sábado, 17 de marzo de 2012

NUESTRA SEÑORA, PERFECTA INTERCESORA

   Perfeccionando la gracia a la naturaleza, y perfeccionando la gloria a la gracia, es cierto que Nuestro Señor, hasta en el cielo, es tan Hijo de María como lo era en la tierra, y que, por consiguiente, ha conservado la sumisión y la obediencia más perfecta de todas las criaturas hacia la mejor de todas las madres.


   Pero conviene no ver en esta dependencia la menor humillación o imperfección en Jesucristo, pues encontrándose María muy por debajo de su Hijo, que es Dios, no le manda como una madre de la tierra mandaría a su hijo, que es inferior a ella; María, transformada toda en Dios por la gracia y por la gloria que transforma a todos los Santos en El, no pide, no quiere ni hace cosa alguna que sea contraria a la eterna e inmutable voluntad de Dios.




   Así, cuando se lee en los escritos de los Santos Bernardo, Buenaventura, Bernardino, etc., que en el cielo y en la tierra, todo, incluso el mismo Dios, está sometido a la Santísima Virgen, se entiende que la autoridad que Dios ha tenido a bien confiarle es tan grande, que parece que posee el mismo poder que Dios, y que sus ruegos y peticiones tienen tanto poder para con Dios, que siempre pasan como mandatos de un Dios que nunca desoye el ruego de su querida Madre, porque siempre respeta y se conforma con su voluntad.


   Si Moisés, por la fuerza de su ruego contuvo la ira de Dios sobre los israelitas de un modo tan poderoso, que no pudiendo el Altísimo y misericordioso Señor desestimarlo, le dijo que le dejase encolerizarse y castigar a ese pueblo rebelde, ¿qué debemos pensar nosotros, con más motivo, de las súplicas de la humilde María y digna Madre de Dios, que tiene más influencia para con su Majestad que las oraciones e intercesiones de los ángeles y de los Santos todos del cielo y de la tierra? (Exodo 32,10).


San Luis Mª Grignión de Montfort
Tratado de la Verdadera Devoción

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viernes, 16 de marzo de 2012

EL AMOR DEL ALMA ( V ) Meditaciones de la Pasión, de San Alfonso Mª. de Ligorio

   Jesucristo, desde la Encarnación, sufrió más que todos los mártires. Baja del Cielo a la tierra el Verbo Divino para hacerse hombre, y entra en el mundo con tantas ganas de padecer por nuestro amor, que no quiso pasar ni un momento sin sufrir a lo menos con la aprensión.




   Apenas fue concebido en el seno de Nuestra Señora, se presentaron en su mente todos los trabajos que había de padecer en Su Pasión, y para impetrarnos el perdón de los pecados y la gracia divina, los ofreció al Eterno Padre, a fin de satisfacer con sus penas todos los castigos que nuestros pecados merecían; con este intento comenzó desde entonces a padecer todo lo que más tarde habría de sufrir en su amarguísima muerte.


   ¡Amorosísimo Redentor mío!, y yo entretanto, ¿qué he hecho, qué es lo que por Vos he padecido?. Aunque por espacio de mis años estuviese padeciendo los tormentos que han tolerado todos los Mártires, sería bien poco comparado con aquel primer instante en que os ofrecisteis y comenzasteis a padecer por mi amor.


   Jesucristo no dejó de padecer desde el primer instante de su existencia todos los tormentos de Su Pasión; porque desde aquel momento quedó dibujado a su visto todo el retablo de las ignominias y humillaciones que recibiría de los hombres. Razón tenía para exclamar por boca del Profeta: "Siempre tengo a la vista mi dolor" (Ps. XXXII, 18).


   Cierto día se apareció Cristo Crucificado a Sor Magdalena Orsini y la alentó a sufrir en paz la tribulación que desde largo tiempo la aquejaba. La Sierva de Dios le respondió: "Vos, Señor, habéis estado pendiente de la Cruz sólo tres horas, y yo vengo padeciendo largos años esta tribulación". Nuestro Señor reprendió su ignorancia y le reveló:


 "Desde el primer instante que fui concebido en el seno de mi Madre, padecí en el corazón todo lo que más tarde padecí en la Cruz"

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jueves, 15 de marzo de 2012

MONS. LEFEBVRE Y LA SANTA MISA ( I )

   "Hoy existe una tendencia, que nadie puede negar, de poner las manos sobre la Santa Misa. Se llega a alterar cosas que son esenciales en la Santa Misa. Y ¿cuáles son estas cosas esenciales, en la Santa Misa? En primer lugar, la Santa Misa es un sacrificio. Un sacrificio, no es una comida. Pero, en la actualidad, se ha querido desterrar hasta la palabra sacrificio. 


   Se habla de Cena Eucarística, se habla de comunión eucarística, se habla de todo lo que se quiera, con tal de no mencionar siquiera la palabra sacrificio, y no obstante, la Misa es, esencialmente, un sacrificio, el Sacrificio de la Cruz; no es otra cosa. Sustancialmente, el Sacrificio de la Cruz y el Sacrificio de la Misa son la misma cosa y el mismo y único Sacrificio.



   No hay otra mutación que en la forma de oblación. Nuestro Señor se ofreció de una manera sangrante, cruenta, en el altar de la Cruz, siendo Él mismo el Sacerdote y la Víctima. Y sobre nuestros altares, se ofrece, siendo igualmente el Sacerdote y la Víctima, por ministerio de los sacerdotes.


   El sacerdote es solamente el Ministro consagrado por el Sacramento del Orden, configurado, por el Carácter, al Sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo, ofreciendo el Sacrificio de la Misa, en la persona de Cristo: "in persona Christi".


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miércoles, 14 de marzo de 2012

SAN JOSÉ,ESCALERA PARA EL CIELO

  
   Aprovechando que es el Mes de San José les comparto estas frases de algunos Santos que le tenían especial Devoción: 


   San Leonardo de Puerto Mauricio dice: 


      "La escalera, que conduce al Cielo, tiene tres escalones: Jesús, María y José. Vuestras oraciones son confiadas, en primer lugar, a San José, José las entrega a María, y María a Jesús. Descendiendo, las respuestas pasan de Jesús a María, y María las ofrece a José. Jesús hace todo por María, porque es su hijo. Y José lo obtiene todo por ser esposo de María y padre de Jesús."


