viernes, 22 de abril de 2022

LAS HORAS DE LA PASIÓN, de las Revelaciones de Luisa Picarretta. DÉCIMOTERCERA HORA

           

"...quien piensa siempre en Mi Pasión 
forma en su corazón una fuente, 
y por cuanto más piensa tanto más 
esta fuente sea grande, y como las aguas 
que brotan son comunes a todos, 
esta fuente de Mi Pasión que se forma 
en el corazón sirve para el bien del alma, 
para gloria Mía y para bien de las criaturas." 


Revelación de Nuestro Señor a Luisa Picarretta, 
el 10 Abril de 1913


Preparación antes de la Meditación 


               Oh Señor mío Jesucristo, postrado ante Tu divina presencia suplico a Tu amorosísimo Corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las Veinticuatro Horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en Tu Cuerpo adorable como en Tu Alma Santísima, hasta la muerte de Cruz. 

               Ah, dame Tu ayuda, Gracia, Amor, profunda compasión y entendimiento de Tus padecimientos mientras medito ahora la Hora...(primera, segunda, etc) y por las que no puedo meditar te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante las horas en que estoy obligado dedicarme a mis deberes o a dormir. 

               Acepta, oh misericordioso Señor, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar. 

               Gracias te doy, oh mi Jesús, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración. Y para agradecerte mejor, tomo Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y con éstos quiero orar, fundiéndome todo en Tu Voluntad y en Tu amor, y extendiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza en Tu Corazón empiezo...




DE LAS 5 A LA 6 DE LA MAÑANA 

DECIMOTERCERA HORA 

Jesús en la prisión


                Prisionero Jesús mío, me despierto y no te encuentro; el corazón me late fuerte y delira de amor. Dime ¿dónde estás? Ángel mío, llévame a casa de Caifás... Pero por más que busco, recorro e indago por todas partes, no te encuentro... Pronto, amor mío, mueve con Tus manos las cadenas con que tienes atado mi corazón al Tuyo y atráeme hacia Ti para que, atraída por Ti, pueda emprender el vuelo para ir a arrojarme en Tus brazos. 

               Amor mío, ya siento que me atraes, herido por mi voz y queriendo mi compañía... Pero veo que te ha puesto en la cárcel...Y mi corazón, mientras exulta de gozo por encontrarte, me lo siento herido de dolor al ver a qué estado te han reducido. Te veo con las manos atrás atadas a una columna, con los pies inmovilizados y atados, con Tu Santísimo Rostro golpeado, hinchado y ensangrentado por las bárbaras bofetadas recibidas...Tus ojos santísimos están lívidos, con la mirada cansada y apagada por la vigilia; Tus cabellos todos en desorden; Tu Santísima Persona toda golpeada, y hay que agregar que no te puedes valer por Ti solo para ayudarte y limpiarte, porque estás atado. Y yo, oh Jesús mío, llorando y abrazándome a Tus pies exclamo: ¡Ay, cómo te han dejado, oh Jesús! 

               Y Jesús, mirándome, me responde: “Ven, oh hija, y pon atención a todo lo que ves que hago Yo, para que lo hagas tú junto Conmigo y pueda Yo así continuar mi vida en ti.” Y veo con asombro que en vez de ocuparte de Tus penas, con un amor indecible quieres ocuparte en glorificar al Padre para darle satisfacción por todo lo que nosotros estamos obligados a hacer, y llama en torno a Ti a todas las almas para tomar sobre Ti todos sus males y darles todos Tus bienes...Y como ya hemos llegado al alba del nuevo día, oigo Tu Voz dulcísima que dice: “Padre Santo, te doy las gracias por todo lo que he sufrido y por lo que me queda por sufrir. Y así como esta aurora llama al día y el día hace surgir el sol, quiero que así la aurora de la gracia despunte en todos los corazones, y haciéndose día, Yo, Sol Divino, surja en todos los corazones y reine en todos. Mira, oh Padre, a todas las almas, pues Yo quiero responderte por todas ellas, por sus pensamientos, por sus palabras, por sus obras, por sus pasos, etc... a costa de Mi Sangre y de Mi Muerte.” 

               Jesús mío, amor sin límites, me uno a ti y también yo te agradezco por cuanto me has hecho sufrir y por lo que me quede por sufrir, y te suplico que hagas surgir en todos los corazones la aurora de la gracia para que Tú, Sol Divino, puedas resurgir en todos los corazones y reinar en todos. 

               Pero veo que Tú, dulce Jesús mío, también reparas por todas las primicias de los pensamientos, de los afectos y de las palabras que desde el principio del día no son ofrecidos a Ti para darte honor, y reúnes en Ti como si fueran uno solo, los pensamientos, los afectos y las palabras de las criaturas, para dar al Padre la Reparación y la Gloria que ellas le deben. Jesús mío, Maestro Divino, ya que disponemos en esta prisión de una hora libre y estamos solos, quiero hacer no sólo lo que haces Tú, sino limpiarte, reordenarte los cabellos y fundirme toda en Ti. Por tanto, me acerco a Tu Santísima Cabeza y reordenándote los cabellos quiero repararte por tantas mentes ofuscadas y llenas de tierra, que no tienen ni siquiera un pensamiento para Ti; y fundiéndome en Tu mente quiero reunir en Ti todos los pensamientos de las criaturas y fundirlos en Tus pensamientos para hallar suficiente reparación por todos los malos pensamientos y por tantas luces y santas inspiraciones sofocadas... quiero hacer de todos los pensamientos uno solo con los Tuyos para darte la verdadera Reparación y perfecta Gloria. 

               Afligido Jesús mío, beso Tus ojos cargados de lágrimas y de tristeza. Y como tienes las manos atadas a la columna no puedes secártelos ni limpiarte los salivazos con que te han ensuciado, y como es insoportable la postura en que te han atado, no puedes cerrar los ojos cansados para reposar un poco...y yo quiero enjugarte los ojos y suplicarte  perdón, dándote reparación por todas las veces que no hemos tenido la intención de agradarte y de mirarte para ver qué querías de nosotros, que debíamos de hacer y a dónde querías que fuésemos; y en Tus ojos quiero fundir los míos y los de todas las criaturas, para poder reparar con Tus mismos ojos todo el mal que hemos hecho con la vista. 

               Piadoso Jesús mío, beso Tus oídos santísimos para repararte por los insultos de toda la noche, y mucho más todavía por el eco que resuena en tus oídos por todas las ofensas de las criaturas... y te pido perdón y te reparo por todas las veces que nos has llamado y hemos sido sordos, fingiendo no escucharte, y Tú, cansado bien mío, has repetido Tu llamada, pero en vano... Quiero fundir en Tus oídos los míos y los de todas las criaturas para darte una continua reparación completa. 

               Enamorado Jesús, beso Tu Rostro Santísimo, todo lívido e hinchado por los golpes... y te pido perdón y te reparo por cuantas veces nos has llamado a ser víctimas de reparación, y nosotros, uniéndonos a Tus enemigos, te hemos dado bofetadas y salivazos... Jesús mío, quiero fundir mi rostro en el Tuyo, para restituirte Tu hermosura natural y darte entera reparación por todos los desprecios hechos a Tu adorable Majestad. 

               Amargado Bien mío, beso Tu dulcísima boca, dolorida por los golpes y abrasada por el amor... y quiero en Tu lengua fundir la mía y la de todas las criaturas, para reparar con Tu misma lengua por todos los pecados y las conversaciones malas que se tienen. Quiero, sediento Jesús mío, hacer de todas las voces una sola con la Tuya, para hacer que cuando las criaturas estén a punto de ofenderte, Tu voz, corriendo en las voces de ellas, sofoque esas voces de pecado y las cambien en voces de alabanza y de amor. 

               Enamorado Jesús, beso Tu cuello oprimido por esas pesadas cadenas y cuerdas, que yéndote desde el pecho hasta detrás de los hombros y sujetándote los brazos te tienen fuertemente atado a la columna. Tus manos ya están hinchadas y amoratadas por la estrechez de las ataduras, tanto que de ellas brota sangre... Ah, Jesús encadenado, permíteme que te desate; y si gustas ser atado, te ato con las cadenas del amor, que siendo dulces te aliviarán en vez de hacerte sufrir... 

