viernes, 15 de agosto de 2025
LA GLORIOSA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA a los Cielos en cuerpo y alma
jueves, 15 de agosto de 2024
LLEGÓ MARÍA SANTÍSIMA EN CUERPO Y ALMA AL TRONO REAL
Corriendo el curso de los tres últimos años de la vida de Nuestra Señora, ordenó el Poder Divino con una oculta y suave fuerza que todo el resto de la naturaleza comenzara a sentir el llanto y prevenir el luto para la muerte de la que con Su vida daba hermosura y perfección a todo lo criado.
Los Apóstoles, aunque estaban derramados por el mundo, comenzaron a sentir un nuevo cuidado que les llevaba la atención, con recelos de cuándo les faltaría su Maestra; porque ya les dictaba la Divina y oculta Luz que no se podía dilatar mucho este plazo inevitable. Los otros fieles moradores de Jerusalén y vecinos de Palestina reconocían en sí mismos como un secreto aviso de que su tesoro y alegría no sería para largo tiempo.
Los cielos, astros y planetas perdieron mucho de su hermosura y alegría, como lo pierde el día cuando se acerca la noche. Las aves del cielo hicieron singular demostración de tristeza en los dos últimos años; porque gran multitud de ellas acudían de ordinario donde estaba María, y rodeando Su oratorio con extraordinarios vuelos y meneos, formaban en lugar de cánticos diversas voces tristes. De esta maravilla fue testigo muchas veces San Juan. Y pocos días antes del Tránsito de la Divina Madre concurrieron a Ella innumerables avecillas, postrando sus cabecitas y picos por el suelo, y rompiendo sus pechos con gemidos, como quien dolorosamente se despedía para siempre.
Y puestos en su presencia, la Virgen Santísima comenzó a despedirse de ellos, hablando a todos los Apóstoles singularmente y algunos Discípulos, y después a los demás circunstantes juntos, que eran muchos.
Sus palabras como flechas de divino fuego penetraron los corazones de los presentes y rompiendo todos en arroyos de lágrimas y dolor irreparable se postraron en tierra. Después de un intervalo, les pidió que con Ella y por Ella orasen todos en silencio, y así lo hicieron. En esta quietud sosegada descendió del Cielo el Verbo Humanado y se llenó de Gloria la casa del Cenáculo. María Santísima adoró al Señor, quien le ofreció llevarla a la Gloria sin pasar por la muerte.
Se postró la prudentísima Madre ante su Hijo y con alegre semblante le dijo: "Hijo y Señor Mío, Yo os suplico que vuestra Madre y Sierva entre en la Eterna Vida por la puerta común de la muerte natural, como los demás hijos de Adán. Vos que sois Mi verdadero Dios, la padecisteis sin tener obligación a morir; justo es que como Yo he procurado seguiros en la vida os acompañe también en morir".
Entonces se reclinó María Santísima sobre Su lecho, con las manos juntas y los ojos fijos en Su Divino Hijo. Y cuando los Ángeles cantaban: "Levántate, apresúrate, amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y ven que ya pasó el invierno..." (Cantar de los Cantares, cap. 2, vers. 10), en estas palabras pronunció Ella las que Su Hijo Santísimo en la Cruz: "En Tus manos Señor, encomiendo Mi Espíritu" (Evangelio de San Lucas, cap. 23, vers. 46). Cerró los virginales ojos y expiró. La enfermedad que le quitó la vida fue el Amor.
Pasó aquella Purísima Alma desde Su virginal Cuerpo a la diestra de Su Hijo Santísimo, donde en un instante fue colocada con inmensa gloria. Y luego se comenzó a sentir que la música de los Ángeles se alejaba, porque toda aquella procesión se encaminó al Cielo empíreo. El sagrado cuerpo de María Santísima, que había sido Templo y Sagrario de Dios vivo, quedó lleno de luz y resplandor y despidiendo de Sí tan admirable y nueva fragancia que todos los circunstantes quedaron llenos de suavidad interior y exterior.
