obraba, y señaladamente por la resurrección de Lázaro, que todavía andaba por boca de todos, salió a su encuentro; y mientras unos tienden sus vestidos sobre el camino por donde debía pasar, cubren otros las calles con ramas de árboles, en señal de vasallaje. ¿Quién hubiera podido predecir entonces que este Príncipe, recibido con tanta pompa y majestad , sería dentro de pocos días condenado a muerte como un criminal y conducido al Calvario con la Cruz al hombro?. 

                    Amadísimo Jesús, quisisteis entrar solemnemente en Jerusalén para que la ignominia de Vuestra Pasión y Muerte contrastasen con la Honra y Gloria que aquel día recibisteis. Pronto se trocarán en maldiciones e injurias, las alabanzas y vítores con que hoy os aclaman. 

                    Hoy dicen: Hosanna, salud y gloria al Hijo de David; bendito sea el que viene en Nombre del Señor (Evangelio de San Mateo, cap. 21, vers. 9). Dentro de algunos días alzaran la voz diciendo: Quita, quítale de en medio, crucifícale (Evangelio de San Juan, cap. 19, vers. 6). Pilato, exclamarán, quita de nuestra presencia a ese malhechor; crucifícalo pronto, no vuelvas a presentarlo a nuestra vista. 

                    Ahora se despojan de sus vestidos, y después os despojarán, Jesús mío, de los Vuestros para azotaros y crucificaros. 

                    Ahora tapizan de ramos las calles que habéis de atravesar, y luego tomaran manojos de espinas que traspasen Vuestra frente. 

                    Ahora os colman de bendiciones, y después no se cansaran de ultrajaros e insultaros. 

                    Alma mía, sal al encuentro de tu Dios y dile con afecto y agradecimiento: Bendito sea el que viene en Nombre del Señor. Amado Redentor mío, seáis para siempre bendito, ya que para salvarme habéis bajado del Cielo; todos estábamos perdidos sin remedio si Vos no hubierais venido a la tierra. Al llegar cerca de Jerusalén, dice San Lucas, poniéndose a mirar esta ciudad lloró sobre ella. Derramó lágrimas sobre Jerusalén, ora considerase su ingratitud, ora previese su próxima ruina... 

                    Ah Señor mío, mientras llorabais sobre la ingrata Jerusalén, llorabais también sobre la ingratitud y ruina de mi alma. Amado Redentor mío, llorabais los daños que yo acarree a mi alma al arrojaros de ella por el pecado y al obligaros a condenarme al Infierno, después de haber muerto para librarme de él. 

                    Ah, yo, yo soy quien debiera derramar lágrimas sin consuelo por el grave daño que hice a mi alma ofendiéndoos y separándome de Vos después de haberme dado tantas pruebas de amor. 

                    Eterno Padre, por las lágrimas que entonces derramó Vuestro Hijo sobre la ruina de mi alma, dadme gran dolor de mis pecados. Y Vos, tierno y amoroso Corazón de mi Jesús, tened compasión de mí, pues detesto cordialmente los disgustos que os he dado y propongo firmemente amaros con todas mis fuerzas. 

                    Después de su entrada en Jerusalén, Jesús pasó todo el día en predicar y curar enfermos; pero al llegar la noche tuvo que retirarse a descansar en Betania, porque no hubo en Jerusalén quien le invitase a hospedarse en su casa. 

                    Benignísimo Señor mío, si los demás hombres no os reciben, jamás yo os arrojaré de mi corazón; hubo, sin embargo, un tiempo en que mi ingratitud os arrojó de mi alma; pero ahora tengo a mas honra el vivir unido con Vos que ser dueño de todos los reinos del mundo. Oh Dios mío!, quién podrá jamás separarme de vuestro amor?


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo




viernes, 13 de marzo de 2026

OS DAIS TODO ENTERO A NOSOTROS


"Coenantibus autem eis, accepit Jesus panem, 
et benedixit, ac fregit, deditque Discipulis Suis, et ait: 
Accipite, et comedite: hoc est Corpus Meum"

(St. Matthaeus 26, 26)


                    Después del lavatorio de los pies, acto de tan grande humildad, que Jesucristo recomendó a Sus Discípulos, volvió a tomar Sus vestidos, y, sentándose de nuevo a la mesa, quiso dar a las hombres la última prueba de Amor de Su Corazón: fue la institución del Santísimo Sacramento del Altar. 

