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viernes, 15 de agosto de 2025

LA GLORIOSA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA a los Cielos en cuerpo y alma




                    Llegamos al coronamiento de los privilegios de Nuestra Señora la Virgen María: Su Gloriosa Asunción en cuerpo y alma al Cielo y Su Coronación en él como Reina y Señora de cielos y tierra. La Asunción de María en cuerpo y alma al cielo es un dogma de nuestra Fe Católica, expresamente definido «ex cathedra» por el Papa Pío XII. (1)

¿Murió realmente la Virgen María?

                    El Papa Pío XII rehusó intencionadamente pronunciarse, al menos en la fórmula dogmática, sobre la muerte o no muerte de la Virgen María, sobre si fue asunta al Cielo después de morir y resucitar, o si fue trasladada en cuerpo y alma al Cielo sin pasar por el trance de la muerte como todos los demás mortales (e incluso como el mismo Cristo). Ahora bien: ¿cuál de las dos posibilidades es la verdadera?. Los argumentos que se aducen en favor de una u otra no son tan decisivos como para llevar a una certeza absoluta sobre cualquiera de las dos. Sin embargo, la opinión que sostiene con firmeza la Asunción Gloriosa de María después de su muerte y resurrección, no solamente reúne los sufragios de la inmensa mayoría de los mariólogos, sino que nos parece objetivamente mucho más probable que la que defiende la Asunción sin la muerte previa de la Virgen.

                    En la misma Bula «Munificentissimus Deus», de Pío XII, se leen estas palabras, cuya importancia excepcional a nadie puede ocultarse: «Los Fieles, siguiendo las enseñanzas y guía de sus pastores, aprendieron también de la Sagrada Escritura que la Virgen María, durante Su peregrinación terrena, llevó una vida llena de ocupaciones, angustias y dolores, y que se verificó lo que el santo anciano Simeón había predicho: que una agudísima espada le traspasaría el corazón a los pies de la cruz de Su Divino Hijo, Nuestro Redentor. Igualmente no encontraron dificultad en admitir que María hubiese muerto del mismo modo que Su Unigénito. Pero esto no les impidió creer y profesar abier­tamente que Su sagrado cuerpo no estuvo sujeto a la corrupción del sepulcro y que no fue reducido a putrefacción y cenizas el augusto Tabernáculo del Verbo Divino».

                    Desde la más remota antigüedad, la liturgia oficial de la Iglesia recogió la doctrina de la muerte de María. Las oraciones «Veneranda nobis...» (2) y «Subveniat, Domine» son claro y piadoso ejemplo de que la Iglesia reconocía que la Virgen María realmente murió.

                    Es cierto que María no contrajo el pecado original, pero tuvo el débito del mismo. Recibió, por tanto, la naturaleza caída de Adán, si bien con los privilegios ya conocidos. Ahora bien, la naturaleza caída de Adán estaba sujeta a la muerte. Luego para decir que María no murió habría que demostrar la existencia de ese privilegio especial para Ella, lo que no consta en ninguna parte.

                    Si Nuestra Señora dio al Redentor carne pasible y mortal, debió tenerla también Ella. Si nos corredimió con Su Hijo, debió participar de Sus Dolores y de Su Muerte. La muerte de la Virgen María tiene sentido corredentor, como complemento natural y lógico de Su compasión al pie de la Cruz. Sin Su muerte real faltaría algo al perfecto paralelismo entre el Redentor y la Corredentora.

                    Cristo murió, ¿y María sería superior a Él al menos en este aspecto relativo a la muerte corporal?. Aun suponiendo- como quieren algunos mariólogos- que la Virgen María tenía derecho a no morir (en virtud, sobre todo, de Su Inmaculada Concepción, que la preservó de la culpa y, por tanto, también de la pena correlativa, que es la muerte), sin duda alguna hubiera María Nuestra Señora renunciado de hecho a ese privilegio para parecerse en todo— hasta en la muerte y resurrección— a Su Divino Hijo Jesús. 

                    María debió morir para enseñarnos a bien morir y dulcificar con Su ejemplo los terrores de la muerte. La recibió con calma, con serenidad, aún más, con gozo, mostrándonos que no tiene nada de terrible para aquel que vivió piadosamente y mereciéndonos la gracia de recibirla con santas disposiciones.




                    «María murió sin dolor, porque vivió sin placer; sin temor, porque vivió sin pecado; sin sentimiento, porque vivió sin apego terrenal. Su muerte fue semejante al declinar de una hermosa tarde, fue como un sueño dulce y apacible; era menos el fin de una vida que la aurora de una existencia mejor. Para designarla la Iglesia encontró una palabra encantadora: la llama sueño (o dormición) de la Virgen» (3)

                    "Ella es -exclama San Bernardo- la que pudo decir con verdad: “He sido herida del amor”, porque la flecha del Amor de Cristo la transverberó de tal modo que en Su Corazón virginal cada átomo se incendió en un fuego soberano.

                    San Francisco de Sales decía: "Es imposible imaginar que esta verdadera Madre natural del Hijo de Dios haya muerto de otra muerte; muerte la más noble de todas y debida a la más noble vida que hubo jamás entre las criaturas; muerte que los Ángeles mismos desearían gustar, si fuesen capaces de morir."



NOTAS

            1) «Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para Gloria de Dios Omnipotente, que otorgó a la Virgen María Su peculiar benevolencia; para Honor de Su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la Gloria de la misma Augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la Autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la Nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser Dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de Su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la Gloria Celestial». Bula «Munificentissimus Deus», del Papa Pío XII, 1 de Noviembre de 1950.

            2) «Veneranda nobis, Domine, Huius diei festivitas opem conferat salutarem; in qua Sancta Dei Genetrix mortem subiit temporalem; nec tamen nexibus deprimi potuit quae Filium Tuum Dominum nostrum de se genuit incarnatum». («Ayúdenos con Su intercesión saludable, ¡oh Señor!, la veneranda festividad de este día, en el cual, aunque la Santa Madre de Dios pagó su tributo a la muerte, no pudo, sin embargo, ser humillada por su corrupción aquella que en Su seno encarnó a Tu Hijo, Señor nuestro).

