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lunes, 24 de enero de 2022

SÉ PEQUEÑA HOSTIA CONMIGO

 


               Después de la Comunión. 

               El Lunes: vive en el amor del Espíritu Santo, pidiéndole amor. Él es quien hace la Santidad.

               El Martes: con la Reina de los Ángeles y los Ángeles. Para reparar tus ofensas y las ofensas.

               El Miércoles: con San José. Toma de él su vida interior.

               El Jueves: sé pequeña hostia Conmigo. Sé una hostia que cante. Busca como un avaro las ocasiones de pequeños sacrificios, que te renovarán en tu estado de hostia.

               El Viernes: toda entera para Mi Corazón. EL Viernes que fue para Mí de un gran dolor, que sea para ti de una gran dulzura.

               El Sábado no estás sola: Mi Madre te acompaña. Despierta en ti Su Amor.

               El Domingo: asciende al seno de la Trinidad Santa, como un granito de incienso en pura alabanza. 

               Hazlo así, alma.

3 de Septiembre de 1941


De los escritos de la mística Gabrielle Bossis "Él y yo", 
con el imprimatur en 1957 de Monseñor Jacques Le Cordier, 
Obispo auxiliar de París; también del Obispo de Nantes, 
Monseñor Villepellet y además del entonces Obispo Auxiliar 
y Vicario General de la Arquidiócesis de México, 
Monseñor Francisco Orozco


martes, 5 de octubre de 2021

LA VIDA INTERIOR: Haciendo de mi vida un Cielo, viviendo de Su Amor

 



               Quiero meditar detenidamente, cuáles son los obstáculos que me impiden vivir esta vida espiritual y cuáles los que yo mismo me pongo. Quiero mirarlos para arrancarlos de mí y determinadamente empezar a vivir la vida que Dios me ofrece.

               Para que la viviera me llamó y me sacó del mundo y me inspira ahora salga de mí mismo y viva su vida recogido no sólo en el convento, sino más bien en Él mismo, haciendo de mi vida un Cielo, viviendo Su Amor.

               En el Cielo y en la vida del Cielo, todo es luz y hermosura; todo transparencia y claridad, todo lo llena Dios y todo se ve en Dios. ¿Por qué no vivo ya esta vida espiritual? Es la causa por haber desperdiciado tantos medios como continuamente me ha dado para vivir en unión de amor con Él; medios ordinarios y extraordinarios, muchos de los cuales yo bien recuerdo.

               El mayor obstáculo para vivir la vida santa interior no es el mundo ni es el demonio: el mayor obstáculo está en que tengo más cabeza que corazón y más pasiones y disipación que prudencia y cordura. Más “cabeza” dirigida por mi egoísmo y mi comodidad y regalo, que “corazón” esforzado y mortificado, lleno del Amor y de la humildad de Jesús. Quiero saciar mi curiosidad  y disipación y estar recogido y atento al Amor de Dios.

               Quiero el imposible de una virtud, de una santidad y de una vida de Dios a lo humano y aún a lo mundano cuanto cabe en el convento.

               Y la vida de Dios es a lo divino con la atención a lo interior en Dios. Tengo, pues, que arrojar de mí el mundillo que halago y fantaseo en mi propio corazón, por ser incompatible con la amorosa mirada de Dios. No puedo juntar bajeza de tierra y hermosura de Cielo, y vida de Cielo y amor de Cielo deben animar mi corazón. Más aún: debo confesarlo con la frente en el suelo, lleno de confusión y de alegría: Dios quiere ser mi corazón.

               Si mi fin es amar a Dios, ¿no ha de inundarme de alegría y de gozo este pensamiento?.

               Leo en el Evangelio de San Juan que el mismo Señor me manda tener vida eterna y me dice en qué consiste. La vida eterna consiste en conocerte a Ti solo, Dios Verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú enviaste.