Los Apóstoles y Discípulos, entre lágrimas de dolor y júbilo de las maravillas que veían, quedaron como absortos por algún espacio. Sucedió este glorioso tránsito un Viernes a las tres de la tarde, a la misma hora que el de Su Hijo Santísimo, a los trece días del mes de Agosto y a los setenta años de edad, menos algunos días.
Del Cenáculo partió el solemne cortejo al cual acudieron casi todos los moradores de Jerusalén. Junto a éste había otro invisible de los Cortesanos del Cielo. Descendieron varias legiones de Ángeles con los Antiguos Padres y Profetas, especialmente San Joaquín, Santa Ana, San José, Santa Isabel y el Bautista, con otros muchos Santos que desde el Cielo envió Nuestro Salvador Jesús para que asistiesen a las exequias y entierro de Su Beatísima Madre.
El día tercero que el Alma Santísima de María gozaba de esta Gloria para nunca dejarla, manifestó el Señor a los Santos Su Voluntad Divina de que volviese al mundo y resucitase Su sagrado cuerpo uniéndose con Él, para que en cuerpo y alma fuese otra, vez levantada a la diestra de Su Hijo Santísimo, sin esperar a la general Resurrección de los Muertos.
La conveniencia de este favor y la consecuencia que tenía con los demás que recibió la Reina del Cielo y con Su excelente dignidad, no la podían ignorar los Santos, pues a los mortales es tan creíble que, aún cuando la Santa Iglesia no la aprobara, juzgáramos por impío y estulto al que pretendiera negarla.
Pero conociéronla los Bienaventurados con mayor claridad, y la determinación del tiempo y hora, cuando en Sí mismo les manifestó Su eterno decreto y cuando fue tiempo de hacer esta maravilla, descendió del Cielo el mismo Cristo Nuestro Salvador, llevando a Su diestra el Alma de Su Beatísima Madre, con muchas legiones de Ángeles y los Padres y Profetas antiguos.
Y llegaron al sepulcro en el valle de Josafat y estando todos a la vista del virginal templo habló el Señor con los Santos y dijo estas palabras: "Mi Madre fue concebida sin mácula de pecado, para que de Su virginal sustancia purísima y sin mácula Me vistiese de la humanidad en que vine al mundo y le redimí del pecado. Mi carne es carne suya, y Ella cooperó Conmigo en las obras de la Redención, y así debo resucitarla como Yo resucité de los muertos, y que esto sea al mismo tiempo y a la misma hora, porque en todo quiero hacerla a Mi semejante".
Todos los antiguos Santos de la naturaleza humana agradecieron este beneficio con nuevos cánticos de alabanza y gloria del Señor, y los que especialmente se señalaron fueron nuestros primeros padres Adán y Eva, y después de ellos Santa Ana, San Joaquín y San José, como quien tenía particulares títulos y razones para engrandecer al Señor en aquella maravilla de Su Omnipotencia.
Luego la Purísima Alma de la Reina con el imperio de Cristo Su Hijo Santísimo entró en el virginal cuerpo y le informó y resucitó, dándole nueva vida inmortal y gloriosa y comunicándole los cuatro dotes de claridad, impasibilidad, agilidad y sutileza, como correspondientes a la gloria del alma, de donde se derivan a los cuerpos.
Con estos dotes salió María Santísima en alma y cuerpo del sepulcro, sin remover ni levantar la piedra con que estaba cerrado y porque es imposible manifestar Su hermosura, belleza y refulgencia de tanta gloria no me detengo en esto. Bástame decir que, como la Divina Madre dio a Su Hijo Santísimo la forma de hombre en Su tálamo virginal y se la dio pura, limpia, sin mácula e impecable para redimir al mundo, así también en retorno de esta dádiva la dio el mismo Señor en esta resurrección y nueva generación otra gloria y hermosura semejante a Sí mismo.
Luego desde el sepulcro se ordenó una solemnísima procesión con celestial música por la región del aire, por donde se fue alejando para el Cielo empíreo. Y sucedió esto a la misma hora que resucitó Cristo Nuestro Salvador, Domingo inmediato después de media noche; y así no pudieron percibir esta señal por entonces todos los Apóstoles, fuera de algunos que asistían y velaban el sagrado sepulcro.
