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miércoles, 24 de junio de 2026

EL NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA, según la mística María Valtorta



                    La luz empieza a penetrar por la puerta entornada. María la abre. El alba ha puesto toda blanca la tierra mojada de rocío. Se siente un fuerte olor a tierra húmeda, a hierba verde, y se oyen los primeros trinos de los pájaros que se llaman de rama en rama. Zacarías y María salen a la puerta. Están pálidos por la noche pasada en vela y la luz del alba les pone aún más pálidos. María se pone de nuevo sus sandalias y va al pie de la escalera atenta a ver si oye algo. Nada ha pasado. 

                    María va a una habitación y regresa con leche caliente. Se la da a beber a Zacarías. Luego va a las palomas, regresa y entra en la misma habitación. Tal vez es la cocina. Inspecciona todo. Se le ve tan ágil y tan serena, que parece como si hubiera dormido el mejor de los sueños. Zacarías pasea arriba y abajo nerviosamente por el jardín mientras María le mira con piedad. Luego entra otra vez en la misma habitación y, arrodillada junto a su telar, ora intensamente, porque los gritos de la parturienta son más agudos. Se curva hasta el suelo para suplicarle al Eterno. 

                    Zacarías vuelve, entra y la ve postrada en ese modo;  llora el pobre viejo. María se levanta y le coge de la mano. Es mucho más joven que él, pero parece Ella la madre de aquel hombre desolado y sobre él derrama sus consuelos. Permanecen así, el uno al lado del otro, bajo este sol que pinta de colores el aire matinal. Estando así, llega a sus oídos el feliz anuncio: “¡Ya nació! ¡Ya nació! ¡Es un varoncito! ¡Oh, padre feliz! Un varoncito como una rosa, hermoso como un sol, fuerte y sano como su madre. Alégrate padre a quien el Señor bendijo, para que le ofrezcas en su Templo un hijo. ¡Gloria a Dios que concedió un heredero a esta casa! ¡Bendición a ti y al hijo que nació! Pueda su descendencia perpetuar tu nombre por los siglos de los siglos, durante todas las generaciones, y siempre sea fiel a la alianza del Eterno Señor”. 

                    María, llorando de alegría, bendice al Señor. Luego los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traído al padre para que le bendiga. Zacarías no va donde está Isabel; coge al niño que chilla con todos sus pulmoncitos. Pero no va donde está su mujer. María sí que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada más que María le ha cogido en brazos. La comadre que va tras Ella, se percata de este hecho. “Mujer” dice a Isabel “tu niño se calló tan pronto la tomó Ella. ¡Mira qué tranquilo duerme; y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ¡Mira, ahora parece un pichoncito!”.  

                    María coloca al niñito junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris, y le dice en voz baja: “La rosa ha nacido y tú vives. Zacarías está dichoso”. Isabel pregunta: “¿Habla?”. Virgen: “Todavía no. Pero confía en el Señor. Descansa ahora. Yo estoy contigo”. 

                    Dice la Virgen María: “Si Mi presencia había santificado al Bautista, no canceló a Isabel la condena proveniente de Eva: “Darás a luz a tus hijos con dolor”. Solo Yo, sin mancha y sin haber tenido unión matrimonial, quedé libre de dar a luz con dolor. La tristeza y el dolor son frutos de la Culpa. Yo, que era la Inculpable, tuve que conocer también el dolor y la tristeza, porque era Corredentora. Pero no experimenté el dolor de dar a luz. No. Este sufrimiento no lo experimenté. Y, no obstante, créeme, hija, no hubo ni habrá un dolor de parturienta semejante al Mío de Mártir de una Maternidad espiritual cumplida en el más duro lecho: el de Mi cruz, al pie del patíbulo del Hijo que se Me moría. ¿Y qué madre hay que se vea obligada a dar a luz de esa manera? ¿Qué madre hay que se vea obligada a mezclar el suplicio del desgarro de las entrañas, que se rompen al estertor de Su Hijo agonizante, con el suplicio de sentírsele retorcer las entrañas al tener que superar el horror del deber de decir: «Os amo. Venid a Mí que Soy vuestra Madre» a los verdugos de ese Hijo nacido del más sublime amor que jamás el Cielo haya visto, del amor de Dios con una Virgen, del beso de Fuego, del abrazo de Luz que se hicieron Carne y que del vientre de una mujer hicieron el Tabernáculo de Dios? Dijo Isabel: «¡Cuánto dolor para ser madre!». Mucho. Pero nada con respecto al Mío”.