            3) Louis Garriguet, experto mariólogo y Rector del Seminario de Aviñón.



jueves, 15 de agosto de 2024

LLEGÓ MARÍA SANTÍSIMA EN CUERPO Y ALMA AL TRONO REAL

  


              Corriendo el curso de los tres últimos años de la vida de Nuestra Señora, ordenó el Poder Divino con una oculta y suave fuerza que todo el resto de la naturaleza comenzara a sentir el llanto y prevenir el luto para la muerte de la que con Su vida daba hermosura y perfección a todo lo criado. 

              Los Apóstoles, aunque estaban derramados por el mundo, comenzaron a sentir un nuevo cuidado que les llevaba la atención, con recelos de cuándo les faltaría su Maestra; porque ya les dictaba la Divina y oculta Luz que no se podía dilatar mucho este plazo inevitable. Los otros fieles moradores de Jerusalén y vecinos de Palestina reconocían en sí mismos como un secreto aviso de que su tesoro y alegría no sería para largo tiempo. 

               Los cielos, astros y planetas perdieron mucho de su hermosura y alegría, como lo pierde el día cuando se acerca la noche. Las aves del cielo hicieron singular demostración de tristeza en los dos últimos años; porque gran multitud de ellas acudían de ordinario donde estaba María, y rodeando Su oratorio con extraordinarios vuelos y meneos, formaban en lugar de cánticos diversas voces tristes. De esta maravilla fue testigo muchas veces San Juan. Y pocos días antes del Tránsito de la Divina Madre concurrieron a Ella innumerables avecillas, postrando sus cabecitas y picos por el suelo, y rompiendo sus pechos con gemidos, como quien dolorosamente se despedía para siempre. 

               Y puestos en su presencia, la Virgen Santísima comenzó a despedirse de ellos, hablando a todos los Apóstoles singularmente y algunos Discípulos, y después a los demás circunstantes juntos, que eran muchos.

               Sus palabras como flechas de divino fuego penetraron los corazones de los presentes y rompiendo todos en arroyos de lágrimas y dolor irreparable se postraron en tierra. Después de un intervalo, les pidió que con Ella y por Ella orasen todos en silencio, y así lo hicieron. En esta quietud sosegada descendió del Cielo el Verbo Humanado y se llenó de Gloria la casa del Cenáculo. María Santísima adoró al Señor, quien le ofreció llevarla a la Gloria sin pasar por la muerte.

              Se postró la prudentísima Madre ante su Hijo y con alegre semblante le dijo: "Hijo y Señor Mío, Yo os suplico que vuestra Madre y Sierva entre en la Eterna Vida por la puerta común de la muerte natural, como los demás hijos de Adán. Vos que sois Mi verdadero Dios, la padecisteis sin tener obligación a morir; justo es que como Yo he procurado seguiros en la vida os acompañe también en morir".

               Entonces se reclinó María Santísima sobre Su lecho, con las manos juntas y los ojos fijos en Su Divino Hijo. Y cuando los Ángeles cantaban: "Levántate, apresúrate, amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y ven que ya pasó el invierno..." (Cantar de los Cantares, cap. 2, vers. 10), en estas palabras pronunció Ella las que Su Hijo Santísimo en la Cruz: "En Tus manos Señor, encomiendo Mi Espíritu" (Evangelio de San Lucas, cap. 23, vers. 46). Cerró los virginales ojos y expiró. La enfermedad que le quitó la vida fue el Amor. 

               Pasó aquella Purísima Alma desde Su virginal Cuerpo a la diestra de Su Hijo Santísimo, donde en un instante fue colocada con inmensa gloria. Y luego se comenzó a sentir que la música de los Ángeles se alejaba, porque toda aquella procesión se encaminó al Cielo empíreo. El sagrado cuerpo de María Santísima, que había sido Templo y Sagrario de Dios vivo, quedó lleno de luz y resplandor y despidiendo de Sí tan admirable y nueva fragancia que todos los circunstantes quedaron llenos de suavidad interior y exterior. 

               Los Apóstoles y Discípulos, entre lágrimas de dolor y júbilo de las maravillas que veían, quedaron como absortos por algún espacio. Sucedió este glorioso tránsito un Viernes a las tres de la tarde, a la misma hora que el de Su Hijo Santísimo, a los trece días del mes de Agosto y a los setenta años de edad, menos algunos días.

              Del Cenáculo partió el solemne cortejo al cual acudieron casi todos los moradores de Jerusalén. Junto a éste había otro invisible de los Cortesanos del Cielo. Descendieron varias legiones de Ángeles con los Antiguos Padres y Profetas, especialmente San Joaquín, Santa Ana, San José, Santa Isabel y el Bautista, con otros muchos Santos que desde el Cielo envió Nuestro Salvador Jesús para que asistiesen a las exequias y entierro de Su Beatísima Madre.

              El día tercero que el Alma Santísima de María gozaba de esta Gloria para nunca dejarla, manifestó el Señor a los Santos Su Voluntad Divina de que volviese al mundo y resucitase Su sagrado cuerpo uniéndose con Él, para que en cuerpo y alma fuese otra, vez levantada a la diestra de Su Hijo Santísimo, sin esperar a la general Resurrección de los Muertos.

               La conveniencia de este favor y la consecuencia que tenía con los demás que recibió la Reina del Cielo y con Su excelente dignidad, no la podían ignorar los Santos, pues a los mortales es tan creíble que, aún cuando la Santa Iglesia no la aprobara, juzgáramos por impío y estulto al que pretendiera negarla.

               Pero conociéronla los Bienaventurados con mayor claridad, y la determinación del tiempo y hora, cuando en Sí mismo les manifestó Su eterno decreto y cuando fue tiempo de hacer esta maravilla, descendió del Cielo el mismo Cristo Nuestro Salvador, llevando a Su diestra el Alma de Su Beatísima Madre, con muchas legiones de Ángeles y los Padres y Profetas antiguos.