   Otro gran devoto de San José fue Isidoro de Isolano, que en 1522 escribió un tratado 
sistemático sobre San José. Se llama Summa de donis Sancti Joseph (Conjunto de dones de San José)en él escribe unas frases proféticas sobre San José. Dice así: 


      "Se levantarán templos en honor del Santo Patriarca; se celebrarán fiestas en que los pueblos le expresarán su agradecimiento. Insignes varones, ilustrados por Dios, al investigar las riquezas encerradas en San José, hallarán un gran tesoro, cual no lo hallaron en los Padres del Antiguo Testamento. Se le consagrará una fiesta principal y venerable. Porque el Vicario de Cristo en la Tierra, bajo la inspiración del Espíritu Santo, mandará que la fiesta del Padre Putativo de Cristo, del Esposo de la Reina del mundo, del Hombre Santísimo, se celebre en todas las regiones, adonde se extiende el imperio de la Iglesia militante."


   Como curiosidad, digamos que algunos países han nombrado a San José como su 
Patrono: Austria, Bélgica, Canadá (1624), China (1678), Corea, Croacia, Vietnam y el Perú. En 1557 fue nombrado Patrono General de México. En 1679 se nombró a San José Patrono de todos los dominios españoles. En 1655 se consagraron a San José, Perú y Bohemia. 


   Y pues bueno, ¿qué esperamos nosotros para consagrarnos a este Santo Varón y en especial a nuestros hijos?


   Para terminar les comparto un pedacito de mi felicidad: mi esposo y mis dos hijos llevan como Primer Nombre JOSÉ y los dos pequeños nacieron en este mes de Marzo y han sido consagrados desde su Bautizo a este Santo Varón.


   Sea todo para Gloria de Dios y la edificación de nuestras almas.


Abigail Márquez
México

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martes, 13 de marzo de 2012

CARTA A LOS AMIGOS DE LA CRUZ ( III )

"EL QUE QUIERA VENIRSE CONMIGO..."


   El que quiera... No  los que quieran, para indicar el reducido número de los elegidos (Ver Mt 20,16; Lc 13,23), que quieren asemejarse a Jesucristo cargado con su Cruz. Es, en verdad, tan reducido este número que si lo conociéramos, quedaríamos consternados de dolor.


   Es tan reducido que apenas si hay uno entre diez mil. Así le fue revelado a varios santos –entre otros a San Simeón Estilita– según refiere el santo Abad Nilo, siguiendo a San Efrén, San Basilio y otros.


   Es tan pequeño que, si Dios quisiera reunirlos, tendría que gritarles, como en otro tiempo por boca de un profeta: “Reúnanse uno por uno (Is 27,12 -Vulgata); uno de esta provincia, otro de aquella nación”.




   El que quiera... El que tenga voluntad sincera, voluntad firme y resuelta. Y esto, no por instinto natural, por rutina, egoísmo, interés o respeto humano, sino por la gracia triunfal del Espíritu Santo, que no se comunica a todos: No a todos ha sido dado conocer el misterio (Mc 4,11; Mt 13,11).



   Sepan, queridos Amigos de la Cruz, que aquellos de entre ustedes que no tengan una determinación así, andan sólo con un pie, vuelan sólo con un ala y no son dignos de permanecer en medio de ustedes, pues no merecen llamarse Amigos de la Cruz, a la que hay que amar, como Jesucristo, con corazón generoso y de buena gana (Ver 2Mac 1,3).


   Una voluntad a medias –lo mismo que una oveja sarnosa– basta para contagiar a todo el rebaño. Si alguna de éstas ha entrado en el Redil, por la falsa puerta de lo mundano, échenla fuera en nombre de Jesús Crucificado, como se echa al lobo de entre las ovejas (Ver Mt 7,15; Jn 10,1).


Carta a los Amigos de la Cruz
San Luis Mª. Grignión de Montfort

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lunes, 12 de marzo de 2012

LAS ALMAS DEL PURGATORIO VELAN POR NUESTRA SALVACIÓN

   “Durante la última guerra de 1944, en una ciudad de Francia ocupada por los alemanes, un sacerdote, cansado por las muchas actividades del día, terminaba su jornada rezando su breviario, cuando de repente se oyó el timbre. Era como la media noche. 


   Una señora de como cuarenta años se presentó a la puerta y le suplicó diciendo: - Padrecito, venga rápido, se trata de un joven que está en peligro de muerte. – Bueno, iré mañana a primera hora. – No, vaya enseguida, insistió la señora, porque mañana será tarde. – Bien, en ese caso, deme la dirección. Al inclinarse vio el rostro doloroso de la mujer que escribió “37, calle Descartes, 2° piso”. Tranquilizada por la promesa del sacerdote, la señora agradeció y desapareció en la noche. 




   El sacerdote salió enseguida a la dirección mencionada y al llegar al 2° piso, tocó la puerta. Se presentó casi inmediatamente un joven de 20 años, muy sorprendido por la visita a esa hora tan avanzada. 


   -¿Es aquí que hay un joven en peligro de muerte? preguntó el sacerdote.


   Sorprendido y risueño, el joven contesto: “Soy el único joven de este inmueble, y estoy en perfecta salud”.


   “Sin embargo, es esta la dirección escrita por la señora que me fue a buscar” y el sacerdote le mostró el papelito. -¡Qué curioso!...yo conozco esta letra...pero no es posible. Pase Padre, me parece que tiene frío. Venga a calentarse.


   Después de unos instantes el joven dice: -“Hace mucho tiempo... dos años que deseaba encontrar a un sacerdote, pues no me atrevía, pues sabe... tengo mucho que reprocharme...”


   Cuando el sacerdote se despidió, dejó al joven en paz, feliz de haberse reconciliado con Dios, por la Confesión. Mientras regresaba, empezaron las explosiones de los bombardeos, provocando incendios en medio de un ruido ensordecedor. El sacerdote se precipitó a la posta más cercana donde empezaban a llegar los primeros heridos, los agonizantes y los muertos.


  Estaba reconfortando a un herido, cuando bruscamente, asustado, fijó su mirada en el rostro de un cadáver que acababan de depositar en el suelo: era el joven de la calle Descartes. Le sacaron sus documentos para identificarlo. El sacerdote se acercó: de la billetera cayó una foto, el padre la recogió, era el rostro de la visitante nocturna. Al dorso de la foto estaba apuntado:
          “ Mamá 1898 – 1939, y cerca de la fotografía, había una carta amarillenta por el tiempo....firmada: “Tu mamá...”. La letra era la misma de la señora que había apuntado la dirección.”