Extraído de las revelaciones de la mística María Valtorta, 3 de Abril de 1944



sábado, 24 de junio de 2023

SAN JUAN BAUTISTA, MODELO DE LOS APÓSTOLES DE LOS ÚLTIMOS TIEMPOS, por Plinio Corrêa de Oliveira

 

               San Juan Bautista es un alma tan ardientemente mariana que, aún en el seno materno, prestó un acto de devoción intensísimo a Nuestra Señora. Él es el Apóstol, el Discípulo fiel, el Devoto perfecto de la Santísima Virgen, que escucha Su voz, en Ella discierne los primeros ecos de la voz del Cordero de Dios que él debía anunciar y estremece enteramente de alegría.




               Por lo tanto, debemos venerar en San Juan Bautista el modelo del verdadero y perfecto devoto de Nuestra Señora, pidiéndole que nos haga perfectos devotos de Ella y tengamos un oído interior por donde, cuando escuchemos la voz de María Santísima, también estremezcamos de alegría, de manera que nunca un pedido de Ella nos encuentre de mala gana, tristes, aburridos, sin deseo de atenderla. Al contrario, que Su voz nos haga estremecer de alegría hasta cuando diga una palabra austera de renuncia, de sacrificio y sufrimiento.

               ...San Juan Bautista, aún en el vientre de su madre, estaba dotado de toda lucidez. Porque sin haber sido concebido sin pecado original -al menos nada indica que lo fuera- estaba exento de esa culpa al poco tiempo de ser concebido, por lo que tenía inteligencia, tenía entendimiento de las cosas que pasaban, y estaba en oración en el vientre de Santa Isabel cuando ha llegado Nuestra Señora.

               Entonces, lo primero que contemplamos es que Nuestra Señora no fue a Santa Isabel sólo para ayudarla, sino que el motivo primordial de la visita era ayudarla a engendrar perfectamente ese niño que Ella sabía que era el prometido precursor por las Escrituras. El niño estuvo tres meses viendo constantemente a Nuestra Señora ayudar a Santa Isabel. Oyó la voz de Nuestra Señora; durante esos tres meses entendió a Nuestra Señora.

               ¡Podéis comprender lo que son dos o tres meses en compañía de la Virgen! Muestra muy bien que aquel a quien los Profetas llamaban Ángel era una criatura tan exaltada que estaba por encima de todos los hombres. Nuestro Señor dijo de él, más o menos, no recuerdo bien la frase, que nadie mayor que Juan el Bautista había nacido del hombre.

               Así esta criatura, justo en la estela de su vida, fue despertada al conocimiento del mundo por la voz de Nuestra Señora. Escuchó a Santa Isabel cantar la grandeza de Nuestra Señora y escuchó a Nuestra Señora cantar el Magníficat. Escuchó ese himno, esa canción tan bien estructurada, tan noble, a la vez tan racional, tan bien pensada. Oyó y entendió todos los sentidos que tiene el Magníficat , luego el canto de la voz de Nuestra Señora y todo lo demás, todo contribuyó a elevar su alma.

               En otras palabras, la primera enseñanza de este hombre privilegiado fue una enseñanza de Nuestra Señora. Cuando el torrente de las enseñanzas y de las gracias de Nuestra Señora -dice muy bien- estaba en su primer efluvio para caer sobre la humanidad, el costado más espléndido cayó sobre San Juan Bautista, sobre su alma, para que fuera un ángel y estuviera en delante del Mesías, atravesando los montes y llenando los valles para preparar los caminos del Señor. Cortar las montañas, es decir, combatir los vicios; llenando los valles, es decir, acabando con los pantanos y hoyos de la sensualidad. Es decir, hacer la Obra de la Contrarrevolución para preparar los caminos del Señor.

               Dice algo de la santidad de San Juan Bautista, pero lo que dice es poco porque tenía que entender que no hay palabras humanas para describir bien lo que pudo haber sido esa santidad. Una santidad de tal manera -y de una manera tan máxima como la del primer momento del Apostolado de Nuestra Señora- ¡que los hombres pueden vislumbrar, no pueden describir! Pueden admirar, pero no pueden conocer completamente.