Entraron en el Cielo los Santos y Ángeles con el orden que llevaban, y en el último lugar iban Cristo Nuestro Salvador y "a su diestra la Reina vestida de oro de variedad", como dice David, y tan hermosa que pudo ser admiración de los cortesanos del Cielo. Convirtiéronse todos a mirarla y bendecirla con nuevos júbilos y cánticos de alabanza.
Allí se oyeron aquellos elogios misteriosos que dejó escritos Salomón: "Salid, hijas de Sión, a ver a vuestra Reina, a quien alaban las estrellas matutinas y festejan los hijos del Altísimo. ¿Quién es Ésta que sube del desierto, como varilla de todos los perfumes aromáticos? ¿Quién es Ésta que se levanta como la aurora, más hermosa que la luna, electa como el sol y terrible como muchos escuadrones ordenados? ¿Quién es Ésta que asciende del desierto asegurada en Su dilecto y derramando delicias con abundancia? ¿Quién es Ésta en quien la misma Divinidad halló tanto agrado y complacencia sobre todas Sus criaturas y la levanta sobre todas al Trono de Su inaccesible Luz y Majestad? ¡Oh maravilla nunca vista en los cielos!, ¡oh novedad digna de la Sabiduría Infinita!, ¡oh prodigio de esa Omnipotencia que así la magnificas y engrandeces!".
Con estas glorias llegó María Santísima en cuerpo y alma al Trono Real de la Beatísima Trinidad, y las Tres Divinas Personas la recibieron en Él con un abrazo indisoluble.
El Eterno Padre le dijo: Asciende más alta que todas las criaturas, electa Mía, hija Mía y paloma Mía.
Allí quedó absorta María Santísima entre las Divinas Personas y como anegada en aquel piélago interminable y en el Abismo de la Divinidad; los Santos llenos de admiración, de nuevo gozo accidental.
El Verbo humanado dijo: Madre Mía, de quien recibí el ser humano y el retorno de Mis obras con Tu perfecta imitación, recibe ahora el premio de Mi mano que tienes merecido.
El Espíritu Santo dijo: Esposa amantísima, entra en el Gozo Eterno que corresponde a Tu fidelísímo amor y goza sin cuidados, que ya pasó el invierno del padecer y llegaste a la posesión eterna de Nuestros abrazos...
de la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda
martes, 15 de agosto de 2023
EL TRÁNSITO Y LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA, según los escritos de la mística María Valtorta
La Santísima Virgen al Apóstol San Juan: "Siento que dejaré de estar en la Tierra, Yo por exceso de amor, como Él murió por exceso de dolor. Mira, la medida de Mi capacidad de amar ha llegado a su colmo. ¡Mi Alma y mi Cuerpo no pueden ya contenerla! El Amor rebosa de ellos, me absorbe, me sumerge y me eleva al mismo tiempo hacia el Cielo, hacia Dios, Mi Hijo. Y Su voz me dice: ¡Ven! ¡Sube a Nuestro Trono y a Nuestro abrazo trino!. ¡La Tierra, todo lo que Me rodea, desaparece ante la inmensa luz que me viene del Cielo! ¡Los sonidos se esfuman ante esta voz celestial! ¡Ha llegado para Mí la hora del abrazo divino, Juan!".
lunes, 14 de agosto de 2023
LA SANTÍSIMA VIRGEN NO ESTÁ MUERTA, HA SUBIDO AL CIELO EN CUERPO Y ALMA, la revelación al pequeño Gilles Bouhours
Gilles Bouhours nació el 27 de Noviembre de 1944, Fiesta de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, en Bergerac, Nueva Aquitania, al sur de Francia. Cuando sólo tenía nueve meses, sanó milagrosamente de meningitis y encefalitis gracias a la intercesión de Santa Teresita del Niño Jesús, a quien los familiares de Gilles solicitaron la salud del niño; para conseguir la ayuda de la Santa, colocaron una estampa con reliquia de la Santa carmelita bajo la almohada del pequeño; al cuarto día de incesantes súplicas, Gilles, que había sido desahuciado por los médicos, sanó sin dificultades.