"El Purgatorio"  por el Padre Dolindo Ruotolo

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sábado, 10 de marzo de 2012

LOS MÁRTIRES DE LA TRADICIÓN

   Esta festividad fue establecida por Su Majestad Católica Don Carlos VII en 1895 y, desde entonces, ha sido puntualmente celebrada por los Carlistas, año tras año. Nada mejor que las palabras del propio Rey, para entender el sentido de esta celebración:

«¡Cuántos centenares de valerosos soldados he visto caer junto a mí, segados por las balas besando mi mano, como si en ella quisieran dejarme, en su último aliento, su último saludo a la Patria! (…)

Todos morían al grito de ¡Viva la Religión!, ¡viva España!, ¡viva el Rey!


   Con la misma sagrada invocación en los labios ¡cuántos otros han entregado el alma a Dios, mártires incruentos en los hospitales, en la miseria; matados, aun más que por el hombre, por las humillaciones, y todo por no faltar a la fe jurada, por ser fieles al honor, por no doblar la rodilla ante la usurpación triunfante!

   Nosotros, continuadores de su obra y herederos de las aspiraciones de todos ellos, tenemos el deber ineludible de honrar su memoria.

   Con ese objeto propóngome que se instituya una fiesta nacional en honor de los mártires que, desde principio del siglo XIX, han perecido a la sombra de la bandera de Dios, Patria y Rey, en los campos de batalla, en el destierro, en los calabozos y en los hospitales, y designo para celebrarla el día 10 de marzo de cada año, día en que se conmemora el aniversario de la muerte de mi abuelo Carlos V.

   En ella debemos procurar sufragios a las almas de los que nos han precedido en esta lucha secular, y honrar su memoria de todas las maneras imaginables».

   Esto decía Carlos VII al instituir la fiesta hace 115 años. Con cuánta mayor razón lo diría hoy, tras el inmenso sacrificio que hicieron los Requetés durante la Cruzada Española de 1936. Sacrificio que condujo a la victoria y salvó a España del peligro marxista, pero se renovó de manera cruenta con los Carlistas muertos a manos del terrorismo.


   En esta sociedad desértica de toda virtud, sentimos los Carlistas la zozobra de una soledad sin oasis; nuestro espíritu decae y se tambalea en su aislamiento. Nada tan reconfortante como unirnos en la oración por aquéllas masas de requetés y correligionarios que nos han precedido

   Así recordaremos que, a pesar del transitorio abandono de quienes nos rodean en el espacio, estamos, a través del tiempo, enlazados con innumerables hombres de ejemplar virtud, cuyo esfuerzo nos ha transmitido la antorcha inmortal del carlismo. Nada más piadoso que rezar por el eterno descanso de sus almas y pedir la intercesión de todos los que estarán en la presencia del Padre, como, de seguro, lo está Antonio Molle Lazo.




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viernes, 9 de marzo de 2012

EL AMOR DEL ALMA ( IV ) Meditaciones de la Pasión de Jesucristo, por San Alfonso Mª. de Ligorio

   Un devoto solitario pedía al Señor que le enseñase el camino más seguro para llegar a la conquista de su perfecto amor. Y el Señor le reveló que para conseguir su intento el medio más a propósito era meditar con frecuencia los Dolores de Su Pasión. 




   Lloraba Santa Teresa y se lamentaba porque algunos libros le habían enseñado a dejar la meditación de la Pasión de Cristo, por ser impedimento que podía estorbarle la contemplación de la divinidad. Al caer la Santa en la cuenta del engaño exclamó: “Oh, Señor de mi alma y Bien mío, Jesucristo Crucificado!, no me acuerdo vez de esta opinión que tuve, que no me dé pena; y me parece que hice una gran traición, aunque con ignorancia. ¿Es posible, Señor mío, que cupo en mi pensamiento, ni una hora, que Vos me habíais de impedir para mayor bien?, ¿De dónde me vinieron a mí todos los bienes sino de Vos?…” Y luego añade: “Y veo ya claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleitaba” (1).


   Por esta razón decía el Padre Baltasar Álvarez que por ignorar los tesoros que tenemos en Jesucristo, se pierden muchos cristianos: movido de este parecer, su meditación más frecuente y regalada versaba sobre la Pasión de Cristo, en la cual se recreaba, meditando de modo especial la pobreza, los desprecios y los Dolores de Jesucristo, y exhortaba a sus penitentes a que meditasen a menudo la Pasión del Redentor, diciéndoles que no creyesen haber hecho cosa de provecho si no llegaban a grabar en su corazón la imagen de Jesús Crucificado (2)

(1) Vida de Santa Teresa de Jesús, capítulo 22.
(2) Vida de Luis de La Puente, cap. 3, 2

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jueves, 8 de marzo de 2012

SAN JUAN DE DIOS



   
   El 8 de Marzo de 1550, moría en la imperial ciudad de Granada el Santo de los enfermos: San Juan de Dios. Dejaba como legado para la Santa Iglesia, la Orden Hospitalaria que pronto se extendería por todo el orbe.


   Aunque hay discusiones sobre sus orígenes, se cree que nació cerca de Toledo, España, tal día como hoy en 1495. De familia pobre pero muy piadosa. Su madre murió cuando él era joven y su padre entro en la vida religiosa hasta su muerte.


   Ejerció como pastor y fue tan apreciado por su patrón que este le propuso, sin éxito, que se casara con su hija y fuese su heredero. Juan entró en la milicia y participó en varias batallas de Carlos V. En una de las campañas le pusieron a cuidar un depósito y, como el enemigo logró saquearlo, le condenaron a la horca. Juan se encomendó a la Virgen María y le perdonaron la vida. Dejo la vida militar pero en ella aprendió a ser disciplinado y sufrido.


   Se dedicó entonces a vendedor ambulante de libros y estampas religiosas. En una ocasión, llegando a la ciudad de Granada, vio un niño muy pobre y se ofreció a ayudarlo. Aquel niño era Jesús quien le dijo antes de desaparecer: 
"Granada será tu cruz"


   En una ocasión asistió a la prédica del famoso Padre San Juan de Ávila que estaba de visita en Granada. En plena prédica, cuando hablaba contra la vida de pecado, San Juan se arrodilló y comenzó a gritar: "Misericordia Señor, que soy un pecador". Salió gritando por las calles, pidiendo perdón a Dios. Tenía unos 40 años. 


   Se confesó con San Juan de Avila y se propuso como penitencia hacerse el loco para adquirir rechazos y humildad. Repartió todas sus posesiones entre los pobres. Deambulaba por las calles pidiendo misericordia a Dios por todos su pecados.  