               ¡Ahí está el Bautista, el austero, el terrible Bautista! El Bautista que va al desierto y que vela. Y luego sale de la soledad y comienza a predicar. El celoso Bautista que prepara las almas de las cuales nacería la Iglesia Católica. 

               Cuando Nuestro Señor se apareció, dijo: "De Él depende aumentar, de mí depende disminuir; ahora me toca a mí desaparecer: ¡he aquí el Cordero de Dios, he aquí Aquel que quita el pecado del mundo! Mi misión está cumplida. No me queda otra cosa que hacer, porque ha salido el Sol de Justicia y no soy más que un pájaro cantando el Sol que iba a salir. Desde el momento en que salió el Sol, no tengo nada más que hacer sino morir por Él".

               Y luego tenemos la muerte, al mismo tiempo indignada y exultante, de San Juan Bautista. ¡San Juan Bautista y su lucha contra Herodes, contra Salomé, Mártir de la castidad! El hombre que sabe enfrentarse a la impureza en un trono y que sabe perder la vida por decir la verdad tal como es. Fue detestado, tomado de esta vida, pero tomado en un acto de supremo amor. Es evidente que cuando murió estaba pensando en el Cordero de Dios que había visto y en el canto del Magníficat que había oído. Fue en este éxtasis que su alma abandonó su cuerpo y fue a esperar a Nuestro Señor en el Limbo.

               Os podéis imaginar cómo debió ser el encuentro entre Nuestro Señor y San Juan Bautista en el Limbo, cuando el alma del Mártir, tan pura y aún lavada por la Sangre que acababa de derramar, salió a su encuentro. ¿Qué le dijo Nuestro Señor a San Juan Bautista que lo había aclamado? Y luego, ¡coronando a San Juan Bautista en el Cielo!.

               Este virginal Profeta pasó por la vida diciendo todas las verdades, sin temer a nadie, aterrorizando la impiedad y embelesando y preparando para el Mesías las almas que diríamos ultramontanables -para hablar el lenguaje contemporáneo-, esta alma fue formada directamente por Nuestra Señora.

               Y entonces, como a través de un espejo, podemos ver algo de las virtudes de Nuestra Señora. Porque él es el fruto del Alma de Nuestra Señora, de la formación de Nuestra Señora. Él es el fruto de la formación, y el árbol se conoce por el fruto. Nuestra Señora, si hubiera formado un hombre que fuera completamente agradable a Ella, lo habría formado.

             Así se comprende el acercamiento que se puede hacer entre éste y los Apóstoles de los Últimos Tiempos. Los Apóstoles de los Últimos Tiempos, formados enteramente por las exigencias de Nuestra Señora, deben tener el perfil moral de San Juan Bautista: hombres austeros, luchadores, extasiados, intransigentes y dispuestos a dar toda la vida por Nuestra Señora.

               ¡Que Nuestra Señora nos haga así! Que nosotros también escuchemos Su voz dentro de nuestras almas. Que tomemos también nosotros la forma de Sus verdaderos discípulos para, frente a los herejes contemporáneos, vivir esos Apóstoles de los Últimos Tiempos que nos toca vivir. Esto es lo que pedimos, con toda nuestra alma, a San Juan Bautista y a Nuestra Señora, en su Fiesta.



jueves, 24 de junio de 2021

LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA, EL PRECURSOR DE CRISTO



               Celebra hoy la Santa Iglesia la Natividad de San Juan Bautista, Precursor del Señor, que, estando aún en el seno materno, al quedar lleno del Espíritu Santo exultó de gozo por la próxima llegada de la Salvación del género humano. Su nacimiento profetizó la Natividad de Cristo el Señor, y su existencia brilló con tal esplendor de gracia, que el mismo Jesucristo dijo no haber entre los nacidos de mujer nadie tan grande como Juan el Bautista.

               Este es el único Santo al cual se le celebra la fiesta el día de su nacimiento. San Juan Bautista nació seis meses antes de Jesucristo (de hoy en seis meses - el 24 de Diciembre - estaremos celebrando el Nacimiento de Nuestro Redentor).

