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jueves, 4 de junio de 2026

EL SANTÍSIMO CORPUS CHRISTI: "El que come Mi Carne y bebe Mi Sangre, permanece en Mí y Yo en él"

               


               La Santa Iglesia Católica después del Dogma de la Trinidad Santa, nos recuerda el de la Encarnación, haciéndonos festejar al Sacramento por excelencia, que, sintetizando toda la Vida del Salvador, tributa a Dios Gloria infinita, y aplica a las almas, en todos los tiempos, los frutos pingües de la Redención.

               Si Jesucristo en la Cruz nos salvó, al instituir la Sagrada Eucaristía la víspera de Su Muerte, quiso dejarnos en Ella un vivo recuerdo de Su Pasión. El Altar viene siendo como la prolongación del Calvario, y la Santa Misa "anuncia la Muerte del Señor". Porque en efecto, allí está Jesús como una víctima, pues las palabras de la doble consagración nos dicen que primero se convierte el pan en Cuerpo de Cristo, y luego el vino en Su Sangre, de manera que, bajo las Sagradas Especies, Jesús mismo ofrece a Su Padre, en unión con Sus Sacerdotes, la sangre vertida y el cuerpo clavado en la Cruz, aunque sabemos que está todo entero bajo las dos especies. 

               Según la Tradición Católica, esta Fiesta tuvo su origen en el siglo XIII en la Abadía de Mont Cornillón en la región de Lieja, en Bélgica.

               Fue la religiosa agustina Santa Juliana de Mont Cornillón, por aquel entonces priora de dicha Abadía, la que con sus visiones sobrenaturales, propició que se celebrase esta fiesta dedicada a la Santísima Eucaristía.

               Sor Juliana nació en Retines, cerca de Lieja, en el año 1193. Al quedar huérfana a los cinco años fue confiada a los cuidados de las Monjas Agustinas de Mont Cornillón, junto con su hermana Agnes, donde fueron cuidadas y educadas. A los catorce años sintió una fuerte vocación religiosa e ingresó en las mismas Agustinas donde llegó a ser Superiora de la Comunidad. Murió en Fosses el 5 de Abril de 1258, a la edad de  65 años, y fue enterrada en Villiers. Santa Juliana deseaba que hubiera una Fiesta especial en honor al Sacramento de la Eucaristía; este deseo se intensificó por unas visiones cuando apenas tenía 16 años: una luna llena y brillante atravesada por una franja oscura, lo que ella interpretó como la Iglesia (la luna) oscurecida por la ausencia de una especial conmemoración del Santísimo Sacramento.



               Sor Juliana comunicó estas visiones a Monseñor Roberto de Thorete, entonces Obispo de Lieja, también al docto dominico Hugh, quien sería más tarde Cardenal Legado de los Países Bajos y además al Archidiácono de Lieja Jacques Pantaleón, quien sería en 1261 el Papa Urbano IV. El Obispo Roberto, convencido por las visiones y por la  interpretación de las mismas y como en ese tiempo los Obispos tenían el derecho de ordenar Fiestas para sus diócesis, invocó un Sínodo en 1246 y ordenó que la celebración en honor al Sacramento de la Eucaristía se tuviera al año siguiente. 

               La celebración tuvo lugar en 1247 en la iglesia de San Martín en Lieja pero sin la presencia de dicho Obispo porque había fallecido. No obstante muchos consideraban las visiones de Sor Juliana como fruto de su imaginación y a la muerte de su protector fue desterrada a Namur en dos ocasiones. 

               Años más tarde, en 1263, en la ciudad de Bolsena, al norte de Roma, muy cerca de Orvieto, donde el Papa Urbano IV tenía la residencia papal, se produjo un hecho milagroso conocido como el Milagro de Bolsena; aconteció que el sacerdote Pedro de Praga viajaba de vuelta de una peregrinación que había hecho desde Bohemia hasta Roma. El sacerdote estaba afectado por varias dudas de Fe, pese a lo cual, siguiendo la norma eclesiástica, celebraba la Santa Misa a diario. 