               Y llegaron al sepulcro en el valle de Josafat y estando todos a la vista del virginal templo habló el Señor con los Santos y dijo estas palabras: "Mi Madre fue concebida sin mácula de pecado, para que de Su virginal sustancia purísima y sin mácula Me vistiese de la humanidad en que vine al mundo y le redimí del pecado. Mi carne es carne suya, y Ella cooperó Conmigo en las obras de la Redención, y así debo resucitarla como Yo resucité de los muertos, y que esto sea al mismo tiempo y a la misma hora, porque en todo quiero hacerla a Mi semejante".

               Todos los antiguos Santos de la naturaleza humana agradecieron este beneficio con nuevos cánticos de alabanza y gloria del Señor, y los que especialmente se señalaron fueron nuestros primeros padres Adán y Eva, y después de ellos Santa Ana, San Joaquín y San José, como quien tenía particulares títulos y razones para engrandecer al Señor en aquella maravilla de Su Omnipotencia.

               Luego la Purísima Alma de la Reina con el imperio de Cristo Su Hijo Santísimo entró en el virginal cuerpo y le informó y resucitó, dándole nueva vida inmortal y gloriosa y comunicándole los cuatro dotes de claridad, impasibilidad, agilidad y sutileza, como correspondientes a la gloria del alma, de donde se derivan a los cuerpos.

               Con estos dotes salió María Santísima en alma y cuerpo del sepulcro, sin remover ni levantar la piedra con que estaba cerrado y porque es imposible manifestar Su hermosura, belleza y refulgencia de tanta gloria no me detengo en esto. Bástame decir que, como la Divina Madre dio a Su Hijo Santísimo la forma de hombre en Su tálamo virginal y se la dio pura, limpia, sin mácula e impecable para redimir al mundo, así también en retorno de esta dádiva la dio el mismo Señor en esta resurrección y nueva generación otra gloria y hermosura semejante a Sí mismo.

               Luego desde el sepulcro se ordenó una solemnísima procesión con celestial música por la región del aire, por donde se fue alejando para el Cielo empíreo. Y sucedió esto a la misma hora que resucitó Cristo Nuestro Salvador, Domingo inmediato después de media noche; y así no pudieron percibir esta señal por entonces todos los Apóstoles, fuera de algunos que asistían y velaban el sagrado sepulcro.

               Entraron en el Cielo los Santos y Ángeles con el orden que llevaban, y en el último lugar iban Cristo Nuestro Salvador y "a su diestra la Reina vestida de oro de variedad", como dice David, y tan hermosa que pudo ser admiración de los cortesanos del Cielo. Convirtiéronse todos a mirarla y bendecirla con nuevos júbilos y cánticos de alabanza.

               Allí se oyeron aquellos elogios misteriosos que dejó escritos Salomón: "Salid, hijas de Sión, a ver a vuestra Reina, a quien alaban las estrellas matutinas y festejan los hijos del Altísimo. ¿Quién es Ésta que sube del desierto, como varilla de todos los perfumes aromáticos? ¿Quién es Ésta que se levanta como la aurora, más hermosa que la luna, electa como el sol y terrible como muchos escuadrones ordenados? ¿Quién es Ésta que asciende del desierto asegurada en Su dilecto y derramando delicias con abundancia? ¿Quién es Ésta en quien la misma Divinidad halló tanto agrado y complacencia sobre todas Sus criaturas y la levanta sobre todas al Trono de Su inaccesible Luz y Majestad? ¡Oh maravilla nunca vista en los cielos!, ¡oh novedad digna de la Sabiduría Infinita!, ¡oh prodigio de esa Omnipotencia que así la magnificas y engrandeces!".

               Con estas glorias llegó María Santísima en cuerpo y alma al Trono Real de la Beatísima Trinidad, y las Tres Divinas Personas la recibieron en Él con un abrazo indisoluble.

               El Eterno Padre le dijo: Asciende más alta que todas las criaturas, electa Mía, hija Mía y paloma Mía.

               Allí quedó absorta María Santísima entre las Divinas Personas y como anegada en aquel piélago interminable y en el Abismo de la Divinidad; los Santos llenos de admiración, de nuevo gozo accidental.

               El Verbo humanado dijo: Madre Mía, de quien recibí el ser humano y el retorno de Mis obras con Tu perfecta imitación, recibe ahora el premio de Mi mano que tienes merecido.

               El Espíritu Santo dijo: Esposa amantísima, entra en el Gozo Eterno que corresponde a Tu fidelísímo amor y goza sin cuidados, que ya pasó el invierno del padecer y llegaste a la posesión eterna de Nuestros abrazos...


Extraído de "Mística Ciudad de Dios", 
de la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda



martes, 15 de agosto de 2023

EL TRÁNSITO Y LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA, según los escritos de la mística María Valtorta

 

               La Santísima Virgen al Apóstol San Juan: "Siento que dejaré de estar en la Tierra, Yo por exceso de amor, co­mo Él murió por exceso de dolor. Mira, la medida de Mi capacidad de amar ha llegado a su colmo. ¡Mi Alma y mi Cuerpo no pueden ya contenerla! El Amor rebosa de ellos, me absorbe, me sumerge y me eleva al mismo tiempo hacia el Cielo, hacia Dios, Mi Hijo. Y Su voz me dice: ¡Ven! ¡Sube a Nuestro Trono y a Nuestro abrazo trino!. ¡La Tierra, todo lo que Me rodea, desaparece ante la inmensa luz que me viene del Cielo! ¡Los sonidos se esfuman ante esta voz celes­tial! ¡Ha llegado para Mí la hora del abrazo divino, Juan!".




               Juan, que, escuchando a María, se había calmado un poco aunque permanecía turbado, y que en la última parte de sus palabras la mi­raba extático, casi arrobado también él, palidísimo su rostro como el de María, cuya palidez de todas formas se va lentamente transformando en una luz bellísima, acude a Ella para sujetarla mientras exclama: "¡Tu aspecto es como el de Jesús cuando se transfiguró en el Tabor! ¡Tu cuerpo resplandece como luna, Tus ves­tidos brillan como diamante colocado ante una llama blanquísima! ¡Ya no eres humana, Madre! ¡La pesantez y la opacidad de Tu Cuerpo han desaparecido! ¡Eres luz! Pero no eres Jesús. Él, siendo Dios además de Hombre, podía sostenerse por Sí solo en el Tabor, como aquí en el Monte de los Olivos en Su Ascensión. Tú no puedes. No te sostienes. Ven. Te ayudaré a reposar sobre Tu lecho Tu cuerpo cansado y dichoso. Descansa". 

