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viernes, 31 de mayo de 2024

LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD. DÍA 31º

 

...pon tu mano sobre Mi Corazón materno 
y júrame que encerrarás tu voluntad 
en Mi Corazón...


               Estos escritos gozan de licencia eclesiástica, prueba de ello el “Nihil obstat”, que Monseñor Francesco M. Della Queva, Delegado del Arzobispo de Tarento (Apulia, Italia) concedió en la Fiesta de Cristo Rey de 1937. 

               Para obtener mejor provecho de esta lectura, procura recogerte en tu dormitorio o en un lugar discreto de la casa; sitúate ante una imagen de la Virgen que te inspire devoción, aunque se trate de una sencilla estampa; cierra los ojos y oídos corporales, eleva tu corazón al Cielo y busca en tu corazón la intimidad de hijo con Jesús Nuestro Señor y con la Celestial Madre. 

               Que la Santa Presencia de estos tus amores, Jesús y María, te acompañe a lo largo del día de hoy, y que Ellos sean siempre tu aliento y sostén en la lucha continua de la familia, del trabajo, de los problemas cotidianos...




Reza ahora, despacio y con devoción,
 tres Avemarías a Nuestra Santa Madre...


El alma a su Gloriosa Reina: 

               Mi querida Mamá Celestial, estoy de regreso entre Tus brazos maternos, y al mirarte veo que una dulce sonrisa aflora sobre Tus labios purísimos. Tu actitud hoy es toda de fiesta, me parece que quieres narrarme y confiar a Tu hija alguna cosa que más me sorprenda. Mamá Santa, ¡ah! Te ruego, toca mi mente con Tus manos maternas, vacía mi corazón a fin de que pueda comprender Tus santas enseñanzas y ponerlas en práctica. 

Lección de la Reina del Cielo: 

               Hija queridísima, hoy tu Mamá está de fiesta porque quiero hablarte de Mi partida de la tierra al Cielo, día en el cual terminé de cumplir la Divina Voluntad sobre la tierra, porque no hubo en Mí ni un respiro, ni un latido, ni un paso en el cual el Fiat Divino no tuviera Su acto completo, y esto Me embellecía, Me enriquecía, Me santificaba tanto, que los mismos Ángeles quedaban raptados. 

               Ahora, tú debes saber que antes de partir para la Patria Celestial, Yo con Mi amado Juan regresamos de nuevo a Jerusalén, era la última vez que en carne mortal estaba sobre la tierra, toda la Creación, como si lo hubiera intuido, se postraba a Mi alrededor, desde los peces del mar que Yo navegaba, hasta el más pequeño pajarito querían ser bendecidos por su Reina, y Yo bendecía a todos y les daba el último adiós. 

               Ahora, habiendo llegado a Jerusalén y retirándome dentro de un departamento donde me llevó Juan, Me encerré para no salir más. Ahora hija bendita, tú debes saber que comencé a sentir en Mí un martirio tal de amor, unido con ansias ardientes de alcanzar a Mi Hijo en el Cielo, que Me sentía consumir, hasta a sentirme enferma de amor, y tenía fuertes delirios y desfallecimientos todos de amor. Yo no conocí jamás enfermedad ni cualquier indisposición ligera, a Mi naturaleza concebida sin pecado y vivida toda de Voluntad Divina le faltaba el germen de los males naturales, si las penas Me cortejaron tanto, fueron todas en orden sobrenatural, y estas penas fueron para tu Mamá Celestial triunfos y honores, y Me daban el campo para hacer que Mi Maternidad no fuera estéril, sino conquistadora de muchos hijos. 

               Mira entonces hija querida qué significa vivir de Voluntad Divina, perder el germen de los males naturales que producen no honores y triunfos, sino debilidades, miserias y derrotas. Por eso hija queridísima, escucha la última palabra de tu Mamá que está por partir al Cielo, no partiría contenta si no dejara a Mi hija al seguro, antes de partir quiero hacerte Mi Testamento, dejándote por dote aquella misma Voluntad Divina que posee tu Mamá y que tanto Me ha agraciado, hasta volverme Madre del Verbo, Señora y Reina del Corazón de Jesús y Madre y Reina de todos. 

               Escucha hija querida, es el último día del mes a Mí consagrado, Yo te he hablado con tanto amor de lo que obró la Divina Voluntad en Mí, del gran bien que Ella sabe hacer y qué significa hacerse dominar por Ella, te hablado también de los graves males del humano querer, pero ¿crees tú haya sido una simple narración? No, no, tu Mamá cuando habla quiere dar, Yo, en el ímpetu de Mi amor en cada palabra que te decía ataba tu alma al Fiat Divino y te preparaba la dote en la cual tú pudieses vivir rica, feliz, dotada de Fuerza Divina. 

              Ahora que estoy por partir acepta Mi Testamento, tu alma sea el papel donde Yo escriba con la pluma de oro del Querer Divino, y con la tinta de Mi ardiente Amor que Me consume, la testificación de la dote que te hago. Hija bendita, asegúrame que no harás jamás tu voluntad, pon tu mano sobre Mi Corazón materno y júrame que encerrarás tu voluntad en Mi Corazón, así, no sintiéndola, no tendrás ocasión de hacerla, y Yo Me la llevaré al Cielo como un triunfo y victoria de Mi hija. 

               ¡Ah! hija querida, escucha la última palabra de tu Mamá que muere de puro amor, recibe Mi última bendición como sello de la Vida de la Divina Voluntad que dejo en ti, que formará tu Cielo, tu Sol, tu mar de amor y de gracia. En estos últimos momentos, tu Mamá celestial quiere ahogarte de amor, desahogarse en ti, para que obtenga el intento de escuchar tu última palabra, que preferirías morir, que harías cualquier sacrificio antes que dar un acto de vida a tu voluntad, dímela hija Mía, dímela. 

El alma: 

               Mamá Santa, en el arrebato de mi dolor Te lo digo llorando, que si Tú ves que yo esté por hacer un solo acto de mi voluntad, hazme morir, ven Tú misma a tomar mi alma en Tus brazos y llévame allá arriba; y yo de corazón lo prometo, lo juro, no hacer jamás, jamás mi voluntad. 

La Reina de Amor: 

               ¡Hija bendita, cómo estoy contenta! No podía decidirme a narrarte Mi partida al Cielo si no permaneciera asegurada Mi hija sobre la tierra y dotada de Voluntad Divina, pero ten la seguridad que desde el Cielo no te abandonaré ni te dejaré huérfana, sino que te guiaré en todo, y en la más pequeña necesidad tuya, hasta en la más grande, llámame, y Yo vendré rápido a hacerte de Mamá. 

               Ahora, hija querida, escúchame, Yo estaba enferma de amor, y el Fiat Divino para consolar a los Apóstoles y a Mí también, permitió casi en modo prodigioso que todos los Apóstoles, excepto uno, Me hicieran corona en el momento en que estaba por partir al Cielo, todos sentían el dolor del corazón y lloraban amargamente, Yo consolé a todos recomendando en modo especial a la Santa Iglesia naciente e impartí a todos la materna bendición, dejando en sus corazones, en virtud de ella, la paternidad de amor hacia las almas. 

              Mi querido Hijo no hacía otra cosa que ir y venir del Cielo, no podía estar más sin Su Mamá, y dando el último suspiro de puro amor en la interminabilidad del Querer Divino, Mi Hijo Me recibió entre Sus brazos y Me condujo al Cielo en medio a las Legiones Angélicas que alababan a Su Reina. Puedo decir que el Cielo se vació para venir a Mi encuentro, todos Me festejaban, y al mirarme quedaban raptados y en coro decían: "¿Quién es Ésta que viene del exilio toda apoyada en su Señor? Toda bella, toda Santa, con el cetro de Reina, y es tanta Su grandeza que los Cielos se han abajado para recibirla, ninguna otra criatura ha entrado en estas regiones celestiales tan adornada y hermosa, tan poderosa, que tiene la supremacía sobre todo". 

               Ahora hija mía, ¿quieres tú saber quién es Ésa que todo el Cielo alaba y por quien quedan raptados? Yo Soy tu Mamá que jamás hice Mi voluntad, y el Querer Divino Me abundó tanto, que extendió cielos más bellos, soles más fúlgidos, mares de Belleza, de Amor, de Santidad, que podía dar luz a todos, Amor, Santidad a todos, y encerrar dentro de Mi Cielo todo y todos, era el obrar de la Divina Voluntad obrante en Mí lo que había obrado prodigio tan grande, era la única criatura que entraba en el Cielo porque había hecho la Divina Voluntad sobre la tierra como se hace en el Cielo, y que había formado Su Reino en Mi Alma. 

               Ahora, toda la Corte Celestial al verme quedaba maravillada, porque mirándome me encontraban Cielo, y volviéndome a ver me encontraban Sol, y no pudiendo separar su mirada, mirándome más a fondo Me veían mares y encontraban también en Mí la tierra tersísima de Mi humanidad con las más bellas flores, y raptados exclamaban: "Cómo es bella, todo ha concentrado en Ella, nada le falta, de todas las obras de Su Creador es la única completa de toda la Creación". 

               Ahora hija bendita, tú debes saber que fue la primera fiesta que se hizo en el Cielo a la Divina Voluntad que tantos prodigios había obrado en Su Criatura. Así que Mi entrada en el Cielo fue festejada por toda la Corte Celestial como aquello que puede obrar de bello, de grande en la criatura el Fiat Divino. Desde entonces no se han repetido más estas fiestas, y por eso tu Mamá ama tanto que la Divina Voluntad reine en modo absoluto en las almas, para darle campo para hacerla repetir Sus grandes prodigios y Sus fiestas maravillosas. 