               En el camino de retorno a su patria pasó por la pequeña cripta de Santa Cristina, en Bolsena, y allí decidió celebrar el Santo Sacrificio. Durante la Consagración, el sacerdote sintió dudas acerca del milagro de la Transubstanciación y fue justo ahí, en el momento de partir la Sagrada Forma, que el infeliz sacerdote vio salir de Ella sangre de la que se fue empapando el corporal y hasta la piedra ara del altar. Con la esperanza de ocultar a los presentes lo sucedido y con el deseo de pedir ayuda y explicación a la autoridad, resolvió suspender la celebración de la Santa Misa. Y recogidas las Sagradas Especies en paños, corrió a la Sacristía, sin reparar que, en el trayecto, algunas gotas de la Preciosísima Sangre habían caído sobre el mármol del pavimento.

                La venerada reliquia fue llevada en procesión a la presencia del Papa, en Orvieto, el 19 Junio de 1264. Allí, en Orvieto, se conservan aún los corporales manchados por la Sangre Milagrosa y también se puede ver la piedra ara del altar, manchada de sangre en Bolsena.

               El Santo Padre movido por el prodigio, y a petición de varios Obispos, hizo que se extendiera la Fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia por medio de la bula "Transiturus", fechada el 8 Septiembre de ese año de 1264. La Fiesta se fijó para el Jueves después de la Octava de Pentecostés, otorgándose Indulgencias a todos los Fieles que asistieran ese día al Santo Sacrificio de la Misa.

               Poco después de la publicación del Decreto moría el Papa Urbano IV (el 2 de Octubre de 1264) lo que obstaculizó la difusión de la Fiesta. Pero en 1311 el Papa Clemente V en el Concilio General de Vienne, en Francia, ordenó una vez más la adopción de esta Fiesta.

                En 1317 el Papa Juan XXII promulga una recopilación de leyes y  extendió la Fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia. Ninguno de los Decretos habla de la Procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración, sin embargo estas procesiones fueron dotadas de Indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.



               Finalmente, el Sacrosanto Concilio de Trento, declaró que fuese introducida en la Santa Iglesia la costumbre de que todos los años se celebrase este Sacramento con singular veneración y solemnidad:

               "Después de la Consagración del pan y del vino se contiene en el saludable Sacramento de la Santa Eucaristía, verdadera, real y sustancialmente Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo las especies de aquellas cosas sensibles..."

              "...por la Consagración del pan y del vino se convierte toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, y toda la sustancia del vino en la sustancia de Su Sangre, cuya conversión ha llamado oportuna y propiamente Transubstanciación la Santa Iglesia Católica" 

               "...que todos los Fieles Cristianos hayan de venerar a este Santísimo Sacramento, y prestarle el culto de latría que se debe al mismo Dios".



jueves, 11 de junio de 2020

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI


            La Santa Iglesia Católica después del Dogma de la Trinidad Santa, nos recuerda el de la Encarnación, haciéndonos festejar al Sacramento por excelencia, que, sintetizando toda la Vida del Salvador, tributa a Dios Gloria infinita, y aplica a las almas, en todos los tiempos, los frutos pingües de la Redención.

            Si Jesucristo en la Cruz nos salvó, al instituir la Sagrada Eucaristía la víspera de Su Muerte, quiso dejarnos en Ella un vivo recuerdo de Su Pasión. El Altar viene siendo como la prolongación del Calvario, y la Santa Misa "anuncia la Muerte del Señor". Porque en efecto, allí está Jesús como una víctima, pues las palabras de la doble consagración nos dicen que primero se convierte el pan en Cuerpo de Cristo, y luego el vino en Su Sangre, de manera que, bajo las Sagradas Especies, Jesús mismo ofrece a Su Padre, en unión con Sus Sacerdotes, la sangre vertida y el cuerpo clavado en la Cruz, aunque sabemos que está todo entero bajo las dos especies. 