   La gente lo creyeron en efecto loco y lo trataban con gran desprecio. Hasta lo atacaban a pedradas y golpes. Al fin lo llevaron a un asilo para locos donde recibió fuertes palizas, tal como se acostumbrada a tratar a los locos. Sin embargo sus custodios notaban que Juan no se disgustaba por los azotes sino que lo ofrecía todo a Dios. Juan también corregía a los guardias y les llamaba la atención por el modo tan brutal de tratar a los demás enfermos.


   Cuando San Juan de Avila volvió a la ciudad y supo que Juan estaba recluido en un asilo para locos, fue y logró sacarlo. Le aconsejó que no hiciera más la penitencia de hacerse el loco. En vez se debería dedicar a una verdadera "locura de amor": gastar toda su vida y sus energías ayudando a los enfermos más miserables por amor a Cristo Jesús, a quien ellos representan.


   La estancia de Juan de Dios en el asilo fue providencial. Comprendió el gran error que es pretender curar las enfermedades mentales a bases de golpes y desprecio. Se propuso ayudarles. Alquila una casa vieja en Granada para recibir a cualquier enfermo, mendigo, loco, anciano, huérfano o desamparado. Durante todo el día atiende a cada uno con el más exquisito cariño, haciendo de enfermero, cocinero, barrendero, mandadero, padre, amigo y hermano de todos. Por la noche se va por la calle pidiendo limosnas para sus pobres.




   Sabía poco de medicina pero tenía mas éxito curando enfermedades mentales que cualquier médico. Enseñó con su ejemplo que a ciertos enfermos hay que curarles primero el alma con amor si se quiere obtener la curación de su cuerpo. Este fue el comienzo de la fundación de su hospital. Mas tarde vinculó a su obra un grupo de compañeros, los cuales constituyeron la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Dios.


   Pronto se hizo popular el grito nocturno de Juan por las calles de Granada. "¡Haced el bien hermanos, para vosotros mismos!" ( Hasta hoy, cuando los Hermanos piden limosna, recurren a esta bella frase, que nos anima a dar sabedores de que Dios nos premiará con más) . Las gentes salían a la puerta de sus casas y le daban las sobras de la comida del día. Al volver cerca de medianoche se dedicaba a hacer aseo en el hospital, y a la madrugada se echaba a dormir un rato debajo de una escalera.


   La obra llegó a oídos del señor obispo. Admirado le añadió dos palabras a su nombre que en adelante sería "Juan de Dios". Como Juan de Dios cambiaba sus ropas por los harapos de los pobres que encontraba en las calles, el prelado le dio un hábito negro con el que se vistió hasta la muerte.


   Un día su hospital se incendió. Juan de Dios entró varias veces a través de enormes llamaradas para sacar a los enfermos sin sufrir quemaduras. Así logró salvarle la vida a todos sus pacientes.


   Otro día el río creció y arrastraba troncos y palos. Juan necesitaba abundante leña para el invierno para sus ancianos. Mientras sacaban troncos del río, uno de sus compañeros jóvenes de pronto fue arrastrado por la corriente. Juan se lanzó al agua para salvarle la vida. El el agua fría le hizo enfermar y empezó a sufrir espantosos dolores. Trataba de que no se notara cuanto sufría.


   Por la artritis tenía sus piernas retorcidas y con grandes dolores. Eventualmente se hizo imposible esconder su enfermedad. Una señora obtuvo del señor obispo autorización para llevarlo a su casa y cuidarlo un poco. El santo fue ante el Santísimo Sacramento para despedirse de su amado hospital. Le confió la dirección de su obra a Antonio Martín quien había tenido gran enemistad con otro hombre. Juan los reconcilió y ambos habían entraron con el a la vida religiosa como buenos amigos. 


Al llegar a la casa de la rica señora, Juan exclamó: "Oh, estas comodidades son demasiado lujo para mí que soy tan miserable pecador". Allí trataron de curarlo de su dolorosa enfermedad, pero era tarde.




   El 8 de marzo de 1550, sintiendo que le llegaba la muerte, se arrodilló en el suelo y exclamó: "Jesús, Jesús, en tus manos me encomiendo", y quedó muerto, así de rodillas. Había trabajado incansablemente durante diez años dirigiendo su hospital de pobres, con tantos problemas económicos que a veces ni se atrevía a salir a la calle a causa de las muchísimas deudas que tenía; y con tanta humildad, que siendo el más grande santo de la ciudad se creía el más indigno pecador. El que había sido apedreado como loco, fue acompañado al cementerio por el obispo, las autoridades y todo el pueblo, como un santo.


   Es Patrono de los que trabajan en hospitales, de los bomberos y de los que propagan libros religiosos.


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miércoles, 7 de marzo de 2012

SAN JOSÉ, PATRÓN DE LA PUREZA

   El espíritu de San José estaba sometido a Dios por una perfecta justicia que, identificada de hecho con la castidad, adornada con el Don de Sabiduría, le hacía sentir y seguir la Voluntad de Dios en todas las cosas y lo hacía admirablemente dócil a los mandatos del Espíritu Santo. En consecuencia, la carne de este elegido de Dios estaba perfectamente sometida al espíritu: José, el justo, fue el más casto de los hombres.



   Ningún hombre fue más justo que San José, ni más humilde en su justicia; por eso ninguno le superó, o más aún, nadie lo igualó en Castidad.El hecho de haber sido elegido por Dios de entre la humanidad entera para ser el Esposo de María atestigua una Pureza más brillante que el sol.
Reflexionemos en esto: el Corazón de San José fue formado para amar a la Purísima Virgen María. Dios le concedió a algunos santos el favor angelical, que la concupiscencia estuviera como extinguida en su carne; el futuro Esposo de María gozó de tal favor en grado altísimo; esto nos parece incuestionable. 

   La Castidad de San José no era una castidad de lucha y de combate, sino una castidad natural y de reposo total; así, María encontró el Corazón de San José en
tan perfecta armonía con el suyo, que Ella se entregó a él para permanecer virgen con una seguridad total.
Dios se complació en trazar una imagen de la castidad de San José en la persona del antiguo José (Cfr. Gen. 37;39;40;41). Este gran patriarca posee un horror innato al vicio impuro. Resiste a las seducciones de la mujer de su amo, el egipcio Putifar; acepta ser hecho prisionero y exponerse a la muerte por amor de la castidad. Esta alma luminosa prefigura el alma de nuestro San José.