               La vida eterna consiste en el conocimiento de Dios y en los efectos que produce; pero vivimos en la tierra no puede ser nada más que principio de vida eterna. Y no he de entender por conocimiento de Dios una noción de sus esencia y atributos meramente naturales, que sólo ilustra el entendimiento, como lo estudiamos en los libros de filosofía y aún de teología. Muy hermosa y alentadora es esa noción, pero no es la vida eterna empezada.

               La vida eterna en la tierra es conocer a Dios con visión de fe y posesión de caridad; es la experiencia de Dios vivido en luz de amor; es conocerle dentro, en lo íntimo de mí, cuanto se puede conocer, por una viva presencia suya en mí, por una luz de afecto que excede a otra luz de conocimiento natural, por la actuación de la fe viva, llena de amor, que me da seguridad de que Dios está en mí amándome y me llena; está en mí por esencia, presencia y potencia y me llena con amor de Padre y me da Su Vida; está en mí por vida de amor y me da su amor, que es amor más que de Cielo; yo estoy en Dios amándole. La vida de Dios es amor experimentado y es realidad de conocimiento, que ilumina. El amor es vida, la más hermosa, y se vive."


Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo



martes, 28 de septiembre de 2021

LA VIDA INTERIOR: Negarme a mí mismo para recibir Su prometida Vida



               Para calmar esta sed entré en la religión y profesé en la Orden del Carmen, pues en este valle de destierro es para mí la religión la fuente escondida y cerrada donde Dios me da a beber la prometida agua suya , que es agua viva de amor de Cielo y comunica vida eterna.

               Muy al contrario de lo que el mundo piensa, no vine a la religión a morir, sino a recibir vida verdadera y llenarme de vida; a que Dios ponga en mi alma su vida prometida. Muy gozoso repito mil veces las palabras del Salmo: “No moriré, sino que viviré y cantaré las grandezas del Señor”.

               Lo he querido dejar todo y he abrazado mi Orden para vivir la vida verdadera, la vida de gracia y de virtud, que es vida de Dios; es vida que siempre alegra y nunca sufre ocaso. El mismo Dios que me la ha prometido quiere dármela; quiere saciarme en su casa con esta vida de amor divino y hacerme entrar en una luz sin sombras, en una vida sin desfallecimientos.

               Jesús me ha dicho: Yo soy la vida y quiero dártela a ti; y me trae a su casa a que viva en Él mismo y participe de esa vida divina, cada vez más intensa, haciéndome con ella, en cierto modo, divino.

               No es soberbia, Dios mío, ni presunción ni desordenado atrevimiento de este pobre corazón mío pensar de este modo y desear y esperar vivir vuestra misma vida aún en este destierro. Sería inexplicable soberbia si a mí se me hubiera ocurrido; pero me lo enseñaste Tú como Padre mío y me lo mandaste. Quiero, humilde y obediente, seguirte; quiero, rendido y fiel, ofrecerme a Tu voluntad y con ella conseguir tanta dicha.

               Como en Adán fue desordenada soberbia y tentación aquél “seréis como dioses” que le dijo la serpiente, porque engendró en él ansia de independencia y altanería y desobedeció a Dios, quiere mi Padre Celestial que este anhelo de vivir vida divina, que Él me manda tener, engendre en mí ansia y sed no independizarme, sino de entregarme en sus manos, de ofrecerme humilde y en absoluto a su voluntad; ansia y sed de hacer desaparecer el yo, con todo mi amor propio y mi miseria para unirme rendidamente a Dios y hacerme uno con Su Voluntad, y de este modo triunfa la gracia y toma Dios posesión de mí, comunicándome Su Vida.

               Debo negarme a mí mismo para poder llegar a recibir de la mano de Dios Su prometida vida, que es gracia y santidad, que es amor de Dios y gozo en Dios.

               He venido al mundo, llamado por Dios, a vivir a Dios y en Dios. ¡Qué verdad más deslumbrante, más bella y encantadora!.

               Ciertamente que este vivir a Dios no es fácil ni aún posible a nuestra pequeñez. Grandes obstáculos nos lo dificultan, y el principal obstáculo somos nosotros mismos; nos los ponemos nosotros mismos.