            Enseña San Juan Crisóstomo que "la celebración de la Santa Misa tiene el mismo valor que la Muerte de Jesucristo", de ahí que también afirme aquello de "comiendo las víctimas, se participa del Sacrificio", y así la Sagrada Eucaristía fue instituida en forma de alimento, a fin de que pudiésemos comulgar de la Víctima del Calvario. La Hostia Santa se convierte en trigo que nutre nuestras almas. Los Cristianos participan de la Vida Eterna uniéndose a Jesús en el Sacramento, que es el símbolo de la unidad.

            Esta posesión anticipada de la Vida Divina acá en la tierra, por la Eucaristía es prenda y comienzo de aquella otra de que plenamente disfrutaremos en el Cielo, porque, como enseña el Concilio de Trento "el Pan mismo de los Ángeles, que ahora comemos bajo los sagrados velos, lo comeremos después en el Cielo ya sin velos".

            Vemos en el Santo Sacrificio de la Misa el centro de todo el culto de la Iglesia a la Sagrada Eucaristía, y en la Comunión el medio establecido por Jesús, para así, nuestra devoción al Cuerpo y Sangre del Salvador nos alcanzará los frutos perennes de Su Redención.


ORÍGEN DE LA FIESTA DEL CORPUS

            Según la Tradición Católica, esta fiesta tuvo su origen en el siglo XIII en la Abadía de Mont Cornillón en la región de Liége (Lieja) en Bélgica.

            Fue la religiosa agustina Santa Juliana de Mont Cornillón, por aquel entonces priora de dicha Abadía, la que con sus visiones sobrenaturales, propició que se celebrase esta fiesta dedicada a la Santísima Eucaristía.

            Sor Juliana nació en Retines, cerca de Liége,  en el año 1193. Al quedar huérfana a los cinco años fue confiada a los cuidados de las Monjas Agustinas de Mont Cornillón, junto con su hermana Agnes, donde fueron cuidadas y educadas. A los catorce años sintió una fuerte vocación religiosa e ingresó en las mismas Agustinas donde llegó a ser Superiora de la Comunidad. Murió en Fosses el 5 de Abril de 1258, a la edad de  65 años, y fue enterrada en Villiers. Santa Juliana deseaba que hubiera una fiesta especial en honor al Sacramento de la Eucaristía, ya que sentía una gran veneración a dicho Sacramento. Este deseo se intensificó por unas visiones  que tuvo de la institución de la Iglesia bajo la apariencia de una luna llena con una mancha negra y que interpretó como la ausencia de la celebración de dicha Solemnidad.

            Sor Juliana comunicó estas visiones a Monseñor Roberto de Thorete, entonces Obispo de Lieja, al docto dominico Hugh, quien sería más tarde Cardenal Legado de los Países Bajos y también al Archidiácono de Lieja Jacques Pantaleón, quien sería en 1261 el Papa Urbano IV. El Obispo Roberto, convencido por las visiones y por la  interpretación de las mismas y como en ese tiempo los Obispos tenían el derecho de ordenar Fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración en honor al Sacramento de la Eucaristía se tuviera al año siguiente. 

            La celebración tuvo lugar en 1247 en la iglesia de San Martín en Lieja pero sin la presencia de dicho Obispo porque había fallecido. No obstante muchos consideraban las visiones de Sor Juliana como fruto de su imaginación y a la muerte de su protector fue desterrada a Namur en dos ocasiones. Años más tarde, en Bolsena, al norte de Roma,  muy cerca de Orvieto donde el Papa Urbano IV (Jacques Pantaleón) tenía la residencia papal, se produjo un hecho milagroso conocido como el Milagro de Bolsena. Un  Sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando el corporal. 