En agradecimiento por el milagro, la familia Bouhours peregrinó a Lisieux para agradecer a Santa Teresita su intercesión. Pero la relación del niño y la Santa no terminaría ahí: en un futuro, Gilles tendrá la gracia de ver y tratar a Santa Teresita en diversas manifestaciones místicas.
Desde bien pequeño, tenía sincera piedad, rezaba largas horas y se le veía haciendo penitencia. Con apenas 3 años, aseguraba haber visto a la Santísima Madre de Dios; preguntándole responderá “La Santísima Virgen tenía un vestido blanco, la cabeza cubierta con un velo amarillo”.
Debido a su especial religiosidad, al pequeño Gilles se le permitió comulgar por vez primera el 12 de Junio de 1949, con tan sólo cuatro años. Su devoción a Jesús en el Santísimo Sacramento fue extraordinaria; desde siempre había expresado su deseo de ser Sacerdote.
Dos meses después de su Primera Comunión tuvo la siguiente conversación con un Misionero popular:
- Sacerdote.
- ¿Y por qué quiere ser Sacerdote?
- Para colocar a Jesús en la Sagrada Hostia.
- ¿No te gustaría ser Misionero también?
- ¿Qué significa Misionero?
- Es un Sacerdote que hace que Jesús y María se amen mucho.
- Sí, sí, claro que me gustaría ser Misionero.
Este deseo por el Sacerdocio se convirtió en él en una sana obsesión, en un hambre insaciable por el Pan de los Ángeles; no le temía al frío, ni a nada de este mundo cuando deseaba asistir a la Santa Misa y así comulgar.
El pequeño Gilles llegó incluso a celebrar -nunca por juego, ni por diversión- “Misas Blancas”, que consistía en recitar sobre un altar, dispuesto en un cuarto de su casa, todas las oraciones de la Misa, tal como las dice el Sacerdote, de principio a fin, sin que tenga lugar la Consagración, como es lógico, pero revestido con los ornamentos que previamente le habían hecho para tal piadoso fin.
El 13 de Diciembre de 1948, Gilles fue agraciado con un importante Mensaje de Nuestra Santa Madre: la Virgen le pedía que acudiese al Papa, entonces el Venerable Pío XII, para transmitirle un Mensaje de suma importancia. Así se lo comunicó a su padre, que al principio no quiso implicarse en el proyecto, si bien no dudaba de la veracidad de las palabras de aquél ángel terrenal.
Sin embargo, Guilles insistió en esa visita al Papa durante dos años; su madre, intrigada por todo aquello le preguntó en qué consistía el Mensaje que le había transmitido la Virgen. La respuesta del niño no se hizo esperar: “¡Madre, el Mensaje no es para ti, es para el Papa!”. En una ocasión su padre le preguntó: “¿Y tú sabes quién es el Papa?”. Gilles, muy grave, respondió: “¡El Papa es el Papa y tengo que darle el Mensaje de la Virgen!”
Así, a finales de 1949, los vecinos de la familia Bouhours, conocedores del fervor del niño, se ofrecieron a pagar el viaje de éste y de su padre a la Ciudad Eterna.
Cuando llegaron a Roma, se quedaron en un colegio francés. En un principio, nadie sabía de su llegada, que se produjo un Martes. Al día siguiente, un emisario del Papa preguntó en la entrada del colegio si allí se había alojado un niño de la región de Lourdes. Y cuando el padre se enteró de este hecho, quedó asombrado. ¿Cómo se había enterado el Papa de su llegada?. En cualquier caso fue un alivio saber que la audiencia fue facilitada de manera extraordinaria. La entrevista tendría lugar al día siguiente, un Jueves 10 de Diciembre de 1949.
Una secretaria recibe y lleva al niño a hablar con Su Santidad el Papa, y su padre lo esperó afuera aproximadamente una hora.