               Y mientras te desato, quiero fundirme en Tu cuello, en Tu pecho, en Tus hombros, en Tus manos y en Tus pies para poder reparar Contigo por todos los apegos y llevar a todas las almas las cadenas de Tu Amor, para reparar por todas las frialdades y llenar los pechos de todas las criaturas con Tu fuego, porque veo que es tanto el que Tú tienes que no puedes contenerlo; para reparar por todos los placeres ilícitos y el amor a las comodidades, y dar a todos el espíritu de sacrificio y el amor al sufrimiento...

               Quiero fundirme en Tus manos para reparar por todas las malas obras y por el bien hecho malamente y con presunción, y dar a todos el perfume de Tus obras. Y fundiéndome en Tus pies, encierro todos los pasos de las criaturas para repararte y dar tus pasos a todos para hacerlos caminar santamente. 

               Y ahora, dulce Vida mía, permíteme que, fundiéndome en Tu Corazón, encierre todos los afectos, los latidos, los deseos, para repararlos Contigo y dar Tus afectos, Tus latidos y Tus deseos a todos, para que ninguno vuelva a ofenderte. Pero oigo ya que en mis oídos resuena el chirrido de la llave... Son Tus enemigos que vienen a llevarte... ¡Jesús, me siento estremecer! ¡Me siento helar la sangre porque Tú estarás de nuevo en manos y a merced de ellos! ¿Qué va a ser de Ti? Pero me parece oír también el ruido de las llaves de los Sagrarios... Cuántas manos profanadoras vienen a abrirlos y tal vez a hacerte descender a corazones sacrílegos. En cuántas manos indignas te ves forzado a encontrarte... 

               Prisionero Jesús mío, quiero encontrarme en todas Tus cárceles de amor para ser espectadora cuando Tus Ministros te sacan... y hacerte compañía y repararte por las ofensas que recibes... Pero veo que Tus enemigos ya llegan, y Tú saludas al naciente sol, al último de Tus días, y ellos, al desatarte, viéndote lleno de majestad y que los miras con tanto amor, en pago descargan sobre Tu Rostro bofetadas tan fuertes que lo hacen enrojecer y ensangrentar con Tu Preciosísima Sangre. Amor mío, antes que salgas de la prisión, en mi dolor te ruego que me bendigas para tener la fuerza de seguirte en todo lo demás de Tu Pasión.



Ofrecimiento después de Cada Hora

 

                Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta Hora de Tu Pasión a hacerte compañía y yo he venido. Me parecía sentirte angustiado y doliente que orabas, que reparabas y sufrías y que con las palabras más elocuentes y conmovedoras suplicabas la salvación de las almas. He tratado de seguirte en todo, y ahora, teniendo que dejarte por mis habituales obligaciones, siento el deber de decirte: “Gracias” y “Te Bendigo”. Sí, oh Jesús!, gracias te repito mil y mil veces y Te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos...

               Gracias y Te bendigo por cada gota de Sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra y mirada, por cada amargura y ofensa que has soportado. En todo, oh Jesús mío, quiero besarte con un “Gracias” y un “Te bendigo”. 

               Ah Jesús, haz que todo mi ser Te envíe un flujo continuo de gratitud y de bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo continuo de Tus bendiciones y de Tus gracias...

               Ah Jesús, estréchame a Tu Corazón y con tus manos santísimas séllame todas las partículas de mi ser con un “Te Bendigo” Tuyo, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa sino un himno de amor continuo hacia Ti. 

               Dulce Amor mío, debiendo atender a mis ocupaciones, me quedo en Tu Corazón. Temo salir de Él, pero Tú me mantendrás en Él, ¿no es cierto? Nuestros latidos se tocarán sin cesar, de manera que me darás vida, amor y estrecha e inseparable unión Contigo. 

               Ah, te ruego, dulce Jesús mío, si ves que alguna vez estoy por dejarte, que Tus latidos se sientan más fuertemente en los míos, que tus manos me estrechen más fuertemente a Tu Corazón, que Tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, para que sintiéndote, me deje atraer a la mayor unión Contigo. Oh Jesús mío!, mantente en guardia para que no me aleje de Ti. Ah bésame, abrázame, bendíceme y haz junto conmigo lo que debo ahora hacer... 


LAS HORAS DE LA PASIÓN cuenta con aprobación eclesiástica:
Imprimatur dado en el año 1915 por Mons. Giuseppe María Leo,
Arzobispo de Trani-Barletta-Bisciglie, y con Nihil Obstat 
del Canónigo Aníbal María de Francia





jueves, 21 de abril de 2022

JESUCRISTO, IDEAL DEL SACERDOTE; la grandeza del Sacerdocio


El Sacerdocio de Cristo

La Gloria de Dios


               San Pablo nos lo revela: la absoluta dependencia de toda criatura ante la soberana grandeza de Dios obliga al hombre a tributar la Gloria a la Divina Majestad: Ex Ipso et per Ipsum et in Ipso sunt omnia; Ipsi gloria in sæcula. Amen (Rom., XI, 36). «Porque de Él y por Él y para Él son todas las cosas. A Él la Gloria por los siglos. Amén». Sea dada toda la Gloria a la Trinidad.




               Dios se tributa a Sí Mismo una alabanza perfecta e infinita. Nada absolutamente le pueden añadir todos los himnos de los ángeles y del universo entero. Y con todo, Dios exige de Su criatura que se asocie a esta glorificación propia de Su Vida íntima. Según el Plan Divino, la gloria que el hombre debe rendir al Señor trasciende los límites de la religión natural y se remonta hasta la Trinidad misma por el Sacerdocio de Cristo, único mediador entre la tierra y el cielo.

               Tal es la magnífica prerrogativa del Sacerdocio de Cristo y del de Sus Sacerdotes: ofrecer a la Trinidad, en nombre de la humanidad y del universo, un homenaje de alabanza agradable a Dios. La grandeza de este Sacerdocio consiste en asegurar esencialmente el retorno de toda la Obra de la Creación al Señor de todas las cosas.

               Con el respeto que brota de una fe viva, comencemos a fijar nuestra mirada en el misterio de esta glorificación que se realiza en el seno de la Trinidad. Existía ya antes del tiempo como el mismo Dios, y durará sin cesar, sicut erat in principio et nunc et semper. Ella es el modelo de toda alabanza, sea humana o angélica. Y nosotros hemos sido llamados a unirnos a ella, tanto en la tierra como en el cielo. Este es nuestro sublime destino.

               ¿Y cuál es esta gloria que se tributan mutuamente las diversas personas?

               En su esencia, Dios no solamente es «grande», magnus, sino también «objeto de toda alabanza», laudabilis nimis (Ps., 47, 1). Por eso, debe recibir la gloria que corresponde a su majestad y es preciso que en sí mismo sea glorificado con una alabanza igual a los abismos de poder, de sabiduría y de amor que en El existen. Pudo Dios no haber creado nada. Hubiera podido vivir sin nosotros en la inefable y bienaventurada sociedad de luz y de amor que constituyen las personas divinas.

               El Padre engendra al Hijo. Le hace eternamente participante del don supremo, que es la vida y las perfecciones de la divinidad, y le comunica todo cuanto es El mismo, a excepción de su «propiedad» de ser Padre.

               Imagen sustancial perfecta, el Verbo es «el esplendor de la gloria del Padre»: Splendor gloriæ et figura substantiæ ejus (Hebr., 1, 3). Nacido del hogar de toda luz, El mismo es luz y se refleja, como un himno ininterrumpido, hacia Aquel de donde emana: «Todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío» (Jo., XVII, 10).

               De esta suerte, por el movimiento natural de su Filiación, el Hijo hace refluir hacia el Padre todo lo que tiene recibido de El.