El alma: 

               Mamá de Amor, Emperatriz Soberana, ¡ah! desde el Cielo donde gloriosamente reinas, voltea Tu mirada piadosa sobre la tierra y ten piedad de mí, ¡oh! cómo siento la necesidad de mi querida Mamá, siento que me falta la vida sin Ti, todo se me tambalea sin mi Mamá, por eso no me dejes a medio camino, sino continúa a guiarme hasta que todas las cosas para mí se conviertan en Voluntad de Dios, a fin de que forme en mí Su Vida y Su Reino. 

Florecita: 

               Hoy para honrarme recitarás tres Glorias a la Santísima Trinidad para agradecerle, a nombre Mío, por la grande Gloria que Me dio cuando fui asunta al Cielo y Me rogarás que venga a asistirte en el punto de tu muerte

Jaculatoria: 

               Mamá Celestial, encierra mi voluntad en Tu Corazón y déjame el Sol de la Divina Voluntad en mi alma.



jueves, 30 de mayo de 2024

LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD. DÍA 30º

 

...doy Mi Vida por amor de Mis hijos 
y los nutro con Mi leche materna


               Durante el Mes de María procuraré compartir a diario (si Dios quiere) unas meditaciones extraídas del libro "La Virgen María en el Reino de la Divina Voluntad", de la mística italiana Luisa Piccarreta; advierto que cuando en el diálogo con la Madre de Dios encuentres que el interlocutor habla en femenino, no es porque este ejercicio esté destinado sólo a las mujeres, sino porque se refiere al alma, por lo que también un varón puede y debe practicarlo. 

               Estos escritos gozan de licencia eclesiástica, prueba de ello el “Nihil obstat”, que Monseñor Francesco M. Della Queva, Delegado del Arzobispo de Tarento (Apulia, Italia) concedió en la Fiesta de Cristo Rey de 1937. 

               Para obtener mejor provecho de esta lectura, procura recogerte en tu dormitorio o en un lugar discreto de la casa; sitúate ante una imagen de la Virgen que te inspire devoción, aunque se trate de una sencilla estampa; cierra los ojos y oídos corporales, eleva tu corazón al Cielo y busca en tu corazón la intimidad de hijo con Jesús Nuestro Señor y con la Celestial Madre. 

               Que la Santa Presencia de estos tus amores, Jesús y María, te acompañe a lo largo del día de hoy, y que Ellos sean siempre tu aliento y sostén en la lucha continua de la familia, del trabajo, de los problemas cotidianos...




Reza ahora, despacio y con devoción,
 tres Avemarías a Nuestra Santa Madre...


El alma a su Madre Reina: 

               Madre admirable, heme aquí de nuevo Contigo, sobre Tus rodillas maternas, para unirme Contigo en la fiesta y Triunfo de la Resurrección de Nuestro querido Jesús. Cómo es bello hoy Tu aspecto, toda amable, toda dulzura, toda alegría; me parece verte resucitada junto con Jesús. ¡Ah! Mamá Santa, en tanta alegría y triunfo no te olvides de Tu hija, encierra en mi alma el germen de la Resurrección de Jesús, para que en virtud de Ella resurja plenamente en la Divina Voluntad, y viviré siempre unida Contigo y con mi dulce Jesús. ¡Ah! Mamá Santa, haz que descienda en mí el Espíritu Santo, a fin de que queme en mí lo que no pertenece a la Divina Voluntad. 

Lección de la Reina del Cielo: 

               Hija bendita de Mi materno Corazón, grande fue Mi alegría y Mi triunfo en la Resurrección de Mi Hijo; Yo Me sentí renacida y resucitada en Él, todos Mis dolores se cambiaron en alegrías y en mares de gracias, de luz, de amor, de perdón para las criaturas, y extendían Mi Maternidad sobre todos Mis hijos, dados a Mí por Jesús con el sello de Mis dolores. 

               Ahora escúchame hija querida, tú debes saber que después de la muerte de Mi Hijo, Me retiré al Cenáculo junto con el amado Juan y Magdalena. Pero Mi Corazón quedaba traspasado porque sólo Juan estaba a Mi lado, y en Mi dolor decía: "Y los otros apóstoles, ¿dónde están?". Pero en cuanto éstos oyeron que Jesús había muerto, tocados por gracias especiales, todos conmovidos y llorando, uno a uno los fugitivos se pusieron en torno a Mí, haciéndome corona, y con lágrimas y suspiros Me pedían perdón de que tan vilmente lo habían abandonado y huido de su Maestro. Yo los acogí maternalmente en el Arca de refugio y de salvación de Mi Corazón, y les aseguré a todos el perdón de Mi Hijo, los alenté a no temer, les dije que su suerte estaba en Mis manos, porque a todos me los había dado por hijos, y Yo como a tales los reconocía. 

               Hija bendita, tú sabes que Yo estuve presente en la Resurrección de Mi Hijo, pero no hice mención a ninguno, esperando que Jesús mismo manifestara que había resucitado glorioso y triunfante. La primera que lo vio resucitado fue la afortunada Magdalena, después las piadosas mujeres, y todos venían a Mí diciéndome que habían visto a Jesús Resucitado, que el sepulcro estaba vacío, y Yo escuchaba a todos y con aire de triunfo confirmaba a todos en la Fe de la Resurrección. Para la noche ya casi todos los Apóstoles lo habían visto, y todos se sentían como triunfantes por haber sido Apóstoles de Jesús. Qué cambio de escena, hija querida, símbolo de quien se ha hecho dominar primero por la voluntad humana, que representa a los Apóstoles que huyen, que abandonan a su Maestro, y es tanto el temor y el pavor que se esconden, y Pedro llega hasta a negarlo. ¡Oh! si estuvieran dominados por la Divina Voluntad jamás habrían huido de su Maestro, sino que valerosos y como triunfadores no se habrían separado jamás de Su lado, y se sentirían honrados de dar la vida por defenderlo. 

               Ahora hija querida, mi amado Hijo Jesús se quedó resucitado sobre la tierra cuarenta días. Rápidamente se aparecía a los Apóstoles y Discípulos para confirmarlos en la Fe y certeza de Su Resurrección, y cuando no estaba con los Apóstoles se estaba junto con Su Mamá en el Cenáculo, circundado de las almas salidas del Limbo. Pero en cuanto terminó el periodo de los cuarenta días, el amado Jesús enseñó a los Apóstoles y dejando a Su Mamá como guía y Maestra, nos prometió la Venida del Espíritu Santo, y bendiciéndonos a todos partió emprendiendo el vuelo al Cielo junto con aquella gran turba de gente salida del Limbo. Tu Mamá lo siguió al Cielo y asistió a la gran Fiesta de la Ascensión, mucho más que para Mí no era extraña la Patria Celestial, y además sin Mí no habría sido completa la Fiesta de Mi Hijo ascendido al Cielo. 

                Ahora escúchame hija Mía, Nuestro sumo Bien Jesús ha partido al Cielo, y está ante Su Padre Celestial para abogar por Sus hijos y hermanos dejados sobre la tierra. Él, desde la Patria Celestial ve a todos, no se le escapa ninguno, y es tanto Su Amor que deja a Su Mamá todavía sobre la tierra para consuelo, ayuda, enseñanza y compañía de Sus hijos y Míos. Tú debes saber que en cuanto Mi Hijo partió para el Cielo, Yo continué estando junto con los Apóstoles en el Cenáculo, esperando al Espíritu Santo. Todos estrechados a Mí rogábamos juntos, no hacían nada sin Mi consejo, y cuando Yo tomaba la palabra para instruirlos, o decir alguna anécdota de Mi Hijo que ellos no conocían, como por ejemplo, los detalles de Su Nacimiento, Sus lágrimas infantiles, Sus gestos amorosos, los incidentes sucedidos en Egipto, las tantas maravillas de Su Vida oculta en Nazaret, ¡oh! cómo estaban atentos a escucharme, quedaban raptados al escuchar las tantas sorpresas, las tantas enseñanzas que Me daba, y que debían servir para ellos, porque Mi Hijo poco o nada habló de Sí mismo con los Apóstoles, reservándome a Mí el trabajo de hacerles conocer cuánto los había amado y las particularidades que sólo Su Mamá conocía. 

               Así que Yo estaba en medio a Mis Apóstoles más que el sol del día, y fui el Áncora, el Timón, la Barca donde encontraron el refugio para estar seguros y defendidos de todo peligro. Por eso puedo decir que di a luz la Iglesia naciente sobre Mis rodillas maternas, y Mis brazos fueron la barca que la guio a puerto seguro, y la guío hasta ahora. 

               Entonces llegó el tiempo en que descendió el Espíritu Santo, prometido por Mi Hijo, en el Cenáculo. Qué transformación hija Mía, en cuanto fueron investidos adquirieron nueva ciencia, fuerza invencible, amor ardiente, una nueva vida corría en ellos que los hacía intrépidos y valerosos, de modo que se esparcieron en todo el mundo para hacer conocer la Redención, y dar la vida por su Maestro, y Yo quedé con el amado Juan y fui obligada a salir de Jerusalén, porque comenzó la tempestad de la persecución. 