Al final de la audiencia, el mismo Papa, tomando al niño de la mano, devolvió el pequeño a su padre, le dio las gracias y le dijo: “Llevo tiempo pidiéndole al Cielo que me dé la confirmación, una clara señal de aceptación divina, de un dogma que quiero declarar... su hijo me trajo un Mensaje de la Santísima Virgen María”.
Nada se supo de la entrevista privada entre el Papa y el pequeño Gilles niño, hasta que en Mayo de 1950 el propio Pío XII dio a entender que el niño le había comunicado, en nombre de la Madre de Dios, que "La Santísima Virgen no está muerta, ha subido al Cielo en cuerpo y alma".
En sus oraciones privadas, el Papa había pedido a Nuestro Señor una señal sobrenatural para proclamar el Dogma de la Asunción de María. El pequeño Gilles fue sin duda, la señal que el Cielo concedió al Pontífice, y así, el 1 de Noviembre de 1950, Pío XII proclamó infaliblemente el Dogma de la Asunción de Nuestra Madre Celestial, hasta la fecha, el último Dogma Católico.
Desde 1950 hasta 1958, Gilles siguió viendo a la Virgen a intervalos regulares. El 13 de mayo de 1950 anuncia “El 13 de junio debo tener un vestido blanco. Tendré que caminar descalzo, como el pequeño Jesús, por la conversión de los pecadores”.
El 15 de Agosto de 1954 Nuestra Santa Madre le revela: “Yo Soy la Reina del Salvador”. Las manifestaciones privadas de la Virgen se prolongarían hasta 1958.
El 24 de Febrero de 1960 Gilles enfermó, con un sopor misterioso que ningún médico pudo diagnosticar. Transcurridas 48 horas y tras recibir los Últimos Sacramentos, Gilles se preparaba para entregar su alma a Dios con apenas 15 años de edad. Antes de expirar, dijo: “Me voy a morir, pero no llores. Estoy bien y feliz”. Luego unió sus manos y realizó el acto de contrición, “Dios mío, te pido que perdones todos mis pecados… Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero…”
Voló al Cielo el 26 de Febrero de 1960, con el primer Angelus, a las 6 de la mañana. En su tumba están grabadas estas palabras, que él mismo repetía con frecuencia:
“Ama a Dios y a la Santísima Virgen. Ofrécele todos tus sufrimientos y así recobrarás la paz del alma”.
lunes, 15 de agosto de 2022
LA GLORIOSA ASUNCIÓN DE MARÍA A LOS CIELOS EN CUERPO Y ALMA
El día tercero que el Alma Santísima de María gozaba de esta Gloria para nunca dejarla, manifestó el Señor a los Santos Su Voluntad Divina de que volviese al mundo y resucitase Su Sagrado Cuerpo uniéndose con Él, para que en cuerpo y alma fuese otra, vez levantada a la diestra de Su Hijo Santísimo, sin esperar a la general resurrección de los muertos.
Pero conociéronla los Bienaventurados con mayor claridad, y la determinación del tiempo y hora, cuando en sí mismo les manifestó su eterno decreto y cuando fue tiempo de hacer esta maravilla, descendió del Cielo el mismo Cristo Nuestro Salvador, llevando a su diestra el alma de su Beatísima Madre, con muchas legiones de Ángeles y los Padres y Profetas antiguos.
Y llegaron al sepulcro en el valle de Josafat y estando todos a la vista del virginal templo habló el Señor con los Santos y dijo estas palabras: "Mi Madre fue concebida sin mácula de pecado, para que de Su virginal sustancia purísima y sin mácula me vistiese de la humanidad en que vine al mundo y le redimí del pecado. Mi carne es carne Suya, y Ella cooperó Conmigo en las obras de la Redención, y así debo resucitarla como Yo resucité de los muertos, y que esto sea al mismo tiempo y a la misma hora, porque en todo quiero hacer a Mí semejante".