               Para que ese hermoso ideal y deseo de vivir a Dios se realice en mí y pueda recibir yo la vida de Dios con plenitud, he de hacer antes desaparecer todos los obstáculos, destruir y arrancar todo lo que es miseria moral mía, flaqueza y maldad mía, acabar con mi amor propio, conocer mi impotencia y ver que es Dios sólo, exigiendo mi cooperación, quien me da Su vida y santidad. 

                Únicamente negándome de este modo, y poniéndome vigilante en esperanza en Dios me prepararé para recibir la hermosura que Dios quiere comunicarme.

               ¡Oh Dios mío, que me queréis dar vuestra vida! Haced que yo me prepare y os la pida y muestre mi deseo de recibirla. Haced que quiera de veras, que quiera eficazmente, que quiera con humildad y determinado querer.

               Mas, por mucho que yo lo quiera, ¿será posible que pueda participar de la Vida de Dios?. Esa Vida es superior a mis fuerzas; pero Dios es mi Padre, y me dice por Jesucristo: quiero que seas uno Conmigo, quiero comunicarte mi vida; no pongas obstáculos, déjate deshacer para que te pueda vivificar.


Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo



martes, 21 de septiembre de 2021

LA VIDA INTERIOR: Su mirada me iluminará

 


               Lo que más me conviene buscar habitual y continuamente es la mirada amorosa de Dios sobre mí y dentro de mí; fijarme con amor en que mi vida se desenvuelve en Dios, he sido criado para Dios, Dios está en mí, yo estoy en Dios y de Dios recibo mi vida y el deseo de su Amor.

               Procuraré aislarme de las criaturas y aún de mi trabajo ordinario y disponerme más delicadamente para que Dios pueda fijar complacido sobre mí, su mirada de Padre y de Dios amoroso y yo preste atención a ella, para que la eficacia de la gracia y de la santidad sea mayor en mí. 

               Su mirada me iluminará y fortalecerá, porque la mirada de Dios siempre pone inundación de luz y de hermosura de cielo en el alma. Dios siempre me mira, como me ama sin interrupción, como está viviendo continuamente dentro de mi alma, aún cuando yo esté distraído. ¡Oh Dios mío, que nunca me aleje yo de Ti!. Pero sólo desarrollará Dios en mí toda la eficacia amorosísima de su mirada y de su presencia si yo le busco a Él y se la pido con deseo y ansia de amor, si pongo mi vida y mi corazón en encontrar y grabar en mi alma esos amorosos ojos de mi Dios. Quiero no apartar la mirada de mi alma de sus ojos de infinita hermosura.

               Dios mío, yo no sé ni puedo grabarte en mí, en lo íntimo mío, como deseo; grabad Vos vuestra bendita y atrayente mirada en mi alma e iluminadme. Tu mirada siempre me ilumine y haga florecer en mí la flor de la santidad, el fruto codiciado de la vida eterna, que es participación de vuestra misma vida y esperanza de la posesión de la dicha perfecta.

               Leo en el Santo Evangelio que Jesucristo, en el día más solemne de la fiestas de los judíos, estando de pie ante todos, dijo con fuerte voz: “Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba”. Y continuó diciendo Jesús: “De que beba de Mí, del seno de aquél que cree en Mí, manarán ríos de agua viva”.

               Para que pueda llegar a cumplirse en mí esta divina promesa, de antemano ha puesto Él, amoroso, en mi alma sed de Dios, sed o ansia de consagrarme a Dios y de vivir para Dios. Es mi mismo Padre celestial quien me dio, como inestimable regalo de su misericordia, esta misteriosa sed de lo sobrenatural, de la vida eterna.

               El mismo Jesucristo, mi Redentor, puso la sed de Dios en mi corazón. No conocía yo este tesoro, pero Jesucristo, sin yo conocerlo ni merecerlo, me dio esta sed viva de Dios, y con ella tuve fortaleza y determinación para dejar todo lo del mundo y venir a Él. Ni hubiera podido tener la fortaleza y determinación para dejarlo todo y renunciarme a mí mismo si Él no hubiera puesto esta inflamación y sed en mí.

               Al principio, porque no me había vaciado de mí mismo, parecíame este camino pedregoso y muy difícil, mas cuando me renuncio y niego a mí mismo, veo por experiencia que el camino de tu gracia y de tu amor es camino de belleza y de alegría, que el camino de tu misericordia está lleno de delicias y goces insospechados y es el camino seguro y gozoso que termina en los resplandores de la vida eterna.

               ¿Cómo podré agradecerte, Dios mío, esta sed que me diste?. Sentí esta sed y este ansia insaciable allá en el alborear de mi vocación y ellas me hicieron dejar todo lo del mundo para venir a Ti, y continué sintiéndolas más intensas durante mi vida religiosa, porque no podía perfectamente poseerte a Ti mientras no me negara perfectamente a mí, y por ellas continuo preparándome y negándome para hacerte mío y que Tú me hagas totalmente tuyo. Bendita sea esta sed que aparta de mí todo apetito y codicia de lo terreno y me aviva los deseos y recuerdos de Ti, Amor mío y Señor y Creador del Cielo.


Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo



martes, 31 de agosto de 2021

LA VIDA INTERIOR: Quiero vivir de Fe




               Quiero en lo que me quede de vida recogerme en mí mismo con mi Dios viendo mi nada y Su Infinita Bondad para conmigo. ¿Cómo os agradeceré, Dios mío, la inmensa Misericordia que me habéis mostrado escogiéndome para que yo viva en vuestra misma Hermosura, en vuestra Luz y de vuestra Vida?. ¿Cuándo habrán desaparecido de mí los obstáculos que me impiden vivirla?

               Porque mucho lo deseo, pero aún me veo muy lejos de vivirla según vuestra Divina Voluntad y el deseo que me dais. Se me hace difícil llegar a vivir esta continua presencia vuestra. Sé que toda la culpa es mía por la flaqueza de mi voluntad y por la locura de mi imaginación; es mía la culpa por la falta de esfuerzo para dominar mis sentidos y mis gustos, por el poco cuidado para vivir recogido hacia dentro de mí y en Vos y por no aprovechar las pruebas que Vos ponéis en mi alma.

               Quiero vivir de Fe. Necesito que la Fe sea el fundamento donde me estribe y la Luz que me ilumine. La Fe me enseñará a vivir a Dios en mí y a verle en todo lo criado, pues todo lo recibo de Su mano; la Fe me enseña que está en mi infinito, simplicísimo, inmenso como es, llenándome. Todas las pruebas me las manda Dios para mi bien, para que se desarrolle en mí su vida y crezcan la gracia y el amor. 

               Te doy gracias, Dios mío, porque todo lo que obras en mí es por amor y para darme más amor. En Tus manos me confío y pongo mi vida, mi alma y todo mi ser. De Tu mano recibo todas las bondades y todas las pruebas que me vengan y Tú eres quien me pone en el fervor sensible y tierno o en la seca aridez que mi alma siente y para mi bien permites, las tentaciones que me afligen. Con todas ellas quieres llenarme de Tu Amor y de Ti mismo por la gracia.



martes, 15 de junio de 2021

LA VIDA INTERIOR: En todo me he ofrecido a Dios

 

               Santa Teresa, alma de amor y decidida, alma real y Esposa fiel de Jesucristo, se santificó y llegó a grado tan alto de amor viviendo con el entusiasmo y perfección de su corazón grande y con heroica abnegación la misma vida religiosa que determinó en su Regla. Pudo su amor más que las dolencias de su cuerpo. Fue admirada y amada de cuantas religiosas la trataron por esta misma delicadeza y, no obstante, un momento antes de su muerte en Alba, pide perdón a sus hijas presentes por las faltas cometidas contra las Constituciones y les suplica tengan grandísima fidelidad en cumplirlas, porque solo con eso serán Santas. La observancia religiosa fielmente vivida santifica.



               Guardar bien las Constituciones o vivir con perfección la observancia es asimilar todo el espíritu y toda la delicadeza del Evangelio; es amar con todo el corazón y con todas las fuerzas; no es vivir la sola materialidad y lo externo de las obras en sus tiempos precisos; esto haría de mí un sepulcro blanqueado; ni puedo decir me basta con vivir lo interno, que es donde está el amor y donde se encuentra a Dios, porque sería desobedecer formalmente a Dios. 

               Tengo que vivir lo interno y lo externo; poner todo mi esfuerzo y mi amor en vivir la delicadeza e intensidad del espíritu con todo el primor y detalle de las obras exteriores. Dios ha mandado lo interior y lo exterior; tengo que ofrecer a Dios mi cuerpo y mi alma, mis potencias y sentidos y también el tiempo y las circunstancias. Todo es de Dios, todo me lo ha impuesto Dios, en todo me he ofrecido a Dios. Las tentaciones y las caídas provienen del cuerpo, y es el cuerpo el que hace caer y consentir al espíritu.

                Por bello, por encantador que sea el cuerpo, si no está vivificado por el alma, causa repulsión y es un cadáver, y todo cadáver da miedo. Lo atrayente y subyugador lo pone la vida comunicada por el alma. Algo semejante acontece en la Vida Religiosa y aún en toda Vida Cristiana: son necesarias la materialidad del cumplimiento exterior de lo mandado y la exactitud externa de las obras prescritas en el tiempo y en las circunstancias. Sin esto no habrá ni orden ni armonía; sin esto no habrá espíritu de mortificación ni de mutua comprensión, ni recogimiento, ni apostolado eficaz y sobrenatural. 

               Pero no es suficiente que yo viva el detalle externo hasta en sus menores ápices; necesito vivir el alma, el espíritu que lo anima y da la vitalidad y el atractivo; necesito vivir la Presencia de Dios, la Vida Interior de amor a Dios, la sobrenaturalización de mis actos, la caridad divina y la caridad fraterna mostradas en la abnegación, en la paciencia, en la mansedumbre, en la bondad, en mis modales. Sin estas virtudes internas, las externas solo serían, como digo, un cadáver, que con su rigidez, inflexibilidad y dureza se harían repulsivas y antipáticas, y el convento, como mi persona, en lugar de ser una antesala del Cielo, parecería camino que conduce a lo sombrío de una prisión.


Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo



martes, 18 de mayo de 2021

LA VIDA INTERIOR: Uniendo mi voluntad a la de Dios

 

               Para vivir la Santidad sin ficción y como Dios quiere, me es imprescindible hacer penitencia y vivir Vida Interior y de recogimiento; he de ser mortificado y recogido. La perfección de la penitencia está en aceptar todas las disposiciones de Dios con amor perfecto, en unir mi voluntad a la Divina. Sin amor podré abrazar el dolor, podré sufrir, pero no hacer penitencia ni seré mortificado. Lo esencial de la penitencia está en el ofrecimiento o aceptación por amor y en la intensidad de mi amor a Dios y perfecta unión de mi voluntad con la Divina; según sean éstos, será mi penitencia.



               Uniendo mi voluntad a la de Dios no perderé mi personalidad, sino que la perfeccionaré, la sobrenaturalizaré y formaré en mí el carácter de virtud y veré que mis obras están llenas de amor de Dios. Un fin muy principal de mi entrada en la Vida Religiosa fue retirarme del mundo, renunciar a mis gustos y a las comodidades que pudiera tener y, dejando lo mundano, negarme a mí mismo, trabajando por hacer desaparecer mi amor propio. La Vida Religiosa encierra necesariamente el concepto de renunciarse a sí mismo para entregarse a Dios; es de sacrificio y mortificación para vivir una más perfecta Vida Interior en Dios. 

              Jesucristo me dijo, como a todos los que quieran seguirle, que he de hacer penitencia, aunque repugne a mi natural; que he de mortificarme. Y para que el edificio de mi Santidad vaya seguro y sólido he de empezar mi mortificación por quitar mi desordenado amor propio, por negarme a mí mismo y en lugar del amor propio poner el amor de Dios, o sea, ofrecerme de tal manera que Dios tome total posesión de mí y haga que mi voluntad en todo se una con la Suya.