                    Tomó el pan, lo consagró y, partiéndolo entre Sus Discípulos, Jesús les dijo: Tomad y comed, esto es Mi Cuerpo. Luego les recomendó que cada vez que comieran aquél Pan se acordasen de la muerte que iba a padecer por Su Amor, recomendación que interpreta San Pablo diciendo: Todas las veces que comiereis este pan y bebiereis este cáliz, anunciaréis la Muerte del Señor (I Corintios, cap. 11, vers. 26). 

                    Obró entonces Jesucristo como obraría un príncipe que está para morir y ama entrañablemente a su esposa; entre sus joyas escogería la de más subido precio, llamaría a la esposa y le diría: Voy a morir, amada mía, y para que no te olvides de mí te dejo por recuerdo esta alhaja; cuando la mires, acuérdate de mí y del amor que te he tenido. 

                    «Ninguna lengua creada, dice San Pedro de Alcántara, puede declarar la grandeza del Amor que Cristo tiene a Su Esposa, la Iglesia, y, por consiguiente, a cada una de las almas que están en gracia. Pues queriendo este Esposo dulcísimo partirse de esta vida y ausentarse de Su Esposa, la Iglesia, porque esta ausencia no fuese causa de olvido, le dejó por memorial este Santísimo Sacramento en que se quedaba Él mismo, no queriendo que entre Él y Ella hubiese otra prenda que despertase Su memoria sino sólo Él» (Tratado de la oración). 

                    Por aquí llegaremos a entender cuán grande es el deseo que tiene Jesucristo de que nos acordemos de Su Pasión, ya que instituyó el Santísimo Sacramento de la Eucaristía con el fin de que nunca jamás olvidásemos el Amor inmenso e inefable que nos demostró con Su Muerte. 

                    ¡Oh Jesús mío amabilísimo, amante divino de las almas!, ¿cómo es posible que el Amor que tenéis a los hombres os haya llevado hasta el extremo de darles Vuestro Cuerpo en alimento?. Y después de este don, ¿qué más os queda que hacer para demostrarnos el Sumo Amor que nos tenéis y para obligarnos a amaros?. ¿Qué otras invenciones o maravillas pudierais obrar para conquistar nuestro amor?. 

                    Así como en este Augusto Sacramento Vos os dais todo entero a nosotros, justo es que nosotros nos entreguemos a Vos sin reserva. ¡Busquen otros, en hora buena, honores y riquezas del mundo, que en cuanto a mí, no quiero ni deseo otro bien que el Tesoro de Vuestro Amor Jesus y Dios mío!. Vos dijisteis que quien se alimenta de Vos, no debe vivir sino para vos: Quien Me come, también vivirá por Mí. (Evangelio de San Juan, cap. 6, vers. 58). Pues ya que tantas veces me habéis admitido a alimentarme de vuestra Carne adorable, haced que muera a mis gustos y pasiones a fin de que viva únicamente para agradaros y complaceros. Jesús mío, solo en Vos quiero poner todos los afectos de mi corazón; ayudadme a seros fiel. 

                    Señalando San Pablo el tiempo que escogió Jesucristo para instituir este Augusto Sacramento, exclama: Cuando los hombres trataban de quitarte la vida, tomó el pan y, dando gracias, lo partió y dijo: Tomad y comed; esto es Mi Cuerpo (I Corintios, cap. 11, vers, 23-24). En aquella misma noche en que los hombres tramaban Su Muerte, Nuestro Redentor nos preparaba este Pan de Vida y de Amor para unirnos a Él estrechamente, como lo declaró diciendo: El que come Mi Carne, en Mí permanece , y Yo en él (Evangelio de San Juan, cap. 6, vers. 57)

                    ¡Oh Amor de mi alma, digno de infinito amor!; no necesitáis darme más pruebas para demostrarme el amor y ternura que me tenéis. Unidme a Vos con estrechos lazos de Amor, y si no sé daros mi corazón, tomad posesión de él. ¡Oh Jesús mío!, ¿cuándo seré todo vuestro, como Vos lo Sois mío cada vez que os recibo en este Sacramento de Amor?. Dadme luces y gracias para descubrir las bellezas que encierra Vuestro Corazón, a fin de que me enamore de Vos y ponga todo mi empeño en complaceros. Os amo, sumo Bien mío, mi Alegría, mi Amor, mi Todo.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo



viernes, 27 de febrero de 2026

SE PONE A LOS PIES DE SUS ESCLAVOS


Deinde mittit aquam in pelvim, et coepit lavare pedes 
Discipulorum, et extergere linteo, quo erat praecinctus. 