               En esta mutua donación, el Espíritu Santo, que es caridad, procede del amor del Padre y del Hijo como de su único principio de origen. Este abrazo de amor infinito entre las tres Personas completa la eterna comunicación de la vida en el seno de la Trinidad.

               Tal es la Gloria que Dios se tributa a sí mismo en la sagrada intimidad de su vida eterna.

               ¿Podría verse, quizás, en esta glorificación infinita una especie de acción sacerdotal? Ciertamente que no. Y la razón es la siguiente:

               El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son iguales en Poder, en Eternidad y en Majestad. No se puede admitir que exista entre Ellos una razón de subordinación o inferioridad, cualquiera que sea. Ahora bien, el concepto mismo del Sacerdocio entraña esta idea de inferioridad. El Sacerdote se abaja cuando rinde culto a Dios. Y es precisamente por esta sumisión a Dios por la que puede cumplir su papel de mediador entre Dios y los hombres. Pero como las Personas Divinas constituyen una misma y única esencia, ninguna de Ellas puede ser considerada como rindiendo culto a las otras. Ninguna función sacerdotal puede concebirse en la glorificación eterna que se verifica en el seno de la Trinidad. Y esta es la razón de porqué en Jesucristo el Sacerdocio pertenece propiamente a Su Santa Humanidad y no al Verbo. Este no es Pontífice, sino por Su Encarnación; Su Sacerdocio es una prerrogativa propia de Su Humanidad.


Extractos de la obra "Jesucristo, ideal del Sacerdote"
escrita por el Abab benedictino Dom Columba Marmion




miércoles, 20 de abril de 2022

LA LÓGICA DE SAN JOSÉ, por Plinio Corrêa de Oliveira



               ¿Podría mencionar un hecho en la vida de San José en que éste haya llevado la lógica hasta el heroísmo?

               El episodio es muy conocido; fue cuando vio que Nuestra Señora había concebido un hijo del cual él no era el padre. El Evangelio aborda el asunto. San José fue colocado frente a una situación absurda, pues Nuestra Señora era evidentemente santa. De eso él no podía dudar, porque la santidad de Ella relucía de todos los modos posibles. Pero, de otro lado, estaba creada una situación que no comprendía, y con la cual no podía convivir.

               En vez de denunciar a su Esposa como lo ordenaba la Ley hebrea, pensó en la única salida lógica: «Quien está de más en esta casa no es esta Madre, que aquí es la dueña y reina; ni el hijo que concibió. Alguien está de más, y ese alguien soy yo. Voy a abandonar la casa y desaparecer. No comprendo tal misterio, pero contra él no me levantaré. Pasaré mis días lejos, venerando el misterio que no entendí».

               Y resolvió, cuando llegase la medianoche, abandonar la casa, huir, dejando a Nuestra Señora con el fruto de sus entrañas.

               Consideren la calma de San José. Esa calma, sólo la poseen los hombres lógicos. Tenía que abandonar el mayor tesoro de la Tierra, que era Nuestra Señora. Y eso representaba un sufrimiento inmenso, inimaginable. El Evangelio narra que él estaba dormido, cuando apareció el ángel en sueños y le dio la explicación.

              «Mientras reflexionaba sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados» (Evangelio de San Mateo, cap. 1, 20-21).

               Así, antes de ese lance tremendo, San José dormía. Iba a viajar y debería prepararse, reposando antes del viaje. Doblegado por un enorme sufrimiento, sin embargo, dormía. El ángel se le apareció y le explicó la situación. Después, él continuó el sueño. Amaneció y la vida prosiguió normalmente. ¡Suma normalidad, suma coherencia, suma lógica! En alabanza a la lógica de San José, queda hecho este rápido comentario, que representa un elogio a la lógica.   



martes, 19 de abril de 2022

LOS TRECE MARTES DE SAN ANTONIO. Sexto Martes

     



            Por la señal de la Santa Cruz + de nuestros enemigos + líbranos, Señor, Dios nuestro + 

            En el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.


ACTO DE CONTRICIÓN


            Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quién sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar, apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta.

            Ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como lo suplico, así confío en Vuestra Bondad y Misericordia infinita, que me los perdonaréis, por los méritos de Vuestra Preciosísima Sangre, Pasión y Muerte y me daréis gracia para enmendarme, y perseverar en Vuestro Santo Amor y servicio, hasta el fin de mi vida. Amén.

ORACIÓN INICIAL


            Postrado a tus pies, oh amantísimo protector mío San Antonio, te ofrezco el piadoso ejercicio que voy a practicar para que me alcances del Señor el perdón de mis pecados, las virtudes propias de mi estado, la perseverancia final y la gracia especial que solicito con esta devoción. Más si ésta no me conviniese, obtenme conformidad con la Voluntad de Dios. Amén.


MARTES 6º: LA BONDAD

            ¡Oh, dadivoso bienhechor, San Antonio! Dignaos extender la dulce virtud de la bondad hacia mí, para que no me contente con la justicia aparente, sino que sea bueno de verdad ante Dios y los hombres, según Él desea.       

A continuación rezamos un Padrenuestro
un Avemaría y un Gloria. Luego, terminamos 
rezando el tradicional Responsorio de San Antonio...




Y terminamos este ejercicio piadoso signándonos 
en el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.



lunes, 18 de abril de 2022

VIVE ÚNICAMENTE PARA MÍ



               Iglesia de Fresne. Yo consideraba todo lo que no alcanzo. Él: "No te desanimes nunca; pídeme a Mí lo que no puedes esperar de ti misma. Ya ves cómo no eres capaz ni siquiera de un poco de perseverancia y compruebas cómo fallas en todo. Por eso has de abrirme de par en par tu confianza. Haz de estar segura de que lo que tú no alcanzas, tu gran Hermano lo completa; pero tienes que pedírselo. Yo seré para vosotros el que hayáis creído que Soy. Entrégate sin límites. Yo te Me daré sin límites. Pero para esto es indispensable que en lo íntimo de tu corazón consientas en que no eres nada y aceptes que no eres capaz de nada. Para que así puedas creer en Mi Corazón y en la Inmensidad de Mi Amor.

              “Tú piensas: ‘Siempre me dice las mismas cosas’. Pero es que Mi Amor nunca se cansa de amar y tengo que repetirlo, porque vosotros no lo acabáis de creer y vuestra confianza es tan poca. Y cuando hayáis visto, lamentaréis no haber creído mejor.

               Acércate a Mí mientras es todavía tiempo. Vive únicamente para Mí. Ayuda al Advenimiento de Mi Reino y para esto ofréceme todos tus días, instante por instante. Que llegue el Reino de tu Padre ha de ser tu preocupación única; todo el resto tómalo como simple añadidura."

 

26 de Agosto 1943


De los escritos de la mística Gabrielle Bossis "Él y yo", 
con el imprimatur en 1957 de Monseñor Jacques Le Cordier, 
Obispo auxiliar de París; también del Obispo de Nantes, 
Monseñor Villepellet, del entonces Obispo Auxiliar 
y Vicario General de la Arquidiócesis de México, 
Monseñor Francisco Orozco y del Obispo Auxiliar
de Madrid-Alcalá Monseñor García Lahiguera.



domingo, 17 de abril de 2022

LA RESURRECCIÓN DE NUESTRO SEÑOR, según las Revelaciones de Ana Catarina Emmerich




               Cuando se acabó el Sábado, Juan fue con las santas mujeres, las consoló. Pero no podía contener sus propias lágrimas por lo que se quedó con ellas solo un corto espacio de tiempo. Entonces, Pedro y Santiago el menor fueron también a verlas con el mismo propósito de confortarlas. Ellas prosiguieron con su pena después de que ellos se fueran.

               Vi el Alma de Nuestro Señor entre dos Ángeles ataviados de guerreros; era luminosa, resplandeciente como el sol del mediodía, la vi atravesar la piedra y unirse con el Sagrado Cuerpo. Vi moverse sus miembros, y el Cuerpo del Señor, unido con su Alma y con su Divinidad, salir de su mortaja brillante de luz. 