Todos los antiguos Santos de la naturaleza humana agradecieron este beneficio con nuevos cánticos de alabanza y Gloria del Señor y los que especialmente se señalaron fueron nuestros primeros padres Adán y Eva, y después de ellos Santa Ana, San Joaquín y San José, como quien tenía particulares títulos y razones para engrandecer al Señor en aquella maravilla de Su Omnipotencia.
Luego la Purísima Alma de la Reina con el imperio de Cristo Su Hijo Santísimo entró en el virginal cuerpo y le informó y resucitó, dándole nueva vida inmortal y gloriosa y comunicándole los cuatro dotes de claridad, impasibilidad, agilidad y sutileza, como correspondientes a la gloria del alma, de donde se derivan a los cuerpos.
Con estos dotes salió María Santísima en alma y cuerpo del sepulcro, sin remover ni levantar la piedra con que estaba cerrado y porque es imposible manifestar Su hermosura, belleza y refulgencia de tanta Gloria no me detengo en esto. Bástame decir que, como la Divina Madre dio a Su Hijo Santísimo la forma de hombre en su tálamo virginal y se la dio pura, limpia, sin mácula e impecable para redimir al mundo, así también en retorno de esta dádiva la dio el mismo Señor en esta resurrección y nueva generación otra gloria y hermosura semejante a Sí mismo.
Luego desde el sepulcro se ordenó una solemnísima procesión con celestial música por la región del aire, por donde se fue alejando para el Cielo empíreo. Y sucedió esto a la misma hora que resucitó Cristo nuestro Salvador, domingo inmediato después de media noche; y así no pudieron percibir esta señal por entonces todos los Apóstoles fuera de algunos que asistían y velaban al sagrado sepulcro.
Entraron en el Cielo los Santos y Ángeles con el orden que llevaban, y en el último lugar iban Cristo Nuestro Salvador y "a Su diestra la Reina vestida de oro de variedad", como dice David, y tan hermosa que pudo ser admiración de los Cortesanos del Cielo. Convirtiéronse todos a mirarla y bendecirla con nuevos júbilos y cánticos de alabanza.
Allí se oyeron aquellos elogios misteriosos que dejó escritos Salomón: "Salid, hijas de Sion, a ver a vuestra Reina, a quien alaban las estrellas matutinas y festejan los hijos del Altísimo. ¿Quién es Ésta que sube del desierto, como varilla de todos los perfumes aromáticos? ¿Quién es Ésta que se levanta como la aurora, más hermosa que la luna, electa como el sol y terrible como muchos escuadrones ordenados? ¿Quién es Ésta que asciende del desierto asegurada en su dilecto y derramando delicias con abundancia? ¿Quién es Ésta en quien la misma Divinidad halló tanto agrado y complacencia sobre todas sus criaturas y la levanta sobre todas al Trono de su inaccesible luz y majestad? ¡Oh maravilla nunca vista en los Cielos!, ¡oh novedad digna de la sabiduría infinita!, ¡oh prodigio de esa Omnipotencia que así la magnificas y engrandeces!".
Con estas glorias llegó María Santísima en cuerpo y alma al Trono Real de la Beatísima Trinidad, y las Tres Divinas Personas la recibieron en Él con un abrazo indisoluble.
El Eterno Padre le dijo: Asciende más alta que todas las criaturas, electa Mía, Hija Mía y Paloma Mía.
Allí quedó absorta María Santísima entre las Divinas Personas y como anegada en aquel piélago interminable y en el Abismo de la Divinidad; los Santos llenos de admiración, de nuevo gozo accidental.
El Verbo Humanado dijo: Madre Mía, de quien recibí el ser humano y el retorno de Mis obras con Tu perfecta imitación, recibe ahora el premio de Mi mano que tienes merecido.
El Espíritu Santo dijo: Esposa Amantísima, entra en el Gozo Eterno que corresponde a Tu fidelísimo amor y goza sin cuidados, que ya pasó el invierno del padecer y llegaste a la posesión eterna de Nuestros abrazos.
domingo, 14 de agosto de 2022
EL TRÁNSITO DE LA VIRGEN MARÍA, QUE MURIÓ DE AMOR
Corriendo el curso de los tres últimos años de la vida de Nuestra Señora, ordenó el Poder Divino con una oculta y suave fuerza que todo el resto de la naturaleza comenzara a sentir el llanto y prevenir el luto para la muerte de la que con Su vida daba hermosura y perfección a todo lo criado.