                Y, amorosamente, la lleva hasta el modesto lecho sobre el que María se extiende, sin quitarse si quiera el manto. Recogiendo los brazos sobre el pecho, bajando los párpados sobre Sus dulces ojos, llenos de amor, dice a Juan, que está inclinado hacia Ella: "Yo estoy en Dios y Dios en Mí. Mientras le contemplo y siento Su abrazo, di los Sal­mos, y las otras páginas de la Escritura que a Mí se refieren, sobre todo en es­ta hora. El Espíritu de Sabiduría te las indicará. Recita luego la ora­ción de Mi Hijo; repíteme las palabras del Arcángel anunciador y las que Me dijo Isabel, y Mi Himno de alabanza… Yo te seguiré con lo que de Mí tengo todavía en la Tierra…". 

               Juan, luchando contra el llanto que le brota del corazón, esforzándose en dominar la emoción que le turba, con esa su bella voz que con el correr de los años se ha hecho muy semejante a la de Jesús —lo cual observa María con una sonrisa diciendo: "¡Me parece  tener a Mi lado a Mi Jesús!"— empieza el Salmo 118, que re­cita casi entero, después los tres primeros versos del Salmo 41, los ocho primeros del 38, el Salmo 22 y el Salmo 1. Luego recita el Paternoster, repite las palabras de Gabriel e Isabel, el Cántico de Tobías, el Capítulo 24 del Eclesiástico desde el verso 11 al 46; por último entona el "Magnífi­cat". Pero, en llegando al verso noveno, cae en la cuenta de que María ya no respira, aunque no ha cambiado nada de Su aspecto, sino que sigue sonrien­te, plácida, como si en Ella no hubiera cesado la vida.

               Juan prepara la habitación y coloca flores y ramas de olivo alrededor del cuerpo yacente de la Virgen, cuyo rostro brilla de gozo sobrenatural. Juan, lanzando un grito de dolor, se arroja al suelo, contra el borde del lecho; y llama, llama a María. No quiere convencerse de que Ella ya no puede responderle; de que Su cuerpo ya no tiene el alma vital. Pero debe rendirse ante los hechos. Se inclina sobre el rostro de la Vir­gen, en que brilla una huella de gozo sobrenatural, y copiosas lágrimas llueven de los ojos de Juan para caer sobre ese rostro delicado, sobre esas hermosas manos tan dulcemente cruzadas sobre el pecho. Es el único baño que recibe el cuerpo de María: el llanto del Apóstol, de su amor, su amor de hijo adoptivo por voluntad de Jesús. 

               Pasado el primer ímpetu de dolor, Juan, acordándose del deseo de la Virgen, recoge los extremos del amplio manto de lino, que pendían de las orillas del lecho, y los del velo, que penden de la almohada, y extiende los primeros sobre el cuerpo, y los segundos sobre la cabeza. María ahora semeja a una estatua de cándido mármol extendida sobre la tapa de un sarcófago. Juan la contempla durante largo tiempo, y, mirándola, nuevas lágrimas caen de sus ojos. Le di­ce: "Fuiste siempre el lirio de los valles, la delicada rosa, el fértil olivo, la fructífera viña, la espiga santa. Nos has dado Tus perfumes, el Aceite de la vida y el Vino de los fuertes y el Pan que preserva de la muerte al espíritu de los que dignamente se nutren de Él. Bien están estas flores en torno a Ti, como Tú sencillas y puras, como Tú adornadas de espinas como las que tuviste en vida y, como Tú, pacíficas". 

               ¿Cuántos días habrán pasado? Difícil de adivinar. Si se juzga por las flores que cual corona rodean el cuerpo exánime, se debe decir que han pasado pocas horas, pero si se juzga por las ramas marchitas de olivo sobre las que están las flores frescas, y por las otras flores secas puestas —cada una de ellas como una reliquia— sobre la tapa del arca, se puede decir que han  pasado ya varios días. Pero el cuerpo de María está como si hubiera acabado de morir. Ninguna señal de muerte en Su rostro, en Sus pequeñas manos. Ningún olor desagradable en la habitación, más bien se siente un perfume indescriptible que huele a mezcla de incienso, lirios, rosas, violetas, hierbas de la montaña. 

               Juan, que tal vez hace varios días vela, se ha dormido de cansancio. Está sentado sobre un banco con la espalda apoyada contra la pared, cerca de la puerta abierta que da  a la terraza. La luz de la lámpara, que está en el suelo, le ilumina de abajo hacia arriba y deja ver su cara fatigada, palidísima, y sus ojos enrojecidos de tanto llorar. Debe haber ya amanecido; en efecto, su débil claror hace visibles la terraza y los olivos que rodean a la casa, un claror que se va haciendo cada vez más intenso y que, entrando por la puerta, hace que puedan distinguirse mejor los objetos de la habitación, de esos objetos que, debido a la escasa luz de la lámpara, antes apenas podían distinguirse. 

                De repente, una gran luz llena la habitación, una luz argentada, con tonalidades de azul, casi fosforescente; aumenta sin cesar, anulando la luz del alba y la de la lámpara. Una luz igual que la que inundó la gruta de Belén cuando nació Jesús. Luego, en medio de esta luz paradisíaca, se ven seres angelicales, una luz aún más brillante en la luz, ya de por sí poderosísima, que ha aparecido antes. Como sucedió cuando los Ángeles se aparecieron a los pastores, una danza de chispas de innumerables colores se desprende de sus alas dulcemente batidas, de las que brota un armónico susurro, como de arpa, dulcísimo. 

               Los seres angelicales rodean el lecho, se reclinan hacia él, levantan el cuerpo inmóvil y, con un batir más fuerte de sus alas —que aumenta el sonido que antes existía—, por una abertura que se ha abierto milagrosamente en el techo —como prodigiosamente se hizo a un lado la piedra en el Sepulcro de Jesús—, se van, llevándose consigo el cuerpo de su Reina, cuerpo santísimo, sin duda, pero todavía no glorificado y, por tanto, sujeto a las leyes de la materia, sujeción que no tuvo el Cuerpo de Jesús porque cuando resucitó de la muerte ya estaba glorificado. 