               Jesús resplandeciente, se elevó por medio de la peña. La tierra tembló. Uno de los ángeles guerreros, se precipitó del cielo al sepulcro como un rayo, apartó la piedra que cubría la entrada y se sentó sobre ella. Los soldados cayeron como muertos y permanecieron en el suelo sin dar señales de vida. Casio, viendo la luz brillar en el sepulcro se acercó, tocó los lienzos vacíos y se fue con la intención de anunciar a Pilato lo sucedido. Sin embargo aguardó un poco porque había sentido el terremoto y había visto al ángel apartar la piedra a un lado y el sepulcro vacío. Mas no había visto a Jesús.

               Mientras la Santísima Virgen oraba interiormente llena de un ardiente deseo de ver a Jesús, un ángel vino a decirle que fuera a la pequeña puerta de Nicodemo, porque Nuestro Señor estaba cerca. El corazón de María se inundó de gozo; se envolvió en su manto y se fue, dejando allí alas santas mujeres sin decir nada a nadie. Le vi encaminarse deprisa hacia la pequeña puerta de la ciudad por donde había entrado con sus compañeras al volver del sepulcro. Caminaba con pasos apresurados, cuando la vi detenerse de pronto en un sitio solitario. Miró a lo alto de la muralla de la ciudad y el alma de Nuestro Señor, resplandeciente, bajó hasta su Madre acompañada de una multitud de almas y Patriarcas. Jesús, volviéndose hacia ellos dijo: "He aquí a María, he aquí a mi Madre". Pareció darle un beso y luego desapareció.

               Las almas de los Patriarcas se inclinaron ante la Madre de Jesús. El Salvador mostró sus heridas a su Madre, que se prosternó para besar sus pies, mas Él la levantó y desapareció. Se veían luces de antorchas a lo lejos cerca del sepulcro, y el horizonte se esclarecía hacia el oriente, encima de Jerusalén.

               La Santa Virgen cayó de rodillas y besó el lugar donde había aparecido su Hijo. Debían ser las nueve de la noche. Sus rodillas y sus pies quedaron marcados sobre la piedra. La visión que había tenido la había llenado de un gozo indecible. Y regresó confortada junto a las santas mujeres, a quienes halló ocupadas en preparar ungüentos y perfumes. No les dijo lo que había visto, pero sus fuerzas se habían renovado, consoló a las demás y las fortaleció en su fe.

               Estaban las mujeres cerca de la pequeña puerta de Nicodemus cuando Nuestro Señor resucitó pero no vieron nada de los prodigios que habían acontecido en el sepulcro. Tampoco sabían que habían puesto allí una guardia, porque no habían ido la víspera a causa del Sábado. Mientras se acercaban se preguntaban entre sí con inquietud: "¿Quién nos apartará la piedra de la entrada?" Querían echar agua de nardo y aceite aromatizado con flores sobre el Cuerpo de Jesús. Querían ofrecer a Nuestro Señor lo más precioso que pudieran encontrar para honrar su sepultura. La que había llevado más cosas era Salomé, no la madre de Juan, sino una mujer rica de Jerusalén, pariente de san José.

               Decidieron que, cuando llegaran, dejarían sus perfumes sobre la piedra y esperarían a que alguien pasara para apartarla. Los guardias seguían tendidos en el suelo y las fuertes convulsiones que los sacudían, demostraban cuán grande había sido su terror. La piedra estaba corrida hacia la derecha de la entrada, de modo que se podía penetrar en el sepulcro sin dificultad. Los lienzos que habían servido para envolver a Jesús estaban sobre el sepulcro. La gran sábana estaba en su sitio pero sin su Cuerpo. Las vendas habían quedado sobre el borde anterior del sepulcro, las telas con que María Santísima había envuelto la cabeza de su Hijo estaban en donde había reposado esta.





sábado, 16 de abril de 2022

"MARÍA, CANAL MISTERIOSO DE LA MISERICORDIA"




              Dios Padre creó un depósito de todas las aguas, y lo llamó mar. Creó un depósito de todas las gracias, y lo llamó María. El Dios Omnipotente posee un tesoro o almacén riquísimo en el que ha encerrado lo más hermoso, refulgente, raro y precioso que tiene, incluido Su propio Hijo. Este inmenso Tesoro es María, a quien los Santos llaman el Tesoro del Señor, de cuya plenitud se enriquecen los hombres. 

               Dios Hijo comunicó a Su Madre cuanto adquirió mediante Su Vida y Muerte, Sus Méritos infinitos y virtudes admirables, y la constituyó Tesorera de cuanto el Padre le dio en herencia. Por medio de Ella aplica Sus méritos a Sus miembros, les comunica Sus virtudes y les distribuye Sus gracias. María constituye Su canal misterioso, Su acueducto, por el cual hace pasar suave y abundantemente Sus misericordias...


San Luis María Grignión de Montfort
Tratado de la Verdadera Devoción, nº 23-24



viernes, 15 de abril de 2022

LA SOLEDAD DE NUESTRA SEÑORA, según las Revelaciones de Ana Catarina Emmerich


               ¿Con qué palabras podría expresar la profundísima pena de María al ver a su Hijo muerto? Su vista se oscureció, el color lívido de la muerte la cubría, sus pies temblaban, sus oídos no oían; Ella cayó al suelo, mientras Magdalena, Juan y los otros se desplomaban también y, con la cara tapada, se abandonaban a su indecible dolor. Cuando fueron a ayudar a la más dulce y triste de todas las madres, Ella vio aquel cuerpo, concebido sin mancha por el Espíritu Santo, carne de su carne, hueso de sus huesos, Corazón de Su Corazón; la obra sagrada de Sus entrañas, formado por Obra Divina, ese cuerpo que colgaba de una cruz, entre dos ladrones. Crucificado, deshonrado, maltratado, condenado por todos aquellos a quienes había venido a la tierra a redimir. Bien se la podía llamar en aquellos momentos la Reina de los Mártires...




               La Virgen Santísima se sentó sobre una amplia tela extendida en el suelo; con la rodilla derecha un poco levantada y la espalda apoyada sobre un hato de ropas. Lo habían dispuesto todo para facilitar a aquella Madre de alma profundamente afligida —la Madre de los Dolores— las tristes honras fúnebres que iba a dispensar al cuerpo de su Hijo. La sagrada cabeza de Jesús estaba reclinada sobre las rodillas de María; su cuerpo, tendido sobre una sábana. La Virgen Santísima sostenía por última vez en sus brazos el cuerpo de su querido Hijo, a quien no había podido dar ninguna prueba de amor en todo su martirio. Contemplaba sus heridas,  cubría de besos su cara ensangrentada, mientras el rostro de Magdalena reposaba sobre sus pies. Mientras, los hombres se retiraron a una pequeña hondonada situada al suroeste del Calvario, a preparar todo lo necesario para embalsamar el cadáver. Casio, con algunos de los soldados que se habían convertido al Señor, se mantenía a una distancia respetuosa. 

               Toda la gente mal intencionada se había vuelto a la ciudad y los soldados presentes formaban únicamente una guardia de seguridad para impedir que nadie interrumpiese los últimos honores que iban a ser rendidos a Jesús. Algunos de esos soldados prestaban su ayuda cuando se lo pedían. Las santas mujeres entregaban vasijas, esponjas, paños, ungüentos y aromas, cuando les era requerido, y el resto del tiempo permanecían atentas, a corta distancia; Magdalena no se apartaba del cuerpo de Jesús; pero Juan daba continuo apoyo a la Virgen, e iba de aquí para allá, sirviendo de mensajero entre los hombres y las mujeres, ayudando a unos y a otras. Las mujeres tenían a su lado botas incipientes de cuero de boca ancha y un jarro de agua, puesto sobre un fuego de carbón. Entregaban a María y a Magdalena, conforme lo necesitaban, vasijas llenas de agua y esponjas, que exprimían después en los recipientes de cuero. 