Los Apóstoles, aunque estaban derramados por el mundo, comenzaron a sentir un nuevo cuidado que les llevaba la atención, con recelos de cuándo les faltaría su Maestra; porque ya les dictaba la Divina y oculta Luz que no se podía dilatar mucho este plazo inevitable. Los otros fieles moradores de Jerusalén y vecinos de Palestina reconocían en sí mismos como un secreto aviso de que su tesoro y alegría no sería para largo tiempo.
Los cielos, astros y planetas perdieron mucho de su hermosura y alegría, como lo pierde el día cuando se acerca la noche. Las aves del cielo hicieron singular demostración de tristeza en los dos últimos años; porque gran multitud de ellas acudían de ordinario donde estaba María, y rodeando su oratorio con extraordinarios vuelos y meneos, formaban en lugar de cánticos diversas voces tristes. De esta maravilla fue testigo muchas veces San Juan. Y pocos días antes del Tránsito de la Divina Madre concurrieron a ella innumerables avecillas, postrando sus cabecitas y picos por el suelo, y rompiendo sus pechos con gemidos, como quien dolorosamente se despedía para siempre.
Y puestos en su presencia, la Virgen Santísima comenzó a despedirse de ellos, hablando a todos los Apóstoles singularmente y algunos Discípulos, y después a los demás circunstantes juntos, que eran muchos.
Sus palabras como flechas de divino fuego penetraron los corazones de los presentes y rompiendo todos en arroyos de lágrimas y dolor irreparable se postraron en tierra. Después de un intervalo, les pidió que con Ella y por Ella orasen todos en silencio, y así lo hicieron. En esta quietud sosegada descendió del Cielo el Verbo Humanado y se llenó de gloria la casa del Cenáculo. María Santísima adoró al Señor, quien le ofreció llevarla a la gloria sin pasar por la muerte.
Se postró la prudentísima Madre ante su Hijo y con alegre semblante le dijo: Hijo y Señor mío, yo os suplico que vuestra Madre y Sierva entre en la Eterna Vida por la puerta común de la muerte natural, como los demás hijos de Adán. Vos que sois Mi verdadero Dios, la padecisteis sin tener obligación a morir; justo es que como Yo he procurado seguiros en la vida os acompañe también en morir.
Entonces se reclinó María Santísima sobre Su lecho, con las manos juntas y los ojos fijos en Su Divino Hijo. Y cuando los Ángeles cantaban: “Levántate, apresúrate , amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y ven que ya pasó el invierno...” (Cantar de los Cantares, cap. 2, vers. 10), en estas palabras pronunció Ella las que Su Hijo Santísimo en la Cruz: “En Tus manos Señor, encomiendo mi espíritu” (Evangelio de San Lucas, cap. 23, vers. 46). Cerró los virginales ojos y expiró. La enfermedad que le quitó la vida fue el Amor.
Pasó aquella Purísima Alma desde Su virginal Cuerpo a la diestra de Su Hijo Santísimo, donde en un instante fue colocada con inmensa gloria. Y luego se comenzó a sentir que la música de los Ángeles se alejaba, porque toda aquella procesión se encaminó al Cielo empíreo. El sagrado cuerpo de María Santísima, que había sido Templo y Sagrario de Dios vivo, quedó lleno de luz y resplandor y despidiendo de sí tan admirable y nueva fragancia que todos los circunstantes quedaron llenos de suavidad interior y exterior.
Los Apóstoles y Discípulos, entre lágrimas de dolor y júbilo de las maravillas que veían, quedaron como absortos por algún espacio. Sucedió este glorioso tránsito un Viernes a las tres de la tarde, a la misma hora que el de Su Hijo Santísimo, a los trece días del mes de Agosto y a los setenta años de edad, menos algunos días.