              El capítulo primero del Evangelio de San Lucas nos cuenta de la siguiente manera el nacimiento de Juan: "Zacarías era un sacerdote judío que estaba casado con Santa Isabel, y no tenían hijos porque ella era estéril. Siendo ya viejos, un día cuando estaba él en el Templo, se le apareció un Ángel de pie a la derecha del altar.

               Al verlo se asustó, mas el Ángel le dijo: "No tengas miedo, Zacarías; pues vengo a decirte que tú verás al Mesías, y que tu mujer va a tener un hijo, que será su precursor, a quien pondrás por nombre Juan. No beberá vino ni cosa que pueda embriagar y ya desde el vientre de su madre será lleno del Espíritu Santo, y convertirá a muchos para Dios".

               Pero Zacarías respondió al Ángel: "¿Cómo podré asegurarme que eso es verdad, pues mi mujer ya es vieja y yo también?".

               El Ángel le dijo: "Yo soy Gabriel, que asisto al trono de Dios, de quien he sido enviado a traerte esta nueva. Mas por cuanto tú no has dado crédito a mis palabras, quedarás mudo y no volverás a hablar hasta que todo esto se cumpla".

               Seis meses después, el mismo Ángel se apareció a la Santísima Virgen comunicándole que iba a ser Madre del Hijo de Dios, y también le dio la noticia del embarazo de su prima Isabel.

               Llena de gozo corrió a ponerse a disposición de su prima para ayudarle en aquellos momentos. Y habiendo entrado en su casa la saludó. En aquel momento, el niño Juan saltó de alegría en el vientre de su madre, porque acababa de recibir la gracia del Espíritu Santo al contacto del Hijo de Dios que estaba en el vientre de la Virgen.

               También Santa Isabel se sintió llena del Espíritu Santo y, con espíritu profético, exclamó: "Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde me viene a mí tanta dicha de que la Madre de mi Señor venga a verme? Pues en ese instante que la voz de tu salutación llegó a mis oídos, la criatura que hay en mi vientre se puso a dar saltos de júbilo. ¡Oh, bienaventurada eres Tú que has creído! Porque sin falta se cumplirán todas las cosas que se te han dicho de parte del Señor". Y permaneció la Virgen en casa de su prima aproximadamente tres meses; hasta que nació San Juan.

               De la infancia de San Juan nada sabemos. Tal vez, siendo aún un muchacho y huérfano de padres, huyó al desierto lleno del Espíritu de Dios porque el contacto con la naturaleza le acercaba más a Dios. Vivió toda su juventud dedicado nada más a la penitencia y a la oración.

               Como vestido sólo llevaba una piel de camello, y como alimento, aquello que la Providencia pusiera a su alcance: frutas silvestres, raíces, y principalmente langostas y miel silvestre. Solamente le preocupaba el Reino de Dios.



miércoles, 24 de junio de 2020

NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA, "el hombre más grande que ha nacido de mujer"


            Juan es un santo varón, enviado de Dios, un Ángel de Dios, como dice el mismo Padre: Mira, yo te envío Mi Mensajero por delante. Juan, el hombre, más grande que ha nacido de mujer, castiga de este modo su cuerpo inocente, lo abate y lo mortifica. ¿Y vosotros soñáis con vestidos de púrpura y de lino, y banquetear espléndidamente? ¿A esto se reduce toda la grandeza de este día? ¿Este es el homenaje que ofrecéis al Bautista? ¿Este es el regocijo que nos habían prometido por su nacimiento? ¿De quién celebráis la memoria, Sacerdotes refinados? ¿Qué nacimiento festejáis? ¿No es acaso el de aquel que vivió en el desierto con un áspero vestido y muerto de hambre?




            Hijos de Babilonia, ¿qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿A qué salisteis si no? ¿A ver un hombre vestido con elegancia, y alimentado con regalo? Toda la fiesta se reduce para vosotros a seguir las normas del gusto popular, vestir con todo lujo y comer a placer. ¿Tiene algo que ver con Juan? Todo ese le repugnaba y jamás lo hizo. 

           El Ángel dijo: Serán muchos los que se alegren de su nacimiento. Sí, es cierto: muchos se alegran de su nacimiento. Incluso para los paganos, según nos dicen, es un día festivo y solemne. Pero si ellos lo celebran sin conocerlo, para los cristianos no debería ser así. Estos se regocijan en ese día del nacimiento de San Juan, pero ojalá fuera de su natividad, y no de la vanidad. ¿Qué hay bajo el sol sino vanidad de vanidades? ¿Qué saca el hombre de todas las fatigas que le afligen bajo el sol?

