Bienaventurado aquél a quien la verdad por sí misma enseña, no por figuras y voces
pasajeras, sino así como ella es. Nuestra estimación y nuestro sentimiento, a menudo nos
engañan, y conocen poco. ¿Qué aprovecha la curiosidad de saber cosas obscuras y ocultas, que de
no saberlas no seremos en el día del juicio reprendidos? Gran locura es, que dejadas las cosas
útiles y necesarias, entendamos con gusto en las curiosas y dañosas. Verdaderamente teniendo
ojos no vemos.
¿Qué se nos da de los géneros y especies de los lógicos? Aquél a quien habla el Verbo
Eterno se desembaraza de muchas opiniones. De este Verbo salen todas las cosas, y todas
predican su unidad, y él es el principio y el que nos habla. Ninguno entiende o juzga sin él
rectamente. Aquel a quien todas las cosas le fueren uno, y trajeren a uno, y las viere en uno,
podrá ser estable y firme de corazón, y permanecer pacífico en Dios.
¡Oh Verdadero Dios! Hazme
permanecer unido Contigo en Caridad perpetua. Enójame muchas veces leer y oír muchas cosas;
en Ti está todo lo que quiero y deseo; callen los Doctores; no me hablen las criaturas en Tu
Presencia; háblame Tú solo.
Cuanto más entrare el hombre dentro de sí mismo, y más sencillo fuere su corazón, tanto
más y mejores cosas entenderá sin trabajo; porque recibe de arriba la luz de la inteligencia. El
espíritu puro, sencillo y constante, no se distrae aunque entienda en muchas cosas; porque todo lo
hace a honra de Dios y esfuérzase a estar desocupado en sí de toda sensualidad. ¿Quién más te
impide y molesta, que la afición de tu corazón no mortificada?
El hombre bueno y devoto,
primero ordena dentro de sí las obras que debe hacer exteriormente, y ellas no le inducen deseos
de inclinación viciosa; mas él las sujeta al arbitrio de la recta razón. ¿Quién tiene mayor combate
que el que se esfuerza a vencerse a sí mismo? Esto debía ser todo nuestro empeño, para hacernos
cada día más fuertes y aprovechar en mejorarnos.
Toda perfección en esta vida tiene consigo cierta imperfección; y toda nuestra especulación
no carece de alguna obscuridad.
El humilde conocimiento de ti mismo es camino más cierto para
Dios que escudriñar la profundidad de las ciencias. No es de culpar la ciencia, ni cualquier otro
conocimiento de lo que, en sí considerado, es bueno y ordenado por Dios; mas siempre se ha de anteponer la buena conciencia y la vida virtuosa. Porque muchos estudian más para saber que
para bien vivir, y yerran muchas veces y poco o ningún fruto sacan.
Si tanta diligencia pusiesen en desarraigar los vicios y sembrar las virtudes como en mover
cuestiones, no se verían tantos males y escándalos en el pueblo, ni habría tanta disolución en los
monasterios.
Ciertamente, en el día del juicio no nos preguntarán qué leímos, sino qué hicimos;
ni cuán bien hablamos, sino cuán santamente hubiéramos vivido. Dime, ¿dónde están ahora todos
aquellos señores y maestros, que tú conociste cuando vivían y florecían en los estudios? Ya
ocupan otros sus puestos, y por ventura no hay quien de ellos se acuerde. En su viviente parecían
algo; ya no hay quien hable de ellos.
¡Oh, cuán presto pasa la gloria del mundo! Pluguiera a Dios que su vida concordara con su
ciencia, y entonces hubieran estudiado y leído con fruto. ¡Cuántos perecen en el mundo por su
vana ciencia, que cuidaron poco del servicio de Dios!
Y porque eligen ser más grandes que
humildes, se desvanecen en sus pensamientos. Verdaderamente es grande el que tiene gran
caridad. Verdaderamente es grande el que se tiene por pequeño y tiene en nada la cumbre de la
honra. Verdaderamente es prudente el que todo lo terreno tiene por basura para ganar a Cristo. Y
verdaderamente s sabio aquél que hace la voluntad de Dios y renuncia la suya propia.
Imitación de Cristo
por el Venerable Tomás de Kempis,
Capítulo III