Del cenáculo partió el solemne cortejo al cual acudieron casi todos los moradores de Jerusalén. Junto a éste había otro invisible de los Cortesanos del Cielo. Descendieron varias legiones de Ángeles con los Antiguos Padres y Profetas, especialmente San Joaquín, Santa Ana, San José, Santa Isabel y el Bautista, con otros muchos Santos que desde el Cielo envió Nuestro Salvador Jesús para que asistiesen a las exequias y entierro de Su Beatísima Madre.
domingo, 1 de noviembre de 2020
LXX ANIVERSARIO DEL DOGMA DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA NUESTRA SEÑORA EN CUERPO Y ALMA A LOS CIELOS
"Oh Virgen, Vos sois el júbilo de los Santos"
-San Efrén, Diácono-
"Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios Omnipotente, que otorgó a la Virgen María Su peculiar benevolencia; para honor de Su Hijo, Rey inmortal de los siglos y Vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la Gloria de la misma Augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la Autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la Nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser Dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de Su Vida terrenal, fue asunta en Cuerpo y Alma a la Gloria del Cielo"
Papa Pío XII, 1 de Noviembre de 1950
sábado, 8 de agosto de 2020
"FELIZ AQUEL QUE VIVE Y MUERE BAJO LA PROTECCIÓN DE MARÍA, PUES TIENE SEGURO EL CIELO"
La Santa Iglesia hace hoy memoria de San Juan María Vianney, conocido popularmente por el sobrenombre de "el Santo Cura de Ars". Al ser Sábado, dedicado a Nuestra Señora, quiero traer un extracto de uno de sus Sermones, en el que se desprende el vivo amor que sentía San Juan María Vianney por María Virgen, amor encendido que transmitía y aún queda eco si lo sabemos poner en práctica según las enseñanzas del Santo Cura de la aldea de Ars.
“El mundo está lleno de monumentos que atestiguan y dan fe de las gracias que la Santísima Virgen nos alcanza; contemplad, si no esos santuarios, esos cuadros, esas capillas en honor de María.
¡Ah! Hijos míos, ¡si sintiésemos una tierna devoción a la Virgen María, cuántas gracias alcanzaríamos para salvación nuestra! ¡Oh padres y madres! Si por la mañana pusieseis a vuestros hijos bajo la protección de la Santísima Virgen, Ella rogaría por su bien y los salvaría a ellos y a vosotros. ¡Oh! ¡Cuánto teme el demonio la devoción a la Santísima Virgen!... Quejábase aquel, un día, amargamente a San Francisco de los dos linajes de personas que más le hacen sufrir. Unas son las que contribuyen a extender la devoción a la Virgen María, y otras las que llevan el Santo Escapulario.
¡Ah! Hijos míos, ¿no será, lo dicho, bastante para inspirarnos una gran confianza en la Santísima Virgen y un gran deseo de consagrarnos enteramente a Ella poniendo en sus manos nuestra vida, nuestra muerte y nuestra eternidad? ¡Qué inefable consuelo en nuestras penas y tristezas, saber que María quiere y puede socorrernos! Sí, bien podemos decir que aquel que acierta a concebir una gran confianza en María tiene asegurada la salvación, pues jamás se oyó decir que quien puso su salvación en manos de María se condenase. En la hora de la muerte conoceremos los innumerables pecados que María nos hizo evitar y las muchas obras buenas que sin su protección jamás hubiésemos realizado.
Tomémosla por Modelo y tendremos la certeza de que andamos por el camino que conduce al Cielo. Admiremos en Ella aquella Humildad, aquella Pureza, aquella Caridad, aquel menosprecio de la vida, aquel celo por la Gloria de Su Hijo y por la salvación de las almas. Sí, hijos míos, entreguémonos y consagrémonos a María por toda nuestra vida.
¡Feliz aquel que vive y muere bajo la protección de María, pues tiene seguro el Cielo! Esto es lo que os deseo”.



