            Hermanos, bajo el sol está todo cuanto abarcan los ojos, y se somete al influjo de esta luz material; ¿y eso qué es, sino una niebla que se ve un poco? ¿No es acaso pura hierba y flor de hierba? Lo dice el Señor: Todo es mortal hierba, y toda su belleza es flor de hierba: se agosta la hierba y cae la flor. En cambio la palabra del Señor permanece para siempre. 

            Hermanos, entreguémonos a esta palabra que nos promete la Vida y el gozo eternos. No trabajemos por el alimento que se acaba, sino por el alimento que dura dando una vida sin término. ¿Y cuál es? No de solo pan vive el hombre, sino también de todo lo que diga Dios por su boca. 

           Queridos hermanos, cultivemos esta palabra, cultivemos el espíritu, porque el que cultiva los bajos instintos sólo cosechará corrupción. Que nuestro gozo sea interior, no un simple gesto exterior. O como dice el Apóstol: Afligidos por la humildad gravedad, y siempre alegres por el gozo interior. Queridos hermanos, alegrémonos en y por el nacimiento de San Juan. 


San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia




            "A Isabel se le cumplió el tiempo de su parto y dio a luz un hijo. Los vecinos y parientes, al enterarse del gran favor que el Señor le había hecho, fueron a felicitarla. A los ocho días llevaron a circuncidar al niño. Querían que se llamara Zacarías, como su padre. Pero su madre dijo: "No. Se llamará Juan". Le advirtieron: "No hay nadie en tu familia que se llame así". 

            Preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: "Su nombre es Juan". Todos se quedaron admirados. Inmediatamente se le soltó la lengua y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Todos los vecinos se llenaron de temor. Estas cosas se comentaban en toda la montaña de Judea. Todos los que las oían decían pensativos: "¿Qué llegará a ser este niño?".

            Porque la mano del Señor estaba con él. Zacarías, su padre, lleno del Espíritu Santo, profetizó así: "Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha intervenido para liberar a su pueblo..."


Evangelio de San Lucas, cap.1, vers. 57-68


lunes, 24 de junio de 2019

San Juan Bautista: modelo de los que dicen no a la revolución


            Abatiendo las montañas del orgullo y llenando los valles de la impureza, San Juan Bautista es modelo de los que dicen no a la revolución. San Juan Bautista es el hombre que le dijo a Herodes, lo que hoy nadie tiene el valor de decirle a la revolución. Él dijo esas palabras: a ti no es lícito. Quiero decir, no puedes.

            Ante Herodes él dijo: a ti no es lícito tener por mujer la esposa de tu hermano. Herodes vivía en adulterio y se lo dijo Herodes. Y por eso pagó con la cabeza. Los señores ven, por tanto, que su función era eliminar los dos defectos que son las causas de la revolución.




             El que de tal manera pisó a los pies el orgullo y la impureza, fue también una magnífica manifestación del audacia. Y terminó muerto por eso. Los señores dirán: terminó muerto. ¿De qué sirvió?

            Adelantó lo que decía San Agustín. San Agustín tiene un tramo magnífico en el que imagina la cabeza de San Juan Bautista traída a Herodes para ver y Herodes mirando esos ojos. Y los ojos de San Juan Bautista cerrados y san Agustín diciendo: nunca una mirada humana penetró tan profundo como la mirada de esos ojos cerrados y muertos, dentro de la mirada de Herodes.

             El hombre que mata la impureza, el hombre que lucha contra el orgullo, el hombre que dice las verdades a la vanidad y corta el camino de la impiedad, era digno de ser el precursor de Nuestro Señor Jesucristo.

            Y según todo indica, no hay de ninguna manera seguro a este respecto, San Juan Bautista pertenecía a esos eremitas del Monte Carmelo, que son nuestros antepasados, exactamente como carmelitas. Razones otras tantas para nosotros rezar a San Juan Bautista esta noche, pidiendo que nos dé esto: el odio a los vicios que son los defectos de la revolución y este coraje de decir la verdad íntegra en la cara de quien sea.


Plinio Corrêa de Oliveira, "Comentario del Santo del día " 24 de Junio de 1965