               La Virgen Santísima conservaba un valor admirable en su indecible dolor. Era absolutamente imposible dejar el cuerpo de su Hijo en el horrible estado en que lo habían dejado el suplicio, por lo que procedió con infatigable dedicación a lavarlo y limpiarle las señales de los ultrajes que había recibido. Le quitó, con la mayor precaución, la corona de espinas, abriéndola por detrás y cortando una por una las espinas clavadas en la cabeza de Jesús, para no abrir las heridas al intentar arrancarlas. Puso la corona junto a los clavos; entonces María fue sacando los restos de espinas que habían quedado con una especie de pinzas redondas y las enseñó a sus amigas con tristeza. 

               El Divino Rostro de Nuestro Señor, apenas se podía conocer, tan desfigurado estaba con las llagas que lo cubrían; la barba y el cabello estaban apelmazados por la sangre. María le alzó suavemente la cabeza y con esponjas mojadas fue lavándole la sangre seca; conforme lo hacía, las horribles crueldades ejercidas contra Jesús se le iban presentando más vívidamente, y su compasión y su ternura se acrecentaban herida tras herida. Lavó las Llagas de la cabeza, la sangre que cubría los ojos, la nariz y las orejas de Jesús, con una pequeña esponja y un paño extendido sobre los dedos de su mano derecha; lavó, del mismo modo, su boca entreabierta, la lengua, los dientes y los labios. Limpió y desenredó lo que restaba del cabello del Salvador y lo dividió en tres partes, una sobre cada sien, y la tercera sobre la nuca. 

               Tras haberle limpiado la cara, la Santísima Virgen se la cubrió después de haberla besado. Luego se ocupó del cuello, de los hombros y del pecho, de los brazos y de las manos. Todos los huesos del pecho, todas las coyunturas de los miembros estaban dislocados y no podían doblarse. El hombro que había llevado la cruz era una gran llaga, toda la parte superior del cuerpo estaba cubierta de heridas y desgarrada por los azotes. 

               Cerca del pecho izquierdo, se veía la pequeña abertura por donde había salido la punta de la lanza de Casio, y en el lado derecho, el ancho corte por donde había entrado la lanza que le había atravesado el Corazón. 

               María lavó todas las llagas de Jesús, mientras Magdalena, de rodillas, la ayudaba en algún momento, pero sin apartarse de los sagrados pies de Jesús, que bañaba con lágrimas y secaba con sus cabellos Cuando la Virgen hubo ungido todas las heridas, envolvió la cabeza de Nuestro Señor en paños, mas no cubrió todavía la cara; cerró los ojos entreabiertos de Jesús, y dejó reposar su mano sobre ellos algún tiempo. Cerró también su boca, abrazó el sagrado cuerpo de su Hijo y dejó caer su cara sobre la de Jesús. José y Nicodemo llevaban un rato esperando en respetuoso silencio, cuando Juan, acercándose a la Santísima Virgen, le pidió que dejase que se llevaran a su Hijo, para que pudieran acabarlo de embalsamar, porque se acercaba el Sábado. 

               María abrazó una vez más el cuerpo de Jesús y se despidió de Él con conmovedoras palabras. Entonces, los hombres cogieron la sábana donde estaba depositado el cuerpo y lo apartaron así de los brazos de la Madre, llevándoselo aparte para embalsamarlo. María, de nuevo abandonada a su dolor, que habían aliviado un poco los tiernos cuidados dispensados al cuerpo de Nuestro Señor, se derrumbó ahora, con la cabeza cubierta, en brazos de las piadosas mujeres.



LA CRUCIFIXIÓN DE NUESTRO SEÑOR, según las Revelaciones de Ana Catarina Emmerich

 


               Los esbirros despojaron a Nuestro Señor de su capa, del cinturón con el cual lo habían arrastrado y de su propio cinto. Le quitaron después la sobrevesta de lana blanca y, como no podían sacarle la túnica sin costuras que su Madre le había hecho, a causa de la corona de espinas, le arrancaron sin miramientos esta corona de la cabeza, abriendo de nuevo todas sus heridas. No le quedaba más que su escapulario corto de lana sobre los hombros y un lienzo alrededor de los riñones. El escapulario se había pegado a sus heridas abiertas y sufrió dolores indecibles cuando se lo quitaron. El Hijo del Hombre temblaba, estaba cubierto de llagas, sus hombros y sus espaldas estaban desgarrados hasta los huesos. Le hicieron sentarse sobre una piedra y le colocaron otra vez la corona sobre la cabeza.

               En ese momento le arrancaron también el lienzo que llevaba ceñido a la cintura, con lo que dejaron al Salvador desnudo ante todos ellos, gente pervertida. Le ofrecieron de beber en un vaso vinagre con hiel, pero Él, sin decir nada, volvió la cabeza y no lo tomó. Pero cuando le cogieron otra vez agarrándole de los brazos, destapando así la desnudez que Él intentaba cubrir, se oyó el murmullo y la protesta de los amigos de Jesús. La Madre rezaba fervorosamente y quería quitarse el velo para dárselo a Él, pero en este momento un hombre llegó corriendo, se abrió paso entre los esbirros y ofreció a Jesús un lienzo, que éste aceptó agradecido y con el que se cubrió. Este hombre, llamado por las oraciones de la Santísima Virgen, sólo dijo: «¿Ni siquiera vais a dejar que se cubra?», y desapareció tan precipitadamente como había aparecido. Era Jonadab, un sobrino de San José. No era un seguidor de Jesús, pero era un hombre honesto. Ya se sintió muy irritado cuando vio que Jesús había sido desnudado para la flagelación y, mientras subían hacia el Calvario, él estaba en el Templo, pero las oraciones de la Santísima Virgen le dieron una revelación interior, y fue hacia allí a prestar este servicio a Jesús. 

               A continuación, tumbaron a Jesús sobre la cruz y extendiendo su brazo derecho sobre el madero derecho de la cruz, lo ataron fuertemente; uno de ellos puso la rodilla sobre el pecho sagrado, otro le abrió la mano, un tercero apoyó sobre la carne un clavo grueso y largo y lo clavó con un martillo de hierro. Un gemido suave y claro salió del pecho de Jesús, su sangre salpicó los brazos de sus verdugos. Los clavos eran muy largos, la cabeza chata y del ancho de una moneda; tenían tres caras, eran del grueso de un dedo pulgar; la punta sobresalía por detrás de la cruz. 

               Después de haber clavado la mano derecha de Nuestro Señor, los verdugos vieron que la mano izquierda no llegaba al agujero que habían abierto. Entonces ataron una cuerda al brazo izquierdo de Jesús y tiraron de él con toda la fuerza hasta lograr que la mano coincidiera con el agujero. Esta brutal dislocación de sus brazos lo atormentó horriblemente, su pecho se levantó y sus piernas se contrajeron. Los esbirros se arrodillaron de nuevo sobre su cuerpo y hundieron otro clavo en la mano izquierda: los gemidos se oían en medio de los martillazos, pero no despertaron en los verdugos ninguna piedad. 



               Los brazos de Jesús, extendidos, llegaban a cubrir completamente los brazos de la cruz. La Santísima Virgen sentía en sí misma cada insulto y cada nuevo tormento infligido a su Hijo. Estaba pálida como un cadáver y los gemidos no cesaban de salir de su pecho. Los fariseos se burlaron de ella y la increparon. Magdalena estaba fuera de sí. Se despedazaba la cara: sus ojos y sus carrillos estaban sangrientos. Los discípulos llevaron al grupo de mujeres un poco más lejos. Los esbirros habían clavado en la cruz un pedazo de madera para sostener los pies de Jesús a fin de que todo el peso del cuerpo no pendiera de las manos, y para evitar que los huesos de los pies se rompieran al sostenerlo. Habían hecho ya un agujero para el clavo de los pies y vaciado un poco la madera para encajar los talones. Todo el cuerpo de Jesús se había contraído hacia la parte superior de la cruz por la violenta tensión que soportaban los brazos y sus rodillas se habían doblado. Los verdugos le extendieron las piernas de nuevo y se las ataron con cuerdas a la cruz, pero los pies no llegaban al pedazo de madera que habían colocado para sostenerlos. Entonces, llenos de furia, los unos querían hacer nuevos agujeros para los clavos de las manos, y así bajar el cuerpo, pues era difícil mover el pedazo de madera más arriba, mientras otros lanzaban imprecaciones contra Jesús. «No quiere estirarse, pero nosotros vamos a ayudarle.» Entonces ataron una cuerda a su pie derecho y tiraron de él tan violentamente que lograron hacerlo llegar hasta el pedazo de madera. La dislocación fue tan espantosa que se oyó crujir el pecho de Jesús, y Él exclamó: «Dios mío, Dios mío.» 