               Hija mía queridísima, tú debes saber que Yo continúo todavía Mi magisterio en la Iglesia, no hay cosa que de Mí no descienda, puedo decir que doy Mi Vida por amor de Mis hijos y los nutro con Mi leche materna. Ahora, en estos tiempos quiero mostrar un amor más especial, haciendo conocer cómo toda Mi Vida fue formada en el Reino de la Divina Voluntad, por eso te llamo sobre Mis rodillas, entre Mis brazos maternos, para que sirviéndote de barca puedas estar segura de vivir en el Mar de la Divina Voluntad. Gracia más grande no podría hacerte. 

               ¡Ah! te ruego, contenta a tu Mamá, ven a vivir en este Reino tan Santo y cuando veas que tu voluntad quiera tener algún acto de vida, ven a refugiarte en la segura barca de Mis brazos, diciéndome: "Mamá mía, mi voluntad me quiere traicionar y yo te la entrego a Ti, a fin de que pongas en su lugar a la Divina Voluntad". ¡Oh! cómo sería feliz si puedo decir: "Mi hija es toda Mía porque vive de Voluntad Divina". Y Yo haré descender al Espíritu Santo en tu alma, a fin de que consuma lo que es humano, y con Su soplo refrescante impere sobre ti y te confirme en la Divina Voluntad. 

               Ahora una palabrita para ti hija queridísima. Todo lo que has escuchado y admirado no ha sido otra cosa que el Poder del Querer Divino obrante en Mí y en Mi Hijo, por eso amo tanto encerrar en ti la Vida de la Divina Voluntad y vida obrante, porque todos la tienen, pero la mayor parte la tienen sofocada y para hacerse servir, y mientras que podría obrar prodigios de Santidad, de Gracia, y obras dignas de Su Potencia, está obligada por las criaturas a estarse con las manos cruzadas sin poder desarrollar Su Poder. Por eso sé atenta, y haz que el Cielo de la Divina Voluntad se extienda en ti y obre con Su Poder lo que quiera y como quiera. 

El alma: 

               Mamá Santísima, Tus bellas lecciones me raptan, y ¡oh! cómo quisiera y suspiro la Vida obrante de la Divina Voluntad en mi alma. Quiero ser también yo inseparable de mi Jesús y de Ti, Mamá mía; pero para estar segura de esto, Tú debes tomar el empeño de tener mi voluntad encerrada en Tu materno Corazón, y a pesar de que veas que me cuesta mucho, no me la debes dar jamás. Sólo así podré estar segura, de otra manera serán siempre palabras, pero los hechos no los haré jamás. Por eso Tu hija se encomienda a Ti y de Ti todo espera, fortalece mi debilidad, pon en fuga mis temores, y yo, abandonándome en Tus brazos estaré segura de vivir toda de Divina Voluntad. 

Florecita: 

               Hoy para honrarme harás tres genuflexiones en el acto que Mi Hijo ascendió al Cielo, y le rogarás que te haga ascender en la Divina Voluntad, y recitarás siete Gloria en honor del Espíritu Santo, rogándome que se renueven Sus prodigios sobre toda la Santa Iglesia

Jaculatoria: 

               Mamá mía, con Tu Poder triunfa en mi alma, y hazme renacer en la Voluntad de Dios, para que me consuma y queme todo lo que no es Voluntad de Dios.



miércoles, 29 de mayo de 2024

LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD. DÍA 29º

 

Nos ofrecíamos a sufrir, porque estando 
en Nosotros la Divina Voluntad ninguno se 
podía imponer sobre Ella ni sobre Nosotros


               Durante el Mes de María procuraré compartir a diario (si Dios quiere) unas meditaciones extraídas del libro "La Virgen María en el Reino de la Divina Voluntad", de la mística italiana Luisa Piccarreta; advierto que cuando en el diálogo con la Madre de Dios encuentres que el interlocutor habla en femenino, no es porque este ejercicio esté destinado sólo a las mujeres, sino porque se refiere al alma, por lo que también un varón puede y debe practicarlo. 

               Estos escritos gozan de licencia eclesiástica, prueba de ello el “Nihil obstat”, que Monseñor Francesco M. Della Queva, Delegado del Arzobispo de Tarento (Apulia, Italia) concedió en la Fiesta de Cristo Rey de 1937. 

               Para obtener mejor provecho de esta lectura, procura recogerte en tu dormitorio o en un lugar discreto de la casa; sitúate ante una imagen de la Virgen que te inspire devoción, aunque se trate de una sencilla estampa; cierra los ojos y oídos corporales, eleva tu corazón al Cielo y busca en tu corazón la intimidad de hijo con Jesús Nuestro Señor y con la Celestial Madre. 

               Que la Santa Presencia de estos tus amores, Jesús y María, te acompañe a lo largo del día de hoy, y que Ellos sean siempre tu aliento y sostén en la lucha continua de la familia, del trabajo, de los problemas cotidianos...




Reza ahora, despacio y con devoción,
 tres Avemarías a Nuestra Santa Madre...


El alma a su Madre Reina: 

               Mamá traspasada, Tu pequeña hija, sabiéndote sola sin el amado Bien Jesús, quiere estarse estrechada a Ti para hacerte compañía en Tu amarguísima desolación. Sin Jesús todas las cosas se cambian en dolor para Ti. El recuerdo de Sus penas desgarradoras, el dulce sonido de Su voz que todavía resuena en Tu oído, la fascinante mirada del querido Jesús, ahora dulce, ahora triste, ahora llena de lágrimas, pero que siempre Te raptaban Tu materno Corazón, y ahora no tenerlos más Contigo son espadas que traspasan, que pasan de lado a lado Tu traspasado Corazón. Mamá desolada, Tu querida hija quiere por cada pena darte un alivio, una compasión. Más bien, quisiera ser Jesús para poderte dar todo el amor, todos los consuelos, alivios y compasiones que Te habría dado el mismo Jesús en este Tu estado de amarga desolación. El dulce Jesús me ha dado a Ti como hija, por eso ponme en Su puesto en Tu materno Corazón, y yo seré toda de mi Mamá, Te enjugaré las lágrimas y Te haré siempre compañía. 

Lección de la Reina y Madre desolada: 

               Hija queridísima, gracias por tu compañía, pero si quieres que tu compañía Me sea dulce y querida y portadora de alivio a Mi traspasado Corazón, quiero encontrar en ti la Voluntad Divina obrante, dominante y que no ceda a tu voluntad ni siquiera un respiro de vida. Entonces sí, te cambiaré con Mi Hijo Jesús, porque estando Su Voluntad en ti, en Ella sentiré a Jesús en tu corazón, y ¡oh! cómo seré feliz de encontrar en ti el primer fruto de Sus penas y de Su muerte. Si encuentro en Mi hija a mi amado Jesús, Mis penas se cambiarán en alegrías y Mis dolores en conquistas. 

               Ahora escúchame hija de Mis dolores. En cuanto Mi querido Hijo expiró, bajó al Limbo como Triunfador y portador de Gloria y de Felicidad, en aquella cárcel donde se encontraban todos los Patriarcas y Profetas, el primer padre Adán, el querido San José y Mis Santos padres, y todos aquellos que en virtud de los Méritos previstos del futuro Redentor se habían salvado. Yo era inseparable de Mi Hijo, y ni siquiera la muerte Me lo podía quitar, por eso, en medio de Mis dolores lo seguí al Limbo y fui espectadora de la fiesta, de los agradecimientos que toda aquella gran turba de gente dio a Mi Hijo, porque había sufrido tanto y porque su primer paso había sido hacia ellos para beatificarlos, y llevarlos con Él a la Gloria Celestial. Así que, en cuanto murió comenzaron las conquistas, la Gloria para Jesús y para todos aquellos que lo amaban. Esto querida hija es símbolo de que en cuanto la criatura hace morir su voluntad con la unión de la Voluntad Divina, comienzan las conquistas en el orden divino, la gloria, la alegría, incluso en medio a los más grandes dolores. 

               Por tanto, en vista de que los ojos de Mi alma siguieron a Mi Hijo, jamás lo perdí de vista, tampoco en los tres días que estuvo sepultado; Yo sentía tal ansia de verlo resucitado que iba repitiendo en Mi ímpetu de amor: "Resucita gloria Mía, resucita vida Mía". Mis deseos eran ardientes, Mis suspiros de fuego, hasta hacerme sentir consumir. Ahora, en estas ansias vi que Mi querido Hijo, acompañado de aquella gran turba de gente salió del Limbo triunfante y se la llevó al sepulcro. 

                Era el amanecer del tercer día, y así como toda la naturaleza lo lloró, así ahora se alegraba tanto, que el sol anticipó su curso para estar presente en el momento en que Mi Hijo resucitaba. Pero, ¡oh! maravilla, antes de resucitar hizo ver a aquella turba de gente Su Santísima Humanidad sangrante, llagada, desfigurada, cómo había quedado reducida por amor de ellos y de todos. Todos se conmovieron y admiraron los excesos de amor y el grande portento de la Redención. 