               En muchas ocasiones sé qué mortificaciones y penitencias debería escoger para mayor provecho de mi alma, más seguridad mía y mayor agrado del Señor. En otras muchas no sabría, como dudaba de sí mismo el Santo Juan de Ávila, a pesar de lo santo que era y la rectitud de intención que solía tener; por esto envidiaba él santamente a los Religiosos. Al abrazar mi Vida Religiosa lo primero que ofrecí fue la renuncia de mi amor propio, ofreciéndome a Dios en la obediencia. 

               En la obediencia abracé la mortificación de todo mi ser: de mi alma y de mi cuerpo, de mis potencias y de mis sentidos, sabiendo que de este modo hacía ciertamente la Voluntad de Dios mismo, quien había dispuesto las leyes que profesaba y era Dios mismo, quien mandaba en mis Superiores, porque el que manda se podrá equivocar, el que obedece nunca se equivoca.

               Al entrar en el Convento abracé la penitencia de la observancia religiosa que encierra todo esto; si hoy no lo cumpliera no sería fiel a Dios ni a mi promesa y me saldría del camino seguro que lleva a Dios. Si no lo cumpliera con todo el primor y delicadeza, no amaría a Dios ni con todo mi amor ni con todas mis fuerzas. En verdad los Religiosos que viven su vida perfectamente son las almas más Santas del mundo y las más provechosas a la Iglesia y al bien del prójimo.


Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo



jueves, 15 de abril de 2021

LA VIDA INTERIOR: ¿Cómo saber si vivo la Voluntad de Dios?

 

               El alma, la vida y la Santidad de mi vida es el amor de Dios, y mi gozo debe ser darme cuenta de que cuanto hago es Voluntad de Dios y lo hago por Su Amor; por ello he renunciado a todo lo demás y me he alejado de cuanto pudiera robarme algo de mi amor a Dios, y emperezarme en hacer Su divino querer. Con este amor en cada una de mis acciones y de mis vencimientos recibo vida de Su Vida y de Su Verdad.



               La prueba más cierta de que vivo este amor de Dios y participo de la Vida de Dios es el haber pronunciado a mí mismo, desterrando mi amor propio; el haber negado mi gusto para unir mi voluntad en todas las acciones que realice a la de Dios.

              Cuando leo en el Santo Evangelio las palabras que Jesucristo dijo "Yo siempre hago la Voluntad de Mi Padre", reflexiono para mí: ¿Cuándo sabré que yo hago también la Voluntad de Dios? Jesucristo la hacía siempre y con plenitud de un amor perfecto e infinito, porque Él era Dios y el cuerpo estaba siempre pronto para seguir la voluntad del alma, y Su Alma veía en visión clara la Voluntad Divina, pues era una misma persona con la divina. Pero aun con toda mi torpeza y ruindad nativas, puedo cumplir la Voluntad de Dios con certeza si guardo con fidelidad y delicadeza mi observancia religiosa y decir hago la Voluntad de Dios.

              La observancia religiosa me muestra en cada momento y en cada acción cuál es la Voluntad de Dios y lo que quiere de mí en mis obras interiores y exteriores. En mis obras interiores quiere el Señor las haga con rectitud de intención, por Él mirando a Él, y, como Jesús, que las haga con todo mi amor, que es hacerlo ante la amorosa mirada de Dios con toda mi inteligencia y con todas mis fuerzas y corazón. Y en mis obras externas también puedo saber, si quiero, que hago la Voluntad de Dios, porque Él me ha manifestado Su Voluntad en mis Reglas y Horarios, en los detalles de mi vida religiosa. Si yo obedezco u observo con toda la delicadeza y con todo amor y sumisión estas disposiciones, si yo vivo con fidelidad abnegada mi observancia religiosa, si abrazo la mortificación y el recogimiento que me manda mi Orden, obedezco a Dios que así lo ha dispuesto y hago en cada momento y en cada acción Su Voluntad...


Padre Valentín de San José, Carmelita Descalzo