               El sonido producido por las alas aumenta, y es ahora tan fuerte como el sonido de un órgano. Juan, que dos o tres veces se ha movido sobre su banco, semidormido, se despierta ante la luz potente que le hiere y ante el sonido de las alas angelicales; y se despierta totalmente por ese sonido potente y por una fuerte corriente de aire que, descendiendo del techo abierto y saliendo por la puerta abierta, forma como un remolino que mueve las mantas del lecho, ya vacío, y los vestidos de Juan, y que apaga la lámpara y cierra, con un golpe fuerte, la puerta abierta. 

               El Apóstol, todavía amodorrado, mira a su alrededor, para ver lo que sucede. Se da cuenta de que el techo está vacío, y que no hay techo. Comprende que ha sucedido un prodigio. Corre hacia afuera, a la terraza y, como por instinto espiritual, o por llamada celeste, levanta la cabeza protegiéndose sus ojos con una mano para que no le moleste el sol naciente. Y ve. Ve el cuerpo de María, todavía sin vida, semejante al cuerpo de alguien que está dormido, que sube cada vez más, sostenido por el grupo angelical. Como dirigiendo un postrer saludo, un extremo del manto y del velo se mueven, tal vez movidos por la acción del viento producido por la rápida asunción y por el movimiento de las alas angelicales; y unas flores, las que Juan había colocado y renovado alrededor del cuerpo de la Virgen, y que se habían quedado entre los pliegues de las vestiduras, llueven sobre la terraza y sobre la tierra del Getsemaní, mientras un "Hosanna" poderoso del grupo angélico se escucha cada vez más lejano. 

               Juan sigue mirando fijamente a ese cuerpo que sube hacia Cielo y, no cabe duda, por una gracia que Dios le concede, para consolarle y premiarle por su amor a su Madre adoptiva, ve, con claridad, que María, envuelta ahora en los rayos del sol, que ya ha salido, sale del éxtasis que le ha separado el alma del cuerpo, vuelve a la vida y se pone en pie, porque ahora Ella también goza de los dones propios de los cuerpos glorificados. 

               Juan mira, mira. El Milagro, que Dios le concede, le da la facultad, contra toda ley natural, de ver a María, como es ahora mientras sube en rapto hacia el Cielo, rodeada, ya no ayudada a subir, por los Ángeles que entonan cantos de júbilo. Y Juan se siente arrebatado por esa visión de hermosura que ninguna pluma usada por mano humana, ninguna palabra humana ni obra alguna de artista podrán jamás describir o reproducir, porque es de una belleza indescriptible. 

               Juan, que sigue apoyado en el antepecho de la terraza, sigue mirando fijamente esa espléndida y resplandeciente Forma de Dios —pues realmente puede llamarse así a María, formada en modo único por Dios, que la quiso Inmaculada, para que diese forma al Verbo cuando se encarnara—  que sube cada vez más.  

               Y un último, extraordinario prodigio concede Dios a Juan: el de ver el encuentro de la Madre Santísima con Su Hijo Santísimo, quien —también Él espléndido y resplandeciente, hermoso con una hermosura indescriptible— baja del Cielo, se encuentra con Su Madre, la estrecha contra Su pecho y, juntos, más resplandecientes que dos astros mayores, con Ella regresa al lugar de donde ha venido.


Nuestro Señor a la mística María Valtorta



lunes, 14 de agosto de 2023

LA SANTÍSIMA VIRGEN NO ESTÁ MUERTA, HA SUBIDO AL CIELO EN CUERPO Y ALMA, la revelación al pequeño Gilles Bouhours

 


               Gilles Bouhours nació el 27 de Noviembre de 1944, Fiesta de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, en Bergerac, Nueva Aquitania, al sur de Francia. Cuando sólo tenía nueve meses, sanó milagrosamente de meningitis y encefalitis  gracias a la intercesión de Santa Teresita del Niño Jesús, a quien los familiares de Gilles solicitaron la salud del niño; para conseguir la ayuda de la Santa, colocaron una estampa con reliquia de la Santa carmelita bajo la almohada del pequeño; al cuarto día de incesantes súplicas, Gilles, que había sido desahuciado por los médicos, sanó sin dificultades. 

               En agradecimiento por el milagro, la familia Bouhours peregrinó a Lisieux para agradecer a Santa Teresita su intercesión. Pero la relación del niño y la Santa no terminaría ahí: en un futuro, Gilles tendrá la gracia de ver y tratar a Santa Teresita en diversas manifestaciones místicas.

               Desde bien pequeño, tenía sincera piedad, rezaba largas horas y se le veía haciendo penitencia. Con apenas 3 años, aseguraba haber visto a la Santísima Madre de Dios; preguntándole responderá “La Santísima Virgen tenía un vestido blanco, la cabeza cubierta con un velo amarillo”.

               Debido a su especial religiosidad, al pequeño Gilles se le permitió comulgar por vez primera el 12 de Junio de 1949, con tan sólo cuatro años. Su devoción a Jesús en el Santísimo Sacramento fue extraordinaria; desde siempre había expresado su deseo de ser Sacerdote. 

               Dos meses después de su Primera Comunión tuvo la siguiente conversación con un Misionero popular:

     - ¿Qué quieres ser cuando seas mayor?

          - Sacerdote.

     - ¿Y por qué quiere ser Sacerdote?

          - Para colocar a Jesús en la Sagrada Hostia.

     - ¿No te gustaría ser Misionero también?

          - ¿Qué significa Misionero?

     - Es un Sacerdote que hace que Jesús y María se amen mucho.

          - Sí, sí, claro que me gustaría ser Misionero.

               Este deseo por el Sacerdocio se convirtió en él en una sana obsesión, en un hambre insaciable por el Pan de los Ángeles; no le temía al frío, ni a nada de este mundo cuando deseaba asistir a la Santa Misa y así comulgar.

               El pequeño Gilles llegó incluso a celebrar -nunca por juego, ni por diversión- “Misas Blancas”, que consistía en recitar sobre un altar, dispuesto en un cuarto de su casa, todas las oraciones de la Misa, tal como las dice el Sacerdote, de principio a fin, sin que tenga lugar la Consagración, como es lógico, pero revestido con los ornamentos que previamente le habían hecho para tal piadoso fin.

               El 13 de Diciembre de 1948, Gilles fue agraciado con un importante Mensaje de Nuestra Santa Madre: la Virgen le pedía que acudiese al Papa, entonces el Venerable Pío XII, para transmitirle un Mensaje de suma importancia. Así se lo comunicó a su padre, que al principio no quiso implicarse en el proyecto, si bien no dudaba de la veracidad de las palabras de aquél ángel terrenal.

               Sin embargo, Guilles insistió en esa visita al Papa durante dos años; su madre, intrigada por todo aquello le preguntó en qué consistía el Mensaje que le había transmitido la Virgen. La respuesta del niño no se hizo esperar: “¡Madre, el Mensaje no es para ti, es para el Papa!”. En una ocasión su padre le preguntó: “¿Y tú sabes quién es el Papa?”. Gilles, muy grave,  respondió: “¡El Papa es el Papa y tengo que darle el Mensaje de la Virgen!”

               Así, a finales de 1949, los vecinos de la familia Bouhours, conocedores del fervor del niño, se ofrecieron a pagar el viaje de éste y de su padre a la Ciudad Eterna.  

               Cuando llegaron a Roma, se quedaron en un colegio francés. En un principio, nadie sabía de su llegada, que se produjo un Martes. Al día siguiente, un emisario del Papa preguntó en la entrada del colegio si allí se había alojado un niño de la región de Lourdes. Y cuando el padre se enteró de este hecho, quedó asombrado. ¿Cómo se había enterado el Papa de su llegada?. En cualquier caso fue un alivio saber que la audiencia fue facilitada de manera extraordinaria. La entrevista tendría lugar al día siguiente, un Jueves 10 de Diciembre de 1949.

               Una secretaria recibe y lleva al niño a hablar con Su Santidad el Papa, y su padre lo esperó afuera aproximadamente una hora.

               Al final de la audiencia, el mismo Papa, tomando al niño de la mano, devolvió el pequeño a su padre, le dio las gracias y le dijo: “Llevo tiempo pidiéndole al Cielo que me dé la confirmación, una clara señal de aceptación divina, de un dogma que quiero declarar... su hijo me trajo un Mensaje de la Santísima Virgen María”.

               Nada se supo de la entrevista privada entre el Papa y el pequeño Gilles niño, hasta que en Mayo de 1950 el propio Pío XII dio a entender que el niño le había comunicado, en nombre de la Madre de Dios, que "La Santísima Virgen no está muerta, ha subido al Cielo en cuerpo y alma".

               En sus oraciones privadas, el Papa había pedido a Nuestro Señor una señal sobrenatural para proclamar el Dogma de la Asunción de María. El pequeño Gilles fue sin duda, la señal que el Cielo concedió al Pontífice, y así, el 1 de Noviembre de 1950, Pío XII proclamó infaliblemente el Dogma de la Asunción de Nuestra Madre Celestial, hasta la fecha, el último Dogma Católico.



               Desde 1950 hasta 1958, Gilles siguió viendo a la Virgen a intervalos regulares. El 13 de mayo de 1950 anuncia “El 13 de junio debo tener un vestido blanco. Tendré que caminar descalzo, como el pequeño Jesús, por la conversión de los pecadores

               El 15 de Agosto de 1954 Nuestra Santa Madre le revela: “Yo Soy la Reina del Salvador. Las manifestaciones privadas de la Virgen se prolongarían hasta 1958.

               El 24 de Febrero de 1960 Gilles enfermó, con un sopor misterioso que ningún médico pudo diagnosticar. Transcurridas 48 horas y tras recibir los Últimos Sacramentos, Gilles se preparaba para entregar su alma a Dios con apenas 15 años de edad. Antes de expirar, dijo: “Me voy a morir, pero no llores. Estoy bien y feliz”. Luego unió sus manos y realizó el acto de contrición, “Dios mío, te pido que perdones todos mis pecados… Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero…”

               Voló al Cielo el 26 de Febrero de 1960, con el primer Angelus, a las 6 de la mañana. En su tumba están grabadas estas palabras, que él mismo repetía con frecuencia:

               “Ama a Dios y a la Santísima Virgen. Ofrécele todos tus sufrimientos y así recobrarás la paz del alma”.



lunes, 15 de agosto de 2022

LA GLORIOSA ASUNCIÓN DE MARÍA A LOS CIELOS EN CUERPO Y ALMA



               El día tercero que el Alma Santísima de María gozaba de esta Gloria para nunca dejarla, manifestó el Señor a los Santos Su Voluntad Divina de que volviese al mundo y resucitase Su Sagrado Cuerpo uniéndose con Él, para que en cuerpo y alma fuese otra, vez levantada a la diestra de Su Hijo Santísimo, sin esperar a la general resurrección de los muertos.

               Pero conociéronla los Bienaventurados con mayor claridad, y la determinación del tiempo y hora, cuando en sí mismo les manifestó su eterno decreto y cuando fue tiempo de hacer esta maravilla, descendió del Cielo el mismo Cristo Nuestro Salvador, llevando a su diestra el alma de su Beatísima Madre, con muchas legiones de Ángeles y los Padres y Profetas antiguos.

               Y llegaron al sepulcro en el valle de Josafat y estando todos a la vista del virginal templo habló el Señor con los Santos y dijo estas palabras: "Mi Madre fue concebida sin mácula de pecado, para que de Su virginal sustancia purísima y sin mácula me vistiese de la humanidad en que vine al mundo y le redimí del pecado. Mi carne es carne Suya, y Ella cooperó Conmigo en las obras de la Redención, y así debo resucitarla como Yo resucité de los muertos, y que esto sea al mismo tiempo y a la misma hora, porque en todo quiero hacer a Mí semejante".

               Todos los antiguos Santos de la naturaleza humana agradecieron este beneficio con nuevos cánticos de alabanza y Gloria del Señor y los que especialmente se señalaron fueron nuestros primeros padres Adán y Eva, y después de ellos Santa Ana, San Joaquín y San José, como quien tenía particulares títulos y razones para engrandecer al Señor en aquella maravilla de Su Omnipotencia.

               Luego la Purísima Alma de la Reina con el imperio de Cristo Su Hijo Santísimo entró en el virginal cuerpo y le informó y resucitó, dándole nueva vida inmortal y gloriosa y comunicándole los cuatro dotes de claridad, impasibilidad, agilidad y sutileza, como correspondientes a la gloria del alma, de donde se derivan a los cuerpos.

               Con estos dotes salió María Santísima en alma y cuerpo del sepulcro, sin remover ni levantar la piedra con que estaba cerrado y porque es imposible manifestar Su hermosura, belleza y refulgencia de tanta Gloria no me detengo en esto. Bástame decir que, como la Divina Madre dio a Su Hijo Santísimo la forma de hombre en su tálamo virginal y se la dio pura, limpia, sin mácula e impecable para redimir al mundo, así también en retorno de esta dádiva la dio el mismo Señor en esta resurrección y nueva generación otra gloria y hermosura semejante a Sí mismo.

               Luego desde el sepulcro se ordenó una solemnísima procesión con celestial música por la región del aire, por donde se fue alejando para el Cielo empíreo. Y sucedió esto a la misma hora que resucitó Cristo nuestro Salvador, domingo inmediato después de media noche; y así no pudieron percibir esta señal por entonces todos los Apóstoles fuera de algunos que asistían y velaban al sagrado sepulcro.

               Entraron en el Cielo los Santos y Ángeles con el orden que llevaban, y en el último lugar iban Cristo Nuestro Salvador y "a Su diestra la Reina vestida de oro de variedad", como dice David, y tan hermosa que pudo ser admiración de los Cortesanos del Cielo. Convirtiéronse todos a mirarla y bendecirla con nuevos júbilos y cánticos de alabanza.

               Allí se oyeron aquellos elogios misteriosos que dejó escritos Salomón: "Salid, hijas de Sion, a ver a vuestra Reina, a quien alaban las estrellas matutinas y festejan los hijos del Altísimo. ¿Quién es Ésta que sube del desierto, como varilla de todos los perfumes aromáticos? ¿Quién es Ésta que se levanta como la aurora, más hermosa que la luna, electa como el sol y terrible como muchos escuadrones ordenados? ¿Quién es Ésta que asciende del desierto asegurada en su dilecto y derramando delicias con abundancia? ¿Quién es Ésta en quien la misma Divinidad halló tanto agrado y complacencia sobre todas sus criaturas y la levanta sobre todas al Trono de su inaccesible luz y majestad? ¡Oh maravilla nunca vista en los Cielos!, ¡oh novedad digna de la sabiduría infinita!, ¡oh prodigio de esa Omnipotencia que así la magnificas y engrandeces!".

               Con estas glorias llegó María Santísima en cuerpo y alma al Trono Real de la Beatísima Trinidad, y las Tres Divinas Personas la recibieron en Él con un abrazo indisoluble.




               El Eterno Padre le dijo: Asciende más alta que todas las criaturas, electa Mía, Hija Mía y Paloma Mía.

               Allí quedó absorta María Santísima entre las Divinas Personas y como anegada en aquel piélago interminable y en el Abismo de la Divinidad; los Santos llenos de admiración, de nuevo gozo accidental.

               El Verbo Humanado dijo: Madre Mía, de quien recibí el ser humano y el retorno de Mis obras con Tu perfecta imitación, recibe ahora el premio de Mi mano que tienes merecido.

               El Espíritu Santo dijo: Esposa Amantísima, entra en el Gozo Eterno que corresponde a Tu fidelísimo amor y goza sin cuidados, que ya pasó el invierno del padecer y llegaste a la posesión eterna de Nuestros abrazos.


Mística Ciudad de Dios
Venerable Sor María de Jesús de Ágreda



domingo, 14 de agosto de 2022

EL TRÁNSITO DE LA VIRGEN MARÍA, QUE MURIÓ DE AMOR

 

              Corriendo el curso de los tres últimos años de la vida de Nuestra Señora, ordenó el Poder Divino con una oculta y suave fuerza que todo el resto de la naturaleza comenzara a sentir el llanto y prevenir el luto para la muerte de la que con Su vida daba hermosura y perfección a todo lo criado. 



              Los Apóstoles, aunque estaban derramados por el mundo, comenzaron a sentir un nuevo cuidado que les llevaba la atención, con recelos de cuándo les faltaría su Maestra; porque ya les dictaba la Divina y oculta Luz que no se podía dilatar mucho este plazo inevitable. Los otros fieles moradores de Jerusalén y vecinos de Palestina reconocían en sí mismos como un secreto aviso de que su tesoro y alegría no sería para largo tiempo. 

               Los cielos, astros y planetas perdieron mucho de su hermosura y alegría, como lo pierde el día cuando se acerca la noche. Las aves del cielo hicieron singular demostración de tristeza en los dos últimos años; porque gran multitud de ellas acudían de ordinario donde estaba María, y rodeando su oratorio con extraordinarios vuelos y meneos, formaban en lugar de cánticos diversas voces tristes. De esta maravilla fue testigo muchas veces San Juan. Y pocos días antes del Tránsito de la Divina Madre concurrieron a ella innumerables avecillas, postrando sus cabecitas y picos por el suelo, y rompiendo sus pechos con gemidos, como quien dolorosamente se despedía para siempre. 

               Y puestos en su presencia, la Virgen Santísima comenzó a despedirse de ellos, hablando a todos los Apóstoles singularmente y algunos Discípulos, y después a los demás circunstantes juntos, que eran muchos.

               Sus palabras como flechas de divino fuego penetraron los corazones de los presentes y rompiendo todos en arroyos de lágrimas y dolor irreparable se postraron en tierra. Después de un intervalo, les pidió que con Ella y por Ella orasen todos en silencio, y así lo hicieron. En esta quietud sosegada descendió del Cielo el Verbo Humanado y se llenó de gloria la casa del Cenáculo. María Santísima adoró al Señor, quien le ofreció llevarla a la gloria sin pasar por la muerte.