              Ahora hija Mía, ¡oh! cómo te quisiera presente en el acto en que resucitó Mi Hijo, Él era todo majestad, Su Divinidad unida a Su Alma manaba mares de Luz y de Belleza encantadora, de llenar Cielo y tierra, y como Triunfador, haciendo uso de Su poder, ordenó a Su muerta Humanidad que recibiera de nuevo su alma y que resucitara triunfante y gloriosa a la vida inmortal. ¡Qué acto tan solemne!. Mi querido Jesús triunfaba sobre la muerte diciendo: "Muerte, tú no serás más muerte, sino vida". Con este acto de triunfo ponía el sello de que era Hombre y Dios, y con Su Resurrección confirmaba el Evangelio, los milagros, la vida de los Sacramentos y toda la vida de la Iglesia, y no sólo esto, sino que daba el triunfo sobre la voluntad humana debilitada y casi extinta en el verdadero bien, de hacer triunfar sobre ellas la Vida del Querer Divino, que debía llevar a las criaturas la plenitud de la Santidad y de todos los bienes, y al mismo tiempo arrojaba, en virtud de Su Resurrección, el germen en los cuerpos de resurgir a la Gloria imperecedera. 

               Hija mía, la Resurrección de Mi Hijo encierra todo, dice todo, confirma todo y es el acto más solemne que Él hizo por amor de las criaturas. 

               Ahora escúchame hija Mía, te quiero hablar como Mamá que ama mucho a su hija. Quiero decirte qué significa hacer la Voluntad Divina y vivir de Ella y el ejemplo te lo damos Mi Hijo y Yo. Nuestra vida estuvo rociada de penas, de pobreza, de humillaciones, hasta ver morir de penas a Mi amado Hijo, pero en todo esto corría la Voluntad Divina. Ella era la vida de Nuestras penas, y Nosotros nos sentíamos triunfantes y conquistadores, de cambiar la misma muerte en vida. Tan es así, que al ver el gran bien, voluntariamente Nos ofrecíamos a sufrir, porque estando en Nosotros la Divina Voluntad ninguno se podía imponer sobre Ella ni sobre Nosotros. El sufrir estaba en Nuestro poder y lo llamábamos como alimento y Triunfo de la Redención, para poder llevar el bien a todo el mundo entero. 

               Ahora hija querida, si tu vida, tus penas tuvieran por centro de vida la Divina Voluntad, está cierta que el dulce Jesús se servirá de ti y de tus penas para dar ayuda, luz, gracia a todo el Universo. Por eso ánimo, la Divina Voluntad sabe hacer cosas grandes donde Ella reina, y en todas las circunstancias mírate en Mí y en tu dulce Jesús y camina adelante. 

El alma: 

              Mamá Santa, si Tú me ayudas me tendrás bajo Tu manto defendida, haciéndome de celestial centinela, yo estoy segura que todas mis penas las convertiré en Voluntad de Dios, y Te seguiré paso a paso en las vías interminables del Fiat Supremo, porque sé que Tu amor fascinante de Madre, Tu potencia, vencerán mi voluntad, y la tendrás en Tu poder y me la cambiarás por la Divina Voluntad. Por eso Mamá mía, a Ti me confío y en Tus brazos me abandono. 

Florecita: 

               Hoy para honrarme dirás siete veces: "No mi voluntad, sino la Tuya se haga". Ofreciéndome Mis dolores para pedirme la gracia que tú hagas siempre la Divina Voluntad. 

Jaculatoria: 

               Mamá mía, por la Resurrección de Tu Hijo, hazme resurgir en la Voluntad de Dios.



martes, 28 de mayo de 2024

LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD. DÍA 28º

 

...se queda en el Sacramento de la Eucaristía, 
a fin de que cualquiera que lo quiera 
lo pueda poseer...


               Durante el Mes de María procuraré compartir a diario (si Dios quiere) unas meditaciones extraídas del libro "La Virgen María en el Reino de la Divina Voluntad", de la mística italiana Luisa Piccarreta; advierto que cuando en el diálogo con la Madre de Dios encuentres que el interlocutor habla en femenino, no es porque este ejercicio esté destinado sólo a las mujeres, sino porque se refiere al alma, por lo que también un varón puede y debe practicarlo. 

               Estos escritos gozan de licencia eclesiástica, prueba de ello el “Nihil obstat”, que Monseñor Francesco M. Della Queva, Delegado del Arzobispo de Tarento (Apulia, Italia) concedió en la Fiesta de Cristo Rey de 1937. 

               Para obtener mejor provecho de esta lectura, procura recogerte en tu dormitorio o en un lugar discreto de la casa; sitúate ante una imagen de la Virgen que te inspire devoción, aunque se trate de una sencilla estampa; cierra los ojos y oídos corporales, eleva tu corazón al Cielo y busca en tu corazón la intimidad de hijo con Jesús Nuestro Señor y con la Celestial Madre. 

               Que la Santa Presencia de estos tus amores, Jesús y María, te acompañe a lo largo del día de hoy, y que Ellos sean siempre tu aliento y sostén en la lucha continua de la familia, del trabajo, de los problemas cotidianos...




Reza ahora, despacio y con devoción,
 tres Avemarías a Nuestra Santa Madre...


El alma a su Madre Dolorosa: 

               Mi querida Madre dolorosa, hoy más que nunca siento la irresistible necesidad de estarme junto a Ti. No, no me apartaré de Tu lado, para ser espectadora de Tus acerbos dolores y pedirte como hija, la gracia de que pongas en mí Tus dolores y los de Tu Hijo Jesús, e incluso Su misma muerte, a fin de que Su muerte y Tus dolores me den la gracia de hacerme morir continuamente a mi voluntad, y sobre de ella hacerme resurgir la Vida de la Divina Voluntad. 

Lección de la Reina de los Dolores: 

               Hija queridísima, no Me niegues tu compañía en tantas amarguras Mías. La Divinidad ya ha decretado el último día de Mi Hijo acá abajo. Ya un apóstol lo ha traicionado, poniéndolo en las manos de los Judíos para hacerlo morir. Ya Mi querido Hijo, dando en exceso de amor y no queriendo dejar a Sus hijos, que con tanto amor vino a buscar sobre la tierra, se queda en el Sacramento de la Eucaristía, a fin de que cualquiera que lo quiera lo pueda poseer. Así que la Vida de Mi Hijo está por terminar y por emprender el vuelo a Su Patria Celestial. ¡Ah hija querida!. El Fiat Divino Me lo dio, y Yo en el Fiat Divino le recibí, y ahora en el mismo Fiat hago la entrega. Se Me desgarra el corazón, mares inmensos de dolores Me inundan, siento que la vida se Me va por el espasmo atroz, pero nada podía negar al Fiat Divino, por el contrario, Me sentía dispuesta a sacrificarlo con Mis mismas manos si lo hubiera querido. 

               La fuerza del Querer Divino es Omnipotente, y Yo sentía tal fortaleza en virtud del Él, que Me habría contentado con morir antes que negar nada a la Divina Voluntad. Ahora hija mía escúchame, Mi Materno Corazón está ahogado de penas, el solo pensar que debe morir Mi Hijo, Mi Dios, Mi vida, es más que muerte para tu Mamá, sin embargo sé que debo vivir. ¡Qué tormento!. Qué desgarros profundos se forman en Mi Corazón, que con espadas afiladas Me lo traspasan de lado a lado, sin embargo hija querida, Me duele el decirlo, pero debo decírtelo, en estas penas y desgarros profundos, y en las penas de Mi amado Hijo estaba tu alma, tu voluntad humana, que no haciéndose dominar por la de Dios, Nosotros la cubríamos de penas, la embalsamábamos, la fortalecíamos con Nuestras penas, a fin de que se dispusiera a recibir la Vida de la Divina Voluntad. 

               ¡Ah! si el Fiat Divino no Me hubiera sostenido y no continuara Su curso de los mares infinitos de Luz, de Alegría, de Felicidad, al lado de los mares de Mis acerbos dolores, Yo habría muerto tantas veces por cuantas penas sufrió Mi querido Hijo. ¡Oh! cómo Me sentí destrozar cuando la última vez lo vi pálido, con una tristeza de muerte sobre el Rostro, y con voz temblorosa como si quisiera sollozar, Me dijo: "¡Mamá, adiós! Bendice a Tu Hijo, y dame la obediencia de morir. El mío y Tu Fiat Divino Me hicieron concebir, el Mío y Tu Fiat Divino Me deben hacer morir. Rápido ¡oh! Mamá querida, pronuncia Tu Fiat y dime: Te bendigo y Te doy la obediencia de morir crucificado, así lo quiere el Eterno Querer, así quiero también Yo".

               Hija mía, que tormento a Mi corazón traspasado, sin embargo debía decirlo, porque en Nosotros no existían penas forzadas, sino todas voluntarias. Por eso ambos Nos bendijimos y dándonos aquella mirada que no sabe separarse más del objeto amado, Mi querido Hijo, la dulce Vida Mía, partió, y Yo, tu Mamá doliente, lo dejé, pero el ojo de Mi alma no lo perdió jamás de vista. Lo seguí en el huerto, en Su tremenda agonía, y ¡oh, cómo me sangró el Corazón al verlo abandonado por todos, hasta de Sus más fieles y queridos Apóstoles!.

               Hija Mía, el abandono de las personas queridas es uno de los dolores más grandes para un corazón humano en las horas tormentosas de la vida, especialmente para Mi Hijo, que tanto los había amado y beneficiado, y estaba en acto de dar la vida por aquellos mismos que lo habían abandonado en las horas extremas de su Vida, mejor dicho habían huido, ¡qué dolor! ¡qué dolor! Y Yo, al verlo agonizar, sudar sangre, agonizaba junto y lo sostenía en Mis brazos maternos. Yo era inseparable de Mi Hijo, sus penas se reflejaban en Mi Corazón derretido por el dolor y por el amor, y Yo las sentía más que si fueran Mías. Así lo seguí toda la noche. No hubo pena ni acusación que le hicieron que no resonara en Mi Corazón. Pero al alba, no pudiendo más, acompañada por el discípulo Juan, por Magdalena y por otras pías mujeres, lo quise seguir paso a paso, de un tribunal al otro, aun corporalmente. 