(St. Ioannem 13, 5)



                    Sabiendo Jesús, dice San Juan, que había llegado la hora de Su tránsito de este mundo al Padre, como hubiese amado a los Suyos que tenía en el mundo, los amó hasta el fin. (Evangelio de San Juan, cap. 13, vers. 1) Sabiendo Nuestro amantísimo Salvador que se acercaba el tiempo de Su muerte, en el cual había de abandonar este nuestro destierro, y habiendo amado hasta entonces a los hombres con entrañable Amor, quiso al fin de Su Vida dejarnos la mayor prenda de Amor que podía. Sentado a la mesa, e inflamado de Amor Su Corazón, se vuelve a Sus Discípulos y les dice: Con deseo he deseado comer con vosotros esta Pascua. (Evangelio de San Lucas, cap. 22, vers. 15). Dirigiéndose a Sus Apóstoles y a la vez a todos los hombres, les dijo: «Sabed, amados hijos, que durante todo el curso de Mi Vida he estado suspirando por celebrar con vosotros esta cena, porque al terminarla voy a sacrificarme por vuestra salvación». 

                    ¿Tan grande es, Jesús mío, el deseo que tenéis de dar la Vida por vuestras miserables criaturas?. Este vuestro deseo enciende en nuestros corazones un ansia vivísima de padecer y morir por Vuestro Amor, ya que tanto deseáis padecer y morir por el nuestro. 

                    Amado Redentor mío, dadnos a entender, lo que de nosotros pedís, que estamos dispuestos a complaceros , pues anhelamos tener ocasión para ello, por el deseo de corresponder, en parte al menos, al grande afecto que nos habéis demostrado. Avivad de continuo en nuestros corazones esta dichosa llama, que nos purifique de todos los afectos desordenados, a fin de que sólo pensemos en corresponder al amor de vuestro enamorado Corazón. 

                    Sobre la mesa del festín estaba el cordero pascual, figura de Nuestro Salvador; y así como en aquella cena se consumía el cordero, así también el mundo debía contemplar al día siguiente inmolado en el Ara de la Cruz a Jesucristo, Cordero de Dios. En aquella noche tuvo San Juan la dicha inefable de recostarse sobre el pecho de Jesús (Evangelio de San Juan, cap. 13, vers. 25). Dichoso discípulo, que apoyando vuestra cabeza sobre el pecho del Maestro pudisteis conocer toda la ternura que atesoraba el Corazón de nuestro amante Redentor en favor de las almas que le aman!. 

                    ¡Dulcísimo Señor mío!, mas de una vez me habéis favorecido con gracia tan señalada, y tuve también ocasión de conocer el cariño y el afecto que me teníais cuando me habéis iluminado con celestiales luces y consolado con dulzuras inefables; y, esto no obstante, no os he guardado fidelidad. No permitáis que a vuestras bondades responda en adelante con mi ingratitud; si me aceptáis y me socorréis con Vuestra Gracia, me entrego del todo a Vos. 

                    Levantáse Jesús de la mesa y quitáse Sus vestidos, y habiendo tornado una toalla se la ciñe. Echa después agua en un lebrillo y pónese a lavar los pies de las Discípulos y a limpiarlos con la toalla que se había ceñido. (Evangelio de San Juan, cap. 13, vers, 4-5). Mira, alma mía, a Jesús que se levanta de la mesa, se quita los vestidos, toma un blanco lienzo, se lo ciñe, echa agua en un lebrillo, arrodíllase delante de Sus Discípulos y comienza a lavarles los pies. ¡Cómo, el Rey del Universo, el Unigénito del Padre se abate hasta lavar los pies de sus criaturas!. ¡Angeles del cielo!, ¿qué decís?. Grande favor les hubiera otorgado Jesús si les hubiera permitido lavarle sus divinos pies con las lágrimas de ellos, como se lo otorgó a la Magdalena. 

                    Mas para dar al fin de Su Vida tan grande ejemplo de humildad y muestra señaladísima del infinito Amor que nos tenía, Él es el que se pone a los pies de Sus esclavos para lavárselos. Y nosotros, Señor, ¿proseguiremos siendo tan soberbios que no podamos sufrir una palabra de desprecio, una simple desconsideración, sin que alimentemos en nuestro corazón sentimientos de rencor y de venganza? ¡Y, sin embargo!, por nuestros pecados hemos merecido ser pisoteados por las demonios del infierno. Oh Jesús mío!, Ojalá que vuestro ejemplo nos aliente a estimar los desprecios y las humillaciones! De hoy en adelante os prometo sufrir por vuestro amor las injurias y las afrentas que recibiere.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo