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lunes, 11 de mayo de 2026

ANA DE MONTEAGUDO Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO (VI)

 


                    El Padre Fernando Colmenero fue un Sacerdote jesuita que actuó como un testigo clave y confidente de las experiencias místicas de la Madre Ana de los Ángeles de Monteagudo; tras la muerte de la religiosa declaró que la Madre Ana de Monteagudo le refirió que una mañana del día de la Resurrección del Señor, vio salir del Purgatorio muchas almas de todos los estados y Órdenes que iban al Cielo. Y habiéndole preguntado si había visto entre ellos algún religioso de la Compañía de Jesús, le dijo que sí. Dijo que había visto en el Purgatorio a un Sacerdote que murió en esta ciudad, llamado Isidoro Flores, a quien este testigo había confesado en su última enfermedad.

                    Por otra parte, el Padre Diego de Vargas, otro de los principales cronistas de la vida de la venerable religiosa, le contó al Padre Colmenero que en una ocasión la Madre Monteagudo vio un alma del Purgatorio que le preguntó si la conocía. La Madre le dijo que no... el alma añadió: "¿No te acuerdas de un herrero que vivía frente a tu casa?". Con este detalle, recordó haberlo conocido en su infancia. Y, echando cuentas de cuándo murió, había sufrido por 50 años.


NOTA BIOGRÁFICA

                    Ana de los Ángeles de Monteagudo y Ponce de León nació en Arequipa (Virreinato del Perú) en 1602. Fue desde los dieciséis años monja en el Monasterio de Santa Catalina de Siena de la misma ciudad, donde durante casi setenta años se dedicó a Dios y su pueblo, siendo un verdadero ángel del buen consejo en sus cargos de Sacristana, Maestra de Novicias y Priora. Vivió con incansable entusiasmo para la reforma del Monasterio, para la caridad con los necesitados, y rezando incesantemente por las Almas del Purgatorio. Sus últimos años fueron de penosa enfermedad, soportada con ejemplar serenidad. Entregó su alma a Dios el 10 de Enero de 1686 y su cuerpo se venera en la iglesia del mismo monasterio donde vivió. El 13 de Junio de 1917 fue nombrada Sierva de Dios por el Papa Benedicto XV.



lunes, 27 de abril de 2026

ANA DE MONTEAGUDO Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO (V)



                    La Madre Ana de Monteagudo tuvo la visita del alma de una religiosa dominica; había vivido en ese mismo monasterio, pero para su desgracia, había llevado una vida mundana con muchos perfumes y pomadas en el rostro y en las manos; se ocupaba incluso de perfumar su hábito, perdiendo mucho tiempo en adornos. La Madre Ana veía con espanto como el alma de la religiosa estaba sujeta por cuatro personas monstruosas que la atormentaban... 

                    El espanto de aquella visión hizo pensar a la Madre Ana de Monteagudo que el alma de aquella infeliz monja estaba condenada, pero aún así le preguntó por qué estaba con sufrimientos tan terribles. El alma purgante le respondió que había puesto mucho interés en adornarse y embellecerse sin haber guardado las normas de su estado; y que estaba en un lugar especial para que no pudiese disfrutar de los sufragios generales que se hacen en la Iglesia por las Almas del Purgatorio; sin embargo, había obtenido permiso de Dios para venir a pedirle ayuda. 

                    La Madre Monteagudo le contó dicha visión a otra religiosa, Sor Juana de Santo Domingo, explicándole que aquél encuentro con el alma de la monja vanidosa había durado una hora y que, inmediatamente, comenzó a ayudarla con sus oraciones, sobre todo por la intercesión de su Patrono San Nicolás. Después de muchas oraciones y sufragios, obtuvo que Dios usara de Su Misericordia para con el alma de la monja y la sacase de aquellas penas para llevarla a Su Presencia en el Cielo.


NOTA BIOGRÁFICA

                    Ana de los Ángeles de Monteagudo y Ponce de León nació en Arequipa (Virreinato del Perú) en 1602. Fue desde los dieciséis años monja en el Monasterio de Santa Catalina de Siena de la misma ciudad, donde durante casi setenta años se dedicó a Dios y su pueblo, siendo un verdadero ángel del buen consejo en sus cargos de Sacristana, Maestra de Novicias y Priora. Vivió con incansable entusiasmo para la reforma del Monasterio, para la caridad con los necesitados, y rezando incesantemente por las Almas del Purgatorio. Sus últimos años fueron de penosa enfermedad, soportada con ejemplar serenidad. Entregó su alma a Dios el 10 de Enero de 1686 y su cuerpo se venera en la iglesia del mismo monasterio donde vivió. El 13 de Junio de 1917 fue nombrada Sierva de Dios por el Papa Benedicto XV.



lunes, 20 de abril de 2026

ANA DE MONTEAGUDO Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO (IV)



                    En cierta ocasión, se presentaron ante la Madre Ana de Monteagudo varias Almas del Purgatorio; entre ellas, la religiosa vio un alma con corona que parecía pedirle ayuda. Ella preguntó quién era y las Almas le dijeron que era su Rey Felipe IV (providencialmente, el monarca había abrazado la espiritualidad de Santo Domingo de Guzmán, como Terciario Dominico). 

                    Ella le contó el caso a Don Antonio de Butrón y al licenciado Don Diego de Vargas y a otros clérigos para que encomendasen al Rey, que tenía muchos sufrimientos. Y así lo hicieron. Cuando llegó la noticia de la muerte del Rey, se dieron cuenta de que había sido el mismo día (17 de Septiembre de 1665) que ella lo había dicho. 

                    En otra oportunidad, le contó a Sor Juana de Santo Domingo que había visto el alma de Don Pedro Antonio Fernández de Castro, Conde de Lemos, y que supo que estuvo en peligro de condenarse por los malos consejeros que tuvo en su gobierno como Virrey del Perú, pero por su gran devoción a la Inmaculada Concepción de María, se encontraba en vía de salvación. 

                    Fallecida la Madre Monteagudo, muchos que habían sido confidentes de la Venerable religiosa, sintieron la obligación de dar a conocer su prodigiosa vida mística, por eso, el jesuita Padre Alonso de Zereceda, en su oración fúnebre a los 10 días de su muerte, dijo ante el Obispo, las Religiosas Dominicas y el pueblo reunido para las solemnes exequias: "Muchas almas se le aparecían para pedirle ayuda. Se le apareció el alma del Rey e inclinó su cabeza hacia ella como pidiéndole humildemente ayuda... Y Dios le mostró que subía del Purgatorio a la Gloria por una escalera que iba desde la Tierra al Cielo, en cuya cima estaba María Santísima que lo esperaba. Subía lleno de luz y de esplendor, significando que había obtenido tanta Gloria por la devoción a María, que es la escala que lleva a sus devotos al Cielo". 


NOTA BIOGRÁFICA

                    Ana de los Ángeles de Monteagudo y Ponce de León nació en Arequipa (Virreinato del Perú) en 1602. Fue desde los dieciséis años monja en el Monasterio de Santa Catalina de Siena de la misma ciudad, donde durante casi setenta años se dedicó a Dios y su pueblo, siendo un verdadero ángel del buen consejo en sus cargos de Sacristana, Maestra de Novicias y Priora. Vivió con incansable entusiasmo para la reforma del Monasterio, para la caridad con los necesitados, y rezando incesantemente por las Almas del Purgatorio. Sus últimos años fueron de penosa enfermedad, soportada con ejemplar serenidad. Entregó su alma a Dios el 10 de Enero de 1686 y su cuerpo se venera en la iglesia del mismo monasterio donde vivió. El 13 de Junio de 1917 fue nombrada Sierva de Dios por el Papa Benedicto XV.



lunes, 13 de abril de 2026

ANA DE MONTEAGUDO Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO (III)



                    El Padre Marcos, Capellán de la Madre Ana de Monteagudo, dice que un año, estando cercana la Fiesta de San Nicolás de Tolentino, la Madre Monteagudo no tenía dinero alguno para hacer los sufragios para las Almas del Purgatorio y se fue al Coro de la iglesia conventual a pedirles que mandaran todo lo necesario. 

                    Al poco rato, llegó a la portería el Obispo Monseñor Gaspar de Villarroel y Ordóñez, e hizo abrir las puertas, pues ya estaban cerradas. El Prelado hizo llamar a la Madre Ana y le preguntó qué estaba haciendo. Ella le respondió que encomendándose a Dios para que moviese a alguien para darle lo necesario para los sufragios de las Almas del Purgatorio en la Fiesta de su Patrón, San Nicolás. El Señor Obispo le dijo que, mientras estaba rezando el Oficio Divino, le habían quitado el breviario de las manos sin saber cómo, quedando asombrado. Inmediatamente, le vino a la mente la Sierva de Dios y sus Almas. Por eso, sin esperar más, había acudido al Monasterio para saber qué necesitaba. 

                    La Madre Ana de Monteagudo le dijo que necesitaba 200 escudos, y el Obispo, sin vacilar, se los dio. Así pudo celebrar bien la Fiesta. Por ello, les pidió a las Almas que se mostraran agradecidas al Obispo, aumentándole los bienes materiales y espirituales. Entonces, se le hicieron presentes algunas Almas con una bandeja en la que había cruces resplandecientes. Ella les dijo que le dieran las cruces para adornar a su Patrono, pero le respondieron que eran de Monseñor Villarroel, quien iba a ser nombrado Arzobispo de La Plata. Pero, después de más de un año, se tuvo noticia de que otro había sido nombrado para ese cargo. 

                    El Obispo Villarroel fue al Convento a decirle que por qué le había engañado. La Madre Ana le respondió que no podía ser, porque sus Almas nunca le engañaban. El Obispo le hizo jurar que así iba a suceder. Hizo el juramento y, pasados algunos días, la Madre Monteagudo le mandó decir al Obispo el día y la hora en que recibiría la noticia de su nombramiento para que estuviese preparado. Así fue, pues llegó un soldado a caballo al palacio del Obispo con los documentos de su promoción al Arzobispado de La Plata, con lo que el Obispo quedó maravillado.


NOTA BIOGRÁFICA

                    Ana de los Ángeles de Monteagudo y Ponce de León nació en Arequipa (Virreinato del Perú) en 1602. Fue desde los dieciséis años monja en el Monasterio de Santa Catalina de Siena de la misma ciudad, donde durante casi setenta años se dedicó a Dios y su pueblo, siendo un verdadero ángel del buen consejo en sus cargos de Sacristana, Maestra de Novicias y Priora. Vivió con incansable entusiasmo para la reforma del Monasterio, para la caridad con los necesitados, y rezando incesantemente por las Almas del Purgatorio. Sus últimos años fueron de penosa enfermedad, soportada con ejemplar serenidad. Entregó su alma a Dios el 10 de Enero de 1686 y su cuerpo se venera en la iglesia del mismo monasterio donde vivió. El 13 de Junio de 1917 fue nombrada Sierva de Dios por el Papa Benedicto XV.



lunes, 23 de marzo de 2026

ANA DE MONTEAGUDO Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO (II)



                    En el año 1676, el granadino Fray Juan de Calle y Heredia, mercedario, era trasladado como Obispo desde Trujillo a la ciudad de Arequipa. Cuando entró en la ciudad, estaban las Novicias y algunos seglares preparando la decoración para cuando llegara a visitar el Monasterio. La Madre Ana de Monteagudo les dijo: Hermanas, no se afanen, porque no lo hemos de ver. Y, cuando lo dijo, el Obispo estaba bien de salud, pero se enfermó antes de visitar a las Madres Dominicas y murió el 15 de Febrero de ese mismo año. Dos meses después de la muerte del Obispo, Don Juan de Meza y su esposa Francisca Manzo fueron a visitar a la Madre Ana de Monteagudo y ella le encomendó que dijera al sacerdote compañero del obispo que él tenía necesidad de muchos sufragios, a pesar de que este testigo le había mandado celebrar dos mil misas. La razón era, porque siendo Obispo en España, cuando todavía era muy joven, no había puesto mucha disciplina a los religiosos, siendo condescendiente con ellos. 

                    La noche del Corpus Christi de aquel año, aseguró la Madre Ana que el Obispo Fray Juan de la Calle había salido del Purgatorio y que, al mismo tiempo que salía el Obispo, entraba al Purgatorio un religioso de la Compañía de Jesús, que tenía la cara muy triste. Al salir el dicho Obispo, le encargó a la sierva de Dios que se interesara por un religioso mercedario llamado Ponce que llevaba ya 50 años en el purgatorio. 

                    Un día le refirió la Madre Ana de Monteagudo a Sor Juana de Santo Domingo que fue llevada a una sala muy grande donde vio que estaban penando, como en un círculo, muchas Almas. En una parte, estaban los Religiosos; en otra parte, las Religiosas o los Clérigos; y en el suelo del salón vio las Almas de los seglares. Observó que en ese salón había una puerta que daba a otra sala que parecía más horrorosa, de donde salía un rumor espantoso, donde conoció algunas personas. Y con esta visión se acentuó más en ella el fervor por las Almas. Y muchas de ellas venían a pedir oraciones y sufragios a la Sierva de Dios. 



sábado, 21 de marzo de 2026

"LA SABATINA", la plegaria de cada Sábado a Nuestra Señora del Carmen



La Virgen liberará del Purgatorio
a las Almas que en vida mortal vistieron
el Santo Escapulario del Carmelo


                    Entre los devotos de la Virgen del Carmen, es bien conocido el llamado “Privilegio Sabatino”, creencia que sostiene que los que vistieron piadosamente el Escapulario del Carmen durante su vida, saldrán del Purgatorio el primer Sábado después de su muerte. Para un católico no es esta una cuestión discutible o dudosa, sino de obligada creencia ya que ha sido enseñada y refrendada -como a continuación se expondrá- por el Magisterio de varios Papas, y por tanto, verdad segura e infalible.

                    La Orden del Carmen consiguió del Papa Clemente VII en 1530, la Bula "Ex Clementi" que afirmaba que la Virgen Santísima ayudará con Sus ruegos y una especial protección después de su muerte a todos los que hayan vestido el Escapulario del Carmelo.

                    En 1566, el Papa San Pío V publicó el Motu Proprio "Superna dispositione", donde confirmaba las gracias, indulgencias y privilegios concedidos por la Iglesia a la Orden del Carmen, “también el Sabatino”. 

                    Tras las nuevas normas sobre las indulgencias, emanadas por el Concilio de Trento, será el Papa Gregorio XIII, en 1577, quien con el breve "Ut laudes" confirme de nuevo todas las indulgencias, gracias y privilegios anteriores, entre los que se incluye el “Privilegio Sabatino”, pero precisando que la ayuda de la Virgen ocurre “el Sábado después de su muerte, con Su continua protección, misericordiosos ruegos, méritos y especial protección”. 

                    Por eso, el “Privilegio Sabatino” siempre aparecerá ya incluido en el Índice de las indulgencias aprobadas por la Iglesia. Así lo vemos, por ejemplo, en el publicado por el Papa Inocencio XI en 1678, o en el de San Pío X en 1910. Y el Papa Pío XII, en 1950, en la conocida Carta Apostólica "Neminem profecto latet", dice: "Ni la piadosísima Madre dejará de intervenir para que Sus hijos detenidos en el Purgatorio por su faltas alcancen lo más pronto posible la Patria Celeste, por Su intercesión, según el tan conocido ‘Privilegio Sabatino’ transmitido por la Tradición”.

                    Nosotros podemos ayudar a esas pobres Almas que están retenidas en el Purgatorio, a fin de que sean liberadas lo antes posible por medio de nuestras oraciones, sacrificios y limosnas; así lo hizo Judas Macabeo cuando tras “recoger los cadáveres de los caídos en el combate, para enterrarlos junto a sus parientes en los sepulcros familiares (…) hicieron una oración para pedir a Dios que perdonara por completo el pecado que habían cometido” (2 Libro de los Macabeos, cap. 12, vers. 39.42). “Después recogió unas dos mil monedas de plata y las envió a Jerusalén, para que se ofreciera un sacrificio por el pecado. Hizo una acción noble y justa (…) Como tenía en cuenta que a los que morían piadosamente los aguardaba una gran recompensa, su intención era santa y piadosa. Por esto hizo ofrecer ese sacrificio por los muertos, para que Dios les perdonara su pecado” (2 Libro de los Macabeos, cap. 12, vers. 43.45). Y también San Pablo cuando ora a Dios por el eterno descanso de su amigo difunto: “Que el Señor tenga misericordia de la familia de Onesíforo; él me trajo alivio muchas veces y no se avergonzó de que yo estuviera preso. Al contrario, en cuanto llegó a Roma comenzó a buscarme sin descanso, hasta que me encontró. Que el Señor le conceda encontrar su misericordia en aquel día” (2 Carta a Timoteo, cap. 1, vers. 16-18).


Oración inicial


               En el Nombre del Padre, y del Hijo ☩ y del Espíritu Santo. Amén.

               Virgen del Carmen, llevamos sobre nuestro pecho Vuestro Santo Escapulario, signo de nuestra consagración a Vuestro Corazón Inmaculado. Madre querida, somos Vuestros hijos, unos hijos de Vuestra entera pertenencia.

               Nuestra consagración, Señora, nos exige una entrega sin reservas a Vuestra Sagrada persona, una dedicación generosa a Vuestro servicio, una fidelidad inquebrantable a Vuestro amor y una solicita imitación de Vuestras virtudes. Queremos vivir, conforme al viejo ideal carmelitano: en Vos, con Vos, por Vos y para Vos. 

               Gracias a Vuestro Bendito Escapulario, Virgen del Carmelo, somos miembros de Vuestro cuerpo místico del Carmelo y participamos de la consagración comunitaria de la Orden a Vos, que Sois su cabeza. Nuestra consagración se une pues, a la Orden de toda la Familia Carmelitana y acrecienta así su valor y eficacia. 

               Santa María, Abogada y Mediadora de los hombres, no podríamos vivir nuestra consagración con olvido de quienes son Vuestros hijos y nuestros hermanos. Por eso, nos atrevemos a consagraros la Iglesia y el mundo, nuestras familias y nuestra amada Patria.

               Os consagramos especialmente los que sufren en el alma o en el cuerpo: los pecadores, los tentados, los perseguidos, los marginados, los presos, los desterrados, los enfermos, los hambrientos…. 

               Madre y Reina del Carmelo, por nuestra consagración somos del todo Vuestros ahora en el tiempo; que los sigamos siendo también un día en la Eternidad. Así sea.



Angelical Salutación
a Nuestra Señora del Carmen


              1ª. Madre mía del Carmen, bendita seáis; los Ángeles, los Santos y los Justos os llenen de alabanzas, porque me habéis dado Vuestro Bendito Escapulario.

   Dios te salve, María, llena eres de gracia etc.


               2ª. Madre mía del Carmen, bendita seáis; los Arcángeles, y los Santos y los Justos os llenen de alabanzas, porque con Vuestro Bendito Escapulario me habéis hecho especialísimo hijo Vuestro. 

   Dios te salve, María, llena eres de gracia etc.


                3ª. Madre mía, Madre de mi corazón y Reina de mi amor, os doy mi alma, mi vida, mi corazón, y quiero que os alaben las Virtudes y todas las criaturas, porque con Vuestro Bendito Escapulario me habéis infundido la esperanza de que os veré en el Cielo.

   Dios te salve, María, llena eres de gracia etc.


                4ª. Madre mía del Carmen, bendita seáis una y mil veces; las Dominaciones, los Santos y los Justos os llenen de alabanzas, porque con Vuestro Bendito Escapulario me defendéis de las tentaciones del enemigo. 

   Dios te salve, María, llena eres de gracia etc.


               5ª. Madre mía del Carmen, bendita seáis; los Tronos, los Santos y los Justos os llenen de alabanzas, porque con Vuestro Bendito Escapulario me protegéis contra todos los peligros. 

   Dios te salve, María, llena eres de gracia etc.


               6ª. Madre mía del Carmen, bendita seáis; los Serafines, los Santos y los Justos os llenen de alabanzas, porque con Vuestro Bendito Escapulario Sois salud de mi alma. 

   Dios te salve, María, llena eres de gracia etc.


               7ª. Madre mía del Carmen y Reina de mi corazón, bendita seáis; los Querubines, los Santos y los Justos os llenen de alabanzas, porque con Vuestro Escapulario Sois la paz y la alegría de mi alma. 

   Dios te salve, María, llena eres de gracia etc.


Oración final


              Señor Dios Nuestro, que habéis honrado a la Orden del Carmen con la advocación especial de la Bienaventurada y siempre Virgen María, Madre de Vuestro Hijo; conceded a cuantos hoy celebramos su recuerdo que, guiados por Su ejemplo y protección, lleguemos hasta la cima del monte de la perfección que es Cristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

               En el Nombre del Padre, y del Hijo ☩ y del Espíritu Santo. Amén.



lunes, 16 de marzo de 2026

LA MADRE ANA DE MONTEAGUDO Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO (I)



                    Ana de los Ángeles de Monteagudo y Ponce de León nació en Arequipa (Virreinato del Perú) en 1602. Fue desde los dieciséis años monja en el Monasterio de Santa Catalina de Siena de la misma ciudad, donde durante casi setenta años se dedicó a Dios y su pueblo, siendo un verdadero ángel del buen consejo en sus cargos de Sacristana, Maestra de Novicias y Priora. Vivió con incansable entusiasmo para la reforma del Monasterio, para la caridad con los necesitados, y rezando incesantemente por las Almas del Purgatorio. Sus últimos años fueron de penosa enfermedad, soportada con ejemplar serenidad. Entregó su alma a Dios el 10 de Enero de 1686 y su cuerpo se venera en la iglesia del mismo monasterio donde vivió. El 13 de Junio de 1917 fue nombrada Sierva de Dios por el Papa Benedicto XV.

                    Ana de Monteagudo -como sería llamada popularmente- conoció desde muy joven la vida de San Nicolás de Tolentino, Patrono de las Almas del Purgatorio; quiso imitarlo en su vida y, concretamente, en su amor por las Almas Benditas que padecían el rigor de aquella Cárcel de Amor. Se dedicó en cuerpo y alma a orar por Ellas y a buscar limosnas para mandar celebrar Santas Misas en su sufragio: todos los años mandaba celebrar varios cientos de Misas para la Fiesta y Novena de San Nicolás de Tolentino. Por esa caridad, las Almas purgantes se le aparecían para pedirle sufragios, aunque en ocasiones le comunicaban sucesos futuros, la ayudaban en todo y además la protegían de las influencias del Demonio.

                    Las misma Ánimas del Purgatorio la escogieron, como a San Nicolás, como su Patrona y Abogada. Así lo afirma Sor Juana de Santo Domingo -compañera de la Madre Ana de Monteagudo- a quien le dijo la Sierva de Dios que un día vio a dos jovencitos muy bellos que la condujeron a una sala muy grande, donde sufrían muchísimas almas. Los jovencitos le pusieron una capa de coro y le dijeron que entonase la Salve Regina. Ella se disculpó respondiendo que tenía mala voz, pero las Almas le insistieron... la Madre Ana de Monteagudo entonó la Salve y después cantaron el Oficio de Difuntos; le dieron un hisopo para que echase agua bendita donde estaban sufriendo las Almas y así lo hizo. Ellas le dijeron que debía ser su Patrona y Abogada: la Sierva de Dios se lo prometió y, desde entonces, con mucha diligencia, aplicaba todas sus obras y oraciones por las Almas del Purgatorio, haciendo por Ellas muchos sufragios.

                    Doña María de Garmendia, certifica haberle oído a la Madre Ana de Monteagudo que muchas veces la llevaba San Nicolás de Tolentino al Purgatorio, especialmente el día de su Fiesta y de su Octava, y veía salir a las Almas como estrellas resplandecientes que subían al Cielo. Algunas veces eran tantas que llenaban el aire. 

                    Una vez, estando en el coro haciendo oración, vio que San Nicolás bajó a la iglesia y un alma purgante sacó las manos de su sepultura y se aferró al vestido del Santo y éste, sacando al alma, la llevó al Paraíso, brillando el alma más que el Sol. 

                    En otra oportunidad, estaba enferma y las Almas le dieron una bebida con la que mejoró. Decía que en aquella enfermedad, el Señor se dignó concederle la Comunión por manos del glorioso San Bernardo, de quien era también muy devota. 

                    Un día no tenía dinero para los gastos de la próxima fiesta de San Nicolás y pidió a las Almas Benditas que movieran el corazón de alguien para que le ayudara. Y al rato vino al convento el Obispo Pedro de Ortega y Sotomayor, quien le preguntó en qué estaba ocupada. Ella le respondió que pedía a las Almas que movieran a alguien a ayudarle para celebrar la Fiesta de San Nicolás. Y el Obispo le respondió: ¡Qué grandes ladronas son estas Almas!. Yo estaba para dormir y me parecía que se llenaba la casa de gente y me decían: “La Madre Monteagudo te llama”. Y, por eso, vengo medio vestido para ver de qué tiene necesidad. Y el Obispo dio todo lo que necesitaba para la Fiesta. 



lunes, 9 de marzo de 2026

SANTA FRANCISCA ROMANA, la mística que visitó el Purgatorio



                    Francisca Bussa de Leoni nació en Roma en el año 1384 de una noble familia. Su deseo desde la juventud fue entrar a participar en la religión, por eso pidió a sus padres permiso para ser monja con apenas doce años, pero cumpliendo el deseo de su padre, se casó a la edad de doce años con Lorenzo de Ponziani. Entre sus descendientes sabemos de Battista, quien llevó el nombre de la familia, Evangelista, un niño de notables dotes (murió en 1411) y Ages (murió en 1413).

                    Francisca fue muy reconocida por su caridad para con los pobres, y su cuidado de almas. Hizo que muchas damas romanas abandonaran su vida de frivolidad para reunirlas en una asociación adscrita al Monasterio Benedictino de Santa María Nuova. Más tarde se transformaría en la Congregación Benedictina de Tor Di Specchi, con la aprobación del Pontífice Eugenio IV, en Julio de 1433.

                    Los miembros de esta Comunidad siguieron una vida religiosa, pero sin llegar a tomar los votos estrictos de clausura, y fueron muy activos en las oraciones y trabajos. Con el consentimiento de su esposo, Francisca practicó la continencia y avanzó en la vida contemplativa. 

                    Desde muy niña gozó de la visión y compañía de su Ángel Custodio, para ella era tan natural que en una ocasión, el escéptico padre de Francisca la requirió el honor de ser presentado a esta criatura “imaginaria”; entonces ella tomó al Ángel de la mano y uniéndola a la de su padre, los presentó, pudiendo el último verlo y así no volver a dudar. 

                    Sus visiones místicas serían frecuentes, pero además el Señor le concedió el don de sanar a los enfermos, además de diversas revelaciones respecto al Purgatorio y el Infierno. Habiendo sido llevada en espíritu por su Ángel al Infierno, al Purgatorio y al Paraíso. Después de testimoniar los horrores del Infierno; fue llevada al Purgatorio. Sobre este lugar de expiación, dijo: “En él no reina ni el horror, ni el desorden, ni la desesperación, ni las tinieblas eternas [del Infierno]; allá la Esperanza Divina difunde su luz”. Y le fue dicho que ese lugar de purificación era también llamado de "Posada de esperanza". Vio allí almas que sufrían cruelmente, y también a Ángeles que las visitaban y las asistían en sus sufrimientos”.

                    Según le fue revelado a Francisca Romana, Dios sí acepta las intenciones de quienes ofrecen oraciones u obras de reparación o penitencia en beneficio de un alma en particular, a menos que existan razones particulares por las que estas obras u oraciones no la beneficien (por ejemplo, si una persona nunca ha valorado la Santa Misa o descuida asistir a ella o escucharla en días festivos, no se beneficia de los méritos del Santo Sacrificio ofrecido por ella).

                    Santa Francisca podía leer los secretos de las conciencias y detectar intrigas de origen diabólico. Fue muy notable por su humildad y desapego, su obediencia y paciencia, ejemplificadas con ocasión del destierro de su esposo, el cautiverio de Battista, la muerte de su hijo, y la pérdida de todas sus propiedades.

                    La Pasión de Cristo era su meditación ordinaria, siendo que algunas veces sentía físicamente los dolores padecidos por Cristo. Era gran devota de la Sagrada Eucaristía, sobre la cual hacía largas meditaciones delante del Sagrario. En la víspera de la Navidad de 1433, Francisca tuvo la dicha de recibir en sus brazos al Divino Niño Jesús.

                    A la muerte de su esposo, en 1436, se retiró con sus compañeras de Tor de Specchi, buscando admisión por caridad, y la terminaron eligiendo Superiora. Con ocasión de una visita de su hijo, cayó enferma y murió el día que había predicho, el 9 de Marzo de 1440. Fue canonizada por el Papa Paulo V el 9 de Mayo de 1608, asignando el día 9 de Marzo como el correspondiente a su festividad. 

                    En 1950, el Papa Pío XII la declaró Patrona de los Automovilistas, porque su Ángel Custodio siempre la acompañaba durante sus movimientos, emitiendo una luz que le permitía ver claramente incluso de noche.



lunes, 23 de febrero de 2026

PAGAREMOS POR TODAS ESAS FALTAS QUE CONSIDERAMOS INSIGNIFICANTES, por San Juan María Vianney

 


                    ... Sí, mis queridos hermanos, la gente juzga de manera muy diferente, cuando está en las llamas del Purgatorio, todas esas faltas leves, si es que acaso puede llamarse leve algo que nos hace soportar penas tan rigurosas. ¡Qué desgracia sería para el hombre, exclama el Profeta Real, incluso para el más justo de los hombres, si Dios lo juzgara sin misericordia!. 

                    Si Dios ha encontrado manchas en el Sol y malicia en los Ángeles, ¿qué es, entonces, este hombre pecador?. Y para nosotros, que hemos cometido tantos pecados mortales y que prácticamente no hemos hecho nada para satisfacer la Justicia de Dios, ¡cuántos años de Purgatorio!.

                    «Dios mío», dijo Santa Teresa, «¿qué alma será lo suficientemente pura para entrar en el Cielo sin pasar por las llamas vengativas?». En su última enfermedad, exclamó de repente: «¡Oh Justicia y Poder de mi Dios, qué terrible eres!». Durante su agonía, Dios le permitió ver Su Santidad como los Ángeles y los Santos lo ven en el Cielo, lo cual le causó tanto temor que sus hermanas, viéndola temblar y extraordinariamente agitada, le dijeron entre lágrimas: "¡Ah! Madre, ¿qué te ha pasado?. ¿Acaso no temes la muerte después de tantas penitencias y lágrimas tan abundantes y amargas?". "No, hijas mías", respondió Santa Teresa, "no temo la muerte; al contrario, la deseo para unirme para siempre a mi Dios". "¿Son tus pecados, entonces, los que te aterran, después de tanta mortificación?". "Sí, hijas mías", les dijo. "Temo mis pecados, pero temo aún más otra cosa". "¿Será el Juicio, entonces?". "Sí, tiemblo ante la formidable cuenta que habrá que rendirle a Dios, quien, en ese momento, no tendrá piedad, pero hay algo más que me aterra con solo pensarlo". Las pobres hermanas estaban profundamente angustiadas. —¡Ay! ¿Será entonces el Infierno? —No —les dijo. El Infierno, gracias a Dios, no es para mí. ¡Oh! hermanas mías, es la Santidad de Dios. ¡Dios mío, ten piedad de mí!. ¡Mi vida debe confrontarse con la de Jesucristo mismo!. ¡Ay de mí si tengo la más mínima mancha!. ¡Ay de mí si estoy incluso en la sombra del pecado! "¡Ay!", exclamaron estas pobres hermanas. "¡Cómo será nuestra muerte!". 

                    ¿Cómo será la nuestra, entonces, mis queridos hermanos, quienes, quizás en todas nuestras penitencias y buenas obras, aún no hemos satisfecho un solo pecado perdonado en el tribunal de la Penitencia?.

                    ¡Ah! ¡Cuántos años y siglos de tormento para castigarnos! ... ¡Cuánto pagaremos por todas esas faltas que consideramos insignificantes, como esas pequeñas mentiras que decimos para divertirnos, esos pequeños escándalos, el desprecio por las gracias que Dios nos concede a cada momento, esas pequeñas murmuraciones en las dificultades que nos envía!. 

                    No, mis queridos hermanos, nunca tendríamos el valor de cometer el más mínimo pecado si pudiéramos comprender cuánto ultraja a Dios y cuánto merece ser rigurosamente castigado, incluso en este mundo. Dios es justo, mis queridos hermanos, en todo lo que hace. Cuando nos recompensa por la más mínima buena acción, lo hace por encima de todo lo que pudiéramos desear. 

                    Un buen pensamiento, un buen deseo, es decir, el deseo de hacer una buena obra incluso cuando no somos capaces de hacerla, nunca nos deja sin recompensa. Pero también, cuando se trata de castigarnos, se hace con rigor, y aunque solo tengamos una falta leve, seremos enviados al Purgatorio. Esto es cierto, pues vemos en la vida de los Santos que muchos de ellos no fueron al Cielo sin haber pasado primero por las llamas del Purgatorio. 

                    San Pedro Damián cuenta que su hermana permaneció varios años en el Purgatorio por haber escuchado una canción maligna con cierto placer. Se cuenta que dos religiosos se prometieron que el primero en morir vendría a decirle al superviviente en qué estado se encontraba. Dios permitió que el primero en morir se apareciera a su amigo. Le dijo que permanecería quince años en el Purgatorio por haber preferido demasiado a su voluntad. Y mientras su amigo lo felicitaba por haber permanecido allí tan poco tiempo, el difunto respondió: «Hubiera preferido ser desollado vivo durante diez mil años seguidos, pues ese sufrimiento ni siquiera se puede comparar con el que estoy sufriendo en las llamas». Un Sacerdote le contó a uno de sus amigos que Dios lo había condenado a permanecer en el Purgatorio durante varios meses por haber retenido la ejecución de un testamento destinado a hacer buenas obras. ¡Ay, queridos hermanos! ¿Cuántos de los que me escuchan tienen una falta similar que reprocharse?.

                    ¿Cuántos hay, quizás, que durante ocho o diez años han recibido de sus padres o amigos la tarea de hacer Misas y dar limosna, y han dejado que todo se desvaneciera?. ¿Cuántos hay que, por miedo a descubrir que ciertas buenas obras debían realizarse, no han querido tomarse la molestia de revisar el testamento que sus padres o amigos hicieron a su favor?. ¡Ay, estas pobres almas siguen detenidas en las llamas porque nadie ha querido cumplir sus últimos deseos!. ¡Pobres padres y madres, están siendo sacrificados por la felicidad de sus hijos y herederos!. Quizás han descuidado su propia salvación para aumentar su fortuna. ¡Están siendo despojados de las buenas obras que dejaron en sus testamentos! ... ¡Pobres padres!. ¡Qué ciegos fueron al olvidarse de sí mismos! ... 

                    Me dirán, quizás: "Nuestros padres vivieron bien; eran muy buenas personas". ¡Ah!. ¡Necesitaron poco para caer en estas llamas!. Vean lo que dijo Alberto Magno, un hombre cuyas virtudes brillaron de manera tan extraordinaria, sobre este asunto. Un día le reveló a uno de sus amigos que Dios lo había llevado al Purgatorio por haber albergado una idea ligeramente autocomplaciente sobre su propio conocimiento. Lo más asombroso fue que allí había Santos, incluso beatificados, que pasaban por el Purgatorio. San Severino, Arzobispo de Colonia, se apareció a uno de sus amigos mucho tiempo después de su muerte y le dijo que había estado en el Purgatorio por haber pospuesto para la noche las oraciones que debía haber rezado por la mañana. ¡Oh! ¡Cuántos años de Purgatorio tendrán aquellos cristianos que no tienen ninguna dificultad en posponer sus oraciones para otro momento con la excusa de tener que hacer algún trabajo urgente!. 

                    Si realmente deseamos la felicidad de poseer a Dios, debemos evitar tanto las pequeñas faltas como las grandes, ya que la separación de Dios es un tormento terrible para todas estas pobres almas.


San Juan María Vianney



lunes, 9 de febrero de 2026

EL FUEGO DEL PURGATORIO ES EL MISMO FUEGO DEL INFIERNO, por San Juan María Vianney



                    Vengo en Nombre de Dios. ¿Por qué estoy hoy en el púlpito, queridos hermanos? ¿Qué les voy a decir? ¡Ah! Vengo en nombre de Dios mismo. Vengo en nombre de sus pobres padres, para despertar en ustedes el amor y la gratitud que les deben. Vengo a recordarles de nuevo todas esas bondades y todo el amor que les brindaron mientras estuvieron en la tierra. Vengo a decirles que sufren en el Purgatorio, que lloran y que exigen con fervor la ayuda de sus oraciones y sus buenas obras. 

                    Me parece oírlos clamar desde lo más profundo de ese fuego que los devora: «¡Díganle a nuestros seres queridos, a nuestros hijos, a todos nuestros parientes cuán grandes son los males que nos hacen sufrir! Nos postramos a sus pies para implorar la ayuda de sus oraciones. ¡Ah! ¡Díganles que desde que nos separaron de ellos, hemos estado aquí ardiendo en las llamas!».

                    ¡Oh! ¿Quién sería tan indiferente ante los sufrimientos que estamos padeciendo? ¿Ven, mis queridos hermanos, escuchan a esa tierna madre, a ese devoto padre y a todos esos parientes que los ayudaron y cuidaron? «Amigos míos», claman, «líbranos de estos dolores; "Puedes hacerlo." Consideren, pues, mis queridos hermanos: (a) la magnitud de estos sufrimientos que padecen las almas del Purgatorio; y (b) los medios que tenemos para mitigarlos: nuestras oraciones, nuestras buenas obras y, sobre todo, el Santo Sacrificio de la Misa. 

                    No quiero detenerme en este punto para demostrarles la existencia del Purgatorio. Sería una pérdida de tiempo. Nadie entre ustedes tiene la menor duda al respecto. La Iglesia, a la que Jesucristo prometió la guía del Espíritu Santo y que, en consecuencia, no puede equivocarse ni desviarnos, nos enseña sobre el Purgatorio de una manera muy clara y positiva. Es cierto, muy cierto, que hay un lugar donde las almas de los justos completan la expiación de sus pecados antes de ser admitidas en la gloria del Paraíso, que les está asegurada. Sí, mis queridos hermanos, y es un Artículo de Fe: si no hemos hecho una penitencia proporcional a la grandeza y enormidad de nuestros pecados, aunque hayan sido perdonados en el Santo Tribunal de la Penitencia, nos veremos obligados a expiarlos... 

                    En la Sagrada Escritura hay muchos textos que muestran claramente que, aunque nuestros pecados puedan ser perdonados, Dios aún nos impone la obligación de sufrir en este mundo con penurias temporales o en el otro con las llamas del Purgatorio. Observen lo que le sucedió a Adán. Debido a su arrepentimiento tras cometer su pecado, Dios le aseguró que lo había perdonado, y aun así lo condenó a novecientos años de penitencia, una penitencia que supera cualquier cosa imaginable. 

                    Véase también: David ordenó, en contra de la Voluntad de Dios, el censo de sus súbditos, pero, afligido por el remordimiento, vio su pecado y, postrándose en tierra, suplicó al Señor que lo perdonara. Dios, conmovido por su arrepentimiento, lo perdonó. Pero a pesar de eso, envió a Gad para decirle a David que tendría que elegir entre tres azotes que le había preparado como castigo por su iniquidad: la peste, la guerra o el hambre. David Dijo: «Es mejor que caiga en manos del Señor (pues Sus misericordias son muchas) que en manos de los hombres». Eligió la peste, que duró tres días y mató a setenta mil de sus súbditos. Si el Señor no hubiera detenido la mano del Ángel, que se extendía sobre la ciudad, ¡toda Jerusalén habría quedado despoblada! David, al ver tantos males causados ​​por su pecado, imploró la gracia de Dios para que lo castigara solo a él y perdonara a su pueblo, que era inocente. 

                    Vean también la penitencia de Santa María Magdalena; tal vez eso les ablande un poco el corazón. ¡Ay, mis queridos hermanos! ¿Cuántos años tendremos que sufrir en el Purgatorio, nosotros que tenemos tantos pecados, nosotros que...? ¿Con el pretexto de que los hemos confesado, no hacemos penitencia ni derramamos lágrimas?.

                    ¿Cuántos años de sufrimiento nos esperan en la otra vida? Pero, cuando los Santos Padres nos dicen que los tormentos que sufren en este lugar parecen iguales a los sufrimientos que Nuestro Señor Jesucristo soportó durante Su dolorosa Pasión, ¿cómo puedo pintarles una imagen desgarradora de los sufrimientos que estas pobres almas padecen?. Sin embargo, es cierto que si el más mínimo tormento que sufrió Nuestro Señor hubiera sido compartido por toda la humanidad, todos morirían por la violencia de tal sufrimiento. 

                    El fuego del Purgatorio es el mismo que el fuego del Infierno; la diferencia entre ellos es que el fuego del Purgatorio no es eterno. ¡Oh! Si Dios, en Su gran Misericordia, permitiera que una de estas pobres almas, que arden en estas llamas, apareciera aquí en mi lugar, rodeada por el fuego que la consume, y si ella misma les contara los sufrimientos que padece, esta iglesia, mis queridos hermanos, resonaría con sus llantos y sollozos, y quizás eso finalmente ablandara sus corazones. 

                    ¡Oh! ¡Cuánto sufrimos!, nos gritan. ¡Oh! Ustedes, nuestros hermanos, ¡líbranos de estos tormentos! ¡Pueden hacerlo! ¡Ah, si tan solo experimentaran el dolor de estar separados de Dios! ... ¡Cruel separación! ¡Arder en el fuego encendido por la Justicia de Dios! ... ¡Sufrir dolores incomprensibles para el hombre mortal! ... ¡Ser devorados por el arrepentimiento, sabiendo que tan fácilmente podríamos haber evitado tales dolores! ... ¡Oh! Hijos míos, lloran los padres y las madres, ¿pueden abandonarnos tan fácilmente a nosotros, quienes los amamos tanto? ¿Pueden entonces dormir cómodamente y dejarnos tendidos en un lecho de fuego? ¿Tendrán el valor de entregarse al placer y la alegría mientras nosotros estamos aquí sufriendo y llorando noche y día? Tienen nuestras riquezas, nuestros hogares, están disfrutando del fruto de nuestro trabajo, y nos abandonan aquí en este lugar de tormentos, donde estamos sufriendo males tan espantosos durante tantos años! ... ¡Y ni una sola limosna, ni una sola Misa que ayudaría a liberarnos! ... Puedes aliviar nuestros sufrimientos, puedes abrir nuestra prisión, y nos abandonas. ¡Oh! ¡Qué crueles son estos sufrimientos!... 


San Juan María Vianney



lunes, 26 de enero de 2026

¡POBRE ALMA DE MI HERMANO...! Santa María Magdalena de Pazzis y las Almas del Purgatorio



                    Un tiempo antes de su muerte, que tuvo lugar en 1607, la Sierva de Dios, Magdalena de Pazzi, se encontraba una noche con varias religiosas en el jardín del convento, cuando entró en éxtasis y vio el Purgatorio abierto ante ella. Al mismo tiempo, como ella contó después, una voz la invitó a visitar todas las prisiones de la Justicia Divina, y a ver cuán merecedoras de compasión son esas almas allí detenidas.

                    En ese momento se la oyó decir: "Si, iré". Consintió así a llevar a cabo el penoso viaje. De hecho a partir de entonces caminó durante dos horas alrededor del jardín, que era muy grande, parando de tiempo en tiempo. Cada vez que interrumpía su caminata, contemplaba atentamente los sufrimientos que le mostraban. Las religiosas vieron entonces que, compadecida, retorcía sus manos, su rostro se volvió pálido y su cuerpo se arqueó bajo el peso del sufrimiento, en presencia del terrible espectáculo al que se hallaba confrontada.

                    Entonces comenzó a lamentarse en voz alta, "¡Misericordia, Dios mío, misericordia!. Desciende, oh Preciosa Sangre y libera a estas almas de su prisión. ¡Pobres almas! Sufren tan cruelmente, y aún así están contentas y alegres. Los calabozos de los Mártires en comparación con esto eran jardines de delicias. Aunque hay otras en mayores profundidades. Cuán feliz debo estimarme al no estar obligada a bajar hasta allí".

                    Sin embargo descendió después, porque se vio forzada a continuar su camino. Cuando hubo dado algunos pasos, paró aterrorizada y, suspirando profundamente, exclamó "¡Qué!, ¡Religiosos también en esta horrenda morada!. ¡Buen Dios!. ¡Como son atormentados! ¡Oh, Señor!".

                    Ella no explicó la naturaleza de sus sufrimientos, pero el horror que manifestó en contemplarles le causaba suspiros a cada paso. Pasó de allí a lugares menos tristes. Eran calabozos de las almas simples y de los niños que habían caído en muchas faltas por ignorancia.

                    Sus tormentos le parecieron a la Santa mucho más soportables que los anteriores. Allí solo había hielo y fuego. Y notó que las almas tenían a sus Ángeles Guardianes con ellas, pero vio también demonios de horribles formas que acrecentaban sus sufrimientos.

                    Avanzando unos pocos pasos, vio almas todavía más desafortunadas que las pasadas, y entonces se oyó su lamento, "¡Oh! ¡Cuán horrible es este lugar; está lleno de espantosos demonios y horribles tormentos!. ¿Quiénes, oh Dios mío, son las víctimas de estas torturas?. Están siendo atravesadas por afiladas espadas, y son cortadas en pedazos". A esto se le respondió que eran almas cuya conducta había estado manchada por la hipocresía.

                    Avanzando un poquito más, vio una gran multitud de almas que eran golpeadas y aplastadas bajo una gran presión, y entendió que eran aquellas almas que habían sido impacientes y desobedientes en sus vidas. Mientras las contemplaba, su mirada, sus suspiros, todo en su actitud estaba cargada de compasión y terror.

                    Un momento después de su agitación aumentó, y pronunció una dolorosa exclamación. Era el calabozo de las mentiras el que se abría ante ella. Después de haberlo considerado atentamente, dijo, "Los mentirosos están confinados a este lugar de vecindad del Infierno, y sus sufrimientos son excesivamente grandes. Plomo fundido es vertido en sus bocas, los veo quemarse, y al mismo tiempo, temblar de frío".

                    Luego fue a la prisión de aquellas almas que habían pecado por debilidad, y se le oyó decir: "Había pensado encontrarlas entre aquellas que pecaron por ignorancia, pero estaba equivocada: ustedes se queman en un fuego más intenso".

                    Más adelante, ella percibió almas que habían estado demasiado apegadas a los bienes de este mundo, y habían pecado de avaricia.

                    "Que ceguera", dijo," ¡las de aquellos que buscan ansiosamente la fortuna perecedera!. Aquellos cuyas antiguas riquezas no podían saciarlos suficientemente, están ahora atracados en los tormentos. Son derretidos como un metal en un horno".

                    De allí pasó a un lugar donde las almas prisioneras eran las que se habían manchado de impureza. Ella las vio en tan sucio y pestilente calabozo, que la visión le produjo náuseas. Se volvió rápidamente para no ver tan horrible espectáculo.

                    Viendo a los ambiciosos y a los orgullosos, dijo "Contemplo a aquellos que deseaban brillar ante los hombres; ahora están condenados a vivir en esta espantosa oscuridad".

                    Entonces le fueron mostradas las almas que tenían la culpa de ingratitud hacia Dios. Estas eran presas de innombrables tormentos y se encontraban ahogadas en un lago de plomo fundido, por haber secado con su ingratitud la fuente de la piedad.

                    Finalmente, en el último calabozo, ella vio aquellos que no se habían dado a un vicio en particular, sino que, por falta de vigilancia apropiada sobre sí mismos, habían cometido faltas triviales. Allí observó que estas almas tenían que compartir el castigo de todos los vicios, en un grado moderado, porque esas faltas cometidas solo alguna vez las hacen menos culpables que aquellas que se cometen por hábito.

                    Después de esta última estación, la Santa dejó el jardín, rogando a Dios nunca tener que volver a presenciar tan horrible espectáculo... sentía que no tendría fuerza para soportarlo.

                    Su éxtasis continuó un poco más y conversando con Jesús, se le oyó decir: "Dime, Señor, el porqué de Tu designio de descubrirme esas terribles prisiones, de las cuales sabía tan poco y comprendía aún menos…" ¡Ah! ahora entiendo; deseaste darme el conocimiento de Tu infinita Santidad, para hacerme detestar más y más la menor mancha de pecado, que es tan abominable ante Tus ojos".

                    Otro día, Santa María Magdalena de Pazzis, arrebatada en éxtasis, tuvo una visión tan terrible del Purgatorio que la hizo palidecer, llorar y gritar: ¡Misericordia!. De repente, vio que entre aquellas almas purgantes estaba la de un hermano suyo muerto hacía poco tiempo y exclamó: «¡Pobre alma de mi hermano, cuánto sufres! Y, sin embargo, veo que estás consolado; ardes y estás contento porque sabes que estas penas son el camino que lleva a la Felicidad eterna». Así es. Las almas purgantes sufren penas atroces, pero están contentas y resignadas con la Voluntad de Dios y aun se gozan de sufrir para purificarse cada vez más.


Testimonio del Padre Virgilio Cepari, jesuita y amigo de 
las Carmelitas de Santa María de los Ángeles, en Florencia,
donde vivió y murió Santa María Magdalena de Pazzis




lunes, 17 de noviembre de 2025

LAS ALMAS DEL PURGATORIO en la vida de la mística Natuzza Evolo

 

                    Natuzza Evolo fue una gran mística de nuestro tiempo, sin embargo apenas es conocida fuera de Italia; nació en el pueblo calabrés de Mileto, Italia, el 23 de Agosto de 1924. Su paso por este mundo fue realmente impresionante y nos mostró que la vida terrenal y la que comienza después de esta experiencia terrenal están unidas en Dios, y que los seres del otro mundo a veces viven entre nosotros y no en otro lugar lejano e inaccesible. Desde muy pequeña tuvo numerosos dones y carismas, entre otros Dios le concedió la gracia de poder ver a los Difuntos, a los Ángeles y a los Santos. 

                    La bilocación, el conocimiento sobrenatural, la profecía, la curación de enfermos fueron otros dones extraordinarios con los que el Señor bendijo a Natuzza; el don más palpable fueron las hemografías o escritos con sangre que, sin quererlo, se imprimían en telas o pañuelos colocadas sobre su cuerpo. Este hecho tan asombroso e inexplicable científicamente llamó poderosamente la atención de algunos científicos, pero nadie ha podido hasta ahora explicar este fenómeno sobrenatural. 

                    Su vida entera fue una catequesis completa sobre las verdades de la Iglesia Católica. Su Ángel Custodio le hablaba y la llevaba en bilocación a diferentes lugares para consolar o ayudar a personas en necesidad, y eso mismo hacían con ella algunos Difuntos. Natuzza también habló del Infierno y del gran valor de los sufrimientos para salvar las almas de los pecadores. 

                    Por su amor a la Pasión de Cristo el Señor quiso hacer partícipe de la misma a Natuzza, que reviviría cada Viernes Santo los dolores de Cristo Nuestro Señor. La vida de esta madre y esposa fue una entrega total al servicio de Dios y de los demás: sentía que todos los hombres eran sus hijos y oraba y sufría por todos, por eso, además de atender a su esposo y a sus cinco hijos, recibía a una media de cien personas que iban a visitarla y a pedirle ayuda. Natuzza Evolo entregó su alma a Dios en su pueblo natal, el 1 de Noviembre de 2009.



NATUZZA EVOLO Y SU EXPERIENCIA 
CON LAS ALMAS DEL PURGATORIO


                    Los Difuntos que todavía permanecen en el Purgatorio, en estado de purificación personal antes de llegar al Cielo, se comunicaban con ella con toda naturalidad, con el permiso de Dios. Eran sus amigos y le daban mensajes para sus familiares y hasta la llevaban en bilocación a ciertos lugares. Normalmente los Difuntos transmitían a Natuzza que necesitaban en particular de las oraciones de sus familiares, como siempre enseñó la Doctrina Católica, una obra espiritual de Misericordia que nos obliga a todos. Muchos familiares, por las informaciones recibidas por medio de Natuzza, intensificaron sus oraciones y mandaron celebrar Misas o realizaron obras buenas de caridad en favor de sus difuntos, consiguiendo que llegasen más rápidamente al Paraíso.

                    Natuzza, preguntando a su Ángel, estaba en condiciones de saber si los Difuntos se habían salvado o necesitaban sufragios y en qué grado estaban cerca del Cielo; por medio de su Custodio la mística sabía cuándo un alma había ido ya al Cielo, indicando incluso la fecha exacta. Natuzza veía también que las Almas del Purgatorio recibían el consuelo y la compañía de sus Ángeles Custodios, que permanecían con Ellas hasta su entrada en el Cielo.

                    Según le manifestaban los difuntos, la purificación del alma por medio del sufrimiento después de la muerte es gradual, y hay varias etapas de acercamiento a la luz divina. Después del primer período de sufrimiento intenso por los pecados cometidos, el alma tiene la esperanza de ir al Cielo pronto y está en un lugar que es como una antecámara donde se prepara para entrar al Cielo y disfrutar de la plenitud del Amor de Dios. 

                    Las Almas que padecen en el Purgatorio rezan continuamente por los vivos; Ellas no pueden rezar por sí mismas ni por otros difuntos, sus oraciones no les aprovechan a ellas pero pueden ser segura intercesión entre el mundo terrenal y el Paraíso, ya que pese a sus tormentosas purificaciones, se encuentran caminando hacia la Bienaventuranza eterna. 

                    Las almas de los Difuntos se le presentan a Natuzza con los vestidos que usaban en vida y con el aspecto que tenían antes de morir; los veía con el cuerpo idéntico al que tenían en el momento de su muerte, mientras que a los niños los veía con un cuerpo que aparentaba mayor edad.

                    A través de Natuzza los Difuntos exhortaban a sus familiares a tener resignación ante la muerte; aseguraban a Natuzza que estaban tranquilos en el nuevo estado y que recibían los sufragios que les enviaban. 

                    Natuzza también podía ver a las Almas de los Bienaventurados, a los que distinguía porque estaban elevadas un poco de la tierra y aparecían vestidas de blanco y de celeste y eran luminosas; por designios divinos, Natuzza rara vez visionó a los Difuntos condenados en el Infierno. 

                    Natuzza refiere que el Purgatorio es un estado interior del alma, que a veces hace penitencia en los lugares donde ha vivido o donde ha pecado y, a veces, superadas las fases de mayor expiación, en las mismas iglesias. 

                    En una ocasión vio a un difunto y le preguntó dónde estaba: le respondió que estaba entre las llamas del Purgatorio, pero Natuzza, viéndolo sereno y tranquilo, le dijo que a juzgar por su aspecto, no podía ser verdad. Entonces el alma le contestó que las llamas del Purgatorio las llevaba consigo donde fuera. Al mismo tiempo que decía estas palabras, lo vio envuelto en llamas, pero Natuzza, dudando que se tratase de una ilusión suya, se acercó, pero fue envuelta en el calor de las llamas, que le quemaron la boca y la garganta, hecho que le impidió comer normalmente durante unos 40 días. Ante aquél desagradable acontecimiento la mística explicó: “Quizás tuve este castigo por mi falta de fe en las palabras del difunto”.

                    Natuzza aseguró a su Párroco que durante la celebración de la Santa Misa muchas almas se juntan en las iglesias, como mendigos, esperando una ayuda del Sacerdote en su favor.

                    “Un mes de sufrimiento en la tierra -decía Natuzza- puede evitar un año de Purgatorio, como le sucedió a mi madre, que tuvo una enfermedad antes de morir y así fue casi de inmediato al «Prado verde», que es un lugar de oración y de espera para entrar en el Cielo, pero donde no se sufre”.  

                    Algunos sufrimientos del Purgatorio son tan duros que a veces la misma alma no sabe si está en el Infierno; así le sucedió a un difunto que se comunicó con Natuzza, alguien que durante su vida terrena había pecado gravemente: tras abandonar este mundo pasó a estar un largo tiempo en la duda de si se había salvado o no, ya que manifestó a Natuzza verse sobre una especie de precipicio todo oscuro por un lado y todo fuego por el otro... después de 40 años fue liberada de aquel tormento y ahora estaba llena de alegría.