DOCTRINA CATÓLICA
sobre la Transubstanciación



            La venerada reliquia fue llevada en procesión a la presencia del Papa en Orvieto el 19 Junio de 1264. En Orvieto se conservan aún los corporales manchados por la Sangre Milagrosa y también se puede ver la piedra del altar manchada de sangre en Bolsena.

            El Santo Padre movido por el prodigio, y a petición de varios Obispos, hizo que se extendiera la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia por medio de la bula "Transiturus", fechada el 8 Septiembre de ese año de 1264. La Fiesta se fijó para el Jueves después de la Octava de Pentecostés, otorgándose Indulgencias a todos los fieles que asistieran al Santo Sacrificio de la Misa ese día.

            Poco después de la publicación del Decreto moría el Papa Urbano IV (el 2 de Octubre de 1264) lo que obstaculizó la difusión de la Fiesta. Pero en 1311 el Papa Clemente V en el Concilio General de Vienne, en Francia, ordenó una vez más la adopción de esta Fiesta.

            En 1317 el Papa Juan XXII promulga una recopilación de leyes y  extendió la Fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia. Ninguno de los Decretos habla de la Procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración, sin embargo estas procesiones fueron dotadas de Indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.

            Finalmente, el Concilio de Trento declaró que fuese introducida en la Santa Iglesia la costumbre de que todos los años se celebrase este Sacramento con singular veneración y solemnidad. 

            Las grandes ideas teológicas referentes al Santo Sacramento del Altar son desarrolladas en ese credo eucarístico que es el "Lauda Sion", y su triple aspecto de memorial de la Pasión se recuerda en la colecta de la misa, el de signo de la unidad y la paz en la secreta y el que prefigura la gloria eterna en la postcomunión. Trilogía que resume maravillosamente la antífona o sacrum convivium, que no puede ser sino de la pluma teologal de Santo Tomás de Aquino.




LAUDA SIÓN
Himno Eucarístico compuesto 
por Santo Tomás de Aquino alrededor de 1264


Alaba, Sión, a tu Salvador;
alaba a tu guía y pastor
con himnos y cánticos.

Pregona su gloria cuanto puedas,
porque Él está sobre toda alabanza,
y jamás podrás alabarle lo bastante.
El motivo especial de nuestros loores
que hoy se te propone
es el pan vivo y que da vida.

Es el mismo, no lo dudes,
que aquel que en la Santa Cena
a los Doce se entregó.
Sea plena la alabanza, armoniosa,
sea alegre y fervoroso
el gozo del corazón.

Pues celebramos el solemne día
en que fue instituido
este divino banquete.

En esta mesa del nuevo rey,
la pascua nueva de la nueva ley
pone fin a la pascua antigua.

Lo nuevo sustituye lo antiguo,
la verdad ahuyenta las sombras,
y la luz destierra a las tinieblas.

Lo que Jesucristo hizo en la cena,
nos mandó a hacer
en memoria suya.

Instruidos con sus santos mandatos,
consagramos el pan y el vino,
en sacrificio de salvación.

Es dogma que se da a los Cristianos,
que el pan se convierte en carne,
y el vino en sangre.

Lo que no comprendes y no ves,
una Fe viva lo atestigua,
fuera de todo el orden de la naturaleza.

Bajo diversas especias,
que son signos y no cosas,
están ocultos los dones más preciados.

Su carne es alimento y su sangre bebida;
mas Cristo está todo entero
bajo cada especie.

Quien lo recibe no lo rompe,
no lo quebranta ni lo desmembra;
recíbese todo entero.

Recíbelo uno, recíbenlo mil;
y aquél lo toma tanto como éstos,
pues no se consume al ser tomado.

Recíbenlo buenos y malos;
mas con suerte desigual
de vida o de muerte.

Es muerte para los malos y vida para los buenos;
mira cómo un mismo alimento
produce efectos tan diversos.

Cuando se divida el Sacramento,
no vaciles, sino recuerda
que Jesucristo tan entero está en cada parte
como antes en el todo.