               Hija mía queridísima, Yo oía el estruendo de los golpes que llovían sobre el cuerpo desnudo de Mi Hijo, oía las burlas, las risas satánicas y los golpes que le daban sobre la cabeza en el momento de coronarlo de espinas. Lo vi cuando Pilatos lo mostró al pueblo, desfigurado e irreconocible, sentí ensordecer con el "crucifícalo, crucifícalo", lo vi ponerse la Cruz sobre Sus espaldas, agotado, atormentado, y Yo, no pudiendo resistir aceleré el paso para darle el último abrazo y enjugarle el Rostro todo bañado de sangre. ¡Pero qué! para Nosotros no había piedad, los crueles soldados lo arrancan de Mi lado con las cuerdas y lo hacen caer. Hija querida, qué pena desgarradora el no poder socorrer en tantas penas a Mi querido Hijo, por eso cada pena abría un mar de dolor en Mi traspasado Corazón. 

               Finalmente lo seguí al Calvario, donde en medio de penas inauditas y espasmos horribles fue crucificado y levantado en la Cruz, y sólo entonces Me fue concedido quedarme a los pies de la Cruz, para recibir de Sus labios agonizantes el don de todos Mis hijos y el derecho y sello de Mi Maternidad sobre todas las criaturas. Y poco después, entre espasmos inauditos expiró. Toda la naturaleza se vistió de luto y lloró la muerte de su Creador. Lloró el sol, obscureciéndose y retirándose horrorizado de la faz de la tierra. Lloró la tierra con un fuerte temblor, desgarrándose en varios puntos por el dolor de la muerte de su Creador. Todos lloraron, las sepulturas abriéndose, los muertos resucitando, y también el velo del Templo lloró de dolor rompiéndose. Todos perdieron el ánimo y sintieron terror y espanto. Hija Mía, y tu Mamá está petrificada por el dolor, esperándolo en Mis brazos para ponerlo en el sepulcro. 

               Ahora escúchame en Mi intenso dolor, quiero hablarte con las penas de Mi Hijo de los graves males de tu voluntad humana. Míralo en Mis brazos dolientes, cómo está desfigurado, es el verdadero retrato de los males que el querer humano hace a las pobres criaturas, y Mi querido Hijo quiso sufrir tantas penas para levantar nuevamente esta voluntad caída en lo bajo de todas las miserias, y en cada pena de Jesús y en cada dolor Mío la llamaban a resurgir en la Voluntad Divina. Fue tanto Nuestro amor, que para poner al seguro esta voluntad humana la llenamos de Nuestras penas, hasta ahogarla, y la encerramos dentro de los mares inmensos de Mis dolores y de los de Mi amado Hijo. Por eso, en este día de dolores para tu Madre Dolorosa, y todo por ti, dame por correspondencia en Mis manos tu voluntad, para que la encierre en las Llagas sangrantes de Jesús, como la más bella victoria de Su Pasión y Muerte, y como triunfo de mis acerbísimos dolores. 

El alma: 

               Mamá Dolorosa, Tus palabras me hieren el corazón y me siento morir al oír que ha sido mi voluntad rebelde la que Te ha hecho sufrir tanto. Por eso Te ruego que la encierres en las Llagas de Jesús, para vivir de Sus penas y de Tus acerbos dolores. 

Florecita: 

               Hoy para honrarme besarás las Llagas de Jesús diciendo cinco actos de amor, rogándome que Mis dolores sellen tu voluntad en la abertura de Su Sagrado Costado. 

Jaculatoria: 

               Las Llagas de Jesús y los Dolores de mi Mamá, me den la gracia de hacer resurgir mi voluntad en la Voluntad de Dios.



lunes, 27 de mayo de 2024

LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD. DÍA 27º


...después retirándome, Me abandoné 
en aquel Querer Divino que era Mi vida


               Durante el Mes de María procuraré compartir a diario (si Dios quiere) unas meditaciones extraídas del libro "La Virgen María en el Reino de la Divina Voluntad", de la mística italiana Luisa Piccarreta; advierto que cuando en el diálogo con la Madre de Dios encuentres que el interlocutor habla en femenino, no es porque este ejercicio esté destinado sólo a las mujeres, sino porque se refiere al alma, por lo que también un varón puede y debe practicarlo. 

               Estos escritos gozan de licencia eclesiástica, prueba de ello el “Nihil obstat”, que Monseñor Francesco M. Della Queva, Delegado del Arzobispo de Tarento (Apulia, Italia) concedió en la Fiesta de Cristo Rey de 1937. 

               Para obtener mejor provecho de esta lectura, procura recogerte en tu dormitorio o en un lugar discreto de la casa; sitúate ante una imagen de la Virgen que te inspire devoción, aunque se trate de una sencilla estampa; cierra los ojos y oídos corporales, eleva tu corazón al Cielo y busca en tu corazón la intimidad de hijo con Jesús Nuestro Señor y con la Celestial Madre. 

               Que la Santa Presencia de estos tus amores, Jesús y María, te acompañe a lo largo del día de hoy, y que Ellos sean siempre tu aliento y sostén en la lucha continua de la familia, del trabajo, de los problemas cotidianos...




Reza ahora, despacio y con devoción,
 tres Avemarías a Nuestra Santa Madre...


El alma a su Madre Celestial: 

               Heme aquí de nuevo contigo Mamá Reina, hoy mi amor de hija hacia Ti me hace correr para ser espectadora cuando mi dulce Jesús, separándose de Ti, toma el camino para formar Su Vida Apostólica en medio a las criaturas. Mamá Santa, sé que sufrirás mucho, cada momento de separación con Jesús Te costará la vida, y yo, Tu hija, no quiero dejarte sola, quiero enjugarte las lágrimas, y con mi compañía quiero romper Tu soledad, y mientras estaremos juntas, Tú continuarás dándome Tus bellas lecciones sobre la Divina Voluntad. 

Lección de la Reina del Cielo: 

               Hija Mía queridísima, tu compañía Me será muy agradable, porque sentiré en ti el primer don que Me hace Jesús, don formado de puro amor, producto de Su, y de Mi sacrificio, don que Me costará la Vida de Mi Hijo. 

               Ahora ponme atención y escúchame. Hija Mía, para tu Mamá comienza una vida de dolor, de soledad y de largas separaciones de Mi sumo Bien Jesús. La vida oculta ha terminado, y Él siente la irresistible necesidad de amor de salir públicamente, de hacerse conocer y de ir en busca del hombre extraviado en el laberinto de su voluntad, que está en poder de todos los males. El querido San José había muerto ya, Jesús partía y Yo quedaba sola en la pequeña casita. Cuando mi amado Jesús Me pidió la obediencia de partir, porque no hacía jamás nada si primero no Me lo decía, Yo sentí una punzada en el Corazón, pero sabiendo que aquélla era la Voluntad Suprema, Yo dije rápidamente Mi Fiat, no dudé un instante, y entre Mi Fiat y el de Mi Hijo nos separamos, en el ímpetu de Nuestro amor Me bendijo y Me dejó. Yo Lo acompañé con Mi mirada hasta que pude, y después retirándome, Me abandoné en aquel Querer Divino que era Mi vida, pero, ¡oh! Potencia del Fiat Divino, este Querer Santo no Me dejaba perder jamás de vista a Mi Hijo, ni Él Me perdía a Mí, es más, sentía Su latido en el Mío, y Jesús sentía el Mío en el Suyo. 

               Hija querida, Yo había recibido a Mi Hijo del Querer Divino, y lo que este Querer Santo da, no está sujeto ni a terminar ni a sufrir separación; Sus dones son permanentes y eternos. Así que Mi Hijo era Mío, ninguno Me lo podía quitar, ni la muerte, ni el dolor, ni la separación, porque el Querer Divino Me lo había dado. Por eso Nuestra separación era aparente, pero en realidad estábamos fundidos juntos. Mucho más que una era la Voluntad que Nos animaba, ¿cómo podíamos separarnos?. 

               Ahora, tú debes saber que la Luz de la Divina Voluntad Me hacía ver cómo malamente y con cuánta ingratitud trataban a Mi Hijo. Su paso lo dirigió hacia Jerusalén, Su primera visita fue al Templo santo, en el cual comenzó la serie de Sus predicaciones. Pero, ¡ah, qué dolor! Su palabra llena de vida, portadora de Paz, de Amor y de Orden, era escuchada y malamente interpretada, especialmente por los doctos y sabios de aquellos tiempos, y cuando Mi Hijo decía que era el Hijo de Dios, el Verbo del Padre, Aquél que había venido a salvarlos, lo tomaban tan a mal, que con sus miradas furibundas lo querían devorar. ¡Oh! cómo sufría Mi amado bien Jesús, Su palabra creadora, rechazada, le hacía sentir la muerte que daban a Su palabra divina, y Yo era toda atención, toda ojos para mirar aquel Corazón Divino que sangraba y le ofrecía Mi materno Corazón para recibir las mismas heridas, para consolarlo y darle un apoyo en el acto en que estaba por sucumbir. 