              Se postró la prudentísima Madre ante su Hijo y con alegre semblante le dijo: Hijo y Señor mío, yo os suplico que vuestra Madre y Sierva entre en la Eterna Vida por la puerta común de la muerte natural, como los demás hijos de Adán. Vos que sois Mi verdadero Dios, la padecisteis sin tener obligación a morir; justo es que como Yo he procurado seguiros en la vida os acompañe también en morir.

               Entonces se reclinó María Santísima sobre Su lecho, con las manos juntas y los ojos fijos en Su Divino Hijo. Y cuando los Ángeles cantaban: “Levántate, apresúrate , amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y ven que ya pasó el invierno...” (Cantar de los Cantares, cap. 2, vers. 10), en estas palabras pronunció Ella las que Su Hijo Santísimo en la Cruz: “En Tus manos Señor, encomiendo mi espíritu” (Evangelio de San Lucas, cap. 23, vers. 46). Cerró los virginales ojos y expiró. La enfermedad que le quitó la vida fue el Amor. 

               Pasó aquella Purísima Alma desde Su virginal Cuerpo a la diestra de Su Hijo Santísimo, donde en un instante fue colocada con inmensa gloria. Y luego se comenzó a sentir que la música de los Ángeles se alejaba, porque toda aquella procesión se encaminó al Cielo empíreo. El sagrado cuerpo de María Santísima, que había sido Templo y Sagrario de Dios vivo, quedó lleno de luz y resplandor y despidiendo de sí tan admirable y nueva fragancia que todos los circunstantes quedaron llenos de suavidad interior y exterior. 

               Los Apóstoles y Discípulos, entre lágrimas de dolor y júbilo de las maravillas que veían, quedaron como absortos por algún espacio. Sucedió este glorioso tránsito un Viernes a las tres de la tarde, a la misma hora que el de Su Hijo Santísimo, a los trece días del mes de Agosto y a los setenta años de edad, menos algunos días.

              Del cenáculo partió el solemne cortejo al cual acudieron casi todos los moradores de Jerusalén. Junto a éste había otro invisible de los Cortesanos del Cielo. Descendieron varias legiones de Ángeles con los Antiguos Padres y Profetas, especialmente San Joaquín, Santa Ana, San José, Santa Isabel y el Bautista, con otros muchos Santos que desde el Cielo envió Nuestro Salvador Jesús para que asistiesen a las exequias y entierro de Su Beatísima Madre.


Mística Ciudad de Dios
Venerable Sor María de Jesús de Ágreda




domingo, 1 de noviembre de 2020

LXX ANIVERSARIO DEL DOGMA DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA NUESTRA SEÑORA EN CUERPO Y ALMA A LOS CIELOS


"Oh Virgen, Vos sois el júbilo de los Santos"

-San Efrén, Diácono-




               "Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios Omnipotente, que otorgó a la Virgen María Su peculiar benevolencia; para honor de Su Hijo, Rey inmortal de los siglos y Vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la Gloria de la misma Augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la Autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la Nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser Dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de Su Vida terrenal, fue asunta en Cuerpo y Alma a la Gloria del Cielo"


Papa Pío XII, 1 de Noviembre de 1950


 

sábado, 8 de agosto de 2020

"FELIZ AQUEL QUE VIVE Y MUERE BAJO LA PROTECCIÓN DE MARÍA, PUES TIENE SEGURO EL CIELO"


                   La Santa Iglesia hace hoy memoria de San Juan María Vianney, conocido popularmente por el sobrenombre de "el Santo Cura de Ars". Al ser Sábado, dedicado a Nuestra Señora, quiero traer un extracto de uno de sus Sermones, en el que se desprende el vivo amor que sentía San Juan María Vianney por María Virgen, amor encendido que transmitía y aún queda eco si lo sabemos poner en práctica según las enseñanzas del Santo Cura de la aldea de Ars.




               “El mundo está lleno de monumentos que atestiguan y dan fe de las gracias que la Santísima Virgen nos alcanza; contemplad, si no esos santuarios, esos cuadros, esas capillas en honor de María.

               ¡Ah! Hijos míos, ¡si sintiésemos una tierna devoción a la Virgen María, cuántas gracias alcanzaríamos para salvación nuestra! ¡Oh padres y madres! Si por la mañana pusieseis a vuestros hijos bajo la protección de la Santísima Virgen, Ella rogaría por su bien y los salvaría a ellos y a vosotros. ¡Oh! ¡Cuánto teme el demonio la devoción a la Santísima Virgen!... Quejábase aquel, un día, amargamente a San Francisco de los dos linajes de personas que más le hacen sufrir. Unas son las que contribuyen a extender la devoción a la Virgen María, y otras las que llevan el Santo Escapulario.

               ¡Ah! Hijos míos, ¿no será, lo dicho, bastante para inspirarnos una gran confianza en la Santísima Virgen y un gran deseo de consagrarnos enteramente a Ella poniendo en sus manos nuestra vida, nuestra muerte y nuestra eternidad? ¡Qué inefable consuelo en nuestras penas y tristezas, saber que María quiere y puede socorrernos! Sí, bien podemos decir que aquel que acierta a concebir una gran confianza en María tiene asegurada la salvación, pues jamás se oyó decir que quien puso su salvación en manos de María se condenase. En la hora de la muerte conoceremos los innumerables pecados que María nos hizo evitar y las muchas obras buenas que sin su protección jamás hubiésemos realizado.

              Tomémosla por Modelo y tendremos la certeza de que andamos por el camino que conduce al Cielo. Admiremos en Ella aquella Humildad, aquella Pureza, aquella Caridad, aquel menosprecio de la vida, aquel celo por la Gloria de Su Hijo y por la salvación de las almas. Sí, hijos míos, entreguémonos y consagrémonos a María por toda nuestra vida.

               ¡Feliz aquel que vive y muere bajo la protección de María, pues tiene seguro el Cielo! Esto es lo que os deseo”.


San Juan María Vianney, 
Sermón en el día de la Asunción de Nuestra Señora