   La castidad del antiguo José le predispone a las comunicaciones divinas: es instruido sobre el porvenir por unos sueños misteriosos, y así, dice San Bernardo, nuestro San José fue hecho depositario de los secretos celestiales: los Ángeles vienen familiarmente a su cabecera. ¡Oh, santo verdaderamente angélico y seráfico! ¡Oh, elevada alma por encima de las concupiscencias de la tierra! Inspira a todos los que confian en ti, oh gran santo, pensamientos castos y celestiales; obtén para los esposos cristianos no unirse jamás sino por intenciones santas. En ti, la carne vivía unicamente de la vida del espíritu: ¡qué bien puesto está en tus manos el lirio de las vírgenes! Este lirio perfuma a la vez la Iglesia del Cielo y la Iglesia de la tierra: que su aroma nos comunique el gusto y el amor de la Pureza.

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ORACIÓN PARA PEDIR LA VIRTUD DE LA SANTA PUREZA
(compuesta de Santa Teresita del Niño Jesús)

Oh custodio y padre de vírgenes san José, a cuya fiel custodia fueron encomendadas
la misma inocencia, Cristo Jesús, y la Virgen de las vírgenes María, por estas dos queridísimas prendas, Jesús y María, te ruego y suplico me alcances que,
preservado de toda impureza, sirva siempre castamente
con alma limpia y corazón puro y cuerpo casto a Jesús y a María.


martes, 6 de marzo de 2012

CARTA A LOS AMIGOS DE LA CRUZ ( II )

   Ahí tienen, queridos Amigos, los dos bandos con que a diario nos encontramos: el de Jesucristo y el del pecado.


   A la derecha (Mt 6,24), el de nuestro amable Salvador. Avanza por un camino más estrecho y reducido que nunca,a causa de la corrupción del mundo. El divino Maestro encabeza el desfile. Avanza con los pies descalzos, la cabeza coronada de espinas, el cuerpo ensangrentado. Lleva a cuestas una pesada cruz. Sólo le sigue un puñado de personas; eso sí, las más valientes. Porque la voz de Jesús es tan suave que no se la puede escuchar en medio del tumulto del mundo o porque hace falta el valor necesario para seguirlo en la pobreza, los dolores, las humillaciones y demás cruces que es preciso llevar para servir al Señor todos los días.


   A la izquierda, el bando del pecado o del demonio (Mt 25,33). Bando mucho más numeroso, espléndido y vistoso, al menos en apariencia. Lo más selecto del mundo corre hacia él. Las gentes se apretujan, aunque los caminos son anchos y más espaciosos que nunca, porque las multitudes
transitan por ellos como torrentes. Sus senderos están tapizados de flores, bordeados de diversiones y placeres, cubiertos de oro y plata (Mt 7,13-14).


   
   A la derecha, el pequeño rebaño (Lc 12,32) que sigue a Jesucristo: habla sólo de lágrimas, penitencia, oración y desprecio a lo mundano. Se oyen allí continuamente palabras como éstas entrecortadas por sollozos: “Suframos, gimamos, ayunemos, oremos, ocultémonos, vivamos como pobres, mortifiquémonos” (Jn 16,20). Pues, quien no posee el espíritu de Jesucristo –que es espíritu de Cruz– no puede pertenecerle a Él (Rom 8,9). Los que pertenecen a Jesucristo tienen crucificada su carne con sus pasiones y deseos (Gál 5,24). O somos imagen viviente de Jesucristo o nos perdemos.

"Carta a los Amigos de la Cruz"
San Luis Mª. Grignión de Montfort

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lunes, 5 de marzo de 2012

FAVORES DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO

   “Son innumerables los ejemplos de gracias, incluso milagrosas, obtenidas por la intercesión de las Almas del Purgatorio. No solo ruegan eficazmente por quienes hacen sufragios por ellas, sino que con el permiso de Dios intervienen personalmente en nuestros peligros y en nuestros dolores.


El Santo Sacrificio de la Misa: el mejor medio para
aliviar y liberar a las Almas del Purgatorio


   En París en el año de 1817 una pobre empleada doméstica educada cristianamente, tenía la piadosa costumbre de hacer celebrar cada mes con sus pocos ahorros una Misa por los difuntos. Atacada por una larga enfermedad y despedida por sus patrones, no tenía más dinero para satisfacer su propio deseo. 


   El día que salió del hospital, sólo tenía veinte pesos. Se encomendó con mucha fe al Señor y se puso a buscar empleo, al pasar frente a una iglesias se acordó que aquel mes no había mandado a celebrar la Misa acostumbrada, pero, no teniendo más que veinte pesos, vacila para privarse de ellos. Pero, triunfa en ella la bondad y entrando en la Iglesia dona los veinte pesos, que en aquellos tiempos era la ofrenda fijada para una Misa. Sale de la Iglesia preocupada y afligida por su mísero estado cuando se encuentra con un joven alto, pálido y de noble aspecto el cual le dice:


   - ¿Usted busca empleo verdad?  - Sí, mi señor, responde la mujer. -Bien, vaya a la calle x...cerca de la señora x.. y encontrará donde colocarse.


   Y desapareció entre la gente sin darle tiempo para agradecerle.


 La buena mujer se dirigió de inmediato a la dirección señalada por el joven y al subir la escala ve descender a una empleada doméstica con un paquete bajo el brazo. Le preguntó si la señora estaba en casa, pero, ésta le respondió bruscamente que la señora le abriría ya que en ese momento dejaba su trabajo. La buena mujer se da valor y golpea la puerta. Le viene a abrir la señora de aspecto noble, a la que la joven contó lo que le había sucedido. La señora maravillada se preguntaba quién pudo haberle dado su dirección, ya que recién había despedido a su empleada por insolente y por mala conducta. 


   Y mientras se sorprendía de que un joven desconocido le hubiese dado la dirección, la empleada levantando los ojos hacia un mueble y cogiendo el retrato de un joven que allí estaba, se paró y dijo: - Aquí señora está el joven que me ha hablado, y de parte de quién vengo yo. Ante tal afirmación, la señora lanzando un grito, cayó desmayada. Apenas vuelta en sí, se lanzó al cuello de la joven y abrazándola con efusión le dijo: - A partir de este momento yo te considero como mi querida hija y no como empleada, porque fue mi hijo, el que yo perdí hace dos años, quien te mandó y se debe a la Misa que tu mandaste a celebrar por su liberación del Purgatorio.


 De estos hechos absolutamente verídicos, tenemos muchos y todos testimonian la protección de las almas purgantes para quienes las sufragan.”

 "El Purgatorio"  por el Padre Dolindo Ruotolo

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sábado, 3 de marzo de 2012

NUESTRA SEÑORA Y EL ESPÍRITU SANTO

   El Espíritu Santo, que no produce otra persona divina, se ha hecho fecundo por María, con quien se ha desposado. Con Ella, en Ella y de Ella ha producido su obra maestra, que es un Dios hecho hombre; produce todos los días y producirá hasta el fin del mundo los predestinados, que son los miembros del cuerpo de esa cabeza adorable; por eso cuanto más encuentra a María su cara e indisoluble Esposa, en una alma, tanto más deseoso y decidido se muestra a producir a Jesucristo en esa alma, y a esa alma en Jesucristo.