               ¡Oh! cuántas veces después de haber interrumpido Su palabra lo veía olvidado por todos, sin que ninguno Le ofreciera un descanso, solo, solo, fuera de los muros de la ciudad, en despoblado, bajo el cielo estrellado, apoyado en un árbol, lo veía llorar, orar por la salvación de todos. Y tu Mamá hija querida, desde Mi casita lloraba junto, y en la luz del Fiat Divino Le mandaba Mis lágrimas como alivio, Mis castos abrazos y Mis besos para reconfortarlo. Pero Mi amado Hijo al verse rechazado por los grandes, por los doctos, no se detuvo, ni podía detenerse, Su amor corría porque quería las almas. 

               Entonces se rodeó de pobres, de afligidos, de enfermos, de cojos, de ciegos, de mudos y de tantos otros males que oprimían a las pobres criaturas, todos éstos, imágenes de los tantos males que había producido la voluntad humana en ellas. Y el querido Jesús sanaba a todos, consolaba e instruía a todos, así que se convirtió en el Amigo, el Padre, el Médico, el Maestro de los pobres. Hija Mía, se puede decir que fueron los pobres pastores los que con sus visitas Lo recibieron al nacer, y son los pobres los que Lo siguieron en los últimos años de Su Vida acá abajo, hasta Su muerte, porque los pobres, los ignorantes, son más simples, menos apegados a su juicio y por eso son los más favorecidos, los más benditos y los más predilectos de Mi querido Hijo, tanto, que escogió a pobres pescadores por Apóstoles, como columnas de la Iglesia futura. 

               Ahora hija amadísima, si te quisiera decir lo que obró y sufrimos Mi Hijo y Yo en estos tres años de Su Vida Pública, me extendería demasiado. Lo que te recomiendo es que en todo lo que puedas hacer y sufrir, tu primer acto y el último sea el Fiat Divino. En el Fiat Nos separamos con Mi Hijo, y el Fiat Me dio la fuerza de hacer el sacrificio. Así encontrarás la fuerza para todo, incluso en las penas que te cuestan la vida, si todo lo encierras en el Eterno Fiat. Por eso dame tu palabra, que te harás encontrar siempre en la Divina Voluntad. Así también tú sentirás la inseparabilidad de Mí y de nuestro sumo Bien Jesús. 

El alma: 

               Mamá Dulcísima, cuánto Te compadezco al verte sufrir tanto. ¡Ah! Te ruego, derrama en mi alma Tus lágrimas y las de Jesús para ordenarla y encerrarla en el Fiat Divino. 

Florecita: 

               Hoy para honrarme Me darás todas tus penas por compañía de Mi soledad, y en cada pena pondrás un "te amo" para Mí y para tu Jesús, para reparar por aquellos que no quieren escuchar las Enseñanzas de Jesús. 

Jaculatoria: 

               Mamá Divina, Tu palabra y la de Jesús desciendan en mi corazón y formen en mí el Reino de la Divina Voluntad.



domingo, 26 de mayo de 2024

LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD. DÍA 26º

 

Mi Hijo Me daba el honor más grande, 
Me constituía Reina de los milagros


               Durante el Mes de María procuraré compartir a diario (si Dios quiere) unas meditaciones extraídas del libro "La Virgen María en el Reino de la Divina Voluntad", de la mística italiana Luisa Piccarreta; advierto que cuando en el diálogo con la Madre de Dios encuentres que el interlocutor habla en femenino, no es porque este ejercicio esté destinado sólo a las mujeres, sino porque se refiere al alma, por lo que también un varón puede y debe practicarlo. 

               Estos escritos gozan de licencia eclesiástica, prueba de ello el “Nihil obstat”, que Monseñor Francesco M. Della Queva, Delegado del Arzobispo de Tarento (Apulia, Italia) concedió en la Fiesta de Cristo Rey de 1937. 

               Para obtener mejor provecho de esta lectura, procura recogerte en tu dormitorio o en un lugar discreto de la casa; sitúate ante una imagen de la Virgen que te inspire devoción, aunque se trate de una sencilla estampa; cierra los ojos y oídos corporales, eleva tu corazón al Cielo y busca en tu corazón la intimidad de hijo con Jesús Nuestro Señor y con la Celestial Madre. 

               Que la Santa Presencia de estos tus amores, Jesús y María, te acompañe a lo largo del día de hoy, y que Ellos sean siempre tu aliento y sostén en la lucha continua de la familia, del trabajo, de los problemas cotidianos...




Reza ahora, despacio y con devoción,
 tres Avemarías a Nuestra Santa Madre...


El alma a su Madre celestial: 

               Mamá Santa, heme aquí junto Contigo y con el Dulce Jesús para asistir a una boda, para ver los prodigios y comprender el gran misterio, y hasta dónde llega por mí y por todos Tu amor materno. ¡Ah! Madre mía, toma mi mano en la Tuya, ponme sobre Tus rodillas, invísteme con Tu amor, purifica mi inteligencia y dime por qué quisiste asistir a estos esponsales. 

Lección de la Reina del Cielo: 

               Hija Mía queridísima, Mi Corazón está lleno de amor y sentía la necesidad de decirte la causa, el por qué junto con Mi Hijo Jesús quise asistir a esta boda de Caná. ¿Tú crees que fue por una ceremonia cualquiera?. No hija, en esto hay profundos misterios, ponme atención y te diré cosas nuevas, y cómo Mi amor de Madre desahogó en modo increíble, y el amor de Mi Hijo dio verdaderos signos de paternidad y de magnanimidad por las criaturas. 

               Ahora escúchame: Mi Hijo había regresado del desierto y se preparaba para la vida pública, pero primero quiso asistir a este esponsal, y por eso permitió ser invitado. Fuimos, no para festejar, sino para obrar cosas grandes en provecho de las generaciones humanas; Mi Hijo tomaba el puesto de Padre y de Rey en las familias, Yo tomaba el puesto de Madre y Reina. Con Nuestra presencia renovamos la Santidad, la Belleza, el Orden del Matrimonio formado por Dios en el Edén, esto es, de Adán y Eva desposados por el Ser Supremo para poblar la tierra y para multiplicar y hacer crecer las futuras generaciones. El matrimonio es la sustancia de donde surge la vida de las generaciones, se puede llamar el tronco del cual viene poblada la tierra. Los Sacerdotes, los Religiosos, son ramas, si no fuera por el tronco ni siquiera las ramas tendrían vida, por eso con el pecado, con sustraerse de la Divina Voluntad, Adán y Eva hicieron perder la Santidad, la Belleza, el Orden de la Familia, y Yo, tu Mamá, la nueva Eva inocente, junto con Mi Hijo fuimos para reordenar lo que Dios hizo en el Edén, y Me constituía Reina de las familias e impetraba la gracia de que el Fiat Divino reinase en ellas, para tener las familias que Me pertenecieran, y Yo tuviese el lugar de Reina en medio de ellas. 

               Pero no es todo hija Mía, Nuestro amor ardía, y queríamos hacer conocer cuánto los amábamos y darles a ellos la más sublime de las lecciones, y he aquí como: en lo mejor del banquete faltó el vino, y Mi Corazón de madre se sintió consumar de amor porque quiso prestar ayuda, y sabiendo que Mi Hijo todo podía, con acento suplicante, pero segura de que me habría escuchado le digo: "Hijo mío, los esposos no tienen más vino". Y Él Me responde: "No ha llegado mi hora de hacer milagros". Y Yo, sabiendo que de seguro no Me habría negado lo que le pedía, digo a los que servían la mesa: "Hagan lo que les dice Mi Hijo, y tendréis lo que queréis, más bien tendréis de más y sobreabundante". Hija Mía, en estas pocas palabras Yo daba una lección, la más útil, necesaria y sublime a las criaturas, Yo hablaba con el Corazón de Madre y decía: "¿Hijos Míos, quieren ser Santos?. Hagan la Voluntad de Mi Hijo, no se aparten de lo que Él les dice y tendrán Su semejanza, Su Santidad en su poder; ¿quieren que todos los males cesen?. Hagan lo que les dice Mi Hijo, ¿quieren alguna gracia, incluso difícil?. Hagan lo que les dice y quiere; ¿quieren también las cosas necesarias para la vida natural?. Hagan lo que dice Mi Hijo, porque en sus palabras, en lo que les dice y quiere, tiene encerrada tal potencia, que en cuanto habla, Su palabra encierra lo que piden y hace surgir en sus alma las gracias que quieren". 

               Cuántos se ven llenos de pasiones, débiles, afligidos, desventurados, miserables, no obstante que ruegan y ruegan, pero como no hacen lo que dice Mi Hijo nada obtienen, el Cielo parece cerrado para ellos. Esto es un dolor para tu Mamá, porque veo que mientras ruegan se alejan de la Fuente donde residen todos los bienes, como es la Voluntad de Mi Hijo. Entonces, los sirvientes hicieron exactamente lo que les dijo Mi Hijo, es decir: "Llenen las vasijas de agua, y llévenlas a la mesa". Mi querido Jesús bendijo aquella agua, y se convirtió en vino exquisito. ¡Oh, mil veces bienaventurado quien hace lo que Él dice y quiere!. 

               Con esto Mi Hijo Me daba el honor más grande, Me constituía Reina de los milagros, por eso quiso mi unión y plegaria al hacer el primer milagro. Él Me amaba demasiado, tanto, que quiso darme el primer puesto de Reina también en los milagros, y con los hechos lo decía, no con las palabras: "Si quieren gracias, milagros, vengan a Mi Madre, Yo no Le negaré jamás nada de lo que Ella quiere". 