No se parte la sustancia,
solo el signo se fracciona;
ni el ser ni el tamaño se reducen
de Cristo presente.

He aquí el Pan de los Ángeles,
hecho viático nuestro;
verdadero pan de los hijos,
no lo echemos a los perros.

Figuras lo representaron:
Isaac fue sacrificado;
el cordero pascual, inmolado;
el maná nutrió a nuestros padres.

Buen pastor, Pan Verdadero,
¡oh Jesús!, ten piedad.
Apaciéntanos y protégenos;
haz que veamos los bienes
en la tierra de los vivientes.

Tú, que todo lo sabes y puedes,
que nos apacientas aquí siendo aún mortales,
haznos allí tus comensales,
coherederos y compañeros
de los ciudadanos santos.
Amén.




martes, 17 de marzo de 2020

"Todo lo puedo en Cristo que me fortalece", busquemos el auxilio de nuestro Ángel Custodio




Bendecid al Señor, vosotros Sus poderosos Ángeles 
que ejecutan Su Palabra obedeciendo Su voz 

(Salmo 103, vers. 20)


Oraciones especiales 
al Ángel Custodio de España


              En estas horas de forzada reclusión, de miedo ante una pandemia invisible, los Católicos debemos mantener la paz interior y mirar todo lo que está aconteciendo como una prueba más de la Misericordia de Dios, un momento que debemos aprovechar para adelantar en la Vida Espiritual. 

               No estamos solos: nos acompaña la mirada amorosa de la Virgen Santísima, la mejor Madre, que no desatiende a quien la busca con el corazón. También San José, Nuestro Padre y Señor, que es Custodio y Patrón de la Iglesia, y que así como defendió a Jesús y a María, será seguro Protector de sus devotos.

               Hoy Martes, que tradicionalmente hemos dedicado al Ángel Custodio, queremos pedir a nuestros amigos y lectores, la limosna de una oración al Ángel Custodio de España; que él interceda por esta tierra, bendecida por María en el Pilar de Zaragoza para animar la evangelización del Apóstol Santiago, regada por la Sangre de miles de Mártires, evangelizada por Santos Fundadores como Santo Domingo, Santa Teresa, San Ignacio... España, nación destinada a ser el trono del Sagrado Corazón de Jesús, desde donde Él mismo reinará "...y con más veneración que en otras partes", como Nuestro Señor prometiera al Padre Bernardo de Hoyos.

              No perdamos la esperanza... Él reinará, a pesar de todo y de todos; a nosotros nos toca rezar, desagraviar y luchar cada día, nuestra particular batalla, sin desaliento y teniendo como divisa aquella sentencia paulina "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece." (Filipenses, cap. 4, vers. 13)

               La existencia de los Ángeles está fuera de duda y siempre la Iglesia los veneró y difundió su culto. San Gregorio Magno llega a decir esta hipérbole: «En casi todas las páginas de las Sagradas Escrituras está contenida la existencia de los Ángeles». El Antiguo Testamento habla repetidas veces de su acción prodigiosa en favor de los hombres: Un Ángel avisa a Lot del peligro que corre Sodoma y el castigo que va a recibir esta ciudad. Un Ángel conforta a la criada de Abrahán, Agar, cuando es despedida y camina por el desierto. Un Ángel socorre al Profeta San Elías y le alimenta con pan y agua fresca por dos veces cuando huye de la persecución de la reina Jezabel. Un Ángel acompaña y colma de gracia al joven Tobías y a su padre y demás familiares. Casi todo el libro de Tobías está en torno al Arcángel San Rafael. También en el Nuevo Testamento aparece el Ángel liberando a Pedro de las cadenas y abriéndole la puerta de la cárcel...