               Habían atado su pecho y sus brazos al madero para que el peso del cuerpo no arrancara las manos de los clavos. El padecimiento era insoportable. Ataron después el pie izquierdo sobre el derecho y lo taladraron aparte porque no coincidía con el otro y no podían clavarlos juntos. Cogieron un clavo más largo que los de las manos y lo clavaron con el martillo atravesando los pies y el pedazo de madera hasta el mástil de la cruz. Esta operación fue más dolorosa que todo lo demás, a causa de la dislocación antinatural de todo el cuerpo. Conté hasta treinta y seis martillazos. Durante toda la crucifixión, Nuestro Señor no dejaba de rezar; entre gemidos, repetía pasajes de los Salmos que lo confortaban, y de los profetas, cuyas predicciones estaba cumpliendo; no había cesado de orar así en todo el camino del Calvario y lo hizo hasta su muerte. Yo oí y repetí con él todos estos pasajes, hasta que la inmensidad de mi pena me impidió seguir. 

               Cuando hubieron acabado de clavar a Jesús en la cruz, el comandante de los soldados romanos ordenó que la tabla con las palabras de Pilatos fuera clavada a su vez arriba de todo de la cruz. La Santa Virgen se había acercado a la escena sangrienta y cuando clavaron los pies de Jesús y ella oyó el estirar y crujir de sus huesos y sus gemidos, se desmayó y cayó en los brazos de sus compañeras. La gente se alborotó a su alrededor y los fariseos se burlaron de ella y de las santas mujeres que la atendían; unos cuantos discípulos la llevaron al sitio apartado donde estaba antes. Mientras duró la crucifixión estuvieron oyendo gritos de dolor y compasión entre las mujeres y voces que decían: «¿Por qué no se abre la tierra y devora su iniquidad?, ¿por qué no cae fuego del cielo y fulmina a los malhechores?» El sol indicaba que eran las doce y cuarto cuando Jesús fue crucificado, y en el mismo momento en que elevaban la cruz, en el Templo resonaban las trompetas que celebraban la inmolación del cordero pascual. 

               Durante la crucifixión, algunos de los esbirros seguían todavía excavando el agujero en el cual iría encajada la cruz, porque la piedra allí era muy dura. En cuanto Nuestro Señor estuvo clavado a los maderos, los esbirros ataron cuerdas a la parte superior de la cruz pasándolas por una anilla fijada en la parte posterior de la cruz, y con ellas unos alzaron la cruz, mientras otros la sostenían y otros empujaban el pie hasta el hoyo, en donde se hundió con todo su peso y un estremecimiento espantoso. Jesús dio un grito de dolor a causa de la sacudida, sus heridas se abrieron, su sangre corrió abundantemente y sus huesos dislocados chocaban unos con otros. Los verdugos, para asegurar el mástil lo fijaron, clavando alrededor cinco cuñas. Fue un espectáculo horrible y a la vez conmovedor ver alzarse la cruz en medio de los gritos insultantes de los verdugos, de los fariseos, del pueblo que miraba desde lejos todo el proceso, el instrumento del suplicio vacilando un instante sobre su base y hundiéndose luego, temblando, en la tierra. El aire resonó al mismo tiempo con las exclamaciones piadosas y los llantos de las personas más santas del mundo. María, Juan y las santas mujeres; también todos aquellos que tenían el corazón puro, saludaron con un lamento de dolor al Verbo Encarnado exaltado sobre la cruz. Manos vacilantes se elevaron intentando socorrerlo. 

               Cuando la cruz se hundió en el hoyo de la roca con gran estrépito, hubo un momento de silencio solemne; todo el mundo parecía penetrado de una sensación nueva y desconocida hasta entonces. El infierno mismo se estremeció de terror al sentir el golpe de la cruz hundiéndose en la tierra y redobló sus esfuerzos contra ella. Las almas encerradas en el limbo lo oyeron con una alegría llena de esperanzas, para ellas era el sonido triunfante que los aproximaba a las puertas de la redención. La sagrada cruz se elevaba por vez primera en la tierra, como un nuevo árbol de la vida, y de las heridas de Jesús corrían sobre la tierra cinco ríos sagrados para fertilizarla y hacer de ella el nuevo paraíso del nuevo Adán. Cuando la cruz quedó fijada en su enclave, los pies de Jesús quedaban lo bastante cerca del suelo como para que sus amigos pudieran abrazarlos y besarlos. La cara de Nuestro Señor estaba vuelta hacia el noroeste.

               El golpe terrible de la cruz al hundirse en la tierra, sacudió violentamente todo el cuerpo de Jesús, desde la cabeza, coronada de espinas hasta los pies. Eso lo hizo sangrar en abundancia por todas sus heridas. Los verdugos apoyaron escaleras en la cruz y ajustaron las cuerdas con que habían atado al Salvador, para que no se desgarrasen los pies y manos sujetos con clavos a causa de su peso. La sangre brotaba con fuerza de sus heridas, y era tal el padecimiento indecible de Jesús, que inclinó la cabeza sobre su pecho y se quedó como muerto unos minutos. Entonces hubo un rato de silencio; los verdugos estaban ocupados en repartirse los vestidos de Jesús. 

               El sonido de las trompetas del Templo se perdía en el aire y todos los presentes estaban sumidos en el desaliento, en la rabia o en el dolor. Yo miraba a Jesús con compasión y espanto; lo veía inmóvil, casi sin vida; yo misma creí morir. Me hallaba en la más profunda oscuridad donde no veía más que a mi Esposo clavado en la cruz. Su cabeza, con la terrible corona y con la sangre que llenaba sus ojos, su boca entreabierta, y empapaba sus cabellos y su barba, estaba inclinada sobre el pecho; tenía la carne completamente desgarrada, sus hombros, sus codos, sus muñecas estirados hasta ser dislocados, la sangre de sus manos corría por sus brazos, su pecho levantado formaba por debajo una cavidad profunda. Sus piernas, como sus brazos, sus miembros, sus músculos, su piel toda, habían sido estirados a tal extremo que se podían contar sus huesos; la sangre goteaba de sus pies sobre la tierra, todo su cuerpo estaba cubierto de heridas y llagas, de manchas negras, azules y amarillas; sus heridas se habían abierto a causa de la tensión, y el preciado líquido de su sangre se estaba volviendo cada vez más claro de color y de la consistencia del agua; su cuerpo sagrado estaba cada vez más blanco. A pesar de las horribles heridas que lo cubrían, el cuerpo de Jesús se veía indescriptiblemente noble y venerable. 

               El Hijo de Dios seguía transmitiendo su bondad, el inmenso amor que lo había llevado a sacrificarse por toda la humanidad. El color de la piel de Jesús, como el de María, era delicado, con una ligera tonalidad rosada. Por las muchas caminatas y los viajes en los últimos tres años su cara se había ido volviendo morena. Jesús era de tórax amplio pero no era velludo, como Juan el Bautista, que lo tenía cubierto de un pelo rojizo. Sus hombros eran anchos, sus brazos robustos, sus muslos nervudos, sus rodillas fuertes y endurecidas como las del hombre que ha viajado mucho, los muslos largos y las pantorrillas musculosas, sus pies eran de bella forma y sólidamente construidos, sus manos eran hermosas, de dedos largos y finos y, sin ser delicadas, no eran como las de un hombre que las emplea en trabajos penosos. Su cuello no era corto, pero sí robusto, su cabeza, hermosamente proporcionada, de frente alta y ancha, y un rostro de óvalo puro; el cabello era color de cobre oscuro, no era muy espeso, y quedaba abierto naturalmente en lo alto de la frente para luego caer sobre sus hombros; llevaba una barba corta y acabada en punta. Ahora sus cabellos estaban arrancados y llenos de sangre, su cuerpo era todo él una llaga y todos sus miembros estaban quebrantados.