   No se quiere por esto decir que la Santísima Virgen da fecundidad al Espíritu Santo, cual si de ella careciese, puesto que, siendo Dios, posee la fecundidad infinita; sino que el Espíritu Santo, por la mediación de la Santísima Virgen, de la que tiene a bien valerse, aunque no la necesite absolutamente, pone por obra su fecundidad, produciendo en Ella y por Ella a Jesucristo y sus miembros; misterio de gracia desconocido hasta de los cristianos más sabios y espirituales.


   Y la conducta que las tres Personas de la Santísima Trinidad han observado en la Encarnación y en la primera venida de Jesucristo, la siguen todos los días, de una manera invisible, en la Santa Iglesia, y la observarán hasta la consumación de los siglos, aun en la última venida del Señor.

   Dios Padre, que ha hecho un conjunto de todas las aguas, que ha llamado mar, ha hecho un conjunto de todas sus gracias, que ha llamado María. Este gran Dios tiene un tesoro o un depósito muy rico, en el que ha encerrado cuanto hay de hermoso, de radiante, de raro y de precioso, hasta su mismo Hijo; y este inmenso tesoro no es otra cosa sino María, que los Santos llaman el tesoro del Señor, y de cuya plenitud se enriquecen los hombres.

   Dios Hijo ha comunicado a su Madre cuanto ha adquirido por su vida y su muerte, sus méritos infinitos y sus virtudes admirables, y la ha hecho tesorera de todo lo que su Padre le ha dado en herencia; por Ella aplica sus méritos a sus miembros; por Ella comunica sus virtudes y distribuye sus gracias; es su canal misterioso, es su acueducto de oro por el que hace pasar suave y abundantemente sus misericordias.

   Dios Espíritu Santo ha comunicado a María, su fiel Esposa, sus dones inefables, y la ha escogido como dispensadora de todo lo que posee; de manera que Ella distribuye a quien quiere, cuanto quiere, como quiere y cuando quiere, todos sus dones y sus gracias, y ningún don celestial se hace a los hombres sin que pase por sus manos virginales, pues tal ha sido la voluntad de Dios, que ha querido que lo tengamos todo por María; así será enriquecida, enaltecida y honrada por el Altísimo, la que se ha empobrecido, humillado y ocultado hasta el fondo de la nada por su profunda humildad durante toda su vida. He aquí los sentimientos de la Iglesia y de los Santos Padres.

San Luis María Grignión de Montfort
Tratado de la Verdadera Devoción

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viernes, 2 de marzo de 2012

EL AMOR DEL ALMA ( III ) Meditaciones de la Pasión de Jesucristo, por San Alfonso Mª. de Ligorio

   
   ¿De dónde, decidme, sacaron los Santos valor y entereza para soportar tanto género de tormentos, de martirios y de muertes, sino de la Pasión de Jesús Crucificado?


   Al ver a San José de Leonisa, religioso capuchino, que querían atarle con cuerdas, porque el cirujano tenía que hacerle una dolorosa operación, el Santo, tomando en las manos el Crucifijo, exclamó: “¡Cuerdas!, ¿para qué las quiero yo? Aquí tengo a mi Señor Jesucristo clavado en la Cruz por mi amor, estas son las cadenas que me atan y me obligan a soportar cualquier tormento por Su Amor”. Y tendido en la mesa, sufrió la operación sin exhalar una queja (1) pensando en Jesús, que como profetizó Isaías, “guardaba silencio, sin abrir siquiera la boca, como el corderito que está mudo delante del que le esquila” (2).


   ¿Quién podrá decir que padece sin razón al ver a Jesús “despedazado por nuestras maldades?” (3). ¿Quién rehusará sujetarse a obediencia, so pretexto de que le mortifica, al recordar que Jesús fue obediente hasta morir?(4).


   ¿Quién se atreverá a hurtar el cuerpo de la humillación viendo a Jesús tratado como loco, como rey de burlas y como malhechor; al verle abofeteado, escupido y clavado en un patíbulo infame?.


   ¿Y quién podrá amar a las criaturas y olvidarse del amor de Jesús al verle morir sumergido en el piélago de dolores y desprecios para ganar nuestro amor?

(1) Anales de los Capuchinos, A.1612, n.155
(2) Isaías 53, 7
(3) Isaías 5, 5
(4) Filipenses 2, 8

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jueves, 1 de marzo de 2012

EL SACRIFICIO DE LA MISA ES IGUAL AL DE LA CRUZ

    La principal excelencia del santo sacrificio de la Misa es que debe ser considerado como esencial y absolutamente el mismo que se ofreció sobre la cruz en la cima del Calvario, con esta sola diferencia: que el sacrificio de la cruz fue sangriento, y no se ofreció más que una vez, satisfaciendo plenamente el Hijo de Dios, con esta única oblación, por todos los pecados del mundo; mientras que el sacrificio del altar es un sacrificio incruento, que puede ser renovado infinitas veces, y que fue instituido para aplicar a cada uno en particular el precio universal que Jesucristo pagó sobre el Calvario por el rescate de todo el mundo.

   De esta manera, el sacrificio sangriento fue el medio de nuestra redención, y el sacrificio incruento nos da su posesión: el primero nos franquea el inagotable tesoro de los méritos infinitos de nuestro divino Salvador; el segundo nos facilita el uso de ellos poniéndolos en nuestras manos. La Misa, pues, no es una simple representación o la memoria únicamente de la Pasión y muerte del Redentor, sino la reproducción real y verdadera del sacrificio que se hizo en el Calvario; y así con toda verdad puede decirse que nuestro divino Salvador, en cada Misa que se celebra, renueva místicamente su muerte sin morir en realidad, pues está en ella vivo y al mismo tiempo sacrificado e inmolado: "Vidi (...) agnum stantem tamquam occisum".


   (...)¡Oh, qué maravilla! Pues dime por favor. Si cuando te diriges a la Iglesia para oír la Santa Misa reflexionaras bien que vas al Calvario para asistir a la muerte del Redentor, ¿irías a ella con tan poca modestia y con un porte exterior tan arrogante? Si la Magdalena al dirigir sus pasos al Calvario se hubiese prosternado al pie de la cruz, estando engalanada y llena de perfumes, como cuando deseaba brillar a los ojos de sus amantes, ¿qué se hubiera pensado de ella?