               Además de esto hija Mía, con el haber asistido a esta unión, Yo veía los siglos futuros, veía el Reino de la Divina Voluntad sobre la tierra, miraba a las familias e impetraba a ellas que simbolizaran el Amor de la Trinidad Sacrosanta, para hacer que Su Reino estuviera en pleno vigor, y con Mis derechos de Madre y Reina tomaba a pecho el régimen de Él, y poseyendo la Fuente ponía a disposición de las criaturas todas las gracias, las ayudas, la Santidad que se requiere para vivir en un Reino tan santo. Y por eso voy repitiendo: "Hagan lo que les dice Mi Hijo".

               Hija Mía, escúchame, no busques a otro si quieres todo en tu poder, y dame el contento de que pueda hacer de ti la verdadera hija Mía y de la Divina Voluntad, y entonces Yo tomaré el empeño de formar el esponsalicio entre tú y el Fiat, y haciéndote de verdadera Madre, vincularé el esponsalicio con darte por dote la misma Vida de Mi Hijo, y por don Mi Maternidad y todas Mis virtudes. 

El alma: 

               Mamá Celestial, cuánto Te debo agradecer por el gran amor que me traes, y porque en todo lo que haces tienes siempre un pensamiento para mí y me preparas y me das tales gracias, que junto conmigo Cielos y tierra quedan conmovidos y raptados, y todos te decimos: "¡Gracias! ¡Gracias!". ¡Ah! Mamá Santa, graba en mi corazón Tus santas palabras: "Haz lo que te dice Mi Hijo". A fin de que generes en mí la Vida de la Divina Voluntad, que tanto suspiro y quiero; y Tú séllame mi voluntad, a fin de que esté siempre sometida a la Divina. 

Florecita: 

               En todas nuestras acciones seamos todo oídos para escuchar a nuestra Mamá Celestial que nos dice: "Hagan lo que les dice Mi Hijo". A fin de que todo hagamos para cumplir la Divina Voluntad. 

Jaculatoria: 

               Mamá Santa, ven a mi alma y hazme el milagro de hacerme poseer por la Divina Voluntad.



sábado, 25 de mayo de 2024

LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD. DÍA 25º

 

Yo, tu Mamá, haré el depósito de todos 
los bienes de Mi Hijo en tu alma


               Durante el Mes de María procuraré compartir a diario (si Dios quiere) unas meditaciones extraídas del libro "La Virgen María en el Reino de la Divina Voluntad", de la mística italiana Luisa Piccarreta; advierto que cuando en el diálogo con la Madre de Dios encuentres que el interlocutor habla en femenino, no es porque este ejercicio esté destinado sólo a las mujeres, sino porque se refiere al alma, por lo que también un varón puede y debe practicarlo. 

               Estos escritos gozan de licencia eclesiástica, prueba de ello el “Nihil obstat”, que Monseñor Francesco M. Della Queva, Delegado del Arzobispo de Tarento (Apulia, Italia) concedió en la Fiesta de Cristo Rey de 1937. 

               Para obtener mejor provecho de esta lectura, procura recogerte en tu dormitorio o en un lugar discreto de la casa; sitúate ante una imagen de la Virgen que te inspire devoción, aunque se trate de una sencilla estampa; cierra los ojos y oídos corporales, eleva tu corazón al Cielo y busca en tu corazón la intimidad de hijo con Jesús Nuestro Señor y con la Celestial Madre. 

               Que la Santa Presencia de estos tus amores, Jesús y María, te acompañe a lo largo del día de hoy, y que Ellos sean siempre tu aliento y sostén en la lucha continua de la familia, del trabajo, de los problemas cotidianos...




Reza ahora, despacio y con devoción,
 tres Avemarías a Nuestra Santa Madre...


El alma a su Soberana Reina: 

               Mamá Dulcísima, heme aquí de nuevo cerca de Tus rodillas maternas, donde Te encuentras junto con el Niñito Jesús, y Tú, acariciándolo le cuentas Tu historia de amor, y Jesús Te cuenta la Suya. ¡Oh! cómo es bello encontrar a Jesús y a la Mamá que se platican mutuamente, y es tanto el ímpetu de Su amor que quedan mudos, raptada la Madre en el Hijo y el Hijo en la Madre. Mamá Santa, no me apartes, sino tenme junto a fin de que escuchando lo que dicen aprenda a amaros y a hacer siempre la Santísima Voluntad de Dios. 

Lección de la Reina del Cielo: 

               Hija queridísima, ¡oh! cómo te esperaba para continuar Mis lecciones sobre el Reino que el Fiat Supremo extendía siempre más en Mí. Ahora, tú debes saber que la pequeña Casa de Nazaret, para tu Mamá, para el querido y dulce Jesús y para San José, era un paraíso. 

               Mi querido Hijo, siendo Verbo Eterno, poseía en Sí mismo, por virtud propia, la Divina Voluntad, y en aquella pequeña Humanidad residían mares inmensos de Luz, de Santidad, de Alegrías y de Bellezas infinitas, y Yo poseía por gracia el Querer Divino, y si bien Yo no podía abrazar la inmensidad como el amado Jesús, porque Él era Dios y Hombre, y Yo era siempre Su criatura finita, pero con todo y esto el Fiat Divino Me llenó tanto, que había formado Sus mares de Luz, de Santidad, de Amor, de Bellezas y de Felicidad, y era tanta la Luz, el Amor, y todo lo que puede poseer un Querer Divino que salía de Nosotros, que San José quedaba eclipsado, inundado y vivía de Nuestros reflejos. 

               Hija querida, en esta casa de Nazaret estaba en pleno vigor el Reino de la Divina Voluntad. Cada pequeño acto Nuestro, esto es: el trabajo, el encender el fuego, el preparar el alimento, estaban todos animados por el Querer Supremo y formados sobre la solidez de la Santidad del Puro Amor. Por eso, de todos Nuestros actos, del más pequeño al más grande, salían alegrías, felicidad, bienaventuranzas inmensas, y Nosotros quedábamos de tal manera inundados, que nos sentíamos como bajo una fuerte lluvia de nuevas alegrías y contentos indescriptibles. 

               Hija Mía, tú debes saber que la Divina Voluntad posee en naturaleza la fuente de las alegrías, y se deleita cuando reina en la criatura, de dar en cada acto Suyo el acto nuevo continuo de Sus alegrías y felicidad. ¡Oh! cómo éramos felices, todo era paz, suma unión, y el uno se sentía honrado de obedecer al otro, también Mi querido Hijo hacía competencia, porque quería ser mandado en las pequeñas labores, por Mí y por el querido San José. ¡Oh! cómo era bello verlo en el acto en que ayudaba a Su padre putativo en las labores del trabajo, verlo que tomaba el alimento, pero ¿cuántos mares de gracia hacía correr en aquellos actos a favor de las criaturas?. 

               Ahora hija querida escúchame, en esta Casa de Nazaret fue formado en tu Mamá y en la Humanidad de Mi Hijo el Reino de la Divina Voluntad, para hacer don de Él a la familia humana cuando se hubieran dispuesto a recibir el bien de este Reino. Y si bien Mi Hijo era Rey y Yo Reina, pero éramos Rey y Reina sin pueblo; Nuestro Reino, si bien podía encerrar a todos y dar vida a todos, estaba desierto, porque se requería primero la Redención para preparar y disponer al hombre a venir a este Reino tan Santo. Mucho más que siendo poseído por Mí y por Mi Hijo, que pertenecíamos según el orden humano a la familia humana, y en virtud del Fiat Divino y del Verbo Encarnado a la Familia Divina, las criaturas recibían el derecho de entrar en este Reino, y la Divinidad cedía el derecho y dejaba las puertas abiertas a quien quisiera entrar. 

               Así que nuestra vida oculta durante tantos años sirvió para preparar el Reino de la Divina Voluntad a las criaturas; por esto quiero hacerte conocer lo que obró en Mí este Fiat Supremo, a fin de que olvides tu voluntad, y dando la mano a tu Madre, te pueda conducir en los bienes que con tanto amor te he preparado. 

               Ahora escucha hija querida otro don de amor que en esta Casa de Nazaret Me hizo Mi querido Jesús, Él Me hizo depositaria de toda Su Vida. Dios cuando hace una obra no la deja suspendida, ni en el vacío, sino que busca siempre una criatura donde poder encerrar y apoyar toda Su Obra, de otra manera habría peligro de que Dios expusiera Sus obras a la inutilidad, lo que no puede ser. Por eso Mi querido Jesús ponía en Mí Sus obras, Sus palabras, Sus penas, todo, hasta el respiro depositaba en Su Mamá, y cuando retirados en nuestra habitacioncita, Él tomaba Su dulce hablar y Me narraba todos los Evangelios que debía predicar al pueblo, los Sacramentos que debía instituir, todo Me confió, y poniendo todo en Mí Me constituía canal y fuente perenne, porque de Mí debía salir Su Vida y todos Sus bienes a favor de todas las criaturas. ¡Oh! cómo Me sentía rica y feliz al sentir que ponía en Mí todo lo que hacía Mi querido Hijo Jesús. 