               Los fariseos pasaron a caballo delante de Jesús llenándolo de injurias y se fueron también. Los cien soldados romanos fueron relevados por otros cincuenta. Éstos eran conducidos por Abenadar, árabe de nacimiento, bautizado después con el nombre de Ctesifón; el segundo jefe, que se llamaba Casio y recibió después el nombre de Longino, llevaba con frecuencia los mensajes de Pilatos. Acudieron también doce fariseos, doce saduceos, doce escribas y algunos ancianos, entre ellos, los que habían pedido inútilmente a Pilatos que cambiase la inscripción de la tabla de la cruz, y cuya rabia se había incrementado con la negativa del gobernador. Dieron la vuelta al llano a caballo e hicieron apartar a la Santísima Virgen, que Juan acompañó junto a las otras mujeres. Cuando pasaron delante de Jesús, menearon desdeñosamente la cabeza, diciendo: «Tú, que ibas a destruir el Templo y levantarlo de nuevo en tres días, tú que has salvado a otros, según dicen, ¿no puedes salvarte a ti mismo? ¡Si eres el Hijo de Dios, el Cristo, baja de la cruz!» Los soldados se unieron a las burlas: «Sí, si es el rey de Israel, que baje de la cruz y también nosotros creeremos en Él.»

               La Madre de Jesús, Magdalena, María de Cleofás y Juan permanecían junto a la cruz de Nuestro Señor, sin apartar la vista de Él. María le pedía interiormente que la dejara morir con Él. El Salvador la miró con una ternura inefable y, volviendo los ojos hacia Juan, dijo a María: «Mujer, éste es tu hijo.» Después dijo a Juan: «Ésta es tu madre.» Juan, al pie de la cruz del Redentor moribundo, abrazó, transido de dolor, a la Madre de Jesús, que ahora era la suya. La Santísima Virgen se sintió tan ahogada de dolor al oír estas últimas disposiciones de su Hijo, que cayó sin conocimiento en brazos de las santas mujeres, que la llevaron a alguna distancia de la cruz.

               Sobre el Gólgota las tinieblas produjeron una terrible consternación. Cuando el sol empezó a ocultarse, los gritos, las imprecaciones, la actividad de los hombres ocupados en levantar las cruces, los lamentos de los dos ladrones, los insultos de los fariseos, las idas y venidas de los soldados la marcha tumultuosa de los verdugos borrachos habían ido disminuyendo. Pero conforme las tinieblas se hacían más densas los presentes estaban más sobrecogidos y se alejaban más de la cruz. Fue entonces cuando Jesús dijo sus palabras a su Madre y a Juan, y María fue llevada desmayada a cierta distancia. Tras eso, hubo un instante de silencio solemne. Algunos miraban al cielo, la conciencia de otros se despertaba y volvían los ojos hacia la cruz llenos de arrepentimiento, y se daban golpes de pecho. Los que tenían estos sentimientos se juntaron. Los fariseos, aunque tan aterrorizados como los demás, intentaban explicarlo todo con razones naturales, pero cada vez iban hablando más bajo y acabaron por callarse. El disco del sol era de un naranja oscuro, como las montañas miradas a la claridad de la luna, estaba rodeado de un círculo de fuego y las estrellas brillaban con una luz ensangrentada. Los pájaros caían al suelo, muertos de terror, las bestias temblaban y los caballos de los fariseos se apretaban estrechamente unos con otros, agachando la cabeza. Las tinieblas lo penetraron todo.




               El silencio reinaba en torno a la cruz. Todo el mundo se había alejado. El Salvador había quedado sumido en un profundo abandono. Volviéndose a su Padre celestial le pedía con amor por sus enemigos. Ofrecía el cáliz de su sacrificio por su redención. Yo vi a mi esposo sufrir como un hombre afligido lleno de angustia, abandonado de toda consolación divina y humana, y, obligado, sin ayuda ni esperanza, a atravesar solo la tormenta de la tribulación. Sus sufrimientos eran inexpresables, y por ellos nos fue concedida la fuerza de resistir a los mayores terrores del abandono, cuando todos los afectos que nos unen a este mundo y esta vida terrestre se rompen y al mismo tiempo el sentimiento de la ira nos obnubila...

               La hora de Nuestro Señor había llegado: la agonía había comenzado, y un sudor frío cubrió sus miembros. Juan estaba al pie de la cruz y limpiaba los pies de Jesús con un paño. Magdalena, rota de dolor, se apoyaba contra la cruz por la parte de atrás. La Virgen Santísima estaba de pie, entre Jesús y el buen ladrón, y, sostenida por Salomé y María de Cleofás, levantaba los ojos hacia su Hijo agonizante. Entonces Jesús dijo: «Todo se ha cumplido.» Después alzó la cabeza y gritó con voz potente: «Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu.» Fue un grito a la vez suave y fuerte, que se oyó en el cielo y la tierra. Después de eso, Nuestro Señor inclinó la cabeza y entregó su espíritu. Yo vi su alma, como una forma luminosa, penetrando en la tierra al pie de la cruz. Juan y las santas mujeres cayeron a tierra cubriéndose la cara.

               Cuando el Señor exhaló su último suspiro, la tierra tembló y se partió el suelo de roca entre la cruz del Salvador y la cruz del mal ladrón. La lúgubre Naturaleza dio testimonio de una manera tremenda e inequívoca de que Jesucristo era el Hijo de Dios. Todo se había cumplido. La tierra tembló cuando el alma de Jesús abandonó su cuerpo; ella le reconoció como su Salvador, mientras el corazón de sus amigos era traspasado por una espada de dolor...



jueves, 14 de abril de 2022

EL DON INESTIMABLE DEL SANTO SACERDOCIO, por Monseñor Marco Antonio Pivarunas


               Amados en Cristo:

               En el Evangelio de San Mateo, leemos del llamado de los dos primeros Apóstoles, San Pedro y su hermano San Andrés, por Nuestro Divino Señor Jesucristo: “Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron” (Mt. 4:18).




               Lo que Cristo hizo hace 2000 años, continuó haciéndolo en cada época, es decir, llamó a los hombres a dejar todas las cosas y seguirle para convertirse en “pescadores de hombres.”

               En esta carta pastoral, admiremos la bondad y misericordia de Dios en la institución del Sacramento de las Sagradas Órdenes, mediante el cual se ordenan a los hombres para continuar la misión comenzada por Cristo aquí en la tierra — glorificar al Padre (renovando el Sacrificio del Calvario en la Santa Misa) y trabajar por la salvación de las almas (administrando los Sacramentos y predicando el Evangelio).

               Cuando consideramos el Sacramento de las Órdenes, la primera pregunta que viene a nuestras mentes es, ¿qué es un Sacerdote? Un Sacerdote se define propiamente como un alter Christus — otro Cristo. éste continúa la Vida de Cristo aquí en la tierra por su Ministerio terrenal; por su Ordenación Sacerdotal actúa in persona Christi (en la persona de Cristo). San Pablo nos dice en su epístola a los Hebreos: “Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere…” (Hebreos 5:1).

               Y, ¿qué es “lo que a Dios se refiere”? En primer lugar, el Sacerdote ofrece el Santo Sacrificio de la Misa — la renovación incruenta del Calvario. El sacrificio es algo sinónimo con la religión; pues sin sacrificio, no hay religión. En el Antiguo Testamento, frecuentemente encontramos referencias al ofrecimiento de sacrificios a Dios en expiación del pecado. En el libro de éxodo, leemos de Moisés: “Entonces tomó Moisés la sangre y roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre del pacto que el Señor ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas” (Éxodo 24:8).