   Pues bien; ¿qué se dirá de ti que vas a la Santa Misa adornado como para un baile? ¿Y qué será si vas a profanar un acto tan santo con miradas y señas indecentes, con palabras inútiles y encuentros culpables y sacrílegos? Yo digo que la iniquidad es un mal en todo tiempo y lugar; pero los pecados que se cometen durante la celebración del santo sacrificio de la Misa y en presencia de los altares, son pecados que atraen sobre sus autores la maldición del Señor: Maledictus qui facit opus Domini fraudulenter. Medítalo atentamente mientras que te manifiesto otras maravillas y excelencias de tan precioso tesoro.


"EL TESORO ESCONDIDO DE LA SANTA MISA"
San Leonardo de Porto-Mauricio

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martes, 28 de febrero de 2012

CARTA A LOS AMIGOS DE LA CRUZ ( I )

¿QUÉ ES UN AMIGO DE LA CRUZ?

   Un Amigo de la Cruz es alguien a quien Dios elige entre diez mil personas que viven conforme a sus sentidos y caprichos. Es alguien a quien Dios hace partícipe de su misma vida y que, superándose a sí mismo y luchando contra los intereses terrenos, vive su existencia a la luz de una fe viva y con amor ardiente a la Cruz.

   El Amigo de la Cruz es un rey poderoso, un héroe que triunfa sobre el demonio, el mundo y la carne en sus tres concupiscencias (Ver 1Jn 2,16). Efectivamente, al amar las
humillaciones arrolla el orgullo de Satanás, al amar la pobreza, triunfa sobre la avaricia; al amar el sufrimiento,domina la sensualidad.


   El Amigo de la Cruz es un ser humano santo que trasciende todo lo visible. Su corazón se eleva sobre lo caduco y perecedero. Su conversación está en los cielos (Ver Flp 3,20). Vive en esta tierra como extranjero y peregrino (Ver 1Pe 2,11), y, sin apegarse a ella, la mira con indiferencia y la pisotea con desdén.

   El Amigo de la Cruz es una conquista excepcional de Jesús Crucificado y de su Madre Santísima. Es un Benjamín hijo del dolor y de la diestra (Ver Gén 35,18), concebido en el corazón doliente de Jesús, nacido de su costado lacerado y empapado en la púrpura de su sangre (Ver Jn 19,34). Hace honor a su origen sangriento y por ello sólo respira cruz, sangre y muerte a lo mundano, a lo carnal y pecaminoso (Rom 6,2.20; 1Pe 2,24...), a fin de vivir en la tierra oculto en Dios con Jesucristo (Ver Col 3,3).

   Finalmente, el verdadero Amigo de la Cruz es un verdadero portacristo o mejor, un Cristo viviente, que puede decir con toda verdad: Ya no vivo yo: Cristo vive en mí (Gál 2,20).

San Luis Mª. Grignión de Montfort

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lunes, 27 de febrero de 2012

SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA, PASIONISTA



   Con gran alegría recordamos hoy la memoria de San Gabriel de la Dolorosa, uno de mis santos predilectos. Lejos de la imagen meliflua que muchas veces se nos ha presentado de este joven santo, verás que San Gabriel fue un joven como los demás, tentado de continuo por las diversiones y vanidades de este mundo, pero que luchó hasta el final contra el mundo y los enemigos de Dios; sabiendo bien de qué pasta estamos hechos, ofreció sus miserias a Aquél que todo lo puede y se santificó por ser valiente, sin complejos... 

   Seas tú joven o mayor, te invito a leer con buen ánimo esta breve semblanza al tiempo que te animo a imitar a este imitador de Cristo. Recuerda que caer en el pecado es fácil, pero levantarse y continuar, es sólo cosa de santos.

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   Vino al mundo el 1 de marzo de 1838, en la ciudad de Asís. Le pusieron por nombre Francisco; cuando tenía sólo cuatro años, murió su madre y así quedó huérfano, junto con sus doce hermanos, al cuidado de su padre, ejemplar y cristianísimo. Y a su padre debió una firme educación familiar, gracias a la cual pudo llegar a superar el obstáculo de un carácter propenso a la cólera, y que no dejaba de dar frecuentes muestras de terca obstinación.


   Realizó sus estudios primero con los hermanos de las Escuelas Cristianas, y después con los jesuitas de Spoleto, a donde se había trasladado su padre. Ya de escolar se iniciaron en él las luchas en torno a la vocación religiosa, que tanto habían de alargarse.


   A los dieciséis años, la pubertad logra enfriar algo sus fervores infantiles. Una enfermedad le sirve de advertencia, y él, vuelto hacia el Señor, le promete entrar en religión si se cura. Pero, recobrada la salud, no tarda en olvidar aquella promesa. Nuevo aviso, nueva enfermedad, más peligrosa aún que la anterior. Perdida casi toda la esperanza, se encomienda al entonces Beato San Andrés Bobola y renueva su promesa de entrar religioso. En efecto, al aplicarle la imagen de San Andrés, queda dormido y horas después se despierta completamente curado. Pero... el mundo tiraba de él con fuerza. Se encontraba en plena juventud, tenía éxito entre las muchachas de Spoleto y, por otra parte, la vida religiosa se hacía muy dura para su carácter independiente.


   Nuevo aviso del cielo: el cólera se lleva a una de sus hermanas, que él quería tiernamente. Parecía ya imposible desoír la voz de Dios. Y, en efecto, Francisco habla un día seriamente con su padre y le manifiesta que quiere entrar en religión. Cosa curiosa, su padre, tan cristiano, se niega. Le parece imposible que un muchacho tan frívolo pueda perseverar, y quiere probar antes aquella vocación que más le parece fruto de una impresión fuerte, la causada por la muerte de su hermana, que de una serena reflexión. Y hay un momento en que parece que todo le daba la razón. A pesar de haber manifestado tan seriamente su deseo de marchar del mundo, Francisco vuelve a su vida anterior, y, aun frecuentando los sacramentos, se muestra aficionado al teatro y se deja envolver por las vanidades del mundo.


   El golpe definitivo iba a llegar de la manera más inesperada. El día de la octava de la Asunción de 1856 Francisco está viendo pasar, como simple espectador, una procesión en la que se lleva una imagen de la Santísima Virgen de gran veneración en Spoleto: regalo de Federico Barbaroja a la villa, se decía que había sido pintada por San Lucas. De pronto el joven levanta su mirada al cuadro de la Virgen, y se siente sobrecogido al ver fijos en él los ojos de la imagen. Le parece escuchar una voz que dice: "Francisco, el mundo no es para ti. Tienes que entrar en religión".