               El Querer Divino que reinaba en Mí Me daba el espacio para poder recibir todo, y Jesús recibía de Su Mamá la correspondencia del amor, de la Gloria por la gran Obra de la Redención. ¿Qué cosa no recibí de Dios por no hacer jamás Mi voluntad, sino siempre la Suya?. Todo, también la misma Vida de Mi Hijo estaba a Mi disposición, y mientras quedaba siempre en Mí, podía bilocarla para darla a quien con amor Me la pidiese. Ahora, si hicieras siempre la Divina Voluntad y jamás la tuya, y vivieras en Ella, Yo, tu Mamá, haré el depósito de todos los bienes de Mi Hijo en tu alma, ¡Oh! cómo te sentirás afortunada, tendrás una Vida Divina a tu disposición, que todo te dará, y Yo, haciéndote de verdadera Mamá, Me pondré en guardia a fin de que esta Vida crezca en ti y forme en ti el Reino de la Divina Voluntad. 

               Nosotros continuábamos Nuestra vida en la quietud de la Casita de Nazaret, y Mi querido Hijo crecía en Gracia y en Sabiduría, Él era atractivo por la dulzura y por la suavidad de Su voz, por el dulce encanto de Sus ojos, por la amabilidad de toda Su Persona, sí, Mi Hijo era en verdad bello, sumamente bello. 

               Apenas había alcanzado la edad de doce años, cuando fuimos según la usanza a Jerusalén para la celebración de la Pascua. Nos pusimos en camino, Él, San José y Yo. Frecuentemente, mientras íbamos devotos y recogidos, Mi Jesús rompía el silencio y Nos hablaba ahora de Su Padre Celestial y ahora del amor inmenso que en Su Corazón alimentaba por las almas. En Jerusalén nos dirigimos directamente al Templo, y habiendo llegado nos postramos con la cara en tierra, adoramos profundamente a Dios y oramos largamente. Nuestra oración era de tal manera fervorosa y recogida, que abría el Cielo, atraía y ataba al Celestial Padre, y por eso aceleraba la reconciliación entre Él y los hombres. 

               Ahora hija mía, te quiero confiar una pena que Me tortura: desgraciadamente hay tantos que van a la Iglesia para rogar, pero la plegaria que ellos dirigen a Dios se queda en sus labios, porque su corazón y su mente están lejos de Él. Cuántos van a la iglesia por pura costumbre o para pasar inútilmente el tiempo, estos cierran el Cielo en vez de abrirlo; y ¡cómo son numerosas las irreverencias que se cometen en la casa de Dios!. Cuántos flagelos no se podrían evitar en el mundo, y cuántos castigos no se convertirían en gracias, si todas las almas se esforzaran en imitar Nuestro ejemplo. Solamente la plegaria que sale de un alma en la cual reina la Divina Voluntad, obra en modo irresistible sobre el Corazón de Dios, ella es tan poderosa de vencerlo y de obtener de Él las máximas gracias. Ten por eso cuidado de vivir en el Divino Querer, y tu Mamá, que te ama, cederá a tu plegaria los derechos de Su poderosa intercesión. 

               Después de haber cumplido Nuestro deber en el Templo y de haber celebrado la Pascua, nos dispusimos a regresar a Nazaret. En la confusión de la multitud Nos perdimos; Yo quedé con las mujeres y José se unió a los hombres. Miré a Mi alrededor para asegurarme si Mi querido Jesús se había venido Conmigo, pero no habiéndolo visto pensé que Él habría permanecido con Su padre San José. Cual no fue Mi asombro e inquietud que sentí cuando llegados al punto donde nos debíamos reunir y no lo vi a su lado. Sin saber lo que había sucedido, sentimos tal espanto y tal dolor que nos quedamos mudos los dos. Quebrantados por el dolor regresamos apresuradamente, preguntando con ansia a cuantos encontrábamos: "¡Ah! díganos si habéis visto a Jesús, nuestro Hijo, porque no podemos vivir sin Él". Y llorando lo describíamos: "Él es todo amable, Sus bellos ojos azules resplandecen de luz y hablan al corazón; Su mirada golpea, rapta, encadena; Su frente es majestuosa, Su rostro es bello, de una belleza encantadora; Su voz dulcísima desciende hasta el corazón y endulza todas las amarguras; Sus cabellos rizados, y como de oro finísimo lo hacen hermoso, gracioso; todo es Majestad, Dignidad, Santidad en Él; Él es el más bello entre los hijos de los hombres". 

               Sin embargo, a pesar de nuestra búsqueda ninguno nos supo decir nada, el dolor que Yo sentía se recrudecía en modo tal, que Me hacía llorar amargamente y abría a cada instante en Mi alma heridas profundas, las cuales Me provocaban verdaderos espasmos de muerte. Hija querida, si Jesús era Mi Hijo, Él era también Mi Dios, por eso Mi dolor fue todo en el Orden Divino, se puede decir, tan potente e inmenso, de superar todos los otros posibles dolores juntos. Si el Fiat que Yo poseía no Me hubiera sostenido continuamente con Su Fuerza Divina, Yo habría muerto de espanto. 

               Viendo que ninguno nos sabía dar noticias, ansiosa interrogaba a los Ángeles que me rodeaban: "Díganme, ¿dónde está Mi querido Jesús?. ¿A dónde debo dirigir Mis pasos para poderlo encontrar?. ¡Ah! díganle que no puedo más, tráiganmelo sobre vuestras alas a mis brazos. ¡Ángeles  Míos, tengan piedad de Mis lágrimas, socórranme, tráiganme a Jesús".

                En tanto, habiendo resultado vana toda búsqueda, regresamos a Jerusalén, después de tres días de amarguísimos suspiros, de lágrimas, de ansias y de temores, entramos al Templo, Yo era toda ojos y buscaba por todos lados, cuando de repente, finalmente, con gozo descubrí a Mi Hijo que estaba en medio de los Doctores de la Ley, Él hablaba con tal sabiduría y majestad, que cuantos lo escuchaban permanecían raptados y sorprendidos; al sólo verlo sentí que Me regresaba la vida y rápido comprendí la oculta razón de Su extravío. 

               Y ahora una palabrita a ti, hija queridísima: en este Misterio Mi Hijo quiere darnos a Mí y a ti una enseñanza sublime. ¿Podrías acaso suponer que Él ignorase lo que Yo sufría?. Todo lo contrario, porque Mis lágrimas, Mi búsqueda, Mi crudo e intenso dolor se repercutían en Su Corazón, sin embargo, durante aquellas horas tan penosas, Él sacrificaba a Su Divina Voluntad a Su propia Mamá, a Aquella que Él amaba tanto, para demostrarme cómo también Yo, un día debía sacrificar Su misma Vida al Querer Supremo. En esta pena indecible no te olvidé querida Mía; pensando que ella te habría servido de ejemplo, la puse a tu disposición, a fin de que también tú pudieras tener, en el momento oportuno, la fuerza de sacrificar toda cosa a la Divina Voluntad. 

              En cuanto Jesús terminó de hablar nos acercamos reverentes a Él, y le dirigimos un dulce reproche: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?". Y Él, con dignidad divina nos respondió: "¿Por qué me buscaban?. ¿No saben que Yo he venido al mundo para glorificar a Mi Padre?". Habiendo comprendido el alto significado de tal respuesta y habiendo adorado en ella al Querer Divino, regresamos a Nazaret. 

               Hija de Mi materno Corazón, escucha, cuando extravié a Mi Jesús, el dolor que sentí fue muy intenso, sin embargo a éste se agrega todavía un segundo, el de tu mismo extravío. En efecto, previendo que tú te habrías alejado de la Voluntad Divina, Yo Me sentí por un tiempo privar del Hijo y de la hija, y por eso Mi maternidad sufrió un doble golpe. Hija mía, cuando estés a punto de hacer tu voluntad en vez de la de Dios, reflexiona que abandonando al Fiat Divino, estás por extraviar a Jesús y a Mí, y por precipitarte en el reino de las miserias y de los vicios. Mantén entonces la palabra que Me diste de permanecer indisolublemente unida a Mí, y Yo te concederé la gracia de no dejarte jamás dominar por tu querer, sino exclusivamente por el Divino

El alma: 

               Mamá santa, en tus brazos me abandono, soy una pequeña hija que siente la necesidad extrema de tus cuidados maternos. ¡Ah! te pido que tomes mi voluntad y la encierres en tu corazón, no me la de más, para que pueda ser feliz viviendo siempre de Voluntad Divina, así te contentaré a ti y a mi querido Jesús. Mamá, yo tiemblo pensando en los abismos en los cuales mi voluntad es capaz de precipitarme, por causa suya yo puedo perderte a ti, puedo perder a Jesús y todos los bienes celestiales. Mamá, si Tú no me ayudas, si no me ciñes con la potencia de la luz del Querer Divino, siento que no me es posible vivir con constancia de Voluntad Divina. Pongo por eso toda mi esperanza en ti, en ti confío, de ti todo espero. Así sea. 

Florecita: 

               Hoy para honrarme vendrás a hacer tres visitas a la Casa de Nazaret para honrar a la Sagrada Familia, recitando tres Pater, Ave y Gloria, rogándonos que te admitamos a vivir en medio de Nosotros, y para compadecer el dolor intenso que sentí durante tres días en que permanecí privada de Mi Jesús. 

Jaculatoria: 

               Jesús, María y José, pónganme a vivir en el Reino de la Voluntad de Dios. Mamá Santa, haz que yo pierda para siempre mi voluntad, para vivir sólo en el Divino Querer.