               Qué similar son estas palabras de Moisés, “Esta es la sangre del pacto,” con las palabras de Cristo en la Última Cena, “Este es el Cáliz de Mi Sangre.” Aún así, estos sacrificios del Antiguo Testamento no fueron más que una prefiguración de aquél único Sacrificio aceptable de Cristo sobre la Cruz y de la renovación incruenta del mismo Sacrificio en la Santa Misa. En la Última Cena, Nuestro Divino Señor tomó el pan y el vino y por su infinito poder los cambió en su Cuerpo y Sangre, cuando dijo: “Tomad, comed; porque esto es Mi Cuerpo…“Bebed de ella todos porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada  en remisión de los pecados” (Mt. 26:26). E inmediatamente después de la transubstanciación del pan y del vino en Su Cuerpo y Sangre, Nuestro Señor ordenó a Sus Apóstoles, “Haced esto en memoria mía” (Lucas 22:19).

               Con estas palabras, Cristo mandó a Sus Apóstoles, Sus primeros Sacerdotes, a hacer exactamente lo que Él hizo — cambiar el pan y el vino en su propio Cuerpo y Sangre. Y sabemos que los Apóstoles cumplieron este mandamiento, pues San Pablo en su primera epístola a los Corintios les recuerda que, “Así pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que Él venga” (I Cor. 11:26). Y que, “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? ” (I Cor. 10:16).

               ¡Qué maravillosa condescendencia! Nuestro Señor dio a Sus Apóstoles, y a través de ellos, por el Sacramento de las Órdenes, a aquellos ordenados al Sacerdocio en el futuro, la potestad para ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa y para consagrar el pan y el vino en Su propio Cuerpo y Sangre. En esta materia el Concilio de Trento fue muy claro: “Aunque Cristo Nuestro Señor había de ofrecerse una vez a Su Eterno Padre sobre el Altar de la Cruz, muriendo en realidad para obtenernos la Redención eterna, y como Su Sacerdocio no habría de extinguirse por Su Muerte, a fin de dejar a Su Iglesia un sacrificio conveniente a la presente condición del hombre, un sacrificio que pudiera al mismo tiempo representarnos el cruento sacrificio consumado en la Cruz, preservar la memoria de ella hasta el Fin del Mundo, y aplicar sus provechosos frutos en remisión de los pecados que a diario cometemos; en Su Última Cena, en la misma noche que fue traicionado, dando prueba de que Él había sido establecido Sacerdote para siempre según la orden de Melquisedec, ofreció a Dios Su Cuerpo y Sangre, bajo las apariencias de pan y vino, y, bajo los mismos símbolos, diolos a los Apóstoles, a quienes Él al mismo tiempo constituyó Sacerdotes de la Nueva Ley. Con estas palabras, ‘Haced esto en memoria Mía’, los comisionó a ellos, y a sus sucesores en el Sacerdocio, para consagrar y ofrecer Su Cuerpo y Sangre, como la Iglesia Católica siempre ha entendido y enseñado.”

               Y más adelante el Concilio declara que Nuestro Señor, apaciguado por la oblación del Sacrificio de la Misa, nos concede sus gracias y la remisión del pecado. Dice: “Es exactamente la misma Víctima; el que ofrece el Sacrificio es el mismo que, después de haberse sacrificado en la Cruz, se ofrece ahora por el Ministerio del Sacerdote; no hay diferencia excepto en la manera de ofrecer.”

               La naturaleza sacrificial del Sacerdocio y la Doctrina de que el Sacerdote actúa en la Persona de Cristo son aspectos muy importantes que debemos recordar, especialmente en nuestros tiempos, cuando la "Iglesia Moderna" (la del Concilio Vaticano II) ha mutilado la Santa Misa y la ha reemplazado con el Novus Ordo (la nueva y moderna "Misa"). En la verdadera Misa, el Sacerdote consagra las Sagradas Especies por el poder que tiene de su Sagrada Ordenación, mediante el cual actúa en la Persona de Cristo. Así el Sacerdote dice en la Consagración en la Misa, “Este es Mi Cuerpo,” “Este es el Cáliz de Mi Sangre,” y no “Este es el Cuerpo de Cristo,” ni “Este es el Cáliz de su Sangre.” En la "Misa" del Novus Ordo, encontramos una nueva definición de la Misa en el Prefacio General, que lee: “La Cena del Señor es la asamblea o reunión del pueblo de Dios, donde un sacerdote preside para celebrar el memorial del Señor. Por esta razón la promesa de Cristo es particularmente verdadera de una congregación local de la Iglesia: ‘Donde dos o tres se reúnan en mi nombre, ahí estoy yo en medio’” (Instrucción General al Novus Ordo, abril 6, 1969).

               Noten la terminología “sacerdote que preside” y la referencia bíblica, “donde dos o tres se reúnan en mi nombre.” En el Novus Ordo, el sacerdote ya no más ofrece el Santo Sacrificio in persona Christi (en la persona de Cristo); ahora solamente preside sobre la asamblea, y la asamblea, la gente reunida, ocasionan una presencia espiritual de Cristo. ¡Esta nueva definición de la Misa es una definición luterana!

               Cuando leemos en la historia eclesiástica de la destrucción del Santo Sacrificio de la Misa en Alemania por Martín Lutero, y en Inglaterra por el Arzobispo Cranmer, vemos que la historia se ha repetido a finales de la década 1960, con la introducción del Novus Ordo Missae, sólo que a una escala muy superior.

               Con esta nueva definición luterana de la Misa, el aspecto mismo del sacerdocio se ha cambiado. Esta fue una de las razones que llevaron a León XIII a declarar en su Constitución Apostólica, Apostolicae Curae, que las órdenes anglicanas eran inválidas — la falta de intención de ordenar Sacerdotes para ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa.

               Una vez más, apreciemos el don inestimable del Santo Sacerdocio, por el cual tenemos el Santo Sacrificio de la Misa.

               El segundo rol del Sacerdote es la salvación de las almas, especialmente por la administración de los Sacramentos. En el Evangelio de San Juan, leemos cómo Nuestro Divino Señor, después de Su Resurrección, se apareció a Sus Apóstoles: “Entonces Jesús les dijo otra vez: ¡Paz a vosotros! Como me envió el Padre, así también Yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis sus pecados, les son perdonados; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos” (San Juan, 20:21).

               Aquí debemos reiterar que el Sacerdote, actuando en la Persona de Cristo, dice, Ego te absolvo a peccatis tuis, — Yo te absuelvo de tus pecados, y no, Cristo te absuelve de tus pecados. Por su Ordenación, el Sacerdote se identifica con Cristo. ¿Dónde estaríamos espiritualmente sin el Sacramento de la Penitencia? Qué agobiadas estarían nuestras almas sin la aseguranza y certeza que nos es ofrecida por las palabras del Sacerdote: “Ego te absolvo a peccatis tuis…”



S.E.R. Mons. Marco Antonio Pivarunas
Superior General de la Congregación de
María Reina Inmaculada (EE.UU.)


               Al comienzo de nuestra Vida Espiritual, fue el Sacerdote quien nos limpió y nos dio la vida de Dios — la gracia santificante — a través del Sacramento del Bautismo. Por este Sacramento muy necesario, nos hacemos hijos de Dios y herederos del Cielo, como dijo Nuestro Señor: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios” (San Juan, 3:5).

               Y cuando nuestras vidas lleguen a su fin, una vez más, el Sacerdote está ahí para asistirnos y apoyarnos por medio del Sacramento de la Extremaunción. En la Epístola de Santiago, encontramos referencia bíblica para este sacramento: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la Iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el Nombre del Señor. Y la oración de Fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados” (Apóstol Santiago, 5:14).

               Habiendo brevemente considerado el rol necesario del sacerdocio en la Iglesia, ¿es de sorprenderse, entonces, por qué el diablo odia los Sacerdotes, por qué desea él su caída, por qué hace lo posible por desviar a los jóvenes de seguir su vocación al Sacerdocio? ¡Oremos por los Sacerdotes, y también oremos para que Dios envíe más obreros a Su cosecha!