               En las vidas de los Santos, tanto antiguos, como Santa Inés, tanto de la Edad Media, como San Francisco de Asís, y, modernos, como Santa Micaela del Santísimo Sacramento, Santa Gema Galgani y San Francisco de Sales... la presencia del Ángel de la Guarda en sus vidas es como algo inseparable. Mucho lo vivió también el Obispo Manuel Domingo y Sol, principal promotor del culto al Ángel Custodio de España.

               Desde que tenemos uso de razón en nuestros hogares cristianos se nos infunde la devoción al Ángel de nuestra Guarda y se nos recomienda que no demos oído al ángel malo que nos instigará al pecado y que tratemos de oír siempre al Ángel bueno que nos inspirará lo que hemos de hacer y hemos de evitar.




               Es Doctrina comúnmente admitida que, al nacer, el Señor ya nos señala un Ángel para nuestra custodia y que cada familia, cada pueblo, cada nación tienen su propio Ángel. El sabio Orígenes ya decía algo parecido en el siglo III: «Sí, cada uno de nosotros tenemos un Ángel que nos dirige, nos acompaña, nos gobierna, nos amonesta y presenta a Dios nuestras plegarias y buenas obras».

               Santo Tomás de Aquino dividió los Coros Angélicos en nueve categorías diferentes: «Los Serafines, Querubines y Tronos, forman la augusta corte de la Santísima Trinidad; las Dominaciones presiden el Gobierno del Universo; las Virtudes, la fijeza de las Leyes Naturales; las Potestades refrenan el poder de los demonios; los Principados tienen bajo su amparo a los Reinos y Naciones; lo Arcángeles defienden a las comunidades menores, y los Ángeles guardan a cada uno de los hombres».




jueves, 7 de marzo de 2013

SANTO TOMÁS DE AQUINO



      El Calendario Católico Tradicional nos indica que hoy la Iglesia rememora al gran "Doctor Angélico", Santo Tomás de Aquino.

      Hijo de los Condes de Landulf Aquino, entró en la Orden de Predicadores de Santo Domingo, a pesar de que su familia quiso torcer su vocación intentando hacer que perdiese la santa pureza. En París fue discípulo de San Alberto Magno y después su sucesor en la cátedra; brilló universalmente su talento, escribiendo obras admirables, entra las cuales hay que destacar la enciclopedia católica conocida como "Summa Theológica" y la apologética "Summa contra Gentes", debida a la iniciativa de San Raimundo de Peñafort. Murió en Fosanova en 1274.

      Canonizado en 1323 por el Papa Juan XXII, declarado Doctor de la Iglesia en 1567 por San Pío V y Patrón de las universidades católicas y centros de estudio en 1880 por el Papa Pío IX.


Hoy Jueves, La Semana del Buen Cristiano nos indica que debemos dedicar esta jornada a meditar acerca del Misterio Eucarístico, así como rezar por la santificación de los sacerdotes católicos. Que estas palabras de Santo Tomás de Aquino, nos ayuden para entender un poco más la gran gracia que supone tener a Cristo  en el Sagrario.


OH BANQUETE PRECIOSO Y ADMIRABLE

   El Hijo Único de Dios, queriendo hacernos partícipe de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que hecho hombre, divinizase a los hombres.

   Además, entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación ofreció, sobre el Altar de la Cruz, su Cuerpo como Víctima a Dios, su Padre, y derramó su Sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.

   Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fie­les, bajo la apariencia de pan y de vino, su Cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su Sangre, para que fuese nuestra bebida.

   ¡Oh Banquete precioso y admirable, banquete saluda­ble y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, más precioso que este Banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?

   No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las vir­tudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.

   Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.

   Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este sacramento, en el cual gustamos la suavidad espiri­tual en su misma fuente y celebramos la memoria del in­menso y sublime amor que Cristo mostró en su Pasión.

   Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la Última Cena, cuando, después de celebrar la Pascua con sus discípulos, iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su Pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.

 ( De las obras de santo Tomás de Aquino, presbítero. 
Opúsculo 57, en la fiesta del Cuerpo de Cristo )


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