   Se siente anonadado. Ya no hay que deliberar más. Lo que importa es poner cuánto antes por obra la decisión tomada. Pero su padre continúa oponiéndose. Y más cuando ve que el joven ha pedido su ingreso nada menos que en la austera congregación de los pasionistas. Buen cristiano, deja su padre el asunto en manos de dos eclesiásticos respetables. Los dos, al principio, se inclinan a pensar que Francisco no resistirá la vida pasionista. Los dos, después de haber escuchado al joven, se conciertan con él para eliminar las últimas dificultades. Y así el 21 de septiembre de 1856 Francisco cambiaba de hábito y de nombre. Pasaba a ser un novicio pasionista y a llamarse Gabriel de la Dolorosa. Había dejado su casa paterna y se encontraba en el retiro de Morrovalle.


   Su vida religiosa iba a ser breve, pero intensísima. La adaptación le costó terriblemente. Acostumbrado al género de comidas propio de una casa acomodada, los toscos alimentos del pobre convento pasionista le causaban una repugnancia invencible. A pesar de las protestas de su naturaleza insistía en comer, hasta que los superiores, compadecidos, le permitieron temporalmente algún alivio. Lo mismo ocurría con todos los demás aspectos de la observancia. Sin querer aceptar la más mínima singularidad, seguía siempre al pie de la letra un horario y unos ejercicios que costaban mucho a su delicada complexión.


   En febrero de 1858 comienza sus estudios, que le llevan primero al convento de Preveterino, después al de Camerino y finalmente al de Isola. En todos estos conventos dejó el recuerdo de su ejemplar aplicación. Dicen que tenía siempre ante los ojos aquellas palabras que había escrito un glorioso santo de su misma congregación, San Vicente María Strambi: "Cuando tenéis que entregaros al estudio, imaginaos que estáis rodeados por una multitud innumerable de pobres pecadores privados de todo socorro y que os piden con vivas instancias el beneficio de la instrucción, el camino que conduce a la salvación". Esta era la única preocupación de Gabriel: prepararse para el sacerdocio, al que, sin embargo, por sabios designios de Dios no habría de llegar.


   De una parte estarían los trastornos políticos del reino de Nápoles. Y de otra parte lo impediría también su propia salud. Cuando ya empezaba a aproximarse la fecha de su ordenación sacerdotal, cuando ya, el 25 de mayo de 1861, había recibido las órdenes menores, la salud de Gabriel empezó a empeorar rápidamente. La tuberculosis se apoderó de él. Fue necesario recluirse en la enfermería y dedicarse de lleno a aceptar, con toda alegría y sumisión a la voluntad de Dios, aquel inmenso sufrimiento. De vómito de sangre en vómito de sangre, de ahogo en ahogo, vivirá así un año enteramente entregado a Dios, ofreciéndose a Él como holocausto y víctima.


   Había sido ejemplar mientras estuvo sano. Sus compañeros quedaban maravillados al contemplar la ejemplaridad de la observancia. A la meditación de la pasión, típica de la congregación en la que había ingresado, añadió siempre un amor entusiasta, ingenioso, encendido a la Santísima Virgen. Se podría sacar un tratado completo de devoción a ella, espigando detalles de la vida de San Gabriel. Desde lo intelectual, con el estudio continuo de lo que se refiere a la Santísima Virgen y la lectura repetida de Las Glorias de María, de San Alfonso, hasta lo mas menudo y cariñoso: todo un cúmulo de expresiones filiales que a cada paso surgen de sus labios y de su pluma. El amor a la Santísima Virgen fue ciertamente la palanca que le permitió subir rápidamente por el camino de la perfección.


   Ejemplar también en la práctica de las virtudes religiosas. Amante de la pobreza hasta en los más mínimos detalles. Obedientísimo siempre, con anécdotas que casi nos hacen pensar en el mismo escrúpulo. Y hasta su amor a la castidad, con el voto que hizo de no mirar nunca a la cara a mujer alguna.


   Y fue también muy ejemplar mientras estuvo enfermo. La presencia de Dios, que con tanta frecuencia solía él recordar, según es uso entre los pasionistas, en sus recreos, se hizo ya para él completamente actual durante todo el día. Solo en la enfermería, podía darse de lleno a tan santo ejercicio. Sus mismos padecimientos le daban ocasión de ejercitar su caridad para con sus hermanos a quienes, ni en lo más agudo de sus sufrimientos, quería nunca molestar. Así se constituyó en la admiración y el ejemplo de todos los estudiantes del convento.


   Hacia el fin de diciembre de 1861 un nuevo vómito de sangre puso en peligro su vida. Aún pudo asistir a una misa el día de Navidad. Su estado quedó estacionado hasta el domingo 16 de febrero. Nueva crisis, nuevos y más horribles dolores, nuevo vómito de sangre. Al fin se vio claro que aquello no tenía remedio humano. Cuando se lo dijeron, tuvo primero un ligero movimiento de sorpresa, e inmediatamente después una gran alegría. Recibió el viático, y pidió perdón públicamente a todos sus hermanos. Pero aún no era la hora.


   En este lecho de muerte, San Gabriel se confiaba continuamente a Nuestra Señora:
"María, mi dulce María, Tú bien sabes que te amo. 
Te lo he jurado, cumple Tú ahora Tu palabra". 


   Sosteniendo el crucifijo, al que no dejaba de besar repetía:
"Amado Jesús mío, amor por amor, dolor por dolores,
 sangre por sangre".


   Sólo el 26 de febrero se le dio la extremaunción. En la noche siguiente, tras de rechazar reiterados asaltos del enemigo, Gabriel pidió por última vez la absolución. Y habiéndola recibido, cruzadas las manos sobre el pecho, iluminado su rostro juvenil por una luz celestial, rindió su último suspiro suave y dulcemente. Había, comenzado el 27 de febrero de 1862.




   Se le hubiera creído dormido cuando, echado en tierra sobre una tabla, según el uso de los pasionistas, le pudieron contemplar los religiosos antes de proceder a la inhumación en la capilla del convento. Pero, pese a la sencillez de su vida, transcurrida sin contacto con el mundo, entre las paredes de las casas de estudio pasionistas, pronto corrió por todas partes la voz de su admirable santidad. En 1892 se hizo la exhumación de sus restos. Iban llegando de todas partes noticias de milagros obtenidos por su intervención.


   En 1908 San Pío X procedía a su beatificación. Años después, el 13 de mayo de 1926, Benedicto XV le canonizaba.


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